El Papa Francisco reconoce martirio de un sacerdote salesiano víctima del comunismo

El Papa Francisco reconoce martirio de un sacerdote salesiano víctima del comunismo

Por Miguel Pérez Pichel

VATICANO

ACI.-

El Papa Francisco firmó el decreto que reconoce el martirio del Padre Tito Zeman, sacerdote profeso de la Sociedad Salesiana de San Juan Bosco, víctima del comunismo, y otros más que reconocen las virtudes heroicas de 7 siervos de Dios.

El Santo Padre aprobó los decretos durante la audiencia que mantuvo este lunes 27 de febrero con el Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, en el Vaticano.

El P. Tito Zeman nació en Vajnory, Eslovaquia, el 4 de enero de 1915, y murió en 8 de enero de 1969 tras haber sufrido la cárcel, torturas y trabajos forzados por ser sacerdote.

Su familia era de origen campesino. Tras padecer numerosas enfermedades de niño, prometió a la Virgen María que sería su hijo para siempre y que sería sacerdote salesiano. Tenía entonces 10 años.

En 1940 recibió la ordenación sacerdotal. Durante el período comunista sufrió la persecución del régimen ateo. Consiguió salir del país y, desde el extranjero, organizó un sistema para enviar a Italia a seminaristas eslovacos.

Sin embargo, en una de estas expediciones fue hecho prisionero. Sufrió torturas y fue sometido a trabajos forzados en minas de uranio. En 1964 se le concedió la libertad condicional y murió en 1969.

En el decreto firmado por Francisco, también se reconocen las virtudes heroicas de siete siervos de Dios, entre ellos un obispo peruano, un sacerdote mexicano, un padre de familia italiano y dos españoles:

-El Siervo de Dios Antonio Repiso Martínez de Orbe. Sacerdote de la Compañía de Jesús y fundador de la Congregación de las Esclavas del Divino Pastor. Nació en Venta de Córdoba, México en 1856 y murió el 8 de febrero de 1856.

-El Siervo de Dios Pedro Herrero Rubio. Médico nacido en Alicante, España, el 29 de abril de 1904 y fallecido el 5 de noviembre de 1978.

-El Siervo de Dios Vittorio Trancanelli. Médico y padre de familia nacido en Perugia, Italia, el 26 de abril de 1944 y fallecido el 24 de junio de 1998.

-El Siervo de Dios Pedro Octavio Ortiz Arrieta. Salesiano, Obispo de Chachapoyas, nacido en Lima, Perú, el 19 de abril de 1878 y fallecido el 1 de marzo de 1958.

-El Siervo de Dios Antonio Próvolo. Sacerdote diocesano, fundador de la Sociedad de María para la Educación de Sordomudos.  Nació el 17 de febrero de 1801 en Verona, Italia, y falleció el 4 de noviembre de 1842.

-La Sierva de Dios María de las Mercedes Cabezas Terrero. Fundadora del Instituto Religioso de las Operarias Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús. Nació en San Cristóbal de la Cuesta, España, el 19 de diciembre de 1911 y falleció el 30 de septiembre de 1993.

-La Sierva de Dios Lucía de la Inmaculada. Religiosa de la Congregación de las Siervas de la Caridad. Nacida en Acquate, Italia, el 26 de mayo de 1909 y fallecida el 4 de julio de 1954.

La aprobación de las virtudes heroicas es tal vez el paso más complejo y largo en el proceso de beatificación de un fiel católico, ya que con el decreto se reconoce que el siervo de Dios ha vivido en grado heroico la fe, la esperanza y la caridad; para lo cual se debe haber investigado previamente y en detalle su vida y escritos.

Con la aprobación de las virtudes heroicas, la causa queda a la espera de un milagro para proceder a la beatificación.

En el caso de los mártires el proceso es distinto. No requieren la aprobación de virtudes heroicas sino que se pruebe que han sido asesinados por odio a la fe.

Isaac Hernández trabaja con una visión: hacer que el ballet sea relevante hoy día

Isaac Hernández trabaja con una visión: hacer que el ballet sea relevante hoy día

El jalisciense, primer bailarín de la ENB, interpretará una pieza icónica de Pina Bausch

En entrevista, anunció que hará gira por Japón y prevé estar en México con la compañía inglesa

Hace unas semanas, el bailarín terminó las funciones de Giselle, montaje en el que hizo de Albrecht

Fabiola Palapa Quijas

La Jornada

Después de la exitosa presentación del ballet Giselle en el Coliseo de Londres, el English National Ballet (ENB) se presentará en marzo con un programa mixto en el teatro londinense Sadler’s Wells, con coreografías de Hans van Manen, William Forsythe y la obra Rite of Spring, de Pina Bausch, que no se ha visto en el Reino Unido desde 2008, como se anuncia en el portal del teatro.

El primer bailarín mexicano de la compañía británica, Isaac Hernández (Guadalajara, Jalisco, 1990), quien concedió una entrevista a La Jornada vía correo electrónico, informó que la agrupación ha programado una serie de funciones en el Sandler’s Wells, donde los bailarines del ENB interpretarán la pieza icónica de Pina Bausch.

Dentro de la agenda de actividades, la compañía, dirigida por la española Tamara Rojo, realizará una gira de tres semanas por Japón; posteriormente se presentará en Londres, en el Festival Hall, con la producción de Romeo y Julieta, de Nureyev.

El bailarín tapatío, quien desde abril de 2015 se unió al ENB, sostuvo que la compañía trabaja con una visión muy clara: Hacer que el ballet sea relevante para el público de hoy. Considera que hasta cierto punto esa también ha sido su visión para organizar en México la gala Despertares, en la que han participado bailarines de diversas partes del mundo.

Me apasiona estar en un lugar que siempre está pensando en innovar, sin ignorar la historia y aprendiendo de ella. Esta es una compañía como pocas, que puede hacer las producciones clásicas muy bien y también las nuevas creaciones.

Para Isaac Hernández, formar parte de una de las compañías de ballet de Europa más grandes ha sido como un sueño, porque trabaja con bailarines que admira; además está convencido de que la danza es parte del ser humano por naturaleza.

Es innegable el deseo que las personas siempre hemos sentido. Es difícil explicar, pero es un lenguaje que siempre hemos utilizado para expresar nuestras emociones, afirma el bailarín mexicano, quien a lo largo de su carrera se ha presentado en importantes escenarios, como el teatro Mariinsky, en San Petersburgo, y en la Ópera de París.

Hace unas semanas, el bailarín terminó las funciones de Giselle, cuya temporada tuvo duró seis semanas en el Coliseo de Londres; también participó en las funciones del ballet navideño El cascanueces, de las cuales bailó 10 con Tamara Rojo, mientras en Giselle compartió escenario con Alina Cojocaru.

“Me sentí increíblemente cómodo. Las funciones de El cascanueces me dieron confianza y fuerza para disfrutar como nunca de Giselle. Lo que más me gustó es que cada función fue diferente”, expresó Hernández.

El ballet Giselle, explicó el primer bailarín, cuenta una historia que, a pesar de tantos años, sigue siendo relevante, ya que la gente se puede identificar con el amor, la traición y el perdón de esta historia.

De este ballet, el mexicano indicó que el segundo acto es físicamente muy difícil. “En la trama del ballet, Myrtha nos pide que bailemos hasta la muerte, y muchas veces de verdad se siente así, pero para mí lo difícil de la pieza es la identidad de Albrecht.

Hay varias maneras de interpretarlo en el primer acto. Puede ser un Albrecht calculador y enamorado, etcétera… Lo difícil es lograr que cada decisión artística que tomas en el primer acto tenga sentido y cambie tu personaje en el segundo acto.

Reconocido a escala mundial por presentarse con prestigiosas compañías, a Isaac Hernández le gusta transmitir en sus interpretaciones los sentimientos humanos que experimentamos todos.

“Para mí, el segundo acto de Giselle es el más bonito del ballet, en el cual no sólo se requiere pasión, sino también paz en el escenario, para que tu esencia inspire el perdón de Giselle.”

Hernández, quien ha participado con compañías como el American Ballet Theater Studio Company, el San Francisco Ballet, el Dutch National Ballet, no descarta la posibilidad de presentarse en un futuro con el ENB en México.

Estoy explorando las posibilidades para 2018. Este año no ha sido posible, por la agenda de la compañía, explicó el bailarín jalisciense, quien se ha convertido en la inspiración de los jóvenes que sueñan con desarrollarse en el mundo del ballet.

