Las Cajas de Agua 74 Arcos

Los Arcos        Las Cajas de agua- Loa Arcos de Querétaro, desde el ojo de agua del Capulín,Se vuelve 74 arcos y 60 fuentes. 

 Antonio de Urrutia y Arana

Tu gran tesoro en agua convertiste

Volviendo a Querétaro,un juegode fuentes y jardines    

Los arcos, – de admirable arquitectura en cantera roja, construidos por manos queretanas, en el término de doce años, 1726 –1738 -, son una de las obras de arquitectura más admirables de América.

  

La Fuente del Marqués, monumental, reciente, 1994, en cantera rosada, con juegos de agua, vistosa iluminación y pequeñas fuentes laterales, ubicada en la cima de la loma del Sangremal, en la antigua calzada de las Lágrimas, ahora Zaragoza.

  

La Fuente de Neptuno,  neoclásica, románica, construida en el año de 1747, aún ya sin sus  muros colaterales y sus hornacinas,  orgullo local, construida por Eduardo Tres Guerras,  ubicada actualmente en el jardín de Santa Clara

  

La Fuente, de la Plaza Mayor o de Armas, dedicada al Marqués de la Villa del Villar del Aguila, cuya estatua actual, fuera esculpida por Diego Almaráz y Guillen. Curiosamente la adornan cuatro perros en actitud de beber agua. Fue realizada en 1843.

  

La Fuente de Hebe, la diosa griega, alimentando a los cisnes, colocada en, La Plaza del recreo o  Jardín Zenea, donada por La casa Rubio en 1874, es junto con las fuentes ya mencionadas, solo una muestra de otras muchas igualmente hermosas, además de la oportunidad, al saber de ellas, de dar  un gran paseo por la historia del agua en nuestra ciudad.

  

Mide la arquería del acueducto, 1280 metros de longitud y corre el caño sobre 74 arcos de cantería, cuya altura máxima es de 23 metros con una latitud de 13, sostenidos por pilastres de mampostería de más de 3 metros y medio en cuadro.

  

La queja de la falta de agua de calidad en la ciudad de Querétaro, salió afortunadamente, del convento de monjas capuchinas, de San José de Gracia. Eran los días finales del año de 1721.

  

Llegaron estas religiosas, del Convento de San Felipe, en la ciudad de México, ya autorizada previamente la fundación, por Cédula Real de Felipe V, expedida el 8 de septiembre de 1718 y Bula Papal de Clemente Xl, con fecha del 10 de marzo del año de 1718, llegando a la ciudad, acompañadas del Marqués, un 7 de agosto de 1721 y logrando por su tenacidad, mas tarde, la fundación del Gran Convento de la Inmaculada Concepción, en Salvatierra, un ll de julio de 1798.

  

Querétaro, ciudad estado, comenzando el siglo XVlll, el siglo de su esplendor, donde la agricultura, la ganadería, las haciendas, los obrajes, el comercio y el cruce de caminos, la tenían como una de las ciudades más importantes de la llamada Nueva España.

  

La respuesta a la queja de las monjas, tuvo  en el Marqués, Antonio de Urrutia y Arana, la respuesta positiva esperada.

 

 

A partir del ojo de agua del Capulín, de 18 veneros,  una alberca para almacenar, más la construcción de una atarjea de cal y canto, salida desde La Cañada, 74 arcos,  60 cajas de agua, con un costo de125 mil pesos, Querétaro obtuvo agua pura y cristalina.

 

 

Llegó a la ciudad, el agua pura y cristalina, un 22 de octubre de 1735,  con una capacidad de 30 litros por segundo,  partiendo de la huerta del convento de Propaganda Fide, a la Caja de Agua llamada de la Virgen del Pilar en la Plaza de La Cruz.

 

La famosísima obra de cañería  y arcos por donde venía el agua limpia a la ciudad, es ciertamente obra sin segunda y digna de la mayor admiración.

  El viernes 17 de octubre de 1738,  fue el día en que llegó la tan ansiada agua, a todos los rincones de la ciudad y el día 19 del mismo mes y año se cantó el Te Deum, en acción de gracias por tan portentoso acontecimiento.

 

 

 

No hay casa por pequeña que sea, que no tenga agua de pie o de la que brota de los pozos o de la que se les comunica por atarjeas de cal y piedra,  que se pasea por las calles de la ciudad.

 

Del camino que tuvo que recorrer, ocho kilómetros, el agua traída de La Cañada a Querétaro, nos cuenta el P. Francisco Antonio Navarrete cuando dice:

  

Unas veces camina por un lado, otras por el otro lado del camino, unas veces por lo empinado de las cuestas, otras por lo profundo de las quebradas, unas veces dejándose ver sobre los arcos, para pasar lo profundo de los barrancos, otras escondiéndose totalmente a la vista, unas veces corriendo de norte a sur, otras de oriente a poniente.

  

El Marqués con su tesoro y dedicación, las monjas con su queja y el pueblo con su necesidad, dieron  origen al acueducto, orgullo  y símbolo de la ciudad.

