Si en Querétaro a alguien se le debe reconocimiento es a Eduardo Loarca Castillo

El mensaje

Eduardo Loarca Castillo

Hablar de este personaje, ubicado en el tiempo, al final del siglo y del milenio, aunque muchos pudieran opinar lo contrario, es difícil, pero siempre una tarea feliz, que ahora me propongo. Nació en mí este sentimiento de gratitud, la tarde del primer viernes de diciembre, cuando la puerta de su casa, a medio abrir, dejaba ver una figura para mí, de grato recuerdo, la del Maestro, el profe. Loarca.

Para entonces el maestro Aurelio Olvera, Yeyo, con palabras entre cortadas por la emoción, dejaba caer una especie de testamento sobre el gentío que colmaba la Plaza Mariano De Las Casas, eran las palabras de quien guarda para los habitantes del barrio de los Jauleros, su barrio: amor, respeto y admiración.

El gran músico y ahora actual Presidente del patronato de las fiestas de Querétaro, haciendo suyo el mensaje enviado por otro también gran músico, el Profe. Loarca ya en su ancianidad, dijo: “Nunca más la discordia, sino la concordia, ahora que vivimos tiempos difíciles, a lo ancho y largo de nuestra querida patria”.

¿Quien no ha visto al Profe Loarca entregarse de tiempo completo al servicio de su comunidad, escribir incansablemente, dirigir el coro de los niños del conservatorio en Catedral, como un maestro de primaria, y al finalizar, darles de su cartera, un billete de a diez pesos a cada uno, aparte de hacer de ellos unos magníficos músicos para gloria de Querétaro y provecho de ellos mismos.?

Las palabras del Cronista de la Ciudad, del Director de la Escuela de Música Sacra y el Conservatorio Guadalupe Velázquez, el periodista, el escritor, el hombre de valores, el Director del Museo Regional seguían calando en el público asistente, sobretodo cuando dijo quien las repetía: “Que la justicia retributiva sea una realidad absoluta…que de todo lo que producimos, los primeros beneficiarios sean quienes lo producen…”

Mientras las luces de los juegos pirotécnicos peleaban con las estrellas, arriba de la cúpula de Santa Rosa De Viterbo y la Filarmónica de Querétaro le hacía el juego a Lupita Pineda y las buñueleras se atareaban con “los guajolotes”. Mi pensamiento se fue a la vida del Maestro, del hombre fácil para la anécdota, el de la palabra sabrosa, Eduardo Loarca Castillo.

Desde que fue profesor de música solamente, hasta el gran esfuerzo realizado en el rescate y decoro del Museo regional de Querétaro, primer paso para el actual rescate del patrimonio arquitectónico de Querétaro, o la obra magna que es dejar un edificio bellísimo y ex profeso para la Escuela de Música Sacra, El Conservatorio, orgullo nacional, o su esfuerzo para erigir el Panteón de los hombres ilustres, en el antiguo panteón de la Cruz, más sus escritos, entre muchas obras más, hacen de este personaje un hombre de visión y de nuestro tiempo.

Correr deprisa al modo de Camacho Guzmán o con el formalismo de Mariano Palacios o Enrique Burgos, o remontarse a las épocas de Calzada o González Cosío, efímeros, como toda autoridad, mientras él permanece en su tarea de dejar un Querétaro mejor, buscando a decir de las palabras dichas en su nombre, esa noche de reinas y de cabezas coronadas, “ Que el Apocalipsis de la guerra que se cierne por todo el mundo se frustre..”

El mensaje caló hondo, como el frío de esa noche en el auditorio, seguía diciendo el de la palabra a nombre del Cronista ausente al menos unos metros, – miraba desde la puerta de su casa, como a escondidas – : “ Todo lo tendremos, sí todos como un solo hombre luchamos…antes de que sea tarde…” Era el profesor Loarca en su mejor momento, el más lúcido y en la mejor oportunidad, al finalizar el siglo, el milenio y cuando todo parece derrumbarse en esta patria nuestra.

