La cuarta Basílica levantada en el Tepeyac a la Virgen de Guadalupe

Antigua Basílica de Santa María de Guadalupe

Este edificio, el cuarto levantado en honor a Santa María de Guadalupe, fue consagrado el 1 de mayo de 1709.

El arquitecto Pedro de Arrieta colocó en cada una de las puertas un relieve con una de las apariciones a Juan Diego y las imágenes de apóstoles y profetas.
Las cuatro torres, la cúpula y el arco poligonal sobre la puerta principal, se colocaron para así poder relacionar este templo, de manera simbólica, con el Templo de Salomón en la ciudad de Jerusalén que seguía estas mismas formas según la escritura. Con ello se pretendía mostrar que la Nueva España era, también, un territorio sacralizado, escogido por la Madre del Señor.

En 1749 el templo recibió la categoría de Colegiata, lo que significa que para dirigirlo y atender a los fieles habría un cabildo o grupo de sacerdotes que trabajarían bajo el mando de un Abad.

Todos ellos, durante las misas más relevantes, tomaban asiento en un mueble tallado en madera colocado a la mitad de la nave o pasillo central; la sillería del coro fue retirada en 1895, con motivo de las transformaciones que se le hicieron al templo con motivo de la coronación de la Virgen (algunos fragmentos, como la reja que cerraba su acceso, pueden ser visitados tanto en el Museo como en la anexa capilla del Sagrario).
En ese mismo año se colocaron el baldaquino o trono monumental sobre el altar mayor, y las pinturas de gran formato que decoran la iglesia en su interior, donde se narran los principales acontecimientos del culto guadalupano.
En 1904, en reconocimiento a la devoción de los fieles, el templo adquirió la categoría de Basílica, palabra que proviene del griego y significa “casa regia”.
Las columnas que en la parte interior sostienen la cúpula permanecen rodeadas de concreto para fortalecer la estructura, dañada por las condiciones del subsuelo que al ser tan fangoso, ha producido un hundimiento desigual.
Cerrada por cuestiones de conservación desde 1976, fue reabierta al culto el 5 de mayo de 2000 con motivo del 2º Congreso Eucarístico Nacional, ocasión en la que, por decreto del Arzobispo de México Norberto Rivera, se convirtió en templo expiatorio, es decir, casa de oración donde de manera permanente está expuesto el santísimo Sacramento para expiación de pecados.

Nueva Basílica de Santa María de Guadalupe

El 12 de octubre de 1976 se consagró esta, la casa más moderna de Santa María de Guadalupe. La forma que sigue la arquitectura responde a su principal función: la de acoger a los miles y miles de peregrinos que vienen desde todas partes del mundo a visitar a la Morenita del Tepeyac. Por esta razón se hizo de base circular, con 100 metros de diámetro, para que el mayor número de visitantes pudiera participar de las celebraciones litúrgicas y, además, admirar la belleza del ayate de Juan Diego aún si se encuentran en el exterior; por otro lado, la forma circular también remite a la idea de universalidad de Dios.

La cubierta, por su parte, al ser como una gran carpa, recuerda la tienda que usaban los judíos en su peregrinar por el desierto y es, a un tiempo, símbolo del manto de la Virgen, que protege a quien la visita.
La gran columna que le sirve de eje tiene 42 metros de altura, y en su interior se encuentran las oficinas administrativas de la Basílica. El edifico fue realizado a partir de un proyecto de Pedro Ramírez Vázquez, arquitecto mexicano conocido por obras como la del Museo Nacional de Antropología (ubicado en el bosque de Chapultepec en la ciudad de México)

En el interior de este templo caben 10, 000 personas, ubicadas en la parte central y en las nueve capillas del piso superior, que en caso necesario, pueden prestarse para ceremonias distintas a la del altar mayor. Desde la capilla abierta del segundo piso, que se dirige hacia el atrio recordando a las que utilizaran los primeros frailes durante el siglo XVI, el número de asistentes se aumenta a un total de 50, 000. En el sótano de la Basílica están las criptas, con más de 15, 000 nichos y 10 capillas para recordar a los difuntos que ahí descansan.

¡Si las bicicletas regresaran al menos a nuestra Alameda en Querétaro! Don José Félix Magaña dió felicidad a generaciones de queretanos con este servicio

¿Tienes cultura bicicletera?

