La Santa Cruz de Los Milagros de Querétaro

La Cruz de los Milagros

 

 

Que se mueve, que crece, que convierte pecadores. Se dice, se cuenta entre la gente de aquel tiempo y de este, cuando se refieren a la Santa Cruz de los Milagros, venerada en el Convento de los Crucíferos, mientras se dispersa el gentío de la Loma del Sangremal,  barrio de la Cruz y San Francisquito, lugar donde el Señor del Trueno, Santiago el Mayor, el día en que Chichimecas y españoles pelearon, inclinara la balanza hacia los Caballeros que como él, blandían espada sobre corcel. También alargó el día, eclipsó al sol y resaltó una cruz, convirtiéndose así en patrono de un nuevo pueblo e incrementando su leyenda.

  

A San Cristóbal y a San Miguel Arcángel, se unió Santiago el Mayor, para iluminar la imaginación de los españoles del siglo XVl, que lo convirtieron en guerrero invencible, mientras los indios lo asociaron con el dios del rayo, del trueno y del relámpago.

  

Nace Querétaro y con esto los indios sincretizan un patrocinio no planeado por el vencedor, al exigir una réplica de la cruz aparecida junto a Santiago, el día de la batalla, para de allí en adelante hacer de ella un motivo para congregarse, que hasta la fecha conservan y ritualizan cada 14 de septiembre.

  

Ya dijera Fray Francisco Javier de Santa Gertrudis, al referirse a los antiguos pobladores de esta región, “era una nación, entre las bárbaras la más cerril e indómita, sin genero de sumisión” por ello exigieron se pusiese una cruz “en forma” que durase para siempre.

  

Se envió al arquitecto Juan De La Cruz, al cerro que está enfrente del Sangremal “por donde tenia vertiente la laguna” y donde se encontrara en un apacible ajedrezado de blanco y rojo cinco piedras, que articuladas, dieron forma a la Santa Cruz de Los Milagros.

  

Dos siglos después, 16 testigos, juraron en toda forma su antigüedad, que data desde la conquista de Querétaro, ante el entonces obispo de Michoacán, Fray Marcos Ramírez del Prado.

  

Para que esto sucediera, ya habían gobernado a los otomíes: Etzaguindo, Piedra que sumba en el árbol, Eccenguy, Culebra de nubes, Ehmatzahnì, Jaguar, todos importantes señores, que conservaron su autonomía frente a los mexicas y purépechas.

  

Gobernaron a gente que “ vivía en orden, sin flojera, drogas, robo, asaltos, ni mentiras “. Tampoco había falsos testimonios, ni codicia, ni envidia, la gente se ajustaba a las reglas de la sociedad, prevalecía la justicia”.

  

Llegó la fe cristiana y con ella Conín, el indio tlaxcalteca, que al trueque de sayales, huipiles y enaguas, se hizo amigo de los Huachichiles de la Cañada de Pathé. También se amistó con el español Hernán Pérez de Bocanegra, quien lo “convenciera” de la necesidad de someterse pacíficamente a los conquistadores.

  

Con Conín fueron “convencidos” los habitantes de la Cañada y del valle de Maxei, dándose al alborear el 25 de julio de 1531, al filo de las seis de la mañana, un simulacro de batalla, entre gritos, sonido de clarines,  retumbar de tambores y chocar de cuerpos. Batalla de antemano perdida por los Chichimecas, que en “venganza” formaron un  nuevo dios que diera hegemonía a su raza hasta nuestros días.

  

De este hecho nace el pueblo de Querétaro y con él la leyenda de la Santa Cruz De Los Milagros, que crece, se mueve y convierte pecadores, pero sobre todo identifica con su culto a un pueblo que vencido permanece resistiendo a las faldas del Sangremal.

  

Santiago de Querétaro, nacido como pueblo de indios, se une con su nombre a cientos de pueblos americanos dejados bajo el patrocinio del apóstol guerrero, el dios de la guerra, degollado en el año 46 de la era cristiana.

  

Destacan por su fama las ciudades de Santiago de Cuba, Santiago de Chile, Santiago de Caracas, Santiago de Quito, Santiago de los Caballeros de Guatemala, La Antigua, entre muchas otras más.

  

Es en Santiago de Querétaro donde se realiza la quinta aparición del santo conquistador, dios del trueno y del relámpago, de las 14 apariciones que realiza en suelo americano, solo cuatro de ellas fueron en lo que ahora es el territorio mexicano, pero en ninguna de sus apariciones se opacan tanto como  en esta de Querétaro, donde la cruz aparecida con él, se vuelve el signo unificador de los derrotados, de ella sale todo un motivo de unidad para resistir, para ganar perdiendo.

  

Esta cruz se mueve, cuentan sus apologéticos, que lo hace como los robles, formando una cruz para la fe española y hacia los cuatro puntos cardinales para la cosmogonía chichimeca.

  

Dicen que la primera vez fue cuando cantaba misa Fray José De Valderrábano, “no quedó persona en el pueblo y su contorno que no viese la maravilla  y aún muchos venían de muy distantes lugares”, este fenómeno se repetía los viernes, dicen.

  

Por 1680 y 1683, tiempo de la fundación del Colegio de Propaganda Fide, lugar donde crece el árbol de las cruces “fueron los movimientos tan recios y repetidos que puso a todo el lugar en grande cuidado y conturbación…”.

  

Esta cruz crece, nadie hay por el rumbo del Sangremal, los barrios de la Cruz y San Francisquito, que no cuente como crece, como se recorta y como tiene vida la Santa Cruz de los Milagros, esa que vieron los indios cuando los españoles llegaron y que trajeran procesionalmente entre soldados, banderas y lagrimas, desde el cerro de “enfrente” hasta el Sangremal y sobre una enramada se le dijera la primera misa y después su culto se repartiera sigilosamente entre los adoratorios indios del contorno, para tenerla como a su nuevo dios.

  

Cuentan que en 1639, ocho testigos, a petición del Padre Provincial Franciscano, de San Pedro y San Pablo, la examinaron para ver si había causa natural de sus movimientos, la midieron y tenía cinco varas y media, dos varas y media fuera de la tierra y otras tantas dentro, pero que poco tiempo después habían notado que aumentó media vara.

  

También dicen que un anciano religioso que estuvo presente cuando la metieron a su actual camerino, una caja de plata, vidriera de artificio, reliquias y alhajas, regalo de Juan Caballero Y Osio, quedó cuatro dedos mas abajo del limite y que poco tiempo después ocupaba todo el nicho, de tal suerte que había crecido media vara más.

  

Esta cruz convierte pecadores, cuantos han entrado curiosos a su santuario, salen convertidos con solo ver con atención a la Santa Cruz de los Milagros, se dice. ,

  

Mientras consta y a nadie le es ajeno, ver subir de rodillas a señores indios  desde la falda de la loma, la esquina actual de las calles de Zaragoza y Pasteur, ataviados de penachos, pectoral y maxtle e imitados por hombres,  mujeres y niños, hasta la cima donde se encuentra la cruz, llegar a ella y experimentar una catarsis de la culpa, para salir llenos de alegría y danzar al ritmo del teponaxtle “Fuego” y retirarse convencidos del perdón.

  

Santiago de Querétaro, que debió llamarse Querétaro de la Santa Cruz de los Milagros, permanece bajo el patrocinio del caballero que vino de Levante, el compañero de armas de los conquistadores y quien fuera pintado por el Greco en España y esculpido por nuestro gran pintor queretano Mariano Arce.

