El mercado del Tepetate

El Mercado del Tepetate

29 Aniversario 

José Félix Zavala 

El árbol de maravillas es el maguey, de quien los nuevos o chapetones, suelen escribir milagros, que da agua y vino,  aceite y vinagre, miel y  arrope,  hilo,   y agujas,  y otras cien cosas más.

En la esquina en que convergen las calles de Invierno, Luis Moya y Juan Álvarez, empieza y se distribuye en pulquerías, el barrio del Tepetate: El Cachete, El Maguey, La Atómica, entre muchas, aquí también se sitúa la porfiriana estación del tren, barrio que contempla a diario el paso de La Burrita y El Nueve. 

El Tlachiquero 

  
San Roque y sus campanas son quienes convocan a este barrio, donde han desaparecido sus callejones y muy cerca la capilla de indios de Santa Catarina mantiene a la Virgen de La Candelaria como Milagrosa, a pesar de que estuvo empeñada en una pulquería más de alguna vez.

El escuadrón de la muerte. Se deshace y se rehace continuamente, retan a la vida hasta que se van con ella. Recordemos:

La voz pulque proviene del náhuatl poliuhqui, ”descompuesto”, ”echado a perder”, pero en náhuatl se le sigue llamando octli, nombre genérico para ”vino” o bebida embriagante. A menudo se le llama con las voces neutle o neutli, derivados del náhuatl necuhtli, ”miel”.

Hay música de viento, aquí se recuerda a los Guarda cuarteles, El Gallo en la madrugada de vísperas de la fiesta de septiembre y las farolas, que han dejado de existir. 

En el Jardín de los Platitos, donde bancas y piso son de tejo, fue el lugar para contratar serenatas. Bajo el puente, se miran a  los rieleros con taco de papa, nopal y camarón en mano. El 3 de mayo y el primero de septiembre son días de fiesta.

Del Maguey, el tronco, que es grueso, cuando está tierno le cortan y queda una concavidad grande, donde sube la sustancia de la raíz, y es un licor que se bebe como agua, y es fresco y dulce; este mismo, cocido, se hace como vino, y dejándolo acedar se vuelve vinagre; y apurándolo más al fuego es como miel; y a medio cocer, sirve de arrope, y es de buen sabor y sano; y a mi parecer es mejor que arrope de uvas.

El más antiguo recuerdo que tiene del mercado del Tepetate José Eustaquio Reyes, siempre líder, es cuando en 1944 el Mercado del Tepetate se tendía sobre la antigua calle de Porfirio Díaz, que hoy conocemos como Héroes de Nacozari y de que en los tiempos de Manuel González Cossío (1967) fue llevado a la calle de Invierno. 

Años después, (1978) siendo Presidente Municipal, Mariano Palacios Alcocer, se construyó “el mercado nuevo” en el lugar donde ahora se encuentra, y en esta administración municipal fue remozado.

El consumo del pulque formó parte de rituales y ceremonias muy extendidas en nuestros antiguos pueblos que se vinculaban con otros órdenes sagrados como el juego de pelota y las ceremonias de curación. 

A su alrededor se ha constituido un tianguis, los sábados y domingos, y  las puertas de las calles que convergen a él, se han vuelto comercio de todo tipo, haciendo de este rincón, el Centro Comercial de La Otra Banda, más importante y más antiguo, donde el pueblo recurre como en la época prehispánica a sus antiguas formas de compra-venta y relación. 

La pila del Tepetate, y la Capilla del Sagrado Corazón permanecen guardadas en sigilo en las esquinas frontales de este mercado. Queda el recuerdo de la asociación de vendedores de la estación, donde la pedrería queretana (ópalo) y las gorditas de migaja, hacían la venta con los pasajeros que topaban con Querétaro.  ¡Aretes n!, ¡aretes n! 

La planta del maguey, el agave atrovirens, sorprendió a los primeros españoles que llegaron a los territorios mesoamericanos. 

Permanece aún la Cantina del General, o del “Gene”, como usted le quiera llamar y la de “Chava Invita”. 

Los alcanfores fueron transformados, y los cientos de vagones que ahí estacionados albergaban a las familias de los rieleros dejaron de existir y junto con ellos las miles de plantas floridas que les acompañaban. Los Alcanfores desde entonces lloran su soledad y ya no forman parte de la vida queretana. 

