ACTEAL; a 12 años sin justicia

Acteal; 12 años sin Justicia  

Han pasado casi doce años de la matanza de Acteal, en el sudeste del estado mexicano de Chiapas. El día 22 de diciembre de 1997, cuando los miembros de la comunidad tzotzil de Las Abejas se encontraban reunidos para rezar en su humilde capilla, una construcción rústica de tablas atadas y sin pintura, noventa paramilitares del grupo Máscara Roja, expresamente transportados allí, pertrechados de armas de fuego y machetes, en un ataque que duró siete horas, dejaron en el terreno, entre hombres, niños y mujeres, algunas de ellas embarazadas, 45 muertos.  

La culpa de estos muertos era haber apoyado al Ejército Zapatista de Liberación Nacional. A 200 metros del lugar, un control de policía no movió un pie para ver lo que estaba pasando. Demasiado lo sabían ellos.  

Estuvimos en Acteal, Pilar y yo, poco tiempo después, hablamos y lloramos con algunos de los sobrevivientes que consiguieron escapar, vimos las señales de las balas en las paredes de la capilla, los sitios de las sepulturas, nos asomamos a la entrada de una cavidad en la ladera donde unas cuantas mujeres intentaron esconderse con los hijos y donde fueron asesinadas todos a golpes de machete y disparos a quemarropa. Regresamos a Acteal unos meses más tarde, el horror todavía se respiraba en el aire, pero se iba a hacer justicia.  

Al final, no se ha hecho. Alegando errores de procedimiento, el Supremo Tribunal de Justicia mexicano acaba de poner en libertad a los casi veinte miembros de Máscara Roja que cumplían pena (imagínense) por posesión ilegal de armas, ignorándose deliberadamente que esas armas habían disparado y asesinado.  

A la media docena que todavía quedan en prisión no tardarán mucho en soltarlos también.  

Pero a los 45 tzotiles muertos con extrema crueldad, a esos no habrá manera de hacerlos resucitar.  

Hace pocos días escribí aquí que el problema de la justicia no es la justicia, sino de los jueces. Acteal es una prueba más.  

José Saramago

Los Barrios de Querétaro

Los Barrios de Querétaro 

José Félix Zavala   

Conventos, tiempo, una mano que se estira en forma de arcos y múltiples destellos en forma de torres, es Querétaro, todo un monasterio, donde juntos San Francisco y Santo Domingo oran y Santa Rosa y Santa Clara se casan a diario con el esposo divino. Es la leyenda que venera piedras, dicen, mientras en sus derredores circula la vida. 

A San Francisquito, el barrio de indios, ya no bajan los canasteros, ni las lebrillas amarillas con camote enmielado en bola, ni el atole, ni las bateas con tamales. Ya no se escucha el grito “Paletas heladas, “Las Catarinas”, a dos por cinco”, los viejos son cada día menos. 

En las tardes todavía se oye el ruido del teponaxtle, es el barrio refugio de Concheros, de adoratorios chichimecas, de curanderos, de fiestas adornadas con papel picado, en azul y blanco, de frontales con frutas, de flores de zempanzuchitl, del ritual de la Cucharilla, de las tortillas azules y verdes, del Carnaval, del Señor de Esquipulas, de la fiesta de la Divina Pastora. 

De los callejones de San Juan, de Mata Carrillo y de todos los demás, poco a poco fueron desapareciendo los aguadores, los últimos fueron Don Arnulfo y Chente, también desaparecieron los arrieros, los mesones, las carbonerías, los telares de mano, con su ritual de remojar los hilos en la caja de agua, la pila de los Dolores, y la forma antigua de brotar de las cambayas.  

El barrio de la Cruz comienza donde terminan los Arcos, en la Loma del Sangremal, donde nació Querétaro. Huele a rancio, a enchiladas, a Cruz de los Milagros, a danzantes, a mercado, a alfalfa, a misa de alba, a Convento Grande, productor de cruces salidas de un bastón, posada de Fray Antonio de Margil y Fray Junípero Serra, fortaleza, cárcel y recolector de agua venida de La Cañada, surtidora de fuentes  y cajas de agua, baratas, neverías, casas viejas, corredores llenos de begonias y geranios, balcones adornados con moños, mujeres que salen de madrugada “ a dejar la Virgen”. 

Chinchines, Apaches, Mojigangas, Flachicos. Noche del 13 de septiembre que congrega a todos los hijos de este pueblo. Ponches, guajolotes, gorditas de migajas, buñuelos, atole y tamales, oportunidad de vivir cada año la fiesta de la Santa Cruz. 

