“De Dioses y hombres” una película

“De dioses y hombres”

Javier Betancourt

Proceso

Al borde de la guerra civil en Argelia, en 1996, siete mojes cistercienses fueron asesinados y decapitados en Tibhirine por un grupo musulmán extremista.

A partir de un guión de Étienne Comar, el actor y realizador Xavier Beauvois recrea este doloroso episodio de la historia argelina, y de la historia de convivencia pacífica entre diferentes comunidades, en De dioses y hombres (Des hommes et des dieux; Francia, 2010).

En una entrevista a Cahiers de Cinéma, Beauvois afirma que si tuviera que elegir entre hacer cine a la manera de Paul Greengrass (director de La Supremacía de Bourne) o nunca volver a dirigir una película, preferiría esta última opción. El comentario viene a cuenta porque De dioses y hombres evita a toda costa el juego del suspenso; no se trata de jugar con la adrenalina del público, que conoce de antemano el desenlace, sino de mostrar cómo este grupo de hombres elige y enfrenta la muerte.

“No le temo a los terroristas, ni siquiera al ejército. No me asusta la muerte, soy un hombre libre”. En esta frase de antología, Luc (Michael Lonsdale), el más viejo de los monjes y médico de la comunidad, consigna la ética cisterciense (dichos monjes también son llamados trapenses) de raíces que se nutren en el ideal de vida de San Benito y San Bernardo.

En el marco de la cordillera de los Atlas, estos monjes viven en oración y cultivan miel, respetan, curan y apoyan al pueblo musulmán, participan incluso de sus rezos. Sobre la mesa de trabajo del abad Christian (Lambert Wilson) junto a los escritos de San Benito y San Francisco, se haya un Corán. Ninguna novedad en el ideal de convivencia del Islam que los cruzados destazaron.

Xavier Beauvois no persigue la visión espiritual de un Tarkovsky o la línea política combativa de Costa Gavras; De dioses y hombres no es una película de santos, sino de hombres congruentes con lo que predican. La cinta propone una visión humanista, la religión no basta para entender la actitud de estos monjes que podrían escapar bajo la presión del ejército que, como ocurre en estos casos, ya no garantiza la seguridad de los que pretende defender, y termina siendo tanto o más peligroso que los terroristas. En cambio, Beauvois deja que cada monje exprese su propia crisis, desde aquel que grita por el socorro divino desde su celda, hasta el que no le teme ni a los nazis ni al diablo.

Vale también decir que este director francés es ante todo un esteta. Tal actitud escandalizó a un crítico del diario francés Libération por la falta de compromiso político que, según él, exhiben estos monjes blancos (Didier Péron en su entrevista de septiembre del 2010, que pasa por alto la tradición de San Bernardo y del abad de Rancé, acusa a la película de colonialismo). Las tomas de los rostros de los monjes evocan a la pintura holandesa del siglo XVII, el guerrillero herido parece un Cristo de Mantegna, la última cena de los monjes se inspira en el cuadro de Da Vinci.

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