El silencio luminoso de Juan

El silencio luminoso de Juan 

Julio Figueroa
 

     Un mes sin Juanelo.

     Cuando llegué a la funeraria en Cihuatlán, Jalisco, iba decidido a no ver el cuerpo del Juanelo en el féretro, para quedarme con el Juanelo vivo en la imagen del corazón.

     Al entrar, resbalé en una pequeña subida para auto y por poco me rompo la madre. Reaccioné y no pasó nada.

     Saludé a los familiares y conocidos y fui hacia el féretro, que estaba abierto.

     Lo vi hermoso e impasible y exploté en llanto. Me llevé las manos a la cara como en el cuadro de Goitia, “Tata Jesucristo”. Lloraba desconsolado por el muerto presente y por mi propia muerte futura, por nuestras respectivas soledades en la tierra. Las aguas del llanto se aplacaron y platiqué con el Juanelo como una hora, no sé qué tantas cosas le dije.

     Juan no respondió nada. Su silencio fue absoluto y perfecto. El silencio eterno y luminoso de Juan.
     Creo que eso es la muerte, el silencio definitivo.

     No ver, no sentir, no pensar, no dudar, no nada… Por los siglos de los siglos, amén.
 
     Más tarde, cuando me enteré de los pormenores de la muerte de Juan, exploté en risa y en admiración por mi amigo. Su último acto fue un acto de luz para impresionar a su amada. Y la dejó turulata. Y a mí me regaló, su viaje definitivo, un breve e intenso y hermoso viaje a tierras amigas con Bella en el sentimiento. Gracias, pinche Juanelo. Nos dejaste solos.
 

–A Elvira, su mujer

de las cinco cabezas
 

     Julio Figueroa.

     Qro. Qro. 28-XII-2009.

Irapuato; La Tierra donde abunda el agua

Eraitzicuitzio – Guayangareo

Tierra donde abunda el agua

 

Irapuato

José Félix Zavala 

Eraitzicuitzio se puede ver con mirada hacia adelante o en  retrospectiva, el resultado es el mismo, el tiempo se detiene en los lugareños, para ser pintado por Antonio González Juárez y apuntar lo sucedido el cronista, J. Jesús Félix Magaña. 

Este lugar, donde abunda el agua, lo escogió el Dios Curicahueri para el encuentro de sus hijos, el príncipe purèpecha Uacux y la diosa luna Cuitzi. De este encuentro nace un pueblo, que desde que se empezaron a contar los días de diferente manera y fue esto cuando llegaron los extraños, ya han pasado cuatrocientos cincuenta años o un poco más. 

Eraitzicuitzio, Guayangareo, – Irapuato – se abre camino entre sus bosques de mezquites, como los bosques de Las Animas, de San Miguelito y de San Juan.  

Este pueblo levanta su vista hacia “el país de las siete luminarias” en los cerros del Huilote, Buena Vista y Arandas, mientras se baña en las riberas del río Silao que baja por las faldas del cerro de Arandas. 

Esta tierra bendecida por los dioses purèpechas y chichimecas, bendecida para la abundancia, esta tierra de frontera entre el pueblo tarasco y la Gran Chichimeca, fue conquistada bien a bien no se sabe sí por Juan De  Villaseñor y Cervantes o Nuño De Guzamàn. 

Concedida primeramente como merced de tierras o estancia para ganado mayor, a quienes tenemos por fundadores españoles: Francisco Hernández, Francisco Sixtos, Esteban Gamiño, Andrés y Antonio López, por cédula real del rey Carlos V, y dice la tradición que fue con fecha del 15 de febrero de 1547, estando de visita el obispo Vasco de Quiroga. 

El historiador Pedro Martínez de la Rosa, según me mostró carta y documento, el cronista Jesús Félix Magaña, le informó que encontró un documento en el A.G.N., donde que el   30 de abril de 1557,  a un tal Francisco Hernàndez, el virrey Luis de Velasco le concede merced de estancia en este lugar llamado Irapuato. 

Posteriormente se encontró otro documento en el A.H.G. donde en el mismo tenor,  Francisco Hernàndez concede una parte de las tierras de su estancia de Irapuato o  Guayangareo a Pedro Gómez y Gerònimo Giralde.   

A pesar de la fecha, 15 de febrero de 1547, que se tiene como la de la fundación de Irapuato,  la fiesta patronal de la ciudad es la del 24 de abril o la del 30 del mismo mes, y es con este tipo de festividad con la que se acostumbraba  dar por iniciada cualquier fundación española o congregación de indios en la época de la invasión europea. 

Para Irapuato la del 24 de abril es el día de San Marcos, patrono titular o pudiera ser también la del 30 del mismo mes, día dedicado a Nuestra Señora de la Soledad, fecha coincidente con documentos referentes a mercedes concedidas por Luis de Velasco.  

Cabe hacer mención que la parroquia de Irapuato tiene cura beneficiado según documento encontrado en los archivos de la Parroquia de la Soledad desde 1564 y que para 1574 Irapuato pertenece a la Alcaldía mayor de Guanajuato y es considerado un pueblo de indios, fechas cercanas a la de la fundación, según la tradición. 

Los verdaderos fundadores son pues,  los pueblos purèpechas y  chichimecas, dueños inmemoriales de estas tierras, recuérdese que junto a la antigua laguna, como era el lugar donde se encuentra ubicada la ciudad, se han encontrado cuesillos y osamentas, que indican poblamiento de la zona anterior a la fundación española. 

Se dan los primeros asentamientos indígenas, después de la concesión de mercedes de tierras y estancias para ganado, en el lugar que ocupa actualmente Irapuato.   

Primero el de los purèpechas o Tarascos, ubicado junto a donde se encuentra el Hospital de Nuestra Señora de la Misericordia, o el llamado templo del Hospitalito y el otro el de los otomìes, venidos como apoyo a los españoles invasores, que se encontraba junto al templo de San José y formaban un barrio aparte.  

Los otomìes fueron pueblos civilizadores mesoamericanos traídos por los invasores a estas tierras para “pacificar” y poblar la zona de la Gran Chichimeca, en las incursiones al norte del continente, del camino de la plata y de la región del pacifico. 

Las calles de Irapuato se fueron formando según los cauces de los ríos, tomando sus nombres según la ubicación, por algún suceso notable o por el oficio de sus moradores, siendo la primera la que conocemos hoy día como la calle de Cortazar y así siguieron la del Oidor, la del Zapatero, la del Cerezo, la del Socorro, la del Refugio, la de los Palos, la de La Tanda y otras más. 

Fueron naciendo poco a poco otros barrios como el de San Miguel, San Francisco, San Cayetano, Santa Ana, el pueblo de Jaripitío, las haciendas y los ranchos que ahora son parte de la ciudad o del municipio. 