  

Santiago El Mayor, cuyo nombre lleva nuestra ciudad, también fue rescatado por los indios como el dios del trueno y visto por ellos como un “caballero muy grande, vestido de blanco, en un caballo, con espada en la mano, haciendo tanto mal el caballo como el caballero con la espada”, es por ello que se le guarda respeto y se le recrea con una leyenda, pero aun así el pueblo se inclina hacia la cruz de piedra, mas cercana a la concepción de las deidades indígenas y permanentemente presente en la conciencia de los Chichimecas.

  

Así Santiago Apóstol, patrono de Querétaro, se viene a vivir con los españoles a las plazas “de arriba y de abajo”, se retrata en cantera sobre la fachada del templo del Convento Grande de San Francisco, queda en el escudo de armas de la ciudad, otorgado por el Rey Carlos V, pero la fiesta, el culto, la veneración,  y la costumbre, se quedan en el Sangremal, con la Santa Cruz de los Milagros.

  

Querétaro dos patrocinios y uno solo verdadero, penetrante, que se comprueba cuando las multitudes ven desfilar la tarde del 13 de septiembre a los Concheros y danzar incansablemente hasta el día de la penitencia, 15 de septiembre, celebrando así la exaltación de la Santa Cruz, la fiesta de la recolección y dando el motivo buscado por los indios para recrear su costumbre en ritos y vejaciones, señal permanente de que no han sido definitivamente vencidos.

   

Querétaro como ciudad

Querétaro, su traza y su patrimonio

  

Queretha-ro / Nda Maxei / Tlashco / El Gran Juego de Pelota. Purépecha, Otomí, Nahuatl, Español.

  

Querétaro tiene la forma del juego de pelota, llegando  de oriente a poniente se puede ver claramente, está formado por la propia naturaleza, se forma en La Cañada con los dos cerros que la limitan,  el del sur y el del Norte y los montículos del centro-poniente, formando este juego ritual y básico de nuestra cultura.

  

En el otro extremo del valle queretano, donde se encuentra nuestra ciudad, está la pirámide que conocemos como del Cerrito, que no es más que una muestra de un maravilloso asentamiento prehispánico con plazas y altares que viene desde el 300 a.C.

  

Querétaro tiene como símbolo en la época prehispánica un glifo, que consiste en la forma de un juego de pelota.

  

Para poder gozar la Ciudad de Querétaro y ver en ella la traza prehispánica, la traza de la opresión, la traza de su decadencia y la nueva traza de su resurgimiento, es necesario conocer los espacios de sus interiores, de sus exteriores, de sus lugares cívicos y de sus lugares religiosos, y claro está, detenerse en sus arquitecturas monumentales y sólo así podremos ser herederos del legado que esta ciudad deja a sus moradores desde hace 2300 años.

  

Recordemos que la arquitectura prehispánica en sus ciudades reconstruyó el espacio cósmico sagrado, por otro lado, desde entonces se ha buscado y se busca la satisfacción de las necesidades de habitación y los espacios para la producción que en conjunto, atravesando sus diferentes etapas, nos lleva a la ciudad actual.

  

Transformaron y hemos transformado el medio natural donde está asentada nuestra ciudad de Querétaro y crearon y hemos creado nuevos paisajes en el aspecto cultural geográfico, político, administrativo.

  

Nuestra ciudad es el producto de fenómenos naturales, económicos, sociales, de producción, de intercambio, de consumo, de circulación de aprovechamiento y uso del suelo.

  

Conozcamos primeramente la distribución del agua del río por acequias, realizada por Conín, luego por un conducto que se transformará en los 74 arcos y 60 fuentes generando agua limpia nuevamente en nuestra ciudad y últimamente un proyecto de conducir el agua limpia desde el corazón de la sierra, espacio de la cultura mesoamericana del cinabrio, hasta nuestra ciudad.

  

Conoceremos un Querétaro que desde la Loma del Humilladero de la Cruz permitirá a propios y extraños ver los atardeceres más hermosos que se hayan visto por estos contornos.

  

A Querétaro poco se le aprecia en su conjunto y más se le quiere particularizar y eso es un error para poderlo disfrutar como una obra de arte integral.

 

La devoción sin límites por la palabra escrita

El privilegio de nacer maduro, viejo e intemporal, con

La devoción sin límites por la palabra escrita 

 

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y como la recuerda para contarla”. G.G.M. 

En la ciudad de México, en 1966 cobra vida un proyecto, que tardó en madurar 17 años y en redactarse 14 meses, entre angustias y alegrías. “Sufro como un condenado poniendo a raya la retórica, sorprendiendo a la poesía cuando se distrae, peleándome con las palabras” 

-“Querido Julio Cortázar:

Te escribo forzado por la necesidad imperiosa de compartir un entusiasmo. Acabo de leer una crónica exaltante y triste, una prosa sin desmayo, una imaginación liberadora. He leído “El Quijote Americano”. ¡Que maravillosa re-invención del universo!Carlos Fuentes 

La calle de Córdoba 48, la mansión de Drácula, la sede de la Compañía de Cine de Barbachano Ponce, recibió a Gabriel García Márquez en 1961, el hombre sólido, sonriente, silencioso, destinado a darle el nombre definitivo a América, después de un periplo comenzado en Aracataca, siguiendo por Barranquilla, Sucre, Zipanquirá, Bogotá, Roma, Londres, Paris y la ciudad de México. 

Gabriel García Márquez llega con Mercedes, que en el vientre trae a Gonzalo y de la mano a Rodrigo, a la ciudad más vieja y viva de occidente, azteca, barroca, caótica, moderna, de tezontle, afrancesada. Donde la diosa Coatlicue, es diosa porque no es humana, por eso  explica a ese México nuestro, a todo aquel que la mire con detenimiento. 

Mientras ya habían echado al río Sena, Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier, el surrealismo francés y Gabriel García Márquez en 1959, por el Boulevard Saint Germain, le había dicho a Hemingway: “maestro”. 

En 1967 se publica la novela “Cien años de soledad”, donde se describe un mundo cerrado desde su nacimiento hasta su muerte y en todos los órdenes que la componen: El individual y el colectivo; El legendario y el histórico; El cotidiano y el mítico; La escritura y la estructura, con una naturaleza exclusiva, irrepetible y autosuficiente. La historia completa de un mundo, desde su origen hasta su desaparición. 

Para Gabriel García Márquez las cuentas son así: Comenzando  en Aracataca, de 1927 a 1950, son 23 años, de 1927 a 1967 son 40 y de 1927 a 2007 son 80, si estoy equivocado corríjanme. La carrera de escritor resulta prácticamente imposible de fijar en una cronología detallada y completa 

En 1965 caminado de México a Acapulco se vio de pronto entero el mundo y la historia, más lo que estaba atrás de ese largo llanto en Aracataca, entre la madre de Gabriel García Márquez y la esposa del boticario. 

Kafka, Faulkner, Wolf, Dos Passos, Huxley, Joyce, Defoe, Camus, Hemingway; Maestros.  Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Juan Rulfo;  Maestros. 

“La cotidianidad de la vida no es sino el origen de la poesía”. 

“Tuve que vivir veinte años y escribir cuatro libros de aprendizaje, para descubrir que la solución estaba en los orígenes mismos del problema. Como si hubieran sabido aquellos viejos que en la literatura no hay más convincente que la propia convicción”. Esto más lecturas, tradición oral y asimilación del imaginario colectivo, produjeron la novela, El lenguaje Americano universal, en “Cien Años de Soledad”. 

Por todos los estragos, tiempo y soledad, que en todos los órdenes ha causado el tiempo, José Arcadio Buendía -el protagonista de la novela- llega con su familia y un grupo de leales a fundar Macondo, tratando de borrar la memoria de haber matado a Prudencio Aguilar. ¡Cuanto pesa una muerte! 

