La vida inútil de Pito Pérez vista desde la lectura de José Félix Zavala

J. Rubén Romero y Pito Pérez, La Vida Inútil.

!Cómo me da lástima el Diablo!

José Rubén Romero nació en Cotija, Michoacán en 1890. En Ario de Rosales, Luis Murguía Guillén, al darse cuenta de las tendencias literarias de José Rubén Romero, lo invitó a fundar un periódico, el que se llamó Iris y en el que se publicaron los primeros poemas de Romero, sin embargo, éstos no fueron reconocidos por el autor, después de que Murguía hizo las “correcciones convenientes.
– ¿Y de quién se escondía usted, señor Pérez?
– De usted, señor Prefecto, a quien no tenía el gusto de conocer, porque no me place la amistad con las autoridades, ni del ramo civil, ni del eclesiástico. Todos ofrecen castigarme en esta y en la otra vida y ninguna me brinda un pedazo de pan.
Su rica y fresca prosa quedó plasmada en su obra literaria: Desbandada, El pueblo inocente; Mi caballo, mi perro y mi rifle, La vida inútil de Pito Pérez, la más conocida y Rosenda
La vida inútil de Pito Pérez ya ha sido llevada al cine en dos ocasiones, siendo los protagonistas Manuel Medel e Ignacio López Tarso, respectivamente. Rosenda, fue protagonizada en el cine por Rita Macedo.
Los poemas de José Rubén siguieron apareciendo, lo que fue motivo de admiración y presunción de sus amigos, así como también, ser distinguido con el nombramiento de socio de un grupo literario de Morelia.
Para José Rubén Romero la distinción de que había sido objeto le llenó de gran satisfacción y lo menos que podía hacer era ir a Morelia, para conocer al presidente y demás socios del círculo literario.
El escritor en ciernes, tropezó con algunos obstáculos para ir a Morelia; el permiso de su papá y el dinero para el viaje.
No le fue fácil obtener el permiso y dinero paternos, pero finalmente emprendió el tan ansiado viaje: largas jornadas a caballo, para después abordar el tren rumbo a Morelia.
En el equipaje, Rubén Romero llevaba un traje color uva porque, según él, debía presentarse con toda propiedad a la recepción que le tendrían preparada; además, llevaba varios discursos muy pulidos para leer en el momento cumbre del evento.
Cuando José Rubén llegó al lugar de la cita, en el Ateneo, ¡OH sorpresa!, la sede del círculo literario era un tendejón y su presidente un joven desaliñado, común y corriente.
Encaramado sobre el cajón de maíz, Rubén Romero dijo varios de sus poemas, los que fueron acogidos con aplausos de entusiasmo por los poetas michoacanos, Alfredo Iturbide, Fidel Silva y Donato Arenas López.
Agua de las verdes matas
Tú me tumbas,
Tú me matas
Y me haces andar a gatas

Siendo prefecto su padre, José Rubén lo acompañaba en sus giras de trabajo y, particularmente en una de ellas, se entusiasmó mucho porque conocería el mar, sin embargo su imaginación superó a la realidad y retornó totalmente desilusionado.
La cesantía del padre, por meter en prisión a ladrones influyentes, condujo a la familia Romero a Sahuayo, lugar donde el joven poeta publicaría su libro Fantasía, libro del que no existe ejemplar alguno.
Al sobrevenir la revolución, sigue los pasos de su padre, persona prudente, incorruptible y honrada a carta cabal, y se une al maderismo.
El joven Romero sueña con ser un héroe, un caudillo, un general invencible pero la realidad es otra: pocos enfrentamientos por la simple razón de que el movimiento revolucionario es tan auténtico y legítimo que las tropas enemigas, con frecuencia se convierten en revolucionarias.
A Romero se le encomendó una misión en la que sí tenía que enfrentar riesgos: investigar si en Pátzcuaro el subprefecto de distrito, Salvador Escalante, contaba con partidarios o enemigos.
Para cumplir con dicha encomienda, José Rubén, se disfraza, espía, usa nombres falsos, esquiva a los posibles delatores, etc., y descubre que la gente es partidaria de Escalante.
Con el triunfo del movimiento maderista, José Rubén Romero fue nombrado receptor de rentas de Santa Clara del Cobre, sin embargo, con la usurpación de Huerta, los maderistas, entre ellos Romero, sufrieron una severa persecución en todos los rincones de la república.
Dicha persecución obligó al receptor de rentas a huir hacia la ciudad de México, donde, si bien fue cierto que pasaba inadvertido, también hubo de sufrir la soledad, el hambre y la miseria que lo decidió regresar a Michoacán.
“…el prestigiado poeta” y entonces responde: “Sí, soy yo, a sus órdenes.”, sintiendo que es reconocido y apreciado.
El acompañante casual, le ayuda con el equipaje hasta la puerta de su casa demostrando gran satisfacción por haberle podido ser útil.
Ese mismo acompañante, regresó aproximadamente dos horas después, pero con una escolta de soldados para llevarlo al paredón de fusilamiento.
Con el indulto en la mano, llegó el padre de José Rubén, cuando éste estaba a punto de ser fusilado.
De su participación en la revolución José Rubén Romero escribió: “Yo soy feliz. Tres cosas me ha dejado la Revolución. Tres cosas grandes, nobles, buenas: el zaino que relincha en la cuadra; el rifle, que vela mi sueño junto a la cabecera de mi cama, y un sobretodo nuevo, café, que sustituye a mi vieja tilma roja.”.
José Rubén Romero ocupó varios puestos oficiales, entre ellos: Srio. particular del gobernador de Michoacán, Pascual Ortiz Rubio; Inspector General de Comunicaciones, Encargado del Depto. de Publicidad de la Secretaría de Relaciones Exteriores, Rector interino de la Universidad de Michoacán, Cónsul General de Barcelona, Director del Registro Civil del D. F. Etc.
“Una vez, al calor de las copas, que era el clima más propicio para Pito Pérez, se organizó una timba, y Pito, por no dejar de beber de gorra, quedóse en ella como un simple mirón de la partida. Pero algún chivato dio el soplo a la policía, que se presentó de improviso y cargó con todos y con todo, como suele suceder, inclusive con Pito Pérez, a quien importábale un remoquete igual al suyo el ir a la cárcel.
Pito Pérez ha sido llevado a la pantalla grande. En el cine mexicano ha sido interpretado por Manuel Medel (La vida inútil de Pito Pérez y Pito Pérez se va de bracero), Ignacio López Tarso (La vida inútil de Pito Pérez) y por el polifacético Germán Valdez, Tin-Tan (Las aventuras de Pito Pérez).

