El nacimiento de las fiestas de fin de año en Querétaro

El Rosario de Navidad
El Misterio de Los Leandros
Los Carros Bíblicos

Las Fiestas de Navidad

José Félix Zavala

Pastores, pastores
Vamos a Belén
A ver a la Virgen
Y al Niño también.

Lo que se llamaba “Rosario de Navidad”, la tradición de representar en 24 carros alegóricos, pasajes de la Biblia y que al pasar los años se convertirán en las “Fiestas de Navidad” a cargo de lo que fue primero una Comisión y posteriormente, “El Patronato de Las Fiestas de Navidad”, da comienzo en Querétaro la noche del 24 de diciembre de 1828.

Sobre estos temas y sus orígenes ha corrido mucha tinta, pero la versión aquí presente sólo tiene la fuente del padre de la historia moderna de Querétaro, Valentín Frías y el trabajo de campo de un servidor por treinta años, más los recuerdos de mi infancia.

Viene al caso, que una ocasión estando el Maestro Eduardo Loarca Castillo y un servidor, en la bella sacristía del Oratorio de San Felipe Neri (Catedral), me señaló un grupo escultórico y me dijo “Ese es el Misterio de Los Leandros”.

La historia de esta obra de arte, además de anecdótica, tiene un interés sociológico, por representar la vida de los artistas y del modo de ser de los habitantes de esta ciudad de Querétaro, en un hecho curioso e importante.

Señala Valentín Frías que a él se la contó el escultor Diego Almaraz Guillén y son sus protagonistas, los indios del barrio de Santa Rosa o de Los Jauleros, Aniceto e Isidro Martínez, apodados Los Leandros debido a que varios de sus ascendientes llevaron ese nombre.

Aniceto e Isidro Martínez, “Los Leandros”, en 1846 mandaron a hacer este conjunto escultórico a Miguel Beltrán y el Niño Dios a José Arce, todo por la cantidad de 500 pesos.

Al poco tiempo se dividieron los hermanos y lo mismo hicieron con la obra de arte que habían mandado hacer, El Misterio conocido como de Los Leandros. Aniceto retuvo la imagen de la Virgen e Isidro la de Señor San José y el Niño.

Aniceto mandó hacer un nuevo San José, la cabeza copiada de uno propiedad de la Señora Especia ascendiente del Lic. Mateo Borja Torres las manos y los pies fueron hechos por Isidro Espinosa y el cuerpo por él mismo que era aficionado al arte. Aniceto murió en los últimos días de marzo de 1867.

Este es el Misterio más conocido de los dos y el que se usará para lo que hoy llamamos las fiestas decembrinas…

El otro hermano, Isidro mandó hacer la Virgen a Diego Almaraz y al niño, que estaba en estado de “rorro”, le hicieron los pies y las manos, este misterio quedó en poder de las religiosas clarisas exclaustradas que existían en Querétaro.

Es importante tener presente que lo que ahora llamamos el paso de Los Carros Alegóricos, que recorren las calles del centro de nuestra ciudad cada 24 de diciembre y van precedidos de un mes de festividades, tuvo como principio “El Desfile del Rosario de Navidad”, posteriormente se le llamó a este desfile las “Fiestas Navideñas”, que le dan tanta fama a Querétaro y preocupan tanto a las autoridades que son las que dan un valioso presupuesto para ellas.

En un principio fue una incipiente Comisión, luego se le denominó, “Patronato de Las Fiestas de Navidad” y después “Patronato de Las Fiestas de Querétaro”, pero en realidad su comisión más importante son Las Fiestas Decembrinas, llamadas en su inicio en 1828 como ya lo dije, “El Desfile del Rosario de Navidad”, realizado como hasta ahora, cada 24 de diciembre por la noche.

El desfile del Rosario de Navidad, lo cerraba en sus comienzos y antes de que existiera el Misterio de los Leandros, un Misterio propiedad del Lic. Sotelo, factura de Laureano Montañés.

Los esquilones de la Torre de San Francisco llamaban y reunían a la sociedad queretana en su conjunto, a las ocho de la noche. Habrían la marcha los tamborcillos de mano, enseguida un grupo de enanos y la historia bíblica ejemplificada en 24 carros, siendo el primero el de La Creación, luego el del Paraíso, La Peña de Orbe, La Cena de Baltasar, Judith y Holofernes, Josué manda parar el sol, Esther ante el rey Asuero, El Becerro de Oro, José y Sus Hermanos, etc.

Cerrando el desfile el carro de La Posada, con su negrito con todo y linterna y atrás iba el carro denominado “La Cabaña”, donde se presentaba el nacimiento del Niño Dios, entre la algarabía de la gente, los pastores y un conjunto de animales domésticos sobre él. Cerraba este desfile del Rosario de Navidad, el Misterio, cargado en andas, bellamente decorado.

Muchos años al comienzo de esta centenaria tradición queretana, las andas que llevarían El Misterio de Los Leandros al desfile del Rosario de navidad se decoraban en la casa de Francisco P. Meza y después las andas nuevas mucho más grandes y acompañadas del Ángel, los Pastores y los animales, ya no se pudo hacer dentro de una casa, por lo que se decoraban bellamente frente a la casa de Los Leandros.

Tras el Misterio seguían Los Reyes Magos, con lujoso trajes y montados a caballo, con una recua llevando los regalos de oro, incienso y botellas de vino, atrás un grupo de arrieros y mujeres vestidas de campesinas con sombrero ancho, entre silbidos, gritos, guajes de agua, haciendo tortillas y los hombres fumando y tomando.

Esperamos que el Patronato de las Fiestas de Querétaro siga siendo innovador constante, sin dejar el cimiento que dio origen a estas fiestas decembrinas, que tuvieron su origen en las posadas con su tradicional rosario, canto de las letanías, procesión y recreación, actos de devoción de todos los queretanos.

Templos y conventos de San Miguel Allende por José Félix Zavala

En San Miguel El Grande

Templos y conventos

José Félix Zavala

Los chichimecas habitantes inmemoriales de esta región, tenían sus adoratorios como un jacal hecho de paja muy atusada, cuya hechura solamente a su templo era dedicada y nadie hacía su casa de aquella manera ni forma.