A  finales del siglo XlX, quién llegaba a Irapuato por tren, debía salir de la estación pasando por donde estaban los hoteles y el nuevo molino, tomando después por La Calzada y subiendo el puente de 5 de mayo, hasta la Calle Real que da a la Plaza Chica y luego a la Plaza de Armas, siguiendo por el hospital y Guadalupe,  rumbo al panteón y la salida a Pènjamo. 

Volviendo a los inicios de Irapuato se cree, como todo este tipo de eventos dados durante la invasión occidental a este continente, que la primera misa en el actual Irapuato se dijo en el lugar que hoy conocemos como La Plaza de la Fundación, origen también del Hospital de Indios y dejado bajo el patrocinio de Nuestra Señora de la Misericordia. 

Este templo y hospital, mas su patrocinio femenino, son símbolo de unidad de los pueblos originarios de América, debido a su gran religiosidad, sobre todo a la madre de los dioses, coincidente con la veneración católica a la Virgen María, creándose un sincretismo que perdura hasta la fecha y mantiene la identidad social.  

Poco después y con la llegada de los otomìes se construyó el barrio y el templo de San José, para que estos se congregaran, posteriormente vino la edificación de La Parroquia, que tuvo como primer cura a Diego Antonio Hurtado de Mendoza. 

Después vinieron: La construcción del Convento Franciscano y sus quince capillas mas el templo de La Tercera Orden, con un gran atrio, panteón y huerta, todo esto o casi, destruido con el paso de la vida en esta ciudad, luego siguió  la construcción de la iglesia grande de Guadalupe, continuando con el Santuario de Nuestra Señora de la Soledad. Son las construcciones religiosas más valiosas con que cuenta la ciudad actualmente. 

Los primeros benefactores de Irapuato fueron el padre Ramón Barreto de Tàbora, que donó bienes para la construcción de los conventos de San Francisco y de las Monjas de la Enseñanza junto con la viuda Juana Josefa de Arroyo, que además donó dinero para el templo grande de Nuestra Señora de Guadalupe, de allí vinieron más benefactores de la ciudad, según la costumbre piadosa del siglo XVlll.

 

En este lugar pues,  donde confluye  la fertilidad del suelo, la abundancia de agua y la benignidad del clima,  se va formando  Irapuato, forjado por sus habitantes a fuerza de trabajo, para el año de 1826 ya se le reconoce oficialmente, es un pueblo próspero, es la Villa de San Marcos Irapuato. 

Abundan para ese entonces  en sus campos el maíz, el trigo, la cebada. Ya existe por esa época como pueblo dependiente de la Villa, Jaripitìo, 28 haciendas y 69 ranchos, muchos telares que se traducen en frazadas, rebozos, y jorongos. Aparecen los artesanos por todos los rumbos, comenzando por los talabarteros, alfareros y albañiles, después llega la fresa, los arboles de mora y el ferrocarril. 

Irapuato, Iritzicuitzio o Guayangareo es el lugar donde convergen los caminos, es el centro de la patria. 

Ningún lugareño debe olvidar el barrio tarasco del Surumbe, donde Nuestra Señora de la Misericordia posa sobre una peana de madera sobredorada y una media luna árabe plateada, mientras viste un manto de Damasco y porta una corona. 

Es el lugar donde se dijo la primera misa en la región, es el símbolo del mestizaje, allí se levantó la Cofradía de los indios, organización que dio origen al justo levantamiento indígena contra la imposición del nombre a la población que dejaba de llamarse solamente Irapuato para ser llamada San Marcos Irapuato    

El poder y la organización de los  tarascos, los hizo propietarios, por medio de la Cofradía, no existía otra forma legal para hacerlo,  de las haciendas del Corral, Corralejo, La Virgen del Hospital, del Hospicio de la Santísima Virgen y del rancho del Señor de la Misericordia. 

En el lugar conocido como el Hospitalito, da inicio con la llegada de los invasores, el culto al nuevo Dios, los indios construyen como lo hicieron sus antepasados en Tula, ahora un templo con moldes nuevos, en forma de cruz latina, bóveda de cañón corrido, cúpula con tambor y base hexagonal, torre y fachada barrocas. 

Se tiene como fecha de inicio de la construcción del Hospital de indios de Nuestra Señora de la Misericordia el año de 1617 y como término de esta el año de 1681 y ya para 1705 los tarascos se rebelan y se quejan contra el procurador de indios en la ciudad de México y señalan a Irapuato como pueblo de indios. 

Para 1733 se construye el hermoso frontispicio del templo que conocemos como el Hospitalito y para 1748 llega a la ciudad y a este mismo templo un Cristo llamado de la Humildad y que se venera hasta la fecha con el nombre del Santo Cristo de la Misericordia. 

En estas circunstancias los indios constructores le dieron lugar a su ideología y creencia culturalmente milenarias, esculpiendo en lugar privilegiado al Sol y a la Luna, en la fachada lateral una figura antropomorfa, signo inequívoco de su pensar milenario sobre el mundo, el cosmos y la divinidad. 

Donde se encuentra la Plaza de la Fundación y el templo del Hospitalito es sin duda el lugar más representativo de la ciudad, por ser el lugar del dominio tarasco y de inicio de la ciudad en Irapuato. Ya no existe el Hospital de indios. 

Existe en esta Plaza de la Fundación un mural realizado en piedras de colores por Salvador Almaráz representando la historia de Irapuato desde sus orígenes, pasando por la invasión española. 

También existe un mural de Luis Aragón donde se expresa por medio de símbolos y figuras el origen inmemorial de los primeros habitantes de este lugar y la invasión española con su mestizaje en Irapuato. 

Las monjas de la Enseñanza de México fundan en esta población un convento y templo, orgullo local y se dedica a la preparación y educación de la niñez femenina, mientras que para 1761, en un 17 de julio se funda el convento de San Francisco siendo su primer Prior, Fray Domingo de Villaseñor.  

Se levantan los primeros portales, conocidos actualmente como Portal Libertad, por el año de 1736. 

La llegada del ferrocarril, la orientación que se da a la exportación  de los productos agrícolas, los productos  agroindustriales y la pequeña industria del vestido, han hecho de Irapuato una ciudad de gran importancia en el estado y en el país. 

Para principios del siglo XlX eran quince mil los habitantes y con el desarrollo mencionado pasó rápidamente a cincuenta mil habitantes, teniendo en cuenta que con ello los comerciantes y la banca, entraron a darle un nuevo impulso a la población. 

El palacio municipal ya ubicado en el antiguo colegio de la Enseñanza, el hospital civil, los puentes sobre el río, el jardín de San Francisco, y las huertas con frutales y hortalizas, le daban un aire de prosperidad, lo mismo que sus ranchos y haciendas. 