Pito Pérez, el personaje en un último lance de su filosofía, al despedirse de este mundo, lega en su testamento:

…Para los ricos, sedientos de oro, la mierda que fue mi vida.
Para los pobres, por cobardes, mi desprecio, porque no se alzan y lo toman todo en un arranque de suprema justicia
¡Miserables esclavos de una iglesia que les predica resignación y de un gobierno que les pide sumisión, sin darles nada a cambio!

… pero del coraje de los humildes surgirá un día el terremoto y entonces, no quedará piedra sobre piedra

En La vida inútil de Pito Pérez, el autor nos presenta un individuo singular en extremo, que vive pegado a la botella, que le entra al infle con singular alegría y pasión.

Pito Pérez, al igual que su creador, nace en el estado de Michoacán; el primero en el poblado de Santa Clara del Cobre y el segundo en Cotija.

Es Pito Pérez un filósofo popular, que tras el aturdimiento del alcohol, tiene una lucidez extraordinaria. Individuo de lengua precisa y oportuna, Pito Pérez se burla de la vida, del amor, del diablo.

Viviendo con “La Caneca” (un esqueleto de mujer con quien comparte su humilde morada), Pito Pérez encuentra en ella al amor perfecto, amor exento de burlas y desprecios, amor evocador de las dulzuras extraviadas, amor de absoluta fidelidad, amor del bueno que escucha sus penas, amor sereno en su inmovilidad, amor permanente, sin reproches.

Pito Pérez va y viene, sin el Pérez- por los pueblos circunvecinos, regresa, emprende una actividad y otra, para finalmente volver a la pasión, que lo consume y satisface: la gran ingesta de alcohol.

Detenido en la cárcel del pueblo, Pito Pérez hace una escandalera, provocando una llamada de atención de la autoridad en turno, que grita:

-Asilencien ese Pito

Palabras más, palabras menos, surge el albur, cuando alguien desde dentro protesta y afirma:

-La autoridad lleva ya muchos días con el Pito adentro.

Pito Pérez sube y baja de la torre de una Iglesia, desde donde se devisa todo el poblado.

Es su lugar predilecto, alejado de las tonterías y la banalidad del mundo. Ahí se reúne con un individuo que lo escucha y valora, un catrín que paga su valiosa plática con la mejor moneda que el Pito puede recibir: chupe, alcohol, chínguere, guarapo, pegue.

El Pito bebe y deja que el cuerpo sienta lo que recibe.

No se queden con las ganas de tener al Pito… Pérez. Es la Literatura que divierte e ilustra, que nos acerca a lo nuestro, que indudablemente tiene su encanto.

Échenle una filosofada a estos tiempos y… ¡Salucita de la buena!:

“Cuesta trabajo perder el pudor, pero cuando uno lo pierde, qué descansado se queda, como dicen que dijo uno de los sinverguenzas más famosos de México.”

El amigo lector tendrá la curiosidad de averiguar el nombre del autor de la frase.