Cuando había malos temporales, todos en general se subían a los cerros y allí ofrecían a sus dioses sahumerio de copal y papel.

La nueva religión, llegada con el invasor llenó a San Miguel El Grande de torres y cúpulas, pregonando su permanente espíritu religioso. Para finales del siglo XVlll, ya existían innumerables patronos y fiestas, dicen los cronistas que hubo necesidad de suprimir algunas.

La religión de los pueblos otomianos giraba alrededor de la adoración de dioses personales. Cada dios simbolizaba un oficio o fuerza natural y cada pueblo tenía un dios patrón que se identificaba con un antepasado y que probablemente era el dios del oficio característico del pueblo.

El curato de San Miguel El Grande fue elegido por el obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga en 1564, construyéndose de cal y canto la primera iglesia por el año de 1578 y renovada en 1683 y a principios del siglo XVlll.

Es este templo parroquial de una sola nave, en forma de cruz latina, con capillas laterales. Tiene una cúpula exagonal, una capilla interior en forma octagonal, su piso es el techo de la cripta de los curas y notables de San Miguel.

En la torre suenan desde hace muchos años las campanas bautizadas con los nombres de “San Miguel”, San Pedro” y “La Luz”. El exterior del templo lo transformaron en “gótico” el maestro Seferino Gutiérrez.

Junto al dios guerrero Ayonatzytama-yo, identificado por los habitantes del lugar como San Rafael, se le levantó un templo al costado del parroquial y que es conocido como “La Santa escuela”, es una capilla de indios, donde en un principio los tlaxcaltecas, tarascos y mexicanos, recibían instrucción y sepultaban a sus muertos.

En la parte de atrás de la parroquia, en la calle del Hospicio estuvo el hospital y la iglesia primitiva, este lugar era destinado para el descanso de peregrinos y cuidado de enfermos.

Otra templo para servicios de los indios fue el de La Tercera Orden, que junto con el Convento franciscano y el templo de San Francisco, forman un hermoso conjunto arquitectónico.

El templo de San Francisco es gloria del chirrigueresco sanmiguelense, realizado como todos los grandes edificios de la época de la invasión europea, por manos indígenas, que dejaron su huella, en forma símbolos pre hispánicos, para perpetuo recuerdo.

Se comenzó a construir el templo por el año de 1779 y se terminó en 1799, su fachada la llaman los conocedores “danza de piedra”.

Tiene tres cuerpos, la fachada principal, sus entrecalles las separan columnas jónicas y se mezclan graciosamente róleos y follaje. Existen cuatro nichos, resaltan los de santo Domingo y San Francisco y entre ángeles y catorce medallones hay dos nichos monumentales uno en cada cuerpo, en el primero esta la Inmaculada Concepción y se rodea de santos franciscanos y en el segundo el ventanal, escoltado por santas de la orden franciscana, rematando con un Cristo en cantera bellamente labrada, acompañado por San Juan Evangelista y una Dolorosa.

La torre es esbelta, con tres cuerpos. La puerta lateral del templo tiene también tres cuerpos, adornada con follaje, cinco nichos, ventanal al remate, la forman cuatro columnas salomónicas en solo dos de los cuerpos.

El templo es de una sola nave, en forma de cruz latina, once altares, seis bóvedas y un coro con barandal de madera, parece de época. La cúpula que parte de cuatro columnas torales, con sus respectivas pechinas, dándole esbeltez, tiene tambor octagonal, es de media naranja y remata con una linternilla.

En la sacristía se pueden admirar los lienzos de “El sueño de San José” y “La Piedad”.
Los indios que levantaron esta ciudad, piedra a piedra, en tiempos anteriores ya habían levantado otras bellamente hermosas como Tula o Teotihuacan.

Tenían señalados sus pueblos y sus barrios que ellos llebaban calpullis y acudan con sus servicios a su Señor y este tenía en cada pueblo o calpulles, un principal por gobernador perpetuo.

Cinco torres, un convento y un colegio, forman la fiesta del barroco en San Miguel El grande, es este lugar con su plaza un bello conjunto, como los grandes centros ceremoniales pre hispánicos, para las grandes ceremonias religiosas, todo esta lleno de misticismo, de fachas, de nichos, de portones.

Ignacio Trujillo, obispo de Valladolid autorizó la creación del Oratorio Felipense, gloria de la arquitectura de San Miguel El Grande, un 21 de abril de 1712.

La fachada del Oratorio es barroca mexicana, claro, llena de follaje en sus dos cuerpos y su remate, las cuatro columnas salomónicas abarcan los dos cuerpos y en las entrecalles están cuatro nichos, en los primeros se ven a San Pedro y a San Pablo, en el remate un San José y la ventana que ilumina el coro.

La portada lateral tiene un arco de medio punto y remata con una escultura de la Anunciación y la ventana, todo con follaje.

El Convento felipense da a la plaza con doce ventanales, mientras las torres de tres cuerpos se ve sencilla.

La nave del templo tiene forma de cruz latina, seis bóvedas, tres de ellas nervadas, por doquiera aparecen óleos con datos de la vida de san Felipe Neri. La cúpula con tambor octagonal y de media naranja, remata con su linternilla. El coro y su barandal nos permiten ver la caja del órgano plateresco del siglo XVlll.

“Hay convento de padres felipenses observantes, con una bella capilla de la Tercera orden, Oratorio de San Felipe Neri, con varias becas para colegiales y estudios mayores y menores y también escuela para niños, todo a la dirección de dichos padres del Oratorio, tiene una suntuosísima capilla de Nuestra Señora de Loreto, adornada ricamente”.

Dentro de este hermoso conjunto o ciudadela religiosa, dos cúpulas arabescas y una torre ricamente adornada, dan vista desde lo lejos a la capilla de los condes De La canal, es la llamada casa de Loreto, entrando por el costado lateral izquierdo del Oratorio felipense.

Al entrar se topa uno gratamente con una bella fachada portada en piedra dorada, con dos pares de columnas salomónicas que sostienen el balustre y remata en un ventanal.