Warren Beatty anunció La La Land como mejor película y debió corregir: era Luz de Luna

Warren Beatty anunció La La Land como mejor película y debió corregir: era Luz de Luna

En la ceremonia hubo alusiones insistentes a las políticas de Donald Trump

Inédito error sorprende a todos en la entrega número 89 de los Óscares

Agencias y Redacción

La Jornada

La 89 edición de los premios Óscar sirvió de foro en plena tensión por las políticas puestas en marcha por el gobierno de Donald Trump.

En la ceremonia, que se efectuó en el teatro Dolby, en Los Ángeles, hubo discursos, bromas y hasta una situación inédita: después de que Warren Beatty anunció que el Óscar a la mejor película era para La La land, se corrigió minutos después y aclaró que la ganadora del premio máximo era Luz de Luna (Moonlight), de Barry Jenkins, quien también obtuvo el Óscar por mejor guión adaptado. El drama sobre un joven negro gay en los barrios bajos de Miami había dado el premio como mejor actor de reparto a Mahershala Ali.

La situación al final de la ceremonia fue inusual, sobre todo para el equipo de La La land, que ya se encontraba festejando sobre el escenario. Sin embargo, Beatty, quien había presentado el galardón junto a Faye Dunaway, pedía en medio de los festejos con insistencia el micrófono para finalmente aclarar –para sorpresa de los asistentes y los miles de espectadores en todo el mundo– que se había equivocado. Quiero explicarles lo ocurrido, dijo Beatty. “Cuando abrí el sobre decía ‘Emma Stone, La La Land’. Por eso tardé tanto en anunciarlo”.

No obstante, La La Land, gran favorita con 14 postulaciones, se alzó hoy con los Óscares a la mejor banda de sonido, mejor canción original (City of Stars), mejor fotografía –para Linus Sandgren, quien logró desbancar al mexicano Rodrigo Prieto, que competía por Silencio–, diseño de producción, director (para Damien Chazelle, el cineasta más joven en ganar la estatuilla dorada en la historia) y mejor actriz (Emma Stone).

En contra de cualquier muro que nos quiera separar

El mexicano Gael García Bernal aprovechó su participación para expresarse contra la construcción del muro propuesto por Trump.

El actor, quien presentó con Hailee Steinfeld el premio a mejor película animada, corta y larga, dijo que las cintas postuladas en aquella categoría eran tan poderosas como las que tienen actores de carne y hueso.

Los actores de carne y hueso son trabajadores migrantes. Viajamos por el mundo, construimos familias, construimos historias, construimos vida que no se puede dividir. Como mexicano, como latinoamericano, como trabajador migrante, como ser humano, estoy en contra de cualquier muro que nos quiera separar, expresó el histrión en medio de la ovación del público.

Mensajes a Trump en todo momento

En tanto, el conductor Jimmy Kimmel aprovechó todo momento para mandar mensajes a su presidente: Esta transmisión la están viendo millones de estadounidenses y en todo el mundo, en más de 225 países que ahora nos odian, lanzó al inicio de la ceremonia.

El país está dividido en este momento. Hay millones de personas viendo esto y si cada uno tomara un minuto para hablar con alguien con quien no está de acuerdo y tener una conversación positiva y considerada, no como liberales o conservadores, sino como estadunidenses, si pudiéramos hacer eso, haríamos a Estados Unidos grandioso de nuevo.

Kimmel destacó también a una actriz que ha superado la prueba del tiempo por sus interpretaciones sobrevaluadas y aburridas y que celebraba su nominación número 20, Meryl Streep.

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Casey Affleck durante su discurso luego de recibir el Óscar por mejor actor, por la cinta Manchester junto al marFoto Ap

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Emma Stone acepta la estatuilla a mejor actriz por el filme La La Land, que se impuso en seis categorías, incluyendo mejor dirección, para Damien Chazelle, y fotografía, para Linus Sandgren, quien logró desbancar al mexicano Rodrigo Prieto, que competía por SilencioFoto Ap

Lindo vestido, por cierto. ¿Es un Ivanka?, le dijo a la actriz, y pronosticó que Trump seguramente tuitearía sobre la ceremonia a las cinco de la mañana, cuando fuera a hacer sus necesidades.

En alusión al enfrentamiento de Trump con algunos medios de comunicación, el presentador pidió de forma sarcástica a los periodistas de CNN, The New York Times y Los Angeles Times que abandonaran la sala.

“No toleramos en absoluto las ‘noticias falsas’”.

Mi ausencia, por respeto a la gente de mi país: Farhadi

El premio Óscar a la mejor película extranjera correspondió hoy a la cinta iraní El viajante (The Salesman), cuyo director, Asghar Farhadi, declinó ir a la ceremonia en protesta contra el veto migratorio del presidente estadunidense.

Mandó una carta: “Mi ausencia es por respeto a la gente de mi país y de otras seis naciones que ha sido tratada con poco respeto, porque no la dejan entrar a Estados Unidos. Dividir al mundo entre las categorías de ‘nosotros’ y ‘nuestros enemigos’ crea miedo, es una engañosa justificación para la agresión y la guerra. Estas guerras impiden la democracia y los derechos humanos en países que han sido víctimas de agresión”.

Otros premiados

El premio al mejor actor fue para Casey Affleck, por Manchester junto al mar, que también ganó la distinción al mejor guión original. La mejor edición fue la de Hacksaw Ridge; la mejor película de animación fue Zootopia; el mejor documental, OJ: Made in America; el mejor corto documental fue Los cascos blancos (The White Helmets); el mejor corto de ficción fue para Sing; el mejor corto animado fue Piper; el mejor vestuario fue para Animales fantásticos y dónde encontrarlos (Fantastic Beasts and Where to Find Them); el mejor maquillaje y peinado fue el de Suicide Squad; la mejor edición de sonido, de La llegada (Arrival); la mejor mezcla de sonido fue para Hacksaw Ridge; los mejores efectos visuales para El libro de la selva, y el mejor montaje, Hacksaw Ridge.

Poco antes, Viola Davis había ganado la estatuilla de mejor actriz de reparto por Fences, y el mencionado Mahershala Ali puso fin a una racha de 10 años en los que no había sido galardonado un actor negro.

La ceremonia de los premios de la Academia, en su edición número 89, fue inaugurada por Justin Timberlake, quien puso a todo el teatro a bailar con su tema Can’t Stop The Feeling, de la cinta animada Trolls.

Una decena de turistas recordarán su visita a Hollywood para siempre: se trata de un grupo de personas que, sin saberlo, asistieron hoy por sorpresa a la ceremonia de los Óscares en el teatro Dolby de Los Ángeles, donde pudieron ver a varias de sus estrellas favoritas.

El conductor de la gala, Jimmy Kimmel, envió a los turistas a hacer un paseo típico por Hollywood en autobús. Cuando llegaron al teatro Dolby les anunciaron que podrían hacer una breve visita al sector de utilería, pero para su sorpresa se vieron de repente en medio de la ceremonia de las codiciadas estatuillas.

Fernando Benítez, extraordinario promotor de la cultura mexicana

Fernando Benítez, extraordinario promotor de la cultura mexicana

Elena Poniatowska

La Jornada

El 21 de febrero, la sala Manuel M. Ponce congregó a una verdadera multitud (ni un asiento vacío) para la exhibición del documental Fernando Benítez, caudillo de la cultura, estipulando que sólo se enseñarían 30 minutos de un filme de más de una hora sobre la persona y la obra del escritor Fernando Benítez.

Jorge Ricardo Ibarra Durán, por conducto del Instituto Latinoamericano de Comunicación Educativa (que cumple 60 años) y de la Fundación Dr Idelfonso Vázquez Santos AC de Monterrey, ahora sede cultural del acervo cultural de Fernando Benítez, gracias al cuidado y constancia de su viuda Georgina Benítez, mostró su excelente documental, en el que participan el gran amigo director del Ateneo de Angangueo Iván Restrepo, quien lo recibió a comer innumerables veces en su casa, además de Cristina Pacheco, Laura Emilia Pacheco, Beatriz Espejo, Juan Villoro, Silvia Molina, Rogelio Cuéllar, María García, José N. Iturriaga, Fernando Canales, Eraclio Zepeda y Miguel Limón.

