Regresa estudiante mexicana del exilio

“No he cometido ningún delito ni tengo por qué esconderme 

“Voy a quintuplicar fuerzas por cada amigo muerto”  

“Es mentira, me amarraron ellos, los colombianos. Me hacían muchas preguntas, sobre todo relacionadas con Reyes. No me creían cuando les decía que yo no sabía nada, que era civil, que apenas había llegado un día antes. Me trataron de mentirosa y me amenazaron”. 

Blanche Petrich  

 

La Jornada 

En los campamentos guerrilleros de Colombia se llama caleta a una cama grande hecha de tablones, con un toldo encima, donde duermen una o más personas. El primero de marzo de este año, los responsables de atender a los numerosos visitantes que llegaban al campamento de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en Sucumbíos, territorio de Ecuador, asignaron una de esas caletas, entre los árboles, para las dos mexicanas recién llegadas, Lucía Morett y Verónica Velázquez. Los tres varones –Juan González, Fernando Franco y Soren Avilés– fueron hospedados a pocos metros de ahí. 

Vero y Lucía se durmieron, rendidas por la larga caminata a través de la selva. Lucía se despertó bruscamente por una sacudida de tierra, un estruendo, un estallido, un árbol enorme incendiándose frente a ella. Extendió el brazo buscando a su compañera. No había nadie en la caleta. ¿Era un rayo o qué? Segundos después otra violenta sacudida, más fuego. “Le gritaba a Verónica y no estaba. Hasta ahora no me explico qué pasó. ¿Por qué ella murió y yo no? ¿Se levantó durante la noche y no estaba a mi lado cuando empezó el bombardeo? ¿La fuerza de la explosión la aventó lejos?” 

Es el relato de Lucía Morett Álvarez en el vuelo que la trae de regreso a México desde Nicaragua, con escala en El Salvador. Hace cerca de ocho meses, en abril, tuvo que acogerse a la protección del gobierno de Managua por la amenaza de una demanda penal en su contra, por terrorismo, que había aceptado la Procuraduría General de la República. 

“No, yo no he cometido ningún delito ni tengo por qué esconderme de nadie”, dice de pronto con una fuerza inesperada. La aeronave ya sobrevuela la nata marrón que cubre a la ciudad de México al atardecer de este miércoles. Ya no es la voz quebradiza de alguien que parece que en cualquier momento va a llorar. “Yo soy una víctima. Y voy a quintuplicar mis fuerzas, una por cada uno de mis amigos muertos y una más por mí, para que se sepa quiénes fueron los verdaderos criminales. Porque ese primero de marzo se cometieron muchos delitos y tiene que haber justicia”. 

Al salir de Nicaragua, finalmente, la joven universitaria decide hablar públicamente en detalle de lo ocurrido en el campamento donde murieron más de 23 personas, entre ellas cuatro mexicanos y el número dos de las FARC, Raúl Reyes. Antes, en Managua, acató una condicionante de las autoridades que le dieron protección, de mantener “bajo perfil”. Incluso en la víspera de su viaje, el responsable de atenderla, Rafael Ortega, hijo del presidente Daniel Ortega, le prohibió conceder la entrevista que este diario había solicitado. 

Aquella noche –sigue relatando–, al principio no se dio cuenta que estaba herida. “Sentía el pantalón roto y caliente, mojado. Vi que era sangre, pero nada me dolía. No podía levantarme ni moverme. Me caían cosas encima. En medio del bombardeo hice todo por tranquilizarme. Oía los aviones pasar una y otra vez. Me puse una mochila sobre la cabeza y miraba las lucecitas de mi reloj, minuto a minuto: las 12 y media, ya pasaron 10 minutos, media hora. Tenía puesta la esperanza en el amanecer. Supe, no sé como, que no me iba a morir. Pensaba en que Verónica estaría por ahí y me pasó por la mente que dentro de poco las dos nos íbamos a estar acordando del susto. A las tres volvieron los aviones, el segundo bombardeo. Lamenté no haber hecho algo por alejarme de ahí, aunque fuera arrastrándome. Fue aterrador. Después de un rato oí los helicópteros que barrían la zona con disparos. Alguien muy cerca de mí se quejaba horrible. Pude darme cuenta que estaba muriendo. Luego, silencio. Más tarde oí a la tropa acercarse, disparando. Cerré los ojos con fuerza y me quedé inmóvil, bocabajo, haciéndome la muerta. En medio de la balacera alguien gritó: ¡Estoy herido, ayuda! Luego más disparos y nada más. Por eso digo que los militares colombianos ejecutaron a varios heridos. Porque lo oí”. 