La sensibilidad y el modo en este hombre de nuestro tiempo, ya es poco común, nadie quiere dejar de ser para servir, ser el primero es el esfuerzo siempre más fácil, que ser el último sin dejar de ser el mejor, a escondidas, sirviendo sin que nadie lo note.

Quién no recuerda su figura por las calles de la ciudad, en todas partes, en las grandes ocasiones y en las no tan grandes, siempre en la búsqueda y en la lucha por mejorar el entorno

Tarde memorable aquella, recuerdo, cuando aceptó ante el Cabildo de la Ciudad su responsabilidad de ser El Cronista, ya veía el Querétaro que ahora contemplamos, lo dibujó en sus palabras y proyectos de trabajo. No pensaba, me imagino, en ese momento, cuando hurgaba las bodegas del museo, su museo, para reconstruir los cristos rotos o las pinturas deterioradas por el paso de los siglos y que fue rescatando de una en una.

A su instancia creó la Universidad de Querétaro la escuela de restauración, El Maestro Germán Patiño ocupó el lugar que dentro de la sociedad Queretana le tocaba desde aquel 1936 en que abrió un museo para los Queretanos, lo mismo que rescatara en el tiempo al benefactor Juan Caballero y Osio en libro y en estatua, o su complicidad con el gran pintor Agustín Rivera al reconstruir la mesa taraceada de los franciscanos, arrumbada por aquel entonces en la Capilla de indios del Cerrito, “Nuestra Señora De La Merced” y ahora en la sala magna del Museo De Historia y Antropología.

No ha visto todavía el Maestro Eduardo Loarca ver coronados su esfuerzos al lograr en el ex claustro del Real Colegio y Beaterio de Santa Rosa de Viterbo, un museo de arte sacro, tan necesario en la ciudad por la abundancia de obra de primerísima calidad. que debe quedar a resguardo y para la admiración de propios y extraños.

El profe. Loarca esta inscrito junto a los nombres de los Músicos Queretanos: Guadalupe Velázquez, Cirilo Conejo o Agustín González, entre los cronistas Guadalupe Ramírez o Valentín Frías o los historiadores como Manuel Septién y Esteban Arroyo.

Es importante verlo y escucharlo platicar cuando aquel presidente municipal de Querétaro, Ricardo Rangel, comenzó a blanquear todos los templos de la ciudad y adecentar las escalinatas de Catedral o San Agustín o como aquel solar frente a Santa Rosa se convirtió en la actual plaza Mariano De Las Casas o narrar como el Gobernador Camacho desalojó a los comerciantes que ocupaban las accesorias del actual Museo de Historia.

“…La tranquilidad en el orden…” pide Eduardo Loarca a los Queretanos la noche del primer viernes de diciembre cuando se prenden las luces del árbol de Navidad y el alumbrado público y sale el Carro del Anuncio y la reina es coronada y Querétaro se viste de fiesta, El Maestro alerta al pueblo y al gobierno, la autoridad esta presente, de los riesgos que estamos corriendo y da la receta para enmendar el camino.

Durante un bautizo muy concurrido y ante la oposición del cura del lugar entonó el “ Te Deum” y fue seguido por el Maestro Aurelio y los del coro y el pueblo, no permitiendo que se pierda la tradición en aras del modernismo sin valores o sustituciones no válidas.

La Sierra Gorda Queretana lo conoce, porque lo ha escuchado cuando junto a los “importantes” habla de las “Misiones”, los bellos templos levantados por los indios a instancias de Junípero Serra, donde los indios Queretanos mostraron sus habilidades desde entonces para el arte.

Monique o Gómez Canedo se quedan cortos ante el entusiasmo del Maestro al hablar del estuco vuelto movimiento e imaginación en las fachadas barrocas de éstas misiones queretanas que han abierto nuestro estado al mundo y a la admiración.

