Místico, rebelde ante el dogma y la jerarquía

El profeta insumiso: William Blake
(1757-1827)

Rodolfo Alonso

A dos siglos y medio de su nacimiento, y a dieciocho décadas de su muerte, en 2007 se cumplieron no uno sino dos aniversarios del más visionario y el más indeleble de los grandes románticos ingleses.

De esa singular personalidad artística y humana que fue William Blake, nacido en Londres en 1757, supo decir nuestro Borges:

“En el verano de 1827 murió cantando. Se detenía a ratos y explicaba ¡Esto no es mío, no es mío! para dar a entender que lo inspiraban los invisibles ángeles”,

y aun por encima de la latente ironía y la memorable agudeza con que el autor de El aleph sabía sugerir su criterio personal, así fuera a través de cuidadosos silencios y omisiones, algo hay de cierto en tan bella leyenda. Pero no sólo eso.

Porque si a ese originalísimo poeta y grabador que fue el autor de Las bodas del cielo y del infierno le cabe con justicia la denominación de visionario, no es apenas en un único sentido.

Como todo vocablo humano, ése también es polisémico, y si cabe reconocerle a Blake su confianza en las visitas del otro mundo, no es menos honrado adjudicarle igualmente las otras dimensiones de un visionario: soñador utópico, místico rebelde a todo dogma y a toda jerarquía, poseído al unísono por la piedad y la belleza, hay quien –como Diego Arenas– lo considera asimismo de algún modo obrero y revolucionario, no sólo porque se pasó prácticamente la vida entera trabajando en su taller, sino porque un acontecimiento aún ahora tan conmovedor como la Revolución francesa de 1789 no dejó nunca de seducirlo y motivarlo, así fuera en las más insospechadas direcciones. (Y si alguien se anima a dudar de ello, recordemos que tal fue el título literal, La Revolución francesa, de un largo poema que Blake comenzó a escribir en 1790, y que nunca pasó del primer libro.)

William Blake,
ilustración para el Libro de Urizen
No es casual, intuyo, que movimientos tan poco complacientes con todos los poderes como fueron primero el romanticismo y luego el surrealismo, en algún sentido emparentados, hayan procurado contar entre sus filas con aquel que, en sus Proverbios del infierno, no sólo supo afirmar lúcidamente: “Quien desea y no obra, engendra peste”, sino también que, como recuerda incluso Borges: “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría.” Personalidad tan apasionada como inquietante, saludablemente contradictoria, y por lo tanto también esencialmente humana, la de William Blake continúa cuestionándonos a fondo todavía hoy, cuando muchos de los grandes hombres que lo rodearon parecen haber rodado acaso hacia el olvido.

Fue en pleno 1789, cuando en París ardía la gran Revolución, que Blake publicó su segundo libro, esos Cantos de inocencia que el propio autor ilustró con grabados no menos bellamente visionarios. Aunque sólo en apariencia dedicados a los niños, comienza ya a asomar en ellos –sin desmedro de su lírico candor, tal vez visceral– su espléndida figura de profeta y de insumiso. Allí relumbran, recordándonos a aquella otra alma ejemplar que fue Dickens, quien también supo percibir en la niñez desvalida (cuando no expoliada) las miserias de fondo que corroían a toda una sociedad en apariencia exitosa, textos como “El negrito”, donde Blake azuza a la vez al racismo y al indigno esclavismo de su época, y también “El deshollinador”, esa otra y sintomática pequeña víctima que confiesa: “mi padre me vendió”. Así logra alcanzar otro nivel, a la vez terrenal y metafísico, como en “La imagen divina”, esa esperanza que William Blake tomó de las grandes esperanzas de su tiempo pero también del legítimo cristianismo original: “Y deben todos amar la forma humana / En judíos, turcos o paganos.” Nada menos que el gran sueño de la fraternidad universal.

Los jóvenes son criminales por ser jóvenes:Los gobiernos

Juventud en exequias:
violencias, precarización y desencanto

En las últimas décadas la criminalización de los jóvenes en Latinoamérica se ha vuelto la moneda de cambio con que gobiernos, instituciones y medios de comunicación han justificado políticas represoras y conservadoras que lejos de ofrecer alternativas a las juventudes, las han estigmatizado como un sector inherentemente violento y carente de valores.