En el modo de contar cuentos de la abuela, el autor encontró el tono adecuado para expresar con capacidad de convicción la propia convicción, en Cien Años de Soledad.  Recordando que el pasado es mentira, que la memoria no tiene camino de regreso y toda primavera pasada es irrecuperable. 

Cien años de Soledad recibió palabras al oído –datos e informaciones muy variados- de Álvaro Mutis, José Emilio Pacheco, Juan Vicente Melo, se escribió a máquina, por cuartillas, corregida con pluma, de donde salieron 590 cuartillas, cuatro copias, se fue  una a la editorial Sudamericana, en Buenos Aires; Otra para Álvaro Mutis y la tercera para los amigos que lo habían acompañado en “las duras” y existió la cuarta  que fue a parar a Barranquilla  “para que la leyeran tres protagonistas entrañables de la novela”, Los Buendía, las flores y las mariposas amarillas. 

La voz poética de Cien Años de Soledad, llega a nosotros cargada de sensorialidad. 

“Yo anhelo expulsar cualquier palabra, cualquier sílaba, que nazca de la combustión de mis huesos”.López Velarde 

¡América para la humanidad! Se da fin a los pajes de Joyce y a los acólitos de Faulkner. Llegó el fabulista de Aracataca, hizo leer a los que nunca habían leído un libro. A los que nunca leyeron: El Siglo de Las Luces, La Muerte de Artemio Cruz, Rayuela, La Ciudad y Los Perros, Juntacadáveres, Paradiso… 

Gabriel García Márquez recoge las crónicas de la conquista de América y las obras de Alejo Carpentier y de Juan Rulfo. Las asimila, las olvida y produce La Novela de América. El español se naturaliza por fin. 

Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes, vuelven a leer, mientras los estructuralistas, los marxistas, los psicoanalistas, diseccionan Cien Años de Soledad y solo encuentran, cuarenta años de madurez, de intemporalidad, de devoción sin límites por la palabra escrita.    

Leer y escribir en Ricardo Garibay

Si no se está escribiendo,no se está viviendo,no se está respirando.

Bien detenida la mirada en la vida y en la obra de Ricardo Garibay, se divisa en un instante, “la fiera infancia” que de alguna forma es “la senda del perdedor”, y al mismo tiempo es la admiración del mexicano por la mujer, se nota su coqueteo con el cine, del que luego se burla, es  la crónica del lujo y el hambre en el México que recrea, es su entrada tardía al camino de la literatura, siendo ésta, su liberación del infierno de la infecundidad.

Denostado por su personalidad y su comportamiento irreverente y pendenciero,   murió haciendo lo único que siempre quiso:

Leer y Escribir                         

“Cualquier idea, grande, chica, elemental o muy elaborada es veneno para la literatura. La literatura se hace con emociones, con intuiciones, con dolores, con felicidades o alegrías es muy difícil lograrla. La literatura es el pantano, es el vicio”.

Así pensaba y así vivió Ricardo Garibay, hijo predilecto de Tulancingo, Hidalgo, su ciudad natal, a la que regresó muchos años después, nada más porque le iban a poner su nombre a un callejón lodoso, a espaldas de un cine. Desde luego, rechazó el gesto y le indicó al gobernador que por lo menos se merecía una calle de cien metros “con un camelloncito”. 

¿Por qué escribo?, se preguntaba Ricardo Garibay y se contestaba así mismo: “Es un hondo placer escribir. El que haya logrado el adjetivo imprescindible, la imagen exacta, la idea claramente expresada me creerá. También me creerá el que haya languidecido tras el poema o el que haya anhelado el mundo de la calle, despreocupado, placentero, mientras maldice su vocación y pelea consigo mismo”.

En una larga entrevista que sostuvo Ricardo Garibay con Javier Sicilia y Patricia Gutiérrez-Otero para la revista Ixtus en 1997, en la que el punto de partida fue la espiritualidad, ocurrió algo insólito al hablar sobre la nostalgia que sentía por no haber cumplido con el dogmatismo cristiano. El hombre de recio carácter lloró ante sus entrevistadores, se derrumbó el intelecto y la jactancia del gran escritor.

En la literatura de Garibay es casi impensable hablar de las mujeres sin un nexo con la divinidad, “es el lado secreto de la luna”, aseguraba. Creyente sin credo, su estilo de vida le costó una tremenda carga de culpas.Falleció, hace ocho años, el 3 de mayo de 1999, a los setenta y seis años, vencido por el cáncer, pero haciendo hasta el último momento lo que siempre quiso: leer y escribir. 

Y aunque un poco tarde, se han venido sucediendo poco a poco las cosas que se le negaron en vida: los homenajes, los reconocimientos, los estudios académicos, las antologías y las recopilaciones.   

“Un hombre ama a una mujer. La mujer lo despide. El hombre se queda sin la más bella razón de existir, que era esa mujer. Nada podrá devolverle el sentido de la vida. Eso es desesperación”.Rubén Bonifaz Nuño, amigo y compañero de Ricardo Garibay en la preparatoria, señaló que era necesario “el reconocimiento público a Garibay, como escritor” yo lo oí después de su muerte, cuando un funcionario de La Secretaría de Educación lo puso al mismo nivel de Octavio Paz y Jaime Sabines.

Ricardo Garibay era con mucho, más sabio y opulento que Jaime Sabines como escritor, y sin embargo, durante mucho tiempo trataron de considerarlo como si no fuera nadie.

¿Por qué? Por su manera de ser, por sus ganas de estar continuamente en violencia contra el mundo. Simplemente, si podían premiar a otro en vez de  él, lo premiaban.

Era una manera de no hacerle caso. No había nada expreso contra él, más que el silencio”. Pero Ricardo Garibay contestó así cuando se le preguntó al respecto: “A mí no me ningunean, yo soy el que los ninguneo a ellos.” Sin embargo, todo eso y el recuerdo de sus desplantes y su soberbia, con el tiempo, darán paso a la permanencia de su obra.

Polígrafo consumado, se abismó en todos los géneros (quizá sólo le faltó incursionar a fondo en la poesía) y todos dominó: novela, cuento, crónica, ensayo, memorias, artículo periodístico, semblanza, comentario, viñeta, retrato, reportaje, guión cinematográfico, teatro… 

“Nada es tan fascinante como contar lo que hace un ser humano en la vida, en cualquier día. Si hay lucidez literaria, ahí estará todo, todos los secretos de la existencia estarán ahí”. 

Manuel Gutiérrez Oropeza afirmó: “Por la rotundez con que aborda el género, porque sabe convertir lo cotidiano en extraordinario, los cuentos de Ricardo Garibay deberán ocupar un sitio de memoria en una sociedad con mejores lectores.”

El hidalguense publicó casi sesenta libros y lamentablemente, como bien lo apuntó Emmanuel Carballo, lo eclipsó la gloria de sus condiscípulos en el Centro Mexicano de Escritores en 1952-53, Juan José Arreola y Juan Rulfo, autores “más bien estreñidos”, en sus palabras.

Al principio los tres subían como la espuma, uno tras otro, se sucedían cuentos de cada uno de ellos, a cuál más valioso. Así fue hasta que en 1955 Garibay  se detiene.

La obra de Ricardo Garibay es paradójica, controvertida y desigual, como su propia personalidad.