Cuando se le reconoce oficialmente como ciudad en el año de 1893, ya tiene un hermoso paseo que es la Calzada de Guadalupe, dos curas contando el de Jaripitìo, doce templos, cerca de setenta profesionistas y doscientos burócratas. 

La actividad industrial crecía rápidamente entre telares y tenerías, zapaterías, talabarterías y productos como el jabón, velas, pastas y muchìsimos otros más. Junto a esto un gran comercio y servicios como imprenta, molinos, peluquerías, fotógrafos, baños, hoteles y ranchos que se poblaban rápidamente como La Calera, Tomelopitos, Carrizalitos, Lo de Juárez. 

Sus tradiciones aumentaban: La garbanza, las gorditas de trigo, el pan de horno, el alfeñique, las gardenias, las tardes de serenata, las mujeres obreras, la cigarrera, la cerillera, los tranvías tirados por mulas, las fiestas de diciembre, la feria de la fresa, el duelo a la Virgen de la Soledad, el culto al señor de la Misericordia,  las fiestas de los barrios, la fiesta de san Cayetano. 

Brotan los nombres de sus ciudadanos distinguidos durante su transcurrir del tiempo como el del P. Juan Nepomuceno García, iniciador de la tradición de la fiesta de los barrios, la señora Guadalupe de Vargas fundadora del actual hospital civil, el torero Arcadio Ramírez, el primer impresor Vicente Cervantes,  la religiosa Magdalena Vargas Galeana, el historiador Luis Chàvez Orozco, los obispos Ròmulo Betancurt, J. Jesús Rico y Samuel Ruiz García, Pedro Martínez, iniciador de las escuelas municipales, el pintor Salvador Almaraz, el periodista y cronista Eduardo M. Vargas. 

Es verdaderamente grato, detenerse en el templo otomì llamado San José, obra escultórica interpretada por los grandes escultores de los templos toltecas, está hecho en forma de cruz latina, simula tres naves, bóveda de cañón corrida, cúpula de tambor con base octagonal, torre de cuatro cuerpos y un remate, parece esculpida en cera. 

Los nichos de la fachada están acortinados con cantera labrada bellamente, una escultura de San José preside desde lo alto, el Cristo de la portada no deja lugar a distracción de la vista, lo contemplan María y Juan, formando un Calvario en cantera rosa antigua, es la doctrina cristiana que facinarìa al indio, por la semejanza con la suya, los ángeles con caras de indios vigilan, en un sincretismo puro. Hay dos pasillos entre columnas de orden corintio. 

Irapuato: estancia y merced de tierras en 1547, Congregación de indios en 1589, Villa de Irapuato para 1825, ciudad en 1893, esa es la casa de todos nosotros. 

Sus fresas importadas de Francia en 1849 por Nicolás Tesada, plantadas en su almácigo a orillas del río Guanajuato y comercializadas por Carlos Drogge y Joaquín Chico, son nuestro emblema. 

Salvador Almaraz y Luis Aragón sus pintores, Eduardo M. Vargas y J Jesús Félix Magaña sus cronistas. 

El Colegio de la Enseñanza, nuestro orgullo, la Plaza de la Tanda el lugar de reunión.  

El desierto y José Fuentes Mares

nací en el desierto y el llano alimentó mi imaginación con las fantasías que pueblan sus vacíos infinitos

José Fuentes Mares

Cuando la leucemia lo mataba, escribió: “Tan moreno como soy,

y con tanto glóbulo blanco en la sangre”.

Por el maestro:

Luis González y González

JOSÉ FUENTES MARES

1919-1986

En 1919 “nací en el desierto, y el llano alimentó mi imaginación conlas fantasías que pueblan sus vacíos infinitos” solía decir el chihuahuense

José Fuentes Mares quien siguió los estudios elementales y secundarios ensu tierra natal.  

Ya en México fue asiduo asistente a los cursos de donAntonio Caso. A principios de los cuarenta la Universidad Autónoma deMéxico le otorgó tres grados académicos: la licenciatura en Derecho y lamaestría y el doctorado en Filosofía.  

Antes de cumplir los veinticinco añosde edad, ya circulaban dos libros suyos: Gabino Barreda (1942) y Ley,sociedad y política (1943). En plena juventud fue maestro distinguido de laFacultad de Filosofía y Letras.  

Cierra su época filosófica con su libro sobreKant y la evolución de la conciencia sociopolítica moderna (1946).Desde 1947 fue a recorrer mundo, a viajar por varios países. En 1948estuvo de profesor huésped en las universidades Internacional de Santandere Hispanoamericana de Sevilla. 

 En 1949 publica México en la hispanidad,su primer trabajo de crítica histórica. 

 Cuando ya eran públicos sus enredoscon Clío, va de investigador a los Archivos Nacionales de Washington.

Desde 1950 es un indiscutible avocado de la investigación histórica. 

 Apoco andar disfruta de una beca de la Fundación Rockefeller y publica unlibro acerca del primer embajador estadunidense en México. Poinsett,historia de una gran intriga les cayó a los miembros de una secta comopatada en las partes nobles del cuerpo humano.  

Ya en el carril de la historiapolítica y biográfica dio a luz “Y México se refugió en el desierto”,biografía de don Luis Terrazas, político chihuahuense, fundador delimperio ganadero más grande del mundo.  

En 1956 se vendió como pancaliente “Santa Anna: aurora y ocaso de un comediante”, tan cálido, lúcidoy polémico como los dedicados a Poinsett y Terrazas. 

En la plenitud de su fama como historiador prueba fortuna como literato.Saca a luz dos novelas: Cadenas de soledad (1958) y Servidumbre(1960).  

Por el mismo tiempo le da la espalda a la ojerosa capital de laRepública y se va a vivir con su eficaz compañera capitalina, doña Emma,a los desiertos de Chihuahua donde funge como profesor de Derecho,director de la Facultad de Leyes y rector de la Universidad. 

Sobre la base de una vasta y valiosa documentación, distraída de numerososarchivos y bibliotecas de México y los Estados Unidos recrea laetapa del país que corre de 1861 a 1872 en una tetralogía célebre: Juárez ylos Estados Unidos (1960); Juárez y la intervención (1962); Juárez y elImperio (1963), y Juárez y la República. “Tampoco podía faltar elgusanillo del teatro”.  

En 1967 estrena La Emperatriz; en 1968, La jovenAntígona se va a la guerra, y en 1969, divierte al público “con una farsaantipatriótica” referente a Su Alteza Serenísima.  

Tampoco podía faltar lainvención del personaje histórico: Las memorias de Blas Pavón (1966) quenarran las peripecias de México en el siglo XIX, y La RevoluciónMexicana, memorias de un espectador (1971). 

En el último de sus retiros, en su casa de pilares-Majalca se entregó a labiografía.  