Lucía tiembla de pies a cabeza, pero ya que empezó a hablar, durante una escala en el aeropuerto salvadoreño, nada la detiene. “Uno de los soldados dijo: aquí hay una hembra, está viva. Me rodearon y uno me advirtió: No se mueva, somos el ejército colombiano y le estamos apuntando, no intente nada, levante los brazos, deje el arma”. 

Trato a los heridos de guerra 

Días después, el ministro de Defensa de Colombia Juan Manuel Santos, exhibió un video sobre la operación Fénix. Imágenes tomadas con una cámara de visión nocturna muestran a Lucía tirada en el piso rodeada de soldados que la interrogan y le dan primeros auxilios. El objetivo del gobierno colombiano era demostrar que ofreció “trato humanitario” a la sobreviviente mexicana. Ella tiene las manos al frente, amarradas. Santos explicaba a la prensa, en la exhibición del video, que los guerrilleros la tenían maniatada. 

“Es mentira, me amarraron ellos, los colombianos. Me hacían muchas preguntas, sobre todo relacionadas con Reyes. No me creían cuando les decía que yo no sabía nada, que era civil, que apenas había llegado un día antes. Me trataron de mentirosa y me amenazaron. Cuando me revisaron me dijeron que tenía heridas de esquirlas. Yo ni sabía qué era eso”. 

Empezó a amanecer. Lucía pudo ver que el toldo estaba achicharrado, que el bosque a su alrededor era un amasijo de ramas y cenizas. Casi a las seis de la mañana llegaron otros hombres con uniforme diferente. “Se va a quedar con ellos, nosotros nos vamos”, dijeron los soldados. Los recién llegados eran de la policía colombiana. La pusieron sobre unas tablas para llevarla, dijeron, adonde estaban los heridos. En el trayecto sólo vio cadáveres. Algunos policías merodeaban, quitándoles sus relojes, buscando sus pertenencias. Le mostraron el cuerpo de una mujer en ropa interior. Tenía disparos en la espalda. Le preguntaban si la conocía. “Me dejaron a 10 metros de ese cadáver”. Poco más lejos vio a una muchacha muy mal herida. Luego supo que era Marta Pérez, colombiana. 

Pasaron las horas. Lucía pudo ver cómo desde helicópteros en vuelo bajaban unas camillas y subían algunos cadáveres, dos o tres, no puede precisar. Y los uniformados seguían presionándola con preguntas, sin darle agua, pese al sol, ya en todo lo alto. Las hormigas empezaron a subir por sus brazos y piernas ensangrentados. Los hombres la desvistieron pare cambiarle la ropa, aprovechando para hacer comentarios sexuales, agresivos. Pasado el mediodía, después de varios intercambios de mensajes por radio, se pusieron nerviosos. “Limpien huellas, vámonos”, fue la orden. 

“Yo me angustié mucho. Si nos dejaban ahí, cómo íbamos a sobrevivir. Les decía que nos tenían que sacar de ahí, pero ni caso. Prefirieron llevarse cadáveres como trofeos. Nos abandonaron”. Eran las tres de la tarde del primero de marzo. 