Rossana Reguillo, profesora e investigadora del Departamento de Estudios Socioculturales del iteso, desarma estos prejuicios y nos proporciona las herramientas básicas para comprender las violencias dentro de las cuales los jóvenes construyen sus biografías, en un entorno que, como se explica en estas páginas, ha devenido s-iniestro.

Mi corazón, tambor velado
va redoblando marchas fúnebres…
Charles Baudelaire

Conocí a Carla en una zapatería del centro de Guadalajara. Tres cosas llamaron mi atención, su extrema palidez, su incomodidad cuando el perfil de un tatuaje indefinido asomaba por el cuello de su camiseta verde (el gesto desesperado y repetido por acomodar la camiseta), y, de manera especial un libro de Baudelaire, Las flores del mal, que reposaba al lado de la caja registradora que ella operaba con eficiente desgano. Era una tarde extraña, la preocupación y la tristeza me perseguían como un dolor sordo en todo el cuerpo; me retumbaban los oídos o el corazón de pura angustia.

Venía de hablar con varios jóvenes en uno de esos barrios “calientes”, “difíciles”. En este barrio calibré en más de una ocasión mis instrumentos etnográficos de conocer. De los “morros” de aquellos tiempos, por allá a finales de los noventa, no quedaba ninguno. Puras biografías rotas, fracturadas, despedazadas. Habían sido 22 jóvenes, puros hombres (a ellos no les cuadraba tener morras en la clika; era peligroso, decían); los más, habían muerto en distintos sucesos violentos, asesinatos cometidos por otras clikas o en desapariciones adjudicadas a los señores que habían empezado a adueñarse de los barrios de la ciudad por allá de los años ochenta; los menos estaban en la cárcel con condenas eternas por asesinatos (con puntas, no les alcazaba para las fuscas; no, no en aquellos tiempos), y dos de ellos, según me contaron, habían logrado huir al otro lado, desde donde mandaban señales intermitentes a las familias, las mujeres y los hijitos que quedaron regados. Todos ellos tenían rostros para mí, nombres y apodos: “El Trole”, “El Afanado”, “El Gancho”, “El Mofle”, nombres que apelaban a alguna de sus características, un distintivo frente al anonimato al que se sentían condenados por un sistema que se esmeraba en excluirlos y perseguirlos. Entre la banda, el apodo es clave; santo y seña para sobrevivir a la intemperie.

La tarde en que conocí a Carla fue de puro estupor, de un desconcierto que no lograba nombrar. Desde un hueco bien hondo en el estómago observé a Carla, y un fragmento me golpeó como un recuerdo que fulmina: “Mi corazón, tambor velado, va redoblando marchas fúnebres”. Lo repetí en voz alta y ella me oyó: “Ah, se sabe los poemas del maestro”, afirmó, más que preguntó, y sonrió ligeramente ante mi gesto afirmativo. Supe con ese extraño saber que dan los años de trajinar por esos caminos que se llaman etnografía, que tenía que hablar con ella. Pagué mi cuenta y le dije: “Te espero afuera y platicamos, ¿no?”. Asintió atendiendo a la mujer que hacía fila con tres pares de semi zapatillas de ballet. Tomé la caja y salí hacia la plaza de Los Libertadores, la catedral era una mole silenciosa que contrastaba con el bullicio del centro a las siete de la tarde. Pasó un buen rato y Carla apareció recompuesta: a la cicatriz vacía de su nariz se había añadido un bello arete de plata y, del inicio del tatuaje que se mostraba ya sin incomodidad, pude adivinar unas letras “D”, “M”, “N”. Sostenía entre sus manos con uñas negras, fúnebres, el ejemplar de Las flores del mal.

Caminamos un poco y le invité un raspado. Nos sentamos en una banca y comenzamos a charlar.

Su iniciación a Baudelaire le venía de un novio en su natal Tijuana, un gótico culto que la convirtió; Carla era una punk y al conocer al “Male” decidió que lo suyo era lo gótico: leyó toneladas de poesía, escuchó hasta el hartazgo a grupos célebres del gótico (pero esa es otra historia), y, sobre todo, decidió que estaba deprimida para siempre:

—¡Quiero dormir! ¡Dormir más que vivir! En un sueño, como la muerte, dulce —recitó.

