Debe someterse a consulta y revisión la propuesta de la nueva ley del trabajo dice el gobernador de Querétaro ante demanda de trabajadores

Se tiene que discutir reforma laboral: PP

Diario de Querétaro

Redacción

Reconoce y apoya el Gobernador José Calzada Rovirosa el rechazo colectivo que mostraron a la reforma a la Ley Federal de Trabajo, los sindicatos y agrupaciones de Querétaro durante el desfile conmemorativo del Día del Trabajo, pues “se tiene qué discutir, se tiene que ampliar el diálogo y los mecanismos de interacción para escuchar todas las voces”.

Por más de tres horas, los sindicalizados y miembros de diferentes agrupaciones en el Estado, instaron al Gobierno a no permitir la aprobación de la reforma laboral, hasta que no se haga un consenso con los trabajadores, a lo cual, al finalizar el desfile, el mandatario estatal se solidarizó.

“Una de las principales (consignas), sino es que la principal, es no a la reforma laboral, pero es que yo coincido en que se tiene que dialogar, se tiene qué discutir, se tiene qué ampliar el diálogo y los mecanismos de interacción para escuchar a todas las voces. Yo coincido en que para llegar a una reforma laboral, tiene que haber primero foros de consulta, expresión y participación en los cuales se escuche la voz de todos. Eso es una cuestión fundamental”.

Respecto a la constante inconformidad sobre los outsourcing que mostraron varios contingentes, Calzada Rovirosa dijo que “hay que dedicarnos a hacer una línea de acción precisamente para resolver los problemas que han planteado el día de hoy, en algunos vamos avanzados y algunos otros habrá que retomarlos”.

Señaló que con la reanudación de los trabajos de la Comisión Tripartita se ha abierto un canal de comunicación mucho más eficiente y efectivo entre los sindicatos, los líderes patronales y el Gobierno del Estado, lo cual redundará en una estabilización del sector laboral.

Por último, añadió que su Gobierno prestará atención a lo manifestado durante el desfile del Día del Trabajo, para poder ofrecer soluciones a la clase trabajadora.

“Hay expresiones en las cuales evidentemente están solicitando mejores condiciones y son muy entendibles, la verdad es que fueron expresiones normales de un día primero de mayo, pero que también nosotros debemos escuchar con mucha atención para resolverlas”.

Una plaza de San Pedro repleta y un estadio Corregidora desairado en Querétaro con tan solo cerca de cuatro mil gentes

“Juan Pablo II ya es beato!“

¡Juan Pablo II ya es beato!”, exclamó Benedicto XVI durante la homilía que presidió hoy ante cientos de miles de personas en El Vaticano. Un mar de gente. Una multitud como pocas veces hemos visto. Todos reunidos por obra de un hombre particular: Juan Pablo II. Quienes estuvimos en Roma vivimos de cerca un momento histórico, que se replicó hasta el infinito a través de los medios de comunicación. Como este evento único no merece mayores comentarios, preferimos compartir con nuestros seguidores de Sacro&Profano un extracto del sermón de Joseph Ratzinger en la ceremonia, como resumen de una jornada inolvidable.

PERCIBÍAMOS EL PERFUME DE SU SANTIDAD
Por Benedicto XVI / 1 de mayo de 2011

Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium.

Todos los miembros del Pueblo de Dios –Obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas- estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojty?a, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera.

El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszy?ski, me dijo: “La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio”. Y añadía: “Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado“.

¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible.

Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de la libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.

Karol Wojty?a subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia.

Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.

Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio.

El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Iglesia.

¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. Desde el Palacio nos has bendecido muchas veces en esta Plaza. Hoy te rogamos: Santo Padre: bendícenos. Amén.

Derecho a réplica en: andresbeltramo@hotmail.com

Escribe un comentario Papas No hay Comentarios » abril 29th, 2011Juan Pablo II, un testimonio extraordinarioLa beatificación de Karol Wojtyla es inminente, sólo faltan unas horas. La vorágine informativa en torno a esta polifacética figura invadió literalmente El Vaticano. Dos mil 300 periodistas se aprestan a transmitir el magno evento a millones en todo el mundo. Un acontecimiento histórico. En medio de esta carrera por ganar la última nota, este viernes tuve la fortuna de escuchar un testimonio extraordinario: la enfermera del Papa confió, a un grupo reducido de periodistas, las últimas horas del pontífice polaco desde su muy personal perspectiva.

Se llama Rita Megliorin y acudió al Santo Padre de enero a abril de 2005. Su relato ofrece una visión particular de un personaje que todos, católicos o no, sintieron cerca en algún momento de su vida. Por eso compartimos con los amigos de Sacro&Profano estas líneas, como homenaje póstumo a Juan Pablo II, al tiempo de invitarlos a seguir la completa cobertura que de la beatificación estamos realizando en Roma a través de Twitter y Facebook.

“SANTIDAD, BUEN DIA, HOY HAY SOL”
Por Rita Megliorin / 29 de Abril de 2011

Si tuviera que atribuir una característica principal a Juan Pablo II, más que el grande le llamaría el simple, quizás por esto fue que pudo comunicar con todos, porque él hablaba un lenguaje universal y con su mirada llegó a tocar el corazón de todos, porque era una mirada cargada de amor. Al principio consideré nuestro encuentro como puramente profesional, el Santo Padre estaba mal, necesitaba asistencia y yo pensé poder servirle en un modo bastante competente.

Nuestro modo de saludarnos era este: la mañana entraba, subía las persianas y él generalmente se levantaba muy temprano, iniciaba la oración a las 3 o 4 de la madrugada. Lo saludaba diciendo: “buen día Santidad, hoy hay sol” porque todos los días eran soleados durante la enfermedad del Papa.

Después de decir esta frase me volteaba hacia él que me bendecía, entonces yo me arrodillaba y él me acariciaba la cara. Así comenzaba nuestra jornada. El sol, la fuerza de la luz, fue el elemento fundamental que nos unió, esta fuerza continuó hasta el último día porque ese día, el 2 de abril de 2005, en Roma había sol.

