“México apocalíptico”

Conversación en las tinieblas

José Emilio Pacheco

A la memoria de Adolfo Sánchez Vázquez, maestro.

(Proceso).-

Ya estarás satisfecho.

–¿De qué?

–Tus presagios apocalípticos se cumplieron. México se parece hoy a lo que te habías imaginado.

–Jamás pretendí adelantarme a nada. Me limité a indicar algo de lo que estaba pasando y casi nadie quería ver.

–¿Con qué objeto?

–La ingenua pretensión de que escribirlo podría ayudar a conjurarlo. Si la gente se daba cuenta quizá cambiara de actitud y contribuyera a impedir, o al menos a mitigar, lo que se nos venía encima. Desde luego no tuve ni tengo capacidad alguna de videncia. No podría decirte ni siquiera qué va a pasar de aquí al próximo miércoles.

–Mi madre recuerda que la matanza de Acteal coincidió con la exacerbación de la violencia en Argelia. Tú dijiste que había que hacer hasta lo imposible para que en México jamás alcanzáramos esos niveles de crueldad. La gente se rió: “Exagera. Está loco. Eso nunca pasará aquí. Cómo se ve que no sabe nada de Argelia”.

–Sí, pero no pido que nadie me revindique por esas cosas tan tristes. Prefería mil veces haberme equivocado. De cualquier manera jamás pensé que veríamos lo que ahora presenciamos.

–La espiral sin fin. Los colgados de los puentes a los que se remata o se quema vivos, las imágenes de los torturados y muertos que presentaron Carlos Marín y Ciro Gómez Leyva…

–Y lo que seguirá.

–Ya hablan del Holocausto mexicano.

–Son cosas muy distintas, pero a propósito de Holocausto me gustaría contarte una pequeña historia que tal vez no conozcas. ¿Has leído en libros o en internet algo acerca del Velódromo de Invierno?

–No. ¿Qué tiene que ver el ciclismo con todo esto?

–Nada. Es el lugar en que se concentra a los judíos de París antes de enviarlos a morir en Auschwitz. Hablamos de 1943. Los años triunfales del nazismo quedaron atrás. La derrota es evidente. Lo han vencido en Stalingrado y en el norte de África. Sin embargo, Hitler se empecina en destinar al exterminio los recursos que se necesitan para la guerra.

–No veo la relación.

–Un momento. Adolf Eichman embarca desde Salónica a todos los judíos de Grecia. Mientras a unos los asesinan en las cámaras de gas, los otros, los de París, son recogidos por la policía francesa de Vichy y los hacinan en el velódromo sin agua, sin comida, sin medios sanitarios, bajo un calor atroz. Tras varios días en estas condiciones los suben a los vagones para ganado.

Antes separan a las familias. Hay un carro del tren lleno de niños. Una muy pequeña, de cuatro o cinco años, grita y pide a su mamá. El oso de peluche, compañero de toda su breve vida, cae al andén. Ella se aferra a las puertas de madera y suplica que le devuelvan al osito.

–Bueno sí, pero…

–Hans Koenen, un joven oficial de las SS, supervisa el embarco. Ve a la niña, se ríe de ella, con la culata de su metralleta machaca los dedos de la pequeña hasta rompérselos y estalla en carcajadas. Un policía francés se atreve a reprochárselo.

El convoy de la muerte arranca entre los aullidos de la niña. Hans le grita al francés que la compasión es la peor debilidad. Ellos, los nazis, son los dueños del mundo y tienen derecho a todo. Quien pueda conmoverse por una niña y su osito es un blandengue (insulto predilecto del Führer) y no merece vivir.

–No le pasó por la mente que eso podía sucederle a sus hijas.

–O a él mismo. Dos años después los nazis derrotados huyen a la carrera de Praga. La multitud toma por asalto los últimos reductos alemanes y lincha en plena calle a todo uniformado que encuentra. El joven Hans es ya para entonces capitán. No puede hacer nada contra quienes lo golpean, le sacan los ojos, le abren el vientre, lo castran con unas tijeras de jardinero y antes de prenderle fuego y colgarlo de un farol dejan que se arrastre unos segundos por la acera. ¿Qué grita Hans en los últimos instantes de su vida? Pide a su mamá.

–Es una historia espantosa.

–Una entre millones. Pero aleccionadora.

–¿Por qué? Eso no puede suceder aquí.

–¿Ya ves? Tú también. No te culpo: todos creemos que nada malo nos va a pasar nunca.

–Es que en otra forma no nos levantaríamos de la cama.