Viernes Santo desfile de Nazarenos, Cristos, Dolorosas, Penitentes, procesión, duelo que baja hasta el Convento Grande de San Francisco, olor a manzanilla. 

Por todas partes se llega a este barrio, por las calles de Independencia, Carranza, de Felipe Luna, La Calzada. Brota el recuerdo del tiempo, La Ametralladora, El Besubio, El Parlamento, La Japonesita, La selva, La Costumbre, las bodas de domingo a las doce. 

Muchas cosas se pueden contar desde la fuente del beaterio tres veces centenario, del barrio de Santa Rosa de Viterbo, el oratorio, retablos, abanico dorado, coros, alto y bajo, puertas y confesionarios secretos, murmullo de rosas, el antiguo hospital, el viejo reloj del campanario morisco. 

En la calle de Arteaga, todas las palomas, las buñueleras, las tamaleras, el camote cocido. Es el barrio de los jauleros, alfareros, polleros, cajetes y novias en balcones enrejados. Son las calles de Galván, De La Huerta Grande o del Reloj, son las obreras que salen de “La Mica” y de los niños del hospicio, es el pan de monja Capuchinas, mujeres escondidas, es Santa Rosa antiguo.  

Fiestas de jolgorio grande en rosa y azul, repiques, cohetes, anuncio, gallo, carrizos adornados con papel de china, es el rumbo del Carrizal. 

El barrio de las granadas, que las niñas viejas imitan con papel. Rellenándolas de confeti, mientras los artesanos pintan cambayas y curten cuero, mientras Luis Anabríz, diseña los Carros de la Cabalgata, se llama Santa Ana, el barrio de la abuelita, salido de entre los callejones de San Andrés, Ramos Arizpe y Jaime Nunó. 

El 25 de julio es día de tamales dobles en Querétaro, los primeros en catedral y los segundos en Santa Ana, dicen los Canónigos, que con su presencia, dan lustre a las fiestas patronales del 26 de julio. 

Tardes de ruecas que forman madejas, tardes de rosario y amores frente a la Pila, es el recuerdo de J. Guadalupe Ramírez Alvarez, el de la calle de Escobedo, dueño de tantos libros, el de la ofrenda de Día de muertos, el que guardaba la tradición de este pueblo, era licenciado, dicen. Barrio de olor a carnitas de los Mendoza y los García. 

María Estrada, La Cieguita enamorada del inexistente Faustino, el Español que le escribiera desde Sevilla, María que pedía limosna a fuera de la Mariposa, también tiene su barrio, el que está junto al asilo, es San Sebastián. La Casa del Faldón. 

Coheteros como Abundio el del Puente Revolución, pedreros de ópalos como Adolfo Mendoza, poetas con casa antigua como Salvador Alcocer, mujeres de vida consagrada como Sor Magdalena, curas como Felipe M. Sevilla, que en 1907 construyera el asilo de ancianos. La gente sencilla habita el barrio de la Otra Banda, al otro lado del río. 

La fiesta se celebra el 20 de enero, dos bandas de música, pólvora, entre las calles del tiempo, Otoño, Primavera, Invierno. El tren silva incesantemente día y noche, es el Aguila Azteca. 

En la esquina en que convergen las calles de Invierno, Luis Moya y Juan Alvarez, empieza y se distribuye en pulquerías, el barrio del Tepetate, es El Cachete, El Maguey, La Atómica, aquí se sitúa la Estación del tren, barrio que contempla a diario el paso de La Burrita y El Nueve. 

Hay música de viento, aquí se recuerda a los Guardacuarteles, el Gallo en la madrugada de vísperas del 15 de septiembre y las farolas que han dejado de existir, solo en el Jardín de los Platitos, donde bancas y piso son de tejo, lugar para contratar serenata. Bajo el puente,  los rieleros, taco de papa, nopal y camarón en mano. El 3 de mayo y el primero de septiembre son días de fiesta. 

Don Ramón el cambayero, Don Tomás, el brujo, Don Agapito, el yerbero, Don Benito López, el pedrero, los huaracheros, habitan el otro Querétaro, pasando el Puente Alto de madera. La gente que vive a orillas de la Avenida de las Canteras, donde Tomás fue el último Guardacuartel y los niños aún juegan a los “encantados”, llaman a su barrio, El Cerrito. 

