La Casa de La Marquesa

 

df_ruta4.gif qro9.jpg29.pngFachada.jpgcasamarquesaameni6.jpgcasamarquesarest2.jpg94-casa-marquesa.jpgqroarq912007.jpg

 

 

La Casa de La Marquesa 

En 1756 se terminó la construcción de este suntuoso edificio situado en la antigua calle del Hospital Real  y fue para Francisco Antonio Alday. 

El alarife fue el conocido como Cornelio, ya que solo se ha podido conservar su nombre dentro de las obras que realizó en nuestra ciudad. 

 La casa es un magnífico exponente del barroco civil del siglo XVlll, con un inigualable portón claveteado cantería labrada que deja ver la gran influencia Mudéjar que tiene, los acabados de la balconería son finos. 

El patio de la casa es único con una elegantísima danza de arcos lobulados, suspendidos, volados o de dosel, que logran producir una ilusión y efectos incomparables. 

La escalera conduce a un descanso donde se observan tres ventanales cubiertos por arcos ojivales basados en pilastras de cantera. 

En la planta alta  resaltan los arcos bilobulados y mixtilíneos que cubren los accesos a sus espaciosos salones como el llamado “morisco”, en esta planta se encuentra un excelente capilla. 

En 1809 esta casa fue adquirida Por Mariana Mier y Ríos, marquesa de la vila del villar del Aguila. 

En 1837 obtuvo su nieta Dolores Férnández de Jáuregui el título de marquesa. 

En esta casa estuvo hospedado Agustín de Iturbide y Venustiano Carranza entre otros varios personajes de la historia nacional.

Chinkultic – 2008

 

2006.016.663.jpg ChinkulticMirador01.jpgImage001.JPGch_chinkultic.pngmonteb.jpg300px-ChinkulticMarker.jpg35654166.mexgua_10_comitan_052_IMG_1803.jpgP1030228.jpg

Chinkultic, 2008  

Hermann Bellinghausen  

 

La Jornada  

Las noticias no son metáforas, aunque a veces sirven como tales. Los hechos represivos de Chinkultic y el ejido Miguel Hidalgo, en La Trinitaria, Chiapas, el pasado 3 de octubre, se deben una vez más a la respuesta de los pueblos contra el enajenamiento de sus tierras y sus derechos territoriales.  

Y una vez más, el motor de la agresión criminal de la fuerza pública es el turismo (y cierta “soberanía” de las instituciones): protegerlo, propiciarlo, monopolizarlo para los poderes políticos y económicos. 

La gente, los pobladores, no se han dejado tan fácilmente.  

Su futuro no puede decidirse en las mesas de los arquitectos, las proyecciones de los inversionistas ni los planes gubernamentales impulsados por el Banco Mundial o sus equivalentes que, impuestos a los pueblos en nombre del “desarrollo”, pretenden arrasar la vida de dichos pueblos. 

Chinkultic, la ciudad maya del periodo clásico (años 600 a 900) que duró hasta entrado el posclásico (hacia 1200), a diferencia del resto de ciudades antiguas de la región que se colapsaron antes del primer milenio.  

Ahora, abandonada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, su administrador oficial, quedaba en la doble condición de recurso abandonado y potencial proyecto “detonante”. 

La gente se organizó, en los márgenes si se quiere. No se trata de una organización política en particular, sino de un ejido más bien oficialista. Sus representantes estaban negociando con el gobierno estatal.  

La policía los atacó masiva y criminalmente, pues un mes atrás osaron tomar la caseta de peaje al acceso de las ruinas y usufructuarla en beneficio de la comunidad.  

Y se propusieron dar mejor cuidado a la semiexplorada zona arqueológica, vecina a los lagos de Montebello y sitio del hermoso Cenote Azul, que se puede contemplar de lo alto de la pirámide principal. 

No es (¿o sí?) un caso como Atenco.  

Tampoco Bolon Ajaw o San Sebastián Bachajón, en Chiapas, donde el conflicto “turístico” por las cascadas de Agua Azul ha movilizado a los pobladores en tiempos recientes, y los ha confrontado por acción oficial y con la fuerza pública. 

Algo parecido ocurre en las mismas lagunas de Montebello, no lejos de la frontera con Guatemala. Los pueblos y ejidos ocuparon los “atractivos turísticos” donde ellos viven. Y las autoridades los demandaron por “despojo”. 

Chiapas no es Quintana Roo.  

No pueden llegar los planes, los buldózer y los hoteles así como así. Pudieron en Cancún (esa especie de Las Vegas caribeño), y como son imparables ya van sobre Tulum, otra “ruina”.  

No es igual para los pueblos tzeltales, choles o tojolabales, que ancestralmente viven en las tierras mayas, y son campesinos allí, tiene derechos, tienen razón y tienen, si algo, lo que pisan las plantas de sus pies. 

Seis campesinos asesinados, tres con tiro de gracia, por policías federales y estatales.  

Quisieron quitarlos de ahí, los gasearon, golpearon, vejaron y balearon. Y además, no pudieron quitarlos.  

Eso significa algo.

Los de Abajo y Mariano Azuela

 autor.jpgimg?s=MLM&f=17560607_9159.jpg&v=P ldeabajo.GIF000471370.pngSoldaderas-393x267.jpg 

Los de abajo.jpg 0140266216.01._SCLZZZZZZZ_.jpg

Mariano Azuela

(1873-1952)

Mariano Azuela originario de Lagos de Moreno, nació el 1 de enero de 1873 y muere en La  Ciudad de México, 1 de marzo de 1952. 

Médico de profesión, destacó como crítico literario y escritor mexicano. 

Obtuvo notoriedad por sus narraciones ambientadas en la época de la Revolución Mexicana de 1910. Hizo estudios de médico cirujano en Guadalajara.  

En 1917 se trasladó a la ciudad de México para trabajar en un dispensario público. Siguió recogiendo el habla del pueblo, sus modales y su forma de razonar para plasmamos en otras novelas como El camarada Pantoja, Las tribulaciones de una familia decente, la marchanta.

Además de novelas, Azuela escribió cuentos, relatos, ensayos e incluso obras para teatro. En 1942 recibió el Premio Nacional de Literatura. Más tarde entró al Colegio Nacional y obtuvo el Premio de Artes y Ciencias.

Murió el primero de marzo de 1952, en la casa número 242 de la calle de Álamo (hoy calle Mariano Azuela), de la colonia Santa María la Ribera.
 

 Se inició en la escritura en los tiempos de la dictadura de Porfirio Díaz. 

A lo largo de su carrera literaria incursionó en el teatro, el cuento y el ensayo crítico además de la novela, género donde obtuvo mayor reconocimiento. 

Su primera novela fue María Luisa (1907). Después publicaría Andrés Pérez, maderista (1911).  

Fue designado jefe político de Lagos y posteriormente director de Educación en Jalisco.  

Tras la caída de Madero, Azuela se incorporó a las fuerzas revolucionarias de Julián Medina como médico militar.  

Fue entonces cuando escribió Los de abajo (1915), la novela que le dio popularidad. 

En 1942 obtuvo el Premio Nacional de Literatura de México. 

El 8 de abril de 1943 ingresó como miembro fundador al Colegio Nacional  y en 1949 recibió el Premio Nacional de Artes y Ciencias. 

Fue sepultado en la Rotonda de los Hombres Ilustres.   El movimiento caudaloso y sangriento contra Victoriano Huerta y la forma espontánea en que los campesinos engrosaron las filas revolucionarias son el tema de su famosa novela Los de Abajo, que inicia una abundante literatura narrativa sobre las luchas revolucionarias del México moderno.

Es una serie de cuadros impresionantes de ese momento caótico en que chocaban todas las fuerzas en conflicto sin un plan doctrinal bien preciso.

Esta novela alcanzó gran difusión en el extranjero y ha sido traducida a varios idiomas.

