Banca 12 a Javier Garcíadiego era la de Beatriz De La Fuente

 La Academia Mexicana de La Historia

 

La Academia Mexicana de la Historia, correspondiente de la Real de Madrid, celebró en sesión solemne el pasado martes dos de septiembre la recepción como Académico de Número del doctor Javier Garciadiego, quien a partir de ese momento ocupa el Sillón 12.

Desde 1942 la Academia Mexicana de la Historia edita las Memorias de la Academia Mexicana de la Historia, correspondiente de la Real de Madrid con el objeto de que los resultados de investigación en el campo de la historia se den a conocer a investigadores, profesores, alumnos de historia y al gran público.
Dicha publicación reúne contribuciones de historiadores mexicanos y extranjeros y abarca los diferentes campos de estudio de la historia de México. A la fecha se han editado 46 números y actualmente aparece la publicación anualmente, bajo la dirección del doctor Álvaro Matute.

Historia de la Academia

Desde las primeras décadas del México independiente se proyectó fundar una institución que agrupara a los estudiosos de la historia, dado el interés importante que esta disciplina tenía en el país. En 1836 el gobierno de la República decretó la fundación de la primera Academia de la Historia, integrada por distinguidos intelectuales, pero los vaivenes políticos impidieron que prosperara dicha iniciativa, pero que se hicieran nuevos intentos.

La consolidación de la soberanía en 1867 permitió emprender los proyectos educativos que la inestabilidad y las amenazas externas habían obstaculizado. Así, en la década de 1870, en casi toda Hispanoamérica se había conquistado cierta estabilidad política que permitía emprender tareas que habían quedado inconclusas o que no se habían consolidado. Es por ello que apareció un movimiento de la mayoría de los países hispanoamericanos para instituir academias de la lengua, correspondientes de la Real de Madrid, del cual resultaría en la fundación de la Academia Mexicana de la Lengua en 1875.

Inspirados por este hecho, varios diplomáticos hispanoamericanos acreditados en Madrid iniciaron gestiones para crear las instituciones correspondientes de la Real Academia de la Historia de Madrid, pero que no lograron consolidar su objetivo por no encontrar eco en esa institución. En 1888 se volvió a replantear el asunto y esta vez pareció que la Real Academia se mostraba más receptiva, tanto que se estudió y discutió el proyecto y hasta se redactó el reglamento por el que se regirían las academias afiliadas. De esta manera se establecieron las academias de Buenos Aires, Bogotá y Caracas, pero la fundación de la de México volvió a fracasar. Podría aventurarse que la tradición antihispanista de una corriente de la historiografía mexicana tuviera influencia en el fracaso.

En 1901, a iniciativa del marqués de Prat, ministro de España en México, se hizo un nuevo intento. El proyecto parecía sólido y después de varias reuniones, se procedió a elegir académicos fundadores y al secretario de la institución que iba a ser nada menos que don Nicolás León. No obstante, la nueva academia murió sin ser reconocida por la matriz madrileña.

En 1916, cuando apenas se iba logrando la pacificación revolucionaria en el país, un nuevo proyecto iba a tener mejor suerte. Apadrinada por redactores y colaboradores de la Revista de Revistas, se fundó la Academia de Historia que, en cierta forma, dio origen a la actual.

Como tantas cosas en la historia, su consolidación resultó de la casualidad. Por entonces, uno de sus miembros, don Manuel Romero de Terreros, estaba a punto de partir a España y con tal motivo, la nueva academia le encargó llevar un saludo a la Real de Madrid, con la esperanza de convertirse más tarde en su correspondiente. Su gestión tuvo éxito.

La Real Academia de Madrid utilizó para establecerla el reglamento redactado en 1888 para las correspondientes en América y, de acuerdo con éste, el 12 de septiembre de 1919 surgió finalmente la Academia Mexicana de la Historia. Los primeros en ocupar algunos de los 24 sillones de número fueron: Francisco Sosa, Francisco Plancarte, Ignacio Montes de Oca, Luis García Pimentel, Francisco A. de Icaza, Mariano Cuevas, Manuel Romero de Terreros, Jesús García Gutiérrez, Jesús Galindo y Villa, Luis González Obregón, Juan B. Iguíniz y Genaro Estrada.