En el largo estante que ocupan sus libros, al lado de obras eminentemente alimenticias, como algunas recopilaciones de sus artículos periodísticos y reportajes hechos por encargo de algún funcionario, se encuentran novelas y cuentos fundamentales de la literatura mexicana: Beber un Cáliz, La casa que arde de noche, Triste domingo, Fiera infancia y otros años, Par de Reyes… 

En los 10 volúmenes que conforman las Obras Reunidas de Ricardo Garibay, el autor comparte sus propias visiones y sentires acerca de la literatura y la vocación del escritor, experiencias a las que asistió no como quien tiene una revelación sino a través de una poderosa necesidad, acaso una necedad, que él mismo expresaba de la siguiente manera: 

 “El oficio hay que practicarlo una vez y otra vez, y otra vez, y todos los días, y no tener más afán que esa necesidad de seguir escribiendo”. 

Nunca, nadie, en la historia de la literatura mexicana, escribió tanto y tan bien como él, y a pesar de ello nunca una obra fue tan ninguneada por la cultura oficial, los suplementos culturales, las revistas literarias y los estudios académicos como la suya. 

A los jóvenes escritores recomendaba: “Ser sumamente humildes frente a su oficio y sumamente soberbios frente a los demás, no arrodillarse jamás ante nadie, ser verdaderamente un lépero ante la autoridad y un perro con la cola entre las piernas ante el propio afán de escribir; nada más.”

Dice Vicente Leñero: “El de Tulancingo Hidalgo nunca llegó a ser lo que quería y debió ser por derecho propio: un escritor reconocido arrolladoramente, premiado y aplaudido por un público unánime, en punta de los que conforman su generación y de los que vinieron después y no alcanzaron a forjar un estilo tan propio, una prosa de cadencias tan bravas, un amor tan perfecto al oleaje feliz de las palabras.”

Al citar un pasaje de una novela de Bukowski, Ricardo Garibay le concede el reconocimiento de “una abismación literaria que es erotismo de limpia especie”. 

Cinco años de investigación arqueológica en El Pueblito

El Santuario Prehispánico del Cerrito.

Desde el año 300 antes de la era cristiana, con la llamada cultura de Chupícuaro y posteriormente con la teotihuacana y la tolteca, continuando con el poblamiento chichimeca y otomí, inmediatamente anterior a la llegada de los españoles a este Valle de Querétaro.

 

Los 300 años de coloniaje europeo en mesoamérica, los 190 años del México independiente y hasta nuestros días, ha existido una habitación humana permanente y en constante movilidad y superación, en lo que ahora llamamos el Valle y la ciudad de Querétaro, abarcando un periodo superior a los 2300 años de antigüedad e historia continuada, a la que todos debemos tener acceso y conocimiento.

 

Miguel León Portillo acaba de declarar en  Santader España, el pasado 27 de julio que “Nosotros tenemos respecto del pasado prehispánico varios tipos de manantiales de información, uno de ellos es la arqueología, otro es el desciframiento de las lenguas indígenas como la maya, en donde se ha avanzado mucho”. 

Mientras Enrique Florescano nos dice que: “Contrariamente a una antigua tradición, hoy se acepta que la memoria no es el conjunto de documentos que heredamos del pasado, sino una reconstrucción continua hecha por los actores individuales y colectivos de la historia”. 

En este texto compilo la información de Daniel Valencia Cruz, responsable de la zona arqueológica del Cerrito, del cronista del Pueblito Esteban López, del cronista de la Cañada Guillermo Hernández Requenes y del historiador David Wright, que unidos a otros autores y a mis textos: “El culto indígena a la Virgen del Pueblito” y “470 años de cristianismo en Querétaro”, entre otros documentan esa permanencia. 

Los primeros asentamientos humanos en Querétaro, fueron afines y contemporáneos a la cultura de Chupícuaro, en el preclásico superior de la civilización mesoamericana. 

A partir de la estructura social,  política y territorial de Chupícuaro, los habitantes de la región de Querétaro desarrollaron expresiones culturales propias dentro del contexto de la civilización mesoamericana. 

Hacia el año 400 d C., el Altepetl queretano, que conocemos en la región de Querétaro, por la pirámide de El Cerrito, el centro ceremonial y su zona urbana prehispánica, surge como cabecera política y religiosa de un conjunto de asentamientos densamente poblados, que tienen su expresión máxima en la monumentalidad encontrada y por restaurar en la mencionada pirámide y su entorno. 

Junto a este centro rector que denominamos El Cerrito, se integrarán asentamientos de carácter religioso y habitacional, conjuntos urbanos ubicados en el Cerro Gordo, Balvanera, La Magdalena, Santa Bárbara, La Negreta y las márgenes del río El Pueblito.   

El Cerrito tuvo una larga permanencia como centro político y religioso regional, siendo contemporáneo de Teotihuacán y Tula. 

El Mayor auge de El Cerrito, se da en el post clásico, del año 450- al 850 d. C., cuando este centro urbano estuvo vinculado a la cultura Tolteca. 

Por esta época se da un crecimiento del centro ceremonial, basada principalmente en asentamientos  urbanos de mayor número de habitantes alrededor de él. 

El Cerrito funcionó como centro político y religioso regional de gran importancia regional, desde el año 400 al 1500, de la era cristiana. 

Con el devenir y crecimiento urbano del Valle y la región, El Cerrito se convierte en un espacio sagrado o santuario. Se advierte arqueológicamente en los edificios y altares existentes alrededor de la pirámide, que son expresiones de actividades religiosas en torno al culto de una deidad femenina, muy seguramente la Madre Vieja o Madre de los dioses. 

En este santuario se conciliaron las pugnas entre los pueblos que compartieron los territorios y acudieron a él, los Señores y Caciques, para legitimizar su poder y a recibir conocimientos propios de su status. 

El Cerrito al momento de la invasión española estaba ocupado por chichimecas, con culturas sedentaria y seminómada, a los que se habían agregado, los otomíes y tarascos. 

Durante el período colonial, El Cerrito, continuó siendo un ligar sobresaliente en la historia local. En 1632 se coloca en él una imagen de la Virgen María, en un altar de esta zona arqueológica, por el cura de Querétaro, fraile franciscano del Convento de Santiago. 

Este año de 1632 marca el descenso y comienzo de la destrucción de este centro ceremonial mesoamericano, debido entre varias cosas, al abandono del culto en el lugar, que había perdurado hasta principios del siglo XVll. 

Lo mismo por el saqueo, el desprecio de los conquistadores por nuestras prácticas religiosas, el robo, que duraría hasta muy avanzado el siglo XX. 

En 1763 Francisco de Ajofrín visita El Pueblito: Habla en sus escritos de un ídolo en El Cerrito, describe el santuario ya occidental, levantado a Nuestra Señora del del Pueblito, madre de Dios y menciona la escalinata y basamento piramidal del Cerrito. 

En 1777, El Cerrito sufre una excavación por parte de los frailes franciscanos, el testimonio lo hace el fraile Agustín Morfi. 

El ingeniero Carlos Duparquet, su acompañante de viaje registra en dos dibujos al Cerrito, donde señala: Muros de estructuras principales, esculturas de Chac Mool y de atlantes o columnas, como parte de la pirámide. 

A mitad del siglo XlX se construye en la cima del Cerrito un edificio que se le conoce como El Fortín. 

En 1941 el arqueólogo Carlos Margain descubre algunos muros principales de la pirámide. 

En 1984 la arqueóloga Ana Ma. Crespo, realiza mapeo, muestreo y pozos, determinando la zona arqueológica de El Cerrito. 

En 1995 se da la recuperación de terrenos y algunas excavaciones de este centro ceremonial. 

El 9 de noviembre del año 2000 se declara monumento arqueológico a El Cerrito. 

El Cerrito mantiene hasta la actualidad una gran plataforma alargada, derrumbada y cortada en su parte media por la calle de acceso. 