Angeles niños escalan las columnas, mientras arriba del remate se puede leer: “Esta es la casa en al que el hijo de Dios se hizo hombre”.

Esta capilla fue fundación y construcción de Manuel Tomás De La canal, por el año de 1736, con un costo de 36 mil pesos.

Ala entrada de la Casa de la Virgen, hay una reja con ventana, el piso es de azulejos azules, amarillos y verdes. El techo está decorado con medallones dorados y espejuelos, cromos chinos, valencianos y poblanos, cortinajes tisú y reliquias.

Salta a la vista un camerín de la Virgen de Loreto, vestida a la usanza de las damas medievales, una triple corona, sobre ella baja el Espíritu Santo, salido de un resplandor de madera dorada y las letras “Madre y Virgen”, nueve candiles y una torrecilla en forma de corona, anunciando al pueblo de San Miguel El Grande, la existencia arrobadora de dicha capilla.

Se ve a los condes De La Canal de rodillas, sosteniendo las lámparas votivas, mientras flanquean a la Virgen San Joaquín y Santa Ana. Algunos frescos acerca de la casa de la Virgen ilustran el lugar.

Existe lo que era la capilla privada de los condes o camerín posterior, de planta octagonal, con pilastras adosadas a los muros y que al cruzarse toman la estructura de la bóveda y sostienen la linternilla que en forma de tiara remata la capilla.

En esta pequeña capilla existen seis altares, pequeñas esculturas, ángeles y arcángeles custodian el lugar, en el altar del frente los restos funerarios de San Colombo y una imagen de San José custodiada por la del diácono San Lorenzo y la virgen Santa Cecilia, que dan lo mejor del estofado en madera del lugar.

La luz penetra por siete ventanas octagonales, conchas de la gracia las rematan, los retablos dorados de un cuerpo y copete a ángeles en vuelo el que sostengan medallones con iconografía de la Virgen, como reina del cielo y co-redentora de las ánimas.

Resaltan en este lugar pequeñas esculturas de santo Domingo, San Francisco, San Ignacio de Loyola, San Felipe Neri y otros cinco santos más, fundadores de ordenes religiosas, mientras en las pechinas y la linternilla aparecen frescos de no muy buen gusto.

Es importante resaltar en la decoración de esta pequeña capilla, su estilo mestizo, se ven corazones en rojo vivo, del mistic9ismo español y cuatro mascarones del más puro estilo pre hispánico.

A la salida de la capilla esta un púlpito con un ángel sosteniendo el sol y los cuatro evangelistas, además del rostro de Cristo, inspirador de sus biógrafos.

En esta misma ciudadela religiosa se encuentra el templo de Nuestra señora de la salud, original capilla intercalada entre el claustro y el colegio, construida por Felipe Neri Alfaro, a fines del siglo XVlll.

En su interior se encuentra un Cristo de Rodríguez Juárez, un San Javier de cabrera, una Guadalupana de Antonio Torres y un no despreciable ciprés, donde anida la Virgen de la Salud.

La portada es una concha gigantesca que guarece a cinco esculturas, tiene dos cuerpos y remate, torre de un solo cuerpo. La bóveda remata con una linternilla estilo arabesco.

En esta capilla se daban las “borlas” del doctorado a los alumnos del colegio de San Francisco de sales. Colegio ahora ya destruido casi en su totalidad y que parece magnífico en su fachada que remata con una espadaña y torreoncillos en todo lo largo del edifico que da a la plaza o ciudadela.

Los alumnos que estudiaron en este colegio fueron tanto españoles, como criollos e indios, se enseñó desde leer, escribir, contar y hasta filosofía. Esto nos lo recuerda el Doctor Gamarra.

“ Y con facultades de que sus congregantes puedan enseñar públicamente a los niños en la escuela y a los mayores enseñarles gramática, retórica, filosofía y teología, teniendo, los que allí estudien, el privilegio de graduarse en la universidad de México…”. Son palabras del Rey de España.

Este logro del felipense Antonio Pérez de espinosa se traduce en las palabras que sobre el edificio se dijeron: “El edificio noble y severo subsiste, – patio, fuente, silencioso, triste – se inició su construcción en mayo de 1734. El hombre más ilustre que ha salido de él fue Juan Benito Díaz de Gamarra, nacido en la ciudad de Zamora en 1745.

Los padres felipenses, Hipólito Aguado, Martín Zamudio y el famoso Padre Alfaro, fueron los que inundaron de vestales a San Miguel El Grande, con las fundaciones de los beaterios de dominicas, y capuchinas, más el convento de concepcionistas. Convento real, colegio de niñas y los templos de santo Domingo, Santa Ana y el llamado “Las Monjas”.

A este monumental convento de religiosas concepcionistas, llegó su primera abadesa un primero de febrero de 1756, era Sor Antonia, venía acompañada de las monjas de coro sor María Gertrudis y sor Felipa, salidas las tres del convento de la ciudad de México, llamado “Regina Coelli”.

La construcción del templo convento de las concepcionistas, fueron Francisco Martínez Gudiño, Pedro Joaquín Tapia y Salvador Antonio Hernández, los tres destacados “ alarifes y maestros de arquitectura”.

Habiendo medido el solar resultaba una iglesia con 61 varas de largo, 11 de ancho y 16 y medio de alto, incluyendo el coro, que tiene de largo 16 varas. Contiguo a la misma iglesia y corre paralelo con ésta, el antecoro bajo y alto, más dos pasadizos generales, escaleras, sacristía interior y exterior, quedando encima de esta un “niñeado “ y un noviciado.

Por otra parte, al oriente, corre uno de los costados del convento, que contiene en si portería exterior e interior, cuatro rejas para capillas o devocionarios, el claustro tiene dos danzas de arcos, todo él de 30 varas…

La construcción de la cúpula del templo de Las Monjas, es posterior ala construcción principal, por casi cien años. “Consta de dos cuerpos, el primero sostenido por columnas corintias pareadas, que hacen marco a los ocho amplios ventanales, el segundo empieza con un barandal donde se ostentan estatuas de santos, precisamente arriba de cada par de columnas del primer cuerpo, acusándose También la balaustrada, remata en una graciosa linternilla, coronada con una estatua de la Concepción”.