Esa era la guerra 

En ese momento Lucía se dio cuenta de la gravedad de sus heridas. La ropa estaba empapada. Se puso una sábana debajo del cuerpo y al poco rato también estaba chorreando sangre. Y los cadáveres a su alrededor empezaron a hincharse. “Las moscas, las hormigas, los zopilotes. Y ese olor horrible que me daba repulsión y amor al mismo tiempo, pues sabía que eran mis compañeros. De Juan, estaba segura que había muerto porque los soldados me enseñaron su credencial y me lo dijeron. A Fernando creí verlo entre los cadáveres, aunque no estaba segura. De Vero y Soren no sabía nada.” 

Pasaron varias horas antes que volvieran a escucharse las aspas de otros helicópteros. Sus ocupantes sobrevolaban sin ver a las dos sobrevivientes. Lucía, como pudo, se arrodilló y ondeó una camiseta. “Es que sabía que si se iban nos íbamos a morir”. Al poco rato aparecieron, entre la espesura y las ruinas, otros soldados. Estos llevaban insignias del ejército de Ecuador. 

“El trato fue otro. Nos hicieron unos techitos para protegernos del sol, nos dieron agua, me acercaron mi mochila donde tenía un Gatorade. Ya oscurecía cuando un enfermero me hizo unas primeras curaciones. Otro joven soldado se pasó la noche a mi lado, sosteniéndome la mano, platicando de cualquier cosa, de deportes, de su mujer, para disipar mi terror”. 

Amaneció el segundo día de Lucía en la selva. “Los soldados buscaron mis cosas, unos títeres de artesanía que había comprado, mi mochila, un morral. Lo único que no apareció fue mi pasaporte y mi dinero. Yo no quería nada, sólo que me sacaran de ese lugar. Cuando estábamos a punto de irnos avisaron que había otra herida más abajo. Estaba muy grave, con las dos piernas destrozadas. Era Doris Torres, la más joven. Esa muchacha sí estaba amarrada. Entonces empezó un camino muy difícil, por la selva, hacia los helicópteros. Los soldados tenían unas insignias blancas en el brazo para identificarlos como rescatistas. Ese detalle me hizo tomar conciencia de que esa era la guerra. Y que yo estaba en una guerra.”

“Figuras prehispánicas, prehistóricas y…

Figuras de la memoria

Todas las imágenes y los textos son publicados en el libro Geometrías de la imagimación. Querétaro.

 

Diario de Querétaro

Diego Prieto

Los seres humanos tienen la capacidad de elaborar símbolos mediante los sí mismos, sus anhelos, sus ideas y sus recuerdos, que de esta manera pueden materializarse en signos que constituyen un saber y una memoria colectivos. Esta capacidad de asignarle a las cosas o a los actos la facultad de evocar o representar otras cosas, es la que permite la existencia del lenguaje, las matemáticas, el pensamiento abstracto y el pensamiento simbólico, elementos fundamentales de la cultura como construcción humana de un mundo metanatural. Por eso es que muchos antropólogos han considerado que el lenguaje, como sistema de signos compartido por los miembros de una comunidad, es el ámbito en que se constituye el ser humano como ser cultural, capaz de trascender, desafiar o contrariar su propia condición natural.

Ahora bien, si la cultura humana se forma en el habla, lo hace igualmente en el dibujo, en la plástica, y en la elaboración de figuras para representar cosas y acontecimientos dignos de ser evocados, destacados, clasificados o recordados de esa forma. Así, la pintura rupestre y el petrograbado constituyen artes tan antiguas como los primeros hombres.

Los grupos humanos se forman una idea del mundo y de su ser al nombrar las cosas y también al dibujarlas y plasmarlas en representaciones figurativas o prototípicas; hasta que el lenguaje y el dibujo se fusionaron en la escritura, invención que acompañó a la conformación de las grandes civilizaciones de la historia. En este marco, uno puede seguir el desenvolvimiento de una cultura a observar los dibujos a que ha dado lugar, aproximándonos así a la manera como, desde un determinado universo cultural, se perciben, ordenan, representan, califican y simbolizan las cosas y hechos que interesan o motivan a las personas que se inscriben en él.