—¿“El Leteo”? —pregunté. Eso cerró nuestro pacto y Carla se decidió a contarme su vida.

Gramática de las violencias

En mis distintas aproximaciones al tema (tanto teóricas como empíricas), he sostenido tres premisas básicas que quiero enfatizar en estas páginas:

A) La violencia jamás puede ser enunciada en singular: son muchas sus formas y sus lenguajes. Por ello hablo de “gramática de las violencias”.

B) No es exterior a lo social; está dentro, aquí, dando forma y constituyendo eso que llamamos sociedad

C) Emerge como lengua franca cuando se produce un colapso en las formas de inteligibilidad, cuando colapsa el lenguaje, los sistemas de representación y las instituciones.

Como sistemas de acción y como lenguajes, las violencias implican siempre creencias y ritualizaciones, y se sustentan en la capacidad o mejor competencia de unos sujetos conscientes y sintientes que buscan alterar la realidad o el curso de los sucesos a través del uso de métodos, mecanismos o dispositivos violentos para conseguir ciertos resultados que se insertan en la “racionalidad” que comanda el sistema de acción de las violencias sociales.

Este enfoque me permite desestabilizar dos lugares comunes fuertemente instalados en el imaginario: que la violencia en singular se ubica en un lugar más allá de lo social, como si de una fuerza exógena, supraterrenal se tratara; y, que la violencia es irracional y por ende incomprensible.

Desde mediados de los años ochenta empezó a hacerse visible, primero de manera imperceptible y luego de manera estruendosa, que algo cambiaba en el mapa de los universos juveniles y su relación con las violencias: Brasil, Colombia, El Salvador, y más tarde México, mostraban tasas de mortalidad juvenil de alcances mayúsculos. A las etiquetas-estigmas que la sociedad ha colocado sobre sus jóvenes: “rebeldes sin causa”, “estudiantes revoltosos”, “marihuanos”, “hedonistas”, “apáticos”, “desinformados” (según la perspectiva adultocéntrica de quien la asigna), se añadieron las marcas definitivas: “violentos”, “delincuentes”.

Mientras algunas y algunos investigadores de la condición juvenil en Iberoamérica
intentábamos entender y producir conocimiento, los grandes medios de comunicación y algunas autoridades estatales, sin proyecto para los jóvenes, habían empezado su gran cruzada: la criminalización de los jóvenes, “chavos expiatorios” (como me dijo alguna vez Monsiváis), responsables en primera instancia del previsible colapso de nuestras sociedades. Los jóvenes se instalaron en el imaginario y en el espacio público como “problema”, como operadores de la violencia informe que sacudía los territorios de la vida social. El “minimalismo” de la política social del Estado, y su “maximalismo” policíaco y represor, apretaron la pinza que se cerró sobre millones de jóvenes en México.

Colocar en el debate público la necesidad de pensar a los jóvenes como víctimas (y no sólo como victimarios), ha sido una tarea compleja a lo largo de estos años; volver visible el sistema que los excluye, los criminaliza, los condena por la vía de los hechos a la precarización y les expropia la noción de futuro, es navegar a contracorriente de una sociedad que ha preferido el relato terrible sobre sus jóvenes.

¿Cómo entender las violencias en los mundos juveniles sin asumir que hoy enfrentamos la erosión de la condición juvenil que en formas diferenciadas dificulta su inserción y participación, su acceso a la escuela, al trabajo; su creciente descreimiento y desconfianza en la política como espacio para la negociación y el pacto; la distancia que se acrecienta entre ofertas de consumo, de posibilidades, de información, al mismo tiempo que se achican las oportunidades de acceso. Todo esto en contextos de fragilidad democrática y una enorme desigualdad estructural? La pregunta clave, me parece, es cuestionarnos en torno a la situación en la que ellas y ellos deben armar sus biografías, su vida cotidiana, no como la aventura de un sujeto individual, sino como ese “miedo ambiente” que delinea, de maneras desiguales, la condición juvenil en el México contemporáneo.

Bajo estas perspectivas, hago inmersión en “aguas etnográficas adentro”, para que Carla nos guíe por esos laberintos que transitan nuestros jóvenes.

