Un Festival en San Miguel para Norteamericanos

San Miguel y sus 30 años

de  festival de música de cámara

Si mis lectores me permiten el feo vicio de la reiteración ad nauseam y el autoplagio, diré que este sólido y duradero Festival de Música de Cámara de San Miguel de Allende sigue teniendo como uno de sus grandes pendientes involucrar en mayor medida, en todos sus aspectos, a la comunidad mexicana de la ciudad, puesto que a 30 años de distancia, sigue siendo un festival de, por, y para la comunidad estadunidense.

El Festival de Música de Cámara de San Miguel de Allende, el más importante de su tipo en México, llega este año a su versión número 30 ofreciendo una programación que es consistente con la calidad mostrada a lo largo de tres décadas, tanto en los ensambles participantes como en el repertorio propuesto.

A la vez, el espectador del festival puede percibir sutiles señales de una cierta inestabilidad institucional, a consecuencia de los cambios que ha experimentado los años recientes en su directiva.

Sin embargo, en el ámbito estrictamente musical, el festival sigue siendo un punto de referencia obligado para otros encuentros similares en el país, como lo demuestran los tres conciertos llevados a cabo durante su primer fin de semana.

Crrónica de los conciertos:

El Cuarteto Ying abordó el Cuarteto Op. 12, de Mendelssohn, con una acertada combinación de nostálgica melancolía en sus páginas iniciales, y ligereza lúdica en su Allegretto, habitado por gestos análogos a los del scherzo del Sueño de una noche de verano.

Bien perfilado, también, el complejo movimiento final, como bien articulados fueron sus inesperados falsos finales. En el Cuarteto No. 3, de Lowell Lieberman, dedicado a las víctimas de la guerra, el Cuarteto Ying exploró con sobriedad sus perfiles expresivos similares, que no imitativos a la música de Shostakovich en sus Cuartetos Nos. 8 y 15. Música austera y dolorosa, sin exabruptos narrativos ni adornos melodramáticos, interpretada con intensidad contenida por el Cuarteto Ying.

Para finalizar el Cuarteto Op. 11, de Chaikovski, que recibió una ejecución alternativamente delicada y fogosa, equilibrada y sin manierismos, sobre todo en el conocido y famoso Andante cantabile. Buenos logros del Cuarteto Ying, también, en los otros tres movimientos, destacando lo compacto de ciertas texturas que en distintos momentos remiten a un atractivo arcaísmo.

A la noche siguiente, el Cuarteto Vocal Arveiros interpretó la Pequeña misa solemne, de Rossini, en compañía de Carlos Vázquez al piano y John Stump al órgano, a falta de armonio.

A pesar de la acústica poco generosa del teatro Ángela Peralta, los cuatro cantantes mexicanos hicieron una versión redonda de esta obra sacra de Rossini, particularmente en la unidad de estilo y en una línea de conducta homogénea en esa difícil labor de conciliar los ampulosos gestos dramáticos del compositor de Pesaro con su intención devocional.

Porque, sin duda, esta Pequeña misa solemne es (digan lo que digan los demás) una pieza litúrgica con ropaje operístico. Logros singulares del Cuarteto Arveiros a lo largo de la misa:

Qui tollis, Quoniam, Cum Sancto Spirito, Et resurrexit, Sanctus, O Salutaris, y el Agnus Dei final, llevado por los cantantes a una conclusión lógica y orgánica en el contexto del total de la obra.

Y al día siguiente, un recital de la joven pianista Carmen Eloísa Sánchez, quien en 2007 fue elegida mejor estudiante del programa académico del festival.

En sus ejecuciones de obras para piano solo de Soler, Mozart y Chopin, la pianista demostró que tiene la técnica, el talento y el estudio necesarios para una sólida base musical, pero que también tiene por delante un arduo trabajo sobre cuestiones de estilo principalmente en Mozart y sobre la adquisición de una mayor ductilidad y flexibilidad en su fraseo.

De ahí que su Chopin haya resultado más satisfactorio que su Mozart, y que se le haya sentido más segura en su colaboración con integrantes del Cuarteto La Catrina en la ejecución del Cuarteto K. 478, de Mozart, que en sus interpretaciones a piano solo.

Juan Arturo Brennan  

Educar en libertad

Educar en libertad

 ¿Cómo podría educar para la libertad o, al menos, para crear ciudadanía, alguien que tiene miedo de asumir, siquiera, el ejercicio de sus derechos sindicales?

¿Con qué sustento moral estimularía a sus alumnos para conocer y ejercer sus propios derechos?

Tanto la educación pública básica en México como la organización sindical de los maestros de este nivel educativo, se encuentran secuestrados por una lógica de poder, donde la obediencia, el silencio y la quietud, son medios y fines de un mismo fenómeno.

Los intereses económicos y políticos de grupo de aquellos que dicen representar a los maestros, como los del gobierno federal en turno, confluyen en una peculiar simbiosis por el control autoritario del espacio educativo.