El primero de septiembre las danzas y el castillo saludan a la Virgen de los Remedios, el 3 de mayo los ponches y las enchiladas, celebran a la Santa Cruz. La Plazuela Juana de Arco se vuelve de papel de china y la Ola de Ascensión García, es la modernidad. 

Esquilas y campanas llamando a misa, ofrendas, procesión, palo ensebado. El último domingo de julio día del Señor de las Maravillas le dan identidad al barrio de la Trinidad, por donde pasan las calles de Galeana, Rayón, Marte, atrás del Cerrito. 

Ascensión García, bastón, barba rala y blanca, recuerda aún los telares y los hornos donde se cocía el camote en su jugo, lo mismo que Las Tres Caídas actuadas, que reunían a los trinitarios, lejanos habitantes de Querétaro. 

Desde La Tenería hasta la calle de Felipe Angeles, entre obreros de oficio cambayero y hornos de cal, atrás de la vía nacional, lugar de paso de los peregrinos rumbo a Soriano y con Santiago Zúñiga, como Mayordomo, se encuentra el barrio de San Roque, cerca del callejón del Espinazo. 

Lejos del centro, después de la vía, más allá de San Roque, esta el barrio de Santa Catarina, a donde se ocurre el 2 de febrero, para visitar a la Virgen Chiquita, que en medio de sus pobrezas nunca vistió cambaya. 

Dos templos, con más de trescientos cincuenta años, una piedra con inscripciones, escudo y pergamino de José María, Bartolo e Hipólito Juárez, le acreditan su antigüedad, es el barrio de San Gregorio.   

Ignacio Pérez, La Candelaria y San Gregorio son los nombres de sus calles, de antiguos alfareros, de las doce familias que poblaron el lugar y que por mucho tiempo pagaron los toritos, las cascadas de luces y las danzas, que llegaron desde Zacatecas, celosos guardaron sus santos y sus tradiciones, desde aquí se domina el valle. No existen más los alfalfares y las  huertas. 

Muchos barrios o Calpullis rodearon a Querétaro y a sus conventos de monjas Capuchinas, Carmelitas, Teresas, Clarisas y Rosas; de frailes franciscanos, dominicos, agustinos, felipenses, mercedarios, dieguinos y jesuitas, todos dejaron su arte en ellos. 

Las mujeres aún salen con sus Niños Dioses, vestidos de gala, entre canastas llenas de colación y más de alguna solterona tiene un letrero en su ventana que reza “Se visten Niños Dios”, Pueblito Ortega aún convierte el azúcar en alfeñique, en canastitas de flores, de frutas, de enchiladas, en borregos y gallinas. 

De Querétaro y sus barrios es el culto a la imagen realizada por Sebastián Gallegos,  La Virgen del Pueblito, colocada en el adoratorio de los indios en el Cerrito y que un 17 de octubre de hace mas de 40 años, con corona realizada por Luis Sosa García, cantos compuestos por el Obispo Vera y Zuria, Guadalupe Velázquez, Agustín González e interpretados al órgano por Zúñiga y el coro del Conservatorio de Música Sacra, dirigido por Cirilo Conejo, cuando fuera coronada pontificalmente. 

Al finalizar junio, de todas las calles, callejones y rumbos de la ciudad, se emprende la Peregrinación al Tepeyac, allí se encuentra la Tonantzin, esperando su arribo centenario, se inicia el viaje una semana antes de la llegada, se hace  a pié, por el camino antiguo de los dioses, al ritmo del canto: “Desde el cielo una hermosa mañana…”. 

Es diciembre, los calpullis o barrios en forma de niños, se suben a los caballitos y como novios a la Rueda de la Fortuna, mientras los merolicos ofrecen mercancías, los carros alegóricos sueños, los castillos luces y Querétaro fiesta.

Un templo Pame restaurado

Santa María Acapulco: restauración  

Margo Glantz  

 

La Jornada  

El 14 de diciembre se restituyó a la vida comunitaria el templo de Santa María Acapulco, incendiado en julio de 2007. Después de múltiples trabajos de conservación y restauración del templo de este pueblo pame de la Sierra Gorda de San Luis Potosí, a cargo de un equipo del INAH y auxiliares de la comunidad, apoyados por las autoridades comunitarias del pueblo, la CDI del estado y la presidencia municipal de Santa Catarina, la iglesia del siglo XVIII fue reconsagrada en presencia de distintas autoridades, incluyendo al obispo de Ciudad Valles, Octavio Balmori: llegó en guayabera y luego revistió su ropaje sacramental. 