Como apuntaría don Manuel Romero de Terreros, la marcha de la Academia no dejó de tener sus tropiezos, que se fueron sorteando gracias a la colaboración de algunos de sus académicos. Desde luego estaba el de no tener sede, ni fuentes permanentes de financiamiento, obstáculos importantes para consolidar su tarea.

El problema de la sede se iba a solucionar gracias a la colaboración de don Atanasio Sarabia, quien era funcionario del Banco Nacional de México y logró que esa institución proporcionara el financiamiento no sólo para construir el actual edificio que ocupa la Academia, sino para que adquiriera la hermosa portada de un palacio colonial “que ornaba la antigua calle de Capuchinas”. El 9 de diciembre de 1953, en ceremonia solemne, la Academia estrenaba casa.

Conseguir medios permanentes para sobrevivir ha sido imposible. En los primeros tiempos la Academia pudo vivir gracias a diversos “patronos y benefactores que le aportaron un modesto patrimonio”, utilizado para públicar las Memorias de la Academia Mexicana de la Historia, que aparecieron con gran puntualidad. Mas el patrimonio se redujo por los altibajos de la economía mexicana y se empezó a recurrir al auxilio de la Secretaría de Educación Pública que la ha venido apoyando, con cierta regularidad, desde hace más de dos décadas, aunque con las interrupciónes debidas a los cambios ministeriales y sexenales.

El manejo austero de ese patrimonio, durante la gestión de don Edmundo O’Gorman como director, permitió emprender la renovación de su edificio, con lo cual la sala de juntas y el auditorio adquirieron una apariencia acorde con la dignidad de su ilustre fachada.

La Academia contó con 24 sillas de número hasta el año de 1990 en que en Junta extraordinaria se decidió aumentarlas a 30, ocho foráneas y 22 residentes. Los sillones los ocupan destacados historiadores de todas la corrientes. Aunque algunos importantes exponentes de la historiografía del siglo XX nunca llegaron a ser miembros de la institución y algunos de los elegidos resultan no ser tan representativos, sin duda la mayoría de los académicos de número han tenido y tienen un lugar destacado en la profesión.

Actualmente la Academia cuenta con 30 lugares de número, 22 para miembros residentes en la ciudad de México y ocho para los estados. Comprende a historiadores de distintas especialidades —historia política, eclesiástica, social, de la mujer, económica y del arte, la antropología y arqueología e historiografía, entre otras — y de diferentes épocas de estudios, como la historia prehispánica, colonial, del siglo XIX, de la Revolución y contemporánea.

Hoy día la Academia está dirigida por la doctora Gisela von Wobeser, cuyo campo de estudio es la historia social y económica de la época colonial. Funge como secretario el doctor Andrés Lira González, especialista en historiografía e historia de México. El censor es el maestro Jorge Alberto Manrique, quien se ha dedicado a la historia de las ideas y las instituciones y el tesorero el doctor Elías Trabulse, especialista en historia de la ciencia.

Los demás miembros que conforman actualmente la Academia, todos distinguidos historiadores, con una numerosa producción historiográfica son: Mauricio Beuchot, Israel Cavazos, Manuel Ceballos Ramírez, Clementina Díaz y de Ovando, Bernardo García Martínez, Mercedez de la Garza, Virginia Guedea, Eduardo Matos Moctezuma, Moisés González Navarro, Carlos Herrejón Peredo, Enrique Krauze, Miguel León-Portilla, Jean Meyer, Álvaro Matute, José María Muriá, David Piñera Ramírez, Ida Rodríguez Prampolini, Ma. de los Ángeles Romero Frizzi, Ernesto de la Torre Villar, Elías Trabulse, Elisa Vargaslugo, Josefina Zoraida Vázquez Vera y Silvio Zavala.