En su labor docente, un “buen maestro”, y por lo tanto sujeto a reconocimientos laborales, es aquel que no es “problemático”, es decir, que mantiene en orden, quietud y silencio obedientes a sus estudiantes.

En el plano sindical ocurre lo mismo, “un buen maestro” es aquel que “no se mete en problemas” y acata dócilmente los nombramientos y directrices de la dirección sindical.

Las maestras y maestros de las escuelas primarias públicas del Distrito Federal son quienes componen la Sección Nueve del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación,  por lo que sólo a ellos corresponde el derecho de elegir a su Comité Ejecutivo Seccional.

Sin embargo, varias generaciones de docentes han tenido que luchar para poder ejercer ese derecho. La pregunta obvia es:

¿Por qué tienen que luchar si, de acuerdo con las leyes en la materia, esa es su prerrogativa?

¿Dónde quedó el discurso democrático que reivindica la formación de sujetos críticos, libres, que aprendan a entender, cuestionar y transformar su entorno, a partir del ejercicio de sus derechos?

¿Dónde el elemental derecho de los maestros a elegir a sus representantes?

¿Están guardados en el baúl de los discursos demagógicos, bajo el candado de los poderosos intereses sectarios que defienden la cúpula sindical y el gobierno federal en turno, que abren sólo cuando se requiere endulzar discursivamente las relaciones de privilegio y opresión existentes?

De acuerdo con Paulo Freire, educar para la libertad requiere, como condición indispensable, perder el miedo a ser libres.

Para ello es necesario el reconocimiento crítico de la condiciones de opresión a fin de lograr, mediante acciones transformadoras, la instauración de una situación que posibilite la búsqueda de ser más.

El miedo a la libertad, nos dice Freire, con efectos diferentes se encuentra tanto en opresores como en oprimidos, aunque mientras para los oprimidos significa el miedo a asumirla, para los opresores significa el miedo a perder la libertad de oprimir.

Sin embargo, como dice un irredento y querido amigo, estudioso del sicoanálisis:

El miedo es un estado biológico, pero la cobardía es un estado de conciencia.

En esa lógica, en principio, el miedo es un estado de alerta con resortes biológicos, como el de la adrenalina que, si se controla, puede ser fundamental para la sobrevivencia.

En caso contrario, el miedo tiende a producir desde la parálisis, pasando por la histeria, hasta la autodestrucción.

La cobardía es la rendición, por la razón que sea frente al miedo.

Por fortuna, en el magisterio mexicano, desde siempre han existido personas que reconocieron y sometieron su miedo a la libertad, condición necesaria aunque no suficiente para decidir acciones transformadoras de su entorno y que, además, pasaron a la acción.

Lo mismo sucede en la actual generación de maestros de primaria pública del DF, quienes, ante el intento de imponerles una dirección seccional escogida por una señora de Polanco, cuentan a su favor con una historia de lucha sindical, la heredada y la vivida, que nutre su experiencia y su mística.

Es verdad que en su contra está el belicoso maridaje Gordillo-Calderón, pero también es cierto que, desde hace tiempo, esos personajes se rindieron ante su miedo, lo que, si bien los hace peligrosos, evidencia su enorme debilidad. Sobre todo ante quienes no temen a la libertad y, por lo tanto, no renunciarán a su derecho a decidir.

Carlos Ímaz Gispert  

Los Frailes Dominicos denuncian que…

Los Frailes Dominicos denuncian

 

Los mártires de hoy, los migrantes son Samaritanos. Denuncian que…

Las dominicas y dominicos urgen en su declaración un cambio de modelo en América Latina y el Caribe, así como de políticas públicas, que conciban a la migración como una alternativa más de vida y no como un recurso extremo de sobrevivencia.

Fieles a su tradición sobre los problemas de la justicia y la paz, se comprometen a abandonar un sentimiento meramente compasivo y asistencialista en su solidaridad con los migrantes, para realizar un trabajo crítico, movilizador y esperanzador.

Con sensibilidad samaritana hacia la creciente vulnerabilidad que padecen,  califican las religiosas y religiosos dominicos a las personas que por razones de sobrevivencia y la de sus familias tienen que emigrar hacia el norte.

Dicen en una declaración emitida al final de un seminario continental que tuvo lugar en la Casa del Migrante de la diócesis de Ciudad Juárez a comienzos de este mes.

E iluminados por la reflexión cristiana del P. Pedro Pantoja, director de Belén, Posada del Migrante en la diócesis de Saltillo, y asesor de las organizaciones Frontera con Justicia y Humanidad sin Fronteras, denuncian:

Como un reto a la conciencia, las absurdas paradojas a las que, como efecto de la globalización neoliberal y la recesión económica en Estados Unidos y Europa, con relación a ellos hemos llegado:

 1) por no tener nada, lo abandonan todo

2) para darle vida y futuro a su familia, tienen que dejarla

3) emprenden camino en busca de la vida, pero pueden encontrar la muerte

4) para existir, tienen que pasar por invisibles en los lugares de tránsito y destino