La Plataforma mide 130 metros de largo, por 30 metros de ancho, desconociéndose la altura, por el grado de deterioro que presenta. 

Existe más arriba otra plataforma cuadrangular limitada por un muro de piedra que alcanza hasta seis metros de altura, por el lado sur 290 metros de largo y por el lado oriente 225 metros. 

Al noreste de la plataforma existe una Plaza que se le conoce como De La Danza, esta construida por medio de un sistema de cajas de piedra, la fachada oriente de esta plaza forma talud y esta recubierta por piedras de basalto, recubiertas con estuco y color rojo. 

El basamento piramidal es de 125 metros por lado y 30 metros de altura, donde se aprovechó el afloramiento rocoso. 

Según las últimas exploraciones la pirámide tiene tres etapas reconstructivas, la primera fechada en el periodo epiclásico, la segunda fechada en el periodo postclásico temprano y la tercera en el postclásico tardío y todo el siglo XVl. 

Existe en la zona arqueológica del Pueblito la llamada Plaza de las Esculturas, en la esquina sureste del basamento piramidal, la mejor conservada, tiene 72 metros de largo por 60 de ancho, en los extremos oriente y poniente, existen altares, se nota un muro  en talud, en este lugar se han encontrado dos ofrendas consistentes en cráneos y sahumerios, se le conoce como el altar de los cráneos o zompantli.

 

En todas las estructuras del Cerrito y su centro ceremonial, se encuentran fragmentos de esculturas, lo que indica su importancia y la de los elementos arquitectónicos esculpidos como parte de la construcción y ornamentación del lugar. 

Las esculturas presentan huellas de haber estado pigmentadas en colores rojo, amarillo y azul y en algunos casos recubiertos de estuco. 

Estaban adornadas las fachadas y cornisas del edificio y los tableros de los muros de los basamentos piramidales. 

Se han encontrado almenas en forma de caracoles cortados y flechas cruzadas, con motivos florales, chalchihuites y tamborcillos, todos formando frisos y enmarcamientos. 

Ultimamente se encontró un chimal donde en el centro tiene una chalchihuite, rodeado de flores y encima una inscripción, que posiblemente sea el nombre original de este centro ceremonial. 

Gran cantidad de los símbolos encontrados en El Cerrito, son similares a los de los sitios arqueológicos de Tula y Chi Chen Itzá. 

En la primera etapa constructiva de este centro ceremonial y la pirámide, se encontraron piedras careadas, formando un  muro vertical, con un basamento de 80 metros por lado y se fecha en el epiclásico. 

En la segunda época reconstructiva esta formado el centro ceremonial de muros de piedra caliza formando tableros y taludes, seguramente con relieves escultóricos y coronamientos de tipo almena, esto es del post clásico temprano. 

En la tercera etapa reconstructiva tiene grandes muros en talud de piedra basáltica recubierta de estuco, estructuras de tipo altar, sobrepuestas a los muros, se trata ya del post clásico tardío y de todo el siglo XVl. 

El río El Pueblito mantiene importancia para el estudio de una habitación humana permanente en los últimos 2500 años en el valle de Querétaro. Porque en sus riveras se dieron asentamientos humanos en una fase muy temprana de la civilización mesomericana. 

Se encuentran estos vestigios desde el nacimiento del río, en el cerro de Neverías, en territorio del municipio actual de Huimilpan, hasta el estado de Guanajuato, menciono, El Molinito, La Negreta, en una extensión de mas de 3 kilómetros. 

Los primeros asentamientos humanos en las riveras del río Pueblito están fechados por el año 300, antes de la era cristiana, ubicados en las laderas de los cerros situados hacia el sur, donde el río Pueblito desemboca en el Valle de Querétaro. 

Pertenecieron estos asentamientos humanos a la cultura de Chupícuaro, nacida en los márgenes del río Lerma. 

La tradición cultural tolteca está presente en el Valle de Querétaro, en el Pueblito se construyeron nuevas edificaciones sobre el basamento piramidal de la fase anterior. 

Allí se han encontrado figuras antropomorfas tipo Chac Mol, atlantes, relieves diversos y cerámica, claramente de filiación tolteca. 

La Magdalena hacia el oeste y La Griega, hacia el oriente son otras muestras de esta cultura en el Valle de Querétaro. 

La colonización del Bajío y especialmente de Querétaro se da en cuatro etapas: 

La primera que la han llamado clandestina, cuando algunos grupos de otomíes encabezados por Conín llegaron a esta región para evitar el dominio de los europeos. 

La segunda etapa se da con la integración de los otomíes al sistema novo hispano, cuando llegaron frailes, colonos, y otros indígenas del sur de mesoamerica al Valle de Querétaro y del Bajío. 

La tercera etapa sucede con la lucha armada o la llamada guerra chichimeca, por cerca de 50 años. 

Y la cuarta etapa  abarca desde el cese de las hostilidades en el Valle, a finales del siglo XVl, hasta mediados del siglo XVlll. 

El mito, los anales históricos, los cantos y la arquitectura de los centros ceremoniales fueron los transmisores de la historia mesoamericana, herida aparentemente de muerte, por occidente.

 

Querétaro, 2500 años de civilización contínua

Querétaro

2500 años de civilización e historia continuada  

Dos civilizaciones han vivido y combatido no solo en nuestro territorio queretano, sino también en el alma de cada uno de sus habitantes, una es oriunda de estas tierras y otra venida de fueras, pero que han enraizado profundamente y que se confunde con el ser mismo de nuestro pueblo. 

Se han dado saltos en el interior de cada una de estas civilizaciones, tanto en la cosmogonía mesoamericana y el catolicismo, entre otras muchas luchas  y letargos prolongados en la historia de nuestra ciudad. 

Son dos civilizaciones distintas, con frecuencia divididas por sus diferencias culturales y de intereses, conviven y luchan por permanecer, en Querétaro.  

La frontera de la civilización mesoamericana con la gran chichimeca, fluctuaba durante la época prehispánica y siguió fluctuando durante el siglo XVl. A la región del Bajío y especialmente a Querétaro, le tocó estar en esta situación de inestabilidad cultural  y jugar el papel de intermediaria entre mesoamérica,  la gran chichimeca y los invasores europeos. 

Es importante tener en cuenta que en el valle de Querétaro, se encuentra una pirámide, con tres épocas de reconstrucción, este edificio tiene un basamento piramidal de 125 metros por lado y 30 de altura y los estudios revelan hasta el momento, la suntuosidad que debió haber tenido este santuario, lleno de colorido y esculturas. 

Hasta donde la arqueología ha llegado, está demostrado, que este centro religioso y político, era  dinamo de un gran asentamiento humano y un santuario religioso, desde el siglo V hasta principios del siglo XVll, donde sus zonas más pobladas fueron: La Negreta, Santa Barbara y las márgenes del río, que llamamos El Pueblito y El Querétaro. 

Una de las “almenas” o el “Chimal”, encontrada y restaurada, encontrada en el centro ceremonial o pirámide más importante del bajío y del valle de Querétaro como es El Cerrito, tiene una  inscripción al centro de esta almena, tiene un decorado de flores e inscripciones, que rodea el símbolo del chalchihuitl, pudiendo ser la clave del  nombre original Querétaro a partir del año 500 antes de la era cristiana. 

Según decir del arqueólogo  Daniel Valencia, responsable de las excavaciones,  esta dedicado este santuario mesoamericano, a una deidad femenina, probablemente a la Madre Vieja y cuyas fiestas se conservan hasta nuestros días y en forma inmemorial,  celebrándose en el mes de febrero, en la llamada Pascua del Pan Blanco. 