Esta comunidad, por desgracia muy marginada (su primera escuela primaria fue construida en 1977 y apenas en abril de 2006 se inauguró el tramo pavimentado Lagunillas-Santa María Acapulco), fue fundada hacia 1750.  

La fachada del templo conservaba 11 nichos en tres niveles y tres hileras verticales; seis tienen aún figuras realizadas en adobe y recubiertas con yeso y cal. El techo de palma fue el origen del incendio: el rayo terminó con prácticamente todo el inmueble. Según el reporte del Instituto Nacional de Antropología e Historia sólo quedaron en pie el edificio, la pintura mural, algunos otros acabados arquitectónicos y, gracias a que los habitantes del pueblo expusieron su vida para salvarlos, cerca de 15 esculturas, varios muebles, documentos parroquiales y misales, dos lienzos y varios objetos litúrgicos, todos ellos de los siglos XVIII y XIX. Ahora ya se reconstituyó el tejado, algunas pinturas murales se recuperaron, el altar dedicado a la Virgen de Guadalupe se reprodujo y lució hermosísimo con sus estípites plateados, sus ángeles ingenuos, sus figuras de bulto; enfrente, un retablo con un santo entierro –el Cristo cubierto enteramente con un sudario–, el sagrario, una virgen de los Dolores y otra de la Soledad. 

La ceremonia fue bellísima: desde las 10 de la mañana empezaron a acudir familias enteras, avisadas sobre todo por las radios comunitarias(extraordinarias éstas y a las que tanto se combate de manera extraoficial), las mujeres vestidas con ropa confeccionada con telas satinadas, lisas o floreadas y brillos plateados, en verdes, azules, magenta o escarlata; cubiertas sus cabezas y parte del rostro con rebozos rayados en verde bandera o azul eléctrico fueron desfilando y se colocaron de un lado y los hombres del otro, con sus sombreros de palma en la mano, algunos con camisas estridentes compradas seguramente en Estados Unidos: muchos han sido braceros.

La comunidad fue evangelizada en el siglo XVIII y conserva una mezcla de tradiciones –chichimecas, mesoamericanas y españolas–, y, obvio, también su lengua: el gobernador pronunció en voz muy baja su discurso en pame (le faltan todos los dientes delanteros), fue electo por el pueblo, según las tradiciones impuestas durante la colonia: debería permanecer en su cargo un año y convocar luego a elecciones, pero el dignatario actual ha preferido conservarse en el puesto tres años, cosa no ordinaria y que el pueblo acata pero no aprueba; es asimismo y, nominalmente, el representante en el Congreso local de las diferentes etnias indígenas del estado –nahua, huasteca, pame–, función sin embargo que jamás ha sido desempeñada por ningún gobernador indígena, dato recurrente en nuestras costumbres cívicas desde la Colonia.  

Durante la ceremonia contemplé fascinada cómo con devoción y solemnidad  los pobladores de Santa María participaban en la misa, el maravilloso contraste entre el intenso colorido de los trajes femeninos y la severa compostura con la que cumplen sus deberes religiosos, la timidez y belleza de las niñas, la travesura contenida de los niños. A mi lado, también de pie, como todos los allí presentes, don Simplicio, un ex gobernador, su rostro inolvidable, la nariz granulosa, surcada de venas moradas, las orejas enormes enmarcando totalmente su cabeza y un olor penetrante lo aureolaba. Olor tenaz: me persiguió durante todo el día. 

Los Trasterrados de o en México

Una ciudadanía transterritorial  

Miguel Concha 

 

La Jornada  

Ayer se conmemoró el Día Internacional de las y los Migrantes y sus Familias, y hace un mes las organizaciones civiles Enlace, Comunicación y Capacitación y Asociación Latinoamericana de Organizaciones de Promoción al Desarrollo (ALOP) presentaron el original trabajo Sur, inicio de un camino. Ocasión propicia para referirnos ahora a él. 

En la investigación se expone la compleja realidad de la frontera sur de México, como punto crucial y estratégico en el que convergen todas las condiciones migratorias: origen, retorno, tránsito y destino de mujeres, hombres, niñas y niños migrantes. A partir de las voces de los propios migrantes, el libro muestra un sinnúmero de historias de vida, que nos deja ver el amplio abanico de violaciones a los derechos humanos, a las que se enfrentan las y los migrantes en nuestra frontera sur. Una realidad, por cierto, sumamente dolorosa e injusta. 