“¿Qué favor le debo al sol por haberme calentado, si de niño fui a la escuela, si de grande fui soldado, si de casado cabrón y de muerto condenado, qué favor le debo al sol por haberme calentado?”

La locura es la vida cuando la vida es dolor
Shakespeare
Una de las lecturas que más deja huella en la conciencia de José Rubén Romero es el Quijote, del que no sólo aprende sus primeras letras sino que también es para él lo que la Biblia para el cristiano.
El conocimiento del ser humano conceptualizado así, es el modelo que se apropia Romero, para expresarlo en su narrativa. Con razón dice McKegney que “hay una mezcla de humor y tristeza que llenan los libros de J. Rubén Romero”.
El desencanto, la amargura y la tristeza, en conjunción con la picardía, propician los extremos de emotividad en la obra romeriana; y La vida inútil de Pito Pérez es la novela más representativa de la polaridad emocional, por las diversas condiciones en que se ve involucrado el personaje y por su origen marginal.
Sin embargo, el intento de Romero por definir al ser humano sin basarse en explicaciones filosóficas, sino en el conocimiento que del hombre adquiere en su relación y trato con éste, es semejante a la idea de la locura trágica del siglo XV, “no tiene tanto que ver con la verdad y con el mundo, como con el hombre y la verdad de sí mismo que él sabe percibir”.
Esta concepción se aleja de la razón y se une a la apreciación sensorial propia de la “estulticia. Dejarse llevar por el arbitrio de las pasiones”, es decir, por el conocimiento no del “angosto rincón de la cabeza”, sino “del resto del cuerpo al imperio de los desórdenes”.
Hay concordancia entre algunos de los aspectos tratados por J. Rubén Romero, en La vida inútil de Pito Pérez y ciertas observaciones erasmianas; por ejemplo, la locura vista como la liberación del alma de “sus penosos cuidados” es semejante a la presentación que hace de la familia de Pito Pérez, la cual fabrica su propia existencia en un mundo imaginario donde encuentra la felicidad en comportamientos no concebidos en el mundo de los cuerdos.
Tales coincidencias no son casuales, dada la inspiración de Romero en el Quijote y la influencia decisiva de Erasmo en la Península Ibérica.
Menéndez Pelayo, por su parte, afirma que los críticos pierden el tiempo cuando intentan encontrar en Cervantes “ideas y preocupaciones de libre pensador moderno”, puesto que la verdadera filiación de éste se encuentra en la influencia erasmiana.
Antonio Villanova afirma que “la verdadera inspiración del Quijote de Cervantes procede del Elogio de la locura”.
Quizá por ello pudo crear a Pito Pérez, el estulto que divierte con la locura de sus actos, con las mentiras de sus relatos, con su comportamiento antiinstitucional; pero que también deprime con su despecho, burla, escepticismo, amargura y tristeza.
La vida inútil de Pito Pérez es la obra de J. Rubén Romero que, por el conjunto de emociones contrarias que vive el personaje y que transmite al lector, lleva a quien la lee, por el cauce de la locura representada por la “emoción que corre de la risa al llanto”.
Pito Pérez no se queda loco en la meditación de un planteamiento filosófico que desea resolver, ni en la lectura intensa que le impide comer y dormir, como don Quijote.
El aventurero que va por los pueblos de Michoacán haciendo alarde de la picardía del mestizo mexicano posee una locura que le ha sido heredada socialmente a través de su parentela; de ahí que su orientación nihilista emerja de la locura y la falta de respeto de que son objeto sus parientes, puestos por la mofa social en los límites de la racionalidad.
Es este marco de demencia el que encuadra a Jesús Pérez Gaona en el mundo de vesania. Aquí se pierde su inteligencia y naufraga su talento para dar vida al estulto, que es escuchado por los demás, sólo para divertirse y pasar el rato aplaudiendo sus hechos de locura en una fiesta, en una cantina o “sentado a la mesa de un ranchero pesudo”.
Las hermanas del personaje no se encuentran tampoco en el mundo de las normas, el qué dirán se pierde entre las voces mismas que la emiten, no llega a sus oídos ni es tenido como precepto de conducta.
En su mundo de felicidad se desvanecen los valores materiales y las falsas aspiraciones; ellas viven expresando en sus actos la concordancia de éstos con su mundo.
“tal y como el caballo imperito en gramática no es desgraciado, así no es infeliz tampoco el estulto, porque al serlo es coherente con su naturaleza”; ser coherente con su naturaleza es ser uno mismo, y ser uno mismo es la felicidad, la satisfacción de ser y hacer lo que se desea sin tener en cuenta normas ni costumbres.