Don José Eustaquio relata que los “tianguistas” han dado fin a los “mercados”,  se ven  las fondas concurridas con toda clase de comida tradicional que llenan de olores y sabores el barrio del Tepetate, los floristas engalanan la salida del mercado, los verduleros y fruteros corren tras la báscula. Querétaro Prehispánico, sobrevive en el Tepetate.

La palabra maguey es de origen taíno. En náhuatl es metl, nombre vinculado con la voz mayauetl,  divinidad femenina asociada con la planta misma.

Del Centro  se llega al barrio por El Puente Grande, se pasa por la calle de los hoteles, Primavera, se voltea a ver de reojo el Jardín de Los Platitos. Una máquina de vapor, vuelta monumento, nos acerca a la evocación del Querétaro decimonónico y al porfiriato afrancesado. 

La voz tlachiquilizpan se traduce como ”estación” o ”época del año” en que se extrae el aguamiel y  la voz tlachiquiliztli como ”raedura” o Raspador de maguey.     

Una historia bonita del Chile

El chile: una breve historia  

Enrique Vela   

Chiles morita, cascabel, guajillo, pasilla, serrano, jalapeño, chipotle y de árbol.  

La presencia del chile entre las culturas mesoamericanas es milenaria. Aunque no se han encontrado aún pruebas de ello, es posible suponer que el aprovechamiento de los distintos tipos de chile se remonta incluso a las épocas en que los grupos que habitaban el territorio nacional tenían un modo de subsistencia basado en la caza-recolección y eran nómadas.  

Sabemos que la movilidad de esos grupos estaba lejos de ser azarosa y que por el contrario respondía a un adecuado conocimiento de las condiciones de crecimiento y maduración de las especies que por experiencia se sabían provechosas.  

Por ello, con los cambios de estación esos grupos mudaban sus campamentos a aquellos lugares en los que encontrarían alimentos suficientes, entre ellos distintas especies vegetales.  

De estas plantas se recolectaban las partes útiles, principalmente los frutos, en un proceso que se repetiría periódicamente a lo largo de miles de años, lo que dio lugar a la modificación paulatina del ciclo de reproducción de las plantas, y de sus características morfológicas, que fue adaptándose a las necesidades de consumo humano. 

El chile es un buen ejemplo de este proceso de adaptación de las plantas a las necesidades humanas: lo que se conoce como domesticación.  

El fruto de la mayoría de las especies silvestres ve hacia arriba y tiene un llamativo color, lo que atrae a las aves que al comer el fruto contribuyen a su dispersión, pues no digieren todas las semillas y al evacuar mientras vuelan propician que la planta crezca en otras zonas.  

En cambio el fruto de las especies domesticadas tiende a colgar, lo que evita que las aves lo coman, reservándose para el consumo humano, y permite que sea de mayor tamaño.  

El chile fue sin duda una de esas especies que resultaban provechosas para los grupos nómadas de cazadores-recolectores, pues posee propiedades que retardan la descomposición de los alimentos, cualidad especialmente útil para un modo de vida que implicaba el traslado constante y el aprovechamiento al máximo de la comida obtenida, en especial de la carne. También debe considerarse que además de retardar la descomposición de los alimentos, el chile permite –gracias a su atributo más notorio: su intenso sabor– disimular el mal sabor de la carne en descomposición. Como sea, si el chile fue domesticado lo fue gracias a un prolongado proceso que implicó no sólo la repetida manipulación de la planta, sino la acumulación de conocimientos sobre sus propiedades y la conformación de una serie de prácticas culturales alrededor de su aprovechamiento.  

La más notable de esas prácticas es la comida: el chile es un componente esencial en nuestra cocina y se le utiliza con singular maestría.  

Si hoy en día sabemos que no todos los chiles tienen el mismo sabor, que no todos pican igual, que unos son más adecuados que otros para determinados platillos, es gracias a esa milenaria y cotidiana interacción, la cual permitió el desarrollo de instrumentos básicos para su recolección, traslado y procesamiento.  

El mejor de esos instrumentos es el molcajete, que se utiliza para moler y mezclar el chile con otros ingredientes, y es tan efectivo que aún se utiliza.

La toponimia mexicana

Toponimia e identidad  

Miguel León-Portilla     

Los nombres de lugar son un importante elemento en el contexto de la identidad nacional. Recorrer los nombres del escenario geográfico de México es ir “leyendo” no poco de su historia; cambiar o alterar, sin ton ni son, la toponimia es atentar contra la memoria histórica.  