  

Los primeros beneficiados fueron los frailes Crucíferos, no las monjas Capuchinas, como fuera de esperarse, pero estos frailes, también fueron los primeros agradecidos, al levantar la primera estatua de Antonio de Urrutia y Arana, en los patios de su convento.

 

 

 Preciosas Cajas de Agua, aún se pueden encontrar por todo el centro de nuestra ciudad, son las cajas de agua que llevaron la salud y vida, es necesario por tanto dar un recorrido para contemplarlas y disfrutar de su arquitectura y leyendas.

 

 

Está La Caja de Agua de La Estampa, en la esquina de Ocampo y Pino Suárez, La Caja de Agua de Cantoya en la calle de 5 de mayo, la preciosa Caja de Agua de Garamilla, en la calle de Gutiérrez Nájera, la llamada Caja de Agua del Mexicano, localizada en la calle de 16 de septiembre, todas ellas de singular belleza y gracia.

  Por esos días se escribía acerca de la importancia de la ciudad de Querétaro, diciendo: 

Era la confluencia de corrientes de tráfico increíble, era el bazar en que se cambiaban los productos de todo el mundo, todo para el surtimiento de la república. Querétaro era la garganta para el comercio exterior y sus cambios.

  

Es necesario contemplar y revivir, La caja de Agua de los Ahorcados, ubicada en la Calzada Zaragoza casi esquina con la calle de Pasteur sur, lugar en aquel entonces de las ejecuciones de los condenados a muerte, es de una hechura admirable, lo mismo   La Caja de Agua de Verdolagas, en la calle de Ezequiel Montes norte, otra la encontraremos en la Avenida del 57, es La caja de Agua de Capulines.

  

Las Fuentes de Querétaro se repartieron por todos lados, como la Pila de los Dolores, en San Francisquito, La Pila de Santa Rosa de Viterbo en Ezequiel Montes, La Pila de Santa Ana, en el barrio y afuera de la iglesia, La Pila de San Sebastián, en el hermoso y arbolado jardín de la Otra banda, La Pila del Tepetate, entre otras más que aún podemos encontrar, de la época de la gran prosperidad de la ciudad.

  

En La Cañada estaba la fuente de la Plaza, la fuente de la Iglesia y la fuente del camino, en el pueblo de Hércules se encuentran la fuente de la Plaza y la fuente del interior de la fábrica, donde aún podemos contemplar la escultura del dios griego al centro de la fuente..

  

La Plaza de la Fundación tiene La Caja de Agua de la Virgen del Pilar y la pila de agua del antiguo mercado,  las fuentes ya descritas, la de La Plaza de Abajo, nombrada fuente  de Hebe y  la de La Plaza de Arriba, conocida como La Fuente del Marqués.

  

En el Jardín Guerrero, existe una fuente grandiosa de estilo queretano clásico, realizada por el escultor Abraham González; En la Plaza de la Constitución de aprecia la hermosa fuente de la modernidad, donde los niños se bañan a diario en su intento de escalarla; En la Plazuela de Santa Rosa de Viterbo, se encuentra una hermosa fuente queretana en medio de las arcadas; en El Cerro de Las Campanas, está la Fuente grandiosa De Los Niños, entre otras. 

   

En el interior del Convento Grande de San Francisco se encuentran dos fuentes de hermosa factura y de època, una en el patio de los Naranjos y otro en el patio de principal; En el  Convento de San Agustín se encuentra La Fuente de los Dolores, que debe ser contemplada con mucho detenimiento por su belleza.

  

En el interior del claustro de santa Rosa de Viterbo se puede contemplar una fuente ochavada original y hundida de hermosa factura; En el Convento de Propaganda Fide, lo mismo encontraremos, en la huerta, la fuente que recibía el agua de Los Arcos y las fuentes de los patios del claustro,  entre otras más.

  

El 15 de enero de 1727 se inició la construcción del acueducto para salvar el valle, comenzando los arcos al pie del cerro de carretas y terminando al costado del convento de la Cruz.

 

 

  

Los cimientos de los pilares tienen 20 metros de voqueo y 17.70 metros de profundidad, separados entre sí por 15.04 metros y su altura es de 22.57 metros. La curvatura de los arcos es de 5.85 metros, elevándose sobre el nivel del valle en su punto máximo a 28.42 metros. La longitud total del acueducto es de 1280 metros y corrían por el un promedio de 32 litros de agua por segundo. El costo fue de $124,791.00, de los cuales el marqués aportó $88,278.99.

  

Es necesario visitar la fuente del patio barroco del Colegio de San Ignacio, hoy facultad de humanidades de la Universidad Autónoma de Querétaro, de admirable factura; La Fuente maravillosa, realizada por el arquitecto Mariano De Las casa, en el interior de La Casa de los Perros, en la calle de Allende; La caja de agua de la ahora oficina de la Secretaría de Educación Estatal; la fuente central de la Alameda  Hidalgo, que junto con sus dos fuentes de entrada y frontispicio, dan la vista a la Calzada Zaragoza, todas son una delicia para la vista.