El yo precario

Carla tuvo cinco hermanos, de los que sobreviven dos, además de ella. Hija de una familia de migrantes que llegó a Tijuana a principios de los años setenta, procedente de Veracruz. Sus padres, en ese entonces jóvenes y sin hijos, querían cruzar hacia el norte, pero –me cuenta Carla– un accidente del padre selló sus destinos y se fueron quedando hasta que Tijuana se les volvió terruño, el lugar de sus apegos y afectos.

A los 14 años Carla ya había perdido a su madre y a dos de sus hermanos, el mayor y el más pequeño. Ella de cáncer; ellos, esculpidos a balazos, quedaron en la calle como monumentos siniestros a los que la pequeña Carla tuvo miedo.

Ante el dolor de estas pérdidas el padre decidió cruzar por fin y encomendó a Carla con una comadre veracruzana; los otros tres ya se movían con impulso propio.

Carla dejó la escuela para ayudar en la ferretería del barrio propiedad de su madrina; su hermano “El Ches” (en honor a Chespirito), la visitaba de vez en vez y le llevaba dineritos para sus afanes. Carla se volvió punketa, de las duras –dice ella–; andaba toda loca, acelerada: “No se me olvidaban mis hermanos enfrente de la casa y los hilitos de pinche sangre que les salía sin acabarse”. Los problemas con su familia adoptiva no se hicieron esperar. Y a Carla se le acababan los recursos y la sonrisa se le iba volviendo mueca.

Por Rossana Reguillo

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El Obispo católico John Magee de Irlanda, abrazó, besó y confesó su amor a un seminarista

Una pésima noticia sacudió hoy El Vaticano.

Nuevas revelaciones sobre la pederastia clerical en Irlanda salieron a la luz gracias a la presentación de un reporte gubernamental, publicado la mañana de este día.

El texto no sólo demostró que la curia de la diócesis de Cloyne se mofó cínicamente de las líneas guía contra los abusos sexuales a menores sino que comprobó la responsabilidad de su obispo, John Magee, en “actos inapropiados” con un seminarista.

La publicación cayó como un balde de agua fría en El Vaticano donde Magee prestó servicio como secretario personal de tres Papas: Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II.

A decir verdad en Roma ya sabían de las movidas de este mentado pastor, quien se vio obligado a renunciar el año pasado, envuelto por el escándalo. El problema es que ahora el ex obispo no sólo fue acusado de negligencia, por haber encubierto supuestos casos de abuso sino que, además, habría reconocido haber abrazado, besado y hasta haberle declarado su amor al joven.

A esto se suma que la investigación consideró episodios supuestamente verificados entre el 1 de enero de 1996 al 1 de febrero de 2009. He aquí el problema: no se trata de situaciones del pasado de las cuales desembarazarse con un simple “mea culpa”.

La situación es doblemente grave si se considera que ya desde 1996 la Iglesia irlandesa había establecido algunas políticas de prevención a la pederastia clerical, líneas guía que en Cloyne nunca se pusieron en práctica convirtiendo de facto a la demarcación eclesiástica en una “zona franca” para los abusadores.

Esta situación provocó que el Buró Nacional para la Salvaguardia de los Niños en la Iglesia Católica ordenase la investigación independiente encabezada por la famosa jueza Yvonne Murphy.

Se debe aclarar que los comisionados responsables de las pesquisas no establecieron si los abusos sexuales infantiles ocurrieron o no, sólo se dedicaron a estudiar cómo las autoridades de Iglesia en la diócesis trataron las denuncias presentadas. Por eso antes escribí los abusos “supuestamente verificados”. Empero, al parecer, varios de los relatos resultan más que verosímiles.

Los investigadores concluyeron que ni el obispo ni sus colaboradores mostraron “algún interés activo” en escuchar a los denunciantes, pese a que algunos de los casos eran realmente verosímiles. El “Cloyne Reporte”, de 400 páginas de extensión y 26 capítulos, incluyó acusaciones contra un total de 19 sacerdotes, diocesanos y religiosos.

Se trata del cuarto reporte independiente sobre los abusos en la Iglesia católica después del informe en la diócesis de Ferns difundido en 2005, el Ryan Report sobre las residencias y orfanatos religiosos en 2009 y el reporte Murphy, de la arquidiócesis de Dublín en 2009.