De ahí la importancia de un trabajo como el que ahora presentamos: Geometrías de la imaginación. Diseño e iconografía de Querétaro, que nos acerca al mundo simbólico de las sociedades y culturas que han ocupado el territorio queretano desde los primeros tiempos más remotos hasta la actualidad.

Por su geografía y por su historia, Querétaro ocupa un lugar central en los procesos sociales y culturales que dan lugar a la nación mexicana, que convergen en su difícil gestación y que explican y nutren su diversidad.

En la historia antigua de México, el territorio queretano constituyó un área de intensa frontera cultural; una zona de encuentro, movilizad poblacional, intercambio y confrontación entre distintas culturas, lenguas y señoríos, que le otorgaron un gran dinamismo. Hablamos de un espacio de articulación y de contacto entre los pueblos agrícolas mesoamericanos y los grupos de recolectores cazadores del norte de México, genéricamente conocidos por los nahuas del altiplano como “chichimecas”.

fue ocupado por dos alcaldías mayores: la de Querétaro y la de Cadereyta. A partir de Querétaro se iniciaba, hacia el norte, la llamada Gran Chichimeca. Al ser descubiertas en el siglo XVI las minas de Guanajuato, Zacatecas y San Luis Potosí, se incrementó el interés por el poblamiento y explotación de aquellas tierras promisorias, al tiempo que los otomíes, liberados de la dominación mexica, se expandían hacia el norte, con la anuencia de la corona de España, que trataba de utilizarlos como escudo para contener y replegar a los molestos e indómitos chichimecas. Así, en la segunda mitad del siglo XVI tuvo lugar la llamada “Guerra Chichimeca” contra los españoles y sus aliados, que tuvo como efecto el paulatino exterminio de muy diversas tribus chichimecas, así como la sujeción en congregaciones y pueblos de altos grupos pacificados.

Paralelamente, hacia la Sierra Gorda se replegaron algunos grupos irreductibles, pames y jonaces, que conservaron sus propias expresiones culturales y que hasta el siglo XVIII se mantuvieron en resistencia. Como cabeza de playa para la penetración en la Sierra Gorda. A mediados del siglo XVIII el gobierno virreinal emprendió en el área una campaña militar centrada en la eliminación y el exterminio de los indios gentiles, que desembocó unos años después en la transferencia de las antiguas misiones agustinas a los franciscanos procedentes del Colegio de Propaganda Fide, quienes desarrollaron un intenso trabajo misionero entre la población, que dio lugar a impresionantes misiones de Jalpan, Concá, Landa, Tancoyol y Tilaco.

Desde la conspiración de Independencia, en los inicios del siglo XIX, hasta la restauración de la república en 1867, Querétaro vivió con intensidad las confrontaciones que dieron lugar a la consolidación de México de la primera república federal, los queretanos reivindicaron su derecho a existir como una entidad política soberana, de modo que Querétaro fue incluido como uno de los diecinueve estados reconocidos en la Constitución de 1824.

Punto de reunión e una de las principales conspiraciones independentistas; capital de la República durante la invasión de México por los Estados Unidos; último refugio del malogrado imperio e Maximiliano, fusilado en el Cerro de las Campanas; sede del Congreso Constituyente de 1916-17; Querétaro ha sido siempre escenario privilegiado de las principales páginas de la historia mexicana.

Las figuras que se compendian en este libro dan cuenta de la profundidad histórica y la riqueza cultural que caracterizan a Querétaro. Esta publicación, dedicada a compendian figuras emblemáticas del arte queretano de distintas épocas y orígenes, se distribuye en cuatro grandes apartados: arte rupestre, arte prehispánico, arte colonial y arte indígena contemporáneo.