En la lógica de Pito Pérez lo normal es ser consecuente con la locura, porque para él, lo mismo que para Erasmo de Rotterdam, es lo único que hace ser y vivir al individuo real que no necesita de poses ni simulacros
En mí no hay lugar para el engaño, ni simulo con el rostro una cosa cuando abrigo otra con el pecho.
Pito Pérez elogia la locura en cuanto la identifica con la conducta real y, por tanto, con lo que debería ser lo normal; de tal modo que, para él, los locos son los que se conducen congruentemente con las normas establecidas por las instituciones sociales y no los que las violan. Así dice el personaje:
Y más locos que yo los que no ríen, ni lloran, ni beben, porque son esclavos de inútiles respetos sociales. Prefiero a mi familia de chiflados y no a ese rebaño de hipócritas que me ven como animal raro porque no duermo en su majada, ni balo al unísono de los otros.
Pito Pérez es un opositor a las instituciones y sus reglas, y a los que se dejan conducir por ellas; esta oposición lo hace ganarse el desprecio de todos los que ostentan algún rango de autoridad o de poder.
Realmente se necesita valor para comportarse fuera de las normas sociales y tomar conciencia de ser un escupitajo sobre el cual recae todo el peso de la sociedad que lo mira con asco y desprecio.
El propósito de no balar al compás del rebaño, es hacer rabiar a quienes sí lo hacen, rebelarse a las normas sociales, es rebelarse contra la conducta asumida por milenios, contra la propia existencia humana, que ha llegado a creer natural, todo el conjunto de leyes y normas de conducta que la rigen.
Pito Pérez está consciente de su situación social y de que no es visto dentro de la normalidad, pero aún más, de que su comportamiento es el correcto; por eso le dice a su interlocutor: “Nuestra conversación podría titularse: diálogo entre un poeta y un loco. De ahí que Pito Pérez centre su crítica sobre todo en el clero y el gobierno.
En este último, critica el robo y el despotismo, que exponiendo las actitudes ineptas y las prácticas oportunistas que lo caracterizan: “Cuesta trabajo perder el pudor pero cuando uno lo pierde, qué descansado se queda, como dicen que dijo uno de los sinvergüenzas más famosos de México.”
La primera “cualidad” de los gobernantes de la sociedad de Pito Pérez es el extremo del cinismo, la ignorancia y la degradación humana, que la perspicacia del personaje detecta en todos los ángulos de la deshonestidad del gobierno, y que es propia de todas las autoridades, desde el humilde alcalde de pueblo, hasta el alto funcionario:
Para hacer un estudio de los necios, en general, me bastó conocer al juez y al secretario, y ahora ya sé que lo que cambia en los hombres es la dimensión de sus empleos, pero que el tonto y el sinvergüenza, lo mismo son los alcaldes de un pueblo, que ministros en la capital de la República.
La ruptura con la autoridad terrenal, lleva consigo el rompimiento con la autoridad clerical, puesto que el ardid de que toda autoridad viene de Dios, es utilizado de común acuerdo por representantes estatales y religiosos para manipular la conciencia de las mayorías y apropiarse el derecho de mando y superioridad.
Pito Pérez lo comprende y con su conducta anárquica, defiende la libertad individual, coartada por Estado e Iglesia, manifestando en sus actitudes su repudio pero, sobre todo, descubriendo los actos sutiles de los curas que esconden su ser de lobo con piel de oveja:
Metí la cabeza por entre las cortinas del firmamento, y vi un cura gordo.
-Padre -le pregunté-, ¿aquí no hay ovejas negras?
-No, candoroso hermano, las ovejas negras son los pobres de la Tierra, pero como hay tantos y aquí no cabrían, los acomodamos en el purgatorio o en el limbo.
-¿Y si no lo merecen?
-Los pobres lo merecen todo. Además. ¿Qué ganarían con rebelarse? El infierno, como Luzbel.
El juicio fascista de minimización hacia los marginados, es un producto de la deshumanización de la burocracia política, que enmarca la vida del hombre desde antes de nacer hasta la muerte. Los menesterosos, son ejemplo de lo que hace el Estado, con quienes nacen pobres y crecen con todas las limitaciones sociales; por eso la lucha de Pito Pérez, es la del individuo contra la sociedad y el reto es vencer o ser vencido; y lo aplastan las formas y las instituciones sociales hasta hacerle perder la identidad, Hilo lacre es el producto. Jesús Pérez Gaona deja de existir desde que se diluye en el ser que engendran las notas tristes de una flauta, cuya musicalidad da vida a Pito Pérez el estulto, el rebelde, el borracho, el presidiario irónico, el anticlerical cínico, el marginado…

