Ulteriores Piezas del Calendario Melódico

Ulteriores piezas del calendario melódico

Samuel Máynez Champion

Proceso

A lo largo de este año hemos escudriñado dentro de la música de concierto con miras a localizar aquellas obras que ilustraran, a través de sus pentagramas, el discurrir del tempo en sus ciclos estacionales. Así, en los números del semanario 1992 y 1995 reseñamos ocho composiciones ?las que erróneamente supusimos que agotaban la lista? creadas desde mediados del siglo XVII hasta la década de los setentas del XX, cada una en sus distintas latitudes. Conviene recordarlas en su orden cronológico: Las Four Seasons de Simpson (1650), las Quattro Stagioni de Vivaldi (1725), las Jahreszeiten de Haydn (1801), las Saisons de Tchaikovsky (1875), el ballet ??????? ???? de Glazunov (1901), el ballet The Seasons de Cage (1947), las Folk Songs of The Fours Seasons de Vaughan Williams (1952) y las Estaciones porteñas de Piazzolla (1970).

No obstante, habíamos previsto que el camino de la investigación estaba abierto y que nuevos hallazgos se sumarían al empeño; de tal suerte que ahora nos disponemos a reseñar los frutos de la labor en curso con seis composiciones adicionales. Todas prácticamente inauditas. Damos por supuesto que el número seguirá expandiéndose, no sólo con las que el futuro nos depare, sino con las que yacen en algún rincón del pasado todavía sin iluminar. Adelantamos, para regocijo de nuestra mexicanidad, que dentro de este nuevo grupo de creadores hay dos compatriotas, uno de ellos vivo y en plena etapa productiva. Suya es la obra más reciente que localizamos y es justo reconocer aquí que a él debemos varias de las pistas que nos condujeron a las obras para arpa. Huelga decir que el complemento para que nuestro texto se justifique a plenitud ?contamos ahora con una primicia mundial? es la audición de la música ?disponible siempre en la audioteca de Proceso?, de la que naturalmente hemos de hacer una selección estacional: Nos ceñimos a la Primavera que aún nos corresponde por su renacimiento implícito…

Las primeras Four Seasons para arpa. No es muy conocida para el gran público la trayectoria del galés John Thomas (1826-1913), y menos aún su producción musical. Sólo podemos acertar que fue un arpista de enorme talento ?se habla de que era un prodigio en la ejecución de su instrumento? que viajó por Europa conquistando admiradores con la exquisitez de sus ejecuciones. Es sabido que su educación fue costeada por la matemática Ada Lovelace Byron ?la única hija legítima del famoso poeta y Lord?, quien al escucharlo tocar creyó que era su deber proporcionar los medios para que su talento floreciera. Vino entonces su ingreso a la Royal Academy of Music de Londres de donde salió preparado para obtener resonantes triunfos. Después de uno de sus conciertos parisinos, Héctor Berlioz apuntó en su columna periodística: “Voila comment jouer la harpe” Con respecto a las composiciones en cuestión, cabe decir que tuvieron como fuente de estro creativo diferentes poemas de la tradición popular de su tierra. En la primavera resuenan las imitaciones del Cucú. La dedicataria del ciclo fue la condesa Esterházy y tenemos como fecha aproximada de composición el año 1850.

Sucesivas Jaargetijden nacen en Holanda. Tampoco es muy renombrada la figura del compositor Henri Zagwijn (1878-1954), sin embargo, la calidad de su obra lo ameritaría. En cuanto a su perfil curricular bástenos saber que fue un autodidacta que se dejó influenciar por la música francesa. No a caso escribió una biografía de Debussy. Ocupó una cátedra como maestro en el Conservatorio de Rotterdam y fue un asiduo seguidor de la teoría antroposófica de Rudolf Steiner. (En síntesis, esta sostiene que “la experiencia cognitiva del mundo espiritual puede lograrse gracias a un método prescrito de autodisciplina”.) En sus partituras palpita el amor por la naturaleza y por las impresiones que ella ejerce en el ánimo humano. Sus Estaciones fueron pensadas para una combinación poco frecuente: arpa y piano. Su año de creación es sintomático: 1945, inmediatamente después de haberse firmado el armisticio de la Segunda Guerra.

