Ultiminio Ramos y la muerte en el boxeo

Ultiminio Ramos:

la muerte en el boxeo a los 15 años de edad 

El pugilista no puede dormir solo desde que el Tigre Blanco falleció en 1958 

Al ganar el título mundial enfrentó otra tragedia: el deceso de Davey Moore 

 “No importa que el vulgo me critique si el tribunal de mi conciencia me absuelve”, expresa el apodado Sugar 

Juan Manuel Vázquez  La Jornada 

En el pugilismo actual sólo hay puro bailarín, asegura el peleador nacido en Matanzas   

Cuando Ultiminio Ramos golpeó al Tigre Blanco no encontró resistencia al impacto. Era como si el puño se encajara en “una bola de vapor o de humo”, por eso sabía que la pelea no iba en buenos términos. Volvió inmediatamente a su esquina y le dijo asustado a su mánager Kid Rapidez: 

–¡Rapidez, Rapidez! ¡Que lo he matado, lo he matado! 

Así recuerda el llamado Sugar de Matanzas ese episodio que marcaría para siempre su carrera como boxeador, en su natal Cuba hace 50 años y tras la cual nunca más pudo dormir solo. 

“Tenía 15 años, era un chamaco y donde quiera me parecía que veía al Tigre. Desde ese día empecé a dormir con alguien y hasta la fecha no puedo acostarme solo. 

“Eso me pasó hace mucho tiempo, pero como me decía mi papá: ‘todo va pasando, tú no tienes culpa, si en vez de él hubieras sido tú… así es el deporte’. No es como que tú agarres a uno y le des un tiro. Además pienso en aquel dicho. Antes que yo, que sea él”, cuenta el ex campeón a La Jornada, a propósito de la mayor tragedia que puede vivir un peleador: matar al rival. 

Noche de gloria y drama  

Sugar Ramos vivió el drama de provocar la muerte con sus puños, no una, sino dos veces. Primero a José el Tigre Blanco, en 1958 en La Habana, y cinco años más tarde al afroestadunidense Davey Moore, en la que irónicamente sería su noche de mayor gloria, pues ahí conquistó el título pluma del CMB, en el legendario estadio de beisbol Chávez Ravine de Los Ángeles. 

Sí, le dolió, pero Sugar fue un boxeador de otra época, de los tiempos en que los hombres estaban hechos de otro barro, y en los que en cada pelea se disputaba, más que un título o una fortuna, el honor y la oportunidad de ser alguien grande. 

“La vida es ir para adelante, abrir camino, arrancar cabezas, mi champion”, así resume toda su filosofía y relata cómo en aquellos días tras un combate podían terminar orinando sangre, y cuando solían suplicarle al réferi que no detuviera una pelea a pesar de las heridas sangrantes en el rostro. 

“El box es un arte, una decencia tan linda de saber tirar un jab o un swing. Ahora da lo mismo dar trompones, pero ese no es el asunto, lo importante es saber tirarlos. 

“El boxeo es dar y que no te den, si das más vas a ganar, pero hay que saber darlos, no tirar manotazos, cachetadas. Hay que hacerlo como se debe, como antiguamente se hacía, en los 50, 60, cuando éramos artistas, grandes peleadores.” 

Este ex pugilista de casi 68 años perdió el cinturón en 1964 ante el Zurdo de Oro Vicente Zaldívar, pero conservó su dignidad intacta y aún la exhibe con orgullo por las calles del centro, su reino, donde la gente de antes lo recuerda emocionado y lo saluda con la reverencia que se rinde a un ídolo del pueblo. 

Elegante, Sugar recorre su feudo, el Hotel Virreyes, los billares y cantinas, siempre con traje impecable y corbata sin nudo. 

–Dice que había más decencia. Sin embargo, hasta rogaban por seguir peleando cuando un réferi quería parar el combate. ¿Existía más entrega en esas contiendas? 

–“Aaaah sí, así éramos nosotros y –fingiendo la voz de un niño llorón– ¿cómo, por una heridita van a parar la pelea? Y esas no eran heriditas, ¡eran heridonas! No, eso ya no se va a ver nunca más, para volver a verlo sólo si tiene fotografías. Pero así es la vida, todo lo que tiene vida en el planeta es así: nos comemos uno al otro. 

–¿No era más riesgoso ese boxeo? 

–Todos los que estamos aquí tenemos peligros El policía puede disparar un tiro, el albañil puede caer de un andamio, el nadador puede morirse ahogado, si sufre un golpe en el piso, ¡se llamaba Perico! Todos tenemos una forma de morirnos. 

Ultiminio resta drama a los acontecimientos tanto de la vida como los que suceden en los encordados, y para explicarlo cuenta que su carrera tenía una misión más elevada porque fue una promesa hecha a su padre, Pascual Luis Lázaro Ramos Betancourt, y por la voluntad de querer ser alguien destacado, en una familia donde hermanos, inclusive una hermana, tíos y primos estaban metidos en el mundo del boxeo. 

Un día en Matanzas, cuando era niño, vio llorar a su padre porque nadie en la familia conseguía convertirse en un chingón, por lo que el pequeño Sugar, que trabajaba como limpiabotas para ayudar en la casa, le juró que sería el mejor del mundo. 

Entonces guardó el cajón de grasa e inició una carrera a los 11 años, como amateur, y cuando apenas tenía 15 ya era profesional. Así que estaba dispuesto a pagar cualquier precio y la primera prueba llegó con la muerte de José el Tigre Blanco. 

–¿Cómo fue aquella pelea ante el Tigre en La Habana? 

