Los doctrineros vistos por José Félix Zavala

Junto a la espada la cruz.
La guerra justa
para la salvación de los vencidos

Los Doctrineros y el Estado

José Félix Zavala

“En el recién año de 1554, querían quitarnos el mando, la administración, lo que nos dejaron nuestros padres, nuestros abuelos, que fuera entregado a los españoles”.

Carta en nahuatl dirigida a Carlos V por un grupo de indios notables,
encabezados por el hijo de Moctezuma, Pedro Moctecutzoma Tlacahuepantzin.
Archivo General de indias, en Sevilla, Audiencia de México. Legajo 158.

Las grandes órdenes mendicantes, franciscanos, dominicos, agustinos, independientemente de los obispos, bajo privilegios del Papa y del Estado Español, realizaron la llamada “Conquista Espiritual de México”

En tan solo cincuenta años, a partir de la famosa llegada de “los doce”, en 1524, al frente de estos franciscanos, Fray Martín de Valencia, los dominicos en 1526 y los agustinos en 1533, y hasta la entrada de los jesuitas en 1572, lograron la consolidación de la Iglesia Española en México, con un método ecléctico, basado principalmente, en lo espontáneo, lo intuitivo y la sustitución.

Fue una Iglesia de Estado, la de un monarca y ministros extranjeros aplicada a la comunidad mesoamericana, fue una iglesia colonialista, cuya génesis influye desde entonces en la nación mexicana.

Las palabras y las acciones de los misioneros o frailes, conocidos como “Doctrineros”, no fueron inocentes o de buena fe, su actuar tuvo dos propósitos bien definidos y que se ven claramente a la distancia del tiempo y en su resultado y trascendencia histórica: La conquista del nuevo mundo y la fundación de la Iglesia de Estado.

La corona española, por los años de 1550, expidió provisiones reales para la fundación de ciudades y estableció presidios, con la esperanza de sofocar el conflicto sangriento, entre los indios y los españoles.

Querétaro fue una de estas primeras poblaciones, ubicada al oriente del bajío, lo mismo lo fue San Miguel El Grande, Pénjamo, Guadalajara, Aguascalientes, León, Celaya, entre muchas.

Querétaro, además de ser el centro político de la región, era el centro espiritual, dependiente del Arzobispado de México. Los frailes franciscanos, hacia 1580, eran muy influyentes en la ciudad y ejercieron el ministerio, sin ninguna competencia hasta el año de 1607.

Esa voz frecuente en “defensa” de los indios, era en términos generales, una disputa interna entre las distintas órdenes religiosas instaladas en Mesoamérica, era una disputa entre los militares y civiles, contra los frailes, por el control y usufructo del indio o para mantener un poder real de privilegio en América, que fuera reconocido en España.

¿Conque derecho y conque justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios?. Diría Betanzos, Las Casas y Vittoria. Esta era la interrogante de lucha, la respuesta y la justificación de sus acciones.

Ante esa fuerza dominante, se reforzaron los mecanismos de defensa y estrategia de resistencia de los pueblos mesoamericanos.

Al ser destruidos sus códices, apelan a la tradición oral, sistema de conocimiento, bajo dominio de esta civilización, amenazada de muerte.

Los recuerdos de la memoria “ladina” solo pueden ser abordados en un clima de permanente suspicacia, de antemano hay que recordar que no encontraremos en ellos al indio, como realmente fue o como él se interpretaba así mismo.

Vemos su rostro reflejado por un espejo, mejor dicho por miles de espejos y estos además, borrosos y rotos. Por esta razón cualquier acercamiento de las fuentes escritas será siempre muy relativo.
Jan De Vos

En el período histórico de nuestra patria, conocido como “La Colonia”, del año 1517 al de 1821, la violencia fue la única forma de relación posible entre los indios y los europeos. Los primeros 50 años fueron los de mayor agresión contra las formas de concepción religiosa y la civilización de ese mundo desconocido para Europa.

Violencia y colonización, fueron los sinos, donde la Iglesia tuvo un desempeño de importancia, superior al del mismo ejercito español, lo fue de principio a fin de la colonia y más especialmente de 1523 a 1572, con los frailes al frente.

Inició, esta parte nefasta de la historia de la humanidad, cuando en menos de un lustro, Hernán Cortés y 500 hombres, habían conseguido anexar a España, a costa de crueldades y proezas, dos grandes imperios y una docena de señoríos, en un territorio más extenso y con la misma población que la península Ibérica, bautizándolo con el nombre de Nueva España.

Entre 1524 y 1546, se trasladaron de España a América, más de cinco mil peninsulares, entre frailes, campesinos, pastores, artesanos e hidalgos.

El Papa Alejandro Vl, cedió a España, en 1493, “todas las islas y tierras firmes que se descubrieren hacia el Occidente y Mediodía… para reducir a los habitantes y naturales de ellas, a la fe católica… premiando las cruzadas con oro, cosas aromáticas y otras muchas cosas de gran precio”

El monarca español Carlos V, fue para la historia, un personaje decisivo en la mundialización del poder y su práctica, empleando la religión y la cultura judeo, árabe, cristiana, para ejercerlo.

A modo de ejemplo, el emperador Carlos V, testificó en 1555, que franciscanos, dominicos y agustinos, habían hecho mucho fruto en la conversión de los indios.