Posteriormente Azuela siguió pintando, con colores fuertes y a veces pesimistas, la vida mexicana en la capital y la provincia, en los medios políticos, agrarios y familiares, como en sus novelas

Los Caciques (1917)

Las Moscas y Las Tribulaciones de una Familia Decente (1918)

 

La Luciérnaga (1932)

Avanzada (1940)

Nueva Burguesía (1941)

 

La Marchanta (1944)

 

La Mujer Domada (1946)

 

La Maldición (publicación póstuma, 1955)

Los de abajo

Un campesino,  Demetrio Macías tiene que huir de su casa antes de la llegada de una tropa del gobierno. Incorporado al proceso revolucionario, se convierte en jefe de un grupo, y se auto proclama general.

Al desconocer a Venustiano Carranza una convención de jefes revolucionarios, maciza se une con sus tropas a Pancho Villa, que lucha contra carranza.

El antiguo campesino, ahora villista, como la mayor parte de los héroes del cine y las novelas de la revolución mexicana, visita a su mujer y a sus hijos.

Todos le piden que no continúe combatiendo

 “¿por qué pelean ya, Demetrio?”

Demetrio, mientras arroja una piedra al fondo de un cañón le responde:

 “Mira esa piedra cómo ya no se para…” Poco después, partirá de nuevo con su tropa hacia la muerte.

Esta escena en donde la novela precenta la vida de un hombre atada a un destino trágico, con la misma fuerza que la de una tragedia griega, representa uno de los mejores logros del libro.

Cuando él y sus hombres tratan de volverá reunirse con las tropas de Villa son sorprendidos por una patrulla federal.

El enemigo, escondido a millaradas, desgrana sus ametralladoras y los hombres de Demetrio caen como espigas cortadas por la hoz.

Las balas zumban en los oídos de Demetrio como una granizada.

Pero el todavía apunta, dispara y no falla tiro.

San Luis Potosí

 slp_pza_armas.JPGslp.gifmuseo de la mascara_grande.jpgT060301A.jpgslpcam.jpgfoto_slp.png196_5332-Pesebre.jpgaboutdestination_01.jpgdsc02742qe4.jpgfc1.jpgluz1ax7.jpgteatro_macedonio_alcala.jpg24_san_luis_potosi_teatro_de_la_paz_2.jpg065jpgcs4.jpg

San Luis Potosí

José Félix Zavala  

Desde hace mas de tres mil años se ha gritado con reciedumbre, se oyó decir de ellos en Cerro Grande, en el Peñón Blanco, en el Cerro del Aguila, en la Mesa de los Caballos hasta el Picacho de Bernalejo, lo mismo que en el Sótano de las Golondrinas, allá en Aquismón.

 

Son los hombres Aguila, dicen, en la sierra de Alvarez y allá donde crecen los framboyanes, las bugambilias, los crotos y los palos de rosa. Se platica de ellos en las riberas del río Calabacillas,  río la Laja, Río Verde, Río Valles, Río Tampaón, en el Tamuín, lo mismo que en el Salto, El Naranjo y la Lloviznosa.

 

Son los hombres del arco y la flecha, los hombres de la dispersión que defienden hasta la muerte su tierra, la tierra donde corre el oro, la yuca, la biznaga, el mezquite, los pirules y el samandoque, defienden la tierra donde vive el conejo, la liebre, la ardilla, los coyotes, donde vuelan las codornices, los tordos, los zenzontles, los palomos, los gavilanes, donde vigila el gato montés.

 

Es la Gran Chichimeca, la zona del Gran Tunal, como alguien la ha llamado, son los tiempos de la libertad que se ve amenazada, son los hombres que estaban muy lejos de ser congregados en pueblos trazados a cordel, lejos de ser sometidos, de ser destinados a la construcción de ciudades para otros hombres y a edificar templos para otros dioses.

 

Cuenta Joaquín Meade: “ Existe la creencia que la primera migración, fue la de una raza afín a la Chichimeca y la segunda a la Maya o la Tolteca, en la que se fundó seguramente la llamada Olmeca. En todo caso es probable que el grupo Chichimeca se estableció muy temprano en tierras potosinas”. A su vez dice Gerste que los Tenochcas veían en los Chichimecas a los primeros pobladores del continente.

 

Bernardino De Sahagún, humanista preocupado de rescatar, dentro de las limitaciones de la época, pero con un gran sentido de la ciencia, una cultura que jamás se imaginó existiera, dijo: “ … estos dichosos Toltecas se nombran Chichimecas y no tenían otro nombre particular sino el que tomaron de la curiosidad y el primor de las obras que hacían, que se llamaban toltecas que es tanto como si dijésemos oficiales, pulidos y curiosos.”

 

Dentro de este gran territorio, que ahora es el suelo potosino, no podría haber otro dios que no fuese el sol, dador de todos los bienes y que sus ritos de congratulación solo se dieran al aire libre. Como se han venido haciendo por cientos de años, por milenios, en las grandes ciudades mesoamericanas, con una concepción a la divinidad, distinta a la occidental, lo mismo que del urbanismo y la convivencia. A todos estos quehaceres culturales hemos estado cerrados por decreto, de tal suerte que los que somos indios nos queremos llamar mestizos.

 

Sigue diciendo Sahagún en su obra monumental: “ … de las mujeres había muchas que sabían hacer labores en las mantas, en enaguas, en huipiles, que tejían muy curiosamente; pero todas ellas labraban lo dicho de hilo de maguey, que sacaban y beneficiaban de las pencas; Hilbanábanlo y tejíanlo con muchas labores… aunque sabían hacer muchas formas de ropa…”

 

Así era la Gran Chichimeca antes del “ Bramo “, ese grito aterrador que se diera al descubrirse las minas de Cerro San Pedro y que fuera el estallido que reuniera los intereses de los españoles y trajera la ruina de los dueños originales de estas tierras. Los Huachichiles que semejan gorriones y en lugar de la peluca española, usaban el color bermejo, vivían y disfrutaban estas tierras de frontera, hasta el día en que supieron que Hernán Cortés llegaba a la tierra de los Téenek, a Tancuyalab.

 

Todavía se recuerda cuando Nuño De Guzmán, marcó como animales a mas de 10 000 Huastecos y muchos de ellos prefirieron el suicidio a la humillación, estos hechos han sido repetitivos durante los 300 años de estancia de los españoles en éstas tierras y los 200 años de los mestizos, hasta nuestros días, que ya suman 500.

 

Por eso los Cuachichiles atacaron a cuanto español se acercaba al Gran Tunal y a esta guerra de guerrillas la llamaron salvajismo, cuando era solo el esfuerzo de un pueblo para impedir que se llevara a cabo el trazo de ese camino tan terrible para la región Chichimeca que llamaron el Camino De La Plata.

 

La irrupción española trajo un rompimiento en la cultura mesoamericana en todos los órdenes, como jamás se había visto en la historia de la humanidad y con ello privó al mundo, al género humano de encontrarse con una cultura, con una forma de vivir y de pensar no prevista, ni mucho menos imaginada por Occidente.

 

Había una comunidad Cuachichil, en donde ahora llamamos muy familiarmente  Plaza de Fundadores, esta comunidad era de cazadores, que poco usaban la agricultura, pero con el Juego de Pelota, sus ritos realizados hacia los cuatro puntos cardinales, el uso del Jiculi, recordaban a esas antiguas culturas que dejaron cuecillos, figuras humanas en barro, cerámica y muchos vestigios más en esta zona donde ahora es la Ciudad de San Luis Potosí y que demuestra a pesar de muchos decires en contrario, que hasta estas tierras de frontera había llegado la cultura del maíz y de la escritura matemática, antes de las invasión española.