Le puso Biografía de una nación (1984) a la historiaindividualizada de México que arranca de Cortés.  

En el último año de suvida escribe: “Si escribí Santa Anna, el hombre; Miramón, el hombre, yCortés, el hombre, ¿por qué? no ahora este libro sobre el hombre que soyyo mismo?” Esto es Intravagario, aparecido el año de su muerte, en 1986. 

Estuvo lejos de ser un hombre dogmático, de practicar los fanatismosreligioso y patriótico. Ni la fe católica ni el patriotismo mexicano son resortesimportantes de su actividad como historiador.  

Fue poco sensible a lasglorias de la Gran Tenochtitlan. Según lo dijo, 1levo en lo más profundodel alma el ideal ecuménico de la hispanidad.  

Fuentes fue un perfecto, queno ortodoxo, amante de su patria. Su amor a la patria es de la estirpe deJusto Sierra y Edmundo O’ gorman. Alguna vez dijo: “Yo amo a Méxicoporque no me gusta”.  

Fue un hombre contradictorio: tuvo que bailar conuna nación que le parecía fea.  

Era moreno pero tomó el partido de losblancos.  

Pese a su norteña y a su metrópoli fobia aceptó ocupar uno de lossillones metropolitanos, el número 8 de la Academia Mexicana de laHistoria.  

El pasado poco conocido…

Jan de Vos, 

Nuestra raíz 

“hombres verdaderos”. 

Es una narración breve de la historia desde los tiempos inmemoriales (“el pasado poco conocido”) de los antecesores de los actuales trescientos mil indígenas que hablan tzeltal, más de 250,000 tzotzil, 150,000 chol, cuarenta mil tojolabal y cincuenta mil zoque y varios miles mam y de otras etnias que habitan Chiapas.  

    

 Para escribir este libro, Jan de Vos ha andado mucho camino durante más de veinticinco años. Eso lo ha llevado por innumerables veredas en la selva y por incontables páginas en los archivos, y esa doble peregrinación lo ha acercado a los indígenas de todas las etnias y regiones del estado. Por formación y vocación, Jan de Vos está especialmente calificado para contar la historia de los indígenas y para hacerlo con claridad y elocuencia, como que pone en juego “sentimientos y opiniones” que lo hacen sensible a las dichas y desencantos de los pueblos indios de Chiapas. 

     Pero la información disponible de más de cincuenta mil años de historia es desigual. Se sabe más de los periodos más antiguos que de los últimos dos siglos; hay más datos sobre los patrones demográficos de las civilizaciones mayas que acerca de las relaciones sociales que vinculan a los indígenas con los ladinos o kaxlanes, y se dice más de las expresiones culturales de la nobleza olmeca, maya o tolteca que de los procesos y transformaciones en la economía campesina de Chiapas. Aunque el libro traza una perspectiva amplísima, el EZLN tiene en él una mención destacada, quizás por ser ahora una referencia familiar para todo lector. 

     Una de las bondades de esta obra consiste en proporcionar una cronología más cercana y consistente con los propios procesos que han repercutido (como objeto y como sujeto) en los indígenas chiapanecos, en contraste con otros estudios que privilegian una óptica desde arriba. Es una historia que surge —desde el criterio educado de Jan de Vos— de la visión de los indios, y no de sus conquistadores, explotadores o gobernantes. En pocas palabras, es la visión desde abajo, dividida en periodos definidos por las características más significativas en la vida de los propios indios. 

     Veámoslo más de cerca. Con voz indígena, Jan de Vos cuenta cómo, durante cincuenta mil años, los antecesores más remotos de los actuales indígenas chiapanecos migraron de Asia a Norteamérica, y después se trasladaron lentamente a lo largo de varias rutas hacia el sur del continente. Los primeros habitantes vivieron de la recolección de frutas silvestres y plantas diversas; no cultivaban la tierra, ni producían bienes agrícolas que requirieran una vida sedentaria. Con armas muy primitivas, hechas de piedra, hueso o madera, cazaban los animales que transitaban libremente por los valles y planicies. Relacionados por vínculos de consanguinidad, los primeros americanos se reunían para enfrentar peligros comunes, ya naturales, ya provocados por otros hombres. 

     Alrededor de veinticinco mil años les tomó llegar al territorio de lo que actualmente es México, pero más aún transitar a formas sedentarias de alimentación. Unos dieciocho mil años más tuvieron que pasar para que dejaran vestigios como recolectores silvestres en una cueva en Ocozocuautla, en el centro de Chiapas; otros 56,000 años para legarnos muestras de utensilios utilizados como pescadores en una pequeña isla en un estero en Acapetahua, en la costa del Pacífico, y algunos cientos de años más para imprimir huellas materiales de agricultores temporales en la localidad de Mazatlán, también en la región del Soconusco. 

     En los siguientes 1,800 años hubo un aumento en el tamaño y la concentración de la población, y el trabajo dentro de las comunidades campesinas se especializó para producir maíz, frijol, calabaza y chile. Artesanos, artistas y arquitectos se dedicaron a elaborar obras escultóricas, construcciones religiosas y joyas y utensilios ornamentales. Como consecuencia, en este periodo se desarrollaron algunos de los centros de población políticos y religiosos más importantes de la época prehispánica. 

     En Chiapas, el periodo u Horizonte Clásico llegó en forma rezagada en relación con otras partes de Mesoamérica, a través de la influencia olmeca que se extendió en la presencia mixezoque en el Soconusco y en los valles del centro. A lo largo del río Grijalva (en las cercanías de la actual Chiapa de Corzo) y en Izapa (cerca de la actual Tapachula) se construyeron los primeros grandes centros de población. 

     En los siguientes seiscientos años ocurrió una nueva migración, esta vez de las tierras altas de la actual Guatemala hacia las tierras bajas de Chiapas. Se concentró la población en algunas ciudades, con tamaños sin precedente en la Selva —Palenque, Yaxchilán, Bonampak, Toniná. Para entonces las lenguas mayas se diversificaron en el chol (ch’ol), el tzeltal y el tzotzil. Otra migración desde el altiplano mexicano llevó a los antiguos chiapanecas, primero, a lo largo del Soconusco hacia las tierras de la actual Centroamérica y, después, de regreso del río Grijalva, donde conquistaron a los zoques y poblaron Chiapan (“Río de la chía”, según el nombre dado por los aztecas mil años después). 

     La producción y acumulación de bienes agrícolas y objetos de valor permitieron durante este periodo que creciera el comercio y que los centros de poder acumularan riquezas. En estos años se elaboraron nuevos métodos arquitectónicos que permitieron desarrollar un estilo más refinado en las construcciones de la elite. Las técnicas y conocimientos de las matemáticas, la observación de los astros y la escritura avanzaron significativamente, lo que permitió una mayor organización de la vida religiosa y económica de las poblaciones mayas. 