Más allá de ser un informe puramente académico, se trata de un instrumento de denuncia, en el que se toman en cuenta los diversos contextos que se desarrollan al unísono en ese mismo espacio geográfico, en el que se exacerban diversos intereses políticos y económicos. Para ello las autoras, Dafne Isis Cruz Monroy y Ana Elena Barrios Juárez Badillo, analizan el tema desde la perspectiva de la migración forzada por los efectos de la política neoliberal implementada en los países mesoamericanos, y es desde esa óptica como exponen las situaciones más complejas de las distintas realidades migratorias que convergen en esa frontera. 

La crisis generalizada del campo y las crisis financieras recurrentes de las economías centroamericanas y mexicana, han ocasionado un incremento importante en la migración irregular, temporal y permanente a Estados Unidos, con el propósito de laborar en los mercados secundarios de trabajo en la industria y los servicios. Así las cosas, la migración se convirtió en nuestros países en una de las más importantes estrategias de disminución de la población campesina, y en algunas regiones la más importante. A pesar de la crisis y la política de contención de los flujos migratorios, las economías nacionales y regionales no pueden entenderse sin las remesas como una de sus primeras fuentes de ingreso. 

En el caso nuestro, la frontera sur de México corresponde principalmente al estado de Chiapas, que en los recientes diez años se ha convertido en una entidad expulsora, cuya economía depende cada vez más de las remesas de los aproximadamente 330 mil chiapanecos que trabajan en Estados Unidos, y a los que cada año se suman otros 50 mil. En este contexto, la política social diseñada e implementada en las comunidades campesinas e indígenas posee un corte marcadamente asistencialista, que ha orillado a la población a buscar fuera de sus lugares de origen una mejor calidad de vida.

México es, además, uno de los países más importantes de tránsito de migrantes en el mundo. Son varios los puntos de cruce utilizados por las y los centroamericanos en la frontera sur, para entrar a territorio mexicano y caminar aproximadamente 10 días para llegar a Arriaga, donde abordan el tren de carga Chiapas-Mayab. Alrededor de 300 migrantes lo hacen cada tercer día, y sólo aproximadamente 10 por ciento llega a su destino. El resto es detenido, asaltado o resulta accidentado. Por eso el papel de la frontera sur es, entre otras cosas, “servir de muro de contención” para las y los transmigrantes centroamericanos. Como lo menciona el libro, la población que transita por nuestro país es víctima de innumerables y graves agresiones, principalmente cometidas por autoridades y grupos de la delincuencia organizada. 

La frontera sur de México es también destino histórico de trabajadores y trabajadoras provenientes de las regiones más empobrecidas de Guatemala, que laboran en actividades relacionadas con la producción agrícola, sobre todo en la región del Soconusco. Se calcula que al año trabajan allí más de 150 mil jornaleros. Sus derechos laborales son ignorados, y es creciente la participación de mujeres y menores en condiciones todavía más injustas. La situación legal y el contrato laboral que se les otorga es de modo verbal, y los abusos contra ellos y sus familias son frecuentes. Los más comunes son el despido injustificado, la retención de salarios y documentos, sin mencionar las largas jornadas laborales, el maltrato y la discriminación racial, así como las condiciones inhumanas de vivienda, alimentación y salud en los lugares de trabajo. Son centroamericanas 98 por ciento de las mujeres que trabajan de meseras o en el servicio sexual en la frontera sur. Sus garantías fundamentales no existen, y su condición humana es reducida a la de meras mercancías. La explotación sexual, como forma más frecuente de trata de personas, es una de las realidades más lacerantes en esa frontera. 

Luego de mostrar los diferentes momentos en los que los migrantes son “objeto” de abuso e incumplimiento de sus derechos, el libro nos plantea una noción que se contrapone y esboza un panorama reivindicativo distinto de la condición migratoria: las y los migrantes como sujetos de derecho, actores que emergen como protagonistas de su propia ciudadanía, una “ciudadanía transterritorial”. Sin embargo, este panorama es nuestro reto. Es una condición para la que tenemos que trabajar, uniendo esfuerzos desde nuestros distintos espacios. El documento se encuentra en su versión electrónica en el sitio de ALOP, en la siguiente liga:

www.alop.or.cr/novedades/verDatosItem.phtml?pos=0 

Los santuarios de la mariposa Monarca

Santuario de la Mariposa Monarca, en Ocampo 

Los colores naranja, blanco y amarillo combinan de manera excelente con el verdor del bosque para que usted perciba a la naturaleza en su máximo esplendor.