Yo cumplía con mi deber de enfermera inflexible y él cumplía con su rol de enfermo inflexible, exigente. Siempre fue puesto al corriente de todo, él quería saber las condiciones y cuando no comprendía me miraba en un modo particular, quería decir que debía ser más clara. Se entablaba un buen discurso.

Juan Pablo II tenía un dolor espiritual, el dolor de padre que no lograba alcanzar a todos sus hijos que tenían necesidad de él porque estaba obligado, en ese momento, a permanecer en una cama de hospital; creo que este fue el sufrimiento más grande del Santo Padre. Me sucedía de visitar otros enfermos y luego ir con él, le decía: Santo Padre, están los enfermos que sufren y él rezaba, me pedía a mí que rezara y yo le respondía que él tenía un contacto más directo con Dios. Su oración fue el elemento constante en las jornadas que tuve el honor de compartir con Juan Pablo II.

Esta cercanía con los otros enfermos nunca la perdió, ni siquiera en el momento de máximo dolor. Generalmente cuando estamos enfermos, todas las personas, incluso las más buenas, nos volvemos un poco egoístas, buscamos ahorrar las propias energías para llevar adelante el sufrimiento. Karol Wojtyla, sus energías, las utilizó para los demás. No recuerdo haberlo escuchado lamentarse por algo, esto era fruto de una gran esperanza.

El hombre Juan Pablo II era extremadamente simple, nunca necesitó de grandes cosas y así fue en el momento de máximo sufrimiento. Nunca dejó de estudiar, incluso hasta sus últimos días tenía, cerca de sí, libros sobre ciencia y genética porque, en aquel tiempo, había una fuerte debate sobre el problema de los embriones.

Todo era simple cuando estábamos con él, porque para nosotros fue un padre. Yo no vi la fragilidad en la enfermedad de Juan Pablo II, incluso cuando estaba en una cama de hospital y podía levantarse para rezar el Angelus, hacía un esfuerzo enorme y aún así quería ser puntual, porque sus hijos lo esperaban.

El me contó qué quiso decir con su famosa frase: “No tengáis miedo”. No debemos pensar en no tener miedo como una situación donde otro piensa por uno, no… no debes tener miedo porque así logras reaccionar conscientemente para tomar las decisiones correctas, porque si tienes miedo eres un ser limitado, debes tomar la responsabilidad de elegir un camino hacia la libertad, hacia la verdad.

El 2 de abril fui llamada al Vaticano, de madrugada algunos medios decían que el Santo Padre había muerto, otros señalaban que no estaba consciente. Cuando llegué estaba angustiada, tenía miedo de perderme el momento del adiós. Cuando entré en la habitación no sabía qué decir, generalmente todos me decían de no llorar, porque lloraba siempre, en cambio ese día nadie me dijo nada.

Me arrodillé junto a su cama y le dije: “Santidad, buen día, hoy hay sol”. El me miró y me sonrió, fue el mejor regalo que Juan Pablo II me pudo haber dado. Tomé su mano porque quería la última caricia del Papa, pero él no tenía fuerza para acariciarme. Aquel día él contempló el cuadro de Cristo sufriente ubicado frente a su cama y por la ventana entró el sol, además se escuchaban las voces de los jóvenes en la plaza, los cantos y las oraciones.

Entonces en un momento, en mi máximo de mi profesionalidad, me dirigí a don Stanislao (Dziwizs) y le dije: “tal vez estas voces molestan al Santo Padre”. Cometí un error tremendo y me di cuenta un poco después porque el secretario me tomó de la mano, me llevó a la ventana y me dijo: “Rita, esos son los hijos que vinieron a saludar a su padre, un padre cuando se va no quiere abandonar a los hijos y los hijos no quieren estar lejos del padre, es su modo de despedir a Juan Pablo II”.

Estas voces entraron en la habitación hasta el final, hasta que se apagó la candela y se encendió la luz, que vimos todos y que manifestó al mundo el final de Juan Pablo II, su final terreno.

Derecho a réplica en: andresbeltramo@hotmail.com

“Nadie puede desentenderse del dolor humano”: Ernesto Sabato

Extracto del libro de memorias ‘Antes del fin’ (1999).

El texto hace referencia a su infancia, juventud y actitud ética y política y fue publicado en EL PAÍS en enero de ese año.

Me llamo Ernesto, porque cuando nací, el 24 de junio de 1911, día del nacimiento de san Juan Bautista, acababa de morir el otro Ernesto, al que, aun en su vejez, mi madre siguió llamando Ernestito, porque murió siendo una criatura. “Aquel niño no era para este mundo”, decía. Creo que nunca la vi llorar -tan estoica y valiente fue a lo largo de su vida-, pero, seguramente, lo haya hecho a solas. Y tenía noventa años cuando mencionó, por última vez, con sus ojos humedecidos, al remoto Ernestito. Lo que prueba que los años, las desdichas, las desilusiones, lejos de facilitar el olvido, como se suele creer, tristemente lo refuerzan.

Aquel nombre, aquella tumba, siempre tuvieron para mí algo de nocturno, y tal vez haya sido la causa de mi existencia tan dificultosa, al haber sido marcado por esa tragedia, ya que entonces estaba en el vientre de mi madre; y motivó, quizá, los misteriosísimos pavores que sufrí de chico, las alucinaciones en las que de pronto alguien se me aproximaba con una linterna, un hombre a quien me era imposible evitar, aunque me escondiera temblando debajo de las cobijas. O aquella otra pesadilla en la que me sentía solo en una cósmica bóveda, tiritando ante algo o alguien -no lo puedo precisar- que vagamente me recordaba a mi padre. Durante mucho tiempo padecí sonambulismo. Yo me levantaba desde el último cuarto donde dormíamos con Arturo, mi hermano menor, y, sin tropezar jamás ni despertarme, iba hasta el dormitorio de mis padres, hablaba con mamá y luego volvía a mi cuarto. Me acostaba sin saber nada de lo que había pasado, sin la menor conciencia. De modo que cuando a la mañana ella me decía, con tristeza -¡tanto sufrió por mí!-, con voz apenas audible: “Anoche te levantaste y me pediste agua”, yo sentía un extraño temblor. Ella temía ese sonambulismo, me lo dijo muchos años más tarde, cuando me enviaron a La Plata para hacer los estudios secundarios, y ya ella no estuvo para protegerme. Pobre mamá, no comprendía, ni yo tampoco en aquel entonces, que ese tormento en gran parte era el resultado de la convivencia espartana, regida por mi padre.