  

Para su delicia hay abundancia de huertas donde se dan, la chirimoya, zapote blanco, guayabas, garambuyos, pitayas, ciruelas, duraznos, granadas, membrillos, chabacanos, peras, uvas de todos géneros.

  

Hay tenerías, batanes, obrajes, mientras el pueblo ve brillar el dinero en los comerciantes y hacendados, las actividades ganaderas mantienen ocupados a todos los hombres en edad de trabajar.

  

Cuando se concluyó la arquería, se pensó y se hizo una muralla, prolongando así el acueducto hasta el convento de La Cruz y por el año de 1916 se abrió otro arco por sobre la muralla misma, abierto para dar paso a lo que ahora conocemos como Calzada Zaragoza, ante Calzada de Las Lágrimas.

  

Después de la construcción del acueducto, alcanzaron gran significación las palabras de Francisco Navarrete;

  No había convento que no fuera un paraíso, casa que no fuera un jardín, barrio que no fuera una primavera, ni salida por rumbo alguno, que no fuera una delicia de amenidad.  

Ixcuinapam – San Miguel El Grande

Los Lavaderos              Itzquinapan  

Otontecutli, – dios de los antepasados, dios tribal, dios de la guerra, dios creador, recibidor de solo sacrificios de fuego, reinante de estos contornos, Señor de los muertos -, esta por caer.

  

El enemigo esta en los dinteles de esta llanura de cazadores, son los Huachichiles, son los Chichimecas, es el lugar donde los cuesillos se levantan por todas partes, lugares consagrados para que la vida y la muerte sean  propicios.

  

La cuenta de los días en Occidente señala  el 29 de septiembre de 1542; cuando un ministro de los nuevos dioses, en nombre del cristianismo  y el Rey, proclama suyas estas tierras, su nombre es Fray Juan de San Miguel, quién improvisa un templo al nuevo dios, con troncos y traza “el pueblo”, nueva forma impositiva de congregarse en policía para los habitantes inmemoriales de esta región, mientras los soldados invasores los someten al bautismo, – iniciación al nuevo rito -, desde entonces todo habitante de estos contornos es sometido, de esta manera nace San Miguel,  San Miguel El Viejo.

  

Ueueteotl, Padre Viejo y Amatecutli, Madre Vieja, los dioses tribales, empiezan a ser escondidos por los habitantes originales de este lugar, los guardan con celo, los protegen contra los nuevos dioses y sus ministros, también hacen lo mismo con las representaciones de la Luna y el Sol, sus símbolos culturales, comienzan a distribuirse “los ídolos” por todos lados, disfraz amable para el sometimiento “voluntario”.

  

Los chichimecas de estos contornos se revelaron por más de cuarenta años a este proceso de exterminio, mientras el invasor fundaba pueblos, congregando a los incongregables. Los misioneros seguían empalmando dioses, mientras los soldados hacían guerra.

  

El indio Valerio De La Cruz, recibió un encargo: “Yo os mando que os arméis de punta en blanco para distinguiros de los demás indios, que os encargo, de arco y flechas, amigo de la Fe Católica y de su majestad y como tal, con vara de Capitán de guerra,  seréis General en los pueblos de San Miguel El Grande, San Felipe, Río Verde, Nueva Galicia, Celaya, Valle de Huichapan y demás pueblos de sus alindes de donde vengan los bárbaros, a quienes acometeréis como enemigos de la Tierra

  

Dice el visitador Francisco de Ajofrin: Refiriéndose a San Miguel El Grande: “Por la banda del norte a media legua de distancia, sobre una eminencia, una fabrica antigua de los indios gentiles, que hoy se llama cuesillos y dicen era un famoso templo o adoratorio; a mí me pareció después de haber examinado su circunferencia, fabrica y modo de construcción, que seria fortaleza o fortines, pues se registraban aun en día varios fortines y como baluartes alrededor del edificio, principalmente que parece una Plaza de Armas”.

  

“En San Miguel El Grande y sus alrededores se nota la existencia de un culto teocrático preponderante y formal dedicado a las más arcaicas y adoradas deidades del México antiguo en esta región… se manifiesta por la gran cantidad de braseros ceremoniales hallados juntamente con artefactos actualizadores de sus mitos.”

  

La importancia de los hallazgos arqueológicos de la zona de San Miguel El Grande, se comprende mejor recordando lo dicho por Hermann Beyer.

  

 “Los creadores de la mitología de los códices, debieron ser miembros de un pueblo que pertenecía a la familia lingüística de los nahuas, de la que se sabía los Aztecas formaban parte…”.

  “Quizás en los mitos de Tula y su glorioso pasado tengamos tradiciones históricas mixtas con mitos cósmicos y físicos, y puede ser que los Toltecas, los habitantes de Tula, hayan sido realmente los fundadores de la cultura americana”.

 

 

 

Estos textos muestran la importancia extraordinaria del San Miguel, pre-hispánico, como cultura proto-Tolteca.

  San Miguel el Viejo, primer lugar donde se intenta fundar a San Miguel, no tenia suficiente agua para la fundación que allí se pretendía, por el sucesor de fray Juan de San Miguel, uno de los doce franciscanos, que llegaron a la conquista espiritual de lo que llamarían la Nueva España.