5) se les induce a caminos de alto riesgo, pero nadie se hace cargo de su muerte

6) se lamenta su muerte, pero no se hace nada sustantivo para evitarla

7) aunque viajan en grupos, van solas y solos

8) se les condena a la clandestinidad, y se les reprocha que viajen como ilegales

9) son personas que requieren más de la protección del Estado, y quienes menos la reciben

10) se les niega la visa, y se les reclama y encarcela porque viajan sin ella

11) aspiran a una vida mejor, y se les condena a buscarla transitando por pantanos, desiertos y montañas

12) son quienes levantan las cosechas, pero se les niega el alimento

13) se les ofende, y se les dice que su presencia es la que ofende

14) se les acusa de violentas y violentos, y son personas violentadas en su cuerpo, su familia, su deseo de vida y sus derechos

15) se les llama héroes, y se les trata como criminales

16) se les fuerza a migrar, y les llaman desarraigados

17) se les recibe como trabajadores, pero se les niega el ingreso y la estadía como personas

18) se les pide la vida para la vida de otros, pero se les niega para sí y sus familias

E inspirados en el sermón de fray Antón de Montesinos, que en el cuarto domingo de adviento de 1511 cuestionaba a los encomenderos y autoridades de la isla Española con qué derecho mantenían “en tan cruel y horrible servidumbre” a los indios,

Las dominicas y dominicos preguntan ahora con qué derecho las personas migrantes por causa del sistema son víctimas de la exclusión

Con qué derecho las convertimos en chivos expiatorios del beneficio de los demás

Con qué derecho se les priva de la vida, cuando son la vida misma.

Para estas religiosas y religiosos, en efecto, hoy en día se observan cambios importantes en el patrón migratorio, que tienen sobre todo efectos en el presente y el futuro de los países de origen.

Hoy las migraciones son de toda la familia, así sea de manera escalonada, y tienden a ser definitivas.

Lo que provoca problemas de despoblamiento, que comprometen cualquier idea de desarrollo interno en el futuro.

Como lo vemos con dolor todos los días, estas alteraciones también afectan a los migrantes, en especial a las mujeres, a las niñas y a los niños, en los países de tránsito, particularmente cuando en ellos privan, por motivaciones propias o por encargo, políticas contrarias a la movilidad humana:

Auge de redes de traficantes y trata de personas, corrupción, impunidad, inexistencia del debido proceso, aliento:

A la discriminación,

Abuso sexual de mujeres, adolescentes, niñas y niños,

Contubernio de agentes corruptos y delincuentes comunes,

Desplazamientos forzados internos,

Engarce de redes de traficantes de drogas y personas.

A lo que podría añadirse, como ha sido denunciado en estos mismos días

El comercio de infantes, para el tráfico de órganos.

En su declaración las dominicas y dominicos salen al paso de la errónea y hasta cruel pretensión de algunos gobiernos y organizaciones internacionales de crédito y financiamiento, de considerar a la migración como una de las “palancas del desarrollo”, pues aunque los migrantes, sobre todo sus colectivos, están todavía en posibilidades de ayudar a sus familias y a sus países con inversiones productivas y sociales, sus remesas son por naturaleza recursos privados, salarios trasnacionales que se destinan a la reproducción de la fuerza de trabajo familiar, de la misma forma en que lo hacen los salarios generados al interior de sus propios países.

Ello además de que no les toca asumir la responsabilidad del desarrollo, nada más eso faltaba, que compete a los estados de origen y destino en los que se encuentran.

Miguel Concha 

Queretaro visto por Hugo Gutierrez Vega

ANDAR EN QUERÉTARO

 

 

Hugo Gutiérrez Vega*

 

En cada calle, en cada plaza, en las callejuelas nocturnas y en las puertas y ventanas cerradas como si se quisiese ocultar algo, se nos echa encima una ciudad que ha sido escenario de momentos históricos del país.

Todas las noches el coronel Miguel López señala la brecha por la que pueden entrar los soldados de la República. Todas las madrugadas el archiduque enfermo de disentería es llevado al Cerro de las Campanas y ejecutado junto con los generales que le permanecieron fieles hasta el fin del Imperio.

Todas las tardes Juárez pasea parsimoniosamente por las calles que llevan su nombre y piensa en el significado y en el sentido de la nación.

Los domingos pasea Venustiano Carranza en coche descubierto y en el Teatro de la República se abren las compuertas de la elocuencia más desmesurada. De repente nos detenemos ante una placa devorada por el tiempo y, entre las grietas, alcanzamos a enterarnos de que en ese lugar se ratificaron los tratados de Guadalupe Hidalgo, merced a los cuales perdimos el setenta por ciento del territorio que pasó a las manos de los gringos. La memoria de Santa Anna nos pega en el rostro. Algo parecido sucede con los fantasmas de Díaz Ordaz, Echeverría, Salinas y Fox. Todos ellos han sabido dañar a la República y abofetear en pleno semblante a la nación.

El sitio duró días y más días. Miramón lo rompió varias veces para recoger vituallas y, en una de sus correrías, se percató de que los soldados de Sóstenes Rocha tenían el fusil de repetición. El emperador escuchó y salió corriendo rumbo a su refugio para la cagalera. Más tarde murió dignamente.