El Profe.. Loarca, esta noche de coronación se queda en su casa con la puerta media abierta, mientras el castillo se vuelve universo y llena el cielo de estrellas y todos dejamos de mirarnos para volver la vista, como pocas veces en la vida, al cielo, del que el Maestro nos invita a recordar las palabras del ” Niño de Belén .. Gloria a Dios en los cielos…”

La mujeres vestidas de blanco de cabeza a pies ofrecen buñuelos, enchiladas placeras, atole y tamales, guajolotes y los ponches, mientras la gente se dispersa y alguien por ahí se va pensando en el mensaje de Loarca Castillo forma y síntesis del barroco universal, mezcla india y europea.

José Félix Zavala.

“El sentido de las escuelas católicas”

El inhumyc

Javier Sicilia

La Jornada Semanal

La crisis que vive la Iglesia mexicana a partir de los abusos y encubrimientos pederastas de Marcial Maciel y una buena parte de los Legionarios de Cristo, ha golpeado injustificadamente a las escuelas de inspiración cristiana. Sin embargo, gran parte de esas escuelas, pese a la trasnochada pugna que viven los católicos “de Pedro el Ermitaño” y los “jacobinos de la era terciaria”, continúa siendo un sitio de luz en medio de la oscuridad del país. Fruto de las Escuelas Apostólicas, creadas en 1919 por Félix de Jesús Rougier –el fundador de los Misioneros del Espíritu Santo y el hombre providencial de esa gran mística mexicana que es Concepción Cabrera de Armida–, ELINHUMYC, incorporado a la UNAM en 1958, abrió sus puertas para los estudios de secundaria y preparatoria a los laicos. Allí fui a parar en la década de los setenta; allí también me encontré no sólo con una profunda enseñanza de la fe y un riguroso aprendizaje de las materias que privilegia la enseñanza laica, sino también un espíritu de libertad, de crítica y de diálogo. Allí encontré también a maestros lúcidos y compañeros que dieron sentido a mi vida. Con ellos –dos de los cuales son espléndidos poetas que no profesan la fe católica, Tomás Clavillo y Fabio Morábito–, aprendí a escribir poesía. Con ellos también leímos a Paulo Freire, A A. S. Neill y a los pedagogos de vanguardia; leímos a los teólogos de la liberación, nos entusiasmamos con Iván illich y Méndez Arceo, sacamos varias revistas, discutimos con las autoridades directivas, que en ese entonces eran todavía sacerdotes, y con ellos, siempre atentos y trabajados por el Evangelio y el espíritu de su congregación, logramos que el colegio se volviera mixto y que tuviéramos algunas experiencias pedagógicas más horizontales y participativas. Mucho de lo que soy como poeta, como novelista y crítico, nació en ese lugar. Por ello, cuando me preguntan si me formaron los jesuitas, a quienes debo también grandes enseñanzas –al salir de la preparatoria viví con ellos un año en los cinturones de miseria de Ciudad de México–, digo bromeando que no, que a mí no me formó ni san Ignacio, ni Juan Bautista de La Salle, ni Marcelino Champagnat; mucho menos José María Escrivá y menos aún Marcial Maciel; a mí, les digo, me formó “ai pinchemente” el Espíritu Santo en un pequeño colegio de Tlapan llamado el INHUMYC. Desde entonces no he dejado de estar unido a él y a la familia de la Cruz de la que nació. Mi director espiritual es uno de los misioneros del Espíritu Santo y jamás, desde entonces, he dejado de conversar y dialogar con esa inmensa familia.

No quiero decir, al hablar de mi itinerario personal en el INHUMYC, que su línea de pensamiento sea la que vulgarmente se denomina de “izquierda” –en el Instituto de Humanidades y Ciencias hay, como en el corazón del cristianismo en el que se inspira, infinidad de tendencias–, digo que su inspiración, enclavada en el Evangelio, es plural, libre, abierta y ceñida a la gran tradición crítica que llegó con el laicismo.

Si hoy se me preguntara qué es lo que caracteriza al INHUMYC, utilizaría el término con el que Jünger Habermas califica al mundo contemporáneo: la “post-secularidad”. Un universo en donde lo mejor de la tradición cristiana y del laicismo dialogan y encuentran puntos de convergencia sustanciales para formar hombres y mujeres con un sólido sentido de la ética, que es inseparable de la crítica, o –para usar ese término de moda que siempre me ha molestado por sus resonancias utilitarias– de los valores.