La iglesia tiene pesantes y como todo convento femenino las puertas de acceso, son laterales, es el templo austero, alto, en forma de cruz latina, al centro del altar mayor se distingue una Inmaculada Concepción de gran factura, un San José policromado, que vale la pena detenerse a admirarlo. Las rejas de los coros son enormes, fuertes y sencillas. Los grandes pintores de época, Cabrera y Juárez, tienen obra en él y decoran el coro.

Sor María Josefa de la Santísima Trinidad, hija de los condes De La canal, tomó los hábitos de las monjas concepcionistas, en la capilla privada de sus padres, la llamada “Santa casa de Loreto”, en el Oratorio felipense, ante el obispo michoacano, Mons. Elizacochea y esta enterrada según la costumbre en el coro bajo del templo de las Monjas. Este convento y templo se levantaron con la dote de esta monja.

La fachada principal del templo de las monjas concepcionistas es de dos cuerpos y remate, con cuatro columnas en cada cuerpo y en las entre calles nichos.

Resaltan las esculturas de San Pedro y San Pablo, arriba la de la patrona, Santa Beatriz Reina y en medio de hojarasca, la puerta, con arco de medio punto y una ventana entre dos pequeñas columnas, en el remate en una especie de concha, interrumpida por cuatro columnas, destaca un San José, patrono, tanto de las monjas, como de los condes y de la Nueva España.

Cómo un castillo medieval, se divisa a lo lejos, con muros altos de recio mamposteo, sólidos contrafuertes, espadaña llena de campanas, espadaña graciosa, donde suena en hermoso argentino, la llamada campana “Guadalupe”.

Es el templo del beaterio dominico, sorprendente y admirable, construido a iniciativa del felipense Fray Marín Zamudio en 1735 y conocido por mucho tiempo entre los lugareños como el santuario de la Virgen de Guadalupe.

El beaterio de santo Domingo está “encaramado” en el cerro de La Cruz, al término de la calle del Correo y dentro de los límites de la hacienda El atascadero.

Las beatas habitantes de este lugar, vivían en pobreza pero desde luego a la usanza de la época, en pequeñas casitas o celdas, junto con sus doncellas y dieron vida al san Miguel El Grande.

Solo se recuerda, no se porque hazares del destino solo a las ultimas beatas de este siglo, Sor María Almagre, Sor margarita López, Sor Francisca Olvera, Sor Bernarda Almanza, Sor Luisa, Sor Magdalena Rivera, todas ellas monjas de coro y la lega Ma. De Jesús Sánchez.

El templo de este beaterio, es de una bóveda corrida lisa, de una sola nave pequeña, con coro alto y abajo el osario, dos sacristías, la privada y la externa. El altar mayor, estilo neoclásico, tiene en el centro a la patrona dominica, Santa catalina de Siena, doctora de la iglesia y en el retablo mayor tiene un cuerpo y un remate, donde existe un lienzo de buena factura de la Virgen de Guadalupe, que recuerda los mejores tiempos de este lugar.

Pareciera, por la ubicación y construcción de este pequeño templo guadalupano, como si la Tonantzín, La madre de los dioses, se elevara sobre izcuinapan, en un acto indígena de resistencia contra la dominación europea, como un acto último de guerra, recuerdo las palabras del códice Ramírez:

Pero a estos otomíes los españoles los han arruinado enteramente, los han aniquilado completamente….

El beaterio dominico parece recordar la edad media, sus muros y arcos bajos rodean un pequeño patio, todo en gran mamposteo, la sala “ De Profundis”, único lugar de reunión de las beatas, permanece como mudo testigo de historias que jamás serán contadas.

La tradición señala que las aguas que bajaban del Atascadero no permitían la construcción del templo y beaterio, pero la divinidad se manifestó deteniendo las aguas y de donde salía en chorro mas fuerte sirvió de nicho a la Guadalupana.

La fiesta de esta patrona mexicana costaba 1400 pesos y se celebraba el cuatro de agosto de cada año, fiesta de santo Domingo de Guzmán, fundador de la orden, en un extraño mestizaje.

El otro beaterio que existe y distingue a san Miguel El Grande, es el de santa Ana, se encuentra bajando hacia el poniente, del Oratorio felipense, aparecen sus doncellas por el siglo XVlll, su convento se construyó a un costo de 40 mil pesos.

Un sobrio pero hermoso contrafuerte, da marco a la entrada lateral del templo, lo mismo que al beaterio. Estas mujeres clarisas franciscanas, tenían para su vida de contemplación un convento con hermosas arcadas, patio, huerta, habitaciones, todo sobrio, fuerte y de elegante belleza.

También es importante nombrar, en este San Miguel El Grande, las capillas de indios levantadas por ellos y para ellos, como lo es el templo de La tercera Orden, el de San Juan de Dios y su hospital, el de San Antonio, el de San José y la llamada Ermita.

Los Juaninos se hicieron cargo del hospital, añadido al templo, tiene este edificio, una arcada alrededor, por tres costados y juntos templo y hospital forman, en la ciudad y más concretamente a las afueras de ella, un hermoso conjunto arquitectónico.

Fue construido esta plaza, hospital y templo, por el año de 1770 por el cura Manuel de Villegas, tiene también su cementerio, lugar muy apreciado por los indios, debido al culto a los antepasados muy arraigado en mesoamerica.

Ningún conocimiento aquí
Verdaderamente nada
ni palabra se decía acerca de los españoles
antes de que llegaran aquí
antes de que se reconociera su reputación/
primero reapareció en el cielo un presagio de desgracia
nos asustamos, como si se tratara de una llama…

“Tales fueron los templos y conventos que en todos los estilos en todos los tamaños y en todas las épocas levantó la muy rica, unificada y muy católica Villa de San Miguel El Grande”

El Oratorio Felipense de Querétaro es la actual Catedral

Oratorio de San Felipe Neri

José Félix Zavala

El inicio de este oratorio felipense en Querétaro, lo inicia el P. Martín de San Cayetano y Jorganes, originario de Pátzcuaro y con el apoyo del virrey Juan Francisco de Guemes y Horcasitas. A la muerte de este Felipense, el P. Cabrera, del clero diocesano, corrió los trámites y costas por ello, ante la curia de México.