Esta proeza se había conseguido por “la gran capacidad de matar” del invasor español, aunado a su superioridad militar, basada en caballos, perros de caza, armaduras, cascos, espadas y lanzas de hierro.

En la hazaña de la invasión de Europa a América, los misioneros, son una opción distinta, solo una modalidad en el ejercicio constante de la dominación, donde al indio se le eterniza como menor de edad, digno de tutela permanente y su alma tiene que ser salvada a como de lugar.

Por 1558, el monarca español, manda hacer la guerra a los Lacandones porque destruyeron 14 pueblos de los cristianos, mataron a muchos y profanaron la religión.

Era el enfrentamiento de dos mundos desconocidos entre sí, con dirección distinta, los habitantes de Mesoamérica, con un marcado sentido comunitario milenario, contra el pensamiento europeo, con bagaje de individualismo a ultranza, en constante avance.

Muchos frailes regresaron a Europa, dejando los hábitos y enriquecidos, después de pocos años de permanencia en Mesoamérica

Existe una “Constitución” del Papa Gregorio Xlll, del 14 de mayo de 1578, donde se documenta que frailes franciscanos del Perú y Nueva España, colgaron los hábitos para regresar como seglares a España, después de haber trabajado para enriquecerse.

La defensa de los naturales, por parte de los frailes, obedecían en la gran mayoría de las veces, al requerimiento que éstos tenían del indio y se valdrán de un control afectivo de estos, para que sean su fuerza de choque contra sus oponentes peninsulares y además, los indios serán sus tributarios y la fuerza de mano de obra para sus edificaciones.

Se va conformando el Estado, como categoría jurídica y como forma de control occidental, según el avance de la invasión española en Mesoamérica, donde los doctrineros llevan la mano.

Comienza la invasión a Mesoamérica, por el año de 1517, al frente está Francisco Hernández de Córdoba, después en 1518 llegará Juan de Grijalva, enseguida Hernán Cortés, en 1519 y para terminar con las invasiones, se da la de los tres Franciscos, Los Montejo, en 1527 y las expediciones de Nuño de Guzmán, a partir de 1530.

Al caer la ciudad de Tenochtitlan, el 13 de agosto de 1521 y con ella, el derrumbe de la civilización mesoamericana, entran en disputa por los territorios invadidos, los militares, la corona de España, los encomenderos y los frailes.

En esas circunstancias, el Estado empieza a tener formalidad y acciones, primero con Hernán Cortés, que a partir de 1522, se nombra Gobernador, Capitán General y Juez.

Da un paso adelante el absolutismo monárquico, al crear El Consejo de Indias, órgano superior de gobierno, puesto por Carlos V y sus secretarios.

Se va personalizando mas exactamente el concepto de Estado, cuando el rey de España, después de pasar por el régimen de “Jueces”, Luis Ponce de León y Marcos de Aguilar, en 1527, nombra la Primera Audiencia, integrada nefastamente por Nuño de Guzmán, Maldonado, Parada, Matienzo y Delgadillo,

La Segunda Audiencia, muy distinta en nombres y actitudes a la primera, se impone y se formaliza el concepto de municipio para la organización civil y se allana la entrada al régimen virreinal, en esta participa Vasco de Quiroga.

Llega esta nueva forma de gobierno y de presencia del Estado, en la persona del primer virrey, en 1535, es Antonio de Mendoza, quién impulsa definitivamente, como política de Estado, la llamada “Conquista Espiritual”.

Esta política había comenzado a vislumbrarse, desde la llegada de Hernán Cortés, quien pide a España el envío inmediato de sacerdotes, “de gran honestidad y religión”, sosteniendo sin contradicción alguna, que el propósito principal de la venida a estas partes “era la de ensalzar y predicar la fe de Cristo”, lo sostiene destruyendo ídolos y templos a diestra y siniestra.

En 1523 llega Pedro de Gante, Juan de Tecto y Juan de Ayora, como los primeros tres frailes franciscanos, mandados a la conversión del nuevo mundo.

La acometida, por parte de España a Mesoamérica, es bélica, política, económica y religiosa. La invasión religiosa, será su mejor arma y la más feroz, es conocida como “la evangelización”, dándose, mas bien, muy basta que profunda.

Este marco de creencias, fue aceptado, por los indios, algunas veces como compatible con el propio cuerpo doctrinal mesoamericano y otras, como una máscara obligatoria y defensiva.

Los frailes se impusieron en su acometida contra Mesoamérica, tareas pre establecidas, tales como el conocimiento de lenguas y costumbres, extirpar la idolatría, defender a los encomenderos, construir iglesias y conventos, urbanizar y abrir talleres y escuelas.

Partiendo pues del entendido de que eran idólatras y bárbaros, debían perder toda su organización social. Era necesario destruir todas las cosas idolátricas, sobre todo los edificios y aún las costumbres de estas repúblicas, que estaban mezcladas con ritos de idolatría y acompañadas con ceremonias y supersticiones, por tanto fue necesario desbaratarlo todo. Tal era el pensamiento de los misioneros ante la civilización Mesoamericana.

Antes que el gobierno civil quedara debidamente establecido por España, en las tierras americanas invadidas, quedó organizada la Iglesia, creándose los obispados de Tlaxcala en 1526, el de México en 1530, el de Oaxaca en 1531, el de Chiapas en 1539.

Con certeza se sabe que para 1540 ya había en Mesoamérica, por lo menos cien frailes.