Ante el escándalo el administrador apostólico de la diócesis de Cloyne, Dermot Cliford, arzobispo de Cashel y Emily, pidió “sinceras disculpas” por su comportamiento y el del clero a todos los que sufrieron y a sus familias. El cardenal Sean Brady, arzobispo primado de Irlanda, dijo que la publicación del documento ha constituido otro “día oscuro en la historia de la respuesta de líderes de Iglesia al grito de niños abusados por el personal católico”.

¿Hasta cuándo los católicos deberán seguir soportando “pastores” de este calibre? ¿Por qué debe venir una comisión independiente a descubrir aquello que la Iglesia debería aclarar por sí misma? ¿Puede haber más humillación que esa para el pueblo fiel irlandés?

Derecho a réplica en: andresbeltramo@hotmail.com

Amealco, municipio indígena por excelencia en Querétaro, los Otomíes dejan sus tradiciones por discriminación y pierden lengua y cultura

La discriminación los orilla a cambiar identidad en busca de aceptación social: sicólogos

Jóvenes ñañús dejan sus tradiciones y adoptan modas de tribus urbanas

Toman la imagen de emos, punks y darks porque los han hecho sentir “indignos”, afirman

Piden apoyo para brindar atención a adolescentes por alcoholismo, violencia y uso de drogas

Mariana Chávez

Corresponsal

La Jornada

En la comunidad de Chitejé de Garabato, municipio de Amealco de Bonfil, jóvenes ñañús (otomíes) han adoptado subculturas como emo, punk y dark como nueva identidad para ser vistos y tomados en cuenta, ante la discriminación, la exclusión y la falta de expectativas en que viven, según especialistas en sicología.

La comunidad se ubica a unos 50 kilómetros de la capital del estado, por una carretera de terracería. Ninguno de los habitantes de la localidad usa ya la vestimenta típica, ni los ancianos.

Tampoco hablan su lengua natal, a diferencia de lo que ocurre en la comunidad de Santiago Mexquititlán, del mismo municipio, donde aún se observan atuendos tradicionales.

Adolescentes y jóvenes de entre 12 y 25 años de edad se reúnen en las calles (algunas de terracería y otras empedradas), principalmente para beber o drogarse con inhalantes o mariguana.

Algunos emigran a la capital del estado o al municipio de San Juan del Río para trabajar y vuelven los fines de semana, explicó un agente de la policía municipal, quien señaló que se ha vuelto frecuente ver jóvenes vestidos de negro, con “aretes, peinados medio raros, pelos parados, botas largas, pantalones entubados”.

En esta comunidad de mil 700 habitantes, paredes y postes de energía eléctrica están pintados con frases como: “para la paz no hay caminos; el camino es la paz”; “entre tantos caminos encontramos la muerte y felicidad en un solo segundo” y “¿para ti qué es la paz?”, así como pintas con mensajes contra grupos rivales y el número l3, que de acuerdo con el presidente del Colegio Estatal de Sicólogos, Juan Carlos García Ramos, significa “muerte” o “mexicano”.

Adiós a la lengua materna

Santiago, de 16 años de edad, es instructor comunitario del Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe). Viste ropa similar a la usada por la tribu urbana conocida como emo porque “está de moda”, pero asegura que no pertenecer a ninguna agrupación o subcultura.

Recorre en bicicleta el camino de terracería desde el barrio La Cañada, en la comunidad de El Varal, ubicada a unos dos kilómetros de Chitejé de Garabato.

Usa sudadera negra estampada y una correa para teléfono celular morada con cuadros y calaveras, así como pantalón oscuro y una mochila con frases en inglés. Indicó que su mamá no le quiso enseñar a hablar nañú y desconoce la causa.

Relató que cuando recibió capacitación para ser instructor de Conafe y dar clases a niños de prescolar, regresó a Chitejé de Garabato entusiasmado por aprender ñañú.