 

Se quiere olvidar a mas de algún historiador, el pasado y el aporte de esta cultura que pensó un mundo diferente en todos los órdenes al de España y Occidente y lo recreó muy extensamente, baste como ejemplos: El Tajín, Tula, Teotihuacan, Monte Albán o Tikal, entre muchos otros ejemplos grandiosos, lo mismo que su concepto y desarrollo de la escritura, la fonética, el avance de su medicina, su insuperable técnica agrícola entre muchos otros ejemplos que se pudieran dar.

 

Esta comunidad y la que se había ya establecido en lo que ahora es el barrio de Tequisquiapan, mas el aporte de los tlaxcaltecas, los hombres del sincretismo, dan origen a la actual ciudad de San Luis Potosí. De ellos nace una identidad, el aporte para la construcción de la ciudad española, que ahora llamamos centro histórico y de sus barrios o altepetles: Tlaxcala y Santiago, y al rededor del Convento Grande de San Francisco, los barrios que ahora conocemos como San Miguelito y San Sebastián.

 

Así que el lugar denominado puesto de San Luis Potosí, que debiera dar origen a la ciudad indígena, da de pronto lugar a una fundación o pueblo de españoles, que sirvió de morada a los gambusinos, pero la creación  de la ciudad que se va formando hasta ahora y por mas de 400 años y más propiamente en los siglos XVl, XVll. Y XVlll, es obra de la destreza, la posibilidad de adaptación y de sincretismo de los Cuachichiles, Tlaxcaltecas, Tarascos y otros pueblos que se avecindaron en la prosperidad de la nueva población que diò oro, maíz e intercambió bienes a la Antigua y a la Nueva España.

 

Tanto los misioneros como los colonizadores ensayaron métodos de dominación, unos violentos, otros pacíficos. Su atención se dirigió a los jóvenes indígenas, los pilhuanes, al conocimiento de las lenguas nativas, a las costumbres, por ello escribieron diccionarios, catecismos, confesionarios y más en lenguas naturales.

 

Se tiene como fecha de fundación de la Congregación de Cuachichiles en el puesto de San Luis, el 25 de agosto de 1583, puede ser tradición o historia al concepto occidental, de cualquier modo debe respetarse, la costumbre se hace ley y el de la fundación española en el mismo lugar el 3 de noviembre de 1592, quedando para la posteridad y hasta nuestros días la celebración de la fundación la primera fecha o sea la indígena y dándole crédito como fundadores a Fray Diego De La Magdalena y a Miguel Caldera, el tristemente celebre ganador de la guerra Chichimeca, iniciada en 1550 con la entrada del camino de la plata o dicho de otro modo con la invasión de los españoles.

 

Cuenta Arnoldo Kaiser: “ Lo que es hoy San Luis Potosí ha sido resultado de la fusión del núcleo urbano formado por los siglos XVI, XVll, y XVlll con sus siete barrios o villas a saber: Tequisquiapan, Santiago, Tlaxcala, San Miguelito, Montecillo, San Sebastián, San Juan de Guadalupe. Estos barrios se formaron casi al mismo tiempo que la ciudad y tuvieron su vida propia durante gran parte de su existencia, con sus tradiciones, costumbres y celebraciones, muchas de las cuales aún subsisten… ahora los barrios ya están integrados a la mancha urbana, pero siempre seguirán siendo parte de las raíces y la identidad de los habitantes de San Luis Potosí.”

 

Estos pueblos indios fueron creciendo y pronto hubo  30 tiendas de mercadería de géneros, 17 tendajones que vendían piloncillo de la huasteca, azúcar, cacao, pimienta, canela. Surgieron los sastres, los carpinteros, los herreros, los sombrereros, los tejedores, los curtidores, los albañiles, los hojalateros, los pintores, los armeros, los encuadernadores, los doradores y los hábiles plateros. Las tenerías de cordobanes, suelas y bandanas, telares para hacer frazadas, colchas y alfombras, fábricas de salitre para sacar la plata. San Luis Potosí se iba enriqueciendo.

 

Fue naciendo la parroquia y las casas reales, el convento grande de San Francisco, los templos de San Agustín, La Merced y  La Compañía, el hospital de los Juaninos, el beaterio de San Nicolás,  las plazas y las casas de los españoles, mientras los barrios permanecían con sus modestas capillas de indios, a sabiendas que ellos eran los constructores del rico ya San Luis Potosí.

 

Esa capilla de la Santa Veracruz, construida para dar inicio al pueblo de indios de San Luis, debe ser recordada con orgullo por todas las generaciones de potosinos, como una tentativa de los verdaderos dueños “del Gran Tunal”, Los habitantes inmemoriales de este lugar, que algunos han llamado también Tangamanga, tuvieron el sueño de vivir en paz y sin colonizadores, pero la historia no fue así.

 

Jamás debemos olvidar la importante fundación del barrio de Tlaxcala, allá por el año de 1592 a la par de la ciudad española de San Luis Potosí, esta con su convento franciscano y su capilla que guarda a la diosa madre concepto mesoamericano, pintada por José Pardo y desde luego asistir el 15 de agosto al paseo de las bateas floridas y las danzas, recuerdo de tiempos idos y de resistencia callada de una de las culturas civilizatorias del mundo que se niegan a morir.

 

Tampoco debe quedarse fuera de nuestra memoria el barrio de Santiago y recordar que la veneración a sus antepasados, costumbre eminentemente mesoamericana o indígena, les hizo levantar allí su capilla. Las dos cupulillas del templo son para recrearse, lo mismo que las pinturas de Arellano, sus muy maltratados doce apóstoles realizados por José Correa y la fiesta del Señor Santiago,  Huichilopochtli, cada 25 de julio, recordando que al apóstol Santiago lo subieron al caballo los españoles para conquistar los pueblos mesoamericanos con la espada.

 

Está presente en la memoria de esta ciudad el barrio de San Sebastián, al sudeste,  un poco posterior su creaciòn a los ya citados y en él se celebra al dios adolescente o Matove, cada 20 de enero, que tiene su contraparte en el Señor San Sebastián, allì se da tambièn la entrada de la cera en la víspera, danza de concheros durante la celebración. Recuerdo que debe dejarse de lado a quienes se oponen al recuerdo que identifica, resiste y transforma, al ver estas manifestaciones culturales.

 

San Miguelito el barrio nacido a la par que el Convento Grande de San Francisco, es quien da identidad a este pueblo potosino. Junto a él nacen las capillas indígenas de la Santísima Trinidad y la Tercera Orden, lo mismo San Miguel Arcángel y Nuestra Señora de los Dolores. El 29 de septiembre de cada año recuerdan al Arcángel Guerrero que los identifica plenamente, lejos están ya las guerras floridas que daban vida eterna al sol.

 

Al oriente está el barrio de Montecillos, con su San Cristóbal Guatemalteco y su dios, el Señor de las Misericordias, celebrado en las fechas de la recolección, en  los finales del mes de agosto, discreto oye el paso del tren y mira hacia el frente al Señor de los Trabajos, todas estas son tradiciones sincretizadas, muestra de la resistencia de la cultura mesoamericana que durante estos últimos 500 años ha podido sobrevivir, para dar al mundo la oportunidad de rescatarla.

 

Mas apartado está San Juan de Guadalupe, otro barrio de indios, donde la diosa abuela, la madre de todos los dioses sentó sus reales y desde ahí busca y mantiene la identidad de una ciudad construida por los indios para los españoles. Se me viene a la memoria la calle de la Corriente y el río Santiago, como lugares fronterizos entre el pueblo para españoles y los constructores mesoamericanos, el pueblo original de esta tierra.