El mismo nombre de la escuela, Instituto de Humanidades y Ciencias, que antepone a la ciencia el espíritu del humanismo, habla de ello. En un mundo en donde el darwinismo económico mira con sospecha todo lo que tenga que ver con actividades relacionadas con las humanidades y en donde gran parte de las instituciones educativas fomentan la competencia, una escuela cuyo punto de articulación es lo humano, surge como un oasis en medio de un desierto donde los grandes logros de la ciencia van olvidando la vida del espíritu, sin la cual el mundo se vuelve una pura y terrible instrumentalidad.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar todos los presos de la APPO y hacerle juicio político a Ulises Ruiz.

Cómo nace el teatro en Querétaro y su universidad

Teatro y pueblo
Hugo Gutiérrez Vega
La Jornada Semanal

Una lluviosa noche de septiembre de 1959, los Cómicos de la Legua de la pequeña Universidad Autónoma de Querétaro dimos nuestra primera función en el atrio de ese prodigio de eclecticismo barroco que es la iglesia de Santa Rosa de Viterbo, casa en la que vive la monja que tiene los labios más hermosos del arte colonial.

Fundamos el grupo varias amigas y amigos universitarios, pensando en la hermosa tarea teatral de Enrique Ruelas en Guanajuato, y en la Barraca, la compañía que recorrió la España republicana bajo la dirección de Federico García Lorca. Nuestra idea era llevar a los barrios de la ciudad, a los pueblos del estado, a los sindicatos y comunidades rurales, el mensaje del teatro nacional de España. Cumplimos nuestro propósito y, al año de la fundación, ya recorríamos toda la república invitados por las federaciones de estudiantes o por los sindicatos y ayuntamientos. A veces, los organizadores no lograban sacar para el pago de nuestros discretos gastos. Recuerdo nuestra huída del Hotel Elvira de Torreón: aprovechando la muerte de un huésped, salimos con nuestros bártulos, caminando al lado de la camilla y con rostros dolientes y compungidos. De San Cristóbal de las Casas nos escapamos en la madrugada de un día helado. Para nuestra fortuna, el encargado del hotel dormía profundamente y no escuchó nuestro asfixiado ajetreo. En fin… Cómicos de la Legua como los que recorrían España y sus colonias con tres capas, dos barbas postizas y mucho amor por “la farándula y por la carátula” (Cervantes dixit).

En la función inaugural presentamos Las aceitunas, paso de Lope de Rueda; El juez de los divorcios, entremés de Cervantes, y dos poemas escenificados, “El cántico espiritual”, de San Juan de la Cruz y las “Coplas a la muerte de mi padre”, de don Jorge Manrique. Pienso en mis compañeros de aventura teatral: Paco Rabell, Jorge Galván, Carmen Cepeda, Ignacio Frías, Estela Belaunzarán y Gonzalo Pacheco. Con ellos y con otros amigos hicimos largos viajes, estudiamos las técnicas teatrales (la asesoría de Jorge Galván fue muy importante), discutimos los repertorios, nos divertimos sin medida y trabajamos con vigor y con respeto por el teatro y, sobre todo, por un público que intentábamos formar y acercar a uno de los fenómenos artísticos más próximos a lo humano esencial. Pusimos entremeses de Cervantes, pasos de Lope de Rueda, entremeses de Quiñones de Benavente y de Quevedo; farsas francesas de la Edad Media (el Patelin hecho por Ignacio Frías fue tan memorable como el Corregidor de la Farsa y justicia compuesto con precisos matices por Paco Rabell); La cantante calva, de Ionesco, obras de García Lorca, de Baroja y de Ugo Betti; varias obras de Ruiz de Alarcón; Esperando a Godot, de Beckett (la dirigió Ignacio Frías y participó en la fiesta teatral de Medellín) y mucha poesía en voz alta: Garcilaso, Francis Thompson, Claudel, López Velarde, García Lorca (destaco el “Via Crucis”, de Claudel y “El lebrel del cielo”, de Thompson). Paco Rabell e Ignacio Frías fueron los continuadores de una obra que me precio de haber iniciado. El grupo creció y viajó por el mundo. El repertorio se fue empequeñeciendo y la idea de hacer un teatro al servicio de los jóvenes y del pueblo en general, poco a poco se fue olvidando o convirtiendo en un proyecto distinto. Los cómicos cumplieron ya cincuenta y un años y siguen trabajando en el Mesón que les entregó el Gobernador Mariano Palacios. Hace mucho que no los veo y tengo la impresión de que no están muy interesados en que nos veamos. Tienen razón: a los fundadores se les ponen flores y se procura que no intervengan en las nuevas actividades acordadas por las nuevas gentes. Sigo pensando en las giras a los pueblos y a los barrios, en los niños de Santa Rosa que se sabían de memoria muchos parlamentos de nuestras obras. Pienso sobre todo en un niño de diez años que, al terminar una función, se me acercó y me dijo: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir.” Le di un beso en la frente y me senté a llorar en la banqueta. La poesía había prendido en ese niño su llama perdurable.