–Sí, tienes razón. Ignoro cuál es el justo medio. ¿Ya ves que no pretendo aleccionar a nadie? Si me permites, recordaré que en el México antiguo, años antes de que nacieras, cuando en una reunión las conversaciones decaían y ya nadie tenía ganas de hablar alguien sacaba siempre los chistes sobre la nota roja.

En primer término los encabezados clásicos: “Mató a su madre sin motivo justificado”, “Buzo que se suicida al no poder desatornillar la escafandra”, “Se halló la lengua de su esposo en un tamal oaxaqueño”, “Caminaba de espaldas: se le acabó la azotea”. Y las noticias de atrocidades que de tan grotescas parecían cómicas. Todo ocurría en un país remoto llamado también México pero sin nada en común con aquel que habitábamos. Eran mundos opuestos y creímos que jamás iban a tocarse.

–Ahora están lado a lado en todas partes. ¿Hasta cuándo?

–No lo sé, nadie lo sabe.

–Todos los espectáculos son escuelas del crimen: videojuegos, teleseries, películas.

–Sí, y no obstante jamás me atrevería a proponer la censura porque inicias también otro proceso sin fin. Me preocupa no hallar una respuesta. Vamos a suponer que eliminamos esas imágenes violentas. ¿Por cuáles otras las sustituimos?: ¿la tragedia griega, la Biblia, Shakespeare, el teatro de los siglos de oro, la gran novela realista, las clases de historia universal? Las pantallas seguirían siendo baños de sangre y escuelas del crimen.

–¿Y la publicidad?

–En 1975 Marshall McLuhan vino a México invitado por Televisa para un simposio sobre medios audiovisuales. Volvió muerto de miedo a Canadá. Afirmó hace 36 años que en un país tan pobre como el nuestro el empleo de una publicidad concebida para la nación más rica del planeta auguraba una violencia nunca vista.

–Entonces ¿qué se puede anunciar sin que se despierten la codicia más feroz y el ansia de tenerlo todo a cualquier precio?

–No lo sé. Tampoco me corresponde hallar la respuesta. Para eso las universidades forman miles de especialistas todos los años. Me limito a conversar contigo y referirme a lo que me preocupa y me lastima.

–No terminaste de decir por qué te parece tan aleccionadora la historia del nazi de París y de Praga.

–Porque contiene algo que no puedes eliminar de ningún intento de explicarte lo que sucede. El mayor atractivo de hacer el mal es la sensación de omnipotencia que confiere. Todos somos pobres diablos y estamos a expensas de todo. De repente encuentras un acto que te permite sentirte superior a los demás y vengarte de todas las humillaciones y afrentas que has recibido. Esa voluptuosidad suprema te explica al nazi del Velódromo, a todos los niños sicarios, a Hitler y Stalin. Claro que dura poco pero no hay nada que no dure poco.

–¿No hay salida?

–Tiene que haberla. Confío en que ustedes, los habitantes naturales del siglo XXI, a diferencia de nosotros los inmigrantes del XX, la encontrarán. Mientras tanto, nunca estará de más practicar la máxima en que coinciden las filosofías y las religiones, la norma que violamos todo el tiempo y en todas partes: “No hagas a los demás lo que no quieras para ti mismo”.

–La más fácil, la más obvia, la más difícil de practicar.

–Por supuesto, pero no hay nada que la sustituya. Gracias por escucharme. Te deseo lo mejor.

En Noruega la policía no tenía noticias de “Un Joven ejemplar”

El hombre que odiaba a muerte el Islam y el mestizaje cultural

Anders Behring Breivik, un joven educado y de clase media, noruego de pura cepa, destruye el paraíso de Noruega.- Perteneció al segundo mayor partido de Noruega y fue masón

RICARDO MARTÍNEZ DE RITUERTO

– Bruselas

El País

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Anders Behring Breivik, detenido como autor a sus 32 años de la mayor matanza en Europa desde la de marzo de 2004 en Madrid, dejó el pasado domingo un twitter con una cita atribuida a John Stuart Mill, una de las cumbres del pensamiento filosófico y político del siglo XIX: “Una persona con una creencia iguala la fuerza de 100.000 que solo tienen intereses”. La cita está orientada, pero es errónea. “Una persona con una creencia es un poder social igual a 99 que solo tienen intereses”, escribió en realidad Stuart Mill en Consideraciones sobre el gobierno representativo.

La policía eleva a 92 los muertos por el doble atentado en Noruega

Terror en el país del bien

La policía lanza una operación antiterrorista mientras Noruega llora a los muertos

Doble atentado en Noruega

El desajuste de las citas es revelador de la personalidad de Breivik, un hombre con formación, ambiciones y desmesura, que mal dirigidas han hecho saltar por los aires el universo paradisiaco y autocomplaciente en que vivían los noruegos, admirados en todas las latitudes por su equilibrio, contención, discreción y responsabilidad.