     En los siguientes seiscientos años declinaron las principales ciudades que se habían erigido en la Selva. Hasta donde se sabe, no se construyeron nuevos templos y las pirámides fueron abandonadas. La población se dispersó en pequeñas comunidades dedicadas a la vida rural. Hubo migraciones a distancias no muy grandes (a otras regiones en Chiapas) y la economía campesina se fortaleció. Durante este periodo los indígenas continuaron realizando, dentro del ciclo agrícola, las actividades arduas pero sencillas del campesinado: trabajando la milpa, participando en actividades colectivas de producción y comercio, así como contribuyendo en las fiestas religiosas y actividades sociales que la comunidad exige. En la mayor parte de las regiones pobladas no existía un excedente muy grande para que se consumiera fuera de la comunidad, o de la red de comunidades en la que se integrara el pequeño poblado indígena. Chiapas volvió entonces a ser una de las regiones menos desarrolladas y más pobres de Mesoamérica. 

     El Soconusco, en la llanura costera, la zona relativamente más próspera, atrajo dos invasiones en este periodo. Llegaron primero los toltecas, atraídos por la riqueza del comercio del cacao. La segunda invasión fue la de los aztecas, también atraídos por el comercio del cacao y por los caminos que proporcionaban acceso a los mercados de la actual Guatemala y las regiones más al sur. De este periodo provienen los nombres de los poblados de Mapachtepec, Huiztlán, Huehuetlán y Mazatlán —las actuales Mapastepec, Huixtla, Huehuetán y Mazatlán. Los indígenas en esta región, además de cultivar la tierra, recolectaban frutos y pescaban en el mar y en los esteros y ríos de la costa. Algunos se dedicaban a las artesanías, generalmente combinando su trabajo manual con otras actividades productivas. Otros laboraban como tamemes o cargadores de las mercancías que transitaban por el corredor costero. 

     La siguiente invasión fue definitiva. Esta vez los conquistadores provinieron de Europa, e ingresaron la primera vez en territorio chiapaneco por la ruta tradicional del Soconusco en camino a los mercados más ricos de Guatemala. Varias expediciones militares, en el transcurso de una década, permitieron a los españoles dominar por medio de la fuerza a los pueblos indígenas: no a los que habitaban la Selva Lacandona, pero sí a los que vivían en los valles centrales y las tierras altas. 

     A la llegada de los españoles habitaban en Chiapas entre doscientos mil y 220,000 indígenas de varias etnias, incluyendo choles, tzeltales, tzotziles y zoques; cerca de cincuenta años después de la Conquista, la población se había reducido a una tercera parte como resultado de la violencia y las enfermedades extrañas. Los indígenas que habitaban en localidades aisladas o lejanas (como la Lacandonia y los Altos) o en climas más templados (como los Altos) pudieron sobrevivir mejor la irrupción de la espada y las enfermedades. Las concentraciones de población en tierras accesibles y cálidas (como el valle del río Grijalva y el Soconusco) prácticamente perdieron la totalidad de su población indígena original. 

     Los que sobrevivieron se tuvieron que adaptar a nuevas condiciones sociales y realizar faenas para las encomiendas, fincas y parroquias. Su dieta admitió algunas plantas y animales que los españoles importaron, pero la mayoría continuaron siendo campesinos, ya bajo nuevas formas de explotación. El proceso de aculturamiento siguió su curso, pero junto a ello los indios opusieron resistencia, en ocasiones violenta y activamente, y la mayoría de las veces pacífica y pasivamente. 

     Los indios fueron congregados en varias unidades administrativas: los Chiapas, los Zoques, los Quelenes, los Zendales, los Llanos y la Gobernación del Soconusco. Los lacandones continuaron insumisos en la Selva hasta fines del siglo XVII. El censo de 1814 contabilizó alrededor de 130,000 habitantes en la provincia de Chiapas, de los cuales 105,000 eran indios, 21,500 mestizos y alrededor de 3,500 españoles (y criollos). El grupo numéricamente más grande de la sociedad chiapaneca lo conformaban —durante el siglo xix— los campesinos, peones y jornaleros de las haciendas y ranchos, la servidumbre doméstica de los miembros de la elite, los pequeños artesanos y los comerciantes viajeros. 

     A principios de la era contemporánea, los indígenas cultivaban las parcelas de la misma manera en que lo habían hecho por siglos: limpiando y sembrando las tierras durante semanas con herramientas primitivas, para obtener apenas lo suficiente con que alimentar a sus familias a base de maíz, frijol y chile. Los fenómenos de la naturaleza —sequías, lluvias excesivas o plagas— disminuían recurrentemente los niveles de bienestar, y provocaban enfermedades, hambrunas y escasez generalizada. 

     En la actualidad, Chiapas continúa siendo un estado predominantemente agrícola; alrededor de 61% de la población trabajadora se gana la vida en labores del campo y la inmensa mayoría de las tierras (más de 95%) son de temporal. Dos terceras partes de las tierras de todo el estado están dedicadas al cultivo del maíz, mientras que las tierras de riego se dedican principalmente a la producción de frijol, melón, papaya, plátano, mango y caña de azúcar, además del maíz. 

     El crecimiento poblacional, los ciclos de los mercados de productos agrícolas y la escasez relativa de tierras (especialmente en las zonas de gran concentración indígena, como los Altos) provocaron flujos migratorios dentro del propio estado —hacia el Soconusco y el norte, a las cosechas del café o la explotación maderera, y hacia la Selva Lacandona, donde se abrieron nuevas parcelas al cultivo. Pero estos procesos sólo retrasaron, y prácticamente no modificaron estructuralmente, las condiciones materiales de los indígenas y los campesinos. Hoy en día, después de varias reformas agrarias, programas educativos y de asistencia social, la mayoría de los indígenas continúa siendo pobre en su propia tierra, y exigiendo —en las palabras finales de Jan de Vos— “una vida más justa y digna”. 

     En el estado de Chiapas los indígenas esperan todavía una ley que respete y consagre sus derechos y su cultura, y que se lleve a cabo un cambio estructural que, impulsado a nivel nacional, resuelva los conflictos agrarios —en la Reserva de Montes Azules, la frontera de los Chimalapas, la zona de conflicto zapatista o los municipios de Nicolás Ruiz o Chenalhó y Chalchihuitán.

    

Javier Sicilia y Dios

Javier Sicilia

Ciudad de México, 1956  

Es poeta, narrador, traductor, profesor, editor y ensayista.  

Estudió letras francesas en la FFyL de la UNAM. Ha sido editor en las direcciones generales de Difusión Cultural de la UNAM y de la UAM; guionista de cine y televisión; coordinador de talleres de poesía; fundador y director de El Telar; jefe de redacción de la Revista de Poesía; director de Ixtus; miembro del consejo de redacción de Los Universitarios y del consejo editorial de Cartapacios. Profesor de literatura, estética y guionismo en la UAEM y en la Universidad La Salle de Cuernavaca. Miembro del SNCA desde 1995.  