–Esa vez yo sentí que el derechazo que le di se fue directo a la punta de su quijada, pero como que entró en aire, no sentí resistencia de algo, fue como pegarle a un vapor de humo. A ese sí se lo llevaron mal al hospital. Estuvo dos días y después murió. Ése sí lo sentí. 

–¿Después de ese trance no sintió miedo de regresar al box y de volver a lastimar a un rival? 

–No, no, no –niega tajante–. Yo subía al ring a arrancar cabezas. Ya lo que pasó, pasó, como decía Javier Solís, mi socio. 

Después de eso, confiesa, por única vez en su vida pensó en el retiro, pero la mamá del peleador fallecido le reclamó: ¡Cómo que te vas a retirar! Si mi hijo lo que quería es ser alguien grande”. 

Por esa razón continuó su carrera y cuando consiguió el campeonato nacional pluma en Cuba se lo dedicó al difunto, porque “lo había ganado él y no yo”, dice Sugar Ramos. 

Y tras la muerte, la vida sigue, refiere Ultiminio, porque los boxeadores como él tenían cargo de conciencia, pero era más fuerte su voluntad y la convicción de que vivir en sí mismo es un peligro. 

“Acuérdate que para morirse nada más hay que tener vida. Si no la tienes no te mueres nunca”, señala en medio de risas este hombre jovial. 

Cinco años más tarde cumplió su propio sueño y la promesa hecha a su padre en Cuba: fue campeón mundial, un chingón para decirlo pronto. Ultiminio recuerda sin sentimentalismos aquella noche del 21 de septiembre en 1963 cuando ante Davey Moore no sólo arrebató la corona, sino también una vida. 

“Fue un peleón. He visto muchos combates, pero ninguno como esos dos que yo tuve. Tan buena fibra: la del Canelo Urbina y la de Davey Moore. Esas fueron tan bonitas, tan chulas, con nada de salvajismo. No, de esas de saber lo que se está haciendo arriba de un ring. 

“Hasta la fecha no he visto otra como la que tuve con Davey Moore en Los Ángeles, tan decente y preciosa que cada round que empezaba nos saludábamos con un respeto, como caballeros, algo que ahora en este medio no tenemos. Hoy sólo hay puro bailarín, que no sabe lo que es boxeo.” 

–Pero sí lamentó que le ocurriera por segunda vez con Davey Moore. 

–Davey Moore dijo a un periódico que Ultiminio Ramos iba a Los Ángeles a llevarse el campeonato para México, pero para hacerlo tenía que matarlo… se murió. Cosa del destino. Como que éste ya decía que yo iba ser grande, y por desgracia en ese tiempo el que era campeón del mundo era Moore y yo era el que estaba arrancando cabezas a todo el mundo por fuera. 

–¿Fue una victoria amarga? 

–Se siente. Todo es duro. Hasta un triunfo lo es porque no todos tienen la dicha y la oportunidad de saborearlo. Además hay un derrotado pero a veces se pierde y sirve más que todas las peleas, así es el deporte. Porque como dije, nos parecemos mucho pero todos somos iguales. Cuántos peleadores hay y cuántos han sido grandes. 

“Compare nada más el combate del difunto Davey Moore, vea los de los demás y se dará cuenta que no es lo mismo. Observará a Moore como era, un toro. No fue como, por ejemplo, Pintor, que con el golpe que le dio a su contrario –Johnny Owen en 1980–, ya cayó muerto, desparramado, esas son cosas diferentes. 

“Lo mismo que sucedió y pasó (con Daniel Aguillón el pasado 15 de octubre. Esa fue cosa del destino, fue un golpe muy lindo y certero.” 

–¿Cuándo ve estos percances sobre el ring le vienen a la memoria los episodios que usted vivió? 

–Sí, cómo no, vienen todos y es cuando uno responde por qué pasa y sucede esto. Cuántas peleas tiene uno, cuarentipico, y el otro cuántas tiene, 13. Hay que fijarse mucho en esos detalles. Vamos, te voy a poner de ejemplo la pelea de Mantequilla Nápoles con Carlos Monzón. 

“Decían: sí, Mantequilla es muy bueno, Monzón es un bruto, más que Mantequilla en el boxeo, pero llevaba más juventud, más peso, más de todo lo que Nápoles no tenía. Qué bueno que no sucedió un drama tan grande… Nada más que acabó la carrera de Mantequilla”, concluye con malicia. 

Alejado de toda actividad relacionada con los guantes, Ultiminio recuerda esa época de la que apenas le quedan algunos vestigios como este legendario billar donde conversa con La Jornada.  

No se queja, “vive del tiempo”, si acaso insiste: “ necesitamos ayuda en el boxeo, no porque uno esté jodido, sino para trabajar, para formar una buena escuela, porque los que levantamos al pugilismo al final no hemos recibido nada”, sólo eso para un hombre que vino al mundo “a comer perejil”, como insiste. 

“Yo mi champion he tenido otra gran pasión además del box… ¡la música!”, y empieza a golpear la mesa mientras canta, como en aquellos años dorados cuando tocaba las congas con Ultiminio y su Suavesón. 

“Yo soy matancero, mi hermano, y no lo niego. Matanzas tierra profunda ahora me inspiro en ti porque fue donde nací”, canta nostálgico, pero feliz, porque ya cumplió todos sus deseos: peleó, ganó, bailó, conquistó mujeres. 

“Hay que tener ángel para eso”, afirma, y la vida le cobró facturas, pero como dijo aquel sabio de Matanzas (su padre): “No importa que el vulgo me critique si el tribunal de mi conciencia me absuelve.”

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