Señalando el arqueólogo Valencia que se pudiera estar hablando de la existencia de un “templo mayor”, tomando en consideración los altares destruidos en el Cerro Gordo, frente a la pirámide de El Cerrito, característica de este tipo de santuarios. 

Cómo toda frontera, el centro ceremonial de El Cerrito, ha dado a luz durante las excavaciones, “motivos” teotihuacanos, toltecas  e itzaes, dejando así una agradable incógnita de nuestra identidad y civilización, pero sobre todo de nuestra existencia más allá de los 470 años que celebramos. 

Otro motivo de referencia que debemos tener presente, es el de La Cañada, donde su topografía nos cincela un grandioso “Juego de Pelota” de gran extensión, formado por dos cerros alineados al norte y al sur, con otro formando el altar al centro poniente, como lo tienen los demás pueblos de mesoamérica. 

Más allá de los estados Mexica y Tarasco, en las llamadas fronteras septentrionales, vivían los Pames y los Jonaces, pueblos habitantes de la región de Querétaro, instalados después de la decadencia del Cerrito y el Tepozán, en Huimilpan. 

Después de la conquista de los Valles Centrales de México, por los   invasores españoles, algunos otomíes, decidieron emigrar hacia el territorio de los Chichimecas, más allá de las fronteras de la civilización, donde aún no llegaba el control de los europeos. 

El mapa de 1620 “de los alrededores de Querétaro”, nos habla de un asentamiento humano en el lugar que conocemos como “Agua Fría”, en la cabecera del “Gran Juego de Pelota”, este grupo humano parece haber sido de otomíes venidos a este lugar de chichimecas, a causa de la invasión española de los valles centrales.

 

Querétaro pertenece a la llamada Mesoamérica Marginal, como le han llamado los antropólogos y arqueólogos, a los lugares al norte de los valles centrales, donde existen vestigios de carácter mesoamericano, ya sea centros ceremoniales, ciudades, juegos de pelota o de otro tipo como Ranas, Toluquilla y Quirimbal, en el semidesierto y donde han existido permanentemente asentamientos humanos de civilización mesoamericana y que forman parte de la historia regional. 

Es también importante tener en cuenta que desde el siglo tercero de la era cristiana existen asentamientos humanos y agricultura desde Querétaro hasta Durango y San Luis Potosí, vinculados con la llamada cultura mesoamericana y con los pueblos chichimecas como son los Pames y los Jonaces. 

En Querétaro en la zona llamada del Pueblito se han encontrado y se siguen encontrando esculturas antropomorfas, cariátides, atlantes, relieves y cerámica de claro origen tolteca, indicándonos asentamientos humanos importantes y un centro de poder regional, con etapas de decadencia y esplendor, pero nunca deshabitado, lo que agranda la historia de Querétaro, que no parte de la llegada de los europeos. 

La frontera del estado Mexica y la frontera chichimeca para 1520, se ubicaba en la provincia tributaria de la Triple Alianza, en Jilotepec, por lo que se puede inferir que los pueblos Pames, Jonaz y en general los chichimecas, de cultura semi nómada, habitaban la región, a la llegada de los otomíes después de la derrota de México Tenochtitlan. 

Posteriormente, los otomíes al mando de Conín desplazaron a los pueblos chichimecas habitantes en ese entonces del territorio de la actual ciudad de Querétaro, La Cañada y El Pueblito. 

Los invasores europeos fueron llegando posteriormente, al actual territorio queretano y más especialmente al pueblo de Querétaro, al  reiniciarse la explotación minera en San Luis Potosí, Zacatecas y Guanajuato. 

Querétaro para ese entonces, 1550, aproximadamente, ya estaba organizado por los otomíes como pueblo, al mando de Conín, que es la actual ciudad de Querétaro y sus alrededores. 

Cuando los estancieros y los frailes españoles invadieron a Querétaro y el Bajío, integraron a los otomíes, que habían huido de la zona de influencia de los invasores europeos con anterioridad y estos  se sometieron pacíficamente.  

Los otomíes perdieron en ese momento su autonomía, tuvieron que pagar tributo a los encomenderos y someterse al proceso de evangelización, perdieron también buena parte de su patrimonio cultural y adoptaron el calendario ritual europeo. 

La llegada primero de los otomíes y posteriormente de los españoles a  territorios chichimecas, trae consigo el estallamiento de la Guerra chichimeca y la reforma de los asentamientos humanos en donde ahora es la ciudad de Huimilpan, Querétaro y San Juan Del Río, principalmente. 

Los otomíes, al igual que los tarascos, los nahuas y otros pueblos mesoamericanos, se unieron a los españoles y tuvieron una influencia decisiva en la colonización del norte de México. 

La colonización del bajío pasó a ser de interés para La Corona española a mitad del siglo XVl y expidió provisiones reales para la fundación de poblaciones y presidios, con la esperanza de sofocar el conflicto armado, suscitado entre los grupos de habitantes  inmemoriales de la Gran Chichimeca y los españoles. 

Fuerzas combinadas de españoles e indios aliados del Valle de México a partir de 1531 desalojaron fácilmente a los grupos humanos establecidos inmemorialmente, en estos contornos. Los Chichimecas no tardaron en reaccionar ante la colonización por parte de los indígenas del sur y de los españoles, sobre todo. Dando inicio a la llamada guerra chichimeca de 1550 a 1600 aproximadamente. La resistencia de los jonaces y pames en la sierra gorda, ocasionó que el virrey, Duque de Alburquerque, para principios del siglo XVlll, mandara a la región del semidesierto queretano, una expedición punitiva al mando de José de Escandón,  infligiendo un severo castigo a los llamados, “ bárbaros y rebeldes”, comenzando lo que se llamaría más tarde “El etnocidio de los Jonaces”, en la famosa batalla del cerro de La Media Luna. Alrededor de 1590 el actual Querétaro, a pesar de ser un pueblo de indios, contaba ya con cerca de dos mil españoles o “2400 residentes españoles”, como dice el cronista La Rea, refiriéndose tan solo a jefes de familia. Posteriormente a “la conquista” de la región de Querétaro, llegaron indios aliados al invasor, en forma masiva, organizándose política y culturalmente, como lo habían hecho en el Valle de México de donde procedían. Cuando llegaron los invasores españoles al Bajío, especialmente a Querétaro, donde los otomíes se habían refugiado, fundando un pueblo de indios otomíes, primeramente en La Cañada, tuvieron que congregarse a las faldas del Sangremal y organizarse en un cacicazgo y cabildo. Los europeos, fueron llegando poco a poco y tuvieron sus propios  cabildos, separados de los cabildos de  los indios y estando en permanente conflicto con la población india, hasta bien entrado el siglo XVl. Valentín Frías en su libro “Conferencias sobre historia de Querétaro”, afirma la existencia de “una tribu”, en las faldas del Sangremal a orillas de la laguna que existió entre el cerro de Pathé y la posterior  posición del acueducto Otras palabras dentro de esta obra dicen: “Si bien es cierto que los vecinos de La Cañada, entonces Querétaro, estaban sujetos a Don Diego de Tapia, también lo es que, otras tribus errantes de estas tierras no lo estaban” Otros dos pasajes de Valentín Frías, dentro de la misma conferencia, nos ilustran los procesos de la fundación del Querétaro actual, a partir de la colonización española y refiriéndose a Conín. “Como le era fiel a la Corona, se unió al cacique Don Nicolás de San Luis de Montañés e invitó a otros caciques de Jilotepec y pusieron sus personas, sus bienes y guerreros a disposición del virrey”. Más adelante narra: “Volvió don Fernando de Tapia y en unión de Juan Sánchez de Alanís, trazaron el nuevo pueblo de Querétaro para españoles y cuya traza partió del hoy jardín Zenea”. La Relación Geográfica de Querétaro, se refiere a los habitantes originales de Querétaro, antes de la llegada de los otomíes y de los españoles y habitantes de la ciudad colonial cuando dice: “Tenían otros dos dioses de mucha reputación y reverencia el uno en forma de hombre y el otro en forma de mujer. Al hombre le llamaban el Padre Viejo y a la mujer la llamaban Madre Vieja, de los cuales decían que procedían todos los nacidos”. Continua la narración sobre la religión de los chichimecas y su práctica ya dentro de la invasión española y la fundación europea en Querétaro, al decir: “Tenían por cosa muy cierta y averiguada, la inmortalidad de las almas y, así cuando uno se moría le enterraban y con él toda la ropa de su vestir y vasijas de su servicio. Hacían los vivos conmemoración de sus difuntos, ofreciendo por ellos lo que comían”. 