Los franciscanos para 1535 habían fundado la Provincia religiosa del Santo Evangelio de México y para 1565 la de San Pedro y San Pablo de Michoacán.

Los frailes agustinos, fundaron la provincia del Santo Nombre de Jesús y los Dominicos, la de Santiago Apóstol en 1532 , la de San Vicente Ferrer en 1551 y la de San Hipólito en Oaxaca en 1563.

“Sigo ocultando mi identidad como indígena, sigo ocultando lo que yo considero que nadie sabe”

Los misioneros no eran religiosos ajenos a la política de la corona española, sino agentes del gobierno que llegaron con todo el poder del Estado, en contra de los encomenderos y en contra de los primeros conquistadores.

Los doctrineros fueron los que realmente ayudaron a la corona española a establecer el régimen colonial en América.

Los doctrineros, desde un principio trataron de introducir un modelo de civilización, muy diferente al modelo civilizatorio que funcionaba en Mesoamérica, desde hacía, ya para entonces, más de 2500 años.

Para la civilización prehispànica, formada básicamente por población sedentaria y agrícola, la divinidad no esta en el cielo, ni siquiera en la tierra y no es padre, sino madre. Su marco teológico, su cosmogonía, su religiosidad, es diferente al catolicismo español.

La asimilación de este y otros nuevos conceptos, les llevó a los habitantes originales de América, por lo menos cincuenta años.

Después vino la apropiación de parte de los conceptos de la cultura católica y la formación de una nueva religión, que ahora se practica entre los indígenas y el pueblo mexicano en general y a la que he llamado desde hace treinta años, “La Costumbre” o como la llama la Iglesia en la actualidad, “religiosidad popular”.

Los cambios ideológicos dados con la llegada de los doctrineros, a América, fueron de repercusiones sociales terribles, en contra de quienes no los aceptaran, por lo que los indios necesitaron de tiempo para hacer sus reajustes.

Los europeos y en especial la iglesia, patentiza América, por lo que el indio pasa a ser deudor de su propio ser, de tal suerte que el indio es inocente ante sí mismo, al verse invadido y se vuelve culpable y demoniaco ante Europa.

Es importante tener en cuenta, que el Indio y el español se desconocían mutuamente,. El mundo europeo caminaba entonces en dirección contraria al mundo del indio americano.

Todo bruto o planta degeneraba en aquella tierra sombría. Mientras los hombres apenas se diferenciaban de las bestias. Llenos de vicios y defectos físicos, apenas si lograron una vida en común, mezquina y rala, propia de su naturaleza salvaje. Dicen los frailes al rey de España. (Entre lobos y corderos. E. Arroyo)

El mesoamericano se siente destruido en su mundo propio y acorralado por un saber extraño, ve desdibujarse la vía abierta, que era su propia civilización, adquirida en más de tres mil años y solo encuentra como camino de supervivencia la necesidad de la asimilación de la doctrina propuesta.

El doctrinero o el europeo, más propiamente dicho, juzga al indio, según su legislación, no lo introduce a ella, sino que de entrada es infractor.

El indio y su cultura, según el invasor, es víctima de un engaño y la sentencia de Europa, al delincuente o infractor, es, aún en forma involuntaria, expiar su culpa, con la conversión a la religión católica, con la destrucción de su propia cultura y en el renacimiento a la de Occidente.

El doctrinero, usa una doble formalidad para la ejecución de la sentencia dictada por Occidente contra Mesoamérica, por un lado les brinda amor y protección, tutela permanente, mientras por otra parte, le da su desprecio y una condena a la violencia, sin derecho a ser escuchado y lo que es peor aún, sin derecho a una defensa de su propia cultura milenaria.

El indio se enfrenta a un juicio, donde el código no es común para las partes, sino es, por el contrario, el código del adversario.

La justificación a este proceder, es la lucha contra los idólatras a nombre del rey, patrono de los indios y por la decisión del Papa. Es una guerra justa para la salvación de los vencidos.

Se debe recordar, desde un principio, que los indios son vasallos del rey, y por los intereses del Estado, la violencia ejercida contra ellos, por doctrineros, encomenderos o la autoridad, es justificable

La respuesta del indio a tanta violencia en su contra, como fueron, las epidemias, los traslados masivos de lugar, la pérdida de tierras, las congregaciones, el tributo, el trabajo obligatorio, en minas y obrajes, se manifiesta en los suicidios colectivos, en la abstinencia sexual, el aborto sistemático, las guerras y guerrillas, el invasor responde a la resistencia, con castigos corporales, ejecuciones o “premios”, a quienes se sometan voluntariamente.

La violencia como condena a la transgresión de la ley occidental, es llevada acabo con tanta sutileza por los frailes, que llegan con el conocimiento de la cultura prehispànica a adentrarse en la vida íntima de las comunidades indígenas, interviniéndolas para reorganizarlas hasta en mínimos detalles privados.

Los frailes o doctrineros, no tienen la capacidad o la conciencia de entender a la sociedad religiosa formalmente establecida y profundamente arraigada en el indio y es por lo que fracasa la evangelización, en cuanto al fondo y se crea “la costumbre”, una nueva forma de religiosidad adaptada por el indio.

La Costumbre es un sistema holístico, donde todo se integraba, junto con una gran disciplina y cohesión social. La Costumbre lo era todo. Las comunidades lograron integrarse en torno a esta costumbre, en la que obviamente lo religioso era lo fundamental, pero en la que también funcionaba, lo económico, lo político, todo.

