Literatura periodística y viceversa: La Crónica

Literatura periodística y viceversa

La Jornada Semanal

Referencial y subjetiva, informativa y afincada en la experiencia directa, acaso la crónica es la expresión periodístico/literaria que, con mayores fuerza y fortuna, expresa las contradicciones del mundo contemporáneo, en virtud de la capacidad del género para dar testimonio de todo aquello que parece fugaz, lo mismo que toda su importancia a lo que una mirada superficial calificaría de trivial. Con los ensayos en torno al género, a cargo de Gustavo Ogarrio, José Ángel Leyva y Jezreel Salazar, así como las crónicas de José Lagos, Aldo Rosales, Diego Olavarría y Magali Tercero, ofrecemos al lector un panorama de la crónica en México, entendida como un reflejo tan insoslayable como indispensable de la historia y del momento presente.

La crónica: el arte de narrar la historia

Gustavo Ogarrio

Nosotros seguimos adelante, más adentro del pueblo.

La tierra que nos han dado está allá arriba.

“Nos han dado la tierra”, Juan Rulfo

Conquista, colonización y exploración territorial: la crónica es la empresa narrativa en la que se fijan las primeras imágenes de la conflictividad que surge con el proceso que Edmundo O’ Gorman ha denominado la invención de América. “Escenas primordiales”, como le gustaba decir a Antonio Cornejo Polar, que van desde ese régimen de representación comparativo que establece Cristóbal Colón entre su mundo y el de los “aborígenes”, que quizás también anuncia la disputa narrativa del Nuevo Mundo, hasta el fallido “diálogo” de Cajamarca entre el padre Valverde y Atahualpa, y que el mismo Cornejo Polar propone como “el comienzo más visible de la heterogeneidad que caracteriza, desde entonces y hasta hoy, la producción literaria peruana, andina y, en buena parte, latinoamericana”. Este “grado cero” de la interacción entre la oralidad andina y la escritura impuesta con violencia por la colonización, “el destino histórico de dos conciencias que desde su primer encuentro se repelen por la materia lingüística en que se formalizan”, se puede comprender también como una de las matrices culturales, narrativas, del conflicto social latinoamericano: la negación, encubrimiento y olvido de la figura del “otro”, del “indígena”, pero también de los otros posteriores, mulatos, “mestizos”, trabajadores, campesinos, mujeres, migrantes… El poder político y monológico de la palabra dominante: el poder narrativo para representar a los otros sin que estos otros participen en su propia representación.

¿No es acaso la crónica de conquista y de colonización el sustrato narrativo y de memoria de otros géneros literarios que van a aparecer posteriormente en tierras americanas, como la misma novela y la poesía moderna? En su poema “Crónica de Lima”, Antonio Cisneros consigna en clave irónica esta historicidad contemplativa que han dejado los cinco siglos de conquista y evangelización en tierras americanas: “El horizonte es blando y estirado./ Piensa en el mundo/ Como una media esfera –media naranja, por ejemplo– sobre cuatro Elefantes,/ Sobre cuatro columnas de Vulcano./ Una corona blanca y peluda te protege del espacio exterior./ Has de ver/ Cuatro casas del siglo xix./ Nueve templos de los siglos xvi, xvii, xviii./ Por 2 soles 50, también, una caverna/ Donde los nobles obispos y señores –sus esposas, sus hijos–/ Dejaron el pellejo.”

En las crónicas de Cajamarca, por ejemplo, que abordan ese primer “desencuentro” entre las “escrituras sagradas” y la palabra hablada, entre el padre Valverde –su empresa de imponer la letra de la evangelización– y la “desobediencia” de Atahualpa y de su oralidad perseguida, están las huellas de las paradojas en la formación del género de la crónica en tierras americanas y un conflicto de larga duración que se mantiene hasta nuestros días, tal y como lo afirma Cornejo Polar: “los gestos y las palabras de Valverde y Atahualpa no serán parte de la literatura, pero comprometen a su materia misma en el nivel decisorio que distingue la voz de la letra, con lo que constituyen el origen de una compleja institucionalidad literaria, quebrada desde su mismo soporte material; y bien podría decirse, más específicamente, que dan ingreso a varios discursos, de manera sobresaliente al contenido en la Biblia, que no por universal deja de tener una historia peculiar en el intertexto de la literatura andina, como también el discurso hispánico imperial (de muy extensa duración) y al que a partir de entonces comenzará a globalizarse como ‘indio’ (obviando cada vez más las diferencias étnicas andinas) con sus significados de derrota, resistencia y vindicta. Es como si tuvieran, acumulados, los gérmenes de una historia que no acaba”.