 

 

 

Bernardo de Cossin, trasladó el pueblo a Izquinapan, que significa en español, lugar de agua encontrado por perros, junto a donde conocemos por la Santa Cruz del Chorro, allí se recomenzó la fundación de San Miguel.

  

Trazó el plano de la población, fijó los lugares para el templo, el convento, el hospital y el colegio. Los habitantes originales del lugar,  -Huachichiles, Gumaraes, Capuces, Pames, Cazcanes, Guajabanas, Sauzas y otros – no dejaron de ser hostiles a la fundación y a la congregación que de ellos querían hacer los misioneros y soldados españoles.

  

Por esta causa el Virrey, Luis de Velazco, fundó guarniciones, los llamados “presidios”, con soldados indígenas aliados, y españoles, asegurando de esta manera la zona.

  

Lo hizo en San Miguel por 1554, después en Atotonilco, siguió en Puerto del Nieto y Petaca, ya para entonces se contaba en San Miguel con una Misión franciscana, un Hospital y un Colegio para indios sumisos.

  

“Yo Don Luis de Velasco, Virrey y Gobernador por su Majestad en esta Nueva España hago saber: Por cuanto al servicio de Nuestro Señor y su Majestad conviene que para que cesen las muertes, robos y otros sucesos que ha habido y al presente hay, en los llanos de San Miguel, camino de los Zacatecas, se funde una Villa de Españoles…”

  “ La señalareis y tracéis por la orden que más convenga, de manera que viva en toda  policía y en buena traza y en dicho convenga, proveerse… ha de ser fuera de las casas de los indios Tarascos, Chichimecas y Otomíes, que en dicho pueblo viven y de las sementeras que ellos tienen, de manera que los unos y los otros tengan sus tierras distintas y apartadas…”.

 

 

 

Domingo Pérez por los chichimecas y Juan de San Miguel por los Otomíes fueron nombrados gobernadores de indios.

  

El territorio de Izquinapan, tierra intervenida, primero fue un pueblo de indios, sometido, luego presidio o fortín, que guardaba el camino de la plata y después en 1556, Villa de Españoles, con regidores y alcaldes. En este proceso se va desvaneciendo la cultura mesoamericana.

  

“La gente de guerra”, como llamaban los españoles a los chichimecas, habitaban pacíficamente desde tiempo inmemorial, el ahora sitio llamado   La región conocida por San Miguel de Allende actualmente, abarcaba hasta Zacatecas, tenían sus habitantes naturales, organización social,  clanes, en territorios bien delimitados, unidad de pueblos y organización política, antes de la intervención europea

  Las mujeres hacían naguas y huipiles, de acuerdo a la narración de un visitante de San Miguel a finales del siglo XVl:  “Todas ellas labraban lo dicho, de hilo de maguey, lo hilaban y tejían de muchas labores… de muchas y diferentes maneras de ropa y vendíanlo barato…”. Usaban la nagua de ixtli hasta el tobillo y el huipil hasta a la rodilla”. 

El agua miel, saliendo del maguey, era de uso común entre los llamados indios, antes de la llegada de los españoles, lo mismo que el nopal, con  sus tunas y pencas, lo mismo la jícama, el camote, el tejocote, el aguacate, el zapote, la guayaba, la nona, la papaya, la piña, traídas algunas de inmediaciones de tierra caliente. El licor salía del maguey, el capullin, la tuna,  y la caña. La carne del venado, el conejo, de las aves y los peces de las lagunas.

  

El arco y la flecha, el horno subterráneo, la caza por ojeo, la pintura facial de rayas y los dioses tribales, como Mixcoatl, eran rasgos característicos de la cultura de estos pueblos de la región de Izquinapan, ahora San Miguel El Grande.

  

Un otomí comerciante de Nopala, de origen tlaxcalteca llamado Conín, pobló San Miguel, con otomíes aliados, ayudó a poblar poco después de la fundación realizada, como ya se dijo anteriormente, por Fray Juan de San Miguel.

  

Conín anduvo “mucho años vestido de pieles de animales, pasando muchos trabajos de hambres y otras necesidades, que padeció por el mucho tiempo y después conquistó y atrajo los dichos chichimecas al servicio de su majestad” (1530-1542), lo acompañaron indios tlaxcaltecas”. Después se españolizó, vistió de ropas a la usanza ibérica y se llamo Don Fernando de Tapia, Casique de Querétaro, Acámbaro, San Miguel, etc.

  

Este pueblo de indios fue creciendo poco a poco, hasta convertirse en Villa pero ya de españoles según mandato del Virrey de Nueva España. Angel de Villafañe fue su primera autoridad española, la población alcanzaba hasta tres leguas hacia los cuatro puntos cardenales. Perteneció a la Alcaldía Mayor de Jilotepec, llamándose San Miguel de los Chichimecas, y después cuando se fundó el pueblo de españoles, San Miguel El Grande abarcando las jurisdicciones de San Felipe y Dolores.