Los misioneros o los primeros doctrineros, atentaron de inmediato contra la cultura mesoamericana, destruyendo los códices o libros y los que entonces escaparon fueron destruidos años después. Ejemplos sobran, como la destrucción de la biblioteca del palacio de Netzahualcoyotl, en Texcoco, la de la gran Tenochtitlan, por Zumárraga, la de Yucatán con el Obispo Landa.

La cultura queda por este motivo, desde el punto de vista documental, trunca para el fuereño o extraño y hermética para los indios, quienes esconden sus auténticos y verdaderos sentimientos, sus motivaciones reales, es decir se produjo un proceso de introversión colectiva.

Desde entonces se da una compleja cadena de mal entendidos, que se produjo desde el primer encuentro entre europeos y americanos y que aún no concluye.

Nadie sabe ni siquiera un antropólogo o un intelectual, por más que tenga muchos libros, distinguir nuestros secretos.
Rigoberta Menchú

Los habitantes inmemoriales de estas tierras fueron reducidos, sin excepción, a la condición global de indios, expresándose así su condición a una raza distinta de la europea e indicando su condicionamiento obligado, el de servir al pequeño pero poderoso grupo de nuevos amos.

Se logró sobrevivir como raza, gracias a una complicada red de resistencia, zonas de refugio y negociaciones, pero sin dejar el estigma social de indios, hasta la fecha.

La carta fuerte desde Hernán Cortés, hasta bien entrado el siglo XVll, fueron los frailes franciscanos, dominicos y agustinos, a quienes la corona usó como sus bastiones en el dominio del llamado Nuevo Mundo, otorgándoles innumerables privilegios.

Su influencia y adoctrinamiento eran decisivos para la explotación de los recursos, principalmente el oro y la plata, como para el dominio de los conquistados. Era la cruz vuelta espada, era el Estado con forma teocrática.

En los primeros cincuenta años de estancia de estos religiosos en América, se destruyeron todos los templos y ciudades al alcance de los misioneros.

Los cultos a los “ídolos”, pasaron a “Atrás de los altares”, los códices y su organización social desaparecieron y con la política de congregar para salvar, poblaron al antojo y conveniencia de la corona, las ciudades granero, las ciudades mineras, las ciudades políticas y la puebla de españoles.

La violencia contra el indio fue tal que la junta eclesiástica de 1539, se vio obligada a prohibir que los frailes apresaran y azotaran a los indios.

Detrás de la autoridad de los frailes estuvo muy pronto El Santo Oficio, la inquisición, establecido por primera vez en 1536 y en forma definitiva en 1571.

El Concilio de 1555, prohibió la ordenación sacerdotal de indios, negros y mestizos. Es importante tener en cuenta, que la evangelización, fue meramente superficial, no causó la raíz esperada por la corona y la Iglesia.

A partir de la llegada de los Jesuitas a México en 1572, empieza más formalmente, la decadencia de los frailes o de las órdenes mendicantes, en cuanto a su poder político se refiere, en la llamada Nueva España.

Se comienza la secularización de las parroquias y diócesis. Se dan rivalidades, mas igualitarias, entre los obispos y los religiosos, por los indios, los diezmos, las capellanías, las parroquias, los territorios y las dificultades, por territorios, diezmos y otros frutos de conquista, entre las diferentes órdenes mendicantes.

Los indios comienzan la lucha contra la religión impuesta, pero no pueden rebelarse por la fuerza, ni por el razonamiento y comienzan un proceso distinto y novedoso de resistencia, por la apropiación.

La Iglesia es una iglesia extranjera, dirigida por extranjeros y donde los indígenas son considerados católicos de segunda o tercera categoría.

Son los religiosos quienes mantienen grandes haciendas y latifundios, quienes emplean a los indios para construcciones costosísimas en vidas humanas por su magnitud.

Es la Iglesia la que desde el principio y hasta el final de la colonia española en Mesoamérica, se mantiene como una institución fundamental para el control sobre los indios.

Todos los esfuerzos de buena fe emprendidos por los religiosos, como El Colegio de la Santa Cruz de Tlaltelolco, las instancias ante la corona de Fray Domingo de Betanzos, los alegatos de Fray Bartolomé de las Casas, los escritos y rescate enciclopédico de Fray Bernardino de Sahagún, entre otros muchos, estuvieron condenados al fracaso.

Los doctrineros de México amaron a los indios, pero los amaban como se ama a los niños o como algunos padres aman a los hijos pequeños y no se resignan a verlos crecer. Los indios no tenían derecho al titulo de gente de “razón”.

Los misioneros impidieron el conocimiento del español a los indios, lograron como lengua franca, el nahuatl, lengua que ellos dominaron, y esta causa los aisló del desarrollo, que los colonizadores fueron teniendo durante trescientos años y cuando los misioneros faltaron, se quedaron sin intermediarios.

Los doctrineros franciscanos se enfrascaron en dos corrientes contrarias para la evangelización de los indios.

Una encabezada por Fray Bernardino de Sahagún, con tendencia al estudio científico de la etnología y una clara preferencia hacia la civilización mesoamericana.

Otra la de los frailes encabezados por Escalona, más dados a la vida apacible de los conventos y a un trabajo rutinario en la prédica de la doctrina cristiana entre los indios.