Premio José Fuentes Mares 1991 por El bautista.  

Obtuvo, junto con Jorge González de León, el Ariel para el mejor guión cinematográfico por Goitia, un dios para sí mismo (dirigida por Diego López).

¿La poesía es el lenguaje de Dios?

 

Es el ropaje de Dios.

No sólo la poesía, el arte en general.

Los peores momentos de decadencia que ha vivido la religión, como estos, son precisamente cuando no hay arte.

Los himnos, los salmos, la liturgia, las catedrales medievales góticas y románicas eran la presencia de Dios a través del arte.

Uno de los nombres de Dios, quizá el primero, es Belleza.

El mundo es bello; Dios es bello; su presencia primera es la belleza.

Y tiene bondad y verdad: los trascendentales. Belleza es el primer nombre de Dios y ha sido su ropaje en el mundo de la religión.

La decadencia llega cuando la religión ya no tiene arte.

Se vuelve una pura palabra ideológica. 

Me encantaría ver en la liturgia mexicana poemas de Manuel Ponce, ¿por qué no?, de Francisco Aldapa o de Concha Urquiza.

Los Salmos fueron escritos por poetas, también los libros proféticos.

Las grandes obras arquitectónicas de las catedrales, las pinturas sacras ¿quién las hizo? ¡La música! el mejor músico de música sacra es Bach, un luterano.

La iglesia tiene un terrible temor de sus artistas cuando debía incorporarlos a la vida litúrgica. Por eso la iglesia actual suena a vieja, porque quedó en el pasado y no articula el pasado hacia el presente ni genera esa construcción inmensa que es la Iglesia peregrina.   

Querétaro bicentenario

La ciudad de Querétaro acabó con su grandeza creada en los siglos XVll y XVlll, al dr comienzo la guerra de independencia y a partir de ese hecho histórico y heróico de México, no pudo levantar cabeza mnos durante las intervenciones tnto francesa como norteamericana y llegó a la postración durante la revolución.

Sus comienzos a ser lo que ahora es se comienza hasta los años ssentas con el gobierno de Manuel González Cosío y el de Rafael Camacho Guzmán en los ochenta.

Las fotografías que acompañan a este texto nos dan una muy pequeña muestra de ello.

José Félix Zavala

Al Señor Gobernador de Querétaro:

C. José Calzada R

Gobernador del estado

Presente

Quien suscribe estas letras, José Félix Zavala, lo hago en forma pública y por esta página de internet www.eloficiodehistoriar.com.mx , debido a que tanto cuando fue candidato al gobierno del estado, como ahora como jefe del Ejecutivo estatal, no he tenido el conducto adecuado para dirigirme a Usted y solicitarle con urgencia una audiencia.

Agoté la instancia de su secretaria de escritorio Patricia Diosdado, la de su Secretario Particular y la de su Coordinador de Comunicación Social, Sr. Díaz Infante y de todos fui oviado de la manera más cruel y cínica.

Si llega a leer por alguna causa o casualidad este texto, le recuerdo que estoy solicitando como ciudadano, con muchos más años que Usted en esta entidad, una audiencia para tratar en forma por de más breve, muy breve, su política de salud, que afecta en forma grave a mi familia y las razones si se pueden saber del porqué, están en la Secretaría de  Salud, en la Coordinación de comunicación social y como secretaria de su oficina, tres personas que trabajaban en el IMSS y que lograron desdruirle la vida mi hija menor con su actuación al grado de quedar liciada para siempre.

Respetuosamente

José Félix Zavala

www.eloficiodehistoriar.com.mx

Tel. 01 442  1 67 40 70 

Las Candelas de los indios

Las admirables candelas

de los indios

Ricardo Robles O.

Doce años han pasado ya desde los diálogos de San Andrés. Por aquel entonces conocí y pude valorar la calidad humana de las y los comandantes Trini, Hortensia, Zebedeo, David, Tacho, Guillermo, Gustavo… del subcomandante Marcos y tantos otros más. Me impactaron por su determinación, su apertura, su cordialidad, su lucha, su empeño en hablar de acuerdos nacionales cuando la gobernación quería reducir el diálogo a lo estatal o local.

El contraste entre ellos y la contraparte gubernamental, tan mezquina y arrogante, los destacaba como candelas en la noche cerrada de aquellos días.

Casi dos años antes me había sorprendido lo que leía de su discurso de médula tan indígena, así como sus propuestas de futuro no sólo para los pueblos indios, sino para el mundo. Me habían rescatado del cerco que cerraba sobre todos aquel estrecho y cínico pragmatismo económico neoliberal.

Desde el Congreso Nacional Indígena, los seguí encontrando eventualmente, y al mismo tiempo fui descubriendo con admiración la amplitud y la pluralidad de las luchas indígenas que ya existían e iban creciendo en el país. Desde ahí me tocó vivir sucesos dolorosos y aberrantes, como Aguas Blancas, Unión Progreso, Acteal o Viejo Velasco Suárez, racismos, desdenes y traiciones de los tres poderes de la Unión, asesinatos, represiones y prisiones de compañeros ecologistas y luchadores sociales o de derechos humanos, hostigamientos a radios y policías comunitarias, masacres inhumanas en Atenco y Oaxaca y tantos crímenes más, perpetrados en el último decenio. De un modo o de otro los pueblos indios padecían todo eso.

Durante la otra campaña, en este año, volví a encontrar a los zapatistas en el desierto de Sonora en un par de ocasiones y en la Tarahumara dos veces más.

Reconocerlos, tan los mismos, pese a los años y al horror vivido, fue recobrarlos como amigos, sí, aquellas candelas encendidas en la oscuridad de los tiempos. Un día de esos, después de la despedida, los vi alejarse y me quedé pensando. Qué andaban haciendo en el norte desierto del país. Porque su andar era cansado y a veces también enfermo, iban encontrando compañeros de esperanzas y también falsos hermanos, caminaban desentrañando costumbres y culturas con las dificultades del caso, pausaban su andar durmiendo y comiendo donde tocara… Qué andaban, pues, haciendo como desterrados errantes. Sí, traían su mensaje para ofrecerlo, su diagnóstico del país, sus rumbos de esperanza, su convocatoria para caminar juntos las luchas de todos, solidariamente.

Pero quedaba la pregunta misma. Qué los movía desde la entraña para dejar su tierra, sus gentes, sus costumbres, sus querencias, su lucha misma, para llegar a otros, no siempre hermanos.