Con su lucidez y su inteligencia acostumbrada, Juan Villoro explicó que Fernando Benítez fue el creador e iniciador de suplementos culturales en los diarios de nuestro país. Antes de Benítez, sólo la sección de Sociales tenía respuesta; con el advenimiento de Benítez cada exposición, cada presentación de libro, cada obra teatral se convirtió en un acontecimiento cultural que nadie se podía perder. Benítez echaba toda la carne al asador y ponía en un solo número de México en la Cultura artículos de primera que causarían sensación. En ese sentido, Benítez es uno de los pilares culturales de nuestro país, porque se empeñó en destacar en cada número la importancia de jóvenes escritores y pintores. Fue Benítez con su México en la Cultura quien lanzó a Carlos Fuentes, que –en agradecimiento– lo hizo figurar y le dedicó su novela de 783 páginas Terra nostra. También le dio un seguimiento apasionado a la vida y obra de su hermanito José Luis Cuevas. Gracias al apoyo de Fernando Canales, quien festejaba todas sus ocurrencias, Benítez hizo el suplemento más libre y creativo de los años 50 y 60. Seguramente aprendió de los comerciantes franceses que ponen un diminuto perfumito en un estuche esplendoroso y lo lanzan a la calle con gritos y sombrerazos, aunque el perfume sólo dure lo que tarda un quickie.

Recuerdo que del tercer piso del periódico Novedades lo más vital era la oficina de Fernando Benítez los miércoles a las 12 del día. En la esquina de Balderas y Ayuntamiento, en un edificio que antes contuvo la alberca olímpica de la YMCA –a la que todos llamaban la guay–, Novedades puso a girar un anuncio: una gran N que lanzaba rayos de luz a los cuatro puntos cardinales y a un director cultural también giratorio y eléctrico: Fernando Benítez. Lúdico, Benítez echó a nadar a pintores, críticos de arte, artistas, bailarines, jóvenes poetas en la alberca de su oficina; las mujeres eran diosas, Benítez les besaba los pies, la apostura de Carlos Fuentes rivalizaba con la de Pablo González Casanova. Por el elevador subían Alma Reed y Lola Álvarez Bravo seguras de ser bien recibidas o Elvira Gascón y Sol Arguedas, ante quienes Fernando se prosternaba: ¡Doña Sol y doña Elvira, todo el Siglo de Oro me visita! No le importaba la suerte de su impecable traje azul cortado por Campdesuñer con tal de tirarse al paso de Rosa Castro, la más hermosa de las periodistas. También repartía caravanas y abrazos a los angelitos recién llegados y tímidos, sus manuscritos bajo el ala torpe y sudada, a quienes Don Fernando saludaba como prodigios. ¡A nadar patos que voy a convertirlos en cisnes!

Dos escritores también se responsabilizaron del suplemento: Jaime García Terrés y Gastón García Cantú, quienes suplían a Benítez durante sus ausencias. Fernando Benítez se iba al Lincoln a comer con su amigo y defensor Fernando Canales, gerente de Novedades, quien hasta 1963 amortiguaría las relaciones entre los O’Farrill senior y junior que no comprendían lo que es la cultura ni la personalidad excéntrica y los imprevisibles desplantes del director del suplemento México en la Cultura.

En 1963, a Benítez, gran entusiasta de la revolución cubana, se le ocurrió publicar las copias de los cheques que el dictador cubano Batista le daba a un editorialista, Aldo Baroni. Ramón Beteta –director de Novedades– llamó a su oficina a Benítez y para su gran indignación defendió a Baroni y no a ese muchacho maravilloso que respondía al nombre de Fidel. ¡Cómo se atreve usted, Beteta, a comparar al miserable bribón de Baroni con un héroe como Castro!, gritó Benítez fuera de sí. Una hora más tarde todos habíamos renunciado a México en la Cultura, mi equipo, mi glorioso equipo de hermanitos, como lo llamaba Fernando.

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El pasado 21 de febrero se cumplieron 17 años del fallecimiento de Fernando BenítezFoto Fabrizio León

De todos los que salimos, al que más recuerdo es a don Francisco Piña, su delgadez y su finura. ¿Y ahora de qué va a vivir? Al poco tiempo, Adolfo López Mateos mandaría llamar a Benítez para apoyar la conversión de México en la Cultura en La Cultura en México a la sombra de Pagés Llergo en su fea casita de brujas de Siempre!, en la calle de Vallarta.

Mucho del peso de ese nuevo suplemento recayó sobre los hombros de José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis. Para José Emilio era una tortura rechazar un artículo. Se mesaba los cabellos: Es horrible hacer esto, todo el mundo me va a odiar. Monsiváis se pitorreaba. José Emilio rescribía hasta el hartazgo los textos que Benítez escogía. Benítez –que siempre escribió a mano– solía señalar al margen con letra diminuta lo bueno de cada artículo. Vicente Rojo (a quien Benítez amó como a un hijo), delgadísimo y ecuánime, esperaba hasta las 12 de la noche a que le entregaran el material para poder formarlo, tal como se lo enseñó su maestro Miguel Prieto. De no ser por la simpatía, la espontaneidad, la inteligencia y las ocurrencias de Benítez, los tres jóvenes habrían echado a correr. Magnético, Benítez ejercía una seducción imposible de evadir. Su secreto: saber hacer reír aun en los momentos más terribles.

Benítez dedicó los últimos años de su vida a Los indios de México, publicado por Era, de Neus Espresate, Vicente Rojo y Pepe Azorín. (Era también publicó y padeció a Pacheco y a Monsiváis, que rescribían totalmente sus libros no sólo en galeras, sino en las pruebas finas, las que Neus consideraba totalmente libres de erratas).

Ya en 1961, Benítez había encabezado una investigación en Morelos para aclarar el asesinato del Rubén Jaramillo y su familia, y lo acompañaron en calidad de reporteros Carlos Fuentes, ese genio inconmensurable, Víctor Flores Olea y León Roberto García. Regresaron de Morelos con una idea muy precisa de quien era el asesino.

Invitados por Guillermo Haro, director del Observatorio Astronómico de Tonantzintla (refugio de Benítez durante más de 20 años), Carlos Fuentes y Víctor Flores Olea escribieron Cambio de piel, tercera novela de Carlos, y Víctor un libro sobre China, que tal vez dejó inconcluso.

Flores Olea siempre apoyó a Benítez. Cuando fue director de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM (1970-1975) le ofreció una cátedra de periodismo en la misma UNAM que El Rey Viejo aceptó no sólo porque era un espléndido conversador y siempre le gustó oírse hablar, sino porque sus clases le permitirían escribir su libro sobre Lázaro Cárdenas.

Quizá conocer a la chamana María Sabina y comer hongos alucinógenos en Huautla de Jiménez cambió la vida de Fernando Benítez. ¿Fue provechosa la lección de los hongos? Benítez tiene la respuesta: Yo nací muy pedante, de una familia que se creía el éxito total; yo era el más orgulloso, el más elegante, el más audaz, el de las mayores conquistas, y vivía creyéndome importante. Esa fue la primera lección que yo recibí de los indios, no creerme importante, lo cual es una ventaja extraordinaria, porque aprendes a conocerte a ti mismo y a conocer a los demás. La segunda fue intentar ser un hombre irreprochable que considera sagrados animales, plantas, mares, cielos. Decidí dedicarme a los indios y llegué a la conclusión de que el único gobierno democrático que existe en México es el de los indios, y no figura en la Constitución.

Tiempo después y gracias de nuevo a Víctor Flores Olea –a la sazón subsecretario de Relaciones Exteriores–, Fernando Benítez pidió que le dieran una embajada. En el Ateneo de Angangueo, gracias a Iván Restrepo, a la generosidad de los guisos de La Güera y la sonrisa de Margo Su, un mandamás de la política (desde el Presidente para abajo) solía deparar cada mes con Francisco Martínez de la Vega, Alejandro Gómez Arias, Gabriel García Márquez, Manuel Buendía, Carlos Monsiváis, Héctor Aguilar Camín, Francisco Cárdenas Cruz, Benjamín Wong Castañeda, Miguel Ángel Granados Chapa, León García Soler y otros. Gracias también a Restrepo, Benítez partió a Santo Domingo con su esposa Georgina Conde como flamante embajador de México, misión que cumplió festivamente durante toda su vida.

A Barbarita y a Vicente

Fotografían la ‘Capilla Sixtina’ con innovadora tecnología

Fotografían la ‘Capilla Sixtina’ con innovadora tecnología

Afp |

Periodistas fotografían los frescos de la ‘Capilla Sixtina’ el 29 de octubre de 2014, durante el estreno de su nueva iluminación. Afp

Ciudad del Vaticano. La Capilla Sixtina, obra de arte del Renacimiento, desvela sus más mínimos detalles gracias a un trabajo fotográfico inédito, anunciaron los museos del Vaticano.