La recuperación del pasado prehispánico es indispensable para la reconstrucción de la historia de México, recuperación que principalmente se podrá hacer con la transmisión oral como fuente verdadera.

Diría Enrique Florescano, que la memoria indígena, no solamente se omite, sino se combate y esto impedirá la reconstrucción del conocimiento humano en el llamado nuevo mundo.

El mexicano debe romper el modelo del historiar europeo, acerca de América, debido a la violencia, conque se trató de destruir nuestra civilización.

Debe cambiar su modelo de historiar, sobre todo en cuanto a documentos de época se refiere, durante la invasión europea, ya Que. la mayoría de ellos son relatados desde una concepción parcial y utilitaria.

Debe cambiar porque la resistencia indígena se basó fundamentalmente en la transmisión oral del conocimiento humano de esta parte del mundo y sus logros.

Por lo tanto la resistencia indígena se ha orientado a la conservación de los espacios de cultura propia, que ha llegado a mantener por medio de ” la costumbre “, sistematización de la reafirmación periódica de su existencia grupal.

Los alimentos siempre al alza

Crisis alimentaria: debate sobre dinámica de precios

Alejandro Nadal

Según la FAO el aumento en los precios de alimentos en diciembre del año pasado superó el nivel de junio de 2008. Ese verano los espectaculares incrementos provocaron protestas en muchos países, incluyendo México, Filipinas, India y Egipto. En 2009 los precios retornaron a cierta normalidad, pero en 2010 recuperaron su tendencia alcista. Estos aumentos tienen graves consecuencias para millones de personas y para la economía mundial.

Paul Krugman ofrece dos explicaciones sobre el tema. Primero, la reducción en la producción agrícola por el mal clima. Segundo, el crecimiento de la demanda en China. El segundo factor lo descartamos rápidamente: China es prácticamente autosuficiente en todos los alimentos, con excepción de la soya. Pero las importaciones de este producto no pueden explicar los aumentos de precios internacionales de todos los productos alimenticios.

¿Qué hay del mal clima? Es cierto que la producción mundial de granos se redujo 2.6 por ciento entre 2008/09 y 2010/11. La sequía e incendios en Rusia (seguidos del embargo a las exportaciones de trigo) causaron el retiro de 20 millones de toneladas del mercado mundial de ese grano. ¿Cómo se compara eso con el desvío de maíz para la producción de biocombustibles?

En 2007 Estados Unidos fijó la meta de producir 36 mil millones de galones anuales de etanol para 2022. Por eso hoy 40 por ciento de la producción de maíz en ese país, unos 108 millones de toneladas, se destina a los digestores de etanol. Eso explica por qué las reservas de ese grano en Estados Unidos han descendido al nivel más bajo desde 1995.

Las políticas de apoyo a los biocombustibles en Estados Unidos y la Unión Europea provocaron el retiro de 250 millones de toneladas (equivalentes) de cereales del mercado mundial en 2010. Es claro que el aumento de precios de los alimentos se debe más al desvío para producir biocombustibles, sobre todo en Estados Unidos, principal productor mundial, que al mal clima.

¿Qué hay de la especulación financiera? Se dice que la desregulación de los mercados de futuros y de productos básicos (los llamados commodities) abrió las puertas a los capitales especulativos y condujo a distorsiones en los procesos de formación de precios. Nuevamente Krugman levanta objeciones y señala que para que los precios corrientes se vean afectados por la especulación en los mercados de futuros (de granos) tiene que existir acaparamiento. Como no existe evidencia de esto en la información sobre inventarios, Krugman desecha la especulación financiera como causa de los aumentos de precios en alimentos.
Yves Smith (www.nakedcapitalism.com) señala con razón que la información sobre inventarios dista mucho de ser transparente. Pero la réplica a Krugman más sólida ha sido formulada por Timothy Wise (en www.triplecrisis.org) al recordar que hoy en día los mercados de commodities están abrumados por la actividad de los especuladores. Las transacciones de derivados en estos mercados superan los 9 mil millones de dólares anuales, de los cuales 85 por ciento corresponde a transacciones fuera del control de las agencias regulatorias. Es decir, la proporción de especuladores a operadores comerciales (con intereses que se consideran legítimos en esos mercados) es de cuatro a uno.

Krugman es prisionero de su visión neoclásica sobre el proceso de formación de precios en un mercado de futuros estándar. La realidad es que la proliferación de instrumentos derivados conduce a esquemas en los que la entrega del producto puede postergarse indefinidamente. No es necesario recurrir al acaparamiento físico para manipular los precios. Los especuladores pueden evitar las molestias del manejo físico de granos, porque lo único que hacen es acumular contratos a futuro extendiendo continuamente las fechas de vencimiento.

Wise también confirma lo señalado en el informe del relator especial de Naciones Unidas sobre el derecho a la alimentación (www.srfood.org): los fondos de inversión en commodities son el principal vehículo de la especulación en los mercados de futuros. Y como su composición incluye productos como el petróleo, los aumentos de precios en este último actúan como incentivo adicional para el capital especulativo, independientemente de los indicadores fundamentales en los mercados de granos.

Dos conclusiones se desprenden de lo anterior. Primero, la política energética no debe competir con la producción de alimentos. Para los biocombustibles, otras fuentes de biomasa deben ser utilizadas. Segundo, urge la re-regulación profunda de los mercados de futuros y de commodities, restringiendo el acceso y los montos de las posturas en cada contrato.