“Sus fiestas ordinarias eran de veinte en veinte días, que eran como ahora los domingos. Tenían una pascua principal que celebraban cuando querían celebrar los frutos, llamada Tascanme, en otomí o del Pan Blanco, fiesta muy antiquísima entre ellos y de gran solemnidad”. Estaba la festividad dedicada a la Madre Vieja.

 A esta argumentación se puede agregar el documento encontrado hace poco en Puebla, por  José Ignacio Urquiola y  Alejandra Medina, sobre un conflicto entre los Chichimecas, otomíes y el encomendero de Acámbaro Hernán, Pérez de Bocanegra, donde se deduce  una población ya existente en Querétaro anterior a la llegada de los otomíes encabezados por Conín y la llegada posterior de los españoles a tierra queretana. Lo mismo es importante tener en cuenta las argumentaciones de último libro de David Wright Carr, titulado “La Conquista del Bajío y los orígenes de San Miguel Allende”, afirmando en su contexto, el cómo la cultura mesoamericana abarcó hasta el siglo XVl las áridas tierras septentrionales y así encontraron la región de la actual ciudad de Querétaro, entre otras poblaciones, los españoles, al irse esparciendo y protegiendo el camino de la plata.      El Valle, la ciudad y el estado de Querétaro no principian ni terminan con el avecindamiento y dominio de los españoles sobre la ciudad por 260 años y 65 sobre la totalidad del territorio que hoy conforma la entidad. 

José Fernando Maximiliano, Archiduque de Austria

El Cerro de las Campanas

   José Fernando Maximiliano Príncipe de Hungría, Bohemia y LorenaConde de HabsburgoArchiduque de AustriaNacido en el palacio de Schonbrum, en VienaUn 6 de julio de 1832     

El Cerro de las Campanas es conocido internacionalmente y visitado por miles de turistas de todo el mundo y del país mismo, debido a los acontecimientos, ocurridos en Querétaro  del 6 de marzo al 19 de junio de 1867 

Este montículo, ubicado al poniente de la ciudad de Querétaro, conocido tradicionalmente como “Cerro de las Campanas”, es uno de los lugares más visitados por propios y extraños, es sabido que  estuvo entre las propiedades, al inicio de la invasión española en la región, concedido como merced de tierras, por cédula real, a Marcos García, quien construyera en sus cercanías una capilla, bajo la advocación de Señor San José.  

De esta manera inicia el nombre de la zona y del cerrillo, que perteneciera al español mencionado y durante largo tiempo a la llamada Hacienda de La Capilla. 

Durante la guerra de independencia, ante el embate de los insurgentes, el ejercito realista, en octubre de 1810  fortifica el Cerro de Las Campanas como punto estratégico, para la defensa de la ciudad. 

El 10 de marzo de 1867, la ciudad de Querétaro fue sitiada por 18 mil soldados pertenecientes al ejercito liberal, fue en el llamado “Sitio de Querétaro”, terminado después de dos meses y cinco días, ante un  Querétaro, destrozado y empobrecido.  

Comenzó el cerco, desde la Hacienda de El Jacal hasta las faldas del cerro del Cimatario, siguiendo por la Cuesta China y de allí por la Hacienda de Callejas, la Garita de México, el cerro de Pathé, continuando por la orilla del río, por la Otra Banda, pasando  la Capilla del Señor de los Alamos, llegando a los cerros de San Gregorio y San Pablo, hasta terminar en el Cerro de Las Campanas. 

Al triunfo de la república, el Cerro de Las Campanas era propiedad privada de Guadalupe Piña de Mena, 

Comienza el mito de este cerrillo, con  puesta de  tres cruces de vara, levantadas donde fueron ejecutados el Príncipe Maximiliano y sus dos generales aliados, Miramón y Mejía. 

Posteriormente el gobernador de Querétaro, coronel Julio Cervantes advirtiendo la importancia histórica del lugar ordenó, se levantara un monumento en el sitio de la ejecución y se abriera una calzada que condujera al lugar de los hechos. 

Más tarde el gobernador Benito Zenea intentó comprar el predio, para que fuera propiedad de la nación. 

Por el año de 1880, se colocaron tres cruces de madera, pintadas de negro con guarniciones de hierro y las iniciales de los fusilados, en color blanco, Más tarde durante el gobierno de Rafael Olvera, fueron levantadas tres columnas cuadrangulares truncadas. 

La Casa de Austria y buscando un acercamiento entre los gobiernos de Hungría y Austria, se permitió levantar una Capilla Propiciatoria en 1901. 

La construcción de la capilla fue encargada al arquitecto Maximiliano Mitzel y la dirección al entonces presbítero Marciano Tinajero y Estrada, después obispo de Querétaro. La capilla fue bendecida por el obispo Rafael Sabás Camacho un 10 de abril de 1911, con asistencia de ministros de los gobiernos de Austria y Hungría y Conchita Miramón, hija del general conservador fusilado en el Cerro de Las Campanas.  

La capilla es sencilla, austera y de estilo neo gótico vienés de cantera rosada, de alero y remate, el techo cubierto de teja de Bélgica En el altar de la capilla estuvo una pintura de “La Piedad” del pintor De Lunge de la Escuela de Bellas Artes de Viena, obsequiada por la Archiduquesa Sofía madre del príncipe Maximiliano. 

Un siglo después, el 15 de mayo de 1967, se levantó en el Cerro de Las Campanas una monumental estatua de Benito Juárez, en piedra negra del escultor  Juan Olaguibel, en base de cantera rosa y frente a una gran explanada y con una balaustrada desde donde se aprecia la ciudad agradablemente. En el año de 1990 se construyó un parque alrededor de la capilla propiciatoria, con una hermosa fuente dedicada a los derechos de los niños, un museo de sitio pequeño y fue bardeado hermosamente el lugar. Al inicio del Cerro de Las Campanas se encuentra un obelisco que recuerda la rendición del ejercito conservador ante los liberales y una estatua ecuestre del  general Mariano Escobedo, responsable del llamado “sitio de Querétaro”. En la parte poniente del Cerro de las Campanas se encuentra El Centro Universitario, perteneciente a la Universidad Autónoma de Querétaro,         

Pirámide o Centro Ceremonial del Cerrito

“ El Cerrito”   Uehueteotl y Amatecutli, Dios Padre y Dios Madre, presiden en Tlachco, Nda Maxei o Querétaro desde hace más de dos mil años, la vida de este valle. Su centro ceremonial, El Cerrito, existe en este lugar desde hace muchos años, 400 a.C., mucho antes de la llegada del invasor y sobre los habitantes originales de la región, recae la responsabilidad de mantener el culto a la Madre de los dioses y la cultura de la región, parte de la gran civilización Mesoamericana. 