jornadasem@jornada.com.mx

Cuando el deporte mexicano comenzó su declive por Mario Rodríguez

“AQUELLOS TIEMPOS”.

Mario Rodríguez Estrada.-

“VALE MAS CONSAGRAR UNA VOLUNTAD A UN SUEÑO PEQUEÑO, QUE UN GRAN SUEÑO A UNA FRAGIL VOLUNTAD”.-Guido da Verona.

Había una vez en México, hace ya muchos años, un pequeño programa deportivo que abarcaba tan solo cinco populares disciplinas, los maestros de Educación Física, más o menos cumplían con enseñarlos, entrenarlos y difundirlos, robándoles a sus clases específicas un poco del tiempo marcado para ello en sus respectivas escuelas primarias y secundarias, encaminando a sus educandos, para que más tarde, al ingresar a estudios superiores, los entrenadores especializados, formaran sus equipos, representativos, de sus altas instituciones…México campeaba por sus fueros en el área Centro americana, nadie le tosía en sus espaldas y siempre resultaba el papá de los pollitos, de pronto a partir de 1968, ante la nefasta destitución del Ing. y Gral José de Jesús Clark Flores de la Dirección de los Juegos Olímpicos, por un mal chiste a costa de la “felleza” del aún más nefasto presidente de la república en turno, una verdadera caterva de pseudo sabihondos y dizque organizadores del deporte, como virtual plaga de langostas se empezó a apoderar de los cinco primigenios deportes, en los que descansaba el accionar del deporte mexicano; así el atletismo, basquetbol, voleibol, fútbol y natación, empezaron a languidecer , aprovechando las naciones hermanas centro americanas, en alcanzar y aún rebasar al antes gigante deportivo del área.

El COI ( Comité Olímpico Internacional), los CON’S (Comités Olímpicos Nacionales) y las Federaciones Internacionales de los deportes, se dieron cuenta, que el movimiento deportivo mundial era una amplísima y profundísima mina de oro y de diamantes, y con la “ayuda” de Addi Dasler, comercializaron cualquiera de sus manifestaciones, vendiendo a los “mejores” sponsors (apoyantes), los derechos para ejercer la publicidad de los mismos, los juegos infantiles, juveniles y de mayores se multiplicaron en decenas de categorías…aquí en Queretarín, este año tendremos una de las múltiples categorías mundiales de la FIFA, los menores de 17 años, para la cual, se “exigió” a los gobiernos de los estados involucrados, la remodelación de campos y estadios.

En el voleibol una audaz pareja atómica, una tal Lulú y un tal Lic. Acosta desde 1975 se apoderaron de la Federación Mexicana, diez años después, sorprendieron al geriátrico Presidente de la Federación Internacional, un tal Paul Libaud, de heredarles a ellos, la riendas de la misma, aposentándose plácidamente en Suiza para manejar los hilos financieros, hinchándose de euros y dólares, al pobre viejito cuando dejó de serles útil, simplemente le dieron una patadita que lo mandó tristemente al sepulcro, maldiciéndose de haber creído en unos enormes, hermosamente diabólicos ojos verdes…lo malo para México, es que desde que ejercieron su poder en México, el voleibol nacional cayó en un despeñadero, cosa que aún más se agravó cuando se internacionalizaron, dejando a un contlapache que hundió más al pobre voleibol, desde entonces no damos una…y ya van 36 años.