Tomado de La Academia Mexicana de La Historia

“El Peñón de los baños, su historia…”

El Peñón de los Baños

En los códices prehispánicos y mapas virreinales de la cuenca de México, siempre aparece un cerrito elevado, situado hacia el oriente, a corta distancia de México-Tenochtitlán.

La marquesa Calderón de la Barca, a raíz de una visita, escribió en 1841:

 “Fuimos a pasear al Peñón (…) donde hay unos baños que se consideran un remedio universal (…) No dejamos de pensar que fortuna podría hacer con estos baños un yanqui emprendedor si fuera su dueño, edificara aquí un hotel (…) y embelleciera este rústico templo de agua caliente”. Igual nos preguntamos como no hay un mexicano emprendedor que vea su potencial y garantice su supervivencia.

En esa época el cerro recibía el nombre de Tepetzinco y aún se le representa con su glifo toponímico, que muestra el cerrito con dos piernas en actitud de correr.

A lo largo de su historia distintas construcciones han albergado el manantial, algunas lujosas y otras de gran modestia.

En el apogeo mexica tenía suntuosas edificaciones y después de la conquista el templo azteca fue sustituido por uno cristiano y las instalaciones fueron viniendo a menos, aunque nunca dejaron de funcionar.

En el siglo XVIII les dieron una arreglada y se construyó una bellísima capilla barroca, que todavía existe, urgida de una buena restauración.

En siglos pasados el agua lo separaba de la urbe y ahora es parte de ella.

Es el Peñón de los Baños, que recibe ese nombre porque desde hace siglos de sus entrañas brotan aguas termales ricas en minerales como bicarbonato, magnesio, calcio, potasio y litio, entre muchos otros.

A ello se añaden los 46 grados de temperatura con los que emana de las profundidades de la tierra, en donde seguramente algún volcán subterráneo le otorga todas esas propiedades.

Resulta fascinante pensar que en este lugar tomaron baños los emperadores aztecas y texcocanos.

Durante el porfiriato los baños vivieron una época de oro, en gran medida porque, entre otros, el respetado doctor Liceaga avaló científicamente las bondades terapéuticas del manantial, recomendando inclusive que se bebieran sus aguas.

Esto llevó al suegro de Porfirio Díaz, don Manuel Romero Rubio, a adquirirlos y construir lujosas instalaciones.

En un predio anexo estableció una planta embotelladora para comercializar el líquido.

La mejor guía de la ciudad de esos años dice: “El servicio de este establecimiento, que tiene un amplio y lujoso hotel, con restaurante anexo, con capilla, boliche, sala de bailes, etc., es muy esmerado”.

Durante el siglo XX en la zona se desarrollaron colonias populares y poco a poco las edificaciones de los baños fueron decayendo, la planta embotelladora y las lujosas construcciones fueron demolidas.

Actualmente se conservan unas modestas instalaciones rodeadas de edificios de departamentos.

En el centro, en una isla jardinada, se encuentra la hermosa capilla y a un costado los cuartos de baño, individuales o de pareja, limpísimos, con un excelente servicio y la posibilidad de darse un buen masaje después del sabroso remojón.

Sale auténticamente fortalecido si está sano, y mejorado de sus dolencias, si es el caso: asma, reumatismo, artritis, ciática, lumbago, bronquitis, estrés y previene la osteoporosis.

Su director don Jorge Espinosa, culto maestro retirado, quien con un pequeño grupo mantiene con esfuerzo vivos los baños, le puede enseñar la capilla y contarle la historia del lugar, que se encuentra a unos pasos del aeropuerto, en la calle de Quetzalcóatl y Circuito Interior.

Desde el circuito se puede ver la primorosa cúpula de la capilla.

En las largas esperas que tienen que sufrir muchos viajeros en el aeropuerto, una magnífica opción sería cruzarse a los baños, en donde se relajarían entre vuelo y vuelo con las reconfortantes aguas, en estos que seguramente son los baños termales más antiguos de América.

Ángeles González Gamio