 

Nuestra Señora de los Remedios, sigue rigiendo como Patrona, como lo fue en un principio, desde la Calle Real el barrio de Tequisquiapan, que significa este nombre primitivo “sobre el agua de tequesquite”, para aquellos que se oponen al nombre indígena de Tangamanga para esta ciudad, donde el agua y el oro fueron parte importante de las riquezas de esta villa que fuera el hoy San Luis Potosí,

 

Que no se olviden los festejos del Colonche, vino de tuna, pulque, melcocha, miel de tuna, queso de tuna, charamuscas, pipitorias, dulce de biznagas y sin faltar las tunas blancas y  cardonas, los tacos y las enchiladas, todos ellos alimentos festivos de esta tierra de la Gran Chichimeca, llamada La Nopalera o El Gran Tunal.

    

                                                                                          

 

Bosquejos para un retrato de México

Bosquejos para un retrato de México

La hondonada entre la justicia y las promesas rotas

John Berger La Jornada 

Veinte años atrás en este poblado de calles angostas, de casas del color de las flores, cualquier indígena que anduviera por la acera tenía que bajarse para permitirle a algún mexicano “blanco” continuar sin perturbaciones su camino.

Tras la toma de la ciudad por los zapatistas en 1994, esto cambió. Lo que hoy ocurre en esas mismas aceras hoyancadas es asunto de decisiones, no de discriminación.

Al llegar a la cabaña donde se alojaba temporalmente, me preguntó que dónde quería yo que se sentara. Le indiqué una silla junto a dos comandantes zapatistas –una mujer con su niña de seis años y un hombre mayor– ya sentados. Así, supuse, hablará con ellos y me dejará en paz. Me miró con un dejo de ironía, como si leyera mis pensamientos. ¿En paz? Sí, la paz es un momento.

Ayer había anunciado enfrente de varios cientos de personas que, por un tiempo, no haría más apariciones públicas, porque la amenaza a las comunidades zapatistas y a su forma de vida y lucha de los pasados 13 años era ahora tan aguda que debía retornar a ser el soldado clandestino que alguna vez fue, y ayudar a organizar la defensa en las montañas. La defensa de aquellos –le recordó al público– que formalmente renunciaron a cualquier forma de lucha armada desde 1996, pero que, de ser atacados, resistirían empecinadamente.

Puede ser que el nuevo presidente Calderón y su gobierno, después de las fraudulentas elecciones del año pasado, calculen que pronto podrían proceder a barrer a los zapatistas sin provocar la protesta generalizada. Y como tal, crean que el fulgurante ejemplo de desobediencia zapatista ante la tiranía global del fascismo económico conocido como neoliberalismo, puede ser barrido también.

Marcos y los comandantes comienzan a conversar y yo comienzo a dibujar. Ellos tres –y la niña de seis años– llevan pasamontañas. “Usamos máscara”, reivindicaron alguna vez los zapatistas, “para hacernos visibles”. Una extraña paradoja a considerar cuando se dibuja un retrato.

Tres días antes, en la comunidad zapatista de Oventic, conversaba yo con cinco consejeros. Estas mujeres y hombres hablaban con mucha calma porque decían sus propias verdades –tan diferente eso de la verdad. La supuesta calma que acompaña la creencia en una sola verdad es una indiferencia despiadada. La de ellos era una calma plena de consideración. Y sus máscaras, lejos de hacer sus rostros menos humanos o menos únicos, los hacían más humanos y únicos. Leía sus rostros a través de sus ojos, y los mensajes de los ojos son las expresiones faciales menos controlables y, como tales, las más sinceras.

Hablar de sinceridad me hace pensar repentinamente en la foto de una mujer que no usa máscara. Su nombre es María Concepción Moreno Arteaga. Madre de seis niños que crió ella sola. Cuarenta y siete años de edad. Ella vive a 200 kilómetros al norte de la ciudad de México, donde se gana la vida como lavandera. Hace tres años fue arrestada por las fuerzas de seguridad del gobierno mexicano, que la echaron a la cárcel con el cargo, absolutamente falso, de estar implicada en el tráfico de inmigrantes ilegales. [Decenas de miles de hondureños, guatemaltecos y salvadoreños son deportados todos los años por las fuerzas mexicanas del orden al intentar atravesar el país rumbo a la frontera con Estados Unidos, donde esperan cruzar hacia el otro lado y hallar trabajo.] Un día, María Concepción se topó con seis de esos migrantes, harapientos, que habían cruzado ya medio país y que le pedían agua. Así que les dio agua y algo de comer, porque ante su manera de pedírselo “no había modo de negárselo”.

Después de ser acusada falsamente pasó más de dos años en prisión. Su trabajo allí consistía en pegar etiquetas para ropa de marca. Con los pocos pesos que le daban por estos trabajos forzosos, compraba jabón y papel de baño para mantenerse limpia.

El mensaje de sus ojos en la foto es: “No es posible negarse”.

Marcos tiene manos grandes con dedos inusualmente largos. Su piel está gastada y es algo callosa, su textura es parecida a la de las manos de los campesinos. Cuando aparece en público asume la postura y la expresión de un mensajero –ya sea que con cuidado y lentamente lea el nuevo mensaje en voz alta, o que sólo se pare ahí y lo encarne. En cambio, aquí en la cabaña está relajado y no mide el tiempo. Sus extremidades se sueltan como las de un piloto de largas distancias que una vez más logró poner a salvo su aeronave sobre una pista de aterrizaje muy corta. Y de pronto se me ocurre que tiene cierta afinidad física con Saint Exupéry: tal vez son parecidas su timidez o su reticencia con su tamaño y estatura.

México es uno de los países que cuenta con las más extensas minas de plata del mundo, como rápidamente lo descubrieron los conquistadores. Es también una tierra de espejos. Algunos de ellos, enmarcados y palaciegos, rotos muchas veces, y la generalidad son una multitud de fragmentos, bisutería, lentejuelas, escamas de azogue o mica que absorben la luz. “Cuando tocamos los corazones de otros pues tocamos también sus dolores. O sea que como que nos vimos en un espejo”, declararon los zapatistas hace dos años y medio en la Sexta declaración de la selva Lacandona.***

La ciudad de México es tal vez la tercera metrópoli en tamaño del mundo, con una población desmesurada que bien rebasa los 20 millones. Una ciudad de consumismo sin freno, de pobreza, y redes de estafa y fraude. Barrios enteros gobernados por pandillas que venden droga. Zonas residenciales custodiadas por guardias de seguridad con chalecos a prueba de balas. Una contaminación colosal. Caos vial. El río de La Piedad fluye hacia el este por un monstruoso y herrumbrado ducto. El transporte público es mínimo. Circuitos urbanos con vías elevadas de tres pisos de alto. Por debajo, sin vehículo, uno se precipita como lo hacen las tijeretas. Aquí a los carros los han vuelto tan indispensables para quienes trabajan como rentar una vivienda. La antigua ciudad azteca de Tenochtitlán fue convertida finalmente en un carrusel para los intereses automovilísticos y de gasolina del capitalismo corporativo.

Cada año un millón de campesinos e indígenas mexicanos son forzados por la pobreza o la desposesión de tierras a abandonar sus hogares rurales y a mudarse a la capital u otras ciudades, mientras sus tierras son absorbidas por las corporaciones de la agroindustria.

México es un país migrante. Quince millones de hombres y mujeres trabajan en Estados Unidos. El dinero que envían a casa es, junto al petróleo, la principal fuente de divisas de México. Casi todos estos trabajadores carecen de papeles, por lo que en Estados Unidos los califican de criminales y los tratan como tales.

Lo que ocurre es la imagen en espejo de lo que ocurría en el Gulag soviético. Allá, a los prisioneros se les forzaba a trabajar hasta caer exhaustos. Aquí, a los trabajadores se les caza como a criminales hasta que se asumen fuera de la ley.

Entretanto, en la ciudad de México millones de miradas interrogantes se intercambian segundo a segundo en relación con transas, oportunidades, chistes, alternativas, rutinas, cuestiones de honor o meros asuntos sin resolver.