Los aumentos de precios tendrán repercusiones importantes. Los estratos de ingresos más bajos destinan hasta 70 por ciento del ingreso para adquirir alimentos. Hambre y desnutrición provocan unos 30 mil muertos cada día en todo el mundo. Diariamente un tsunami de muerte y desolación, producido por un modelo económico cruel y rapaz.

http://nadal.com.mx

Javier Sicilia habla en el Zócalo de la ciudad de México

EN EL ZÓCALO

Javier Sicilia

Los espantosos asesinatos de mi hijo Juan Francisco Sicilia Ortega, de Luis Antonio y Julio César Romero Jaime, y de Gabriel Alejo Escalera, han llenado de indignación y de dolor a la ciudadanía de Morelos y de la nación entera. Sus nombres, sus historias y sus sueños destrozados, que el amor de la ciudadanía sacó a la luz pública, ha hecho posible que se pusiera también nombre, historias y sueños a otros miles de muchachos asesinados y criminalizados por la violencia que se ha apoderado del país, de sus instituciones y de la imaginación del narcotráfico y de esa mal llamada clase política. Hasta antes de ellos, con algunas excepciones, esos muertos eran, como lo dije delante de las casa del ejército y de la justicia, simples cifras, simples abstracciones, bajas colaterales o criminales, “escorias”, como estúpidamente se les ha llamado. A partir de ellos, esas cifras son lo que siempre han sido y siempre deberán ser: vidas humanas cegadas y familias destrozadas, dolor que día tras día se ha ido acumulando en los corazones de todos los ciudadanos de este país. Juan Francisco Sicilia Ortega, Luis Antonio y Julio César Romero Jaime, Gabriel Alejo Escalera, no sólo son desde que los encontraron asesinados el nombre de todos esos muertos anónimos cuyos casos se encuentran en los archivos de las procuradurías y del ejército y en la desmemoria de nuestros gobernantes, son también el nombre de nuestros muchachos vivos, de nuestra juventud que corre el mismo peligro y a quienes no estamos dándole la vida que merecen. Porque mientras los pocos muchachos –cada vez menos– que pueden alcanzar un alto nivel educativo, carecen de empleo, son subcontratados o subpagados y están en peligro de ser asesinados como fueron asesinados nuestros hijos, los muchos otros que no pueden siquiera acceder a la educación y a la cultura, ni siquiera a un empleo subpagado, se encuentran a la deriva, con el horizonte roto, seres humanos que están o pueden ser reclutados por el crimen organizado para matar y terminar también asesinados.

No hablo de una fatalidad. Es lo que hemos construido con la corrupción de las instituciones, con el desgarramiento del tejido social, con la mezquindad de los pleitos y los intereses políticos que sólo buscan enriquecerse con la desgracia, el temor y la simulación; eso es lo que hemos construido cuando decidimos desalojar las virtudes de la educación y decidimos que sólo el dinero, la producción desmesurada, la competencia y el consumo sin límites serían nuestros dioses; eso es lo que hemos construido cuando hicimos del egoísmo y del enriquecimiento una virtud y arrojamos las riquezas de la cultura, de la educación, de la amistad, de la convivencia y de la solidaridad al terreno de las cosas inútiles.

Cuando los seres humanos tienen que levantarse día con día para hacer vivir a sus hijos con salarios miserables y saber que quizá no regresarán porque nuestras autoridades no están haciendo lo correcto; cuando los criminales, a fuerza de impunidad, han perdido sus códigos de honor; cuando, por lo mismo, deben vivir de lo que los católicos llamamos la esperanza en Dios, porque los gobernantes y los empresarios no pueden darle ya a sus compatriotas una esperanza humana, que es la sombra de la esperanza de Dios, cuando esto sucede, y es lo que está sucediendo, es señal de que empezamos ya a habitar en el infierno.

Desde que mi hijo Juan Francisco y Luis y Julio y Gabo fueron asesinados, sentí a cada uno de los muchachos y muchachas, y a cada niño y niña de esta nación como miembros de una misma familia –mi familia, mis hijos– que debemos cuidar para que sus sueños no se conviertan en la pesadillas que desde hace tiempo ha comenzado a invadirlos. No podemos permitir más que un muchacho, una muchacha, un niño o una niña sean asesinados. A ellos, los jóvenes de esta nación, que saben usar las redes sociales del espacio cibernético, le pedimos que se convoquen, que se unan, que salgan a las calles y que recuerden que desde siempre las juventudes han movido montañas y le han devuelto la esperanza a la humanidad, como lo vemos hoy en otras latitudes. Aduéñense del presente y decidan el destino y la nación que ustedes quieren.

Cuando sucedió esta desgracia yo no me encontraba en el país y ustedes, que están aquí y a los cuales les agradecemos infinitamente, tomaron, como hermanos, mi causa que es la de todos. Ustedes también tomaron por mí y por los demás padres de familia que estaban sin voz la responsabilidad de exigirle al gobierno de Marco Antonio Adame –un gobierno hasta ahora omiso– el esclarecimiento de los crímenes que debe darse a conocer hoy.