  

“Esta situada esta Villa a la falda de una loma… goza de temperamento muy sano, aires benignos y dulcísimas aguas, en particular las de la fuente que llaman el Chorrillo, que esta en un barrio frondosísimo y de especial diversión”.

  

Franciscanos, Felipenses, Juaninos, Monjas Concepcionistas y Beatas Dominicanas, le dan identidad a la nueva población, a partir del siglo XVII, que comienza su esplendor. Conventos, Templos, Palacios, Casonas, Plazas, Fuentes, Capillas de indios y barrios, la conforman.

  

Nace la Ciudad criolla y mestiza, en una plaza compuesta por el templo, la Santa Escuela, el Hospital y el Cementerio.

  

El Cristo de la Conquista- pasta caña, traído de Tzintzuntzan-, recuerdo de más de cuatrocientos cincuenta años de resistencia indígena a la invasión por un lado y San Miguel Arcángel- policromado-, expresan lo español por otro y la visión religiosa mesoamericana por el otro. Así se transforma la cosmogonía  de Izquinapan o San Miguel El Grande.

  

Los nueve cielos sobrepuestos, mito mesoamericano muy arraigado, pasó ser secreto entre los indios, lo mismo que el culto al dios del Viento- Quetzalcoatl-, el hombre-dios,  los ciclos contados de cincuenta y dos en cincuenta y dos por los calendarios mesoamericanos, cambiaron; lo mismo la ceremonia del fuego, encendido por sus sacerdotes en sus altepetl desapareció, todo rasgo cultural pasó al mundo del  silencio, del secreto.

  

“Hay una Parroquia con un clérigo, que tiene sus vicarios para la administración espiritual, que es tan numerosa, que me aseguro el mismo cura, que pasaban de más de sesenta mil almas. La parroquia es magnifica…”.

 

“Guarda pinturas de los queretanos Arce y Perrusquía, lo mismo de Cabrera y  Rodríguez Juárez; fue barroca gracias al Arquitecto Marcos Antonio Sobrarías en el siglo XVII, ahora es “gótica”. Tiene una bóveda debajo, – criptas- muy bien acabadas, dice el viajero Francisco de Ajofrín.

 

En San Miguel Grande, “… se cría también mucha fruta, en particular,  toronjas, limones, naranjas, chayotes, granaditas de la china, etc. … hay muchas y cuantiosas haciendas y crías de ganado y en los barrios de la Villa grandes obrajes y fabricas de exquisitos paños… hay muchas curtidurías donde se labra todo genero de pieles… se fabrican armas filares y de fuego… las mujeres bordan con aguja colchas y cobertores para las camas y tapetes o alfombras para el suelo, con gran primor y arte…”

 

“Los templos elevados por la piedad Sanmiguelense, son la Parroquia, San Francisco, El Oratorio, La Concepción, San Juan de Dios, Santo Domingo, Santa Ana, San Antonio y las capillas de indios”.

 

Forman una ciudadela religiosa –conjunto arquitectónico admirable-, San Felipe Neri, con la Capilla de la Virgen de Loreto, El Convento Felipense, Nuestra Señora de la salud y el Colegio de San Francisco de Sales.

 

Otra plaza -contraste de estilo, formada por La Tercera Orden, El Convento y el templo de San Francisco. Armonioso por otro lado el conjunto del Hospital y el templo de San Juan de Dios, mientras brilla y resalta el templo y el convento de monjas concepcionistas, entre los beaterios dominicos llamados de Santo Domingo y Santa Ana.

 

Naturalmente estos templos se revistieron de los pinceles religiosos de Juan y Nicolás Rodríguez Juárez, Antonio de Torres, Miguel Cabrera, José de Alcibar, Javier de Peralta, Vallejo, Andrés Barragán, Morales entre muchos otros.

 

Las fiestas a los nuevos dioses fueron celebradas por los indios, entretejiendo sus costumbres con las occidentales y ocultando entre ellas a sus dioses antiguos, resistiendo eficazmente la conquista. -danza y música- aparentan celebrar a la Covadonga, Loreto, Guadalupe y San Miguel, mientras su corazón y fiesta es por otras causas.

 

La danza y las ofrendas de los habitantes inmemoriales de la región, permanecen hasta nuestros días. El santo Suchitl -los suchiles-, arreglos florales de doce metros de alto preceden a los diferentes grupos de danza, parten de su San Juan de Dios -morada indígena- a la Parroquia, llegando, voltean, vista y corazón, hacia los cuatro puntos cardinales y entran al templo ataviados con  penacho, maxtle y huesesillos de fraile, al son del teponaxtle.

 

Las flores, los frutos, dulces, panes, tortillas son las ofrendas, recuerdo de los mayores y alma de los cuatro vientos – así es la fiesta- “como antes”, y regresan a su capilla para comer las ofrendas y beber el licor de tuna, como antes. Es el rito, es el sincretismo, es la sobrevivencia de una propuesta cultural a la humanidad, aún no debidamente valorada por occidente.