En su página de Facebook (que ha sido bloqueada) el asesino de Oslo presentaba como uno de sus libros favoritos otro de Stuart Mill, el titulado Sobre la libertad, donde el pensador inglés dejó escrito que “si toda la humanidad menos uno tuviera una opinión y una sola persona tuviera la opinión contraria, la humanidad no tendría justificación para silenciar a esa persona, del mismo modo que esa persona, si tuviera el poder, no tendría la justificación para silenciar la humanidad”.

Breivik o no llegó a ese pasaje o cruzó por esas palabras sin que le dejaran huella.

La huella de sangre la ha dejado él, armado con una pistola y un fusil y decidido a silenciar para siempre a todos los jóvenes socialistas que pudiera, precisamente por no tener su misma opinión. Como también atacó, según las sospechas policiales, con una descomunal carga explosiva las dependencias del primer ministro, Jens Stoltenberg, otro aborrecido socialista.

Autodefinido como políticamente conservador y cristiano en Facebook, Anders Behring Breivik aparece en su página web como un hombre joven, soltero y ajeno a las estridencias.

Este director de una explotación agraria que desarrolla la línea bio realizó estudios en una escuela de Comercio, gusta del deporte de la caza y era hincha del FK Lyn, uno de los históricos equipos de fútbol de la liga noruega, recientemente desaparecido por problemas económicos pese a ser un club de la parte occidental de Oslo, la zona rica de la ciudad en la que él creció. Junto al desaprovechado Sobre la libertad, Breivik coloca 1984, de George Orwell, y El proceso, de Kafka, entre sus obras favoritas, dos clásicos de calado, mientras cede a las pulsiones violentas a la hora de identificar los juegos electrónicos que le interesan o las series de televisión que le atraen, incluida Dexter, protagonizada por un policía forense de Miami que en sus horas libres hace justicia personal sobre quienes cree que han escapado indebidamente a la justicia de los tribunales.

El perfil corresponde como un guante a un hombre con ambiciones e inclinaciones intelectuales. Entre sus actividades favoritas incluye la de fundar y desarrollar organizaciones, junto a las de leer y escribir. Como intereses fija los análisis político y bursátil, mientras que a la hora de escuchar música se inclina por la clásica o por ese cóctel de absoluta contemporaneidad que supone la llamada vocal trance.

Un hombre sin aristas que deja el impacto para más adelante, a la hora de repasar sus retratos de “noruego de pura cepa”, en palabras de la policía, alto, rubio, con incipiente perilla, frente ancha y despejada, y ojos verdes, un perfecto ejemplar de atractivo nórdico que se desvanece a la hora de mostrarse vestido como el aburguesado masón que también es.

Como decía ayer alguien en Oslo, “todo el mundo sabe su nombre, pero nadie sabe realmente quién es”. Ni siquiera los vecinos, que le recuerdan como alguien cortés y nada más. Poco a poco van emergiendo detalles de esa otra vida e ideas políticas que componen un retrato que se acomoda mejor al drama nacional en que vive Noruega. Son particular reveladoras sus contribuciones a la web document.no, creada para alertar contra la invasión de Europa, en general, y de Noruega, en particular de gentes venidas de otras tierras e imbuidas de Islam. “Dígame de un país donde los musulmanes hayan convivido pacíficamente con los no musulmanes”, inquiría hace unos meses Breivik antes de responderse que esa implantación ha tenido “consecuencias catastróficas para los no musulmanes”. En otro momento se preguntó: “¿Cuándo ha dejado de ser el multiculturalismo una ideología dirigida contra la cultura europea, las tradiciones, la identidad y las naciones Estado?”.

Para él, determinadas asociaciones de derechos humanos defensoras de las minorías no son sino “violentas organizaciones marxistas” que hay que combatir por todos los medios. Y los socialistas constituyen, a su juicio, la deletérea encarnación de ese mal. “No podemos tolerar que los socialistas subvenciones a estos Stoltenberg-Jugend, que sistemáticamente aterrorizan a los conservadores”, escribía el luchador antimulticulturalidad que vivía disfrazado de pacífico masón y de modesto agricultor ecologista.

Stoltenberg-Jugend en su diatriba es la versión noruega de las Hitlerjugend (Juventudes hitlerianas), las mismas juventudes socialistas que iban reunirse plácida y desenfadadamente durante este fin de semana en la isla de Utoya, vecina a Oslo. Breivik aborrecía a Stoltenberg, el jefe de Gobierno objetivo del primero de los ataques del viernes, como también a su antigua predecesora, Gro Harlem Brundtland, tan apreciada por los noruegos que algunos llegan a referirse a ella como landsmoder (madre de la patria). En algún escrito Breivik la etiqueta como landsmo(r)der, donde el añadido la convierte en “asesina de la patria”.