El apartado dedicado a las expresiones gráficas rupestres incorpora las manifestaciones plásticas más antiguas que podemos encontrar en el territorio queretano, cuyos primeros ejemplos se remontan al cuarto milenio antes de Cristo. Estas pinturas y grabados en piedra están vinculados con el desenvolvimiento de grupos de recolectores cazadores, que desde entonces hicieron presencia en esta región y continuaron ocupando el territorio aún después de que los pueblos agrícolas aparecieron en el área, estableciendo con ellos relaciones de intercambio y enfrentamiento. Sin embargo, encontramos también arte rupestre correspondiente a sociedades agrícolas sedentarias. Por otro lado, aunque la mayor parte de las figuras que se presentan corresponden a la época preshispánica, pueden encontrarse algunas del periodo virreinal.

El apartado correspondiente al arte prehispánico incorpora expresiones correspondientes a las sociedades agrícolas que habitaron en los valles de Querétaro y la planicie de San Juan del Río. La mayor parte corresponden a los periodos epiclásico y posclásico temprano y proceden de los sitios conocidos como El Cerrito, en el municipio de Corregidora, el Barrio de la Cruz, San Juan del Río, y El Colorado, municipio de El Marqués.

El apartado que se ocupa del arte virreinal incorpora motivos plásticos procedentes de las misiones de Santiago de Jalpan, Nuestra Señora de la Luz de Tancoyol, San Miguel Concá, Santa María del Agua de Landa y San Francisco del Valle de Tilaco, en la Sierra Gorda queretana, fundadas a mediados del siglo XVIII por los franciscanos encabezados por Junípero Serra. El trabajo de este capítulo corrió a cargo de la antropóloga Heidi Ursula Karin Basser Remp de Chemin, recientemente fallecida, a quien le tributamos el más cariñoso homenaje.

El último apartado presenta algunas muestras del arte que hasta la actualidad elaboran los pueblos otomíes de Querétaro en los dos municipios con la mayor concentración de población indígena en nuestra entidad: Amealco y Tolimán.

El libro incluye un glosario con una explicación general de cada uno de los apartados y un índice en el que aparecen todas las figuras con una clave de identificación, el lugar del que proceden, la época a la que corresponden y una descripción de sus características y su interpretación iconográfica.

Esperamos que todas estas figuras de la memoria queretana inspiren a los artistas, artesanos, diseñadores, promotores culturales y comunicadores del presente para seguir enriqueciendo la expresión de nuestras ideas y sentimientos.

Osamentas prehispánicas nuevo hallazgo

Hallan arqueólogos 10 osamentas prehispánicas en SLP

Organización Editorial Mexicana

DPA

Arqueólogos hallaron 10 osamentas prehispánicas en el sitio arqueológico de Tamtok en trabajos realizados en noviembre en esa zona del país, informó el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Los hallazgos confirman que en el sitio de Tamtok, situado en el estado de San Luis Potosí, hubo “tres etapas de ocupación que van desde el 600 a.C. hasta el 1500 d.C.”, indicó el organismo en un comunicado.

Según el investigador Guillermo Córdoba Tello, los restos humanos, con deformaciones craneanas y dentarias, fueron hallados en una zona considerada el área de panteón, utilizada en la última etapa de ocupación del sitio (1200 d.C.-1500 d.C.).

“Las excavaciones que realizamos en el área del Monolito 32 nos dieron como resultado el descubrimiento de diez restos humanos, los cuales se encontraron debajo de una especie de conos hechos con piedras de río, en posición sedente”, señaló.

El arqueólogo explicó que, por su mal estado de conservación, no ha podido establecerse con exactitud la edad y sexo de las osamentas, pero “hay indicios de que se trata de jóvenes entre 16 y 17 años, un niño de entre cinco y siete años y un adulto de aproximadamente 35 años”.

En los trabajos de campo también se encontraron un horno prehispánico y herramientas, entre ellas puntas de flecha de obsidiana y cerámica.