En la crónica de conquista y colonización se afirma el poder narrativo de los conquistadores, pero también la imposible incorporación de la voz de los “otros”, los múltiples vencidos. Además, también está inscrito en la crónica del siglo xvi lo que Antonello Gerbi va a identificar como las “observaciones y juicios y prejuicios… que se habían expresado como sorprendentes noticias de tierras remotas”, viajeros y naturalistas que a su paso por el Nuevo Mundo dejaron fábulas, polémicas, relatos de utopías y mitos sobre el buen y el mal salvaje, y que a partir del naturalista francés Buffon en el siglo xviii adquieren una continuidad histórica en Europa que se presenta como un criterio “científico”: la supuesta “inferioridad” estructural de América y que llegará a establecerse como versión totalizadora de la historia en la obra de Hegel.

¿Cómo entender un género que es al mismo tiempo narrativo, etnográfico, social y político, como es la crónica, en perspectiva histórica sin traicionar su propia heterogeneidad que hasta nuestros días se manifiesta también en el periodismo narrativo? ¿Es una sola la historia de la crónica en América Latina o estamos ante la historia de un género literario que también es una memoria de acontecimientos, procesos y representaciones que permanentemente están inscritos en la formas directas e indirectas de narrar el conflicto social?

En la historia de América Latina se pueden identificar al menos tres ciclos de violencia estructural: la conquista, las independencias del sigo xix y las revoluciones del siglo xx; así como cuatro grandes momentos de la crónica: la crónica de conquista y colonización, como la de Cristóbal Colón y Hernán Cortés, los protagonistas y testigos directos de la articulación traumática entre Occidente y tierras americanas, pero también las crónicas de los vencidos, ocultas durante siglos para su divulgación “masiva”; la crónica ligada al resquebrajamiento del pacto colonial y a la formación del Estado nacional, por ejemplo, las memorias de fray Servando Teresa de Mier; la crónica en su versión moderna, ligada al periodismo del siglo xix pero también al ensayo latinoamericano, como las crónicas modernistas de José Martí durante su estancia en Estados Unidos, y la crónica en su consolidación como género anfibio, contemporáneo, como periodismo narrativo que registra críticamente las violencias contemporáneas, como el libro Loco Afán, de Pedro Lemebel de 1997.

La crónica en América Latina se ha presentado en los últimos años como un desafío para la definición misma de lo propiamente literario. Por lo anterior, es necesario revisar el estatus narrativo de la crónica, su problematización como género de la narración artística ligado a determinadas perspectivas históricas y a ciertos usos de la memoria y del periodismo. Es necesario recordar que este desafío surge también de las formas en que la crónica había sido marginada de la historiografía y de la crítica literarias, lo que implicaba también la imposibilidad de interpretar y reconocer su principal estrategia narrativa: relatar lo inmediato, lo que parece estrictamente coyuntural, sin aspirar a la eternidad de los grandes géneros literarios, como la novela o la poesía. Quizás los cronistas nos enseñan a su manera lo que ya decía Francisco de Quevedo: también “… lo fugitivo permanece y dura”.