Pablo León

El País

Carriles bici, aparcamientos, seguridad o un notable volumen de ciclistas. Esos podrían ser los parámetros para definir una ciudad pro bici. Pero para estar inmerso en la cultura bicicletera no hay que vivir en una urbe que cumpla estos requisitos. Puede que el lugar donde habitas sea hostil a los pedales, que no se fomenten las dos ruedas o que te miren raro; incluso allí puedes ser un bicifreak. Aunque tiene rasgos diferenciales, la cultura de la bici es dificil de definir. Hasta que haya un tratado del ciclista urbano del siglo XXI, quince frases para saber si posees cultura urbana de pedales.

Guerra al coche

Política de urbanismo de Zurich: hacer la vida imposible a los conductores. Como la ciudad suiza, Copenhague, Viena o Múnich afrontan sus problemas de movilidad confiscando espacio al automóvil. En Londres o Estocolmo, para acceder al centro se obliga al pago del denominado impuesto por congestión. Y una asociación de municicpios alemanes solo permite la entrada a sus cascos urbanos a coches con bajos niveles de emisión de gases como el dióxido de carbono. Esto, unido a la política pro bicicleta, que existe en gran parte del continente europeo, transmite la idea de que en el modelo de ciudad del Viejo Continente, la política es la guerra al coche. Esa conclusión extrae una periodista de The New York Times al comparar los modelos urbanos de ambos lados del Atlántico. En este se expulsa al coche; en el otro, en demasiados lugares, se facilita su uso.

Pablo León

La gente anhela ir en bici. Pese a que en muchas ciudades no se potencie, aunque se enciendan hogueras dialécticas para criticar a los biciclistas y a pesar de que algunos conductores no respeten a las dos ruedas, la sociedad quiere pedalear. Esas actitudes son una especie de miedo a lo desconocido. Como una contagiosa cainofobia o temor a la novedad. La inercia grupal lleva a rechazar las actitudes que no son similares a las de la mayoría. Algo diferente, que funciona, cuestiona el enfoque del resto y la primera reacción es la negación. Si no que se evalúe la política de decoración de la República Democrática de Alemania: clavaban los muebles en los pisos para que no se pudieran cambiar de lugar; así cuando el vecino del tercero acudiera de visita no podía pensar que era mejor que el suyo. Aunque su modelo de alicatar sillones y armarios cayó en 1989, IKEA ha conseguido lo que los comunistas deseaban: que todos los salones sean iguales con su estantería Billy y su mesa Lack. La bici es como un mueble vintage en un salón de la marca sueca. Impresiona y, en el fondo, todos quieren usarla. Del mismo modo que en la RDA todos los vecinos querían cambiar sus muebles de sitio.

Pablo León

381 kilómetros en ocho días. Esos son los números de los XIV Encuentros Cicloturistas que empiezan el próximo 8 de julio. La decana cita reúne a cientos de personas en un recorrido de cultura, paisaje y pedales. El ciclismo deportivo ha sido una de las modalidades más populares en España desde que el uso urbano de la bicicleta quedó relegado por el desarrollismo y un mal entendido concepto de progreso. El cicloturismo también. Ahora, que pedalear por el centro de las urbes recupera brillo, no hay que olvidarse del placer de disfrutar unas vacaciones desde el sillín.

Pablo León

Usar la bicicleta en verano en una ciudad como Madrid requiere estrategia. Entre las 13 y las 20 horas es casi imposible pedalear más de diez minutos sin deshidratarse. Un uso estratégico no implica dejar de utilizarla así como el calor tampoco obliga a reducir los viajes en transporte público. Pero verano en la ciudad se asocia al coche. “En julio en Madrid no queda nadie”, se justificaba un amigo para acercarse al centro en coche. Es cierto que el primer fin de semana de julio salieron de Madrid cerca de 600.000 vehículos pero en el mismo mes del año pasado, visitaron la ciudad 664.724 turistas. Equilibrio. Los visitantes no usan tanto el coche como los locales. Aún así cualquiera que haya recorrido la ciudad la última semana habrá notado que no hay menos coches. Quizá lo contrario. La idea de la migración estival y el calor asfixiante provocan que algunos ciudadanos, que no suelen conducir, se pasen al coche en verano. Y eso acentúa el calor en la urbe porque los coches hacen las ciudades aún más calientes.