El último estudio fotográfico exhaustivo de sus frescos del siglo XV se remontaban a 20 años atrás. El equipo responsable del proyecto editó tres libros con fotografías de gran formato (43 x 61 centímetros), cuyas páginas pueden desplegarse sobre 1.20 metros.

Los tres libros recogen un total de 220 detalles de la bóveda de 520 metros cuadrados y del fresco del Juicio Final de Miguel Ángel, así como pinturas de las paredes laterales realizadas por Perugino o Botticelli.

Los investigadores utilizaron una innovadora tecnología digital y lámparas de LED especiales para reproducir una luz diurna en el interior de la capilla.

Los tres libros de lujo, editados en mil 999 ejemplares y destinados a las grandes bibliotecas del planeta, reproducen perfectamente los colores utilizados por los grandes maestros de la Capilla Sixtina, según la editorial italiana Scripta Maneant.

“El proyecto duró cinco años”, precisó Gianni Grandi, responsable del diseño gráfico, al presentar los libros el viernes en la capilla Sixtina. “Las fotos permiten entender el trabajo de Miguel Ángel, por ejemplo, su uso de las líneas y del puntillismo”, añadió.

Para quienes no puedan adquirir uno de estos libros, que cuestan 12 mil euros cada uno, siempre quedará la posibilidad de ir a la célebre capilla donde los cardenales eligen a los papas, un lugar que acoge a 20 mil visitantes cada día.

Elenísima

Elenísima

Michael K. Schuessler

La Jornada

Elenísima: ingenio y figura de Elena Poniatowska, de Michael K. Schuessler, cuya redición se publica con el sello Aguilar de Penguin Random House

Elena Poniatowska no requiere de introducción alguna. Es autora de más de cuarenta libros que abarcan casi todos los géneros: entrevista, cuento, teatro, crónica, testimonio, novela, ensayo y biografía. A pesar de su extensa y variada obra literaria, es mejor conocida por sus entrevistas y libros de testimonio, géneros reinventados en México por ella. Muestra excepcional de este último es La noche de Tlatelolco (1971), crónica colectiva del enfrentamiento entre estudiantes y soldados, constituida por un collage de voces que sirven al mismo tiempo de forma y contenido. Hasta no verte Jesús mío, novela neorrealista, es también testimonio, el de una mujer rezongona y admirable que luchó en la Revolución Mexicana y vivió más aventuras que el Periquillo Sarniento o la Pícara Justina.

Si bien Poniatowska ha disfrutado de un enorme éxito como periodista y escritora, siempre se sintió un poco abandonada por los círculos literarios de la élite. Como periodista, anduvo tras la noticia y por estar reporteando día y noche, nunca tuvo tiempo de participar en la sociedad literaria. Además, desde muy joven empezó a creer que había que hacer libros útiles, libros para su país, lo cual hacía exclamar a Carlos Fuentes: “Mira a la pobrecita de la Poni, ya se va en su ‘vochito’ a entrevistar al director del rastro”. Por lo visto, el precio de las cebollas y los jitomates, los desalojos y las invasiones de tierra resultaron para ella mucho más importantes que los estados de ánimo o las vanguardias literarias del momento. Quizá por eso un día me explicó que algunos escritores la consideran la cocinera, la barrendera, la criada que está limpiando los escusados de la gran casa de la literatura. Lejos de pertenecer al mundo que tanto le fascina, Poniatowska es descendiente del último rey de Polonia, Estanislao Augusto Poniatowski, y del mariscal de Francia, el príncipe José Ciolek Poniatowski. Su familia cuenta entre sus antepasados ilustres con un arzobispo, un músico y algunos escritores, incluyendo a la tía Pita, Guadalupe Amor, dueña absoluta del infierno. Gracias a su ascendencia, y debido a sus propias inclinaciones de izquierda, sus conocidos europeos la bautizaron como la Princesse Rouge.

Elena Poniatowska nació en París en 1932 y emigró a México a los diez años junto con su mamá y su hermana Kitzia, quienes huían de una Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial. Su madre, Paula Amor de Ferreira Yturbe, fallecida en marzo de 2001 a los noventa y dos años, fue una mexicana afrancesada, cuyos antepasados abandonaron México después del fusilamiento de Maximiliano y la demencia de Carlota. Nacida en Francia, doña Paulette conoció a su futuro esposo, el príncipe Jean E. Poniatowski Sperry Crocker, durante un baile de los Rothschild en París, y se casaron poco después, en 1931. Del matrimonio nacieron tres hijos: Elena, Kitzia y Jan, el más pequeño, fallecido en 1968 a los veintiún años, víctima de un accidente automovilístico.

Poniatowska comenzó su educación en Francia, donde su abuelo le dio sus primeras clases de francés y matemáticas. Al llegar a México, continuó sus estudios de primaria en la Windsor School. Concluyó su educación formal en Estados Unidos, en el Convento del Sagrado Corazón de Eden Hall en Torresdale, cerca de Filadelfia. Allí hizo el programa de Academic Classes: cuatro años de estudios generales, aparte de las clases de solfeo, baile, religión y buenos modales. Aunque sus profesores le aconsejaron que continuara sus estudios en Manhattanville College, debido a una devaluación en México sus padres no pudieron financiar su educación universitaria y Elena regresó a tierra de volcanes y pirámides, haciendas y palacios, pero también de jacales y huaraches, pulque y huitlacoche.

De vuelta en México, Poniatowska estudió taquimecanografía para después trabajar como secretaria bilingüe, pero nunca hizo una carrera formal. Según ella, no pasó por la universidad… ni de noche. Si bien es verdad que ha recibido varios doctorados honoris causa de universidades de México y del extranjero –el más reciente, el que le confirió la Universidad de Georgetown (Washington) en 2016–, la escritora señala que su educación superior fue poco tradicional: no asistió a la Universidad La Salle, sino a la Universidad de La Calle. En cambio, sus entrevistados, entre los que figuran Alfonso Reyes, Luis Buñuel, Octavio Paz, Diego Rivera, Juan Rulfo, André Malraux y Rosario Castellanos, se transformaron en los benévolos maestros de una joven siempre curiosa y, a veces, impertinente.

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Elena Poniatowska como Al Capone, fotografía de Héctor García incluida en la edición, corregida, aumentada y actualizada de la biografía Elenísima: ingenio y figura de Elena Poniatowska, del investigador Michael K. Schuessler, que pronto circulará en librerías

Mi primer encuentro con Elena Poniatowska fue en 1990, hace más de veinticinco años, en la Universidad de California en Los Ángeles, cuando di una conferencia sobre Guadalupe Amor. Allí mismo, y casi sin conocerme, me convidó a su casa en México para revisar las muchas entrevistas que le había hecho a su estrambótica tía. De este primer contacto salió mucho del material para mi libro La undécima musa: Guadalupe Amor. También allí, al verme rodeado de innumerables álbumes de fotos, recortes periodísticos y otras evocaciones de una asombrosa trayectoria intelectual, resolví dedicarle mi siguiente proyecto biográfico. He aquí el resultado de más de cinco años de investigación, entrevistas, lecturas, revisiones y no pocos contratiempos.

Al escribir el libro, mi propósito ha sido dual. Por un lado, presentar el ingenio y la figura de una gran escritora mexicana a un amplio público hispanohablante, por ejemplo, a los ya escasos individuos que creen que Elena Poniatowska es una bailarina rusa. Por el otro, crear un caleidoscopio vital, un mosaico construido por medio de un coro de voces –las de su madre, su nana, sus compañeros escritores, críticos literarios y, fundamentalmente, de ella misma– que a la vez fuera accesible para el lector general y útil para investigadores quienes, al tener acceso directo a documentos inéditos incluidos en este libro (algunos perdidos en los cajones y estantes de la escritora por más de cincuenta años), podrán señalar y analizar las múltiples cualidades literarias que encierra su obra, una que alterna de manera casi imperceptible el periodismo y la literatura, el testimonio y la novela. Es un libro que, al mismo tiempo, rinde merecido e implícito homenaje a Elena Poniatowska, ya que está pensado y construido como un collage, el mejor medio para reflejar –si bien fugazmente– las facetas cardinales de su vida y su obra. A lo largo de los diez capítulos que conforman el libro, me ocupo con especial atención de sus obras culminantes, al reconocer que procurar incluir más de lo esencial de la vida y la obra de una escritora tan productiva es, como sentenció Sor Juana Inés de la Cruz, presunción necia: una empresa destinada al fracaso. No obstante, y tal vez imitando al atrevido Faetón griego, quien, al tratar de apropiarse del carruaje solar fue arrojado desde lo alto hasta las oscuras profundidades del mar, he determinado, concienzudamente, eternizar su fama en mi ruina.