La actualidad de lo fugitivo y la narración de la violencia neoliberal

¿Qué es aquello que permanece y que “no acaba” en la larga duración de las violencias en América Latina? ¿Qué nos ha dado la crónica en estos siglos de conflictos multiplicados entre la hegemonía de las palabras que nombran a los otros y los relatos de los que pelean el derecho a narrar su propia representación o el testimonio mismo de su situación como víctimas? Se dice que vivimos en la era del testimonio: “narrativas de la globalización” que, como afirma Jean Franco, son también “medios de registrar el trauma de la subjetividad dentro de la globalización, un trauma que sufre sobre todo el cuerpo de las mujeres, las mujeres víctimas del asesino en serie, las mujeres y los niños cuyos cuerpos se utilizan para trasplantes, las muchachas en el comercio sexual en Centroamérica y las maquiladoras asesinadas cuyos cuerpos aparecen en el desierto en las cercanías de Juárez”.¿Estamos ante un cuarto ciclo de violencia estructural en América Latina como consecuencia de la instauración del Estado neoliberal? ¿Cuáles serían los rasgos de esta violencia y cuáles las formas de narrar el dolor y la emergencia política de las víctimas? Quizá el perfil de esta condición neoliberal sea observable en sus más evidentes violencias: un Estado desaparecedor, como identifica Pilar Calveiro al Estado militar en Argentina de la última dictadura, pero que al parecer se reproduce en nuestros días con un mecanismo similar en un contexto de consenso democrático liberal; un Estado misógino que aniquila, pulveriza y borra los cuerpos de miles de mujeres; un Estado que reproduce y “tolera” ese capitalismo criminal que transforma en mercancía los cuerpos y el flujo migratorio de comunidades enteras, el secuestro, las desapariciones forzadas y el borramiento de sujetos. ¿Cómo se narran los efectos de esta hegemonía neoliberal en su ampliación criminal que ya no distingue entre el crimen organizado a la manera capitalista y el Estado propiamente neoliberal?

En su crónica “Historia de una mujer bomba”, Josefina Licitra narra la historia de Susana Trimarco, cuya hija, Marita Verón, fue “sustraída” por una red de tráfico sexual en Argentina. “Trimarco se transformó en un personaje arrollador: se vistió de prostituta para conseguir pistas, pateó puertas oficiales pidiendo respuestas, intervino en la liberación de 115 chicas en toda la Argentina y devino uno de los mayores emblemas de lucha contra el tráfico de personas”, nos dice Licitra en la presentación editorial de su crónica.

Ante el circuito neoliberal de muerte y desaparición, la crónica de Licitra se mueve en el campo narrativo del testimonio de una víctima que irrumpe como sujeta política y que articula alrededor de su acción de búsqueda a una serie de actores (abogados, defensores de derechos humanos, periodistas, académicos…) que “militan” en las estrategias colectivas de respuesta a la violencia neoliberal. Es evidente que la crónica de nuestros días, la directamente vinculada a la narración de las violencias neoliberales, realiza un intento permanente de captar las voces de las víctimas en su proceso de irrupción política ante las narrativas criminalizadoras del Estado neoliberal.

¿Cuáles son los otros campos narrativos que verifican la heterogeneidad actual de la crónica? La crónica de nuestros días también registra los procesos traumáticos de ultramodernización destructiva de las sociedades, las ciudades y las “costumbres”; sigue las huellas de una dialéctica entre la deshumanización/humanización de las migraciones latinoamericanas, en particular la que va de países centroamericanos a México y Estados Unidos; pero también narra desde una perspectiva crítica la relación entre la cultura popular y la llamada “cultura de masas”. Esta tendencia de la crónica aborda diferentes ámbitos de la cultura popular y de la formación de la llamada sociedad de masas, en un contexto nacional, latinoamericano y/o global: telenovelas, boleros, cumbia, futbol, lucha libre, box, rock, “figuras” mediáticas del narcotráfico, disidencia sexual, entre otros, y están estrechamente vinculadas a las transformaciones culturales, ideológicas y tecnológicas experimentadas durante la segunda mitad del siglo xx y comienzos del xxi.

Rafael Gumucio, en su crónica “Historia de un rostro”, presenta así la figura de Mario Kreutzberger, el nombre verdadero de Don Francisco, icono de la televisión chilena que “fundó” los teletones en América Latina y animador que emprendió la conquista mediática de millones de televidentes en un contexto de dictadura militar: “Don Francisco era el policía bueno que rivalizaba con el policía malo (Pinochet), para lograr el mismo resultado: el gran sueño de ganar un millón con sólo apretar el botón correcto.”