A Utoya acudió disfrazado de policía, llevando hasta el final su camaleónica capacidad de camuflarse como un simple noruego fuera de toda sospecha. Su empresa agrícola era una tapadera para conseguir medios para un activismo político que estaba fuera del circuito convencional desde que abandonó hace alrededor de un lustro, al dejar de pagar su cuota y sin que nadie le echara de menos, el Partido del Progreso, en cuyas juventudes también militó, la derecha ultranacionalista y xenófoba de Noruega, que en las elecciones de 2009 obtuvo un 23% de sufragios y con 41 escaños se convirtió en la segunda fuerza política nacional. Timoneado por la carismática Siv Jensen, el Partido del Progreso arremete una y otra vez contra la permisividad y entreguismo de los socialistas, cómplices, dice Jensen, de la progresiva islamización de la sociedad.

Esa retórica le parecía insuficiente al cada vez más arrebatado Breivik, que en sus intervenciones en la web puso como ejemplo de auténtico líder conservador a Geert Wilders, azote del Islam y del multiculturalismo en Holanda. El joven noruego se había convertido en un Savonarola contra el pactismo, la corrección política y la tolerancia y creía que había que promocionar sus ideas en el más allá de los confines nórdicos, en especial entre británicos, alemanes, franceses y estadounidenses, como escribió en una de sus intervenciones. Jensen se manifestaba ayer sorprendida por la mortífera odisea de su antiguo correligionario, de quien decía que era casi un desconocido entre los militantes del partido, y hacía un llamamiento a la unidad nacional en esta hora traumática.

En la feliz Noruega ni la policía tenía noticia particular del ciudadano ejemplar Breivik. En un reciente informe los servicios secretos aseguraban que “los extremistas de derecha y de izquierda, no constituyen una amenaza seria en 2011 para la sociedad noruega”.

“Mal le va a la tierra donde la riqueza se acumula y los hombres decaen”

Algo anda mal… muy mal

Rolando Cordera Campos

La Jornada

“Algo anda mal cuando la riqueza se acumula y los hombres decaen” (En prosa poética y generosa, el poeta David Huerta tradujo para mí los versos iniciales de The Deserted Village de Goldsmith, de esta manera: “En prosa informativa, la traducción sería como sigue: ‘Mal le va, víctima de imperiosos [o premiosos] males, a la tierra donde la riqueza se acumula y los hombres decaen.’ Versioncilla en módicos versos españoles (dos alejandrinos, con rima y todo): Mal le va a un país, presa de males imperiosos, con visibles riquezas y habitantes borrosos”.

Así iniciaba Toni Judt lo que sería su conmovedor testamento, convertido por la maestría de su prosa y la profundidad de su reflexión en un manifiesto central para rehabilitar el mundo y salvar a la especie. En Ill Fares the Land (The Penguin Press, NY, 2010), este gran pensador histórico y crítico social nos lega un trazo magistral de lo que puede ser la agenda global para encarar, con algún optimismo razonado, las amenazas con que arrancó el nuevo milenio.

Roto el contrato social que configuró la posguerra y moduló la evolución del planeta hasta entrados los años setenta del siglo XX, la civilización pretendió encontrar un nuevo camino con la erección de un nuevo orden internacional que encauzaría la nueva posguerra, una vez desplomado el comunismo soviético y su “economía mundo”, y habiendo entrado la economía internacional a una engañosa velocidad de crucero con la globalización financiera y la vertiginosa liberalización comercial que la acompañara. Como hoy sabemos, aquella presunción del presidente Bush I ante la victoriosa coalición de la primera guerra del Golfo resultó, en el mejor de los casos, una ilusa hipótesis de trabajo.

Con la Gran Recesión con que se cierra la primera década del tercer milenio, la sociedad mundial en formación vive con crudeza los saldos de la aventura globalista y se ve obligada a rendirse ante la evidencia de que la crisis no quedó atrás, como pretendieron los cancerberos de Wall Street. En todo caso, la caída productiva cambió de piel y ahora se presenta como una abrumadora cascada de endeudamiento público cuya extensión planetaria augura nada menos que, ahora sí, una tormenta perfecta, la madre de todas las crisis sincronizada por un interminable aletargamiento laboral, el ajuste draconiano en la periferia europea y el atolladero suicida en que los ululantes republicanos y su fauna religiosa de acompañamiento han metido a la gran patria de Lincoln y Roosevelt, tal vez a la espera del juicio final y la reconquista de Jerusalén para los fieles.