Únicamente para los poderosos, apuntan los zapatistas, es la historia una línea ascendente, donde su hoy es siempre la cumbre. Para los de abajo, la historia es una cuestión que sólo puede responderse mirando hacia atrás y hacia delante, creando así más preguntas.

Observo las cejas, las líneas de su frente, los círculos bajo los ojos, la forma en que la gran nariz se amolda contra el pasamontañas. Su voz física es al mismo tiempo distante y persuasiva. La voz escrita es otro asunto. Contrariamente a lo que es común asumir, la verdadera voz de quien escribe es rara vez (y tal vez nunca) la suya propia. Es una voz nacida de la intimidad e identificación del escritor o escritora con otros que conocen a ciegas sus propios caminos y que sin palabras guían a quien escribe. Esta voz no surge de su temperamento sino de su confianza.

Y mientras dibujo el volumen de su cabeza, me pregunto cómo definir, cómo delinear, el lugar de donde proviene su voz, como escritor de los mensajes zapatistas. Desde dónde le habla al mundo.

Físicamente la voz habla desde aquí, desde los interminables precipicios y cañadas de los Altos y la selva de Chiapas, hoy controlados por los pueblos indígenas que han recuperado su tierra para cultivarla, y quienes han construido escuelas, clínicas y espacios públicos en sus comunidades. Pero, ¿desde dónde, figurativamente, habla su voz?

Acaba de hacer reír a la niña. Cuando ella ríe, su pasamontañas se agita, como el costado de un cachorro cuando resuella.***

Regreso a la ciudad buscando respuesta a mi pregunta. La arteria principal se llama, inesperadamente, ¡avenida de los Insurgentes! En el centro hay todavía docenas de calles con nombres de capitales o países europeos, porque hace un siglo México se pensaba a sí mismo como un faro de Revolución y Progreso mundiales.

Casi tantos mexicanos van con sus familias en algún momento de su vida a ver la Epopeya del Pueblo Mexicano, los murales de Diego Rivera, como en peregrinación a la Basílica de Santa María de Guadalupe, y hacen su visita a esta inmensa pintura no por estudiar arte sino por remembrar y considerar su destino.

He cambiado de dibujar con tinta a dibujar con carbón, porque éste es más tentativo, más craquelado, más desgastado. La tinta sabe, de inicio, lo que quiere decir; el carbón escucha.

Ninguna reproducción puede dar idea de la fuerza y la escala del fresco de Rivera que corona la escalinata principal de lo que fuera, hasta hace poco, el asiento del gobierno, el Palacio Nacional. No es descabellada la comparación que frecuentemente se hace con la Capilla Sixtina, pero con el Juicio Final, no con la Bóveda.

Diego, El Elefante como Frida Kahlo lo apodaba, fue tan ordinario como cualquiera de nosotros. A veces era estrepitoso, algunas veces derrotista, otras veces flojo, con frecuencia inconsecuente. Pero se transformó cuando se sintió llamado a pintar y encarnar en esas paredes el relato de los pueblos de los que provenía. Entonces se volvió consecuente al punto de otorgarle a cada detalle, a cada rasgo, su lugar particular en un vasto destino histórico. En la parte alta de la escalinata uno tiene la sensación de que son los mil años de historia los que inventaron al colosal pintor, no al revés.

Los cientos de figuras de tamaño humano de las civilizaciones precolombinas, del mercado callejero de Tenochtitlán, de los tres siglos de explotación colonial española, de la Guerra de Independencia que terminó en 1821 y, más enfáticamente, del siglo que siguió a esa guerra y condujo a la Revolución de 1910 y a su visión de un futuro diferente: todas estas notorias y anónimas figuras están contenidas juntas en una visión de tal energía y continuidad que, pese a las tantas crueldades que nos gritan, se suman como un todo de invitación fraternal. Es como si a cada visitante mexicano, al bajar la escalera para irse, le fuera ofrecido un alcatraz de alguna de las canastas de las vendedoras de flores retratadas en los murales.

Al mismo tiempo –y ésa es tal vez otra razón por la que pienso en el torbellino del Juicio Final de Miguel Ángel–, la historia política del México moderno, según está plasmada en estas paredes y de acuerdo con todo lo que ha sucedido desde que fueron pintadas, no es sino un gigantesco erial de promesas rotas.

A cierto tipo de esclavitud le siguieron otros; nuevos sistemas de represión y discriminación remplazaron los viejos. Se inventaron e impusieron formas modernas de la pobreza. Los gringos del norte extrajeron y robaron más y más recursos naturales y los pueblos indígenas fueron despojados más y más. Sólo el grito de “¡Tierra y Libertad!” de Emiliano Zapata continuó resonando la verdad –antes de ser asesinado en 1919.

Y entonces llego al punto. La hondonada entre el vasto erial de promesas rotas y la búsqueda popular de más justicia tenía que llenarse de algún modo y los partidos políticos, comenzando por el PRI (¡el partido de la revolución institucional!) han intentado durante 70 años llenar la hondonada con el escombro en que quedó convertido lo que alguna vez fue un lenguaje político. Promesas rotas, premisas rotas, proposiciones rotas, leyes rotas.

Cada uno de estos principios –excepto los del interés propio– fueron vaciados de contenido. El debate político, las campañas electorales, los discursos para los medios masivos en manos de las corporaciones fueron sistemáticamente reducidos a prevaricación y diversión de aquellos que los antiguos griegos denominaban los idioti (los que buscaban su propio interés) para distinguirlos de los politici. Bajo el fascismo económico del neoliberalismo esto se está convirtiendo en un fenómeno mundial. La voz de los mensajes zapatistas, que ofrece ejemplo de cómo resistir local y globalmente, surge de esta hondonada.

“No a tratar de resolver desde arriba…, sino a construir desde abajo y por abajo.

“No creemos que el fin justifique los medios. Finalmente pensamos que los medios son el fin. Construimos nuestro objetivo al construir los medios con los que seguimos luchando. En ese sentido es grande el valor que otorgamos a la palabra, a la honestidad y la sinceridad, aunque a veces nos equivoquemos ingenuamente.”

Me observa dibujar y sonríe. Hay dos clases de sonrisas (entre otras muchas): una que espera la conclusión jocosa de un nuevo chiste, y otra que recuerda la broma ya escuchada. La suya es del segundo tipo.***

Me encontraba en el poblado de Acamilpa, en el estado de Morelos, de donde era Emiliano Zapata. La milpa es un campo de maíz donde crecen y conviven otras plantas, y donde muchos pájaros, insectos y animales coexisten también. Quiero describir el rostro de una anciana que me fue extrañamente familiar. ¿Será que se parece a gente de mi pueblo en los Alpes, o será que la edad nos lleva a todos al mismo poblado? En cualquier caso, era sábado por la tarde en un patio de una casa en un pueblito rural lleno de mesas cubiertas con manteles blancos, porque era el cumpleaños de alguien y los invitados estaban por llegar. Ya un acordeonista tocaba algo de música. Había una acacia enorme que debió haber estado ahí cuando Emiliano Zapata era un niño. En una mesa, trece personas mayores de las comunidades circundantes sostenían una reunión muy seria para coordinar los planes de una desobediencia civil o algún bloqueo de carretera para evitar que su agua la desvíen y se la roben los especuladores de bienes raíces. Hablaban por turnos, con cuidado y determinación. Aceptaban la música como si fuera un platillo que se cocía a fuego lento, y que podrían comer más tarde. El rostro de la anciana estaba bronceado por el sol y el viento, y sus brillantes ojos indicaban que los usaba para avistar en las grandes distancias los vientos que vienen. Para la fiesta de cumpleaños había globos de colores colgados entre la casa y el árbol de la acacia.