La escritora Elena Poniatowska es descubierta al lector desde las letras de Michael K. Schuessler en esta biografía escrita desde un mosaico dibujado con su obra y su vida, que permite acercarse a esta mujer, la princesa de la literatura mexicana, quien ha construido un invaluable legado de periodismo y literatura. Ante todo, una mujer combativa, dueña de una pluma sensible y audaz, enérgica y potente, se escribe sobre la autora de La noche de Tlatelolco, en este trayecto de vida desde la intimidad, corregido y aumentado, de un texto publicado originalmente en 2003, que en su edición en inglés fue nominado al Premio Pulitzer. A punto de llegar a librerías en una edición actualizada, La Jornada publica un adelanto con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial

La Poni

La Poni

Carlos Fuentes

La Jornada

La vi por primera vez disfrazada de gatito en un baile del jockey club de México. Toda de blanco, rubia como es, con antifaz y joyas claras, parecía un sueño bello y amable de Jean Cocteau. Como toda buena gatita, tenía un bigote que surgía de la máscara. Pero en ella el obligado flojel de los gatos no era, como el salvaje bigote de Frida Kahlo, una agresión sino una insinuación. Era una, varias antenas que apuntaban ya a las direcciones múltiples, a las dimensiones variadas de una obra que abarca el cuento, la novela, la crónica, el reportaje, la memoria… Salimos juntos, hace muchos años, yo con un libro de cuentos, Los días enmascarados, ella con un singular ejercicio de inocencia infantil, Lilus Kikus. La ironía, la perversidad de este texto inicial, no fueron percibidas de inmediato. Como una de esas niñas de Balthus, como una Shirley Temple sin hoyuelos, Elena se reveló al cabo como una Alicia en el país de los testimonios. Sin abandonar nunca su juego de fingido asombro ante la excentricidad que se cree lógica, que se cree excéntrica, Elena fue ganando gravedad junto a la gracia. Sus retratos de mujeres famosas e infames, anónimas y estelares, fueron creando una gran galería biográfica del ser femenino en México.

Supongo que su novela premiada en Madrid culmina esta exploración, imaginaria y documental, de la condición femenina. Elena ha contribuido como pocos escritores a darle a la mujer papel central, pero no sacramental, en nuestra sociedad. No nos ha excluido –gracias, Elena– a los hombres que amamos, acompañamos, somos amados y apoyados por las mujeres. Pero nadie puede oscurecer el hecho de que Elena Poniatowska ha contribuido de manera poderosa a darle a las mujeres un sitio único, que es el de las carencias, los prejuicios, las exclusiones que las rodean en nuestro mundo, aún machista, pero cada vez más humano. No sólo feminista sino humano, incluyente. Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón: la divisa de Sor Juana Inés de la cruz no sólo es eco en Sor Elena de la Cruz-y-Ficción; es un abrazo, es una especie de compasión abarcante, Hombres necios, unidos a mi trabajo, a mi lucha, a mi propia necedad. La noche de Tlatelolco es la grande y definitiva crónica del turbio crepúsculo del crimen que también marcó el crepúsculo del régimen autoritario del PRI en México. De esa terrible noche del 2 de octubre de 1968 data, acaso, la transformación de la princesa Poniatowska, descendiente de María Lesczinska, la segunda mujer de Luis XV de Francia, del rey Estanislao I de Polonia y del heroico mariscal de Napoleón, José Poniatowski, en una Pasionaria sonriente y tranquila de las causas de izquierda. No siempre estoy de acuerdo con ella en sus juicios. Siempre admiro su convicción y su valor. Pero por fortuna hoy la democracia mexicana se hace de acuerdos y desacuerdos lícitos, respetables y respetados. Lo importante de Elena es que sus posiciones en la calle no disminuyen ni suplantan sus devociones en la casa: el amor a sus hijos, la fidelidad a sus amigos, la entrega a sus letras. Amigo de Elena desde más años que los que quiero o puedo recordar, hoy le envío un inmenso abrazo, tan juvenil como nuestros primerizos.

 

Texto escrito por Carlos Fuentes (1928-2012) para la presentación del libro Elenísima: ingenio y figura de Elena Poniatowska, de Michael K. Schuessler, cuya primera edición se publicó en 2003

Un estudiante descubre una novela perdida del poeta Walt Whitman de hace 165 años

Un estudiante descubre una novela perdida del poeta Walt Whitman de hace 165 años

‘Vida y aventuras de Jack Engle’, que narra las peripecias de un huérfano, estuvo 165 años abandonada. La obra anticipa ‘Hojas de hierba’, una de las cumbres de la lírica moderna

JAN MARTÍNEZ AHRENS

El País

Washington

Walt Whitman (1819-1892) fue una multitud. Periodista, tipógrafo, carpintero, maestro y creador de folletines, el padre de la poesía moderna americana tardó años en hallarse a sí mismo. Antes de entrar en la eternidad en 1855 con Hojas de hierba, Whitman se buscó en un conjunto heterogéneo de escritos que luego condenaría al olvido. Una de estas obras, perdida desde 1852, acaba de reaparecer. Es una novela titulada Vida y aventuras de Jack Engle. 36.000 palabras de las que no se tenía noticia y que tras 165 años en la oscuridad han sido recuperadas por el trabajo casi detectivesco de un licenciado de la Universidad de Houston.

El 13 de marzo de 1852, en la página 3 de The New York Daily Times, apareció un anuncio. El recuadro daba cuenta de la próxima publicación de una novela por capítulos en un periódico rival, The Sunday Dispach. Se trataba de la “reveladora y entretenida” Vida y aventuras de Jack Engle. Un relato en primera persona de las peripecias de un huérfano y que prometía, con bailarina española incluida, buenas dosis de crimen y amor. “Era una versión de un género muy popular en la época: la novela de misterio urbano. En ella, un malvado abogado, Covert, se enfrenta a un hombre de clase trabajadora, virtuoso e inteligente, que vence al final”, explica David S. Reynolds, autor de La América de Walt Whitman y profesor en la City University de Nueva York.

 Notas manuscritas del autor del poema ‘Oh capitán, mi capitán’ Walt Whitman.

Notas manuscritas del autor del poema ‘Oh capitán, mi capitán’ Walt Whitman.

El folletín, de tono dickensiano y autoría anónima, fue flor de un día. Una vez impreso (y no se sabe si alabado o denostado) se sumió en el olvido. Nunca tomó forma de libro ni fue reeditado.

La historia tardaría un siglo y medio en volver a encontrar un lector. El hallazgo correspondió a un estudiante de doctorado, Zachary Turpin, de la Universidad de Houston. En su investigación del legado de Whitman, dio con un cuaderno de notas, donde de forma confusa se entremezclaban ideas, tramas y tres extraños nombres: Smytthe, Jack Engle y Wigglesworth. La amalgama tenía aire de boceto literario.

Turpin afinó la búsqueda. Haciendo uso de información histórica digitalizada, cruzó datos y fechas hasta dar con el pequeño anuncio de The Sunday Dispach. “Era un periódico donde Whitman ya había publicado y los tiempos coincidían”, explica Turpin a EL PAÍS.

El siguiente paso vino solo. Los últimos ejemplares del desaparecido diario se guardaban en la Biblioteca Nacional. Jamás habían sido digitalizados. El doctorando pidió sus copias. Y con ellas llegó el tesoro. “Fue muy emocionante. Cuando recibí las imágenes, supe que era Whitman. No sólo por el nombre Jack Engle, sino porque incluía otros personajes y tramas que estaban en los manuscritos que había consultado”, recuerda el investigador.

 Página con la parte primera (de 6) en que fue publicada ‘Vida y aventuras de Jack Engle’.ampliar foto

Página con la parte primera (de 6) en que fue publicada ‘Vida y aventuras de Jack Engle’.

Publicada en una época en que el autor vivía en continua transformación, sin completarse aún como poeta, el valor de la novela radica en la luz que arroja sobre la génesis de Hojas de hierba, una de las cumbres de la poesía universal y que, al menos en parte, escribió al mismo tiempo. En apariencia opuestas, ambas obras guardan una íntima conexión. Hay pasajes de la novela donde la mística de Whitman irrumpe como un vendaval. Escenas de muerte, en las que el poeta abandona las prisas del folletín para despertar a su escritura más profunda. “En el libro emergen temas e imágenes que luego ocuparán su lugar en Hojas de hierba. La novela es un laboratorio de la lírica mayor de Whitman. Hasta el protagonista de clase obrera y su voz son un anticipo de la primera persona del poemario”, indica Reynolds.