Nada es cierto en estos días, menos los titulares de la prensa internacional y sus émulos vernáculos que anuncian el nuevo rescate griego y el salvamento del euro. Como tampoco lo será el acuerdo provisional al que deba llegar Obama para dizque salvar a Estados Unidos de un default que nadie puede querer, en primer lugar los acreedores foráneos encabezados por los pujantes mandamases del Reino del Medio.

Lo que sí se impone como si fuera epidemia de influenza, es una dictadura silente y taimada encabezada nada menos que por los rescatados de ayer, convertidos en los secuestradores de hoy. Secuestradores de la soberanía de los países, del pacto social que ha sostenido a los estados desarrollados y de lo que ose moverse fuera del radar del cálculo financiero impuesto como verdad universal por los sacerdotes del dogma liberista o neoliberal.

Sin embargo, consumar la “revolución de los ricos” de que gusta hablar Carlos Tello, implica algo más que la sumisión de gobernantes, exégetas y consejeros a dicho dogma. Declarar finiquitado el Estado de bienestar erigido después de la segunda tragedia bélica equivale a convocar a otra tragedia mayor, ahora con instrumentos aparentemente asépticos y sustentados en una racionalidad presuntuosa, que sólo los necios y los tontos pueden profesar en serio.
Devastar el complejo edificio de protección y entendimiento sociales en el que ha descansado con todos sus asegunes la estabilidad política de Occidente, implica abrir una nueva caja de Pandora de la que sin remedio saltarán los viejos espectros del capitalismo liberal, como la explotación salvaje y el individualismo nihilista y destructor, acompañados por los jinetes del nuevo Apocalipsis ordenados por la catástrofe natural y el cambio climático, el único cambio que no parece admitir posposiciones ni soluciones improvisadas. Es de esto que tratan de hacerse cargo la mentes mejores del mundo avanzado, a las que buscan agregarse las dirigencias del mundo emergente encabezadas por los portentosos continentes civilizatorios de India y China.

En un contexto tan complejo y desafiante como éste, resultan pueriles las pretensiones subideológicas de traer a suelo patrio las majaderas supercherías de la ultraderecha americana, que no sólo quiere acabar con lo que queda del New Deal rooseveltiano sino con todo aquello que pueda parecerse a una política comprensiva y socialmente incluyente. Querer naturalizar ese “estado de naturaleza” que pretenden implantar como paradigma universal los extremistas gringos y sus primos anglos, no sólo puede ser criminal por sus implicaciones sobre la vida social y el orden democrático, sino un error histórico tremendo que dé al traste con lo poco que la humanidad ha conquistado para su autodefensa y el cuidado del entorno.

Querer hacerlo, además, bajo el disfraz de una democracia encadenada por mayorías inventadas que a su vez permitirían una dictadura legal, desde luego anticonstitucional, no puede sino reputarse como un atentado a lo que nos queda de civilidad y posibilidades de salir del hoyo de violencia en que la torpeza (por lo visto infinita) del panismo ahistórico nos ha metido.

Sortear la crisis actual no será posible con bravatas financieras y el aparente optimismo ingenuo de sus oficiantes alojados en Hacienda y Banxico. Pero tampoco avanzaremos mucho si nos empeñamos en postergar sin fecha de término las decisiones primordiales sobre el futuro de nuestras capacidades de autogobierno.

Una convención que ponga al país en el rumbo de un efectivo cambio en la manera de conducir la vida pública, es lo que debería reclamarse a los aprendices de prudente que dicen encabezar los poderes del Estado. Más que de releciones y creación de mayorías espurias, hay que hablar y decidir cuanto antes en el Congreso y fuera de él, sobre un cambio de régimen que abra las puertas de Palacio a la mayoría ciudadana y su diversidad social, hoy aherrojada por una pobreza siniestra que las percepciones de los “spin doctors” totonacas o importados no han podido ni podrán exorcizar.

El reconocimiento de las víctimas que reclaman el poeta Sicilia y sus compañeros de marcha, tiene que extenderse sin demora a quienes mal viven la desigualdad inicua que nos marca y cuyos hijos se ven impelidos a encarar los más crueles dilemas. Vaya que hay marcha por delante… pero sin abandonar la complejidad endiablada del presente. Que no parece dispuesta a darnos respiro.

La importancia y surgimiento de los derechos humanos

Cómo surgen y son reconocidos los derechos humanos

Arnaldo Córdova

La Jornada

“Los derechos humanos son creados por los hombres reunidos políticamente y expresados como derecho y como mandato”.