Pablo León

Una palabra define la fiesta más importante del año en Madrid: Orgullo. Las celebraciones del barrio de Chueca, manifestación incluída, congregan a madrileños y foráneos en una jornada festivo-reivindicativa. Lo del verano es casualidad. El mes de junio es el mes del orgullo LGTB debido a que el 28J de 1969 una brutal redada policial vació el Stonewal Inn de Nueva York. Ese fue el inicio de una guerra que unió a gais, lesbianas, transexuales y bis que empezaron a luchar por sus derechos públicamente. En Madrid, la cita ha pasado de proscrita a fiesta icono de la ciudad. Y os pregutaréis: ¿qué tiene en común el activismo LGTB con la bicicleta?

Pablo León

Conducir engorda. En las ciudades con una movilidad dominada por las cuatro ruedas hay más habitantes obesos que en las que apuestan por la bici, el transporte público y los paseos. Además, cada hora adicional que se pasa al día dentro del coche provoca un aumento del riesgo de volverse obeso de un 6 por ciento. Pero esto lo sabe, o lo intuye, todo el mundo. Lo curioso es que un estudio ha encontrado la conexión entre la distancia recorrida en el coche y la cintura media: si en un año concreto aumentan los kilómetros recorridos en coche, seis años después el número de personas con sobrepeso crecerá en una proporción similar. Un flashforward que nos permite intuir la sociedad que estamos creando.

Pablo León

Esta tarde partido de bici polo. No es común comprar entradas para esta particular cita deportiva. Pero durante el European Hardcourt Bike Polo Championship (del 23 al 26 de junio en Badalona) se pueden ver los partidos más importantes de esta curiosa modalidad deportiva. Esta es la versión urbanita del deporte que, aunque lo parezca, no es un invento de modernos alocados. Surgió a finales del siglo XIX, fue reto olímpico en 1908 y muy poca gente ha oído hablar de él. Hace unos años se creó una nueva modalidad que se juega en fixie. Desde entonces, el bici polo vive una época dorada. Para echar un partido se necesitan dos equipos de 6 personas, una bici para cada uno, un palo y una pelota. El equilibrio, la soltura con el manillar y la técnica de esquivar los sutiles golpes de los contricantes se cogen con la práctica.

Pablo León

La Forkless Cruiser (arriba) parece divertida. No conozco a nadie que la haya usado pero recorrer la ciudad montado en esa sinuosa bicicleta debe ser toda una experiencia. Sin duda, es la más original de todas las bicicletas que aparecen en la reseña. Pero aunque no sean tan surrealistas, aquí van el resto de bicis en las que pedalearía.

Pablo León

Mi compañera de piso se ha comprado una bicicleta. Después de sentir el aire en la cara yendo de paquete, de oír hablar diariamente de bicicletas y ver una cada día en la puerta no ha podido evitar caer en la tentación. El verano también ha ayudado. Ya la tiene pero las últimas dos semanas cambios, sillines, plegables o eléctricas han copado la actualidad informativa de la república independiente de nuestra buhardilla. Le he repetido las cuatro premisas básicas a la hora de elegir una bici de ciudad: nada de mountain bike; el peso importa, la amortiguación no; mejor seis cambios buenos que 21 malos y los complementos (luces, guardabarros, timbre, alforjas…) te hacen la vida más fácil. Luego hemos navegado, visitado foros y llamado a tiendas. Con tanta barra brillante, pedal de diseño y freno tensado me han entrado ganas de ser infiel a mi Kastel azul. Diez bicicletas que no me importaría poseer.

Afros, latinos, asiáticos cambian drásticamente la imagen del anglo guero y protestante

Reconfiguración del protestantismo estadunidense

Carlos Martínez García

La Jornada

El estereotipo del WASP (blanco, anglosajón y protestante, por sus siglas en inglés) está pasando a la historia. En Estados Unidos la multiculturalidad gana espacios por todas partes, con enormes reticencias tanto de intelectuales –Samuel Huntington destaca entre ellos– como de alcaldes fronterizos, tipo el de Maricopa, Arizona, Joe Arpaio.

Es cierto que los flujos migratorios iniciales hacia lo que sería Estados Unidos provinieron mayormente de grupos con trasfondo religioso protestante. Salieron de sus países en busca de libertad de creencias, aunque no nada más de ella, y visualizaron de distintas maneras el nuevo lugar en el que se establecieron.