José Félix Zavala

Re cordando al queretano Francisco Cervantes

La dignidad del canto

En enero murió Francisco Cervantes, cuentista, ensayista, traductor connotado del portugués y una de las figuras más reconocidas y extravagantes de la poesía hispanoamericana.

El abundante anecdotario que ha aflorado a partir de su muerte revela a un hombre de valores arraigados, de afectos y antipatías tajantes y de un trato que podía ser alternativamente huraño o entrañable.

Todos estos rasgos denotan una personalidad peculiar, pero también una elección estética, una asunción, hasta las últimas consecuencias, de la poesía como una ley.

Porque Cervantes fue uno de esos románticos postreros que buscaban una unidad ética entre el creador y su obra, y que aspiraban a que sus dilemas e inquietudes personales alcanzaran una resolución formal y vital en el arte.

Para Cervantes, el poeta no era un mero productor de versos, sino una especie de caballero andante que, con su iracundia o generosidad impulsivas, encarnaba las virtudes del valor y la justicia y no dudaba en explotar contra los necios, los apocados o los avariciosos.

Así, Cervantes hizo de la poesía una norma de honor y de ascetismo que guiaba desde la elección de sus oficios hasta su relación con el medio ambiente literario.

No puede explicarse de otro modo su franqueza y animosidad a veces suicida o su renuncia a las aspiraciones habituales (una familia, un hogar propio, una convivencia pacífica y rentable con la comunidad literaria) para elegir una vida errante y precaria de cantor inconformista.

Por supuesto, aun con su valentía, Cervantes no sería más que una leyenda de la bohemia literaria mexicana si su personalidad e ideario no hubieran cristalizado en una obra poética deslumbrante.
La poesía de Cervantes crea un universo de valores y un lenguaje poético único: por un lado, con su alabanza a los ideales caballerescos y guerreros, revive y redime una cultura heroica, una edad de oro del arrojo y la nobleza de corazón; por otro lado, con la actualización de moldes poéticos antiguos y con la mezcla de sus idiomas electivos —el castellano, el gallego y el portugués—, Cervantes emprende la búsqueda de una expresión en donde la sonoridad, el ritmo y la emoción trasciendan las fronteras idiomáticas y restituyan, al menos por un instante, el ideal de una unidad de la lengua.

Ya desde su primer libro, Los varones señalados (1972), Cervantes canta las aventuras, hazañas y sufrimientos de los caballeros, alaba el heroísmo y el “poder civilizador” de la guerra, evoca el placer embriagante de la batalla y la conquista del respeto, la amistad y el amor; pero no se trata de una mera idealización: los caballeros y trovadores de Cervantes son seres trágicos, con una profunda conciencia de la muerte y la transitoriedad de sus afanes.
Así, la naturaleza libérrima del caballero desconfía en su fuero interno de cualquier dogma o autoridad y cultiva, a veces con una confianza solitaria y temeraria, la fidelidad a sus propios valores.
Por eso, los caballeros, y en general todos los personajes poéticos de Cervantes, son seres que abrazan un vitalismo atormentado y escéptico donde se alternan el amor y el abandono, el goce y la herida, la nostalgia y la celebración del instante, la fe y el nihilismo.

Pero Cervantes no sólo hace una fascinante elegía de un mundo ido, sino que, con su gusto por lo arcaico, se vuelve uno de los más audaces experimentadores con el sonido y el ritmo.
Desde sus primeros libros, Cervantes adopta una sintaxis y una entonación deliberadamente anacrónicas que dotan a su poesía de una insólita musicalidad, pero es tal vez en Cantado para nadie (1982) donde lleva a las mayores alturas su exaltación del canto y la mezcla de idiomas.
En este libro, el canto aparece como una reivindicación de formas antiguas, particularmente de la juglaría gallegoportuguesa (cosantes, cuartetas, cantigas de amigo o de estribillo), a menudo casi ininteligibles para quienes no conocemos esos idiomas, pero cuyo efecto, grato al oído y al sentimiento, surge de un diestro despliegue del oficio poético.
Así pues, podría pensarse en un anhelo de restauración que construye un mundo poético, al mismo tiempo mágico y secular, donde privan los valores ideales, donde el canto es una expresión sencilla y compleja a la vez de la alegría o la añoranza y donde las diferencias entre las lenguas se diluyen en un solo ritmo poético.
Por supuesto, esta confianza en los poderes de la poesía no implica una sacralización y nada más lejos del temperamento de Cervantes que la impostura chamánica con la que todavía muchos poetas sorprenden a los auditorios desprevenidos: Cervantes no busca en la poesía una religión o una salvación, sino simplemente una forma más digna y consciente de existir, de aceptar la fragilidad y el absurdo de la condición humana y de soportar las menguas y humillaciones del tiempo y el azar en nuestras vidas. – Armando González Torres. 2001

Recordando a Gabriel García Márquez

Escribir es una necesidad como tomar agua:

García Márquez

”Los escritores han gastado mucho las palabras. Han dicho muchas tonterías sobre la necesidad de escribir, sobre la vocación del escritor. Se siente la necesidad de escribir como se siente la necesidad de tomar agua. Uno siente sed. Es por épocas. Hay épocas en que no. Aunque yo creo que primero de verdad hay una vocación, después hay que aprenderlo”.