Se encuentra este centro ceremonial conocido actualmente como El Cerrito a siete kilómetros del actual centro de  la ciudad de Querétaro y se le ha conocido desde la llegada de los otomíes al mando de Conín y de los europeos, como: Cerro Pelón, Cerro del Cascajo y El Cerrito. 

La pirámide de El Cerrito tiene una gran base piramidal, esta rodeada de un suelo profundo, con textura fina de color obscuro,  gran cantidad de materia orgánica, es fértil, tiene buen clima y hay abundante agua. 

Según los estudios mas recientes, sus primeros pobladores están desde el 400 a.C., posteriormente fueron afines a la cultura de Chupícuaro, en el llamado pre clásico superior, donde la estructura política y religiosa de Chupícuaro diera origen a que en este lugar se desarrollara una cultura propia de la región, pero siempre dentro del contexto de la cultura Mesoamericana. 

Así es como El Cerrito, surge como cabecera política y religiosa, aunada a una gran población a su derredor y apartir de ese momento histórico, surgen los edificios religiosos y civiles de carácter monumental. 

En las diversas etapas de este asentamiento humano, junto  con la construcción, del altepetl formado por El Cerrito y su contraparte, El Cerro Gordo, frente a él, más los lugares conocidos actualmente como Balvanera, La Magdalena, Santa Bárbara, y La Negreta formaron asentamientos humanos de gran densidad con carácter religioso, político y habitacional. 

La arqueología y la historia, han llegado en la actualidad, según Daniel Valencia, a señalar a El Cerrito y su zona ceremonial, como un centro político y religioso, de  larga permanencia en la región. 

Se tiene como su segunda etapa de construcción del 400 al 600 d.C. contemporánea a Teotihuacan, debido a su orientación, sistemas constructivos, imitación de cerámica, su lítica, es el periodo clásico. 

La tercera etapa constructiva se estima del 850 al 1150 d.C., contemporánea de la era tolteca y el post clásico temprano, donde se da un notable crecimiento en su centro ceremonial, con un marcado aumento en su población. Reconociéndose por los taludes, tableros, decorados de molduras, lápidas y coronamientos, al estilo tolteca. Se encuentran escultura antropomorfa, atlantes  o columnas, plazas, entre otros objetos arqueológicos de época. 

El Cerrito  desde sus inicios funcionó hasta el año 1500 d.C. como regulador de una numerosa población regional y como centro político y religioso, manteniendo una estructura jerárquica piramidal, guerras y alianzas, como toda Mesoamérica. 

El Cerrito fue un Santuario Prehispánico, donde el hallazgo de altares y edificios, son la expresión de actividades religiosas de suma importancia donde los grandes señores de la época legitimaban su poder y los artistas y artesanos daban prosperidad al centro ceremonial y donde la paz era inherente. 

La cuarta etapa de reconstrucción se da con Los Chichimecas tanto sedentarios, como seminómadas y a la llegada del Pochtecatl, Conín y un gran número de Otomíes y posteriormente con la entrada de los conquistadores europeos a esta población, se da comienzo a la fundación del actual Querétaro occidental. 

El Cerrito a pesar de la llegada de Los Otomíes y españoles continuó hasta principio del siglo XVll – 1632- cuando se modifica el culto y se da principio al sincretismo religioso con la veneración de Nuestra Señora del Pueblito, sus habitantes originales mantienen resistencia cultural y religiosa hasta la construcción del Convento Franciscano de recolección y el Santuario Católico a la Inmaculada Concepción. 

El Cerrito se mantuvo pues hasta el siglo XVlll –1736-  como centro ceremonial y a partir de esa fecha  comienza su abandono como lugar sagrado, dándose el saqueo, creándose leyendas y comenzando su destrucción hasta su estado actual. 

En el año de 1764 el fraile capuchino Francisco de Ajofrín, al visitar la región, da testimonio de El Cerrito, del cual se expresa en sus escritos y deja unos dibujos donde se aprecia la escalinata de la pirámide y la estructura piramidal de la misma. 

En 1777 sufre El Cerrito una excavación hecha por los franciscanos donde el fraile Agustín Morfi da testimonio de ello a su paso por la región, diciendo que las figuras de mayor importancia encontradas en ella fueron enviadas al Arzobispado de México. 

El Ingeniero Carlos Duparquet, acompañante del fraile Morfi dibuja algunos muros de la estructura del Cerrito,  esculturas de Chacmool y atlantes o columnas. 

En 1941 el arqueólogo Carlos Margain excavó en la pirámide dejando al descubierto algunos muros que no se restauraron. 

En los años ochentas la arqueóloga Ana Ma. Crespo realizó trabajos de mapeo, muestreo de superficie y pozos estratigráficos.

En 1995 se dan trabajos en El Cerrito de limpieza, conservación integral, recuperación de terrenos, excavaciones extensivas al sur y oriente y en la llamada Plaza de las Esculturas. Declarándose a El Cerrito y su zona, monumento arqueológico el 9 de noviembre del año 2000. 

Descripción actual de El Cerrito

 

Al entrar a la zona arqueológica de El Cerrito, se observa una gran plataforma alargada, derrumbada y cortada de la parte media, mide 130 metros de largo y 30 metros de ancho, siendo su altura aún desconocida debido al deterioro que presenta. 

Al ascender se encuentra otra plataforma cuadrangular limitada por un muro de piedra de 6 metros de altura con 290 metros de largo al sur y 225 metros al oriente. 

Al noreste de la plataforma existe una plaza conocida como “La Plaza De La danza”, construida por un sistema de cajas de piedra rellenas de tierra y piedra, al oriente forma un talud recubierto con piedras de laja de basalto, con aplicaciones de estuco y decorado con pintura. 

Al noreste de esta plataforma se encuentra el basamento piramidal de 125 metros por lado y 30 metros de altura, donde se aprovechó el afloramiento rocoso. 

La llamada “Plaza de las Esculturas” se encuentra hacia la esquina del basamento piramidal, bien conservada, con 72 metros de largo y 60 metros de ancho, con altares en el extremo oriente. 

Está rodeada de muros de talud de 2 metros de altura, donde se han encontrado ofrendas y el llamado “altar de los cráneos”, esculturas pigmentadas en rojo, azul y amarillo o con estuco, que seguramente adornaban las fachadas y cornisas, en los tableros y muros del basamento piramidal, también hay almenas en forma de caracoles, flechas cruzadas, Chalchihuites, tamborcillos formando frisos y enmarcamientos al estilo de Tula y Chi Chen Itzá, lo mismo que petrograbados. 

Se ha comprobado en la pirámide de El Cerrito, que en el epiclásico existía un basamento piramidal de 80 metros por lado y piedra careada, formando un muro vertical. Del post clásico temprano se encuentran en el Cerrito, muros de piedra caliza formando tableros y taludes, con relieves escultóricos y coronamientos de tipo almena. 

Sobre el post clásico tardío se encuentran grandes muros en talud de piedra basáltica, recubierta de estuco y altares sobrepuestos a los muros. 

A los chichimecas, habitantes en el 1500,  de esta región les tocó la invasión de pochtecatl Conín y un numeroso grupo de otomíes a la zona por el año de 1531 y posteriormente la llegada lenta primero y luego rápida, de los españoles,  quienes junto con las huestes  del después llamado Hernando de Tapia, fundaran la ciudad occidental, con el mismo nombre de Querétaro o Nda maxei o Tlachco, La Ciudad del Gran Juego de pelota.