El basquetbol sufrió un quebranto similar, cosa que se agudizó a la llegada, como Presidente “interino” de la Federación Mexicana , de un verdadero sicario, que con el apoyo de un tal tibio, cabeza visible del COM (Comité Olímpico Mexicano), la invisible es un tal MVR, que desde el siniestro año de 1975 mangonea el deporte mexicano, creando ampulosamente una tal ODECABE (Organización deportiva centroamericana) y más tarde la ODEPA (Organización deportiva panamericana)…el tal sicario responde, a veces, al nombre de Jorge Toussaint, durando en el intento de destruir al bello deporte de las canastas, nada menos que 18 años…teniendo que intervenir hasta la Suprema Corte de Justicia de la Federación para quitarlo de la “presidencia interina”…entrando al quite Arturo “Mano santa” Guerrero y Meme Saenz, aunque sin el “reconocimiento” del tal tibio, que se aferra a ser la parte mandona del deporte en México.

Del fútbol, ya hasta da vergüenza hablar, la mafia lo tiene todo copado, aliándose con el duo poli televisivo, que hace y deshace a ciencia y nada de sapiencia del gobiernito mexicano y de su oficinita deportiva, una tal conade, así con minúsculas…hacen el gran negocio financiero deportivo, abusando del pobre pueblo mexicano, que solo cree en el Tri (Ratones verdes), y en la virgencita de Guadalupe…hasta los locales “gallos blancos”, que andan sin cola por tanto problema, que sus torpes contrataciones y descuidos les han ocasionado, (Procesos 1790 y 1795)…pero que le vamos a hacer y como dijera nuestro recordado amigo periodista Don Ezequiel Martínez…¡Que país…que país!…se despide su amigo de “Aquellos tiempos”…Mario RE.

¿Qué es un dogma?

¿Conqué se comen los dogmas?

En los días que corren, dogma es una palabra maldita, utilizada sin más para denostar y descalificar —generalmente a aquellas personas cuyas ideas están en las antípodas de las nuestras—. Ésto no sucede solamente porque en nuestra época de “tolerancia”, “escepticismo” y “dictadura del relativismo” cualquier cosa que suene a verdad “absoluta” es como la peste y, por tanto, no tiega cabida en una sociedad “moderna” y “democrática”. Más bien, ni siquiera se entiende el significado de la palabra, y mucho menos el concepto. Es más, ni los mismos creyentes medianamente entendidos saben con qué se come un dogma; los “conservadores” los creen por creer y se escandalizan cuando alguien sugiere algo que contradiga el contenido de su catecismo parroquial —o la letra de el Catecismo—, mientras que los “liberales” los cuestionan por “arcaicos” y por haber sido “impuestos desde arriba”…

En su primera acepción, el Diccionario de la Real Academia Española define dogma como: “Proposición que se asienta por firme y cierta y como principio innegable de una ciencia”. En la segunda: “Doctrina de Dios revelada por Jesucristo a los hombres y testificada por la Iglesia”. Mientras que la tercera reza: “Fundamento o puntos capitales de todo sistema, ciencia, doctrina o religión”. La segunda es cuestionable teológicamente —peca de simplista, pero está bien para tratarse de un diccionario—, por lo que me centraré en las otras dos. Un dogma, pues, es la base sobre la que se construye cualquier clase de conocimiento, la salida al sinsentido del escepticismo y el relativismo radicales, empezando por el principio de no contradicción aristotélico. Un gran dogma, el dogma de dogmas, sería, entonces, que las cosas son de una forma y no de otra, que la mayoría de las veces no dan igual. Perro significa eso, un animal que llamamos perro, dog, chien, Hund, cane… Y tan no es una verdad “relativa”, que todos podemos entender la palabra y asociarla con la idea que refiere, a pesar de las diferencias lingüísticas.