En la imagen, protesta de la Red por los Derechos Sexuales y ReproductivosFoto Carlos Cisneros

Todos los procesos nacionales modernos de desarrollo democrático y de edificación del Estado de derecho, ha sido reconocido ampliamente, implican, en todos los casos, una limitación constante y creciente del poder del Estado y una extensión concomitante de la libertad y también del poder del ciudadano (que se revela en su participación y en su facultad de decidir en la esfera política, así como en la protección dentro del orden público de sus necesidades e intereses). De hecho, es eso, precisamente, lo que define y da significado al Estado democrático de derecho. El tema de los derechos humanos, en particular, tiene sentido sólo en esa perspectiva.

Cómo surgen esos derechos y cómo y por quién son reconocidos, son cuestiones que resultan esenciales y de gran oportunidad. Fueron preguntas que se hicieron varios especialistas, abogados y funcionarios cuando recientemente fue aprobada la reforma constitucional sobre la materia. La primera entraña un cuestionamiento acerca de la creación o aparición de tales derechos. La segunda implica el hecho de que esos derechos deben ser reconocidos y protegidos. Inmersos, además, como estamos desde que terminó la Segunda Guerra Mundial en un rico y amplísimo sistema internacional de derechos humanos, esas cuestiones vienen a ser de doble naturaleza: nacional e internacional.

Los derechos, en la tradición jurídica y política moderna, sólo pueden tener tres orígenes: uno, Dios que los introdujo en la naturaleza del hombre; dos, la razón que, como facultad unificadora de todos los humanos en sus designios y fines, los formula como elementos infaltables en la definición de la persona humana y, tres, la voluntad de todos los individuos que, a su vez, se personifica en el acuerdo de todos para crear el orden político y jurídico y el Estado que lo debe regir. Una gran parte de los regímenes políticos modernos (incluido el mexicano) se rige por la tercera opción. Las otras son cosa del pasado.

Los derechos humanos, por tanto, son creados por los hombres reunidos políticamente y expresados como derecho y como mandato. En constituciones, como la nuestra, que se rigen por la idea fundadora de la soberanía y el consenso del pueblo, los derechos humanos son una creación del pacto que dio nacimiento al sistema institucional mexicano y a su Estado. ¿Qué tendría entonces que ver aquí el que esos derechos deban ser, además, reconocidos? Es algo tan importante como lo es el tránsito entre el mero planteamiento o formulación de los mismos y su realización concreta en el ámbito de la vida social y política, garantizándolos y protegiéndolos. Para eso sirve el Estado.

La reforma constitucional de la que se habló antes es, para el caso, un acto formal de reconocimiento de los derechos que, en la nueva letra de la Carta Magna, implica también el reconocimiento de los instrumentos jurídicos superiores, en el orden internacional, que son los tratados y convenios en los cuales dichos derechos constan y son reconocidos por la comunidad mundial. Lo primero significa que la defensa y la protección de tales derechos es una obligación ineludible del Estado Mexicano y de sus instituciones. Lo segundo, que esos derechos ya han sido reconocidos y legitimados por el orden jurídico internacional y que sus instituciones de impartición de justicia, como las cortes y los tribunales internacionales, deben velar por su protección e integridad.

Se trata, en nuestro caso, de una innovación histórica. Desde la segunda mitad del siglo XIX arrastramos un sistema de protección de garantías que muy pronto se volvió obsoleto y, en las condiciones de los estados autoritarios porfirista y priísta, nulo en su aplicación, porque eran regímenes a los que lo menos que les interesaba era proteger a sus ciudadanos. Fue entones cuando se repetía sin cesar que la Constitución estaba de simple adorno y no era respetada ni cumplida. Muchas veces se la dio por letra muerta.
Poner a tono nuestro régimen de protección de derechos con las normas internacionales, en la creación de muchas de las cuales participaron y participan nuestros representantes diplomáticos es, a no dudarlo, un logro enorme.

Ahora bien, de lo expuesto podría ponerse en duda que, como en el tradicional derecho natural, en un régimen político enteramente construido por los hombres, vale decir, civil y de derecho, los derechos humanos sean inherentes a la persona humana y que sean, por ello, la base para definirla como tal. De ninguna manera. Sólo el iusnaturalismo clásico estimó que el hombre nace ya con esos derechos. En la perspectiva civilista de creación del orden político, el pacto social que da lugar al Estado, el ser humano es redefinido como portador de esos derechos, pero éstos no son obra de ninguna potencia divina ni de ninguna otra especie, sino creación y definición que el consenso popular lleva a efecto.