La crónica es todavía el filtro narrativo de las violencias sociales, un breve registro de lo propiamente histórico desde la más impetuosa coyuntura, una memoria de esas “escenas primordiales” que le dan sentido a otras representaciones narrativas o poéticas; un rumor de voces ocultas o de testimonios narrados que a su manera se oponen a la no representación de las sujetas y sujetos del dolor, o a la extracción permanente de sus relatos en este espectro que nebulosamente seguimos llamando neoliberalismo. Quizá también la crónica tiene algo de utópico, no muy lejano a este fragmento del aparentemente menos utópico de nuestros escritores, Juan Rulfo: “Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.” •

¡¿Tristeza?! ¡¿Te da tristeza?!

¡¿Tristeza?! ¡¿Te da tristeza?!

Magali Tercero

La Jornada Semanal

 “Me da mucha tristeza toda esta violencia”, le dije, unos meses antes, a Cynthia. Pasamos cuatro horas en un Sanborns cobijadas por la algarabía de los comensales de viernes.

–¿Tristeza? ¿Te da tristeza –respondió incrédula esta joven, casi vomitando la palabra.

–Bueno… Sí… Tristeza. Y mucha.

–¡Pues a mí me da rabia! ¡Una rabia que no puedo controlar! Impotencia total. De tanta rabia, a cada rato me pongo en peligro en Neza. Cuando lo del señor borracho que te digo anduvo disparando al aire, le grité que si no sabía que había niños jugando en mi calle. Era un criminal y no me importó.

Niños jugando en la calle. Cada vez hay menos, me dicen personas que habitan en lugares muy distantes entre sí. Como el escritor j.m. Servín, como el pintor Julio Huertas, a quienes entrevisté dos semanas atrás.

Más adelante Cynthia relatará –tiene un don narrativo esta joven que ama los libros– cómo ese carácter abrupto suyo procede de la abuela materna, una hidalguense, de la sierra, migrada al exdf con sus hijos para trabajar vendiendo periódicos, manzanas, quesadillas, de todo. Contará también sobre su madre, la antes niña que jugaba a pararse sobre un montículo de tierra para imitar el discurso de los políticos que llegaban a Neza –el de los fraccionadores que vendían ilusiones para que los colonos compraran terrenos e hicieran casitas de cartón y asbesto–, crecida en el Estado de México, orgullosa colonizadora de Ciudad Nezahualcóyotl en los años sesenta del siglo pasado.

¿Paracaidismo? Ni siquiera menciona el término. Y hace bien porque si uno se ve a sí mismo como un paracaidista, alguien que llega a ocupar ilegalmente terrenos baldíos, acepta entonces que su conducta fue “ilegal”, que vendió su voto a algún partido y le compró “baras” un baldío polvoso a cualquier diputado transa. Todo para tener vivienda. Es mirarse como alguien sin dignidad, como alguien reducido por la realidad. Decir colonizador, en cambio, equivale a tener conciencia de tu propio valor como persona que se lanza, como hizo su abuela viuda, con todo e hijos, a la monstruosa Ciudad de México para darles alimento y casa a sus cachorros. ¿Algo más? Aquella noche de viernes salí del Sanborns pensando en toda clase de colonizadores. Los ingleses de quinta, por ejemplo, que llegaron a forjar un país en Estados Unidos y a reducir a los verdaderos dueños de la tierra. O, para no ir más lejos, en los conquistadores españoles, llenas sus tropas de tipos salidos de las cárceles, llegados al futuro México a pisotear una religión ajena, a someter, nuevamente a reducir, a los verdaderos dueños de la tierra. A cortarles manos y pies para aterrorizarlos porque eran numéricamente inferiores que sus enemigos. ¿No es de una soberbia atroz imponer tu religión al otro?, me digo. Más bien es un acto de poder. Y la “pobreza extrema” o la miseria, ¿no son violencia ejercida impunemente?

Y la muerte del Efrén en Neza, hijo de Felipe, el periodiquero de la esquina de mi casa: ¿Se debe a la miseria o simplemente a la impunidad? (“Es hacerte de un poder violento que no te corresponde.”)

“Y convertimos Neza en el territorio urbanizado, horrible pero urbanizado, que es ahora”, es la frase central, decido momentáneamente, pensando en esta crónica, después de la conversación con esta treintañera Cynthia que terminó Letras Hispánicas y fundó un taller artesanal de chocolate para dedicarse luego al freelance editorial.