Con la publicación en 1855 de Hojas de hierba, Whitman se hizo poeta de cuerpo entero y emprendió el camino a la gloria. Jamás dejó de editarla. Una y otra vez, la amplió y mutiló, en una obsesión que llevó casi hasta su lecho de muerte. A la par, renegó de sus primeras obras en prosa, de los folletines y manuales que le habían permitido salir adelante. “Mi deseo es que caigan en el olvido”, sentenció. Vida y aventuras de Jack Engle fue una de ellas. Ahora, tras su recuperación, ha sido editada en papel por la Universidad de Iowa y en versión digital por The Walt Whitman Quarterly Review. Como escribió Whitman: “En verdad, nada se pierde ni puede ser perdido”.

Murió la historiadora, docente y crítica de arte Teresa del Conde

Murió la historiadora, docente y crítica de arte Teresa del Conde

Las ideas estéticas de Freud, marcaron su pasión por la sicología

Merry MacMasters

La Jornada

La historiadora, crítica de arte, docente, autora y coautora de más de 40 libros, ex funcionaria del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), articulista de La Jornada e integrante del Instituto de Investigaciones Estéticas (IIE), de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Teresa del Conde Pontones, quien acuñó el término generación de la ruptura, falleció este jueves a las 20:38 horas en su casa a consecuencia de un infarto cerebral.

Sus restos serán velados en la funeraria García López de San Jerónimo a partir de las 10 de la mañana de este viernes y después serán cremados.

Del Conde, quien el pasado 12 de enero cumplió 82 años, realizó estudios de sicología, que se convirtieron en pauta para su incursión posterior en la historia del arte. En 1986 publicó, por ejemplo, Las ideas estéticas de Freud (Editorial Grijalbo), cuya investigación formó parte de su plan de trabajo desarrollado en el IIE de 1979 a 1982. En la introducción advierte: “mi biografía cultural, mis predilecciones, ‘vicios y virtudes’, y sobre todo mi capacidad parangonable a mis limitaciones para aprehender a Freud, se encuentran condicionados por lo que soy capaz de extraer de su pensamiento, lo que me resulta eficaz para la comprensión de los fenómenos creativos y también, ¿por qué no?, lo que más apela a mi gusto estético”.

Para la realización del libro, en 1982 obtuvo una beca de la Fundación Memorial John Simon Guggenheim.

En su momento, Del Conde destacó por su apoyo a la corriente del geometrismo mexicano. Siempre estuvo cerca de un grupo de pintores y escultores surgidos a finales de los años 70 del siglo pasado, entre ellos, los hermanos Castro Leñero –Alberto, José, Francisco y Miguel–, Irma Palacios, Manuel Marín y Miguel Ángel Alamilla, cuya trayectoria profesional siguió desde un inicio.

Nacida el 12 de enero de 1935 en el Distrito Federal, Del Conde cursó la licenciatura, maestría y doctorado en historia del arte en la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de la UNAM.

Consideraba sus maestros a Justino Fernández, Xavier Moyssén y Jorge Alberto Manrique. Escritora de epístolas, con Manrique publicó Cartas absurdas. También fue discípula y corresponsal del historiador inglés sir Ernst Gombrich, a quien visitaba casi cada año. Una beca Rockefeller le permitió una estancia en Bellagio, Italia.

Fue docente adjunta en la FFyL desde 1975 y al año siguiente ingresó por concurso abierto al IIE. En 1981 fue invitada a dirigir el área de Artes Plásticas del INBA, gestión que se extendió hasta 1988. Tres años más tarde fue nombrada directora del Museo de Arte Moderno, cuya titularidad ocupó hasta 2001. Durante ese tiempo montó exposiciones memorables, como Settecento veneciano. Aspectos de la pintura veneciana del siglo XVIII y una de pintura de Lucien Freud.

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Teresa del Conde, en imagen de 2008Foto Yazmín Ortega Cortés

Del Conde cultivó su trabajo periodístico, primero en el Suplemento Cultural del diario unomásuno, después, y hasta la fecha, en La Jornada, donde el pasado 17 de enero publicó su último artículo: Goya, San Carlos: La Leocadia de Goya. También colaboró en la revista Vuelta, dirigida por Octavio Paz. Sus profundos conocimientos del arte abarcaron todas las épocas.

Miembro de número tanto de la Academia de Artes como de la Academia Mexicana de la Historia, Del Conde recibió el Premio Nacional de Crítica de Arte Luis Cardoza y Aragón 2002, la Medalla de Oro del INBA en 2008, el Premio UNAM 2010 y el reconocimiento Sor Juana Inés de la Cruz, por contribución sobresaliente al cumplimiento de los altos fines universitarios, en 2015.

Entre sus libros destacan: Julio Ruelas y Frida Kahlo (ambos de 1976); Un pintor mexicano y su tiempo. La Ruptura (1979); Francisco Toledo (1980); Frida Kahlo. La pintora y el mito (1993); ¿Es arte? ¿No es arte? (1998); Una visita guiada. Breve historia del arte mexicano del siglo XX (2000); Voces de artistas (2005); El viaje a la montaña. Un ensayo crónica (2006); Derroteros. Manuel Felguérez (2009), y Las escaleras de Tamayo (2011).

En su colaboración Crítica de arte I (La Jornada/19/7/16) Del Conde dijo participar, al igual que el pensador italiano Lionello Venturi, del supuesto de que “es necesario vivir el arte que le es a uno contemporáneo para medio intuir el de otras épocas, porque vemos con los ojos actuales. No vamos a ver pinturas de Rafael Sanzio o el Codice borbónico con ojos de los siglos XV o XVI, sino los que miramos ahora, que pasaron por la transvanguardia de Acchile Bonito Oliva y también por los múltiples productos creativos que se exhiben en los museos de arte moderno y contemporáneo o de artes y artesanías regionales”.

El viajero en el andén: la poesía de José Emilio Pacheco

El viajero en el andén: la poesía de José Emilio Pacheco

Marco Antonio Campos

La Jornada Semanal

José Emilio Pacheco repetía a menudo la sentencia de Ezra Pound: “La poesía debe estar escrita tan bien como la prosa.” Esto se articularía con lo dicho en su magnífico poema a Flaubert: “Todo escritor debe honrar el idioma.” Podemos decir que ambas sentencias él las cumplió cabalmente en su poesía y en su literatura.

Como lo llevaban a cabo de manera magistral Jaime Sabines y el español Claudio Rodríguez –ya tomándolos como asunto del poema, ya dándoles un giro, ya haciendo un nuevo juego verbal–, Pacheco buscó darles una nueva vida al lugar común y a las frases hechas, como: “tener los pies en la tierra”, “morir como un perro”, “con la cola entre las patas”, “andarse por las ramas”, “pasársela como ostra”… Una de las causas por las que José Emilio corregía tanto, aun después de publicado, tanto en poesía como en prosa, era porque sabía que, ante lo que uno escribe, debe dudar. No pocas veces, en momentos de escepticismo, pudo preguntarse por qué y para qué pulir un lenguaje ya seco o desgastado, si la poesía estaba agotada. Aun en algún momento de hartazgo, Pacheco recriminó agriamente: “Ya no hay nada capaz de alimentarme, poesía./ Muérete de ti misma/ o por favor ya cállate.”

En sus poemas, al menos desde No me preguntes cómo pasa el tiempo (1970), luego de sus dos primeros libros (Los elementos de la noche, 1963, y El reposo del fuego, 1966), hay una idea base, o si se quiere, más de una idea. Pacheco siempre cuenta algo. Contra las pirotecnias y los fuegos fatuos de las vanguardias, contra el hermetismo donde encontramos muy pocas veces el corazón del poeta, contra un barroquismo que separa con su floritura al autor del lector, Pacheco apostó por una poesía legible pero con secreto, o como decía el checo Jaroslav Seifert, que algo quedase oscuro, aun para el autor.