 

 

 

La Corregidora envía señales a los insurgentes y el correo sale rumbo a San Miguel el Grande. Antes de eso, en la tertulia, pan de huevo y chocolate, se conspiraba y se abrían las rendijas a un vientecillo que traía un lejano olor a libertad.

Tanta historia encerrada en el centro de la ciudad (la nueva y no muy halagüeña historia se extiende por antiguos bosques, colinas que han perdido su honesto nombre y cerros pelados que producen el dinero que hace sudar de ambición las manos de los fraccionadores).

Olvidemos por un momento tanta y tan ramplona modernidad y dejemos que nos inunden el barroco del centro, los altares dorados de Santa Clara, el delirio geométrico y la torre-minarete (o testimonio de admiración por la arquitectura de mitteleuropa) de Santa Rosa (en su sacristía, iluminada por un foco mosqueado, se muestran los labios y los ojos –sorprendidos o resignados– de la monja que pasea todas las noches por los corredores del Beaterio).

La casa de la marquesa muestra sus esplendores moriscos y en los patios de San Agustín y de San Francisco contrastan la austeridad con el florido esoterismo. Así está hecha esta ciudad prodigiosa, sus contrastes son inacabables y sus contradicciones irreductibles. Algo de esa atmósfera cargada de historia y de bellezas flota en el alma de muchos de sus habitantes.

Por eso, como decía López Velarde, se encuentran en la calle y “se odian de buena fe, jacobinos de la era terciaria y católicos de Pedro el ermitaño”.

De momento, el eremita belicoso lleva las riendas y sus prejuicios permean todo el cuerpo social.

Sin embargo, los jacobinos encontramos espacio para exponer nuestras ideas. Hay una luna enorme sobre la torre de Santa Rosa. La ciudad está callada, pero se escucha el rumor de las abejas de la noche.

*Del gran poetaHugo Gutierrez VegaTomado delSuplementoLa Jornada SemanalQue él dirige

La Iglesia en Querétaro

 

 

La Iglesia en Querétaro

 

David Charles Wright Carr

 

 

 

La Iglesia Católica ejercía un poder incalculable en la sociedad novohispana. Difundía y reforzaba el dogma a través de los ritos, la educación, el arte, las publicaciones y la actividad misionera.  

Celosa de su dominio sobre los pensamientos de su rebaño, vigilaba las creencias y castigaba la heterodoxia, valiéndose del Tribunal del Santo Oficio, mejor conocido como la Inquisición.  

El Santo Oficio no desdeñaba la tortura como medio de extraer las confesiones. Aplicaba diversas sanciones, desde humillaciones públicas y multas pecuniarias hasta la muerte en el garrote o la hoguera, entregando el reo para este fin al gobierno civil. El dominio de la Iglesia llegaba más allá de la ideología; también controlaba una parte considerable de los bienes materiales.

Los diversos organismos eclesiásticos poseían haciendas agrícolas y ganaderas, predios urbanos y capital.

Desempeñaban el papel de banquero para los inversionistas agricultores, ganaderos y mineros. Valiéndose de las fabulosas utilidades así generadas y donaciones de particulares, los institutos religiosos patrocinaban gran parte del arte barroco novohispano.

 

 

La Iglesia penetraba todos los aspectos de la vida. Una parte de sus riquezas se destinaba para los servicios públicos, indispensables en una sociedad caracterizada por marcados contrastes en el nivel económico de la población: hospitales, hospicios, escuelas etcétera.

Por la influencia de la doctrina cristiana, difundida por el clero, la élite destinaba una porción de su caudal a la filantropía, aunque probablemente el orgullo y la ostentación hayan sido los motivos genuinos de su generosidad en algunos casos. Por otro lado, la misma doctrina enseñaba a las masas que debían soportar con resignación su condición inferior, para ganarse la gloria.

En fin, la influencia de la Iglesia Católica parece haber sido el factor decisivo en el mantenimiento del orden y la cohesión social. Según Brading “Era la Iglesia, y no la fuerza militar, la que conservaba la paz en la Nueva España, y la que unía las diversas razas de la colonia en una sola grey de fieles”.

El clero se dividía en las ramas secular y regular. Los sacerdotes seculares estaban bajo la autoridad directa de los obispos, sin afiliarse con ninguna orden religiosa.

El clero regular comprendía los que pertenecían a las órdenes y debían seguir una regla, viviendo en comunidad con sus hermanos de hábito. Tenían su propia organización, con áreas jurisdiccionales llamadas provincias, gobernadas por provinciales, quienes se elegían en juntas o capítulos.

La ciudad de Querétaro formaba parte del arzobispado de México desde 1586, cuando se resolvió definitivamente el pleito entre las mitras de Michoacán y México por los diezmos de los habitantes de la zona.

La máxima autoridad del clero secular en Querétaro era un juez eclesiástico, delegado del arzobispo, quien por lo general era el cura párroco de la ciudad.