Hubo en esos inmigrantes iniciales, siglos XVII-XVIII, diversas posiciones respecto de cómo relacionarse con la población indígena, y los medios para interactuar con ella. La vertiente más conocida es la belicista y supremacista, que tiene episodios dantescos por las formas del despojo a que sometieron a los pueblos originarios. Pero hubo otra corriente, menos conocida y que subsiste en los Estados Unidos contemporáneos.

Congruentes con su tradición pacifista, forjada en Europa a contracorriente de sus perseguidores, cuáqueros y menonitas fundaron poblados como el de Germantown, a las afueras de la actual ciudad de Filadelfia. Armados nada más con su conocimiento de la Biblia (“Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas”, Mateo 7:12), y su propia experiencia de oprimidos, en 1688 forjan el movimiento antiesclavista y critican decididamente el sistema opresivo que se va conformando en detrimento de los derechos de la población indígena y los esclavos de África.

Por otra parte, y precisamente en conexión con la religiosidad popular afroestadunidense, se ha fortalecido crecientemente en las últimas tres décadas el estudio de las raíces negras del pentecostalismo. Los investigadores afroestadunidenses están recuperando el significado de que haya sido el epicentro histórico del pentecostalismo moderno una pequeña congregación multirracial, encabezada por el predicador negro William J. Seymour, en Los Ángeles, en 1906.

En una obra de reciente aparición, Black fire: one hundred years of african american pentecostalism, la investigadora negra y pentecostal Estrelda Y. Alexander, subraya que obviamente hubo entre las comunidades afroestadunidenses pentecostalismo antes de 1906, con la irrupción en el marginal templo de Azusa Street número 312 de manifestaciones extáticas irrefrenables. Arguye la autora que la globalización del pentecostalismo angelino imbuyó de ciertas marcas propias de la espiritualidad negra, haya sido intencionalmente o no, al conjunto de las comunidades pentecostales en el mundo. Incluidas las blancas estadunidenses que hacia la segunda década del siglo XX segregaron a la población “de color”. Por cierto, en los orígenes del pentecostalismo de Azusa Street hubo mexicanos, que fueron eficaces transmisores para con sus familiares a los dos lados de la frontera.
En el terreno del protestantismo latino, con mayor frecuencia es rechazada la etiqueta hispano por líderes y estudiosos del tema, el universo numérico que alcanza en Estados Unidos es mayor de lo que se piensa en varias instancias. De acuerdo con cifras recientes, 20 por ciento de la población de origen latino es protestante/evangélica, mayormente pentecostal.

Antes de la separación de Texas en 1837 de lo que entonces era México, y su posterior anexión a Estados Unidos, hubo mexicanos que entraron en contacto con el protestantismo y vivieron un proceso de conversión a esa fe. Fuentes mexicanas así lo reportaron pocos años después de la consumación de la Independencia del país. De hecho, la percepción de que se estaba transformando el panorama religioso en la lejana provincia texana, llevó a varios intentos por atraer a esa región inmigrantes de Europa, pero exclusivamente de países católicos. Los planes fracasaron rotundamente.

El libro de Juan Francisco Martínez (Los protestantes: an introduction to latino protestantism, in the United States), director del Centro Latino en el prestigiado Seminario Teológico Fuller, en Pasadena, California, que todavía no es publicado pero cuyo autor nos compartió algunos de sus contenidos, resalta el dinamismo del protestantismo de habla hispana en zonas históricamente con gran presencia de población de ese origen idiomático, pero también cómo se expande hacia zonas del país insospechadas hace tan sólo una o dos décadas. En no pocos lugares los Brown, Latino and Protestant rebasan a los tradicionales WASP y/o a los afroestadunidenses pentecostales.

Un tercer grupo con gran dinamismo es el de los evangélicos asiáticos, con ancestros o ellos mismos provenientes de la diáspora china, de Corea del Sur, Japón y el subcontinente conformado por India. Sobre todo los coreanos están ampliando y visibilizando su presencia en el plural evangelicalismo estadunidense. Su pujanza sobrepasa a la del protestantismo blanco, cuyas espaciosas y muy confortables instalaciones, inicialmente en préstamo a los sudcoreanos, terminan por ser adquiridas por éstos y con ello transforman el panorama cultural y religioso de su entorno.

El protestantismo misionero estadunidense de los siglos XIX y XX que se propuso ir al mundo para ganarlo a su causa, ha visto en las décadas recientes cómo el mundo llegó a Estados Unidos y está reconfigurando religiosamente la sociedad de ese país.