Lo que era visto antes del siglo xx más como terreno de la prosa –el tono conversacional, la detallada cotidianería o la descripción de la ciudad–, se volvió una parte esencial de la poesía hasta nuestros días. Pacheco, como Fernando Pessoa y el propio Jaime Sabines, los llevó al exceso, pero, como ellos, a menudo ocultaba dentro del poema consideraciones metafísicas: el problema de Dios, la reflexión sobre la muerte, el despiadado paso del tiempo, el ser y el no ser… Inclusive algunos títulos son expresiones coloquiales: No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Desde entonces, Tarde o temprano…

Como Borges, de otra manera que Borges, jep buscó la sencillez en la forma y la complejidad en los contenidos. Sencillos, directos, secos, algunos poemas son, sin embargo, de una honda complejidad psicológica. Dentro de los incontables poetas que José Emilio leyó, tengo la impresión de que sus dos poetas paradigmáticos del siglo xx fueron, en lengua española, Ramón López Velarde, y en otro idioma, t.s. Eliot. Y sin embargo, no se parece nada a ellos. O por eso. En cambio, hallo una profunda afinidad en los temas y el tratamiento del poema con un poeta casi gemelo, que él tradujo, o si ustedes quieren, trasladó o vertió a nuestra lengua: el polaco Zbigniew Herbert. Hay en ambos un lenguaje en el que parece no contarse gran cosa, pero de pronto percibimos cosas y hechos terribles. En una reseña lejanísima de 1970 de No me preguntes cómo pasa el tiempo, yo notaba sobre todo un autor que estaba detrás de su obra sin verse: Jorge Luis Borges. Yo diría que ahora, aún sin verse, la gran sombra en la obra poética y de prosa de Pacheco fue Jorge Luis Borges: todo lo aprendía de él para huir inmediatamente de él. Baste recordar que Pacheco escribió un libro sobre el argentino y denominó el siglo xx como El Siglo de Borges.

En cuanto a la música de sus versos, me parece que casi siempre hay una música ligera, suave, cambiante, como la música de Debussy, de Erik Satie o mucha de la de Mozart, ese Mozart cuya música admiró más que a ninguna, es decir, un verso sin estridencias, sin gritos, lo cual da más fuerza y hace más terrible lo que a menudo cuenta.

Para Pacheco todo era poetizable. Baste recordar piezas líricas con un tema mínimo: al pulgar de una mano, a la pulpa del fruto de la granada, a los tres días de la camelia, a un tenedor, a una s que da la imagen de un personaje sinuoso, a la letra o, que no llama a la luna en español como en el inglés donde se vuelve doble…

Pacheco fue un maestro del poema breve y brevísimo. Yo diría que los poemas extensos de Pacheco, son, o al menos me parecen, una sucesión de fragmentos o piezas cortas. Véase, por ejemplo, su libro-poema “El reposo del fuego” o la “Elegía del retorno”, su larga composición sobre el aciago terremoto en Ciudad de México en septiembre de 1985. Aún más: hay un poema, “A quien pueda interesar”, que la investigadora andaluza Francisca Noguerol reproduce en un notable y documentado prólogo, el cual explica lo que pensó José Emilio que terminaría siendo su obra: “Otros hagan aún el gran poema,/ los libros unitarios, las rotundas/ obras que sean espejo de armonía./ A mí sólo me importa el testimonio/ del momento inasible, las palabras/ que dicta su fluir el tiempo en vuelo./ La poesía anhelada es como un diario/ en donde no hay proyecto ni medida.” Eso: un Diario poético. Lo pequeño y diseminado para hacer lo grande. Una vasta obra hecha a lo largo de casi sesenta años, y que si se separara poema por página, quizá darían 2 mil 500 páginas.

Un amplio número de los poemas de Pacheco tiene dos bases, como en buena parte de la poesía europea del siglo xx: conocimiento e ironía. Conocimiento, porque a menudo parte del hecho cultural, artístico o histórico; en cuanto a lo otro, es una ironía amarga, negra, contra los otros pero también contra sí mismo. Esa ironía a veces traza lo ridículo y lo irrisorio hasta volverlo caricaturesco, como hallamos en cuadros de grandes pintores flamencos como el Bosco, Brueghel y mi muy ad-mirado James Ensor, o entre los mexicanos, el genial grabador José Guadalupe Posada y José Clemente Orozco, quizá el mejor pintor latinoamericano del siglo xx.

Pacheco entendía que la poesía era siempre un borrador y que cada poema formaba parte de un infinito poema colectivo. Muchos poemas de él, en su versión final, fueron antes poemas publicados que corrigió, los cuales a su vez tuvieron otros borradores. A su vez Pacheco creyó, como Borges, que su poesía formaba parte del infinito poema colectivo que han escrito todos los poetas desde siempre, poema que sigue haciéndose y deshaciéndose y seguirá haciéndose y deshaciéndose en el futuro. Es decir, para José Emilio no hubo noción de autor: todos los poetas en la historia son uno solo y escriben un solo poema y podrían llamarse Anónimo o Todos.

Formas poéticas

José Emilio trabajó en poesía diversas formas, géneros y metros: verso libre, verso blanco, el epigrama, el poema en prosa, el soneto, la lira, la casida, la fábula, el haikú… Él sabía que no importaba lo que se escribiera, sino el objetivo era hacer una buena tarea, porque a fin de cuentas, como escribía su admirado T.S. Eliot, sólo hay versos buenos, malos y el caos.

Los epigramas de José Emilio parecen –se sienten– como una puñalada en corto en el estómago, una tasajeada en el rostro, un golpe seco que se recibe sin esperarlo. Buen número de finales son como un martillazo inesperado. Pongo dos ejemplos: “Levantas una piedra y los encuentras/ ahítos de humedad, pululando” (“Envidiosos”), y: “Ya somos todo aquello/ contra lo que luchamos/ a los veinte años” (“Antiguos compañeros se reúnen”).

Animales, aves, fauna marina e insectos aparecen en las fábulas de Pacheco. Quizá el primer acercamiento lo tuvo con Juan José Arreola, quien, como es sabido, le dictó en una semana, a fines de los años cincuenta, su inolvidable Bestiario. En México hay poetas que insisten tanto sobre un ave, un animal, una fiera que uno los acaba relacionando, de una u otra forma, con ellos: González Martínez con el búho, Rafael López con el gato, Carlos Illescas con el simio, Ramón López Velarde y Eduardo Lizalde con el tigre… En Pacheco es difícil definirlo, porque ha hecho en sus fábulas lo que se ha dado en llamar un álbum de zoología o una animalia. En estos textos es donde se ve muy bien al moralista despiadado. Los hábitos y lenguajes de las aves; los animales, las especies marinas e insectos son los de los hombres, un espejo delator de nuestros defectos y de nuestras miserias, pero también en estos textos puede encontrarse que el reino animal es víctima de la ferocidad del hombre y los animales llegan a increparlo para demostrarle su fútil arrogancia y su condición inferior a la de ellos.

En el poema en prosa José Emilio halló una vena que le era del todo natural. Urdió en ellos una malla de temas, de subtemas y microtemas. Ninguno de sus poemas en prosa –escribí en otra parte–“me impresiona más que ‘La conspiración’, breve obra maestra, donde un acto ajeno –el suicidio de una muchacha– llena de culpabilidad para siempre a un grupo de amigos”.

El poeta y la poesía

El poeta ha sido visto de múltiples maneras: estando del lado del demonio (William Blake), o como pararrayos celeste (Darío), o como un pequeño dios (Huidobro), o como un gran fingidor (Pessoa). Para Pacheco, según le contesta en un poema a George Moore, lo que es y ha sido su vida está en su propia poesía, y para mí tiene razón, porque la obra de un poeta es la historia del alma, es decir, lo más profundo e íntimo que hay en nosotros, y eso está en nuestra poesía. Muy joven, en una de sus reprensiones a la poesía, José Emilio escribió: “La perra infecta, la sarnosa poesía,/ risible variedad de la neurosis,/ precio que algunos pagan/ por no saber vivir.” Los primeros son versos muy duros, tal vez escritos en un momento de rabia, pero con el último verso es difícil, en alguna medida, que no se identifiquen muchísimos poetas.

También muy joven José Emilio destacó que la poesía, como se observaba desde el Romanticismo, por un lado, atestigua el sufrimiento, y por otro, es un arte que pocos leen y muchos detestan. En una sociedad donde desde hace dos siglos el dios tutelar es el dinero, el poeta, el verdadero poeta, es a la vez el iluminado y el marginal. No es otra la tesis central del ensayo de Baudelaire sobre Edgar Allan Poe. ¿Cuántas veces no hemos oído: “es poeta” para decir despreciativamente que ese hombre o esa mujer son unos parásitos sociales que no trabajan ni producen dinero o viven en la luna de Valencia o simplemente en la luna? En una sociedad consumista es algo incomprensible y reprensible comprar versos. Es una contradictio in adjecto.

