Santiago Apóstol y Santiago matamoros

 

“Santiago El Mayor,

Santiago Matamoros

 y Querétaro”

José Félix Zavala 

La figura de Santiago el Mayor siempre se le reconoce porque conlleva un bastón, una alforja, sombrero y una concha; más de alguna vez se acompaña además con un libro y una espada. 

Santiago el Mayor era hijo de Zebedeo y hermano de Juan Evangelista y Jesús le había apodado “El Hijo del Trueno”. Estuvo presente en la transfiguración del Monte Tabor y también el la Oración del Huerto en Getsemaní. 

En cuanto a Santiago Matamoros, es parte de la leyenda dorada, donde se le reconoce como evangelizador de España y se tiene como el primero de los Apóstoles de Jesucristo en sufrir el martirio que fue por decapitación, ordenado por Herodes Agripa alrededor del año 42 d.C.  

La leyenda dorada nos narra que los seguidores de Santiago cargaron su cuerpo en una barca y lo llevaron hasta Galicia, donde fue sepultado en un bosque y la leyenda fue creciendo hasta el Siglo IX, cuando señala la mencionada leyenda que fue encontrada su tumba y en ese mismo lugar nació la Ciudad de Compostela y la gran devoción que por él tienen en la península Ibérica. 

La iconografía ya del llamado Santiago Matamoros, debido a su aparición a caballo y con una espada en la Batalla de Clavijo en el 844 d.C. se hace referencia al santo como defensor de la cristiandad en España y la espada lo señala como el destructor de los moros. 

En la Ciudad de Querétaro llegan también los dos Santiagos; Santiago El Mayor, peregrino y evangelizador y patrono de la Ciudad y del Obispado de Querétaro, y el Santiago Matamoros como el que aparece en un corcel y con la espada en la famosa y legendaria batalla del Cerro del Sangremal para el mal fin de los habitantes originarios de América y en favor de los españoles. 

La festividad de la Iglesia Católica para este Santo es el 25 de Julio, fecha que se tiene también en Querétaro, como día de la Fundación de la ciudad española que entonces llamaron Santiago de Querétaro. 

En menos de un lustro, Hernán Cortés, al frente de 500 españoles, consiguió para España, a costa de proezas y crueldades, los dos enormes imperios, el Azteca y el Tarasco, además de una docena de Señoríos menores. 

Nuño Beltrán de Guzmán, hombre ávido de oro y asesino entusiasta, con 300 españoles y 8000 indios aliados, fue también parte del inicio de la historia del nuevo Querétaro. 

Le llegó a Querétaro la conquista material mediante los métodos de despojo, esclavitud, servidumbre, la formación de grandes haciendas, la explotación de la ganadería, la minería, los obrajes y el comercio. 

Hernán Cortés despedazó las figuras de los Dioses originarios de América, solicitó a España el envío inmediato de sacerdotes y sostuvo que la causa principal de la conquista era la de predicar la fe de Cristo  

En suma la acometida de los europeos sobre América tampoco le fue ajena a Querétaro en sus cuatro actitudes: bélica, política, económica y espiritual, y en treinta años se apoderó de un gran territorio diverso y heterogéneo, junto con su gran cultura. 

En tres bulas el Papa Alejandro VI reparte entre España y Portugal, las tierras americanas y de esta donación papal el jurista Juan López de Palacios Rubios, redactó la “Notificación y Requerimientos que se ha de hacer a los moradores de las islas y de la tierra firma del Mar Océano que aún no están sujetos a nuestro Señor”. 

Este documento sirvió para justificar la servidumbre y asesinato de los naturales de América, por lo que esta conquista fue abrumadoramente cruel y de la cual Querétaro no fue ajeno en ningún momento. 

Afortunadamente para la historia de Querétaro, el libro de Lourdes Somohano Martínez  La Versión Histórica de la Conquista y la Organización Política del Pueblo de Indios de Querétaro”, además del trabajo de José Ignacio Urquiola Parmisán, sobre la fundación de la Ciudad de Querétaro, abrieron las líneas de investigación, que aportan datos y acontecimientos que corroboran lo firmado en este texto.    

Año santo compostelano en 2010

Con la apertura de la Puerta Santa de la catedral de Santiago de Compostela, comenzó este 31 de diciembre el Año Santo Compostelano 2010.  

Millones de peregrinos de todo el mundo acudirán con este motivo adonde, según la tradición, se encuentra la tumba del apóstol Santiago.  

Se trata del Año Santo Compostelano número 119, desde que el Papa Calixto II, en 1120, concediera a la Archidiócesis española el privilegio de convocar un año santo cada vez que la fiesta de Santiago, el 25 de julio, caiga en domingo.  

Con motivo de la “gran perdonanza”, Benedicto XVI ha enviado este mensaje.      A Mons. Julián Barrio Barrio  

Arzobispo  de Santiago de Compostela 

1. Con ocasión de la apertura de la Puerta  Santa,  que  da  comienzo al Jubileo Compostelano de 2010, hago llegar un cordial saludo a Vuestra Excelencia y a los participantes en esa significativa ceremonia, así como a los pastores y fieles de esa Iglesia particular, que por su vinculación inmemorial con el Apóstol Santiago hunde sus raíces en el Evangelio de Cristo, ofreciendo este tesoro espiritual a sus hijos y a los peregrinos de Galicia, de otras partes de España, de Europa y de los más lejanos rincones del mundo. 