Foto: Ricardo Olivares

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Organización Editorial Mexicana

Ricardo Olivares

Queridos trotamundos, en esta temporada decembrina nuestra recomendación para estos días es un lugar hermoso, donde la naturaleza estará a flor de piel y en donde usted y su familia pasarán un día maravilloso rodeado de una gran variedad de flora y fauna, y sobre todo, unas amigas aladas que harán que sus pequeños queden boquiabiertos; nos referimos al Refugio Invernal de la Mariposa Monarca, un sitio ecológico que le ofrece al visitante una majestuosa biodiversidad, además de contar con excelentes servicios ecológicos, productivos y turísticos.

Los santuarios de la mariposa monarca se ubican en territorio michoacano, casi colindando con municipios del Estado de México, y son cinco: El Rosario, Sierra Chincua, Cerro Altamirano, Chivati y Cerro Pelón, de estos santuarios sólo dos se abren al público (por razones de conservación y estudio), el de la Sierra Chincua, ubicado en el municipio de Agangueo, y El Rosario, en el cerro El Campanario, perteneciente al municipio de Ocampo. Y es en esta última demarcación donde nos dirigiremos para pasar un momento agradable y disfrutar de un recorrido que los lugareños le hacen al visitante con toda cordialidad.

La mariposa monarca inicia su arribo cada otoño, invariablemente los últimos días de octubre, cuando los santuarios comienzan a recibir visitantes en la tercera semana de noviembre -por lo regular- y permanecen así hasta concluir marzo, fecha en que el insecto inicia su camino de regreso a Canadá. Este ejemplar de la familia de los lepidópteros, emigra año con año desde el Canadá (casi 4,500 kilómetros) para asentarse en tierras michoacanas y contrastar con el azul intenso del cielo, con sus tonos naranja, blanco y negro. Las mariposas inician este viaje en la búsqueda de condiciones benignas para hibernar y alcanzar la madurez sexual y es aquí, en esta reserva, donde las condiciones son propicias en términos de temperatura y vegetación, aspectos que buscan las mariposas.

Es fácil accesar al santuario en Ocampo, ya que este lugar cuenta con estacionamiento si es que usted se dirige en automóvil propio, también existe transporte público que sale del centro de Ocampo y recorre varios kilómetros de brecha hasta dejarlo en el estacionamiento del santuario.

El clima en este lugar se torna frío, pero conforme transcurre el día se va templando con la salida del sol, sin embargo esto no es una constante, pero gracias a este ambiente es que se considera esta época como la mejor (mediados de diciembre a mediados de febrero) para observar las colonias de mariposa monarca batir sus alas, por lo cual le recomendamos que vaya prevenido para evitar contingencias durante el recorrido, ya que el camino no está pavimentado y a veces se torna lodoso, y además que los bosques son muy fríos. Por lo tanto, no está por demás abrigarse muy bien y llevar botas especiales para terrenos agrestes, ya que el recorrido casi todo es en subida y comprende 2.5 kilómetros aproximadamente; procure tomar de la mano a sus niños y seguir las indicaciones de los guías, cuya única advertencia es no tratar de capturar a estas bellas mariposas y hacer el paseo en calma.

Le diremos que si usted llega temprano, contemplará en el santuario con la puesta total de sol a decenas de mariposas en vuelo de aquí para allá, convirtiéndose en una lluvia de colores iridiscentes que se pierden entre las ramas de los árboles y forman un paisaje hermoso. También podrá admirar a estos alados posados en los troncos de los árboles como racimos abriendo y cerrando cautelosamente sus alas al recibir la luz del sol. En este lugar la naturaleza es la que manda y usted es un invitado cordial para admirar incomparables escenarios llenos de verdor y vida natural. Atrévase a escuchar por un momento el silencio del bosque; créanos que lo reconfortará y revitalizará su ser y el de sus niños, que curiosos estarán atentos a todo movimiento que sucede en este sitio.

Sin duda, ésta es una buena opción que usted debe visitar. Decídase lo más pronto posible para admirar y terminar, conmovido y agradecido, por las maravillas que nos muestra la naturaleza, además de que su espíritu y la de sus seres queridos encontrarán tranquilidad y paz en vísperas de las fiestas de fin de año.