Los seres humanos aplican toda suerte de nombres a las características geográficas, como en el caso de Popocatépetl, “Monte que humea”. Página anterior: Popocatépetl, 1990. Esta página: Popocatépetl. Códice Vindobonensis, p. 39. Foto: Guillermo Aldana. Repro.: Boris de Swan / Raíces  

El territorio de un país es escenario geográfico con planicies y montañas, litorales, ríos y lagos, aldeas, pueblos y ciudades, flora, fauna y seres humanos. A estos últimos se debe haber desarrollado allí, a lo largo de siglos y milenios, diversas formas de cultura. Entre otras muchas cosas, su cultura, siempre en proceso de cambio, los ha llevado a dialogar con cuanto existe en ese su gran escenario geográfico.Sacando del anonimato a cuanto en él se encuentra y prolifera, se le han ido aplicando toda suerte de nombres. Así se puede recordar, hablar y hacer referencia a las realidades que circundan a mujeres y hombres. Así apareció la que hoy llamamos toponimia, los nombres de lugar.

En el vasto territorio de México, que incluye de algún modo la parte que le fue arrebatada, además de una rica biodiversidad y una pluralidad de lenguas y formas de cultura, hay también una gama enorme y significativa de nombres de lugar. Ellos, con la ya evocada gran diversidad, son elemento integrante de su propia identidad. Y precisamente, así como cualquier identidad no es algo estático, sino que está sujeta al cambio y la transformación, también los nombres de lugar de un país por diversos motivos en ocasiones se alteran.

La toponimia expresada muchas veces en lenguas distintas, habla de su historia y de las formas como sus pobladores en distintos tiempos han ido concibiendo su escenario geográfico, su casa en el mundo. En diversos tiempos se habló del Anáhuac, Mexicatlalpan, Nueva España y al fin México. Y otro tanto puede decirse de las varias regiones, provincias y estados que lo integran, así como de sus poblaciones grandes y chicas. Y desde luego también es ello cierto acerca de todos sus accidentes geográficos con su flora y su fauna.

A una larga secuencia de gentes y culturas se debe la variada toponimia que existe en México, expresada en lenguas del Nuevo y del Viejo Mundo. En esos nombres es perceptible una especie de estratos, como ocurre también en la arqueología. Si quisiéramos identificarlos de algún modo, es posible señalar al menos los más importantes de esos estratos. 

El primer estrato

El estrato más antiguo, obviamente indígena, se remonta a muchos siglos e incluye nombres de lugar expresados en muchas lenguas de por lo menos siete grandes familias lingüísticas. Así, por ejemplo, en Oaxaca abundan los topónimos mixtecos, zapotecos y otros. Del ámbito mixteco provienen éstos: Yodzo Coo, “Llanura de la serpiente”; Yacu Dzaa, “Colina del pájaro”. Otros hay que fueron traducidos al náhuatl y oficialmente se conocen en dicha lengua: el ya citado Yodzo Coo, pasó a ser Coixtlahuaca, con el mismo significado de “Llanura de la serpiente”.

Muestra de toponimias en una lengua yumana son Kadakamán que en cochimí significa “Arroyo de carrizales”, vocablo al que los misioneros jesuitas añadieron la designación de “San Ignacio”. Topónimo en la misma lengua que desapareció por completo es el de Huamalhuá, “La neblinosa”, aplicado a la isla llamada hoy de Cedros.  

Juan Ramón Jiménez en tiempos de guerra

“¿Qué deben hacer los poetas

en la guerra?”.  

La gran ‘novela’ de la Guerra Civil 

Se publica por primera vez sin censurar el libro con el que Juan Ramón Jiménez quiso demostrar su inequívoco compromiso con la República española   

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS 

Madrid 

El País    

Ésta es la pregunta que desde el 18 de julio de 1936 asaltó a Juan Ramón Jiménez. Y ésta es su respuesta:  

“La poesía como todo lo esencial es eterna, no se modifica con las circunstancias. En todo caso, el poeta cumplirá con su deber y su conciencia, dejando, si es preciso, su trabajo literario propio de la paz, y poniéndose con su ideal. Y su ejemplo”.  