Comentó García Márquez en una charla con Jacobo Zabludovsky, hace 35 años.

Un fragmento de aquella plática fue transmitido ayer en el noticiario radiofónico De 1 a 3, que conduce Jacobo Zabludovsky, quien recordó que el autor colombiano le había comentado en cierta ocasión que ”si yo no me diera cuenta de que hay cámaras y micrófonos, no me importaría que me estuvieran entrevistando”.

A manera de ”travesura”, la entrevista con García Márquez fue realizada sin que el autor estuviera enterado de que se grababa con micrófonos ocultos, con todo el sonido ambiente que rodeaba a una comida informal, la cual se efectuó en vísperas de un viaje que Gabo haría a China. ”La plática tenía que parecer una charla normal en esas circunstancias”.

El testimonio fue dado a conocer como parte de la unánime celebración y reconocimiento internacional que se rindió a García Márquez, con motivo de sus 80 años de vida, sus 60 de escritor, 40 de haberse publicado su célebre novela Cien años de soledad y 25 de haber recibido el Premio Nóbel de Literatura.

Más que enseñar, cambio de impresiones

No obstante que el ruido del medio ambiente en el que se realizó dicha conversación no permite apreciar del todo lo que allí se comentó de manera informal, de ese fragmento de la charla se puede escuchar cómo entre broma y veras el periodista propone al escritor ser corresponsal en China, lo que provoca que salga a colación la cuestión del dinero.

-Yo sé que a ti no te interesa y nos podemos poner de acuerdo -le comenta Zabludowsky.

-Mira, mi actitud con respecto al dinero es bastante clara. A mí no me interesa tenerlo, pero no me gusta que otros lo tengan. Trato de quitárselo al que lo tiene, aunque sea para tirarlo, respondió Gabo.
En la conversación, en la que se habló de varios temas, el escritor igual comentó: ”me faltó un año para ser abogado.

Es un secreto. En mi caso lo que quería estudiar era letras, pero decían que de eso no se vive. En realidad mi papá no hubiera pagado los estudios en filosofía y letras, quizá porque (el gasto) no lo iba a recuperar nunca.

”Cuando yo le decía a mi padre que iba a ser escritor, me decía ‘comerás papel’, y todavía, tú sabes, que sueño ahora que estoy comiendo papel.

”-¿Sueñas mucho?

”-Soñaba más antes. Ahora casi no. ‘‘

Al preguntarle si alguna ocasión ha pensado en dar clases. García
Márquez respondió: ”Nunca. Porque no tengo absolutamente nada qué enseñar. Lo que hago es siempre cambiar impresiones, pero no un profesor aquí y los alumnos allá, porque cambia la relación por completo. Yo de tres en tres puedo ver a todos, de 30 en 30 a ninguno, pues (la situación) se falsea por completo. Dudo mucho de la cátedra en esa forma.

”Pero, bueno, porqué mejor no hablamos de toros.”
Carlos Paul

Himno al amanecer

Himno del Amanecer

(Es una traducción libre, pero muy libre de Aurelio Prudencio y no por desconocimiento de la lengua latina, sino con toda la intención de que soy capaz)

Estos versos de Aurelio Prudencio, escritos originalmente en latín y a los que intento una no muy ortodoxa traducción, para no quedarme atrás en la venta de libros que nos hace en sus “rodantes” nuestro compañero Figueroa. Su título correcto es:

“Hymnus Matutinus”

El sol cuando se levanta resplandeciente
Infunde vergüenza, pudor, arrepentimiento
Nadie puede pecar con audacia
Teniendo la luz como testigo

Es la hora de la austeridad
Donde se busca un tinte de gravedad
Para las vanas preocupaciones

Hora útil para todos,
Para el militar, el magistrado, el marino
También para el obrero, el mecánico y el gañán

A la milicia le arrastra el triste anuncio de la guerra,
Al mercader, el perseguir con avaricia sus ganancias
A nosotros en cambio, desconocedores del lucro
Y del arte de la guerra, sólo nos queda negociar
Con el arte de vivir
Oficio que comienza cuando brilla el sol al amanecer

El sol es el testigo, el árbitro, el escudriñador
De cuanto el hombre hace o medita
Nadie puede engañarlo. Éste es el juez

Señores seres humanos, que saben leer y escribir sin comillas, sepan que los filósofos de antaño no se sentaban a la mesa sin haber rendido homenaje a los Dioses.

Siempre recordaron que el aire, la tierra y los mares, son sus obsequios y abastecen nuestra mesa, la mesa que no se llena de cruentas viandas, sino de los frutos de los pomares y de la miel de la abeja virgen que son un alimento fuerte.