La tierra de mi infancia, como un pueblo estremecido por fuerzas extrañas, se hallaba invadida por el terror que sentía hacia él. Lloraba a escondidas, ya que nos estaba prohibido hacerlo, y, para evitar sus ataques de violencia, mamá corría a ocultarme. Con tal desesperación mi madre se había aferrado a mí para protegerme, sin desearlo, ya que su amor y su bondad eran infinitos, que acabó aislándome del mundo. Convertido en un niño solo y asustado, desde la ventana contemplaba el mundo de trompos y escondidas que me había sido vedado.

De alguna manera, nunca dejé de ser el niño solitario que se sintió abandonado, por lo que he vivido bajo una angustia semejante a la de Pessoa: “Seré siempre el que esperó a que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta”.

Y así, de una u otra forma, necesité compasión y cariño.

Cuando me enviaron desde mi pueblo al colegio nacional de La Plata para hacer el secundario, en el instante en que me pusieron en el ferrocarril sentí resquebrajarse el suelo incierto sobre el cual me movía, pero al que aún le aguardaban peores hundimientos. Durante un tiempo seguí soñando con aquella madre que veía entre lágrimas, mientras me alejaba hacia qué infinita soledad. Y cuando la vida había marcado ya en mi rostro las desdichas, cuántas veces, en un banco de plaza, apesadumbrado y abatido, he esperado nuevamente un tren de regreso.

Entre esa multitud de colonizadores, mis padres llegaron a estas playas con la esperanza de fecundar esta “tierra de promisión”, que se extendía más allá de sus lágrimas.

Mi padre descendía de montañeses italianos, acostumbrados a las asperezas de la vida; en cambio, mi madre, que pertenecía a una antigua familia albanesa, debió soportar las carencias con dignidad.

Juntos se instalaron en Rojas, que, como gran parte de los viejos pueblos de la pampa, fue uno de los tantos fortines que levantaron los españoles y que marcaban la frontera de la civilización cristiana.

Recuerdo a un viejo indio que me contaba anécdotas de sangrientas luchas y de malones, que trenzaba sus tientos con paciencia y que, cuando le dijeron que transmitirían por una radio de galena la pelea de Firpo con Dempsey, contestó: “Cuando más cencia, más mandinga”.

En este pueblo pampeano, mi padre llegó a tener un pequeño molino harinero. Centro de candorosas fantasías para el niño que entonces yo era, cuando los domingos permanecía en el taller haciendo cositas en la carpintería, o subíamos con Arturo a las bolsas de trigo, y a escondidas, como si fuera un misterioso secreto, pasábamos la tarde comiendo galletitas.

Mi padre era la autoridad suprema de esa familia en la que el poder descendía jerárquicamente hacia los hermanos mayores. Aún me recuerdo mirando con miedo su rostro surcado a la vez de candor y dureza. Sus decisiones inapelables eran la base de un férreo sistema de ordenanzas y castigos, también para mamá. Ella, que siempre fue muy reservada y estoica, es probable que a solas haya sufrido ese carácter tan enérgico y severo. Nunca la oí quejarse y, en medio de esas dificultades, debió asumir la ardua tarea de criar once hijos varones.

La educación que recibimos dejó huellas tristes y perdurables en mi espíritu. Pero esa educación, a menudo durísima, nos enseñó a cumplir con el deber, a ser consecuentes, rigurosos con nosotros mismos, a trabajar hasta terminar cualquier tarea empezada. Y si hemos logrado algo, ha sido por esos atributos que ásperamente debimos asimilar.

La severidad de mi padre, en ocasiones terrible, motivó, en buena medida, esa nota de fondo de mi espíritu, tan propenso a la tristeza y a la melancolía. Pero también fue el origen de la rebeldía en dos de mis hermanos que huyeron de casa: Humberto, de quien luego hablaré, y Pepe, llamado en nuestro pueblo “el loco Sabato”, que acabó yéndose con un circo, para deshonra de mi familia burguesa. Decisión que entristeció a mi madre, pero que ella sobrellevó con el estoicismo que mantuvo hasta su vejez, cuando a los noventa años, luego de largos padecimientos, murió serenamente en su cama en brazos de Matilde.

Mi hermano Pepe tuvo pasión por el teatro y actuaba en los conjuntos pueblerinos que se llamaban “Los treinta amigos unidos” y, cuando en el cine-teatro La Perla, se ponían en escena sainetes criollos, él siempre conseguía algún papel, por pequeño que fuese. En su cuarto tenía toda la colección de Bambalinas que se editaba en Buenos Aires con tapas de colores, donde, además de esos sainetes, se publicaban obras de Ibsen y una, que aún recuerdo, de Tolstoi. Toda esa colección fue devorada por mí antes de los doce años, marcando fuertemente mi vida, ya que siempre me apasionó el teatro, y aunque escribí varias obras, nunca salieron de mis cajones.