Pero el que me parece uno de sus poemas más amargos y crueles se llama, precisamente, “Vidas de los poetas”. Permítanme transcribirlo: “En la poesía no hay final feliz./ Los poetas acaban/ viviendo su locura./ Y son descuartizados como reses/ (sucedió con Darío)./ O bien los apedrean y terminan/ arrojándose al mar o con cristales/ de cianuro en la boca./ O muertos de alcoholismo, drogadicción, miseria./ O lo que es peor: poetas oficiales,/ amargos pobladores de un sarcófago/ llamado Obras completas.” Cita a Darío, pero al que apedrean los niños podría ser Verlaine y el que se arroja al mar es Auden y los que viven su locura son, entre muchos, Hölderlin, Gérard de Nerval y Emile Nelligan; el que se traga la pastilla de cianuro es el mexicano Manuel Acuña y los muertos de alcoholismo, drogadicción y miseria sencillamente no podrían contarse.

Pero preferible eso a ser el Poeta Oficial, es decir, vivir reconocido y exaltado por el establishment, eso, que disfrazada o abiertamente, buscan o quisieran algunos.

Temas esenciales

No hay obra o libro unitarios, pero José Emilio ha aspirado a la unidad en el tono y en los temas que trata. De los principales temas, el primero, me parece, es la fugacidad irremisible: lo que se fue, lo que no fue, lo que ya no está, lo que cambió para mal y ya no podemos modificarlo, lo que pudo ser y nos entristece su vacío, lo que ya no veremos o si lo vimos se olvidará. Un segundo tema, me parece, es que los seres humanos somos los “dueños del vacío”, somos nadie y acaso sólo alguien cuando conocemos un instante de amor, de amistad, de solidaridad o de alegría. Pero eso casi nunca pasa. No en balde una de las palabras favoritas de José Emilio es “nunca”, y a veces llega a decir, “nunca, nunca”, “nunca más”. Nunca más habrá la experiencia que vivimos y al lugar que llegaremos la inmensa mayoría de las veces es ninguna parte. ¿Qué nos queda?, diría José Emilio. Hacer nuestro trabajo, una y otra vez, innumerablemente, aunque sea inútil. Por eso, ya sea mencionado o aludido, un personaje de la mitología griega aparece varias veces en sus poemas y encarna muy bien lo anterior: Sísifo. Ese personaje del que partió Albert Camus para escribir a los veintiocho años El mito de Sísifo, libro que nos marcó tanto en su momento, y que más que con ningún otro personaje de la mitología el hombre se identifica. El hombre debe subir con la roca y, cuando va a llegar a la cima de la montaña, la roca cae, y el hombre baja y vuelve a subirla, y así una y otra vez, pero en uno y otro y otro ascenso, cuando va a llegar a la cima y la roca cae, comprende en ese momento que es feliz y la lucha ha valido la pena.

Un tercer tema de José Emilio es el horror del mundo o el horror al mundo que nosotros mismos creamos. No en balde el fratricida Caín es nuestro verdadero padre. Nuestra raza es la de los cainitas. No en balde también podemos llegar a parecernos a ese niño de siete años que no quiere ver la muerte del cerdo, pero que acabará tragándoselo como un cerdo. Como en Franz Kafka hay la culpa y la Culpa, y a veces, como en El proceso, en los poemas del mexicano no sabemos cuál fue la culpa que cometimos para que se nos castigue funestamente.

Un cuarto tema de José Emilio es el poder, o más específicamente, contra el poder. Recuerdo que en los años sesenta y setenta no había casi lectura o conferencia en que alguien del público al final no se levantara y preguntara al expositor o lector si la poesía no debería estar al servicio de las mayorías desposeídas y si no creía en la literatura comprometida. Al oírlos, yo recordaba dos frases. Una de García Márquez: “El deber de todo escritor revolucionario es escribir bien”; la otra, de Borges, quien ironizaba contestando que aquello de literatura comprometida le sonaba como a “equitación protestante”. Al principio José Emilio escribió poemas sobre Vietnam o el Che, pero muy pronto advirtió que lo mejor era hacer de lo particular algo general. Que un tirano fuera todos los tiranos y una víctima todas las víctimas, y que aun la víctima, si las circunstancias lo deparaban, podía ser el peor de los victimarios. En su poesía el tirano, cuya persona es algo aterradoramente invisible, se nos vuelve por sus actos terriblemente concreto, aquí y en cualquier parte. Basta leer los epigramas excepcionales del primer capítulo de su libro El silencio de la luna (1996). Al cortesano no le importa serlo con tal de que el tirano lo premie, y si el cortesano llega al poder será igual de tirano que a quien sirvió, o simplemente el cortesano doblará tanto la cerviz que su nariz topará con su pie y un día lo tirarán de un puntapié para abajo…

¿La historia nunca es la misma? Para José Emilio la historia, con todas las variaciones que se quieran, se repite: el hombre es el lobo del hombre y en la república de los lobos, todos, bien o mal, aullamos, y desde siempre el pez grande se ha comido al chico y las leyes existen y en su nombre se cometen toda suerte de crímenes e injusticias.

Las ciudades del poeta

1. Ciudades mexicanas: José Emilio fue ante todo un poeta urbano y el centro de su mundo fue Ciudad de México. Sin embargo, nuestra ciudad representó asimismo una ciudad de horror, y si se quiere, en momentos, una visión apocalíptica. La muy Noble y Leal Ciudad de México, como se le exaltó por siglos, se vuelve en una línea de jep “la innoble y letal Colonia Penitenciaria”. En esta ciudad que, quizá hasta los años cincuenta, lo normal era ver el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl con sólo voltear hacia el oriente, o la serranía del Ajusco al mirar hacia el sur, ahora sólo encontramos un sinfín de edificios que nos han robado la vista al cielo. Esa ciudad que Pacheco, en 1985, luego del terremoto, dibujó en toda la dimensión de su desastre: “México en el páramo/ que fue bosque y laguna/ y hoy es terror y quién sabe.”

La otra ciudad mexicana es Veracruz, el puerto de la infancia, a la que Francisca Noguerol le da una gran importancia como fondo e influencia de su vida y tema recurrente en sus poemas y su narrativa.

2. Ciudades en el mundo: José Emilio viajó numerosamente por Europa y América. De las ciudades y los paisajes quedaron muchos instantes en su poesía: el trazo del alba en Montevideo; Ontario y el lago Eire perdiendo sus especies; Montreal y el río San Lorenzo congelado en el duro invierno; el océano visto en California; el Mississipi en Nueva Orleans, que ha estado desde siempre y estará siempre; Londres a través de los cuadros de Whistler con una cita de t.s. Eliot vista como una ciudad irreal (“unreal city”); la música de una fuente –el agua es sólo música– en Valencia; volver a vivir, en el Pont de la Tournelle parisiense, la experiencia de Ungaretti que miraba “l’illimitato silenzio di una ragazza tenue”; la contemplación quevediana de una Roma ruinosa; una macabra visita en Viena a la cripta de los Habsburgo en la iglesia de los Capuchinos para ver el mínimo sarcófago en que quedó el Kaiser von Mexico (Maximiliano); la niebla que hace contradictoriamente más real a Bogotá como una ciudad fantasma, e imágenes de Santiago y Lima y Río. Quizá para no olvidar la ciudad en que estamos, como un homenaje a la ciudad en que estamos y en la que él vivió, valga recordar su breve pieza “Salamanca: un ángulo de Tormes”, en la que dibuja un crepúsculo viendo al río: “Diafanidad/ repentina en la tarde opaca./ Último sol/ Minutos antes de que lo humille la sombra./ ¿Qué será de estos árboles/ Cuando no pueda verlos/ El día que se ha marchado para siempre?”

Final

Para finalizar me gustaría citar algunos versos que resumirían mucho la visión del mundo de JEP: “Y los amigos se van. Son viajeros en los andenes”, “Mañana/ dejaremos de nuevo la vida para mañana”, “Los paraísos duran un instante”, “No quiero nada para mí, sólo anhelo/ lo posible imposible: un mundo sin víctimas”, “Bajo el nombre del Bien/ el Mal se impuso”.Dos palabras compendian para mí la lectura total de su poesía: desasosiego y descorazonamiento.

En un artículo que escribí hace unos años, repasaba las lecciones que había recibido de José Emilio Pacheco desde cuando lo conocí, por mayo o junio de 1970, hasta el año que le dieron el Premio Cervantes. Como en ese artículo, le volvería a decir, aun si ahora, lo sé, ya es demasiado tarde: Gracias, muchas gracias, José Emilio, cronista mayor de nuestra época, poeta mayor •