Y, ¿por qué el Estado creado por el pacto debe reconocer especialmente esos derechos y estar comprometido con su protección y promoción? Por la sencilla razón de que, una vez creados, tales derechos sólo pueden ser agredidos y violados por el propio Estado y sus instituciones y autoridades. Es un concepto que ha costado mucho elaborar y poner a punto, precisamente, por la fragilidad de la vida humana en sociedad. Aun pensando en una sociedad perfecta, en la que la violencia pudiera ser eliminada por completo, aun así la vida humana seguiría siendo frágil, porque sigue existiendo el único ente capaz de ponerla en peligro, el Estado (incluidos sus funcionarios).

Es verdad que la persona humana es más fácil y más frecuentemente agredida por sus congéneres que por el Estado. De hecho lo es. Pero a nadie le puede venir en mientes que un individuo cualquiera es similar al Estado en su capacidad de agresión y, sobre todo, en la fuerza que ostenta. Desde las Cartas constitucionales de finales del siglo XVIII (en la naciente Norteamérica y la Francia revolucionaria) en quien se pensaba como agresor de los derechos del hombre era, precisamente, en el Estado. Y lo mismo ocurrió con la Carta de los Derechos Humanos de la ONU, de 1948. Es a los estados a los que se dirige y a los que conmina a llevar a cabo una política de respeto y protección de los derechos.

E igual sucede con todos los instrumentos internacionales que han venido creando las sucesivas generaciones de derechos humanos. No constituyen exhortos a los individuos a que respeten a sus semejantes. Son demandas perentorias a los estados y, sobre todo, la fijación puntual de sus obligaciones al respecto. Los derechos humanos (que algunos prefieren llamar derechos “fundamentales”, sin que se haya explicado la preferencia por el término; acaso sea para indicar su rango superior) son derechos que se levantan como un valladar en contra del poder del Estado y de su uso arbitrario e ilegal en perjuicio de los miembros de la sociedad.

Jamás podremos hacer a menos del Estado como organizador de la vida social; pero, si prevalece el respeto y el interés por la persona humana, deberá ser un Estado cada vez más y más reducido en su poder, en su capacidad de agresión y cada vez más comprometido con el bienestar y la felicidad de la persona humana. Y la base ineludible de esa transformación lo serán siempre los derechos humanos que deben seguir desarrollándose y creciendo en calidad y número.

“Un Paseo por Querétaro” 25 de julio de 1531; Su fiesta

Un paseo por Querétaro

José Félix Zavala

Este hermoso país, visto desde la loma,
causa tanto agrado a los ojos,
que faltan colores a la retórica
para pintar con propiedad
lo que tan amena ciudad encierra.

Desde los cerros de Pathé o el Cimatario o desde la loma del Sangremal o del cerro de Las Campanas se aprecia un Querétaro en pleno desarrollo y se mira a lo lejos bajando de la Cuesta China, entrando por Juríca o viniendo del bajío, miles de gentes que buscan avecindarse en nuestra ciudad o simplemente pasearse por sus calles.

Las Cajas de Agua que brotan de sus paredes, como regalos a la vista por todas sus calles, la Fuente del Marqués o el Tanque del Agua, le dan entrada a la Avenida de Los Arcos.

Las calles de Reforma y Arteaga, la de Hidalgo, la de Morelos, la de Allende, la de Juárez, la de 16 de Septiembre, la de Independencia, nos muestran todas las casas de sus antiguos habitantes. Todo se vuelve una ciudad paseo, una ciudad museo, un lugar de convivencia

En el Nuevo Querétaro, a nadie le es ajeno al caminar, por los que hemos dado en llamar “los andadores”, son los tradicionales Callejones, como los que forman “El Baratillo”, en los recovecos de las calles de Cabrera y Vergara, entre esculturas, galerías y fiesta.

El espacio que forma la bajada del Biombo o andador 5 de mayo, partiendo de La Plaza de Armas y La casa de La Corregidora a la rinconada de San Francisco, continuando por el Portal de Las Tamaleras, el Jardín de La Corregidora, de San Antonio y el andador de 16 de septiembre, entre librerías, restaurantes, arte, el templo de san Antonio, La Congregación y las fuentes con sus monumentos, hasta llegar al de Juan Caballero y Osio, rodeado de buñueleras.

La Plaza de Armas, rodeada del Portal y Casa de los Samaniego, del Portal de Dolores, del Portal Quemado, de la Gran casa de Ecala, de los Septién, de Las casas reales, la galería Libertad, los mesones y restaurantes, la Fuente del Marqués, logran el espacio de mayor belleza en la ciudad.

Otro espacio que ofrece la ciudad para sus paseantes, es el que forma, el Portal de Independencia y el Jardín del Arte, el costado norte de Bellas Artes, la segunda parte del edificio del antiguo Convento Grande de San Francisco, ya mutilado y el Portal Bueno, para encontrarse en el medio la Plaza de La Constitución, un lugar donde el agua de la Fuente del Querubín, las bancas acomodadas a la europea y los faroles agraciados, permiten ver los edificios que circundan la plaza, en un agradable descanso.