Las primeras Cuatro estaciones mexicanas. La loable iniciativa emanó del compositor veracruzano Mario Ruiz Armengol (1914-2002), quien las plasmó en un grupo de piezas para arpa sola en 1976. (Proceso 1997) Su génesis derivó de la apasionada relación amorosa que el maestro sostuvo con una arpista. Para ella, Carmen, escribió un número importante de obras exclusivas para su instrumento ?23 en total? y, dato de relieve, con ese corpus sonoro inició su viraje compositivo emigrando de la música “popular” hacia la “culta”. No es motivo de sorpresa que a pesar de su indiscutible buena factura, nadie se haya interesado todavía en tocarlas y darlas a conocer. Con sumo deleite anunciamos que la música que acompaña a este texto se conecta con la primicia anunciada.

Irrumpen en el mercado las American Four Seasons. Correspondió al estadunidense Philip Glass (1937) el mérito de retomar en 2009 el modelo vivaldiano adaptándolo a su propio estilo compositivo. Si el abad veneciano escribió cuatro obras llevando al violín de solista, Glass hizo suya la idea englobando dentro de otro concierto para violín y orquesta el ciclo estacional completo. A diferencia del modelo original no hay una idea literaria que sostenga al edificio sonoro: se mantiene en pie aleatoriamente a lo largo de cuatro movimientos. El lenguaje minimalista de Glass es la novedad que inunda el éter y, como podemos suponer, el sistema de marketing ha cumplido fehacientemente con su cometido, pues podemos enterarnos por la red, que el trabajo de Glass obtuvo tanto éxito en su estreno como lo hizo en su momento la Quinta Sinfonía de Beethoven. ¿…?

Seasons lost, la siguiente propuesta norteamericana en pro de la ecología. Por encargo de dos violinistas célebres ?Jennifer Koh y Jaime Laredo? el joven músico David Ludwig (1974) se dio a la tarea de cincelar en 2012 una obra que pusiera en el centro del debate el problema del calentamiento global que nos aqueja, de ahí su título: Estaciones perdidas. El vehículo fue otro concierto, en este caso para dos solistas, donde quedó muy lejos la referencia vivaldiana, empero, la importancia del mensaje trasciende los detalles de su concepción.

 En palabras de Ludwig, el tiempo dedicado a la Primavera se basó en una interconexión de temas y melodías que buscaban asemejar el naciente, aunque amenazado, reverdecer de la naturaleza. Tocante al calibre del material sonoro ?Ludwig obtuvo varios grados universitarios y es maestro de composición en el Curtis Institute de Philadelphia? hemos de referir que la prensa yanqui lo encomia sin reservas. “Un compositor con algo urgente que decir”, “un gran talento para evocar un sentido de memoria y de misterio” son algunas de las críticas a las que, acaso, debiéramos sumarnos.

Las últimas Cuatro Estaciones hechas en México. También en 2012, por instancias de la soprano Rocío Domínguez, el arpista y compositor José Enrique Guzmán (1969) se enfrascó en la escritura de un ciclo de canciones para voz y piano. La idea germinal procedió de doce Haikus a los que Guzmán musicalizó con un notorio apego al instante que esos retratan. Así, en las tres pequeñas piezas de las que se compone la Primavera, nos encontramos con la inspiración poética de Octavio Paz y de Matsuo Bashó, el gran maestro de la forma breve que “sencillamente refleja lo que sucede en un lugar y en un momento determinado”. Nuestro premio nobel captó la esencia de una gota de tiempo y Guzmán la petrificó en el viento al ponerle notas a sus letras:

“La hora es transparente

vemos, si es invisible el pájaro,

el color de su canto.”

Sumando ecos por la preservación de nuestro entorno, afirmamos que los fragores del mundo serían menos cruentos si aprendiéramos simplemente a contemplarlo… y para ello, qué mejor que servirnos estas músicas que alientan la posesión absoluta un presente donde se consolida nuestro renacer continuo.

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