Hasta 1759 la iglesia parroquial había sido el templo conventual de los franciscanos observantes; en aquel año el curato fue secularizado y la iglesia de la Congregación de Nuestra Señora de Guadalupe se convirtió en parroquia principal.

Doce años más tarde el curato se cambió de nuevo al templo que había pertenecido a la Compañía de Jesús.

La primitiva iglesia de San Sebastián fue auxiliar de parroquia hasta 1720, cuando se erigió en parroquia secundaria, dotada de algunas haciendas “para la mejor subsistencia de sus curas”. Los sacerdotes seculares de Querétaro estaban agrupados en la Congregación Eclesiástica de la Virgen de Guadalupe desde 1669. Su iglesia definitiva se estrenó en 1680.

Los sacerdotes de la Congregación no vivían en comunidad ni juraban votos estrictos como los del clero regular, pero tenían sus “constituciones y reglas”, según las cuales cada miembro debía asistir a ciertos ritos semanales, celebrar la fiesta anual de la santa patrona, visitar a los congregantes enfermos, asistir a sus entierros, administrar los sacramentos en la cárcel, los obrajes, el hospital etcétera.

Realizaban obras de caridad como llevar comida a los encarcelados, proporcionar dotes para huérfanas y dar limosnas a los pobres. La Congregación estaba gobernada por un prefecto, cuatro consiliarios, un tesorero y un secretario, los cuales se elegían cada año.

Había otra agrupación de padres seculares en Querétaro: el Oratorio de San Felipe Neri. El Oratorio queretano fue uno de ocho que se establecieron en las ciudades novohispanas durante la época Barroca, para fomentar la perfección espiritual del clero.

En 1711 el prefecto de la Congregación en Querétaro quiso afiliar su organización con los oratorianos, pero los demás sacerdotes se opusieron.

En 1763 un padre felipense de San Miguel el Grande fundó en Querétaro un Oratorio de San Felipe Neri, independiente de la Congregación. Su iglesia definitiva (hoy la catedral de Querétaro) se levantó entre 1786 y 1805.

Siempre había más clérigos regulares que seculares en el Querétaro barroco. Hasta 1680, cuando se estrenó la iglesia de la Congregación, todos los templos de la ciudad (siete en total) pertenecían a las órdenes religiosas.

Durante el siglo XVIII se fundaron todavía más conventos masculinos y femeninos. Humboldt, a principios del siglo XIX, afirmó que había en la ciudad 85 sacerdotes seculares, 181 frailes y 143 monjas.

Las órdenes mendicantes en la época Barroca perdieron gran parte del celo apostólico que habían mostrado durante la conquista espiritual.

Se dio un relajamiento general de la disciplina.

Las disputas surgieron entre las diferentes órdenes, y dentro de éstas los frailes criollos luchaban por el poder contra los que habían nacido en España.

 

 

 

La Orden de Frailes Menores de San Francisco fue el instituto religioso más firmemente arraigado en Querétaro. Estaba presente desde los primeros años del pueblo.

Su convento principal, llamado por Sigüenza “convento de Santiago de la Regular Observancia de Nuestro Padre San Francisco”, se ubicaba en el costado oriental de la traza regular de Sánchez de Alanis, en la intersección de dos de los principales ejes urbanos.

El templo del convento fue la parroquia hasta 1759, como hemos visto. La iglesia que había sido de los jesuitas se quedó con la advocación de Santiago, patrón de la ciudad, cuando se estableció allí el curato; el convento observante tuvo desde entonces a San Francisco como patrón.

En 1777 Ulloa menciona que el convento había sido entregado al clero secular. Los frailes observantes de Querétaro se dedicaban a la administración de los sacramentos, particularmente a sus feligreses indígenas.

Existían otros conventos de franciscanos en Querétaro y sus alrededores. Había un convento de frailes recoletos en el convento de San Buenaventura de la Cruz de los Milagros (128) en la cima una loma, donde todavía se venera una cruz de piedra que parece haber sido un objeto de culto muy importante en la conversión de los indios del lugar.

Esta cruz todavía goza de una gran popularidad entre el pueblo, especialmente los danzantes indígenas de la región del Bajío. El convento fue fundado de acuerdo con una licencia real de 1654; en 1683 se convirtió en el primer colegio Apostólico de Propaganda Fide del Nuevo Mundo. De aquí salieron misioneros para difundir el Evangelio desde Texas hasta Centroamérica. En los últimos decenios del siglo XVIII había arriba de 70 y aún 80 frailes en el colegio de la Cruz.

En un tercer establecimiento franciscano, ubicado a una corta distancia del convento observante, moraban los frailes dieguinos descalzos desde 1613.

En este convento de San Antonio de Padua los religiosos se apegaban más estrictamente a los ideales de la pobreza cristiana expresadas en el Evangelio y predicadas por el humilde hermano de Asís.

En la vecina población de San Francisco Galileo, mejor conocido como el Pueblito, había otro convento franciscano.

En 1632 fray Sebastián Gallegos elaboró una escultura de la Virgen María; ésta fue colocada en una capillita cerca del montículo prehispánico del lugar para poner fin a los ritos ancestrales practicados allí por los indígenas.