El felipense Marcos de Ortega vino a esta ciudad para realizar la fundación, creando una pequeña iglesia y sala, inaugurado el 21 de noviembre de 1763, hasta que se mudaron al convento e iglesia que conocemos actualmente y que fue en el año de 1800 un 6 de mayo, se encuentra en la antigua calle del Angel y la Calle Real (Madero y Ocampo)..

Esta obra se comenzó el 8 de diciembre de 1786 cuando se colocó y se bendijo la primera piedra. Los bienhechores de este conjunto, fueron Melchor de Noriega y Cobiedes y posteriormente Doña María Cornelia Codallos.

El oratorio y claustro fueron bendecidos por el año de 1808 y la dedicación del termplo estuvo a cargo del cura de Dolores, Miguel Hidalgo y Costilla.

La Sacristía es hermosa y grande, con una cúpula elíptica, donde se encuentran las pinturas de los ocho obispos que ha tenido Querétaro entre otras obras importantes, tiene siete ventanas rasgadas.

La suntuosa obra de templo y convento felipenses estuvieron al cuidado del P. Dimas Díes de Lara, Prepósito del Oratorio. Las pechinas de los arcos torales, del crucero del templo contienen frescos relacionados con la vida de San Felipe Neri, cuyo autor es Andrés Padilla.

Hay magníficas esculturas, entre ellas la de San Felipe Neri, La de la Virgen de los Dolores, un San José, la de Santiago El Mayor, entre otras y son obras de los grandes maestros de la escuela de escultores queretanos, como lo fue Mariano Arce.

El templo es una obra postrera de la época barroca, en su portada, Torre y cúpula, muy hermosas por cierto, con facilidad también se advierte la mezcla de diferentes estilos, que conjuntados dan prestancia a este oratorio.

Tiene en la puerta de entrada, en forma de hexágono y un medallón sobre el fundador de los felipenses, realizado en cantera, de una gran factura. Arranca el primer cuerpo con dos conjuntos de tres columnas.

En el segundo cuerpo de la fachada, a los lados del ventanal que da luz al coro existe de cada lado, dos juegos de columnas pareadas, con base bulbosa y capiteles corintios, resaltan dos medallones, uno de la Dolorosa y otro de San José, cerrando el conjunto después del friso, un arco elíptico rebajado, resaltando otros dos medallones y rematando con una Trinidad de las llamadas heréticas.

El autor de esta fachada usa el tezontle de fondo en forma de petatillo. Material muy de la región. Es el paso del barroco al neoclásico.

La torre parece estar construida en dos épocas, el cubo con ventanas de perfil rizado , el basamento presenta la misma fuerza de la fachada, parece ser de inicios del siglo XlX.

En 1920-32 se modificó el presbiterio, retirando el ciprés, después del concilio Vaticano ll, se mandaron quitar tanto el trono episcopal y posteriormente los sitiales de los canónigos, que eran de granito verde y fueron sustituidos por sitiales de madera.

El juego de las tres esculturas del altar mayor son de Mariano arce, con modificaciones de Diego de Alamaraz y son los patronos secundarios Juan y Pablo, además del Patrono principal Santiago El Mayor. Ya se encontró sobre la calle de madero el primer oratorio y claustro felipense, muy modesto.

El claustro de los felipenses, ahora después de su restauración se le ha llamado arbitrariamente Palacio Conín y esta destinado a oficinas del gobierno del estado, su factura es neoclásica, con arcadas en los dos pisos, entrada al templo por atrio y puertas interiores que están tapiadas.

El 30 de julio de 1931, El Obispo Marciano Tinajero y Estrada, sexto en el cargo desde 1864, consagró y dedicó el templo de San Felipe Neri, con toda la solemnidad de la liturgia, como Catedral de la Diócesis de Querétaro, que lo es hasta nuestros días.

San Luis Potosí por José Félix Zavala

San Luis Potosí

José Félix Zavala

Desde hace mas de tres mil años se ha gritado con reciedumbre, se oyó decir de ellos en Cerro Grande, en el Peñón Blanco, en el Cerro del Aguila, en la Mesa de los Caballos hasta el Picacho de Bernalejo, lo mismo que en el Sótano de las Golondrinas, allá en Aquismón.

Son los hombres Aguila, dicen, en la sierra de Alvarez y allá donde crecen los framboyanes, las bugambilias, los crotos y los palos de rosa. Se platica de ellos en las riberas del río Calabacillas, río la Laja, Río Verde, Río Valles, Río Tampaón, en el Tamuín, lo mismo que en el Salto, El Naranjo y la Lloviznosa.

Son los hombres del arco y la flecha, los hombres de la dispersión que defienden hasta la muerte su tierra, la tierra donde corre el oro, la yuca, la biznaga, el mezquite, los pirules y el samandoque, defienden la tierra donde vive el conejo, la liebre, la ardilla, los coyotes, donde vuelan las codornices, los tordos, los zenzontles, los palomos, los gavilanes, donde vigila el gato montés.

Es la Gran Chichimeca, la zona del Gran Tunal, como alguien la ha llamado, son los tiempos de la libertad que se ve amenazada, son los hombres que estaban muy lejos de ser congregados en pueblos trazados a cordel, lejos de ser sometidos, de ser destinados a la construcción de ciudades para otros hombres y a edificar templos para otros dioses.

Cuenta Joaquín Meade: “ Existe la creencia que la primera migración, fue la de una raza afín a la Chichimeca y la segunda a la Maya o la Tolteca, en la que se fundó seguramente la llamada Olmeca. En todo caso es probable que el grupo Chichimeca se estableció muy temprano en tierras potosinas”. A su vez dice Gerste que los Tenochcas veían en los Chichimecas a los primeros pobladores del continente.

Bernardino De Sahagún, humanista preocupado de rescatar, dentro de las limitaciones de la época, pero con un gran sentido de la ciencia, una cultura que jamás se imaginó existiera, dijo: “ … estos dichosos Toltecas se nombran Chichimecas y no tenían otro nombre particular sino el que tomaron de la curiosidad y el primor de las obras que hacían, que se llamaban toltecas que es tanto como si dijésemos oficiales, pulidos y curiosos.”