Insistió en que su mamá le enseñara y aprendió algunas palabras, pero con el tiempo “no sé qué me pasó y ya no le seguí preguntando”, reconoce

Santiago, de 16 años, es instructor comunitario del Consejo Nacional de Fomento Educativo en Chitejé de Garabato, municipio de Amealco de Bonfil, Querétaro. Al igual que numerosos jóvenes de las comunidades ñañús de la región, ha adoptado modas de las llamadas tribus urbanas, aunque asegura que no pertenece a ningunaFoto Mariana Chávez
Según Santiago, en su comunidad hay dos grupos o bandas que no tienen definido a qué subcultura urbana pertenecen o imitan, pues gustan de la música y la vestimenta de grupos punk, dark o emo.

Les llaman “los aviones” y “los de negro”. Los primeros “siempre están en el avión” (drogados) y los segundos acostumbran vestir de ese color, de acuerdo con profesores de la telesecundaria local. Ambos grupos son rivales.

Santiago indicó que los adolescentes y jóvenes que emigran a la capital de Querétaro, a San Juan del Río y a otras ciudades han tenido contacto con expresiones del punk, el dark o el emo, y al regresar a sus comunidades son imitados, e incluso se organizan para enviar grupos al Distrito Federal para comprar ropa de esos estilos porque “sale más barata”, además de que no la encuentran en la comunidad.

Marco Antonio Macías López, Araceli Colín y Juan Carlos García Ramos, especialistas en sicología de la Facultad de Sicología de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ), coincidieron en que la opresión, la segregación y la discriminación histórica de la comunidad mestiza hacia las culturas indígenas son algunos factores que influyen para que estos adolescentes adopten subculturas urbanas.

Como indígenas, explicaron, son señalados porque hablan y visten diferente. Eso genera un sentimiento de que son “indignos” y prefieren no destacar su origen.

La falta de servicios básicos, educación y salud provoca migración a zonas urbanas, donde los ñañús son discriminados. Además, la separación de las familias favorece alcoholismo, violencia y falta de expectativas.

Más vale punk que invisible

Los especialistas opinaron que los adolescentes se agrupan porque necesitan un vínculo social, una protección que no encuentran en la familia y tampoco en la autoridad.

Aunque tienen identidad indígena, los adolescentes y jóvenes deciden adoptar otra que sí es reconocida. “Yo te reconozco como emo porque como ñañú no te reconocen, te ignoran, te desprecian”, además, cualquier tribu urbana es socialmente aceptada como identidad; “entonces, estoy a tono con el mundo”, consideró Colín.

Para los jóvenes no es relevante que consumir alcohol o drogas sea dañino para la salud, pues según los especialistas es más lesivo ser discriminados o marginados. “El daño es menor a saber que no existes”

Profesores de telesecundarias dijeron estar preocupados porque el mismo fenómeno se observa en las comunidades indígenas de San Miguel Tlaxcaltepec y El Lindero, también en el municipio de Amealco, donde han solicitado sicológos para orientar a un creciente número de adolescentes que enfrentan problemas de violencia física y sexual, alcoholismo e incluso suicidio.

Las redes sociales aceleran amistades y ayudan a solitarios

Tanto Tuenti no los vuelve raritos

Los adolescentes pasan mucho tiempo en las redes sociales, pero ni se aíslan ni se obsesionan –

Las plataformas son aceleradores de amistades que ya existen y ayudan a integrarse a los solitarios

ANA ALFAGEME / MARÍA VICTORIA ENNIS

El País

Quizá su sobrino cometió el error de aceptarle como amigo en Tuenti. Así que alguna comida familiar habrá acabado con el adolescente ruborizado ante su alusión a unas fotos en las que no estaba precisamente leyendo a Kant. Es que el raro es el que no anda por allí. Cuatro de cada cinco chavales de colegio o instituto españoles usan una red social para mantener contacto con sus amigos y compartir o comentar fotos. Casi la mitad entra varias veces al día y mientras está online tiene en una pestaña abierto su perfil de Tuenti. Se han dado de alta porque se lo han contado precisamente sus colegas y no son muy conscientes de la falta de privacidad. Sus coetáneos hispanoamericanos les superan en esa costumbre. Están prácticamente todos tecleando en su perfil.