 

Pasada la sobriedad de la conquista en el siglo XVI, surge el ostentoso siglo XVII y XVIII. Irrumpe desaforado en San Miguel el Grande, el exuberante barroco, muestra de esplendor, llegan los apellidos ennoblecidos: De La Canal, De Landeta, De Lanzargorta, De Sauto, De Loja, Condes y Vizcondes.

 

Los diosecillos del agua -Los Tlaloques- que desde el chorrillo dan origen a Izquinapan, no dejan de proveer a San Miguel. es el agua corrediza que:

 

 “Dio lugar a la formación de huertas, bajaba por las calles de Chorro y Barranca, de ahí el nombre de la calle de Huertas, y más adelante baja por un lado hasta llegar a las calles de Santa Ana, irrigando a su lado las huertas que  se conocieron como las Higueras; en el centro, el agua pasa por las calles del Hospicio, Correos y San Francisco y corrían por un lado de las calles de Maestranza hasta llegar a la calle del Codo y por otro lado hasta la Plaza Mayor, a la calle de la Santísima Trinidad y a la calle Real, hasta San Juan de Dios y llegar al arrollo de los Canchinches” (Barajas).

 

A su paso rebosan las fuentes,  recuerdo de la Quebrada y Canal, La del Camino Real, la de San Antonio, la de las Animas y las muchas de los patios de las casonas.

  

Gobernaba la villa un alcalde mayor y dos alcaldes ordinarios, con su ayuntamiento de regidores y demás empleos necesarios…”.

  

San Luis Potosí

            

Desde hace mas de tres mil años se ha gritado con reciedumbre, se oyó decir de ellos en Cerro Grande, en el Peñón Blanco, en el Cerro del Aguila, en la Mesa de los Caballos hasta el Picacho de Bernalejo, lo mismo que en el Sótano de las Golondrinas, allá en Aquismón.

 

 

Son los hombres Aguila, dicen, en la sierra de Alvarez y allá donde crecen los framboyanes, las bugambilias, los crotos y los palos de rosa. Se platica de ellos en las riberas del río Calabacillas,  río la Laja, Río Verde, Río Valles, Río Tampaón, en el Tamuín, lo mismo que en el Salto, El Naranjo y la Lloviznosa.

 

 

 

 

Son los hombres del arco y la flecha, los hombres de la dispersión que defienden hasta la muerte su tierra, la tierra donde corre el oro, la yuca, la biznaga, el mezquite, los pirules y el samandoque, defienden la tierra donde vive el conejo, la liebre, la ardilla, los coyotes, donde vuelan las codornices, los tordos, los zenzontles, los palomos, los gavilanes, donde vigila el gato montés.

 

Es la Gran Chichimeca, la zona del Gran Tunal, como alguien la ha llamado, son los tiempos de la libertad que se ve amenazada, son los hombres que estaban muy lejos de ser congregados en pueblos trazados a cordel, lejos de ser sometidos, de ser destinados a la construcción de ciudades para otros hombres y a edificar templos para otros dioses.

 

Cuenta Joaquín Meade: “Existe la creencia que la primera migración, fue la de una raza afín a la Chichimeca y la segunda a la Maya o la Tolteca, en la que se fundó seguramente la llamada Olmeca. En todo caso es probable que el grupo Chichimeca se estableció muy temprano en tierras potosinas”. A su vez dice Gerste que los Tenochcas veían en los Chichimecas a los primeros pobladores del continente.

 

Bernardino De Sahagún, humanista preocupado de rescatar, dentro de las limitaciones de la época, pero con un gran sentido de la ciencia, una cultura que jamás se imaginó existiera, dijo: “… estos dichosos Toltecas se nombran Chichimecas y no tenían otro nombre particular sino el que tomaron de la curiosidad y el primor de las obras que hacían, que se llamaban toltecas que es tanto como si dijésemos oficiales, pulidos y curiosos.”

 

Dentro de este gran territorio, que ahora es el suelo potosino, no podría haber otro dios que no fuese el sol, dador de todos los bienes y que sus ritos de congratulación solo se dieran al aire libre. Como se han venido haciendo por cientos de años, por milenios, en las grandes ciudades mesoamericanas, con una concepción a la divinidad, distinta a la occidental, lo mismo que del urbanismo y la convivencia. A todos estos quehaceres culturales hemos estado cerrados por decreto, de tal suerte que los que somos indios nos queremos llamar mestizos.

 

Sigue diciendo Sahagún en su obra monumental: “ … de las mujeres había muchas que sabían hacer labores en las mantas, en enaguas, en huipiles, que tejían muy curiosamente; pero todas ellas labraban lo dicho de hilo de maguey, que sacaban y beneficiaban de las pencas; Hilbanábanlo y tejíanlo con muchas labores… aunque sabían hacer muchas formas de ropa…”

 

Así era la Gran Chichimeca antes del “ Bramo “, ese grito aterrador que se diera al descubrirse las minas de Cerro San Pedro y que fuera el estallido que reuniera los intereses de los españoles y trajera la ruina de los dueños originales de estas tierras. Los Huachichiles que semejan gorriones y en lugar de la peluca española, usaban el color bermejo, vivían y disfrutaban estas tierras de frontera, hasta el día en que supieron que Hernán Cortés llegaba a la tierra de los Téenek, a Tancuyalab.