Dentro de este gran territorio, que ahora es el suelo potosino, no podría haber otro dios que no fuese el sol, dador de todos los bienes y que sus ritos de congratulación solo se dieran al aire libre. Como se han venido haciendo por cientos de años, por milenios, en las grandes ciudades mesoamericanas, con una concepción a la divinidad, distinta a la occidental, lo mismo que del urbanismo y la convivencia. A todos estos quehaceres culturales hemos estado cerrados por decreto, de tal suerte que los que somos indios nos queremos llamar mestizos.

Sigue diciendo Sahagún en su obra monumental: “ … de las mujeres había muchas que sabían hacer labores en las mantas, en enaguas, en huipiles, que tejían muy curiosamente; pero todas ellas labraban lo dicho de hilo de maguey, que sacaban y beneficiaban de las pencas; Hilbanábanlo y tejíanlo con muchas labores… aunque sabían hacer muchas formas de ropa…”

Así era la Gran Chichimeca antes del “ Bramo “, ese grito aterrador que se diera al descubrirse las minas de Cerro San Pedro y que fuera el estallido que reuniera los intereses de los españoles y trajera la ruina de los dueños originales de estas tierras. Los Huachichiles que semejan gorriones y en lugar de la peluca española, usaban el color bermejo, vivían y disfrutaban estas tierras de frontera, hasta el día en que supieron que Hernán Cortés llegaba a la tierra de los Téenek, a Tancuyalab.

Todavía se recuerda cuando Nuño De Guzmán, marcó como animales a mas de 10 000 Huastecos y muchos de ellos prefirieron el suicidio a la humillación, estos hechos han sido repetitivos durante los 300 años de estancia de los españoles en éstas tierras y los 200 años de los mestizos, hasta nuestros días, que ya suman 500.

Por eso los Cuachichiles atacaron a cuanto español se acercaba al Gran Tunal y a esta guerra de guerrillas la llamaron salvajismo, cuando era solo el esfuerzo de un pueblo para impedir que se llevara a cabo el trazo de ese camino tan terrible para la región Chichimeca que llamaron el Camino De La Plata.

La irrupción española trajo un rompimiento en la cultura mesoamericana en todos los órdenes, como jamás se había visto en la historia de la humanidad y con ello privó al mundo, al género humano de encontrarse con una cultura, con una forma de vivir y de pensar no prevista, ni mucho menos imaginada por Occidente.

Había una comunidad Cuachichil, en donde ahora llamamos muy familiarmente Plaza de Fundadores, esta comunidad era de cazadores, que poco usaban la agricultura, pero con el Juego de Pelota, sus ritos realizados hacia los cuatro puntos cardinales, el uso del Jiculi, recordaban a esas antiguas culturas que dejaron cuecillos, figuras humanas en barro, cerámica y muchos vestigios más en esta zona donde ahora es la Ciudad de San Luis Potosí y que demuestra a pesar de muchos decires en contrario, que hasta estas tierras de frontera había llegado la cultura del maíz y de la escritura matemática, antes de las invasión española.

Se quiere olvidar a mas de algún historiador, el pasado y el aporte de esta cultura que pensó un mundo diferente en todos los órdenes al de España y Occidente y lo recreó muy extensamente, baste como ejemplos: El Tajín, Tula, Teotihuacan, Monte Albán o Tikal, entre muchos otros ejemplos grandiosos, lo mismo que su concepto y desarrollo de la escritura, la fonética, el avance de su medicina, su insuperable técnica agrícola entre muchos otros ejemplos que se pudieran dar.

Esta comunidad y la que se había ya establecido en lo que ahora es el barrio de Tequisquiapan, mas el aporte de los tlaxcaltecas, los hombres del sincretismo, dan origen a la actual ciudad de San Luis Potosí. De ellos nace una identidad, el aporte para la construcción de la ciudad española, que ahora llamamos centro histórico y de sus barrios o altepetles: Tlaxcala y Santiago, y al rededor del Convento Grande de San Francisco, los barrios que ahora conocemos como San Miguelito y San Sebastián.

Así que el lugar denominado puesto de San Luis Potosí, que debiera dar origen a la ciudad indígena, da de pronto lugar a una fundación o pueblo de españoles, que sirvió de morada a los gambusinos, pero la creación de la ciudad que se va formando hasta ahora y por mas de 400 años y más propiamente en los siglos XVl, XVll. Y XVlll, es obra de la destreza, la posibilidad de adaptación y de sincretismo de los Cuachichiles, Tlaxcaltecas, Tarascos y otros pueblos que se avecindaron en la prosperidad de la nueva población que diò oro, maíz e intercambió bienes a la Antigua y a la Nueva España.

Tanto los misioneros como los colonizadores ensayaron métodos de dominación, unos violentos, otros pacíficos. Su atención se dirigió a los jóvenes indígenas, los pilhuanes, al conocimiento de las lenguas nativas, a las costumbres, por ello escribieron diccionarios, catecismos, confesionarios y más en lenguas naturales.

Se tiene como fecha de fundación de la Congregación de Cuachichiles en el puesto de San Luis, el 25 de agosto de 1583, puede ser tradición o historia al concepto occidental, de cualquier modo debe respetarse, la costumbre se hace ley y el de la fundación española en el mismo lugar el 3 de noviembre de 1592, quedando para la posteridad y hasta nuestros días la celebración de la fundación la primera fecha o sea la indígena y dándole crédito como fundadores a Fray Diego De La Magdalena y a Miguel Caldera, el tristemente celebre ganador de la guerra Chichimeca, iniciada en 1550 con la entrada del camino de la plata o dicho de otro modo con la invasión de los españoles.