Himno para Cuando Canta un Gallo

Dejen los lechos, ustedes los soñolientos y perezosos
Y vigilen rectos y sobrios

El sol resplandeciente nunca se adelanta,
La voz del gallo despierta a las aves
Es figura de nuestro juez

El sueño por el contrario es imagen de la muerte
Dicen que los demonios se atemorizan con el canto del gallo y huyen por todas partes

La pujanza del día retira las tinieblas de la noche
Basta ya de crímenes, languidezcan para siempre
La soldadesca destructora de nuestras vírgenes

Vigilemos

Todos los miembros de este cuerpo
Sepamos que en la vigilia está la verdad
Sólo así detendremos a la milicia que nos persigue
Para arrebatarnos al sol de la mañana
Que comienza su día después del canto del gallo

José Félix Zavala

Sobre la criminalización de los movimientos sociales en Querétaro, por Efraín Mendoza

Sobre la criminalización de los
movimientos sociales en Querétaro

Efraín Mendoza Zaragoza

Los ciudadanos y las organizaciones sociales están en su absoluto derecho de moverse al margen y aún en contra de las instituciones del Estado. No sólo pueden oponerse al orden jurídico, pueden combatirlo. La propia Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, útero de todas las instituciones del país, reconoce que “el pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno”. Bueno, pues, el mismísimo EZLN, cuando se alzó en armas con el propósito de derrocar al gobierno, hace 15 años, lo hizo invocando este artículo, el 39 de la Constitución, que todavía está vigente aquí donde a veces la Constitución parece importar muy poco.

Siempre he creído que en la legítima persecución de sus propósitos las organizaciones sociales no deberían desdeñar el margen (a veces muy delgado margen) en que pueden ser útiles las instituciones para empujar sus luchas. Si bien el orden jurídico ha sido diseñado para proteger la propiedad y asegurar el orden, también lo es que ese orden tiene grietas y resquicios a los que puede encontrárseles utilidad.

Es cierto que hay en la historia judicial de este país sentencias aberrantes, como la que exoneró a un gobernador en su contubernio con un poderoso industrial para afectar a una periodista; como la que exoneró al presidente de la República tras haber puesto en peligro la elección presidencial de 2009, y como la que exoneró a miembros del gabinete presidencial por la muerte de 49 niños y las heridas perennes a 75 más en una guardería.

Es cierto. Pero también es cierto que hay otras determinaciones judiciales que nos dejan como lección que siempre será mejor usar a las instituciones que escupirlas mandarlas al caño. Son las instituciones que tenemos y, sin apostar sólo por ellas, es pertinente hacernos cargo de ellas para empujar la agenda ciudadana.

Me interesa remitirme al suceso que se instaló en la mente colectiva como “el caso Atenco”. Recuerdo haber leído el último día de junio de 2010, en la víspera de que la Suprema Corte de Justicia de la Nación emitiera su histórica sentencia sobre Atenco, que el periodista Carlos Ramírez se preguntaba qué debía imperar en el país, si “la ley o los machetes”. Desde el torpe planteamiento de esta disyuntiva, el comentarista anticipaba en tono furibundo su reclamo y advertía que si la Corte ordenaba la liberación de los líderes presos de Atenco, otorgaría “certificado de impunidad a la protesta social que utiliza la violencia para imponer sus exigencias” y derogaría el “Estado de Derecho”.

Bueno, pues la Primera Sala de la Corte ordenó la liberación de Ignacio del Valle y otros 11 líderes de Atenco, que por hechos ocurridos cuatro años atrás habían sido condenados a prisión hasta por la fabulosa cantidad de 112 años. En esa histórica sentencia, la Corte encontró un punto de conciliación entre la ley y los machetes y ratificó que al protestar y luchar por sus demandas las organizaciones sociales no cometen delito alguno.

En el expediente del caso, la Corte documentó la vida cotidiana de la injusticia en México: para acusar a los líderes sociales la Procuraduría usó pruebas ilícitas; sus acusadores partieron de “premisas falsas y endebles”; hubo desmesura y desproporción en la reacción del Estado, que inconstitucionalmente usó su maquinaria para acallar y menguar la fuerza de una organización que tiene todo el derecho de oponerse, al tiempo que se estableció que el caso debía ser abordado y entendido en un contexto político-social de presión a las autoridades para que atendieran sus demandas en beneficio de la población.

Más aún, el ministro ponente, Juan Nepomuceno Silva Meza, [por cierto, hoy presidente de la Suprema Corte], estableció, cito sus palabras textuales, que las sentencias dictadas a los líderes constituyeron “una forma maquilladamente institucional de criminalizar la protesta social como una forma de castigar ser oposición”. Repito la conclusión del ministro: las sentencias constituyeron “una forma maquilladamente institucional de criminalizar la protesta social como una forma de castigar ser oposición”. Por si no fuera suficiente, el ministro sostuvo que el reclamo social no puede ser considerado sinónimo de delincuencia y repudió la “ideología totalitaria” sobre la que descansaron las condenas, toda vez que la presunción de “peligrosidad” tuvo como único fundamento la pertenencia a una organización “peligrosa” sólo por ser opositora.