Un sentido reconocimiento a nuestro Gabriel Horner y su concepto de cultura en los museos

“A los museos hay que desaburrirlos”

Diario de Querétaro

Manuel Naredo

“Muchas veces es un prejuicio nuestro, de los promotores del arte, el partir del supuesto de que a la gente no le interesa la cultura y que hay que inculcársela a la fuerza”, sostiene quien ha sido uno de los impulsores culturales más importantes de la última década en Querétaro. “Más bien es la forma de organizar la oferta: qué les interesa a qué grupos, y que no tengas en los cielos a las bellas artes y en el sótano al rock and roll, o a lo que sea”.

Gabriel Horner García, director del Museo de la Ciudad desde hace cerca de catorce años, repite la frase de Edgar Morán que ha servido de lema a ese espacio plural e intenso ubicado en el exconvento de Capuchinas, donde asegura se ha partido de entender y promover la dignidad y la calidad de cada producto artístico: “No se trata de elevar el nivel cultural de la población; se trata de elevar el nivel de la palabra cultura”.

Detrás de su escritorio en una oficina que, sobre todo, es también una sala de exposiciones, ejemplifica su idea de partir de los intereses particulares de los grupos para lograr interesarlos en otras cosas relacionadas, cuando asegura: “A los jóvenes que están muy involucrados en los signos de identidad cultural del movimiento punk les puedes enseñar todo el bagaje cultural que tienen estos postulados a lo largo de la historia del arte”.

Su fórmula ha convertido al Museo de la Ciudad en un referente del arte, principalmente aquel desarrollado por los jóvenes, no sólo en Querétaro, sino en el país entero. El, sin embargo, se muestra modesto al sostener que quiere pensar que efectivamente ese espacio ha representado una influencia en las nuevas generaciones de artistas queretanos. “Esa es también una de las funciones del promotor cultural: hacer visibles cosas que no son fáciles de percibir en cuanto a los procesos de creación en los diferentes grupos sociales”, asegura.

“Ha valido la pena la consolidación de públicos y el hecho de haber podido lograr uno de nuestros objetivos fundamentales, que era ofrecer el Museo como un instrumento de la articulación de propuestas muy diferentes, de disciplinas muy distintas, y de grupos muy disímiles dentro de la sociedad queretana”, reflexiona cuando le pido un breve repaso de su paso por la dirección de ese centro cultural. “Y por otro lado, que haya funcionado como una ventana, o un punto de encuentro, de lo que se está haciendo en diferentes partes de México y el mundo con la creación local”.

Todo ello, sin duda, lo ha conseguido. Para comprobarlo basta el acercarse a Guerrero 27 sur un fin de semana por la noche y descubrir manifestaciones artísticas diversas y abundantes, desde teatro a música, desde plástica e instalación hasta danza.

“Puede haber una confrontación en este tipo de espacios”, sostiene sobre la diversidad de propuestas que llenan de vida al Museo que dirige. “Es muy fácil caer en la exclusión y en los vicios de poder y decir que no te puedes presentar porque no tienes un currículum. Siempre nos ha preocupado mucho la ética de lo que debe ser un espacio público, porque finalmente se tiene derecho al uso de los foros culturales. La apuesta ha sido hacerlo de la manera más inclusiva posible, tratando de profesionalizar las propuestas”.

“Yo no lo pondría en términos de calidad, sino de que si algo que se propone es de interés de un público específico, merece un espacio en un lugar público”, concluye sobre la apertura que ha demostrado con sus acciones a lo largo de cerca de tres lustros.

Nacido en León, Guanajuato, e integrante de una familia de cinco hermanos, Horner me cuenta algo de esa parte de su vida poco conocida al recordar a su padre, abogado y notario público recientemente fallecido: “Le interesaba mucho la literatura, la filosofía y la historia de México; tenía una biblioteca bastante interesante y surtida”.

“Bien sabemos que lo que no vives en tu casa es muy difícil que lo desarrolles. No conozco a nadie que no haya leído de niño y que ahora lea”, reconoce al tiempo que confiesa el gusto de su madre, descendiente de familia de los Altos de Jalisco, por las bellas artes y en especial por la pintura y la escultura.

Frente a quien hoy porta una tupida barba rojiza, mediando un escritorio que refleja bien lo complejo y diverso de las entrañas del Museo, le inquiero sobre sus estudios primarios y, atendiendo a lo controvertido de varias de sus propuestas artísticas, hasta le bromeo sobre si los hizo en un colegio de monjas.