Un territorio urbanizado. Horrible pero urbanizado. Como el de la periferia en la frontera entre Neza e Iztapalapa, como el de las zonas más miserables del Estado de México y del propio df.

***

Nezasicótico

Tres días después, el 5 de septiembre de 2012, el miedo se extendía. “Neza, pueblo fantasma” y “el miedo se extendía” fueron las frases de Cynthia más “likeadas” en su muro de Facebook. El mundo parecía haberse vuelto loco. Al menos en ese municipio con una población mayor al millón de personas y una extensión de 63.74 kilómetros cuadrados. Mis contactos de Facebook comentaban lo nunca imaginado en nuestra falsa burbujita de seguridad defeña. Que los habitantes del municipio bravo más cercano a Ciudad de México llamaron, acelerados al mil, a sus seres queridos: “No lleves a los niños a la escuela. No salgas. La familia m está en guerra. Esto está muy feo.” La misma mujer que advertía a su gente escribió lo siguiente (y prefiero citarla tal cual en lugar de ceder absurdamente a la tentación de sustituir sus palabras con las mías: “En Neza está pasando lo que ya pasó en Juárez, lo que pasa en Guerrero, en Morelos, en Michoacán. Los que vivimos en Neza sabemos: 1) Que la mayoría de mercados está pagando cuota a La familia michoacana o a alguno de sus clones; 2) de los golpeados y asesinados, de los baleados, de los secuestrados que se han resistido; 3) que todos tenemos una historia (generalmente con policías involucrados) de extorsión, secuestro, amenazas; 4) que actualmente tener un negocio próspero en Neza es motivo de temor pues, en cualquier momento, te llega el aviso de cuota de ingreso y la tarifa que te tocará pagar; y 5) que ser joven y guapa en Neza es motivo de temor, porque si le gustas a alguno de los múltiples fulanos en troca de vidrios polarizados, con carros de guardaespaldas, ya está en peligro toda tu familia.”

En 2011 esta cronista no sabía que la realidad violenta del país la tenía también aquí a hora y media de casa. “¿Por qué irse a Siria o al fin del mundo si la realidad la tienen aquí mismo?”, cuestionó la académica española María Angulo Egea a algunos mexicanos. ¿Cuál es quid ahora? ¿Ser original? ¿Escribir bien? ¿Informar utilizando el lenguaje periodístico literario de la época globalizada? Mmm… Sólo sé que hoy utilicé tres transportes distintos –Metrobús, tren subterráneo y pesero–, para llegar a Ciudad Nezahualcóyotl a comer con Sol y Bibiana, dos habitantes de este municipio que adquirió su “municipalidad” en1963. Sólo sé que ambas me contaron historias rabiosamente similares a las que nos han entregado los periodistas norteños.

“A los que dicen que en Neza no pasó nada la noche del 5 de septiembre de 2012 les propongo que lo vean más allá de la costumbre de buscar muertos, balazos, golpes, incendios”, escribió Cynthia en Facebook hace un año. Hoy Berenice, dedicada al negocio de los restaurantes, me cuenta algo que no sé cómo tomar.

“La tienda de la esquina de mi casa, La Lupita, acaban de tapiarla después de veinte años de conocerla como clienta. Tiene cerrada dos años más o menos. Nos sorprendió muchísimo a la familia y los vecinos. Los dueños nunca cerraban, ni en Semana Santa. Después de tantos años empezaron a poner puestos. Es una familia: papá, mamá, tres hijas y un varón y nietos.”

Berenice afirma que este tema de Neza es delicado. Aquí ha ganado el prd desde 1997. Cada trienio. En 2009 perdió la Presidencia Municipal y obtiene la victoria el pri. Desde 2009 a la fecha, la violencia, La familia michoacana, el cobro de piso o “renteo”, los asesinatos diarios, han sido el pan diario de este municipio. En 2012 regresó el prd pero no se vieron cambios en las cifras de muertos. En la colonia Evolución hay muertos todos los días. Están las calles de exconvento de Churubusco, Santo Domingo, Santa Anita, más las calles de colonias del exdf. Estamos en una zona de las más peligrosas. Sin embargo, insiste Berenice, “como tú ves, la vida es normal, vengo de mi trabajo aquí (cerca del Estadio Neza 86, como a 20 minutos). Aquí las distancias son muy cortas en este municipio, no hay tráfico.”