Debajo de la aspereza en el trato, mi padre ocultaba su lado más vulnerable, un corazón cándido y generoso. Poseía un asombroso sentido de la belleza, tanto que, cuando debieron trasladarse a La Plata, él mismo diseñó la casa en que vivimos. Tarde descubrí su pasión por las plantas, a las que cuidaba con una delicadeza para mí hasta entonces desconocida. Jamás lo he visto faltar a la palabra empeñada, y con los años admiré su fidelidad hacia los amigos. Como fue el caso de don Santiago, el sastre que enfermó de tuberculosis. Cuando el doctor Helguera le advirtió que la única posibilidad de sobrevivir era irse a las sierras de Córdoba, mi padre lo acompañó en uno de esos estrechos camarotes de los viejos ferrocarriles, donde el contagio parecía inevitable.

Recuerdo siempre esta actitud que define su devoción por la amistad y que supe valorar varios años después de su muerte, como suele ocurrir en esta vida, que, a menudo, es un permanente desencuentro. Cuando se ha hecho tarde para decirle que lo queremos a pesar de todo y para agradecerle los esfuerzos con que intentó prevenirnos de las desdichas que son inevitables y, a la vez, aleccionadoras. Porque no todo era terrible en mi padre, y con nostalgia entreveo antiguas alegrías, como las noches en que me tenía sobre sus rodillas y me cantaba canciones de su tierra, o cuando por las tardes, al regresar del juego de naipes en el Club Social, me traía Mentolina, las pastillas que a todos nos gustaban.

Desgraciadamente, él ya no está y cosas fundamentales han quedado sin decirse entre nosotros; cuando el amor es ya inexpresable, y las viejas heridas permanecen sin cuidado. Entonces descubrimos la última soledad: la del amante sin el amado, los hijos sin sus padres, el padre sin sus hijos. Hace muchos años fui hasta aquella Paola de San Francesco donde un día se enamoró de mi madre; entreviendo su infancia entre esas tierras añoradas, mirando hacia el Mediterráneo, incliné la cabeza y mis ojos se nublaron.

Ya nada queda de la pensión de la calle Potosí donde una tarde, traída por un buen amigo, llegó Matilde, de diecinueve años, huyendo de un hogar en que se la adoraba, para venir a juntarse en una piezucha de Buenos Aires con esta especie de delincuente que era yo. Para luchar en la clandestinidad contra la dictadura del general Uriburu, por un mundo sin miseria y sin desamparo. Una utopía, claro, pero sin utopías ningún joven puede vivir en una realidad horrible. Allí, muchas veces soportamos el hambre, cuando compartíamos un poco de pan y mate cocido, salvo en los días de suerte, en que la generosa doña Esperanza, encargada de la pensión, nos golpeaba la puerta para ofrecernos un plato de comida.

En esos tiempos de pobreza y persecución se desencadenó una grave crisis, y finalmente, mi alejamiento de aquel movimiento por el que tanto había arriesgado.

Los miembros del Partido, que, por supuesto, vigilaban cualquier “desviación”, advirtieron en mí ciertos indicios sospechosos. En conversaciones con camaradas íntimos, yo sostuve que la dialéctica era aplicable a los hechos del espíritu, pero no a los de la naturaleza, de modo que el “materialismo dialéctico” era toda una contradicción. Alguien que no haya conocido a fondo la mentalidad del comunismo militante podría pensar que eso no era grave, cuando en rigor era gravísimo para los dirigentes, que consideraban un delito separar la teoría de la práctica. Sería largo de explicar en qué fundamentos me basaba, lo único que puedo decir es que esto sucedió hacia 1935, y que muchos años más tarde, en un encuentro teórico realizado en la Mutualité de París, se debatió ese problema entre grandes filósofos como Sartre y otros, y se sostuvo precisamente lo mismo.

Sea como fuere, aquella hipótesis era arriesgadísima porque el marxismo-leninismo estaba codificado de una manera férrea e inapelable. El Partido -palabra que siempre se escribía con mayúscula- resolvió mandarme por dos años a las Escuelas Leninistas de Moscú, donde uno se curaba o terminaba en un gulag o en un hospital psiquiátrico. Sin duda habría acabado en uno de esos campos de concentración, dada la convicción profunda que tenía sobre ese disparate filosófico. Por el espíritu de sacrificio que reinaba en los militantes, Matilde aceptó tristemente mi viaje a la Unión Soviética por dos años -y quizá para siempre-, quedando ella oculta en casa de mi madre.

Antes de ir a Moscú debía pasar por el Congreso contra el Fascismo y la Guerra, que presidía en Bruselas Henri Barbusse, organizado por el Partido y bajo su riguroso control. El viaje partía de Montevideo, yo atravesé de noche el delta del río de la Plata, en una lancha de contrabandistas, para luego seguir en barco, con documentos falsos, hasta Amberes; y finalmente, en tren hasta Bruselas. Allí tuve la oportunidad de escuchar a gente de la Schutzbund, de Austria, y a militantes que venían de Alemania, donde el hitlerismo estaba en ascenso. Me pusieron en un cuarto de los llamados Auberges de la Jeunesse junto a un compañero que conocí con el nombre supuesto de Pierre. Era un dirigente del Comité Central de la Juventud Francesa, de ciega obediencia a la teoría, lo que me hizo poner en guardia, porque en el Partido no se cometían esa clase de equivocaciones; aquel muchacho militante luego cayó en manos de la Gestapo y fue muerto tras salvajes torturas.

En uno de esos diálogos que teníamos antes de dormir surgió una discusión, y cometí el peligroso error de manifestar mis dudas sobre aquel problema filosófico. A la mañana siguiente le dije a mi compañero que me dolía el estómago y que iría en cuanto me aliviara el dolor. Después de una hora o más, cuando consideré que él no volvería, arreglé mi valijita y me escapé a París en tren. Ya habían comenzado los “procesos” del siniestro imperio estalinista, y apenas tuve esa conversación con Pierre comprendí que si iba a Moscú no volvería jamás. Todos los diálogos, las experiencias que conocí a través de militantes de otros países, acabaron por agrietar ya en forma irreversible la frágil construcción que en mi mente se vino abajo.