Por otra parte, sabemos que la ciencia produce conocimientos perfectibles; no es un sistema cerrado, como tampoco lo es la filosofía. “No hay verdades absolutas para la ciencia”, se dice, y sin embargo la ciencia no podría existir si no diera por sentados algunos “fundamentos capitales” o “proposiciones que se asientan por firmes y ciertas y como principios innegables”… De hecho, lo que hace que la ciencia sea ciencia son varios dogmas, de los que menciono un par de obviedades: 1) la realidad existe y 2) la realidad es inteligible. Por tanto, los seres humanos podemos conocer esa misma realidad, sacar conclusiones en la teoría y/o la práctica y, en última instancia, transformar esa misma realidad. En efecto, la ciencia no persigue ni ostenta verdades inmutables y eternas, pero no puede existir sin varias de ellas y, de hecho, ningún científico que se precie de serlo negaría que la gravedad o la termodinámica tienen su vena dogmática, en tanto que se asientan firme y ciertamente y como principios innegables…

Durante buena parte de la Antigüedad, dogma no significaba sino “opinión fuerte o sólida”. A las cuatro principales corrientes de la filosofía: platonismo, aristotelismo, epicureísmo y estoicismo, se las llamaba “escuelas dogmáticas” precisamente por estar contrapuestas al escepticismo, por afirmar sin más que la filosofía es una perpetua búsqueda —aunque asintótica— de la Verdad. Ya el mismo Sócrates sabía muy bien que la retórica relativista y escéptica de los sofistas no era sino el cáncer que acaba asesinando a la filosofía, y con ella, a todas las ciencias.

Por supuesto, hay que reconocer que, en nombre de opiniones firme e inflexiblemente mantenidas, mucha gente se ha creído con el derecho de imponer esas mismas opiniones por la fuerza, silenciar a los disidentes o, de plano, deshacerse de ellos. De ahí, las malas connotaciones de dogmático o dogmatismo… Si bien resulta curioso que se asocie la inflexibilidad de los dogmas y la sangre derramada por mantenerlos más con la religión que con otra cosa, a pesar de que los dogmas seculares y “científicos” hayan derramado, en conjunto, mucha más sangre y sembrado mucha más injusticia: la “raza”, la “lucha de clases”, la “mano ciega del mercado”… Más bien, a este fenómeno deberíamos llamarle fanatismo o, concediendo, dogmatismo.

Sin embargo, un dogma, correctamente entendido, tiene más bien el significado que para nosotros tiene una arraigada convicción —y, por tanto, algo loable y necesario—. Es más, en el caso de los dogmas cristianos, correctamente entendidos, en vez de ser pretexto para matar e imponer, son dogmas para dejarse matar antes que permitir una imposición, como el “poner la otra mejilla” de Cristo o su versión secular, de la mano de Voltaire: “Puedo no estar de acuerdo con lo que dices, pero daría mi vida por defender tu derecho a decirlo”.

Asimismo, desde la teología, un dogma sintetiza la revelación —y la fe en ella— que ha sido recibida por la comunidad y transmitida a lo largo del tiempo; es la base sobre la que se construye el pensar y el hacer de esa misma comunidad y es el principio constitutivo que le provee de una identidad. Un dogma, como el que define la doble naturaleza de Jesucristo, es una verdad absoluta en tanto que encierra la esencia misma del acontecimiento cristiano. Las herejías no han sido sólo modas y movimientos cuya diversidad debía de ser abrazada, cual reza el dogma posmoderno y las malas teorías de la conspiración, sino que han amenazado con disolver la substancia misma de la fe. De la misma forma que, a pesar de que en la II Guerra Mundial haya sido normal y aceptado el bombardeo indiscriminado de poblaciones civiles, hoy a nadie se le ocurre justificar semejante práctica, pues atenta contra los derechos humanos —feliz dogma de la modernidad—; así el cristianismo jamás ha permitido que se justifique, por ejemplo, que se niegue la completa humanidad y divinidad de Jesucristo, pues el cristianismo dejaría de ser cristianismo: la encarnación y redención serían una farsa o el cristianismo sería idolatría, con la deificación de un hombre que con trabajos llegó a profeta…