Con este acto solemne, se abre un tiempo especial de gracia y de perdón, de la “gran perdonanza”, como dice la tradición.  

Una oportunidad particular para que los creyentes recapaciten sobre su genuina vocación a la santidad de vida, se impregnen de la Palabra de Dios, que ilumina e interpela, y reconozcan a Cristo, que sale a su encuentro, les acompaña en las vicisitudes de su caminar por el mundo y se entrega a ellos personalmente, sobre todo en la Eucaristía. Pero también los que no tienen fe, o tal vez la han dejado marchitar, tendrán una ocasión singular para recibir el don de “Aquel que ilumina a todos los hombres para que puedan tener finalmente vida” (Lumen gentium, 16). 

2. Santiago de Compostela se distingue desde tiempos remotos por ser meta eminente de peregrinos, cuyos pasos han marcado un Camino que lleva el nombre del Apóstol, hasta cuyo sepulcro acuden gentes especialmente de las más diversas regiones de Europa para renovar y fortalecer su fe.  

Un Camino sembrado de tantas muestras de fervor, penitencia, hospitalidad, arte y cultura, que nos habla elocuentemente de las raíces espirituales del Viejo Continente. 

El lema de este nuevo Año Jubilar Compostelano, “Peregrinando hacia la luz”, así como la carta pastoral para esta ocasión, “Peregrinos de la fe y testigos de Cristo resucitado”, siguen fielmente esta tradición y la reproponen como una llamada evangelizadora a los hombres y mujeres de hoy, recordando el carácter esencialmente peregrino de la Iglesia y del ser cristiano en este mundo (cf. Lumen gentium, 6.48-50).  

En el Camino se contemplan nuevos horizontes que hacen recapacitar sobre las angosturas de la propia existencia y la inmensidad que el ser humano tiene dentro y fuera de sí, preparándole para ir en busca de lo que realmente su corazón anhela. Abierto a la sorpresa y la trascendencia, el peregrino se deja instruir por la Palabra de Dios, y de este modo va decantando su fe de adherencias y miedos infundados. Así hizo el Señor resucitado con los discípulos que, aturdidos y desalentados, iban de camino hacia Emaús. Cuando a la palabra se añadió el gesto de partir el pan, a los discípulos “se les abrieron los ojos” (cf. Lc 24, 31) y reconocieron al que creían sumido en la muerte. Entonces se encuentran personalmente con Cristo, que vive para siempre y forma parte de sus vidas. En ese momento, su primer y más ardiente deseo es anunciar y atestiguar lo ocurrido ante los demás (cf. Lc 24, 35). 

Pido fervientemente al Señor que acompañe a los peregrinos, que se dé a conocer y entre en sus corazones, “para que tengan vida y la tengan en abundancia”  (Jn 10, 10). Ésta es la verdadera meta, la gracia, que el mero recorrido material del Camino no puede alcanzar por sí solo, y que lleva al peregrino a convertirse en testigo ante los demás de que Cristo vive y es nuestra esperanza imperecedera de salvación. En esa Archidiócesis, junto a otras muchas organizaciones eclesiales, se han puesto en marcha múltiples iniciativas pastorales para ayudar a lograr este fin esencial de la peregrinación a Santiago de Compostela, de carácter espiritual, aunque en ciertos casos se tienda a ignorarlo o desvirtuarlo. 

3. En este Año Santo, en sintonía con el Año Sacerdotal, un papel decisivo corresponde a los presbíteros, cuyo espíritu de acogida y entrega a los fieles y peregrinos ha de ser particularmente generoso. Peregrinos también ellos, están llamados a servir a sus hermanos ofreciéndoles la vida de Dios, como hombres de la Palabra divina y de lo sagrado (cf. Al retiro sacerdotal internacional en Ars, 28 septiembre 2009). Aliento, pues, a los sacerdotes de esa Archidiócesis, así como a los que se sumen a ellos durante este Jubileo y a los de las diócesis por donde pasa el Camino, a prodigarse en la administración de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, pues lo más buscado, lo más preciado y característico del Año Santo es el Perdón y el encuentro con Cristo vivo. 

4. En esta circunstancia, expreso mi especial cercanía a los peregrinos que llegan y seguirán llegando a Santiago. Les invito a que hagan acopio de las sugestivas experiencias de fe, caridad y fraternidad que encuentren en su andadura, a que vivan el Camino sobre todo interiormente, dejándose interpelar por la llamada que el Señor hace a cada uno de ellos. Así podrán decir con gozo y firmeza en el Pórtico de la Gloria: “Creo”. Les ruego también que en su oración cadenciosa no olviden a los que no pudieron acompañarles, a sus familias y amigos, a los enfermos y necesitados, a los emigrantes, a los frágiles en la fe y al Pueblo de Dios con sus Pastores. 

5. Agradezco cordialmente a la Archidiócesis de Santiago, así como a las Autoridades y otros colaboradores, sus esfuerzos en la preparación de este Jubileo Compostelano, como también a los voluntarios y a cuantos están dispuestos a contribuir a su buen desarrollo. Confío los frutos espirituales y pastorales de este Año Santo a nuestra Madre del cielo, la Virgen Peregrina, y al Apóstol Santiago, el “amigo del Señor”, a la vez que imparto a todos con afecto la Bendición Apostólica.