En 1736 se estrenó la iglesia definitiva; a partir de entonces vivieron allí varios franciscanos. En 1766 el Santuario del Pueblito fue erigido en convento de frailes recoletos con noviciado. Los frailes carmelitas dedicaron su casa provisional en 1615, de noche, para evitar la oposición por los franciscanos al nuevo y potencialmente rival convento.

El arquitecto carmelita fray Andrés de San Miguel construyó una iglesia sencilla, la cual sirvió hasta 1685, cuando se hizo un nuevo templo desde los cimientos.

 

 

 

La Orden del Carmen era conocida por su rectitud durante el siglo XVII, cuando las otras órdenes estaban en plena decadencia.

Según un fraile carmelita de nuestros tiempos, su orden “empezó a flaquear ya a mediados del siglo XVIII”. Ésto se refleja en el convento carmelita actual (terminado en 1759), donde es evidente que para entonces importaban menos las constituciones y el ideal de la pobreza.

El convento dominico de San Pedro y San Pablo se fundó en 1692. Don Juan Caballero y Ocio dio fondos para la construcción del claustro y la iglesia, los cuales se dedicaron cinco años después.

Parece que su fundación tenía que ver con una campaña de evangelización en la sierra Gorda, pues en el Informe sobre las misiones el virrey Revillagigedo habla del apoyo que sus antecesores habían dado por esos años a los misioneros dominicos:

“que a éstos se franqueasen los auxilios necesarios, concediéndoles desde luego el que habían solicitado de establecer colegio o convento de la orden de Santo Domingo en la ciudad de Querétaro, sin embargo de la fuerte oposición que hicieron los religiosos de San Francisco”.

Los agustinos habían querido fundar un convento en Querétaro desde principios del siglo XVII, cuando la provincia de San Nicolás de Tolentino de Michoacán consiguió una licencia real para tal fin.

Sin embargo los frailes de la provincia agustina de México se opusieron al proyecto, y la provincia michoacana no logró establecerse en Querétaro hasta 1728.

La primera piedra del convento de Nuestra Señora de los Dolores se puso en 1731 y la iglesia fue estrenada en 1745.

Este conjunto conventual es uno de los monumentos más originales del Barroco novohispano.

Se ha discutido mucho quién fue su autor. Tresguerras atribuyó el templo a Casas, pero Maza cita un escrito de este arquitecto barroco, quien dijo que “el trazo que se hizo para la iglesia de San Agustín, fue rayado por mi misma mano, aunque lo variaron aún después de llenos los cimientos”.

Por otra parte, Báez nos informa que el arquitecto Juan Manuel Villagómez declaró bajo juramento en 1762 que él había construido los conventos queretanos de San Agustín y el Carmen.

Navarrete mencionó en 1739 que a espaldas del colegio jesuita había un hospicio de frailes mercedarios “que si por recién venidos viven retirados, conociendo y experimentando esta ciudad su soberano instituto, abrirá sin duda las manos y doblará las rodillas, así para franquearles la mayor comodidad”.

A pesar del optimismo de Navarrete, parece que los mercedarios vivieron en el mismo edificio hasta las exclaustraciones de la Reforma. Zelaa escribió en 1802 que el hospicio se fundó hacia 1736 y que “Su fábrica es pequeña y humilde, su iglesia es reducida, con techo de vigas y pobremente adornada”.

 

 

 

La Sociedad de Jesús llevó a cabo una eficaz labor de enseñanza con los jóvenes queretanos. El colegio e iglesia de San Ignacio Loyola fue fundado en 1625, sin que hubiera resistencia por parte de los franciscanos. Las aulas eran chicas e incómodas hasta fines del siglo XVII, cuando por la generosidad de Caballero y Ocio se construyó un nuevo edificio.

En los primeros años del siglo XVIII el mismo filántropo sufragó la fundación del colegio de San Francisco Xavier, contiguo a la primera casa de estudios. En 1755 los padres jesuitas terminaron la reconstrucción y ampliación de algunas partes de este conjunto monumental.

 

 

 

La Compañía de Jesús inició su labor educativa enseñando gramática latina en el primitivo colegio, a los niños y jóvenes (por lo general españoles) de Querétaro y otras poblaciones de la región. Según el cronista Pérez de Rivas, la gramática no se daba “a solas y a secas, sino acompañada y sazonada con ejercicios de virtud, devoción y doctrina de costumbres, que impresas y entabladas en esta edad, surten adelante maravillosos efectos.”

A los niños chicos se les enseñaba las primeras letras, también con énfasis en la doctrina cristiana; en estas clases se admitían los niños de familias humildes y de las razas oprimidas. Los jesuitas llevaban la educación a las calles de Querétaro, haciendo “doctrinas públicas”, en las cuales participaban padres jesuitas, estudiantes y vecinos de ambos sexos.

En el colegio de San Francisco Xavier se podía cursar hasta el bachillerato de artes sin salir de la ciudad. Los que querían seguir cultivándose generalmente pasaban a la ciudad de México, al colegio de San Ildefonso o la Universidad de México.