Y esto fue lo que me dijo:“He vivido mi vida como me la dieron para vivirla y ahora pienso en el futuro. Pienso en mis nietos y sus hijos y cómo van a vivir. Tenemos que resistir, por ellos. Ésos que hoy gobiernan quieren destruir a todos los campesinos y a todas las comunidades indígenas porque quieren quedarse con todas las semillas de la tierra y con todos los litros de agua que vienen de nuestras montañas. Así que por eso luego les paramos sus camiones cuando vienen a robarse lo que es nuestro… es mejor morir de pie que vivir de rodillas”.

Su cabello largo, tan blanco como el mío, estaba peinado hacia atrás de su rostro barrido por el viento y se lo amarraba en un chongo.

Marcos usa un reloj en cada muñeca. Uno marca el tiempo de la paz. El otro, el de la guerra. Cuando los zapatistas se enfrascan en una operación defensiva, trabajan con un horario alterado por si son interceptados sus mensajes.

Hay en todo caso situaciones que desafían cualquier tiempo, todos los tiempos.

En el poblado de San Andrés Sacamch’en, donde, en febrero de 1996, el gobierno pactó acuerdos formales con los zapatistas para reconocer los derechos de todos los pueblos indígenas, acuerdos que nunca honró, está la iglesia de San Andrés Apóstol. En la iglesia hay varias estatuas de la Virgen y de los santos que llevan ropajes de tela, cosidos y bordados.

Un mediodía, la semana pasada, hice un alto ahí porque, al igual que en Acamilpa, escuché una música. La música era más antigua y diferente. Dentro de la iglesia había dos mujeres jóvenes, indígenas, con sus bebés a la espalda y –a cierta distancia de ellas– dos hombres. No había sacerdote. Los cuatro cantaban en polifonía. En el piso de la iglesia había miles de velas prendidas, muchas veladoras en sus vasos, y sus llamas parpadeaban con el viento que se colaba por una puerta entreabierta. Una de las mujeres, conforme cantaba, balanceaba un incensario, y el humo del incienso flotaba como niebla por encima de las llamas que parecían flores. El año, la estación, el día, la hora, eran detalles olvidados. Hasta que uno de los bebés lloró de hambre y su mamá le dio pecho. La otra mujer alisaba con las manos una túnica que había traído para la efigie de San Andrés. Sabía que era tiempo de cambiar y lavar la que traía puesta el santo.

Tras del pasamontañas, bajo la gran nariz, una boca y una laringe hablan desde la hondonada acerca de la esperanza. He dibujado lo que puedo.

Entretanto, probablemente los zapatistas están en riesgo. Cualquier ataque sobre ellos vendrá de aquellos que en su miopía creen que pueden erradicar su ejemplo.

Traducción: Ramón Vera Herrera

El Uso del atrio en los templos

Será casa de oración! PDF Imprimir E-mail
Escrito por Ángel Alvarado (México)   
19.09.2008
Image ¿El atrio es sólo es un espacio sin sentido que algunas veces sirve de estacionamiento, para la kermesse o la fiesta patronal?Durante los tres primeros siglos de nuestra era, los templos cristianos eran escasos. Es hasta después de la declaración de la libertad de culto de Constantino el Grande en el año 1313, que surgen los templos en diversos lugares. Al inicio, tienen forma de Basílica -un rectángulo alargado con un atrio en la entrada y un ábside (una pared en semicírculo) en el lado opuesto a la entrada- y el espacio interior se dividía por hileras de columnas en tres o cinco partes llamadas nefas o naves. La primitiva Basílica de San Pedro en el Vaticano, diseñada en el siglo IV, cuenta ya con el atrio en la entrada principal.

Siglos atrás, en el templo de Salomón había dos atrios: el interior, que servía para las purificaciones rituales (Cf 1 Re 6,36), y el grande, en el que se encontraba el Tabernáculo y la casa de Salomón (Cf 1 Re 7,12). En la época de Jesús, el templo herodiano –construido por Herodes- aunque conservó la estructura salomónica, tuvo tres atrios: el de los <<gentiles>>, accesible a todos; el atrio interior reservado a los judíos y que se dividía en <<atrio de mujeres>> y <<atrio de los israelitas>>; y finalmente, el <<atrio de los sacerdotes>>, en el que estaba el altar de los holocaustos.

Ya en nuestro continente, en la Nueva España, el atrio fue una ventaja arquitectónica, pues la gran cantidad de indígenas a evangelizar, precisaba de lugares más amplios, de espacios más allá de las construcciones hechas previamente. Hasta nuestros días, se aprecian en muchas construcciones antiguas, los atrios enormes, algunos con fuentes, imágenes de santos, estatuas, inscripciones, historias y mucho más que nos habla de la riqueza histórica de la Iglesia. 

Pero, hoy día, ¿qué sentido tiene dicho espacio parroquial? Cada domingo –y algunas veces entre semana- cruzamos el atrio, pero ¿sólo es un espacio sin sentido que algunas veces sirve de estacionamiento, para la kermesse o la fiesta patronal? No. El atrio es un espacio de encuentro, en el que los hijos de Dios se reúnen a compartir su vida de fe –y la kermesse y la fiesta patronal son un buen pretexto para ello-. Es el espacio previo al encuentro con Dios en el Santísimo Sacramento del Altar. Es la antesala –que de alguna forma nos separa del mundo cotidiano y la prisa, del ruido y el correr diario- para el banquete principal. Es un espacio oportuno para dos momentos: a la entrada, para disponerse a escuchar la Palabra de Dios con todo el ser; y al salir, para disponerse a hacer vida lo que se ha escuchado. Dicho de otra forma, es un espacio para entregarse a la Fuente y posteriormente, para encaminarse a vivir y después volver al Culmen de la vida cristiana.

Los ojos de Dios están sobre su templo, como lo hizo con el templo de Salomón: “Yo consagré éste Templo y estarán Mis ojos y Mi corazón en él por los siglos” (Cf 1 Re 8) Aunque no escapamos a la mirada de Dios en ningún lado, me atrevo a decir, que hay cierta alegría en Él, cuando nos ve entrar por las puertas de su Casa. Luego entonces, el atrio no sólo es espacio de encuentro de nosotros con Él, sino de Él con nosotros; es decir, que como buen anfitrión, sale a darnos la bienvenida, nos recibe y acoge, nos bendice y alimenta. Sin embargo, la familiaridad que pudiera darse en el encuentro y relación personal con Dios, no quita el sentido sagrado –de hecho lo afirma- del lugar. “Mi casa será llamada casa de oración” (Mt 21,13) recuerda Jesús refiriéndose al profeta Isaías (Is 56,7) Pero a estas palabras bonitas Jesús añade, una denuncia al decir que “la han convertido en cueva de ladrones” (Ibid).

Vale la pena reflexionar, ¿es nuestra parroquia o capilla, el lugar de oración como lo quiso Él?, o es un refugio de ladrones como lo denuncia Yavé al profeta Jeremías (7,11) Y, quizá no haya ladrones de lo material o económico. Pero sí puede ser una cueva de chismes, de intrigas, de comentarios de pasillos o difamaciones, de saludos de paz dominicales y declaraciones de guerra entre semana. El Papa Benedicto XVI, el Domingo de Ramos de este año dijo: “¿nuestra fe es lo suficientemente pura y abierta como para que, gracias a ella también los “paganos”, las personas que hoy están en búsqueda y tienen sus interrogantes, puedan vislumbrar la luz del único Dios, se asocien en los atrios de la fe a nuestra oración y con sus interrogantes también ellas quizá se conviertan en adoradores?…¿Estamos dispuestos a dejarnos purificar continuamente por el Señor, permitiéndole arrojar de nosotros y de la Iglesia todo lo que es contrario a él?”

Ojala queridos hermanos, que de hoy en adelante, al cruzar el atrio, recordemos que es Dios quien nos espera, pero que también es un lugar sagrado dispuesto a la oración y a la convivencia fraterna de los hijos de Dios. Dice el Código de Derecho Canónico, en el Canon 1210 “En un lugar sagrado sólo puede admitirse aquello que favorece el ejercicio y el fomento del culto, de la piedad y de la religión…” Que así sea y que Dios los bendiga.