Al ponerme esa pregunta, como por necesidad, ya tenía la respuesta aunque informulable; la respuesta fue mi asombro. Admirables me parecieron esos amigos que se marchaban hacia otro nuevo horizonte incógnito, dedicando la vida a los demás, a todos los que recibieran su esperanza. Es obvio que ellos mismos han tenido errores, limitaciones, defectos… ¿quién no? Pero igualmente resulta obvio que, más allá de esos límites suyos, se entregan a proclamar sus sueños de democracias y justicias y libertades verdaderas para todos. Y eso es admirable.

Rescaté así mi libertad para asombrarme, para azorarme, para admirar. Y esa admiración se extendió a muchos otros más.

El zapatismo éste, de hoy, no es la única candela que nos queda encendida. Aunque los gobiernos, y tras ellos los poderes de facto, pretenden cubrir sus crímenes con el silencio, la oscuridad y el olvido, los muertos siguen su trabajo, cuidan sus luchas para que no mueran con ellos. Y sus protestas, sus propuestas, sus utopías, sus consignas, andan vivas en verdad. Por más que se les niegue, siguen vivas las llamas de Acteal, por ejemplo.

El horror de Acteal va más allá de la guerra sucia en curso. Se ha convertido en símbolo de todos los horrores. Mártires se les llama, con razón y en verdad.

Su pacifismo, su digna pobreza, su indefensión, los convirtieron en la menos peligrosa de las víctimas para el más cobarde de los crímenes. Son ya, de por sí, símbolo de las luchas indias. Quizá por eso se le quiere negar con toda hipocresía, mentir, inventar cualquier cosa para que Acteal no perdure. Las Abejas, con su sola existencia, desnudan las vergüenzas del poder.

Sin duda alguna, y más allá de sus limitaciones humanas, son admirables, ejemplares, candelas en esta noche que cierra más cada día. Necesitaremos de estas luces ahora que la noche cerrada presagia horrores similares una vez más.

Tequisquiapan en Querétaro

Tequisquiapan:  

Lugar de Agua y Tequesquite 

Santa María de La Asunción

de las Aguas Calientes   

El centro vacacional  de Tequisquiapan, se encuentra en el sureste del Estado de Querétaro, y es el centro geográfico de la República. A una altura de 1,880 m.s.n.m. en una extensión territorial de 343.6 km2, con un clima  templado y temperatura media de 1 7 grados. 

La región de Tequisquiapan, estuvo habitada por chichimecas. Los primeros españoles llegaron en 1551 y llamaron a esta población “Santa María de la Asunción y de las Aguas Calientes”.  

La presencia del hombre en este territorio se calcula en 1500 y 2500 a. C., según los datos que arrojan los estudios de los restos óseos descubiertos en la cueva de San Nicolás y que corresponden al tipo característico de los que pueden ser los primeros pobladores del territorio que ocupa actualmente el estado de Querétaro.               

Otras investigaciones permiten suponer la influencia de una cultura del Preclásico mesoamericano, muy similar a la de los huastecos del Golfo de México.  

Tequisquiapan era habitado por indios otomíes al Oriente, en el límite territorial con el estado de Hidalgo, así como por chichimecas en el resto del territorio; predominando los asentamientos al Poniente de la actual Cabecera Municipal. 

La fertilidad de sus vegas y baños medicinales traspasó las fronteras del territorio Chichimeca; propiciando desde aquellos tiempos la afluencia de visitantes importantes que tenían conocimiento de las virtudes de las aguas termales que brotaban en abundancia de los manantiales de Tequisquiapan. 

Antecedentes del siglo XVl 

A la llegada de los españoles a la región, establecieron alianza con el cacicazgo Otomí de Xilotepec. Los primeros pobladores europeos fueron el capitán Sebastián Bravete y  Nicolás de San Luis Montañés, quienes improvisaron una cruz de piedras amontonadas y un altar, para oficiar misa, como acto simbólico de la conquista, dándole el nombre de Santa María de la Asunción y de las Aguas Calientes. 

La pacífica fundación de Tequisquiapan fue en 1551 por cédula real de Carlos V y firmada por el Virrey de la Nueva España,  Luis de Velasco. En el año de 1656, el poblado tomó el nombre definitivo mesoamericano de Tequisquiapan. 

En 1794, en el trabajo enviado por  Pedro Martínez Salazar y Pacheco al Conde de Revillagigedo, informa sobre las Haciendas de Tequisquiapan de la siguiente manera: 

“Las haciendas que contienen la comprensión del partido de Tequisquiapan son 6, las cuatro primeras que siguen, pertenecen a  Felipe Antonio Turuel, regidor de la capital de México, y son los que tienen encerrados ambos pueblos en toda su circunferencia, en los términos que tengan expresados en el estado del establecimiento de la comunidad de los naturales de esta jurisdicción y las otras dos pertenecen, la de Fuente de Nava, al mayorazgo de  Ignacio Leonel Gómez de Cervantes del mismo vecindario, y la Laxa al señor Marqués del Villar del Águila vecino de Querétaro”. 

Siglos XIX y XX 

En agosto de 1825, el Congreso Constituyente de Querétaro llevó a cabo la delimitación política del territorio estatal, definiéndolo en tres Partidos y dividiéndolo en seis Distritos. Correspondió a Tequisquiapan pertenecer al Distrito de San Juan del Río. 

En 1836 el Código de las Siete Leyes transformó a la República en Centralista y convirtió a las entidades en Departamentos. Para este tiempo, en Querétaro se establecieron doce Ayuntamientos, entre ellos, Tequisquiapan. 

En 1861, siendo gobernador del estado de Querétaro el General José María Arteaga, por decreto del Congreso del Estado se elevó a categoría de Villa, con el nombre de Villa Mateos de Tequisquiapan, en memoria del Licenciado Manuel Mateos, quien fue Secretario de Gobierno del Estado y una de las víctimas de los sucesos de Tacubaya. 

El 16 de julio de 1879, con la “Constitución Política del Estado Libre, Soberano e Independiente de Querétaro de Arteaga”, se dividió nuevamente al territorio estatal en seis distritos y éstos, a su vez, en veintitrés municipalidades; considerándose a Tequisquiapan como tal. 

Durante la gestión del gobernador Salvador Argaín, el municipio de Tequisquiapan fue declarado capital del Estado el 5 de mayo de 1920, debido a las circunstancias por las que atravesaba el país. El día 6 de mayo se instalaron en Querétaro los tres Poderes Constitucionales. 

Por Ley No. 51 del 20 de mayo de 1931, Tequisquiapan dejó de pertenecer al municipio de San Juan del Río. En este mismo año se reincorporó nuevamente a este municipio por Ley No. 86, del 31 de diciembre de 1931. 

En enero de 1932 se derogó la ley que reformaba al artículo 2º de la Constitución Política del Estado; reforma con la que desapareció de nueva cuenta la municipalidad de Tequisquiapan. 