“Estudié en colegio de jesuitas en una época en que se estaban cuestionando los principios pedagógicos tradicionales, cuando se traía muy de moda la escuela activa y las teorías de Pierre Faure”, rememora sobre aquella su etapa de estudiante. “Fue una formación religiosa, pero de alguna manera muy liberal, muy enfocada hacia las humanidades y la apertura. Pienso que fue una buena formación”.

Incluso para cursar su carrera profesional, “mal llamada Ciencias de la Comunicación, porque de ciencias no tiene nada”, Gabriel escogió la Unidad León de la Universidad Iberoamericana, dirigida por la orden religiosa con la que cursó sus estudios elementales.

“Sí, lo pensé, pero me interesaban demasiadas cosas y era muy difícil elegir”, reconoce cuando le pregunto si pensó algún día dedicarse profesionalmente a alguna disciplina artística. “Por eso escogí esa carrera: porque es muy dispersa y te permite acercamientos con diferentes disciplinas y modos de expresarse. Y luego es un poco abrumador la excelencia y la calidad que encuentras en cada disciplina artística como para agregar algo más a lo que ya se ha hecho”.

“Decía Guillermo Faranelli que él no escribía sobre cine porque eso lo tenía reservado para su puro placer”, sigue confiando. “Creo que lo que más me gusta es la literatura, en particular la narrativa, y nunca he promovido ese aspecto, porque lo tengo reservado para mi puro placer, para mi ámbito privado”.

Fue su relación con la música la que, sin embargo, lo hizo un día llegar hasta Querétaro, pues la entonces Filarmónica del Bajío, donde trabajaba haciendo la promoción y las relaciones públicas, se convirtió en la actual Filarmónica de Querétaro.

“Me gustó desde el principio, sobre todo porque era un terreno muy fértil para mis intereses”, dice sobre Querétaro. “Me gusta mucho la escala de la ciudad y que todavía siga siendo un espacio caminable. Se ha dicho mucho, pero hay que repetirlo: Querétaro es una ciudad muy bella y un entorno muy amable para desarrollar tus actividades”.

“Y me gusta la gente”, abunda sobre una sociedad calificada como conservadora desde siempre. “Pienso que, lejos de lo que se dice o parece, es gente civilizada, tolerante y con un genuino interés por las diferentes manifestaciones de la cultura”.

Para recalcar su dicho me cuenta el ejemplo de los cineclubs que ha organizado desde su adolescencia: “En León tuve muchos años un cineclub en la Casa de la Cultura y jamás pude formar realmente un público; iban y venían, y a veces no tenía a nadie en las proyecciones. Y en Querétaro, desde la primera ocasión en el Museo Regional hace veinte años, llegaron quinientas gentes. Eso me entusiasmó mucho… Hay una avidez de la población por los productos artísticos y culturales”.

Entre cigarro y cigarro -por supuesto sin filtro-, acompañados por los gritos constantes de los trabajadores de la construcción -necesariamente presentes por la rehabilitación que sufren las instalaciones del Museo de la Ciudad actualmente- que aceleran el paso ante la llegada del fin de la jornada y de la semana, Horner responde a mi inquietud sobre sus mayores satisfacciones, pese a que quizá no sea ésta la mejor pregunta para un personaje de sus características.

“Espero nunca llegar al punto de decir esto ya lo hice y ya fue”, sostiene antes de recordar una organización especialmente significativa para él. “Algo que me resultó muy satisfactorio fue el encuentro que hicimos sobre el tatuaje, que fue muy completo y un buen ejemplo de lo que es interesar al público por cosas relacionadas con aquello que le apasiona. Para ese encuentro tuvimos una exposición de arte contemporáneo, una de piezas prehispánicas con evidencias de alteraciones corporales, tatuadotes, presentamos performances, bandas de rock y conferencias sobre distintos aspectos del fenómeno del tatuaje… Me gustó también porque fue un asunto reivindicatorio de un fenómeno mal visto por sectores muy tradicionales de la población, y que por lo demás, ha estado presente en todas las épocas y todas las culturas de la historia”.

Por el Museo de la Ciudad han pasado infinidad de artistas, la mayoría jóvenes, que han encontrado en ese escaparate posibilidades de desarrollo. Muchos de los que ahí iniciaron sus experiencias artísticas hoy son profesionales de su trabajo creador. Horner destaca a la plástica entre las diferentes disciplinas que han aprovechado el espacio que dirige como foro para mostrar su trabajo.