 

Todavía se recuerda cuando Nuño De Guzmán, marcó como animales a mas de 10 000 Huastecos y muchos de ellos prefirieron el suicidio a la humillación, estos hechos han sido repetitivos durante los 300 años de estancia de los españoles en éstas tierras y los 200 años de los mestizos, hasta nuestros días, que ya suman 500.

 

Por eso los Cuachichiles atacaron a cuanto español se acercaba al Gran Tunal y a esta guerra de guerrillas la llamaron salvajismo, cuando era solo el esfuerzo de un pueblo para impedir que se llevara a cabo el trazo de ese camino tan terrible para la región Chichimeca que llamaron el Camino De La Plata.

 

 

 

 

La irrupción española trajo un rompimiento en la cultura mesoamericana en todos los órdenes, como jamás se había visto en la historia de la humanidad y con ello privó al mundo, al género humano de encontrarse con una cultura, con una forma de vivir y de pensar no prevista, ni mucho menos imaginada por Occidente.

 

Había una comunidad Cuachichil, en donde ahora llamamos muy familiarmente  Plaza de Fundadores, esta comunidad era de cazadores, que poco usaban la agricultura, pero con el Juego de Pelota, sus ritos realizados hacia los cuatro puntos cardinales, el uso del Jiculi, recordaban a esas antiguas culturas que dejaron cuecillos, figuras humanas en barro, cerámica y muchos vestigios más en esta zona donde ahora es la Ciudad de San Luis Potosí y que demuestra a pesar de muchos decires en contrario, que hasta estas tierras de frontera había llegado la cultura del maíz y de la escritura matemática, antes de las invasión española.

 

Se quiere olvidar a mas de algún historiador, el pasado y el aporte de esta cultura que pensó un mundo diferente en todos los órdenes al de España y Occidente y lo recreó muy extensamente, baste como ejemplos: El Tajín, Tula, Teotihuacan, Monte Albán o Tikal, entre muchos otros ejemplos grandiosos, lo mismo que su concepto y desarrollo de la escritura, la fonética, el avance de su medicina, su insuperable técnica agrícola entre muchos otros ejemplos que se pudieran dar.

 

Esta comunidad y la que se había ya establecido en lo que ahora es el barrio de Tequisquiapan, mas el aporte de los tlaxcaltecas, los hombres del sincretismo, dan origen a la actual ciudad de San Luis Potosí. De ellos nace una identidad, el aporte para la construcción de la ciudad española, que ahora llamamos centro histórico y de sus barrios o altepetles: Tlaxcala y Santiago, y al rededor del Convento Grande de San Francisco, los barrios que ahora conocemos como San Miguelito y San Sebastián.

 

Así que el lugar denominado puesto de San Luis Potosí, que debiera dar origen a la ciudad indígena, da de pronto lugar a una fundación o pueblo de españoles, que sirvió de morada a los gambusinos, pero la creación  de la ciudad que se va formando hasta ahora y por mas de 400 años y más propiamente en los siglos XVl, XVll. Y XVlll, es obra de la destreza, la posibilidad de adaptación y de sincretismo de los Cuachichiles, Tlaxcaltecas, Tarascos y otros pueblos que se avecindaron en la prosperidad de la nueva población que diò oro, maíz e intercambió bienes a la Antigua y a la Nueva España.

 

 

 

 

Tanto los misioneros como los colonizadores ensayaron métodos de dominación, unos violentos, otros pacíficos. Su atención se dirigió a los jóvenes indígenas, los pilhuanes, al conocimiento de las lenguas nativas, a las costumbres, por ello escribieron diccionarios, catecismos, confesionarios y más en lenguas naturales.

 

Se tiene como fecha de fundación de la Congregación de Cuachichiles en el puesto de San Luis, el 25 de agosto de 1583, puede ser tradición o historia al concepto occidental, de cualquier modo debe respetarse, la costumbre se hace ley y el de la fundación española en el mismo lugar el 3 de noviembre de 1592, quedando para la posteridad y hasta nuestros días la celebración de la fundación la primera fecha o sea la indígena y dándole crédito como fundadores a Fray Diego De La Magdalena y a Miguel Caldera, el tristemente celebre ganador de la guerra Chichimeca, iniciada en 1550 con la entrada del camino de la plata o dicho de otro modo con la invasión de los españoles.

 

Cuenta Arnoldo Kaiser: “Lo que es hoy San Luis Potosí ha sido resultado de la fusión del núcleo urbano formado por los siglos XVI, XVll, y XVlll con sus siete barrios o villas a saber: Tequisquiapan, Santiago, Tlaxcala, San Miguelito, Montecillo, San Sebastián, San Juan de Guadalupe. Estos barrios se formaron casi al mismo tiempo que la ciudad y tuvieron su vida propia durante gran parte de su existencia, con sus tradiciones, costumbres y celebraciones, muchas de las cuales aún subsisten… ahora los barrios ya están integrados a la mancha urbana, pero siempre seguirán siendo parte de las raíces y la identidad de los habitantes de San Luis Potosí.”