Se encuentra otra agradable sorpresa al paseante, partiendo de donde se forma el espacio comprendido por el jardín de Santa Clara con su Fuente de Neptuno y la calle real o de Madero, con su gran casa de La Marquesa, el Palacio Municipal, el costado del gran Oratorio de las Clarisas, el Jardín Guerrero, con su fuente monumental, El Teatro de la Ciudad, la cercanía del Museo de la Ciudad y las oficinas del telégrafo o antiguo Hospital de los Hipólitos.

La vista se recrea amablemente e invita a la convivencia, con La Plaza Mariano de Las Casas, circundada de portales y el exterior del Beaterio, hoy Escuela de Artes Gráficas, más El Oratorio de Santa Rosa, esperando el toque de las horas en el reloj más antiguo de la ciudad y la visita a la hermosa capilla de indios llamada del Espíritu Santo, es otro paseo inolvidable en nuestra ciudad, mejorará sí se encaminan hacia la calle de Belén o Ezequiel Montes.

A veces pareciera olvidada la Plaza de San Sebastián, un entorno verdaderamente maravilloso el que hace la fuente, el jardín, La Casa del Faldón, la Iglesia y el andador.

Acudir cuesta arriba partiendo de la Plaza de Abajo, rumbo al barrio de La Cruz, es una experiencia exclusiva de quién visita nuestra ciudad, se topará con la imponente ciudadela formada por la Plaza de los Fundadores, el jardín de la Cruz, la capilla del Calvarito y la grandiosidad de La capilla de la Asunción, el templo de La Santa Cruz de los Milagros, El Convento y el Museo, ubicado en el ex Colegio de Propaganda Fide.

El Cerro de Las Campanas, vuelto un parque agradable a la vista, con La Fuente de los Niños, La Capilla de los Habsburgo, el monumental hemiciclo a Benito Juárez, El Museo de Sitio y la agradable vista al sur de la ciudad

La Plaza de santo Domingo con su Cruz Atrial, la Iglesia, la Capilla de la tercera orden, su convento restaurado y el Archivo Histórico de la orden dominica, uniéndose al ex Convento de San Agustín, nuestro actual Museo de Arte, la Iglesia muestra viva de los gloriosos artistas queretanos.

La Plaza del recreo o Jardín Zenea o La Plaza de Abajo, rodeada del Convento Grande de San Francisco, el Gran Hotel, los portales de las tamaleras, con su fuente de Hebe, su Kiosco, serenatas, pareciera la oportunidad de comenzar a vivir una tarde inolvidable en Querétaro, más si se encamina entre comercios chillones de la Avenida Corregidora y se introduce a La Alameda entre “El Pueblito” y los árboles frondosos del gran paseo alamedado.

La rinconada del Teatro de la República, con sus esquinas chatas y la cercanía de La Mariposa, el portal en la esquina de las calles, 15 de Mayo y Pasteur norte, más la casona episcopal, de Próspero C. Vega, esquina con 15 de Mayo, logran fascinar al paseante.

El conjunto arquitectónico que forman el templo de La Compañía y los colegios de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, conocidos como La parroquia y el Patio Barroco, son lugares imprescindibles de una visita a la ciudad de Querétaro.

El río nace en el Zamorano
Atraviesa las haciendas de:
Atongo, Chichimequillas,
La Griega y Saldarriaga,
Los pueblos de La Cañada y Hércules,

Recorrer el río Querétaro, desde su entrada al centro de la ciudad, por el Molino de San Antonio, seguirlo por sus tres puentes antiguos, el de San Sebastián, el Puente Grande y el Puente de hierro, hasta su salida por Santa María Magdalena, dan la oportunidad de mirar a la otra banda, el Jardín de los Platitos y La Estación Porfiriana del tren.

Las casas caen desde los cerros de San Pablo, Menchaca y Peñuelas, hasta llegar a los barrios de la Trinidad, El Cerrito, El Tepetate, San Gregorio, La Candelaria y San Roque.

¡ Que. viva el Señor Santiago
que es el mensajero
que es el mensajero
de los cuatro vientos !

La santa Cruz de los Milagros, La Virgen del Pueblito, El Señor de las Maravillas, el Santo Señor de Esquipulas, son sus devociones.

El estadio mundialista de fútbol, La Corregidora y su Auditorio Corregidora, son su orgullo, mientras sus nuevas avenidas se cruzan entre puentes peatonales y tréboles a gran velocidad, rumbo a las zonas industriales o a Juriquilla, Tequisquiapan, Bernal, La Sierra Gorda y Jalpan.