Como había ido a Bruselas ya con graves dudas sobre la dictadura de Stalin, en Buenos Aires, un amigo, ex simpatizante del Partido, me había dado la dirección de un trotskista argentino director de un semanario francés, que años más tarde moriría en un tanque en tiempos de la guerra civil española. Él me puso en contacto con un portero de la École Normale Supérieure, ex comunista, que me ofreció dormir en su cuartucho, en una de esas grandes camas de París. Como no había calefacción y el frío era intenso en aquel 1935, además de las mantas, nos cubríamos con una cantidad de L”Humanité. Durante el día deambulaba a la deriva por las calles de París, sin llegar a ver hacia qué tierras me arrastraría el naufragio. Hasta que una tarde entré en la librería Gibert, del Boulevard Saint-Michel, y robé un libro de análisis matemático de Émile Borel y escapé con él escondido en mi sobretodo. Recuerdo aquel atardecer gélido de invierno, leyendo los primeros fragmentos, con el temblor de un creyente que vuelve a entrar a un templo luego de un turbio periplo de violencias y pecados. Aquel sagrado temblor era una mezcla de deslumbramiento, de recogida admisión y de una paz que hacía tiempo anhelaba mi espíritu: el orbe matemático me llamaba a sus puertas por segunda vez.

De regreso en el país, espiritualmente destrozado, me encerré en el Instituto de Físico-Matemática, y en pocos años terminé mi doctorado. Allí me preparaba casi a diario para resistir los insultos y los agravios por mi “traición” al comunismo, cuando en rigor era todo lo contrario. El gran traidor fue ese hombre monstruoso, ex seminarista, que liquidó a todos los que habían hecho verdaderamente la revolución, hasta alcanzar en el extranjero al propio Trotsky, uno de los más brillantes y audaces revolucionarios de la primera hora, asesinado en México por los hachazos estalinistas.

Los excluidos no tienen justicia que los defienda. He ido a la villa treinta y uno, de Retiro, para solidarizarme con los sacerdotes que ayunan en repudio por la crueldad con que se pretendió echar a la gente, derribando sus precarias construcciones con salvajes topadoras.

Al regresar a casa, durante la noche he podido ver por televisión cómo se agredía a unos obreros que se negaban a desalojar una fábrica, golpeados con violencia, tratados como delincuentes por una sociedad que no considera un delito negarles a los hombres su derecho al trabajo; expropiándoles, incluso, hasta las pocas leyes laborales que los protegían.

También he visto a la policía corriendo con palos y tanques hidráulicos a vendedores ambulantes, en lugar de encarcelar a los que se están robando hasta las últimas monedas y tienen dinero y poder para comprar a esa justicia que cae con despiadada dureza sobre un pobre ladrón de gallinas. Como el muchacho que me escribió desde una cárcel cordobesa pidiéndome un ejemplar del Nunca más autografiado. Mientras ese hombre estaba preso por un delito menor, en un gesto aberrante se puso en libertad a los culpables de haber desangrado a la patria.

Con gran amargura, la tarde en que escuché la noticia de los indultos, me encerré en mi estudio sin deseos de ver a nadie, mientras volvían a mi mente las imágenes del horror, aquellos escenarios del suplicio.

En los años que precedieron al golpe de Estado de 1976 hubo actos de terrorismo que ninguna comunidad civilizada podría tolerar. Invocando esos hechos, criminales de la más baja especie, representantes de fuerzas demoniacas, desataron un terrorismo infinitamente peor, porque se ejerció con el poderío e impunidad que permite el Estado absoluto, iniciándose una caza de brujas que no sólo pagaron los terroristas, sino miles y miles de inocentes.

Cuando el país amaneció de esa pesadilla, el presidente Alfonsín, en su condición de jefe supremo de las Fuerzas Armadas, ordenó a los tribunales militares enjuiciar a los culpables de ese histórico horror. Luego, como estatuye la Constitución, el fuero civil daría la última palabra. Finalmente se nombró una comisión de civiles que, a través de una investigación paralela, aportó pruebas a la labor de los tribunales.

El horror que día a día íbamos descubriendo dejó a todos los que integramos la Conadep, la oscura sensación de que ninguno volvería a ser el mismo, como suele ocurrir cuando se desciende a los infiernos. Siempre recordaré la entereza ética y espiritual de las personalidades de la ciencia, la filosofía, varias religiones y el periodismo, que integraron la comisión.

El informe era transcripto por dactilógrafas que debían ser reemplazadas cuando, entre llantos, nos decían que les era imposible continuar su labor. En más de cincuenta mil páginas quedaron registradas las desapariciones, torturas y secuestros de miles de seres humanos, a menudo jóvenes idealistas, cuyo suplicio permanecerá para siempre en el lugar más desgarrado de nuestro corazón.

El terrorismo de Estado provocó también la destrucción de las familias de los desaparecidos. Padres y madres, en su atormentada fantasía, enterraron y resucitaron a sus hijos, sin saber, siquiera, la monstruosa realidad. Será difícil calcular cuántos padres murieron o se dejaron morir de angustia y de tristeza, cuántos otros enloquecieron. Como ocurrió con Miguel Itzigson, mi gran amigo, que en sus años finales tuvo como único objetivo recuperar a su hija, lograr alguna vez la verdad y la justicia. Pero el enfrentamiento con aquel horror, hecho de la crueldad de unos y la indiferencia de otros, acabó quebrando su admirable temple. Se dejó morir de tristeza.

El día en que la Conadep entregó el informe al presidente de la nación, la plaza de Mayo desbordaba de hombres, mujeres, jóvenes y madres con sus criaturas en brazos, que de ese modo daban su apoyo a aquel acontecimiento fundamental de nuestra historia. Ya que Nunca Más deberíamos reiterar los hechos que nos hicieron trágicamente famosos, cuando la prensa del mundo entero escribía en castellano la palabra “desaparecido”.