Amistad y violencia en Facebook

Baigorri: “Solo algunos obispos creen que las redes sociales aíslan”

La desinhibición en la Red es falsa pero las consecuencias son reales

Los jóvenes usan las redes en mayor medida que la población general

“Relacionarse a través de la web no es tan fácil”, apunta un catedrático

Las redes tampoco les convierten en geeks aislados que esconden el acné detrás de una pantalla. El 90% de los chavales españoles preguntados no se plantea nunca que prefieran pasar tiempo online antes que ver a sus amigos, un porcentaje de respuesta que solo iguala al de Argentina (91%), el país que puntúa más alto. Paralelamente, más de la mitad (54%) de los españoles no considera que su vida sería aburrida o vacía si no utilizan su Tuenti.

Estos datos se desprenden de un estudio de la universidad madrileña Camilo José Cela presentado ayer que compara el uso de las redes sociales en seis países de habla hispana en adolescentes de edades comprendidas entre los 11 y los 17 años. La encuesta fue realizada a 6.103 chicos que viven en ciudades de Argentina, Colombia, Ecuador, México, Venezuela y España.

Una de las primeras conclusiones: es más probable que su hijo trastee continuamente en Tuenti que usted tenga un perfil de Facebook. Si tres de cada cuatro internautas de cualquir edad está en una red social como la citada o Twitter (un 76%), los adolescentes llevan la delantera. Las utilizan cuatro de cada cinco (79%), y en el caso de España, la elegida es mayoritariamente Tuenti. Es imparable. Por eso los autores de este estudio, Adolfo Sánchez Burón, vicerrector de investigación de la Universidad Camilo José Cela, y Adolfo Álvaro, experto en redes sociales en Intenet, plantean que el asunto -“el uso responsable, las posibilidades y los peligros”, como señalan-, debe formar parte de la agenda educativa.

La encuesta es una continuación de dos centradas en chavales madrileños (2009) y españoles (2010). Si en el primer año, las utilizaba al menos un 65%, este, un 79%. Los datos de 2011 revelan que los adolescentes que usan las redes son más y lo hacen más intensivamente. El año pasado, el 78% de los encuestados estaba en alguna y el 39% entraba varias veces al día. Hay un 1,4% más de usuarios y más del 40% se mete a diario en repetidas ocasiones.

“Llama la atención la rapidez y el crecimiento exponencial que tienen estas plataformas en esas edades. Hay una generación entera que las ha abrazado en masa, como no ha ocurrido con otras llamadas nuevas tecnologías, con el móvil, por ejemplo”, dice Adolfo Álvaro, uno de los autores del estudio, “y lo han incorporado a su vida cotidiana inmediatamente. Lo consideran un elemento tan indispensable como para nosotros era vernos con los amigos a la salida del colegio”.

¿Qué explicación tiene la mayor penetración en el resto de países de habla hispana? “La clave está en que los chicos utilizan móviles que incorporan conexión a Facebook con una buena tarifa. El resultado”, señala Álvaro, “es que, independientemente del estrato social al que pertenezcan, los chavales urbanos en edad escolar de países en vías de desarrollo tienen las mismas habilidades digitales que la población de las naciones más avanzadas”.

Y si están todo el día subiendo fotos, ¿estudian menos?, se preguntarán los padres. Pues no parece. En el estudio del pasado año, no se hallaron correlaciones entre el número de suspensos y la dedicación a sus amigos vía Tuenti.

Una de las formas más modernas de comunicación se expande a través del modo más antiguo: el boca a boca. Son los amigos y conocidos los que dan el queo. En todos los países supera el 75% y en algunos llega hasta el 90%.

Antonio López, catedrático de trabajo social de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, cree que la red social “es un acelerador de las relaciones porque interactúas en tiempo real con mucha gente y porque lo que escribes permanece. Lo escrito tiene mucha fuerza”. Para López, relacionarse a través de la web no es tan fácil. “Hay que desarrollar habilidades; debes saber que escribir una frase todo en mayúsculas es como gritar y que si le dices a una chica lo guapa que es, es mucho más fuerte que si se lo dices personalmente tan solo como un cumplido”, aclara. Lo que se ha aprendido en un ámbito no necesariamente se traslada al otro. “A muchas personas que se socializaron de esta forma luego les cuesta relacionarse interpersonalmente” advierte López.

Manuel Benito Gómez, profesor de la Universidad del País Vasco y especialista en nativos digitales, cree que “las redes sociales ni aíslan ni integran a los adolescentes más de lo que ellos lo hacen en el mundo real. Es el uso que se hace de ellas lo que puede ser integrador o aislador”.