Tequisquiapan se convirtió una vez más en municipio el 30 de junio de 1939, por Decreto Ley No. 57 de la XXXI Legislatura Constitucional del Estado Libre y Soberano de Querétaro Arteaga y siendo gobernador el Coronel Ramón Rodríguez Familiar. 

El 8 de abril de 1941, la XXXII Legislatura Constitucional del Estado reconoció definitivamente a Tequisquiapan como Municipio, siendo Gobernador Constitucional del Estado el C. Noradino Rubio.  

En 1656 su verdadero nombre fue retomado, es Tequisquiapan, palabra náhuatl que significa “lugar de agua y  tequesquite”. En 1861, por Decreto se eleva a la categoría de Villa y en 1939 se crea en forma definitiva el municipio de Tequisquiapan.  

Es una población que conserva su imagen virreinal, con angostas calles y plazuelas llenas de flores, bugambilias. Su agradable clima, permite realizar las más diversas actividades al aire libre, como tomar el sol, la natación, acampar o hacer gratos paseos a caballo en los alrededores, en zonas arboladas y visitar sus manantiales.       

Cuenta con numerosos balnearios, hoteles y restaurantes y es la segunda ciudad del Estado en importancia turística. En Tequisquiapan la diversión está en todas partes y a todas horas.             

La artesanía es otro de sus atractivos. Los trabajos de cestería son muy variados así como las labores hechas en lana. En algunas zonas de esta región se encuentran minas de piedras semipreciosas como el ópalo, la alejandrina, entre otras que son  talladas con gran destreza.   

Tequisquiapan conserva sus tradiciones religiosas y populares. Una de las más importantes es la Feria del Queso y el Vino, que se realiza entre los meses de mayo y junio, donde numerosos participantes exponen y comercializan sus productos; además de realizarse charreadas, teatro al aire libre, conferencias, exposiciones y conciertos.    

Celebración de Semana Santa .

Feria del Queso y el Vino                                    

Aniversario de la Fundación de la Ciudad.                                

Fiesta Patronal: Sta. María de la Asunción                           

Natividad de María                  

Posadas con Carros Alegóricos  

LUGARES DE INTERÉS  

Parroquia de Sta. María de la Asunción.  

Este templo fue construido en 1874 con un estilo arquitectónico propio del neoclásico; sin embargo su construcción quedó incompleta terminándose a principios del presente siglo. Su fachada es de cantera rosa; en la parte superior se encuentra un reloj que data de 1897.  

En el interior la decoración es sencilla, destacando el coro, el sotacoro, un bautisterio con pila monolítica y la imagen de la Patrona en el retablo principal.   

Templo de Nuestro Padre Jesús  

Este pequeño templo tiene una portada muy sencilla y torre de un cuerpo, su planta es de cruz latina y la bóveda de cañón.  

Plaza Cívica  

Es un sitio muy agradable rodeado de portales, que se encuentra en el centro de la ciudad. A un lado se localiza un acogedor jardín, que lo adornan una fuente y un kiosco construido en el siglo XIX. 

Un Pequeño Museo.- En la antigua recepción del hotel El Relox, que fuera el hotel de mayor tradición en la ciudad, se encuentra un pequeño espacio museográfico denominado Museo de la Constitución, en el que se incluyen algunos cuadros y mobiliario de la época constituyente.  

 

La Pila.- Este parque se encuentra en el que fuera un antiguo molino, en donde todavía se  conserva la pila que almacenaba el agua para su funcionamiento y que data de 1567; de ahí su nombre. 

El parque  tiene áreas verdes, alberca, pista de patinar, canchas de tenis y baloncesto, juegos recreativos, cafetería y estacionamiento.  

Centro Cultural Tequisquiapan.- Inaugurado en 1991, en este Centro se presentan exposiciones temporales, conferencias y videos culturales. También se imparten clases de piano, guitarra, creación literaria, pintura, danza, ballet y serigrafía entre otros. Aquí se encuentra la Biblioteca Municipal.   

Personajes Ilustres 

C. Rafael Zamorano (1854-1914). Hombre que dedicó su vida a la noble tarea de la enseñanza. A él le deben los tequisquiapenses la creación de los primeros años de la Educación Primaria. 

Lic. Manuel Mateos. Hombre connotado, mártir de los hechos acaecidos en Tacubaya. 

Sr. Antonio de Luzundia. Construyó, donde existía un gran venero, una pila muy grande que se llenaba con agua vitrolosa caliente y servía para que los lugareños satisfacieran sus menesteres de limpieza y curaran sus males corporales. Actualmente se conoce como el parque La Pila, símbolo de los tequisquiapenses.  

Cronología de Hechos Históricos

 1551   Por cédula real se fundó Santa María de la Asunción y de las Aguas Calientes, hoy Tequisquiapan. 

1656   El municipio tomó el nombre definitivo de Tequisquiapan. 

1825   El Congreso Constituyente de Querétaro llevó a cabo la delimitación política de su territorio; definiendo al estado en tres Partidos, y dividido en seis Distritos. Correspondió a Tequisquiapan pertenecer al Distrito de San Juan del Río. 

1836   El Código de las Siete Leyes transformó a la República en Centralista y convirtió a las entidades en Departamentos. Para este tiempo, en Querétaro se establecieron doce Ayuntamientos. Tequisquiapan es uno de ellos.

1861   Bajo el gobierno del Gral. José María Arteaga y por decreto del Congreso del Estado se elevó su categoría a la de Villa y recibió el nombre de Villa de Mateos Tequisquiapan. 

1879   Se considera a Tequisquiapan como Municipalidad, por estar conformado el territorio estatal en seis Distritos y estos a su vez en veintitrés Municipalidades. 

1883   Inició sus funciones la oficina de correos. 

1902   Fue inaugurada la Estación de Bernal por Porfirio Díaz. 

1908   Fue inaugurado el templo dedicado a Santa María de la Asunción. 

1910   Fue inaugurada la presa Centenario. 

1920   Por manifiesto del Gobernador Constitucional Salvador Argaín, Tequisquiapan fue sede temporal de los Poderes del Estado. 

1921   Se terminó la construcción de la Parroquia de Santa María de la Asunción. 

1923   Por reforma a la Constitución Política del Estado, Tequisquiapan dejó de ser municipalidad. 

1930   Se inició la operación de telefonía. 

1931   Tequisquiapan dejó de pertenecer al municipio de San Juan del Río. En este mismo año se reincorporó a este mismo municipio por Ley No. 86, del 31 de diciembre de 1931. 

1939   El 30 de junio se creo formalmente el municipio de Tequisquiapan. 

1941   La XXXII Legislatura Constitucional del Estado reconoció definitivamente a Tequisquiapan como municipio.