En 1767 llegó la orden de expulsión, firmada por Carlos III, de todos los jesuitas del reino, poniendo en crisis la educación en la Nueva España. La iglesia de San Ignacio fue secularizada pocos años después, convirtiéndose en la Parroquia de Santiago.

A partir de 1778 se volvió a abrir el colegio de San Francisco Xavier bajo el clero secular. El colegio de San Ignacio parece haberse reabierto después, pues Zelaa menciona al “rector de los reales colegios de San Ignacio y San Francisco Xavier de esta ciudad de Querétaro” en los primeros años del siglo XIX. De 1791 es la descripción que sigue:

Hay una casa y colegio de estudios con el título de San Ignacio de Loyola, y un seminario de jóvenes con el de San Francisco Xavier. Ambos colegios son del Real Patronato, y están dotados: un rector, dos catedráticos y un maestro de teología, uno de filosofía, dos de gramática y un maestro de primeras letras, concurriendo a estas escuelas más de 300 niños. El seminario tiene también dotado un proveedor y por lo regular mantiene de 40 a 50 colegiales pensionistas y un crecido número de estudiantes de capa.

Los hermanos de San Hipólito se encargaron de la administración del hospital de la Purísima Concepción en Querétaro desde 1624. Esta orden tuvo sus inicios en la ciudad de México en 1566-1567, gracias a los esfuerzos caritativos del español Bernardino Alvarez, quien abrió un hospital para los pobres junto a la primitiva iglesia de San Hipólito Mártir.

Después de más de un siglo de peticiones frustradas, se consiguió en 1700 la calidad de orden religiosa, con votos de obediencia, hospitalidad, pobreza y castidad. El hospital queretano, fundado por el gobernador otomí Diego de Tapia y otros nobles indígenas en 1586, fue mejorado por los hipólitos.

Tenía dos departamentos: uno para indios y otro para españoles. Junto estaba el pequeño templo de la Concepción. Los hipólitos también iniciaron en 1770 la construcción de un hospital con baños termales en el vecino pueblo de San Bartolomé (hoy San Bartolo Agua Caliente, Gto.), con fondos legados por la cacica otomí Beatriz de Tapia en el siglo anterior.

Fue estrenado hasta 1804. La orden de San Hipólito se extinguió en 1820, cuando el gobierno español mandó la desaparición de todas las órdenes hospitalarias y monacales.

Las mujeres queretanas podían dedicarse a la vida religiosa en los claustros de los conventos y beaterios de la ciudad, como alternativa al matrimonio. El primer convento de monjas, dedicado a Santa Clara, fue fundado en 1607 después de conseguir los permisos necesarios.

El gobernador otomí Diego de Tapia, aconsejado por un sacerdote, decidió patrocinar el proyecto para que su hija Luisa pudiera profesar como monja clarisa. Las hermanas fundadoras vivieron en un claustro improvisado enfrente del convento de Santiago, hasta 1633, cuando se terminó un edificio más suntuoso.

En 1680 había ciento veinte monjas en este convento; en 1791 y 1802 todavía había más de 100 (154). Las monjas poseían grandes haciendas agrícolas y estancias ganaderas, permitiendo una vida de amplias comodidades.

El convento parece haber tenido un carácter elitista. Super explica como “La dote que había que entregar, las cantidades anuales suplementarias y la estricta aplicación de las reglas excluían de manera eficaz a las muchachas de las clases bajas”.

Parece que la abundancia llevó al relajamiento de la regla. Un cronista franciscano de Querétaro escribió a mediados del siglo XVIII que “en algún tiempo decreció el fervor, y la aplicación de estas místicas abejas”.

En el convento de San José de Gracia las monjas capuchinas observaban más seriamente su regla. Según Zelaa, este convento “ha sido visto y tenido (…) de todos los vecinos de esta ciudad, como un relicario riquísimo de virtud y santidad; pues es indecible el amor, respeto y veneración con que todos lo miran y lo tratan.”

Desde su fundación en 1721 hasta 1802 profesaron allí 89 monjas. En 1791 vivían en el convento alrededor de 40 monjas; en 1802 había 34.

Dos beaterios-colegios llevaban a cabo una importante labor educativa entre las niñas queretanas. El primero, llamado por Zelaa el “Real Colegio de Santa Rosa de Viterbo de Hermanas Terceras enclaustradas de N.S.P.S. Francisco” tuvo sus inicios, bastante humildes, hacia 1670.

Fue erigida en colegio real según cédula de 1727. Una bula expedida cinco años después concedió a las hermanas de Santa Rosa, según Zelaa, “todas las gracias, indulgencias y privilegios que gozarían si estuviesen sujetas a dicha sagrada religión” (la franciscana).

El segundo alcalde de la Real Acordada, José Velázquez de Lorea, donó recursos para la construcción del monumental conjunto arquitectónico que hoy se admira. Intervinieron en la obra dos notables arquitectos: Francisco Martínez de Gudiño e Ignacio Mariano de las Casas.