Las redes pueden ser una radiografía de nuestra mente. “Los efectos negativos son notorios cuando la persona que usa este tipo de recursos tiene problemas previos como inadaptación, baja autoestima, pensamientos negativos o agresividad y el uso de las redes produce un efecto de espejo o de ampliación de este tipo de problemas”, analiza Gómez. “Hay personas con cierta timidez en la vida real que se comportan desinhibidamente en las redes pero nunca hasta el extremo de aparecer como atrevidas”, señala.

Los adolescentes de España y Ecuador son los que menos perciben la falta de privacidad en las redes y los que, por tanto, menos trabas ponen para evitar intrusiones. Solo 6 de cada 10, en el caso de España, no escriben datos personales, emplean un alias, no aceptan como amigos a desconocidos o cambian la contraseña habitualmente. Son técnicas similares a las empleadas por los chicos en todos los países estudiados.

De todos sus contactos, un 7% son gente desconocida. También siete de cada 100 ha quedado con esos extraños, la manera mayoritaria de llamar a los “amigos de sus amigos”. Ocurre también que la gran mayoría no es que discrimine mucho: tiene más de 150 amigos.

“La desinhibición frente a la máquina es falsa porque luego tiene consecuencias en la vida pública. Hay que ser consciente de eso y tener cuidado con la imagen que se da”, subraya López. “Somos una sociedad del reality show pero tenemos que distinguir la realidad de la tele; nosotros no somos actores”, aclara.

El autorretrato fotográfico frente al espejo del baño y en pose sexy es tan frecuente como peligroso. Los especialistas creen que es fundamental incluir en la educación la seguridad en las redes. Gómez remarca que “hay que enseñar a los adolescentes el riesgo que existe, cómo controlarlo y gestionarlo para que no les dañe y no dañar a terceros”. El beneficio voyeurista de espiar la vida ajena entraña el mismo riesgo para observadores y observados. “No es que eso sea un riesgo; es una realidad asociada al carácter abierto de las comunicaciones virtuales”, distingue Gómez. “Estoy en el espacio virtual junto a otros; yo los veo y ellos me pueden ver… Es conveniente ser prudente para que esa exposición no derive en situaciones indeseadas”, remarca.

Kepa Larrañaga, sociológo de la Fundación Aliados, dedicada a la erradicación de la pornografía infantil en Internet, apunta a la legislación. “Existen problemas con la ley de protección de datos y hay que avanzar. La justicia tiene que hacerse cargo”, sentencia. Larrañaga admite, sin embargo, que los padres pueden exagerar. “Percibimos muchas veces la red como un peligro pero no es necesariamente así. Hay que concienciar a los niños y a los adultos porque muchas veces terminan negando el uso por temor”, advierte.

Artemio Baigorri, sociólogo de la Universidad de Extremadura, cree que “las redes sociales son, sencillamente, la versión telemática del patio de vecinos: continúan a través de los facebooks las conversaciones, peleas, colaboraciones (no hay que olvidar que se utilizan mucho para hacer las tareas) que han iniciado antes en la vida real”. El sociólogo extremeño está convencido del rol socializador de las herramientas virtuales de comunicación. “Solo algunos obispos creen ya que las redes sociales aíslen a los adolescentes”, ironiza, en relación a lo dicho por el cardenal Rouco. “Al contrario, los conectan y los incluyen; hasta los más tímidos se atreven en el patio cibernético y en ese sentido debemos considerarlas tecnologías inclusivas. Es más, salvo en casos patológicos yo diría que los facebooks promueven la sociabilidad. Hasta los más periféricos del grupo, quienes probablemente en la sociedad industrial no se enteraban de la cita (porque solo se llamaban por teléfono quienes estaban en la clave) en la sociedad telemática se enteran: basta echar un vistazo a las páginas de los líderes”, concluye.

¿Algún consejo a los padres? “Hablar con los hijos francamente sobre el tema. Informarse y experimentar en las redes. La gran brecha puede desaparecer”, concluye uno de los autores del estudio, Adolfo Álvaro. Y no pretender ser amigo de su hijo en Tuenti. Puede ser tan invasivo como que el chaval le espíe a usted en la intimidad de su habitación.