Hasta el momento sólo se nos ha informado que se han identificado a dos de los asesinos, que se han girado las órdenes de aprensión para ellos, pero que los asesinos aún permanecen libres y que se desconocen los móviles de este asesinato irracional. Eso no nos basta. Por ello he decidido quedarme aquí en un plantón en esta plaza, delante de las ofrendas que han levantado por nuestros hijos, junto con todos aquellos que quieran acompañarme, y en oración, hasta el miércoles 13 de abril. Es el último plazo que le damos al gobierno de Marco Antonio Adame y de Felipe Calderón para que frente a nosotros, frente al pueblo de Morelos y el país entero, presente ante la justicia a los asesinos de nuestros hijos y a sus cómplices. Durante este plantón haremos lo que el gobierno y las mafias no hacen: escuchar a la inmensa mayoría de la gente. Para ello crearemos en ese mismo plantón un espacio de diálogo ciudadano donde debatir la manera para detener esta absurda guerra en la que la inmensa mayoría de los muertos los ha puesta la sociedad civil y para idear las acciones que construyan la paz con justicia en nuestra nación. Queremos que sea la opinión y la reflexión colectiva de toda la sociedad civil mexicana la que diga cuál será el próximo paso en esta lucha. Por ello invitamos a todo el pueblo de todas las edades y condiciones sociales a expresarse en el plantón y a través de un twitter llamado “@mxhastalamadre”. El miércoles 13 de abril, plazo que le hemos dado al gobierno estatal y federal para presentar a los asesinos, anunciaremos, en un acto público, las acciones que la sociedad civil propone. Los gobernantes deben de entender que son nuestros representantes, nuestros servidores, y que si son inútiles e ineficientes deben irse sean del partido que sean y de la ideología que sea. Un gobierno, como nos lo enseñó Gandhi, sólo existe porque lo aceptamos. Si les retiramos nuestro apoyo ¿qué queda de él?

Si no los presentan convocaremos a una marcha nacional en la Ciudad de México exigiendo la renuncia del propio gobernador y el alto impostergable a esta absurda guerra, en donde la inmensa mayoría de los muertos los ha puesto la sociedad civil. En el antiguo derecho romano existía una figura: el homo sacher (el hombre sagrado) cuyos crímenes el Estado no podía castigar, pero a quien cualquiera podía matar y quedar impune; un ser que al mismo tiempo que estaba excluido de todos sus derechos civiles era sagrado en un sentido negativo. Hoy en México todos somos de muchas maneras hombres sagrados, es decir, seres desnudos, carentes de protección política y susceptibles de ser asesinados por cualquiera. Hoy también, los ciudadanos que estemos en plantón en esta plaza somos más que nunca –como lo fueron mi Juanelo, Luis, Julio, Gabo, la noche en que los asesinaron, como lo fueron también los niños de la guardería ABC, los hijos de las madres de Salvarcar, que hoy nos acompañan, de Martí, de la señora Wallace, de Gallo, de Nelson Vargas, de tantos muchachos anónimos con la vida cegada y de los casi 40,000 asesinados de este país– hombres sagrados y desnudos. Lo somos porque las autoridades del Estado así lo han decidido con su ineficiencia y porque ante sus omisiones quedamos expuestos a la irracionalidad de los criminales que han perdido cualquier proporción y límite. Si alguien puede protegernos y custodiarnos en estos momentos son millones de conciencias que, gracias a los medios, están atentas a lo que pueda sucedernos.

Hace unos días –y estoy por terminar– leí en esta misma plaza el último poema que escribiré (dedicado a mi Juanelo) hasta que el cuerpo de este México desgarrado en sus inocentes resucite. Ese silencio poético no es, como muchos lo han interpretado, una claudicación, sino un grito. Hay silencios más profundos y significativos que la palabra que viene de él y en él se recoge.

Desde ese silencio poético donde la palabra aguarda hacemos un llamado a las autoridades del país, al Presidente de la República, al Congreso de la Unión, al poder judicial, a los Congresos locales, a los Gobernadores, a los Presidentes Municipales, a los líderes de los partidos políticos, a sus miembros, a los llamados poderes fácticos, a los sindicatos, a los jerarcas de las Iglesias, a los empresarios, a los capos y a las mafias de toda laya para que escuchen. Este silencio doloroso y terrible está gritando cuatro hermosas y profundas palabras: dignidad, paz, justicia y concordia. Ese es el grito que está en el latido de nuestro amado México, el grito de nuestros hijos a quienes la inmisericorde violencia les asfixió la palabra en los pulmones y el de los que estamos aquí, de pie, sembrando nuestra esperanza y gritando por ellos.

Javier Sicilia habla a los trabajadores de la PGR

A LA PGJEM y la PGR.

Javier Sicilia

Uno de los males fundamentales que tiene sumida a la nación en el dolor, en la muerte, en el miedo, en la desconfianza y la incertidumbre es no sólo la falta de una verdadera y sólida procuración de justicia en nuestro país, sino la corrupción que desde hace mucho tiempo se ha instalado en el corazón de sus instituciones. Esta obviedad que está en la mente, en la piel, en el dolor de los ciudadanos como una herida que no cierra, lleva cargando sobre sus espaldas no sólo casi 40,000 muertos, sino otros tantos miles de casos no resueltos por omisión, por comisión o por complicidad con el crimen. Los mejores de ustedes han tratado de sanear ese corazón fundamental para la vida de la sociedad. Pero se ha logrado poco. No sólo la mayoría de los casos quedan sin resolver y se archivan como si los sufrimientos y los agravios de seres humanos fueran sólo eso, casos, no vidas humilladas que piden la restitución de una dignidad perdida o arrebatada, sino que muchas veces también los asesinos que arrancan la vida de nuestros hijos salen de sus propias filas. Así lo expresó hace unos días el propio Procurador de Justicia de Morelos cuando en relación con la muerte de mi Juanelo, de Luis, de Julio y de Gabo, definió a sus asesinos como “personal que estuvo involucrado en instituciones públicas” y que pueden ser “policías, agentes ministeriales o militares”, para luego desdecirse por temor o compromisos con lo políticamente correcto.