Cuenta Arnoldo Kaiser: “ Lo que es hoy San Luis Potosí ha sido resultado de la fusión del núcleo urbano formado por los siglos XVI, XVll, y XVlll con sus siete barrios o villas a saber: Tequisquiapan, Santiago, Tlaxcala, San Miguelito, Montecillo, San Sebastián, San Juan de Guadalupe. Estos barrios se formaron casi al mismo tiempo que la ciudad y tuvieron su vida propia durante gran parte de su existencia, con sus tradiciones, costumbres y celebraciones, muchas de las cuales aún subsisten… ahora los barrios ya están integrados a la mancha urbana, pero siempre seguirán siendo parte de las raíces y la identidad de los habitantes de San Luis Potosí.”

Estos pueblos indios fueron creciendo y pronto hubo 30 tiendas de mercadería de géneros, 17 tendajones que vendían piloncillo de la huasteca, azúcar, cacao, pimienta, canela. Surgieron los sastres, los carpinteros, los herreros, los sombrereros, los tejedores, los curtidores, los albañiles, los hojalateros, los pintores, los armeros, los encuadernadores, los doradores y los hábiles plateros. Las tenerías de cordobanes, suelas y bandanas, telares para hacer frazadas, colchas y alfombras, fábricas de salitre para sacar la plata. San Luis Potosí se iba enriqueciendo.

Fue naciendo la parroquia y las casas reales, el convento grande de San Francisco, los templos de San Agustín, La Merced y La Compañía, el hospital de los Juaninos, el beaterio de San Nicolás, las plazas y las casas de los españoles, mientras los barrios permanecían con sus modestas capillas de indios, a sabiendas que ellos eran los constructores del rico ya San Luis Potosí.

Esa capilla de la Santa Veracruz, construida para dar inicio al pueblo de indios de San Luis, debe ser recordada con orgullo por todas las generaciones de potosinos, como una tentativa de los verdaderos dueños “del Gran Tunal”, Los habitantes inmemoriales de este lugar, que algunos han llamado también Tangamanga, tuvieron el sueño de vivir en paz y sin colonizadores, pero la historia no fue así.

Jamás debemos olvidar la importante fundación del barrio de Tlaxcala, allá por el año de 1592 a la par de la ciudad española de San Luis Potosí, esta con su convento franciscano y su capilla que guarda a la diosa madre concepto mesoamericano, pintada por José Pardo y desde luego asistir el 15 de agosto al paseo de las bateas floridas y las danzas, recuerdo de tiempos idos y de resistencia callada de una de las culturas civilizatorias del mundo que se niegan a morir.

Tampoco debe quedarse fuera de nuestra memoria el barrio de Santiago y recordar que la veneración a sus antepasados, costumbre eminentemente mesoamericana o indígena, les hizo levantar allí su capilla. Las dos cupulillas del templo son para recrearse, lo mismo que las pinturas de Arellano, sus muy maltratados doce apóstoles realizados por José Correa y la fiesta del Señor Santiago, Huichilopochtli, cada 25 de julio, recordando que al apóstol Santiago lo subieron al caballo los españoles para conquistar los pueblos mesoamericanos con la espada.

Está presente en la memoria de esta ciudad el barrio de San Sebastián, al sudeste, un poco posterior su creaciòn a los ya citados y en él se celebra al dios adolescente o Matove, cada 20 de enero, que tiene su contraparte en el Señor San Sebastián, allì se da tambièn la entrada de la cera en la víspera, danza de concheros durante la celebración. Recuerdo que debe dejarse de lado a quienes se oponen al recuerdo que identifica, resiste y transforma, al ver estas manifestaciones culturales.

San Miguelito el barrio nacido a la par que el Convento Grande de San Francisco, es quien da identidad a este pueblo potosino. Junto a él nacen las capillas indígenas de la Santísima Trinidad y la Tercera Orden, lo mismo San Miguel Arcángel y Nuestra Señora de los Dolores. El 29 de septiembre de cada año recuerdan al Arcángel Guerrero que los identifica plenamente, lejos están ya las guerras floridas que daban vida eterna al sol.

Al oriente está el barrio de Montecillos, con su San Cristóbal Guatemalteco y su dios, el Señor de las Misericordias, celebrado en las fechas de la recolección, en los finales del mes de agosto, discreto oye el paso del tren y mira hacia el frente al Señor de los Trabajos, todas estas son tradiciones sincretizadas, muestra de la resistencia de la cultura mesoamericana que durante estos últimos 500 años ha podido sobrevivir, para dar al mundo la oportunidad de rescatarla.

Mas apartado está San Juan de Guadalupe, otro barrio de indios, donde la diosa abuela, la madre de todos los dioses sentó sus reales y desde ahí busca y mantiene la identidad de una ciudad construida por los indios para los españoles. Se me viene a la memoria la calle de la Corriente y el río Santiago, como lugares fronterizos entre el pueblo para españoles y los constructores mesoamericanos, el pueblo original de esta tierra.

Nuestra Señora de los Remedios, sigue rigiendo como Patrona, como lo fue en un principio, desde la Calle Real el barrio de Tequisquiapan, que significa este nombre primitivo “sobre el agua de tequesquite”, para aquellos que se oponen al nombre indígena de Tangamanga para esta ciudad, donde el agua y el oro fueron parte importante de las riquezas de esta villa que fuera el hoy San Luis Potosí,

Que no se olviden los festejos del Colonche, vino de tuna, pulque, melcocha, miel de tuna, queso de tuna, charamuscas, pipitorias, dulce de biznagas y sin faltar las tunas blancas y cardonas, los tacos y las enchiladas, todos ellos alimentos festivos de esta tierra de la Gran Chichimeca, llamada La Nopalera o El Gran Tunal.

José Félix Zavala.

Los Mercedarios y su hospicio en Querétaro

La Real Orden Militar de La Merced,
para la redención de los cautivos
cristianos.

El Hospicio de Religiosos de Nuestra Señora de la Merced

José Félix Zavala

Su origen en 1249
En Barcelona, España
Aprobación canónica por el Obispo Berenguer Palau
Autorización del Rey Jaime l
San Pedro Nolasco, el fundador.
Junto a Hernán Cortés, vino como capellán,
el fraile mercedario, Bartolomé Olmedo

Sin terminar la cúpula y la torre, del actual templo de La Merced, se busca su terminación y se han rescatado los frescos ocultados durante años, por capas de pintura blanca, que lo decoran, desde el coro hasta el altar mayor, volviéndole parte de su dignidad.