La fe, entonces, es una y es constante, ha sido revelada a partir de acontecimientos concretos y ha sido cuidadosamente releída y repensada al correr el tiempo y cambiar de las situaciones. Así, la comunidad ha revisado su legado de fe y, ante retos particulares y dentro de su propio marco cultural, ha trazado límites entre lo que cree y no cree, entre lo que debe hacer o no hacer, lo que, a su vez, ha contribuido a enriquecer el legado de fe. Este proceso es lo que se conoce como Tradición. Y es a la luz de la Tradición, con este método dialéctico nunca exento de conflictos —de ahí las herejías—, en este ir y venir entre Escritura y filosofía, comunidad e individuo, tradiciones y nuevas intuiciones, que se deben leer los dogmas. No son verdades mutables o sujetas a error, como las de la ciencia, pues en ellas se encuentra el núcleo básico de la fe, pero tampoco son verdades cerradas y petrificadas. Se trata, más bien, de una fuente o una mina de la que se extraen agua y metales preciosos.

Los dogmas resumen y sintetizan. Así como la química es una ciencia riquísima, de la que se han escrito miles de libros y sin embargo su base, resumida y sintética, es la tabla periódica de los elementos. Igualmente sucede con el Credo cristiano, que define y ordena las bases del cristianismo, por más que éste vaya mucho más allá, que llene miles y miles de páginas, desde la Biblia a la patrística, la escolástica, los documentos magisteriales o los libros de espiritualidad modernos… Es a partir del “Creo en un solo Dios” que brota el mar de la fe y la teología: el significado de creer, de qué, quién y cómo es ese Dios que sólo es uno…

Los dogmas sólo hacen explícito lo que siempre ha estado implícito en la revelación y la tradición: Jesucristo es hombre y Dios a la vez. María concibió siendo virgen y permaneció como tal, el Papa es infalible, etcétera. Los concilios y los padres de la Iglesia no inventaron estas cosas; sólo se preguntaron por ellas y balbucieron una explicación racional con las herramientas de pensamiento que tuvieron a la mano e influidos no pocas veces por el particular contexto en que vivían. El concilio de Nicea expresó la doble naturaleza con términos de la filosofía antigua: “substancia”, “naturaleza”, “forma”, “accidente”; San Ambrosio interpretó la virginidad de María como “pureza sexual” en medio de un imperio decadente; y Pío IX proclamó la infalibilidad papal justo en el siglo en que la Iglesia se volvió verdaderamente universal y se veía forzada a volverse hacia Roma en aras de unidad y hacia el Papa en aras de un gobierno efectivo… Es decir, que lo mismo que tenía por cierto San Pablo, lo creían Nicea y Ambrosio y Pío IX, y lo mismo hacemos nosotros.

Tenemos, no obstante, el privilegio de contar con nuevas herramientas, además del deber de responder a nuevas preguntas, producto de nuevas circunstancias. Al igual que cuando se redactó el Nuevo Testamento, Jesús sigue siendo hombre y Dios, mas hoy día, después de Darwin y Freud, nada nos dice la “consubstancialidad” acerca de qué significa ser “hombre”. María sigue siendo virgen, a pesar de la revolución sexual haya echado por tierra el patriarcado y el puritanismo —de lo que podría acusarse a Ambrosio—. El decreto de infalibilidad del Vaticano I sigue en pie, por más que el Vaticano II haya insistido en que en el conjunto de los obispos, incluido el Papa, reside dicha infalibilidad.

Los dogmas cristianos, durante veinte siglos, más que permitirle al creyente reposar en los laureles de su fe, lo han empujado a encarar su presente, a releerlo a la luz del pasado y proyectarlo al futuro. Más que doctrinas petrificadas, han sido verdades vivas, causas de peregrinación y motores en la búsqueda de Dios, del Dios que se ha revelado de tal forma que lo mueve a descubrirlo con todas sus fuerzas, incluida, desde luego, la razón.

por G. G. Jolly