“El inicio de la violencia tiene fecha. La tenemos muy presente y asociada al regreso del pri en Edomex. Yo vivo con mi hermano y mi cuñada. A él lo han asaltado al recoger su nómina. Es empleado de una compañía de carros de Slim. Fue al cajero de la Avenida Madrugada esquina con Villada, a eso de las 6 am, y le quitaron el dinero. A la esposa de mi hermano la han asaltado arriba del pesero, le quitaron el celular, dinero.

“En mi casa, en Carmelo Pérez y Villada, en el Bordo de Xochiaca y Rancho Grande (cuadrante), a cada rato hay balaceras. Son las 3, las 4 am, y de eso que te despiertas y escuchas la balacera. No te asomas porque es peligroso. Después escuchas gritos. No sabes si llamar a la policía. Te da miedo denunciar, te dan números, te dicen “Denuncie” pero te da miedo. Al otro día platico con los vecinos y que no pasó nada. Unos andan armados. No sabemos si hubo balacera y hubo heridos y los levantaron.

En El Universal sale mucho. En el Reforma veo “Muerto en Neza”. Inevitablemente le doy clic. Son mujeres, son hombres, entre treinta y cuarenta años, como que está muy ubicada esa población. Afuera de antros, en las calles, en las banquetas.

Los vecinos extrañan mucho la tienda. El caso le parece emblemático. “Supe de oídas de los vecinos que hubo extorsión. Mi hermano se atrevió a preguntarle al hijo del dueño “Oye, ¿ya no van a abrir?’. Y él dijo ‘no, ¿para que nos arriesgamos?’. ” Y tú ves que te dicen ‘Oiga, denuncie, cómo se va a dejar, es el patrimonio de toda su vida, no es justo’. No es posible esa comunicación porque también da miedo hablar de eso. También están cerrados varios locales cercanos.” Los que siguen abiertos es porque se mochan, o porque los dueños se les han enfrentado con armas. No quiere ni nombrar a la delincuencia por un asunto personal. El hecho es que todos se quedaron sin abarrotes. En otras colonias es lo mismo. Un anuncio de los cincuenta del siglo xx, hecho para atraer compradores de casas malhechas, reza: “Vengan a ver a la colonia EL Sol donde se vive mejor.” Bibiana cuenta que es exadicta. Se convirtió al cristianismo pentescostal hace poco. Ahora apoya a los jóvenes adictos en tres organizaciones de Neza •

Magali Tercero. Cronista urbana y cultural. Autora de Cuando llegaron los bárbaros… Vida cotidiana y narcotráfico (2011), San Judas Tadeo, santería y narcotráfico (2010) y Cien freeways: d. f. y alrededores (2006). Fue incluida en A ustedes les consta. Antología de la crónica en México, de Carlos Monsiváis. Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez fil 2010 con “Culiacán, el lugar equivocado”; Premio a la Excelencia de la Sociedad Interamericana de Prensa (sip 2007) y Premio Nacional de Crónica Urbana Manuel Gutiérrez Nájera uacm 2005.

Muere Chuck Berry

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El cantante estadounidense, uno de los grandes pioneros de la música popular, fallece a los 90 años

FERNANDO NAVARRO

Madrid

El País

Si dentro de un milenio llegasen los extraterrestres a la Tierra, necesitarían ver una pirámide para saber qué fue la cultura egipcia, la Mona Lisa para apreciar el valor de la pintura, aventurarse en El Quijote o Hamlet para explicarse el acontecimiento de la literatura o recrearse en la Novena Sinfonía de Beethoven para conocer la magia de la música clásica. A esos mismos alienígenas les bastaría el explosivo riff de ‘Johnny B. Goode’ para saber qué fue el rock’n’roll, ese sonido liberador, electrizante, que puso patas arriba al mundo occidental a mediados del siglo XX.