Para el autor de Platero y yo siempre estuvo clara la labor de un escritor “si no puede pelear con los puños”: como artista, escribir lo mejor que sepa; como ciudadano, arrimar el hombro cuanto pueda. Sin mezclar jamás ambas cosas, sin confundir la pluma con una pistola y, sobre todo, sin dejar que la primera se beneficie de la autoridad de la segunda: “Nosotros ¡los intelectuales! Etc.  

Debemos ayudar al Gobierno y al pueblo; no ellos a nosotros”.  

Según el poeta, no había que confundir nunca la pluma con la pistola 

“O no gritar tanto, o irse a las trincheras”, recomendaba 

Para los sublevados, era un vivalavirgen amante de la molicie 

Para los más ruidosos del bando republicano, era un cursi hiperestésico 

Para Juan Ramón, un poeta puede morir “en la guerra” o “de la guerra” como Lorca, Machado o Miguel Hernández, pero no dedicarse a dar lecciones en la retaguardia. Y critica a León Felipe al saber que ha acudido a una cena de la Embajada de México en Madrid envuelto en el abrigo de pieles de un duque asesinado “y jactándose de ello con vociferación y bromita”. El abrigo y la comida, dice, les hubieran venido mejor a los pobres milicianos “que morían gangrenados” en el frente de Teruel. “No se deben celebrar con banquetes los triunfos de la muerte”, escribe. Y también: “O no gritar tanto o irse a las trincheras”. 

Juan Ramón Jiménez (1881- 1958) fue un hombre transparente y de convicciones rocosas, pero poco dotado para sobrevivir en un mundo de maniqueos. “Comunista individualista” se llamaba a sí mismo. Mucho menos en un tiempo en el que la brutalidad del blanco y negro se llevó por delante todos los matices. Exiliado de primera hora, vio desde su destierro americano cómo en España su figura era pasto de la caricatura.  

Para los sublevados era un vivalavirgen amante de la molicie y “el desinterés por las cosas feas materiales” que se paseaba por California estrenando “los últimos modelos de automóviles salidos de las fábricas USA”. Para los más ruidosos del bando republicano era un cursi hiperestésico mantenido por su mujer que, mareado por el olor de la sangre, prefirió mirar para otro lado. 

Consciente de la tormenta de mentiras y tópicos que se le venía encima, el escritor decidió contar en un libro la verdad de su compromiso con la República. Para ello se dedicó a recopilar materiales propios y ajenos -poemas, notas de diario, artículos, cartas y recortes de periódico- destinados a alimentar un volumen titulado Guerra en España.  

Nunca llegó a verlo publicado.  

Murió en Puerto Rico en 1958, dos años después de recibir el Premio Nobel.  

Guerra en España vio la luz por primera vez, aunque notablemente expurgado, en 1985. La edición corrió a cargo del poeta y traductor Ángel Crespo, que tuvo que reducir notablemente el primer manuscrito a petición de Seix Barral. Casi un cuarto de siglo después, la editorial sevillana Point de Lunettes publica el libro completo: 880 páginas frente a las 335 de la primera edición, 150 imágenes frente a 27. 

Su lectura no deja ninguna duda respecto al apoyo del poeta de Moguer al Gobierno republicano. Si en tiempos de paz se había negado a firmar manifiesto alguno por considerarse ajeno a todo partido político, el 30 de julio de 1936 no duda en firmar un escrito en apoyo a la República y “al pueblo que con heroísmo ejemplar lucha por sus libertades”. Pasado el tiempo, del recorte de prensa que da la noticia del manifiesto tachó los nombres de los que habían vuelto a España antes de 1945: Menéndez Pidal, Gregorio Marañón y Pérez de Ayala, entre otros. 

Pero el compromiso del poeta fue más allá de firmar manifiestos o de ofrecerse (sin demasiado éxito) a varios ministros del Gobierno para que dispusieran de toda la energía de un hombre enfermizo de 55 años. Al poco de estallar la guerra, él y su esposa, Zenobia Camprubí, acogieron a 12 niños en uno de los pisos que alquilaba ésta en Madrid. Cuando se acabaron las patatas y la leche condensada del Gobierno, el matrimonio empeñó parte de sus enseres para seguir manteniéndolos. No sería la primera vez que comprometieron su patrimonio. Cuando en 1937 Espasa Calpe rescindió los contratos de todos los escritores leales a la República, él, ya en el exilio, rompió el suyo con la filial argentina de la editorial. Aquel contrato era su única seguridad económica. Zenobia lo dijo con estas palabras: “Económicamente, la guerra nos ha dejado… como a casi todo el que ha tenido vergüenza”. 