Impartir justicia después de conocer la verdad de los hechos es probablemente la mayor responsabilidad que una autoridad puede tener. Cuando no se asume esta responsabilidad y, como ha sucedido a lo largo de décadas en esta nación, se conciente la impunidad, tenemos esta sociedad que alienta la violencia y debilita, como nos está sucediendo ahora, a todas las instituciones de la nación. Y sin justicia ni paz, yo les pregunto por todos los ciudadanos, ¿cómo se puede vivir?

Sabemos que en estos tiempos en donde por este consentimiento está desgarrado el corazón de nuestro país y se ha instalado en él la violencia irracional y el miedo, no es fácil ser un buen policía, un buen juez, un buen abogado, un buen fiscal. Sin embargo, no tenemos otra opción; ninguna otra opción. Si no tenemos policías, jueces, abogados, fiscales, honestos, valerosos y eficientes; si se rinden al crimen y a la corrupción, están condenando al país a la ignominia más desesperante y atroz.

Señor procurador de Morelos, señores procuradores de cada rincón del país, policías y miembros de los ministerios públicos cumplan con la justicia que no han procurado y que hoy les reclamamos. Sólo así tendrán de nuevo nuestra confianza y sabremos que no nos encontramos solos e inermes como hasta ahora nos encontramos. Reconozcan el lugar que tienen como pilares de esta casa que llamamos México

El dolor que nos ha hecho salir a las calles es, como se lo dijimos a las fuerzas armadas, al detenernos delante de su casa, no debe servir para sembrar el odio y fomentar el crimen sino para encontrar el amor, la paz y la justicia que perdimos.

Cumplan con su trabajo dignamente.

Javier Sicilia se dirige al Ejército Mexicano

A las Fuerzas Armadas de México

Javier Sicilia

Ustedes han sido siempre los custodios de la paz de la nación. Por ello, nunca habríamos querido verlos fuera de sus cuarteles más que para repeler una invasión extranjera o para ayudarnos, como lo han hecho siempre, en las catástrofes naturales. Ahora los han sacado a la calle para combatir lo que a las policías pertenece. No los queríamos allí, pero allí los han puesto, provocando con ello una escalada en la violencia al incitar al crimen organizado a enfrentarse a ustedes con armas más poderosas. Son ya cuatro años de guerra y lejos de disminuir, el consumo y tráfico de drogas ha aumentado, lejos de sentirnos seguros, nos sentimos con miedo y coraje ante la impotencia de verlos pelear en nuestras calles. Por ello les exigimos, como ciudadanos de esa patria que defienden y custodian todos los días, que no permitan que en sus filas anide el crimen y crezca la complicidad.

Muchos de los asesinos que hoy dañan a la nación de manera terrible en nuestros hijos e hijas, provienen de la deserción de sus filas. La crueldad con la que esos desertores actúan tiene un origen que debe ser revisado cuidadosamente y sanado dentro de sus instituciones para que la deserción no se repita ni los códigos de honor que deben ser parte de la educación de las fuerzas armadas no se traicionen nunca ni en ninguna situación.

Bajo el peso de los casi 40,000 muertos que llevamos a nuestras espaldas, en medio de las mal llamadas bajas colaterales que su intervención en esta guerra ha producido, en medio del horror y del infierno que parecen no tener fin, en medio de la inseguridad que se ha apoderado del espacio y del tiempo de nuestra nación hasta convertir los espacios públicos y las horas, en los lugares y las horas equivocadas, en medio de esta miseria, ustedes deben devolvernos la confianza de que realmente custodian a la nación y de que no debemos temerles cuando nos encontramos frente a ustedes.

Esa confianza, custodios de la patria, sólo podrá ser devuelta cuando ustedes dejen de mirarnos como meras estadísticas de guerra y cuiden las sagradas vidas de los jóvenes que son la vida de nuestra nación. Nuestros muertos, los muertos que llevamos todos en nuestro corazón a causa de esta absurda guerra, esos muertos que nos duelen, recuérdenlo bien, no son bajas colaterales, no son cifras, no son números en un expediente, no son abstracciones. Son seres humanos con un nombre, una historia, un rostro y sueños. Recuerden también que detrás de cada una de esas vidas cegadas hay padres, madres, hermanos, familias que como la mía y la de los muchachos que murieron también asesinados al lado de mi hijo Juan Francisco el 27 de marzo están amputadas y no podrán ya ser las mismas en la felicidad que merecían y les correspondía. Por ello, por ese dolor sin límite, hoy más que nunca el respeto a los derechos humanos debe obligarlos absolutamente a evitar esa tragedia que llaman irresponsablemente daños colaterales.

El dolor, custodios de la patria, que nos ha hecho salir a las calles y detenernos un momento delante de su casa es para finalmente decirles que el dolor no debe servir para sembrar odio sino para encontrar la paz, el amor y la justicia que perdimos.