Es necesario recordar la destrucción total, del antiguo templo y hospicio de Nuestra Señora De La Merced, fundados, por los frailes mercedarios, en el año de 1736. Al frente de esta obra, en su inicio, estuvo Fray Francisco de Niz de Santa María, pertenecientes a la Provincia de La Visitación de México.

Los mercedarios radicados en Querétaro, Fray José Lozano y su hermano de sangre, el fraile mercedario también, llamado Fray Florentino, fueron parte activa de la conspiración de la Independencia de México, en la ciudad y fueron arrestados y expulsados un tiempo.

Regresó posteriormente el fraile José Lozano y un 24 de septiembre, día de Nuestra Señora de La Merced, este fraile predicó un panegírico a la Virgen, donde incluyó una brillante defensa de la independencia nacional, que le costó el arresto definitivo, narró los pormenores del arresto de Epigmenio González, entre otros héroes nacionales.

Los frailes mercedarios, vuelven a Querétaro y retoman la empresa de construir un nuevo templo a la Virgen de la Merced, obteniendo los permisos necesarios, el Fraile Joaquín Ramírez, hacia 1850.

El antiguo templo y Hospicio de La Merced, construido en la actual calle de Altamirano, entre 16 de septiembre y 15 de mayo, era dirigido por estos religiosos, sosteniendo un templo, el hospital y la capilla de La Santa Escuela de Cristo, teniendo un gran auge en su momento.

Los tres grandes santeros locales, los llamados “tres marianos”, los de la llamada “Escuela queretana de escultura”, dejaron su huella, en ese antiguo hospicio y oratorio y algunas de sus esculturas forman parte del nuevo templo.

La primorosa imagen de Nuestra Señora de La Merced, presidiendo el retablo del altar mayor, es una de ellas.

El conjunto escultórico llamado, La Virgen Clementísima, donde en una tierna escena, La Virgen, sedente, con el niño Jesús en los brazos, es acompañada por un niño y una niña, en forma por demás tierna.

Una Dolorosa de gran valor, por su expresión, llamada “De la buena muerte”, colocada en el primer nicho del lado derecho.

Una talla fascinante de un Cristo crucificado agonizante, perteneciente al oratorio de la Santa Escuela y ahora colocado en la capilla anexa, llamada del Santo Niño de la Salud.

Un Jesús Nazareno, bellamente tallado, colocado en un capello a la entrada derecha del templo, son las obras de arte de estos tres escultores Queretanos.

Estamos hablando de los grandes escultores queretanos, nuestros óptimos santeros, Mariano Arce, Mariano Perrusquía y Mariano Montenegro, cuyas obras se pueden contemplar en este templo, construido en la calle de Cornelio, hoy avenida Independencia.

Dicen que el antiguo y malogrado Hospicio de la Merced, fundado por los frailes mercedarios, contaba con magníficos retablos de madera tallada y magníficas esculturas, además de una rica joyería para la imagen de Nuestra Señora de La Merced, que medía vara y cuarto.

Se menciona en documentos de la época, que en la antigua calle de La Merced, esquina con El Sol Divino, hoy calle Altamirano y 16 de septiembre, hubo un oratorio, llamado de “La Santa Escuela”, construido en 1755, a solicitud de Fray Ignacio Monroy.

Estaba integrado este oratorio, al claustro y frente a la portería, dentro del conjunto arquitectónico del Hospicio de Nuestra Señora de La Merced.

De cautivos eres
dulce redentora
y de las Mercedes
Divina Señora.

A principios del siglo XlX, fueron adquiridos los predios de Dámaso Gutiérrez, en la calle de Cornelio y comprados con limosnas, donadas por gente pobre. En 1857 se coloca la primera piedra del nuevo templo de Nuestra Señora de la Merced.

Fray Trinidad del Castillo y Taboada, fue el mercedario que emprendió, sin ningún apoyo económico, la obra aún inconclusa y en forma por demás “original”, se hizo de los medios necesarios, para dejarla, casi en el estado en que se encuentra a la fecha.

Existen en la actualidad, dos esculturas de santos mercedarios, abandonadas y en descuido, en la capilla anexa del templo de la Compañía de Jesús, sede de la Parroquia Mayor de Santiago, que debieran estar en el templo de Nuestra Señora de la Merced, expuestos al culto y a la contemplación de quienes gustan de la escultura.

Se bendijo el nuevo templo mercedario, el 23 de mayo de 1879. Su fachada es de estilo neo clásico, con columnas y pilastras de estilo compuesto, adornadas con guirnaldas, en los intercolumnios, tiene cartelas, con resaltes en piedra.

En el segundo cuerpo un nicho veneciano le sirve de marco a una escultura en cantera de la Virgen de La Merced y escultura de Pedro Nolasco y Ramón Nonato, santo de la Orden Militar de Nuestra Señora de la Merced.

El interior del templo de bóveda de cañón corrido y en forma de cruz latina, seis ventanales, capillas en los cruceros, coro alto, seis nichos a lo largo de la nave y una capilla anexa, de tres bóvedas cada una en el medio, con una linternilla, está decorada toda con frescos, al parecer de la escuela de pintura de San Carlos.

Los frescos que decoran la iglesia de La Merced Nueva, tanto en los nichos de la nave, como en el altar mayor, figuran retablos, con columnas de estilo compuesto, simuladas, lo mismo que con hojarasca abundante, ángeles y querubines, además de encortinados con terminaciones en borlas y remates mixtos.

Pudieran apreciarse en lo alto del fresco del altar mayor, una Santísima Trinidad, donde el Padre Eterno tiene en sus manos a Jesucristo muerto, en la bóveda del presbiterio, un conjunto agraciado de querubines.

El Coro esta con la misma decoración, falta el órgano que algún día estuvo en ese lugar y que fuera destruido, existen allí dos cruces con tallas de Dimas y Gestas.

Una capella a la entrada del templo, que muestra la escultura de Jesús Nazareno, ya citada, es muy venerada y su nicho está lleno de ex votos y recuerdos de los milagros, de agradecimientos de sus devotos.