Ángel Alvarado (México)
www.angelalvarado.com.mx

Los migrantes agrícolas a E E U U

Escrito por Gilberto Hernández García   
Domingo 05 de Octubre 2008
REPORTAJE

Image (Primera de dos partes) Los jornaleros agrícolas son parte del complejo fenómeno migratorio que se vive en México.

Por Gilberto Hernández García

Por la angosta y maltrecha carretera que une la ciudad de Au-tlán y el pueblo costero de Melaque, Jalisco, a cinco kilómetros de la cabecera municipal, se encuentra un apiñado caserío que a primera vista evoca tristeza y abandono. Un pequeño trecho polvoroso de terracería conduce a los que, por asomo o por equivocación, llegan al lugar después de un riguroso baño de tierra blanca. Se trata de La Media Luna, uno de los muchos  campamentos para jornaleros que se ocupan en la zafra en esa región jalisciense.

La otra migración

Los jornaleros agrícolas son parte del complejo fenómeno migratorio que se vive en México. Por lo general, al hablar de migración, la primera idea remite a los «braceros», «espaldas mojadas» o «alambrados» que abandonan sus poblaciones y se van rumbo al Norte, en busca de dólares y de una vida mejor para los que se van y para los que acá se quedan.

La otra dinámica migratoria, la que hoy nos ocupa particularmente, se da con mayor fuerza de lo que comúnmente se le atribuye: es la migración rural-rural, que se ha venido acrecentando por la tecnificación del campo en algunas zonas del país, por la creación de grandes emporios agroindustriales, muchos de ellos transnacionales; por otra parte, en el fondo de esta situación se encuentra la crisis actual del sector agrícola campesino en México, resultado de los procesos y políticas gubernamentales de tinte neoliberal.

Con los pies en pos de pan y paz

Los jornaleros agrícolas migrantes, conocidos también como «golondrinos» o «temporeros», son personas que aprovechan la necesidad de abundante fuerza de trabajo en determinados periodos del año para las faenas de siembra, cultivo y cosecha de ciertos productos agrícolas, en regiones que  no son las suyas,  reportan niveles de desarrollo económico-comercial considerables en comparación con el resto del país.

Provienen, mayoritariamente, de regiones en donde la economía campesina está en decadencia. Los estados que generan más este éxodo son: Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Hidalgo, Veracruz, Puebla, San Luis Potosí, Zacatecas, Tabasco y Campeche, donde el grado de marginación, según datos del INEGI, está considerado como «muy alto» o «alto» a secas.  La pobreza y la exclusión los obligan a que, por lo menos, seis meses del año transiten de región en región, de campo en campo, en busca de trabajo que les permita subsistir.

 En México, de la población campesina, que asciende a unos 30 millones, 5 millones son jornaleros; de estos, 3.5 millones emigran al año para dedicarse al trabajo agrícola en los prometedores campos del centro-occidente y noroeste de México: Sinaloa, Sonora, Baja California, Baja California Sur, además de algunas regiones del Bajío, Michoacán y Jalisco, particularmente en el corte de caña. Dentro de este porcentaje se encuentran unas 750 mil mujeres.

De acuerdo con las estadísticas que maneja la Secretaría de Desarrollo Social a través del Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas, para el año 2003 el 40% de los jornaleros migrantes son indígenas, mientras que 20 de cada 100 son niños, la mayoría de los cuales —desde los ocho años de edad— ya se ocupan en faenas agrícolas. Casi 30% de estos migrantes son analfabetos.

Algunos tienen 20 o treinta años de recorrer el país, contactados por «enganchadores» que los incorporan en su trayecto a la «ruta de la servidumbre», como han llamado los analistas a este fenómeno. Los campesinos indígenas son ahora, con las actuales estructuras económicas, trabajadores agrícolas obligados a emigrar de sus comunidades evadiendo la pobreza de unas tierras sobre-explotadas y erosionadas que ya no daban buenas cosechas, además de no contar con recursos para semillas y fertilizantes.

De las marraneras al albergue

Según cuenta don Juan el Cabo, como lo conocen los habitantes de La Media Luna, hace más de 30 años, cuando él llegó con su esposa, provenientes del estado de Morelos a trabajar en estas tierras, lo que hoy es el albergue de La Media Luna, no era sino corrales para marranos.

Las «marraneras», así conocían los vecinos de Autlán a esta zona. Cuando los  productores de caña se dieron cuenta de que era mejor tener a los jornaleros cerca, juntos, y advirtieron las posibilidades de control sobre ellos, decidieron buscar un «lugar adecuado» para alojarlos; así, las marraneras se convirtieron, de la noche a la mañana, en un albergue. Los grandes galerones fueron vaciados de sus moradores originales y en su lugar llegaron los trabajadores migrantes.

«Aquello era feo —relata el Cabo—, era un jacalón enorme; lo único que hicieron [los cañeros] fue darle una medio limpiada, una encalada a las paredes, y ahí tiene, todos vamos pa’ dentro, todos juntos y revueltos». Así se mantuvo el lugar por un par de años. En ese entonces la mayoría de los habitantes eran solteros, o emprendían la aventura sin sus familias, que habían dejado en sus pueblos; por tal razón el lugar, aunque incómodo, no les causaba mayor problema: «después de todo, teníamos un rincón para descansar», remata el Cabo.

Debido al auge que experimentó la industria cañera en la década de los setenta y ochenta, los cañeros se vieron en la necesidad de reclutar más gente para las faenas de la zafra y dar abasto a la demanda azucarera. Ya organizados formalmente en la Confederación Nacional Campesina (CNC) o en la Conferencia Nacional de Propietarios Rurales (CNPR), los dueños iniciaron la ampliación del campamento. Con financiamiento de las confederaciones, del propio ingenio y de los gobiernos estatal y federal bajo el Programa de Atención al Jornalero Migrante, construyeron una serie de viviendas de mampostería y techos de asbesto con habitaciones dobles, apiñadas las casas una tras otra en medianas hileras. Las antiguas marraneras fueron reacondicionadas y cada trabajador pudo tener su propia casa y algo de privacidad; desde entonces la constante es que emprendan el viaje familias enteras.

Pasaron ya casi treinta años desde que las marraneras cedieron su lugar a los jornaleros migrantes; sin embargo, los pueblerinos de Autlán aún siguen llamando al lugar «las marraneras» y a sus habitantes, «los marranos», indicador del rumbo que siguen las relaciones de los moradores del lugar con los autlenses. «A comparación de otros lados, aquí estamos en la gloria —ahora comenta Ubaldo, que llegó procedente de Guerrero hace más de 20 años—. En otros campamentos ya quisieran tener las comodidades que aquí tenemos». Y con él echamos un vistazo al lugar para constatar esas «comodidades».

Rostros «golondrinos»

En La Media Luna, en el ciclo agrícola que va de noviembre a junio, llegan a  habitar aproximadamente 500 personas provenientes de los estados de Guerrero y Morelos, principalmente, aunque las hay procedentes de Michoacán, San Luis Potosí y Puebla. Hay una clara presencia de indígenas nahuas o mexicanos —que podemos decir forman un 45% de la población del albergue, según nuestra propia encuesta— y tlapanecos.

Aquí tratan de convivir 98 familias, según el modelo nuclear tradicional, que incluyen muchas veces a otros parientes cercanos: abuelos, tíos, primos o sobrinos. 27 adultos varones radican en este lugar sin sus familias, bien porque las han dejado en su pueblo o porque son solteros. La población infantil menor de 10 años se aproxima a los 160. De la población total, el 90% son católicos y el restante porcentaje corresponde a evangélicos de varias denominaciones y Testigos de Jehová.