Lamentablemente, las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final, y luego los indultos, han abortado aquella voluntad soberana que hubiese sido un ejemplo de lucha ética, que hubiera tenido consecuencias ejemplares para el futuro de nuestra patria. Porque la tragedia que vivió la Argentina no será olvidada jamás por los que poseen un corazón noble; no sólo por quienes han presenciado aquel infierno, sino también por la condena de todos los seres de conciencia del mundo. Como lo demuestra la investigación que en otros países llevan adelante seres como el juez Baltasar Garzón, con quien estuve durante mi último viaje a España.

La sangre, el horror y la violencia cuestionan a la humanidad entera, y nos demuestran que no podemos desentendernos del sufrimiento de ningún ser humano.

El anciano muere de soledad

El lado oscuro de la soledad

Más de un centenar de ancianos han muerto solos en sus casas durante el último año

JUAN D. QUESADA / P. ÁLVAREZ –

El País

101 ancianos han muerto en soledad en la capital desde enero de 2010. Este drama, que nadie logra parar, ocupa hoy esta serie dedicada a los problemas que, gobierne quien gobierne, deben resolverse

Carmen García, una octogenaria que vivía en la calle Fuencarral, solía enfrascarse con facilidad en discusiones políticas, le gustaba desayunar en la mesa de la esquina del bar, donde tomaba también un vinito con un aperitivo si se alargaba el café hasta mediodía. “Del barato, yo vino tinto del barato, que el caro me marea mucho”, pedía siempre. Se lo servían gratis y ella a cambio limpiaba algunas mesas. “Carmen, que nos vas a dejar sin trabajo”, le reñían las camareras de broma. Y ella, con sus labios siempre muy pintados, sus bonitos trajes de colores y los ojos verdes perfilados, se reía.

LO QUE OPINAN LOS POLÍTICOS. “Hay que saldar la deuda moral con nuestros mayores”
MAYORES

El anciano César permaneció tres días tirado en el suelo de su casa

“La soledad es tremenda a esta edad”, reflexiona un anciano

María del Rosario fue descuidando poco a poco el piso en el que vivía sola
De joven fue matrona y peluquera. Residió en Francia. En Madrid vivía más sola que la una y así, sin nadie a su lado, murió la Nochebuena pasada. No llegó a celebrar su última Navidad.

En la ciudad de Madrid han muerto en soledad 101 ancianos entre enero de 2010 y abril de este año, según los datos a los que ha tenido acceso EL PAÍS. Las cifras antes eran públicas y se facilitaban año a año hasta que el alcalde Alberto Ruiz-Gallardón accedió al cargo en 2003 y decidió que los servicios de emergencia dejaran de informar de manera expresa a los medios de comunicación de las personas que eran halladas muertas en soledad en sus domicilios. Los miembros de su equipo no han querido valorar el asunto para este reportaje.

En la época pre-Gallardón, un hombre llamado Vicente falleció en soledad en su piso de la calle Duquesa de Parcent. Era diciembre de 2002. Los vecinos de escalera llevaban días sin verle salir a comprar el pan y el periódico como hacía cada día. Uno de sus hijos se alarmó al ver que no le devolvía las llamadas. No disponía de ningún servicio de teleasistencia. Su muerte, la número 68, fue la última que se produjo ese año. Esas historias son casi inaccesibles ahora que el Ayuntamiento de Madrid no facilita ningún tipo de información al respecto. Pero la realidad es que siguen muriendo ancianos sin nadie a su lado y los datos demuestran que este trágico fenómeno no ha descendido.

Según las cifras oficiales, 135.590 personas mayores de 65 años viven solas en la ciudad de Madrid. Son el 22% del total. Y de ellos, 58.809 tienen más de 80 años y afrontan la vida sin nadie con quien compartir el hogar.

La octagenaria Carmen García Carvajal, sindicalista de pro de UGT, nunca se quejaba de su soledad. Hablaba a veces de un antiguo amor y dedicaba pocas palabras a su hijo, que residía en Canarias. El piso de Fuencarral lo tenía a medias con un hermano que marchó a Brasil, donde murió. Nunca pudo venderlo y hacía frente a la vida con una mísera pensión de 350 euros. No cotizó en sus años de trabajadora en Francia, según recuerdan en el sindicato, donde está el bar al que siempre iba a desayunar y a discutir de política. El pasado 24 de diciembre la encontró muerta el trabajador del servicio de ayuda a domicilio que le llevaba la comida a casa cada día.

Tanto la Comunidad de Madrid como el Ayuntamiento de la capital tienen servicios para atender a estos mayores, como la teleasistencia, con 130.000 usuarios regionales, la mayoría personas mayores de 65 años que viven solas. El servicio funciona los 365 días al año. Los usuarios llevan un medallón al cuello que se activa al ser pulsado. Hay también servicios de acompañamiento de voluntarios y programas de acogimiento o pisos tutelados.

En el caso municipal, el alcalde Alberto Ruiz Gallardón se comprometió a principios de semana a reforzar la ayuda a domicilio y extender la teleasistencia a todos los mayores de 80 años. Ahora el servicio cubre al 40% de estos mayores, según datos municipales. El alcalde destacó entonces que hay 113.000 madrileños en la capital con dispositivos de teleasistencia, lo que significa multiplicar por siete el número de atendidos que había cuando llegó a la alcaldía en 2003.

La sensibilidad y los programas han aumentado, pero la oposición le pide más esfuerzo, máxime en un año en el que los presupuestos tanto regionales como municipales destinados a los servicios sociales han caído. La Concejalía de Familia y Asuntos Sociales perdió un 10,41% (233 millones de euros). La Consejería regional recortó un 2,41%, con 1.257 millones.

Jaime Lissavetzky, candidato socialista a la alcaldía, reclama más trabajadores sociales y un aumento de las medidas preventivas para que estas personas “estén seguras y atendidas”. “Necesitamos programas de prevención, atención presencial y a distancia realizados por profesionales que complementen la solidaridad de familiares y vecinos”, reclama el candidato.