Los extraterrestres, como toda la humanidad, no podrían evitar mover el esqueleto, o lo que sea que tuviesen, gracias al creador de la canción: Chuck Berry, muerto este sábado a la edad de 90 años en el condado de Saint Charles, en Misuri (EE UU). Los agentes del servicio de emergencias recibieron una alerta por una emergencia sanitaria a las 12.40 hora local (las 18.40 hora peninsular española) en la calle Buckner y al llegar a la casa hallaron a un hombre inconsciente. Intentaron reanimarlo pero no pudieron hacer nada por su vida. Su muerte fue certificada a las 13.26 hora local (19.26 hora en la España peninsular). Un rato después confirmaron la noticia en Facebook.

Más que el mismísimo Elvis Presley, fue este músico, nacido en St. Louis, quien inventó el lenguaje del rock’n’roll. Bajo una sutil y vibrante base de rhythm and blues, Berry desarrolló un idioma excitante y fresco que, allá por 1955 en la puritana Norteamérica de Eisenhower, sonaba como si viniese de otro planeta. Era enérgico, sexual, moderno, imparable. Era el rock’n’roll, que, junto a otros grandes pioneros norteamericanos, dio forma y sentido a partir de sus primeras grabaciones en Chicago en el sello Chess Records, al que acudió por recomendación de Muddy Waters. No guardaba el poder seductor ni visceral de Little Richard, ni el ritmo endiablado de Fats Domino, ni el toque primitivo de Bo Diddley, ni el magnetismo ni la voz llena de alma de Elvis Presley, pero en ‘Maybellene’ o ‘Roll Over Beethoven’ se edificó todo el canon futuro del rock’n’roll, una música juvenil –con la paradoja de que Berry era el mayor de aquella gloriosa pandilla de padres fundadores – pilotada desde la importancia capital de la guitarra eléctrica.

 Muere Chuck Berry, el creador del lenguaje del ‘rock and roll’ver fotogalería

Berry nunca supo escribir ni leer bien, pero con la guitarra se comunicó como nadie. A diferencia de muchos coetáneos, componía y cantaba su propio material, que luego defendía en actuaciones trepidantes llenas de espectáculo. Con su voz edulcorada y clarividente que emulaba a la de su ídolo Nat King Cole, incorporó en sus conciertos gestos y movimientos nunca vistos sobre un escenario, haciendo célebre el conocido duckwalk (baile del pato), que terminaría por convertirse en el baile más icónico del rock’n’roll imitado por decenas de artistas. De adolescente, cultivó una gran afición por la fotografía, algo que de alguna manera le sirvió para desarrollar una lírica de potentes imágenes. Sus canciones estaban plagadas de coches, chicas y carreteras. Eran como fotografías sociales llenas de ritmo, que crearon todo el universo lírico del rock’n’roll.

Todas estas cualidades, impulsadas por su carácter arrollador, sirvieron para que consiguiese los primeros éxitos del rock’n’roll, un estilo subterráneo que terminó por transformar a la sociedad estadounidense y, posteriormente, a la británica. Incluso tenía aires de estrella problemática y pasó por segunda vez por la cárcel bajo las acusaciones de prostituir a una menor.

‘Maybellene’, 1958.

Su catálogo en Chess Records entre 1955 y 1965 es digno de estudio, pero también su paso por Mercury con álbumes como From St. Louie to Frisco. Durante años vivió de la nostalgia de su nombre escrito con letras de oro en la historia de la música popular y de los homenajes que recibía de todas las generaciones. Su último trabajo en estudio data de 1979 pero, a finales del 2016, anunció su primer disco con material inédito, que hacía coincidir con su 90 cumpleaños. Este álbum de estudio, llamado Chuck, está previsto que salga este año y está compuesto por nuevas canciones originales escritas, grabadas y producidas por él mismo.

Sobre sus incisivos riffs y sus letras se levantó todo un mundo, el fascinante mundo del rock. Bob Dylan le admiraba, los Beatles lo versionaron en su segundo disco, los Rolling Stones –y especialmente Keith Richards- no existirían sin él, Bruce Springsteen siempre le tuvo como referencia compositiva, Led Zeppelin o AC/DC le citaban en su santoral… y así hasta nuestros días, cuando un ejército de bandas y músicos todavía intenta conseguir un himno tan irrepetible, tan lleno de futuro pese a que representa el sonido de otra época ya extinta, como es Johnny B. Goode.