Retos nada temporales

Hoy en día los habitantes de La Media Luna se enfrentan, tal vez sin mucha conciencia del hecho, a una serie de retos, además de la sobrevivencia en términos materiales: ¿Cómo mantener la identidad cultural —que incluye su vestido, su lengua, sus creencias y ritos, sus maneras de relacionarse con el entorno y el tiempo—, en el exilio, en la diáspora, en una tierra que no es la suya? ¿Cómo integrarse a una sociedad que no es capaz de superar estereotipos con relación a «lo indígena», como sinónimo de atraso y lastre para el «desarrollo nacional»? 

PORTICO de Jaime Septién

Escrito por Jaime Septién   
Domingo 05 de Octubre 2008
PÓRTICO

Image Podemos decir: «esta nueva crisis no me atañe» y quedarnos cruzados de brazos, pero sí que podemos hacer algo para enfrentar el tsunami que se nos viene encima. Voy a dar tres ideas…

Por Jaime Septién

Los que nacimos a la vida productiva con el desastre del final del régimen de López Portillo, no conocemos otra palabra que defina nuestro entorno político y económico que la palabra «crisis».

De la nacionalización bancaria de 1982 al crack de 1987. Del fraude electoral de 1988 al «error de diciembre» de 1994.  El tenebroso año de 1995 y la quiebra de miles de familias, endeudadas hasta la eternidad; el Fobaproa; la caída del 11 de septiembre de 2001; la contracción de la economía por los precios internacionales del petróleo, y ahora el «lunes negro», el 29 de septiembre de 2008, que permanecerá grabado en la memoria del capitalismo salvaje, practicado por Estados Unidos, como una lanza en el corazón del supremo egoísmo que se practica, desde hace décadas, en esa nación que no tiene política internacional (que no le preocupa lo más mínimo el otro, el pobre), sino solamente sus «intereses».

La dependencia de México respecto de Estados Unidos es demasiado clara como para pensar que el desastre del vecino del Norte no va a jalarnos a un abismo del cual quizá no conocemos precedente.  Desastre fraguado por la tacañería y la avidez de unos pocos pero que van a pagar los muchos pobres que habitan el sur del mundo, entre ellos millones de pobres de nacionalidad mexicana.

Podemos decir: «esta nueva crisis no me atañe» y quedarnos cruzados de brazos. En efecto, no es, directamente, responsabilidad nuestra (como tampoco lo fue el «error de diciembre»), pero sí que podemos hacer algo para enfrentar el tsunami que se nos viene encima.  Voy a dar tres ideas:

1. Conservar —los que tenemos la dicha de poseerlo— nuestro trabajo. Hoy, más que nunca, el esfuerzo sin desmayo es factor para volver la balanza a nuestro favor.

2. No gastar más de lo que ganamos.  El consejo de la abuela sigue siendo pertinente: gastar un poco menos, ahorrar tantito, no tomar deudas, mucho menos a través de tarjetas de crédito.

3. Finalmente, ser austeros, practicar en todo el principio de necesitar poco, y de lo poco muy poquito, para vivir bien. 

«Los necios —decía Wilde— son aquellos que saben el precio de todo y el valor de nada». El don de la vida es inapreciable: es el valor de todos los valores.  Cristo nos recuerda, en San Mateo, que «a cada día le basta su propio afán». Más allá del derrotismo al que nos puede llevar la crisis tan prolongada, hoy es el día de levantar la cabeza, de redoblar el paso, de anunciar a las oleadas ciegas del capital que somos mucho más que números; que somos amantes de la vida, de la alegría: que somos ejemplo —en todo y para todos— de una familia de Nazaret: trabajadora, orante y santa.

El Observador de esta semana a sus manos…

Escrito por El Observador   
Domingo 05 de Octubre 2008
Image

  1. PÓRTICO – La crisis / Por Jaime Septién
  2. Iglesia en el mundo
  3. Por las diócesis de México
  4. DESDE MI MESA DE LECTURA – Una civilización de amor, de Carl A. Anderson / Por Jaime Septién
  5. REPORTAJE – La vida en La Media Luna: jornaleros agrícolas migrantes  (Primera de dos partes) – Por Gilberto Hernández García
  6. INTERNACIONAL – Laicidad positiva y… ¡coherente! / Por José Ignacio Munilla,  Obispo de Palencia, España
  7. CORRESPONDENCIA – ¿Qué más podemos hacer sino orar por México?
  8. DILEMAS ÉTICOS – Seguridad y defensa / Por Sergio Ibarra
  9. NUESTRO PAÍS – La Iglesia no debe dejar solos a los matrimonios con problemas
  10. DESDE EL VATICANO – La fe no nace de un mito / Por Sandra Ramírez / Roma
  11. DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO – Somos la viña del Señor (Mt 21, 33-43) / Por el padre Umberto Marsich, m.x.
  12. TESTIMONIO  – «Nuestros santos fueron en su época muy comprometidos. Hoy nos falta eso» / Por Sergio Estrada
  13. ¿POR QUÉ ME HICE SACERDOTE? – «Mi párroco me sorprendió diciéndome que yo estaba llamado a ser sacerdote» / Por María Velázquez Dorantes
  14. La otra cara de México / Por Alejandra Hoyos González Luna
  15. REFLEXIONES – La espiritualidad laical y el ejemplo de María / Por el padre Nicolás Schwizer
  16. VÍGÍA – El perfil del egresado de la escuela católica: ¿aún por definir? / Por  Javier Algara / San Luis Potosí
  17. DEBATE – Advierten que la próxima cumbre iberoamericana sobre jóvenes es anti-vida y anti-familia
  18. HOMBRE NUEVO – Laicidad positiva / Por José Manuel Otaolaurruchi, L.C. 
  19. CONTRACULTURA – Mata sueños / Por Ignacio Navarro Valle /  Zapopan, Jal.
  20. ÉTICA – Almas sin cadenas / Por Fernando Pascual
  21. PROMOCIÓN HUMANA – Mes del Rosario: citas y sugerencias / Por el padre Justo López Melús
  22. LA CIENCIA ANTE LA FE – La partícula de Dios / Por  Adolfo Orozco Torres
  23. LUCES Y AMORES – Ofender a los católicos / Por  Alejandro Soriano Vallés
  24. ENSAYOS CRISTIANOS – ¿Amor sin límites? / Por el padre Juan Jesús Priego / San Luis Potosí
  25. PALABRA – Después de los atentados en Morelia, un llamado a la conversión  / Por Gilberto Hernández García
  26. CON PERMISO – Cartas y mensajes / Por Miguel Aranguren
  27. CULTURA – Al libro de educación sexual del gobierno del DF le faltan valores  / Por Sergio Estrada
  28. Más que un Nobel / Por Marco Antonio Batta, L.C. / Buenas Noticias
  29. MEDIOS DE COMUNICACIÓN – Los trucos de la gran prensa para potenciar el ateísmo
  30. La televisión mexicana no construye una mejor sociedad / Por Jaime Septién
  31. ORIENTACIÓN FAMILIAR – Mi hija está embarazada / Por Yusi Cervantes Leyzaola
  32. RESPUESTA A TUS PREGUNTAS – Cómo animarme
  33. PINCELADAS – La casa y el gato / Por el padre Justo López Melús
  34. MIRADAS DESDE LA EUROPA DESENCANTADA – Aborto y terrorismo / Por el Padre Miguel Rivilla San Martín / España
  35. RESUELVE TUS DUDAS – ¿Por qué existe el sufrimiento? ¿Es que Dios es defectuoso? / Por  Walter Turnbull
  36. LOS MENSAJES DE SAN PABLO – Por medio de Cristo / Por  Walter Turnbull
  37. NIÑOS – Descubre el templo de tu parroquia / Por el padre Rafael Alonso Reymundo
  38. CHISPITAS