El abogado César Delgado Ruiz votaba en contra de los presupuestos de su comunidad de vecinos casi por sistema. Golpeaba con un bastón el techo de su apartamento, en la sexta planta del bloque, al más mínimo movimiento de sillas de los vecinos de arriba. El conserje de su edificio, en la calle Evaristo San Miguel (distrito Centro), se acostumbró a que este jubilado de 77 años, bajito y de pelo cano, no le diese los buenos días. Quizá por eso nadie reparó en él cuando desapareció durante tres días seguidos a mediados del pasado febrero.

Una vecina que pegó la oreja en su puerta escuchó los golpes de su bastón. César llevaba todo ese tiempo tirado en el suelo sin poder moverse hasta que fue rescatado. No quiso la ayuda de los servicios sociales, se quejó de la insolencia de un médico que le tildó de testarudo y cerró de un portazo la entrada que habían echado abajo ese día los bomberos. Murió al día siguiente sin nadie a su lado. Los bomberos tuvieron que volver para abrir una vez más la puerta. “No consintió en salir de su casa y allí se murió, en el suelo”, recordaba ayer Miguel, el conserje, en la entrada del portal de hierro en el que aún sigue la tarjeta en el buzón con el nombre del abogado.

El anciano, que tenía varias hermanas, vivía solo pero no sufría penurias. Sindicatos y asociaciones de mayores alertan de que, en otros casos, a la soledad se le suma la precariedad de pensiones míseras con las que a duras penas se llega a fin de mes.

“Las administraciones intentan ocultar la realidad de Madrid, que tiene muchos contrastes. Hay mucha gente mayor que lo pasa mal, pero no existe gran alarma social porque es gente acostumbrada a una vida muy dura, que no denuncia y que se esfuerza en gastar lo menos posible”, explica Ana Sánchez, secretaria de Políticas Sociales de UGT.

La concejal socialista Carmen Sánchez Carazo también denuncia que es una realidad que el Ayuntamiento de Madrid “pretende ocultar”. “Existe, es un hecho. Esas son las cifras que manejamos nosotros también. No se puede ignorar que hay una población de mayores que fallece sin nadie al lado, lo que es un drama y debería ser impensable en una ciudad como Madrid en pleno siglo XXI”, asegura.

Vicente LLopiz, miembro de una asociación de mayores ecologistas de Ciudad Lineal, de 85 años, habla de primera mano. El hombre se ha topado más de una vez con gente de su quinta buscando en la basura comida desechada por los supermercados. “La mayoría de los ancianos tienen una pensión muy baja, por debajo del salario mínimo interprofesional, entre los que me encuentro. Están al borde de la pobreza y la exclusión social”, cuenta.

“La soledad es tremenda en esta edad, sobre todo para viudos y solteros. No tienen dinero para frecuentar bares, les da vergüenza enseñar su casa que a veces está en malas condiciones. Una cosa muy común es que adopten una mascota, como un perro por ejemplo, supongo que para obligarse a salir a la calle”, añade el veterano, bastón en mano.

María del Rosario Fernández Marcote, una anciana de 91 años, había sido voluntaria de enfermería, voluntaria de una biblioteca de mayores, bailarina y quizá una espía republicana, aunque esa parte de su biografía permanece aún a oscuras. Durante la vejez se aficionó al senderismo, pero llegó un momento en el que no podía seguir el ritmo de los abuelos con más vitalidad. “¡Fascistas, eso es lo que sois todos, unos malditos fascistas!”, fue lo que ella les contestó cuando le insinuaron que no podía acompañarles más en las excursiones.

María del Rosario tenía una hermana pero vivía sola en un piso de Ciudad Lineal que poco a poco fue descuidando, a lo que se unió su manía de adoptar a todo gato callejero que encontraba. Dejó de invitar a las amigas a tomar café y no abría la puerta a nadie, salvo que fuese uno de sus vecinos. A principios año pasado era fácil encontrarla dando paseos por la Gran Vía con un gracioso sombrero que había decorado con un clavel. Sus amigos le avisaron que no podía cruzar las calles como si todavía fuese el Madrid de los años 20. El 24 de febrero, en la avenida Donostiarra, cerca de su casa, María del Rosario no se amilanó ante un semáforo en rojo y salió directa. “¡Que paren!”, dijo con esa seguridad que le daba saberse una mujer hermosa. El primer conductor logró frenar a tiempo pero otro que venía por el segundo carril se llevó a la anciana por delante.

Vicente Llopiz recuerda ahora aferrado a su bastón cómo vio poco a poco como María del Rosario se fue quedando sola y excluida hasta que el coche le arrolló, culpa del delirio que le hacía creerse en una ciudad de mulas y carretas.

LO QUE OPINAN LOS POLÍTICOS. “Hay que saldar la deuda moral con nuestros mayores”
EL PAÍS ha solicitado a los candidatos de los tres principales partidos políticos que optan a la presidencia de la Comunidad de Madrid una opinión sobre qué hacer para evitar que haya mayores en la región que vivan y mueran solos y en situación de desamparo. La presidenta Esperanza Aguirre (Partido Popular) ha declinado ofrecer su versión sobre este asunto. “El programa se va a presentar a los ciudadanos a partir del 6 de mayo”, señaló una portavoz de su equipo. Estas son las respuestas ofrecidas por los otros dos candidatos:

Amparo Valcarce (Número 2 PSM). Es inmoral que la generación de madrileños que ha tenido una vida más difícil, que ha sufrido la guerra, la posguerra, la dictadura, no reciba la atención que necesita. Hay que saldar esa deuda moral. No se les puede dejar solos sin ningún tipo de amparo. Esa no es la sociedad que queremos.

La Ley de Dependencia les garantiza una plaza de calidad en una residencia, en un centro de día pero, también, bienestar si optan por vivir en su propia casa. Para ello, nos comprometemos a garantizar el acceso universal a la teleasistencia y a la ayuda a domicilio, para todos los ciudadanos mayores de 80 años. No es una utopía, es su derecho.

Entre los mayores, los más vulnerables son los que reciben una pensión no contributiva, por ello también planteamos que puedan contar con una nueva paga, la decimoquinta.