En agosto de 1936 el poeta marchó al exilio. A su llegada a Nueva York organizó una colecta a favor de los niños refugiados e intentó movilizar a la opinión pública -trató incluso de ver al presidente Roosevelt- a favor de la República española para contrarrestar la propaganda franquista. Es lo que hizo en las otras etapas de su destierro: Puerto Rico y Cuba. “Lo que en España defienden ahora el ejército y el clero, ayudados por las clases ‘privilegiadas’, digan ellos lo que digan para ganar la opinión universal, no es, no será, o mejor, no sería más que un nuevo feudalismo”. 

Si para Soledad González Ródenas, autora de la edición ampliada de Guerra en España es “más un archivo que un libro”, para Andrés Trapiello se trata de “la gran novela de la Guerra Civil española”.  

“Al menos lo sería si no fuese porque todo en el libro es demasiado verdadero: el miedo, la indignidad de muchos intelectuales…”, matiza el escritor, que en primavera publicará una versión ampliada de su ensayo Las armas y las letras, un clásico ya sobre el papel de los escritores durante la contienda. 

 “Las novelas sobre la guerra han envejecido peor que los libros de memorias de muchos testigos”, continúa Trapiello, para el que Juan Ramón Jiménez “tuvo la suerte de poder elegir y la decencia de no cambiar. Murió en el mismo bando en el que siempre estuvo”.  

El autor de Españoles de tres mundos, un libro cuya reedición en Visor coincide con la recuperación de Guerra en España, practicó de joven la pintura al óleo y dibujó durante toda su vida. Siempre, además de poeta, se consideró “un gran visual”. No sorprende, pues, que uno de los capítulos más impactantes de Guerra en España sea el gráfico.  

Durante años, el escritor recortó fotografías de los periódicos relacionadas con la contienda española y sus derivaciones internacionales. En muchos casos, el propio Jiménez añadía de su puño y letra un pie de foto más visceral que descriptivo. El conjunto forma un curioso álbum en la línea de los que Bertolt Brecht, un escritor de muy distinto signo, realizó por las mismas fechas sobre la guerra mundial. 

Dos grandes grupos de personajes protagonizan el álbum de Guerra en España: los niños y los fascistas. Los primeros fueron siempre su gran preocupación. Los segundos, su bestia negra, la negación de todo lo que él defendía. En la colección de imágenes, no obstante, hay protagonistas de ambos bandos: escritores como sus amigos Machado y Lorca, cuyo asesinato conmocionó a Juan Ramón, que lo había conocido en la Residencia de Estudiantes, o políticos como Pasionaria, Companys (“Pero ustedes lo fusilaron”, dice el pie añadido por el poeta) o Queipo de Llano. También Hitler (“¿Podrá este gorila, cerdo, tiburón, rejir el mundo?”) y Mussolini (“Il Duce en el aria final de la opereta: España para los italianos, bufa. Bufa Il Duce… y la opereta”). Otra de sus andanadas se dirige a José Bergamín, con el que polemizó por extenso hasta el punto de acusarle de estar tras el asalto a su piso madrileño (uno de los asaltantes había trabajado como secretario en Cruz y raya, la revista dirigida por Bergamín). Bajo el recorte de una entrevista a éste, Juan Ramón Jiménez escribió: 

 “¡Qué mono el Mono con el mono! /  

¡El Mono con el mono, con el mono /  

del mono! Mono, mono, mono. /  

Trimono, Trimotormono. Trimono.  

Triple Anís del Mono. /  

¿Unamuno? ¡Unimono! (Estilo del mono). / 

/ ¿Cuánto le ha costado ¿a quién? ¿Esta entrevista grotesca?”.   

Con todo, como dice la profesora González Ródenas, “Juan Ramón respetaba todas las posturas siempre que fueran morales y claras. Siempre distinguió entre ideología y conducta ética”.  

Por eso criticó los enjuagues que Gómez de la Serna y Jorge Guillén hicieron con su pasado. Por eso lloró amargamente la muerte en la batalla de Teruel de su sobrino, enrolado en las filas de Falange, que murió “equivocado” pero “fiel”: “Pobre iluso”, escribió su tío bajo su retrato.  

Aquella muerte sumió a Juan Ramón en la primera gran depresión del destierro. Pasó un año y medio sin escribir una sola línea.