Hay que leer con detenimiento el acta número 23 de la sesión de la Primera Sala de la Corte, del 30 de junio de 2010, al resolver el amparo directo 4/2010. Contiene una verdadera cátedra sobre el tema que hoy nos reúne aquí. Y nos viene a confirmar lo dicho al principio: pese a la mala conducta de las instituciones hay que identificar sus grietas y hay que colarnos por ellas para hacer avanzar las demandas sociales.

Una segunda cuestión que deseo expresar es la convicción de que a líderes sociales de Querétaro, como Sergio Jerónimo Sánchez Sáenz, Pascual Lucas Julián y Anselmo Robles Sánchez,les aplica puntualmente la argumentación del ministro Silva Meza y por ello no tuvieron por qué haber vivido en la cárcel todo un sexenio ni haber sufrido vejaciones en el Módulo Rojo de San José el Alto. Bajo el mismo recurso que se aplicó a los líderes de Atenco, el de un expediente jurídico afectado de “maquillaje institucional”, según las palabras que utilizó el ministro Silva Meza, se castigó con la cárcel a esos líderes por su trabajo en el Comité de Defensa Popular, en la organización de la colonia autogestiva Vista Alegre Maxei y en el Frente Independiente de Organizaciones Zapatistas.
Tales fueron los excesos que, incluso, una magistrada del Tribunal Superior de Justicia del Estado, la abogada Celia Maya García, tuvo el arrojo suficiente para cuestionar el expediente judicial y salir en defensa de los encarcelados al considerarlos nada menos que “presos políticos”. Más aún, el mismísimo Subcomandante Marcos estuvo en Querétaro, en aquella Marcha por el color de la tierra, en marzo de 2001, hace justamente diez años, para reclamarlos como presos de su organización y demandar su liberación.
Para concluir, hay que decir al menos una palabra respecto de otro líder actualmente en prisión: Rubén Díaz Orozco, dirigente de El Barzón en los días difíciles de 1995, y que pese a su precaria salud sigue encarcelado por haber encabezado las protestas de los deudores clasemedieros que para defender su patrimonio tomaron la calle, cerraron los bancos, retuvieron a los actuarios y emplumaron a los abogados. Podrá decirse que Rubén Díaz Orozco actuaba como un excéntrico iluminado o que cometió errores y excesos.
Sí, podrán decirse de él y de los líderes antes mencionados todo lo que se quiera. Pero lo que no podrá decirse nunca es que en sus organizaciones hayan estado la corrupción, el abuso o la ruptura del Estado de Derecho. Hay que asomarnos bien para localizar dónde están los verdaderos invasores de tierras. Dónde los verdaderos especuladores inmobiliarios. Dónde los verdaderos nidos de la corrupción. Y dónde los verdaderos destructores del Estado de Derecho. No están, desde luego, en las organizaciones sociales. Nunca los van a encontrar allí porque allí no están.
Por supuesto, seguiré insistiendo en que a Sergio Jerónimo Sánchez Sáez debe garantizársele su retorno a Querétaro sin condición alguna. De igual manera, debe ser liberado Gustavo Romero Salazar, dirigente del Frente Estatal de Lucha. Y como en los últimos días se han sumado nuevos hechos que obligan a enfatizar en la tendencia a criminalizar la protesta social, me sumo a las voces que reclaman que también deje su destierro Jorge Zurita Carreño, que denunció una red de corrupción que involucra a funcionarios del primer círculo del Poder Ejecutivo del Estado; me sumo desde luego a las voces que se solidarizan con el semanario Libertad de Palabra y su director, que junto a Tribuna de Querétaro ha servido de altavoz a muy delicadas denuncias; me sumo a la indignación por la persecución policiaca en contra de 39 adolescentes, detenidos hace unos días por manifestar con grafiti la frustración que campea en la república; me sumo al coraje por la detención de un grupo de jóvenes universitarios por impugnar al presidente de la República, cuya guerra sólo ha traído desolación en todos los caminos y abundante luto en miles de familias. Y, por supuesto, también este día es oportuno recordar que en la lista de 561 desaparecidos políticos en México continúa inscrito el nombre de Arnulfo Córdova Lustre, un sindicalista de la planta Kimberly Clark de San Juan del Río, desaparecido el 24 de marzo de 1981. Como puede verse, es falso que en Querétaro no pasa nada. Sí pasa, mucho y desde hace mucho.
Muchas gracias.