Pero no es suficiente, muchas personas mayores a veces se sienten solas y vulnerables y hasta pueden sufrir situaciones de abuso, por eso proponemos la creación del Defensor de la Persona Mayor y Dependiente. Porque una sociedad digna se mide también por el respeto y cuidado hacia sus mayores.

– Gregorio Gordo (IU). La soledad es una realidad creciente entre nuestros mayores y ello es debido, en buena parte, al cambio de modelo de familia y otros factores sociales. En ocasiones, la pérdida de un ser querido y en otras el aislamiento social, favorecido por la dificultad para salir de casa, incrementa este sentimiento que en ocasiones puede desembocar en una enfermedad. Por ello es tarea de todos, administraciones públicas y sociedad civil, combatir esta situación.

Desde Izquierda Unida queremos garantizar que los mayores vivan con unos niveles de calidad que, además, tienen sobradamente merecidos. Por ello, es imprescindible la correcta aplicación de la Ley de Dependencia, la creación de más plazas en residencias públicas, y aumentar la ayuda a domicilio para que esta prestación llegue a un mayor número de personas y con un mínimo de ocho horas semanales.

Junto a ello queremos garantizar la seguridad de las personas mayores que viven solas o con otras de su edad y, por ello, proponemos que, en la próxima legislatura, la teleasistencia llegue al 20% de la población y, por otra parte, que en cada municipio o ámbito de más de 5.000 personas haya un servicio de comida a domicilio y lavandería. En definitiva, queremos que nuestros mayores ejerzan su derecho a envejecer, y que lo hacen dignamente.

“Nadie habla mejor de la poesía que los poetas” por Mario Rodríguez

“AQUELLOS TIEMPOS”.-

Mario Rodríguez Estrada.-

“DEBO DECIROS QUE NO HE ENCONTRADO A NADIE QUE HABLE DE LA POESIA MEJOR QUE LOS PROPIOS POETAS”.-Platón (428-347 a.n.e.), filósofo griego.

Tratando de comprender la poesía moderna.-

Los primeros brotes de la tendencia modernista en la América Española…dice Max Enríquez Ureña…surgen al iniciarse la década de 1880 a 1890. Al querer comprender los entreveros de sus versos, causa en el snob que se atreva a entenderlos, una completa y total psicopatía mental…tal es, por ejemplo, el caso del poeta cubano Diego Vicente Tejera al leer su poema “Un ramo de violetas”, en el que emplea estrofas casi amorfas de versos cortos, valiéndose además de combinaciones y metros, entonces no usuales, como el dodecasílabo, formado por cuatro clausulas trisilábicas: “Lo ves, niña mía/¿te encantan sus rostros?/¡qué fulgor tan dulce despiden tus ojos!/ángeles blancos/ángeles róseos/azules unos/dorados otros/tienen/todos/arpas de oro.

Gutiérrez Nájera, aún cuando usó en sus múltiples, archi reconocidos y bellísimos poemas, diversos metros y combinaciones, se aficionó (gracias a Dios), a un verso de diez sílabas, compuesto de cinco más cinco, que para mi limitado gusto los hacen más entendibles…y vea usted si no: En dulce charla de sobremesa/ Mientras devoro fresa tras fresa/ Y abajo ronca tu perro bob/ Te haré el retrato de la duquesa/ Que adora a veces el duque Job…Qué maravilla de musicalidad.
Le sigue Salvador Díaz Mirón, que igualmente hizo uso de incontables metros, dando vida a versos repletos de su combativo temperamento, activo, violento e impulsivo…y si no dígame usted , que calificativo le podríamos dar al recrearnos con estas dos floraciones de sus múltiples entramados vergelianos: No intentes convencerme de torpeza/ En los delirios de tu mente loca/ Mi razón es al par Luz y firmeza/¡Firmeza y luz como el cristal de roca…Los claros timbres de que estoy ufano/Han de salir de la calumnia ilesos/Hay plumajes que cruzan el pantano y no se manchan/¡Mi plumaje es de esos!…(¡Hay cañón!…que brillante pintura poética).-(A Gloria).-

Después aparecen el cubano Julián del Casal…(1863), al quedarse huérfano dedicó unos versos igualmente huérfanos a su madre: No fuiste una mujer, sino una santa/que murió de dar vida a un desdichado,/pues salí de tu seno delicado/como sale una espina de una planta…Después vino José Asunción Silva, que a mediados de 1894 apantalló al mundo poético al dar a conocer su poema intitulado: “Nocturno”…Una noche/una noche toda llena de murmullos, de perfumes y de música de alas/una noche/ en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas/a mi lado lentamente, contra mí ceñida toda, muda y pálida/como si un presentimiento de amarguras infinitas/hasta el más secreto fondo de las fibras te agitara/por la senda florecida que atraviesa la llanura/ caminabas. Y aquí ya me dejó este poeta un tanto difuso y confuso,” pues la forma…dice Max Henríquez Ureña…es desusada y novedosa. Esa medida elástica, en la que se mezclan versos asonantados de cuatro, ocho, doce, dieciséis y veinte sílabas (siempre múltiplos de cuatro), en mitad de los cuales aparece excepcionalmente algún exasílabo, cuando no un dodecasílabo repetido tres veces consecutivas para producir, por contraste con las cláusulas tetrasilábicas, una armonía superior, que desconcertó a muchos lectores”…y la mera verdad a mí también, por lo que mejor dejé en paz eso de tratar de entenderle a los poetas…y mucho, pero mucho menos a los poetas super modernistas, que al no comprenderles ni jota nos llaman nacos…por lo que desde ahora me declaro alumno de los libros de la relatividad de Einstein…leeré los versos que yo entienda y me causen placer…seguiré siendo Machadista y Rubén Darista…ellos por lo menos si le ponen música a sus versos…se despide su despistado y noqueado poético amigo de “Aquellos tiempos”…Mario RE.-