La iglesia se estrenó en enero de 1752. Zelaa describe este establecimiento religioso en 1802: 
 

En el día está habitado este colegio de muchas hermanas de hábito y un gran número de niñas, que están allí recogidas, guardando clausura voluntaria. Se observan en él sus reglas y constituciones particulares con tal exactitud y vigilancia, que pueden juzgarse sus individuas como unas religiosas las más austeras y observantes.

El otro beaterio-colegio, o “real colegio de señor San Joseph de hermanas terceras carmelitas descalzas”, también tuvo orígenes muy sencillos. Nació a fines de 1736 cuando la criolla María Magdalena del Espíritu Santo reunió varias doncellas pobres que carecían de una dote suficiente para entrar en los conventos de monjas de la ciudad.

Cuando la dueña de la casita donde se quedaban les sacó a la calle, un clérigo donó una casa más amplia. En 1740 se celebró la erección en beaterio y en 1768 el arzobispo de México aprobó la enseñanza de niñas en él.

Fue erigido en colegio real por dos cédulas reales, de 1791 y 1800. Las beatas carmelitas imitaban la regla y el hábito de las monjas teresitas, viviendo austeramente de las limosnas y del trabajo de las educandas.

En la escuela gratuita las niñas aprendían las primeras letras, oraciones y habilidades domésticas como el cosido. Zelaa relata el caso de Zeferina de Jesús, beata ejemplar, quien desempeñaba con alegría los trabajos más pesados del colegio y asistía devotamente a los oficios divinos.

Se mencionan “sus disciplinas sangrientas y repetidas” y que recorría diaria la via crucis “con una pesada cruz sobre los hombros”.

Debe mencionarse el convento de Carmelitas Descalzas, aunque su fundación fue posterior a la época Barroca. Popularmente se le llama el convento de Teresitas, por la famosa reformadora carmelita Santa Teresa.

Su establecimiento se debe a la generosidad de una marquesa viuda de la ciudad de México, quien solicitó los permisos oficiales en 1797, presentando planos de estilo neoclásico, dibujados por el arquitecto y escultor Manuel Tolsá.

La cédula real para la fundación se firmó en 1802. El año siguiente llegaron las monjas al convento provisional. Se trasladaron al nuevo convento en 1805 y el templo fue estrenado dos años después.

Parece que el arquitecto celayense Francisco Eduardo Tresguerras intervino de alguna manera en la construcción de este monumento neoclásico.

La religiosidad novohispana penetraba en todos los estratos sociales. Las misas, peregrinaciones y fiestas llenaban gran parte de las horas libres del pueblo.

Aparte de las iglesias mencionadas arriba, había diecisiete capillas públicas en los barrios de Querétaro en los últimos años del Virreinato, donde los queretanos podían asistir a los ritos.

Los milagros se percibían por todas partes, mientras en las crónicas se trataba de crear santos. Cuando no se conseguían las deseadas canonizaciones, se recurría a la invención de las imágenes milagrosas para canalizar la devoción del pueblo.

En Querétaro se veneraban con devoción especial la Cruz de los Milagros en el convento de la Cruz,

El Señor de la Huertecilla en una humilde capilla en una huerta (trasladada en 1748 a la iglesia de la Congregación),

Una copia de la Virgen de Guadalupe, también en la Congregación,

 

La Virgen del Santuario del Pueblito, entre otras.

En la iglesia de San Antonio, según Zelaa, el ayuntamiento celebraba cada mayo “un devoto novenario por las lluvias”, dirigido a la imagen de la Señora de los Remedios.

Las hermandades religiosas tenían una importancia fundamental en el mantenimiento de la cohesión social en Querétaro.

Existía una Tercera Orden de San Francisco, fundada en 1634, con su capilla en el atrio del convento grande de los franciscanos. Sus miembros, de la clase alta, participaban en ciertas penitencias y ejercicios espirituales, realizaban obras caritativas y fundaron una escuela gratuita de primeras letras en 1788.

Había otra Tercera Orden en el convento dominico, cuyos miembros practicaban en adviento y cuaresma sus ejercicios de penitencia y devoción.

Abundaban en la ciudad las cofradías, o “instituciones religiosas de ayuda mutua”, como las define Florescano.

Había cofradías étnicas de indios, negros, mulatos y españoles.

Cada gremio tenía su cofradía, dedicada a un santo patrón.

Cimentaban los lazos entre personas de raza u oficio idénticos.

Pero sería una mentira insistir en la santidad del pueblo novohispano de la época Barroca. La religiosidad con frecuencia era una máscara que se mostraba a los demás, mientras los pensamientos se dedicaban a asuntos privados de odio, avaricia o erotismo desenfrenado.

Tampoco el clero se libraba de esta contaminación moral. Los escritos de la época tienden a omitir cualquier mención de la inmoralidad, pero en ciertas fuentes documentales -como la obra del viajero inglés fray Thomas Gage o el ramo de Inquisición del Archivo General de la Nación- el estudioso puede descubrir la realidad que se escondía detrás de la superficie catoliquísima de la sociedad virreinal.