“En las artes plásticas ya han pasado por lo menos dos generaciones de artistas jóvenes que han estado relacionados con las actividades del Museo, y ahora surge una tercera”, asevera con un sincero tono de esperanza. “Tenemos ahora una colectiva de instalaciones de alumnos de octavo semestre de la Facultad de Bellas Artes de la UAQ, y algunas de las propuestas son muy interesantes, de gente que va a dar de qué hablar, por la que yo apostaría a su desarrollo personal”.

“Algo que llama mucho la atención de Querétaro es el cultivo de la pintura, que se ha estado abandonando en muchos lados, porque a veces es más fácil entrar a circuitos de exhibición de arte contemporáneo con otras disciplinas o desde otra plataforma. En Querétaro hay todavía una fuerte tradición pictórica”, sostiene al tiempo que alude a una exposición en el Museo Centenario en Nuevo León que exhibe obra de pintores de toda la República y donde pueden encontrarse, de un espectro de una docena de artistas, a por lo menos cuatro queretanos, como son Rafael Rodríguez, Gonzalo García, Luis Sánchez y Román Miranda.

“En música, probablemente lo más interesante es la electroacústica”, sigue haciendo un repaso por el panorama actual del arte queretano. “Tenemos varios compositores jóvenes que están haciendo obra importante, que han tenido proyección fuera de la localidad y de una calidad impresionante”.

Se muestra, sin embargo, más crítico con las otras disciplinas, pese a que algunas de ellas mantienen en la ciudad, y en el propio Museo de la Ciudad, una actividad profusa. “Se tendrían que plantear metas de excelencia artística. Siento que en las artes escénicas ha faltado un poquito el plantearse metas y que éstas se cumplan”, afirma.

“No sé si sea bueno o malo, pero nunca he hecho planes personales”, me responde cuando le pregunto por lo que piensa hacer en el futuro inmediato, y ejemplifica nuevamente su dicho al recordar sus inicios en los museos: “Nunca me imaginé trabajar en un museo. Cuando salí de la Orquesta, me ofrecieron un trabajo en el Museo Regional y recuerdo que lo primero que pensé fue: hijo, que aburrición trabajar en un museo”.

Hoy Gabriel Horner ha hecho historia, una historia brillante y apasionada, en el Museo de la Ciudad, porque como él mismo asegura como complemento: “Ya que te empapas de la materia te das cuenta que es apasionante”.

Y remata: “A los museos hay que desaburrirlos”.

El, sin duda, lo ha logrado con creces.

Vamos con “La música a otra parte” este viernes

“Con La Música a otra parte”

Viernes 15 de julio del 2011
En La Otra Banda
En La Estación

Con
Saula Martínez Ledesma
Secundino Rivera Camacho
Hugo Gutiérrez Vega
Agustín Escobar Ledesma (Compilador)

IQCA
Voz de La Sierra
Culturas Populares

He aquí dos discos que, además de sus valores musicales y de su fuerza lírica, tienen el vigor de la tradición popular, y la firme actitud del testimonio sobre un momento crucial de la vida: aquel en el que se toma la resolución de abandonar el propio país, casa cruel e injusta, para buscar en otras latitudes una forma de sobrevivencia o, en el mejor de los casos, un magro ahorro que permita regresar a casa, en un lejano futuro, con unos cuantos billetes verdes manchados de “sangre, sudor, y lágrimas”.

Para todos los mexicanos la huída hacia el despectivo norte es una empresa ardua y dolorosa. Para los queretanos el viaje es aún más cruel, pues son muchos los que se quedan en la ruta, victimados por coyotes, y feroces tratantes de trabajos inhumanos.

Estas canciones embellecidas por nuestra tradición huasteca y por la décima, que siempre ha sido la forma lírica que da fuerza y sentido a la música de Xichú, y de la zona tropical, nos producen gozo estético y dolor moral. Vamos a escucharlas con la mezcla de candor y rabia que su ritmo y su testimonio nos entregan.

Cantan los migrantes; se van, a veces regresan, a veces mueren en un recodo del camino.

Este canto colectivo y comunitario se nos instala en el alma y nos incita a llorar de vergüenza por nuestra apatía y nuestro silencio.

Hugo Gutiérrez Vega