 

Estos pueblos indios fueron creciendo y pronto hubo  30 tiendas de mercadería de géneros, 17 tendajones que vendían piloncillo de la huasteca, azúcar, cacao, pimienta, canela. Surgieron los sastres, los carpinteros, los herreros, los sombrereros, los tejedores, los curtidores, los albañiles, los hojalateros, los pintores, los armeros, los encuadernadores, los doradores y los hábiles plateros. Las tenerías de cordobanes, suelas y bandanas, telares para hacer frazadas, colchas y alfombras, fábricas de salitre para sacar la plata. San Luis Potosí se iba enriqueciendo.

 

Fue naciendo la parroquia y las casas reales, el convento grande de San Francisco, los templos de San Agustín, La Merced y  La Compañía, el hospital de los Juaninos, el beaterio de San Nicolás,  las plazas y las casas de los españoles, mientras los barrios permanecían con sus modestas capillas de indios, a sabiendas que ellos eran los constructores del rico ya San Luis Potosí.

 

Esa capilla de la Santa Veracruz, construida para dar inicio al pueblo de indios de San Luis, debe ser recordada con orgullo por todas las generaciones de potosinos, como una tentativa de los verdaderos dueños “del Gran Tunal”, Los habitantes inmemoriales de este lugar, que algunos han llamado también Tangamanga, tuvieron el sueño de vivir en paz y sin colonizadores, pero la historia no fue así.

 

Jamás debemos olvidar la importante fundación del barrio de Tlaxcala, allá por el año de 1592 a la par de la ciudad española de San Luis Potosí, esta con su convento franciscano y su capilla que guarda a la diosa madre concepto mesoamericano, pintada por José Pardo y desde luego asistir el 15 de agosto al paseo de las bateas floridas y las danzas, recuerdo de tiempos idos y de resistencia callada de una de las culturas civilizatorias del mundo que se niegan a morir.

 

Tampoco debe quedarse fuera de nuestra memoria el barrio de Santiago y recordar que la veneración a sus antepasados, costumbre eminentemente mesoamericana o indígena, les hizo levantar allí su capilla. Las dos cupulillas del templo son para recrearse, lo mismo que las pinturas de Arellano, sus muy maltratados doce apóstoles realizados por José Correa y la fiesta del Señor Santiago,  Huichilopochtli, cada 25 de julio, recordando que al apóstol Santiago lo subieron al caballo los españoles para conquistar los pueblos mesoamericanos con la espada.

 

Está presente en la memoria de esta ciudad el barrio de San Sebastián, al sudeste,  un poco posterior su creación a los ya citados y en él se celebra al dios adolescente o Matove, cada 20 de enero, que tiene su contraparte en el Señor San Sebastián, allí se da también la entrada de la cera en la víspera, danza de concheros durante la celebración. Recuerdo que debe dejarse de lado a quienes se oponen al recuerdo que identifica, resiste y transforma, al ver estas manifestaciones culturales.

 

San Miguelito el barrio nacido a la par que el Convento Grande de San Francisco, es quien da identidad a este pueblo potosino. Junto a él nacen las capillas indígenas de la Santísima Trinidad y la Tercera Orden, lo mismo San Miguel Arcángel y Nuestra Señora de los Dolores. El 29 de septiembre de cada año recuerdan al Arcángel Guerrero que los identifica plenamente, lejos están ya las guerras floridas que daban vida eterna al sol.

 

Al oriente está el barrio de Montecillos, con su San Cristóbal Guatemalteco y su dios, el Señor de las Misericordias, celebrado en las fechas de la recolección, en  los finales del mes de agosto, discreto oye el paso del tren y mira hacia el frente al Señor de los Trabajos, todas estas son tradiciones sincretizadas, muestra de la resistencia de la cultura mesoamericana que durante estos últimos 500 años ha podido sobrevivir, para dar al mundo la oportunidad de rescatarla.

 

Mas apartado está San Juan de Guadalupe, otro barrio de indios, donde la diosa abuela, la madre de todos los dioses sentó sus reales y desde ahí busca y mantiene la identidad de una ciudad construida por los indios para los españoles. Se me viene a la memoria la calle de la Corriente y el río Santiago, como lugares fronterizos entre el pueblo para españoles y los constructores mesoamericanos, el pueblo original de esta tierra.

 

Nuestra Señora de los Remedios, sigue rigiendo como Patrona, como lo fue en un principio, desde la Calle Real el barrio de Tequisquiapan, que significa este nombre primitivo “sobre el agua de tequesquite”, para aquellos que se oponen al nombre indígena de Tangamanga para esta ciudad, donde el agua y el oro fueron parte importante de las riquezas de esta villa que fuera el hoy San Luis Potosí,

 

Que no se olviden los festejos del Colonche, vino de tuna, pulque, melcocha, miel de tuna, queso de tuna, charamuscas, pipitorias, dulce de biznagas y sin faltar las tunas blancas y  cardonas, los tacos y las enchiladas, todos ellos alimentos festivos de esta tierra de la Gran Chichimeca, llamada La Nopalera o El Gran Tunal.