Carta del Santo Padre a los participantes en la XXXVI Asamblea General del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM)

Carta del Santo Padre a los participantes en la XXXVI Asamblea General del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM)

9-12 mayo 2017, San Salvador

Publicamos a continuación la carta que el Santo Padre Francisco ha enviado a los participantes en la XXXVI Asamblea General del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM),  que tiene lugar del 9 al 12 de mayo en San Salvador y cuyo tema es: “Una Iglesia  pobre para los pobres”:

Carta  del Santo Padre

A mis hermanos Obispos reunidos en la Asamblea del CELAM

Queridos hermanos

                Quiero acercarme a Ustedes en estos días de Asamblea que tiene como música de fondo la celebración de los 300 años de Nuestra Señora Aparecida. Y, con Ustedes, me gustaría poder “visitar” ese Santuario. Una visita de hijos y de discípulos, visita de hermanos que como Moisés quieren descalzarse en esa tierra santa que sabe albergar el encuentro de Dios con Su pueblo. Así también quisiera que fuese nuestra “visita” a los pies de la Madre, para que Ella nos engendre en la esperanza y temple nuestros corazones de hijos. Sería como “volver a casa” para mirar, contemplar, pero especialmente para dejarnos mirar y encontrar por Aquel que nos amó primero.

                Hace 300 años un grupo de pescadores salió, como de costumbre, a tirar sus redes. Salieron a ganarse la vida y fueron sorprendidos por un hallazgo que les cambió los pasos: en sus rutinas son encontrados por una pequeña imagen toda recubierta de fango. Era Nuestra Señora de la Concepción, imagen que durante 15 años permaneció en la casa de uno de ellos, y allí los pescadores iban a rezar y Ella los ayudaba a crecer en la fe. Aún hoy, 300 años después, Nuestra Señora Aparecida nos hace crecer, nos sumerge en un camino discipular. Aparecida es toda ella una escuela de discipulado. Y, al respecto, quisiera señalar tres aspectos.

                El primero son los pescadores. No eran muchos, un grupito de hombres que cotidianamente salían a encarar el día y a enfrentar la incertidumbre que el río les deparaba. Hombres que vivían con la inseguridad de nunca saber cuál sería la “ganancia” del día; incertidumbre nada fácil de gestionar cuando se trata de llevar el alimento a casa y, sobre todo, cuando en esa casa hay niños que alimentar. Los pescadores son esos hombres que conocen de primera mano la ambivalencia que se da entre la generosidad del río y la agresividad de sus desbordes. Hombres acostumbrados a enfrentar inclemencias con la reciedumbre y cierta santa “tozudez” de quienes día a día no dejan -porque no pueden- de tirar las redes.

                Esta imagen nos acerca al centro de la vida de tantos hermanos nuestros. Veo rostros de personas que, desde muy temprano y hasta bien entrada la noche, salen a ganarse la vida. Y lo hacen con la inseguridad de no saber cuál será el resultado. Y lo que más duele es ver que -casi de ordinario- salen a enfrentar la inclemencia generada por uno de los pecados más graves que azota hoy a nuesto Continente: la corrupción. Esa corrupción que arrasa con vidas sumergiéndolas en la mas extrema pobreza. Corrupción que destruye poblaciones enteras sometiéndolas a la precariedad. Corrupción que, como un cáncer, va carcomiendo la vida cotidiana de nuestro pueblo. Y ahí están tantos hermanos nuestros que, de manera admirable, salen a pelear y a enfrentar los “desbordes” de muchos… de muchos que no necesitan salir.

                El segundo aspecto es la Madre. María conoce de primera mano la vida de sus hijos. En criollo me atrevo a decir: es madraza. Una madre que está atenta y acompaña la vida de los suyos. Va a donde no se la espera. En el relato de Aparecida la encontramos en medio del río rodeada de fango. Ahí espera a sus hijos, ahí está con sus hijos en medio de sus luchas y búsquedas. No tiene miedo de sumergirse con ellos en los avatares de la historia y, si es necesario, ensuciarse para renovar la esperanza. María aparece allí donde los pescadores tiran las redes, allí donde esos hombres intentan ganarse la vida. Ahí está Ella.

                Por último, el encuentro. Las redes no se llenaron de peces sino de una presencia que les llenó la vida y les dio la certeza de que en sus intentos, en sus luchas, no estaban solos. Era el encuentro de esos hombres con María. Luego de limpiarla y restaurarla la llevaron a una casa donde permaneció un buen tiempo. Ese hogar, esa casa, fue el lugar donde los pescadores de la región iban al encuentro de la Aparecida. Y esa presencia se hizo comunidad, Iglesia. Las redes no se llenaron de peces, se transformaron en comunidad.

                En Aparecida encontramos la dinámica del Pueblo creyente que se confiesa pecador y salvado, un pueblo recio y tozudo, consciente de que sus redes, su vida, está llena de una presencia que lo alienta a no perder la esperanza; una  presencia que se esconde en lo cotidiano del hogar y de las familias, en esos silenciosos espacios en los que el Espíritu Santo sigue apuntalando a nuestro  Continente. Todo esto nos presenta un hermoso icono que a nosotros, pastores, se nos invita a contemplar. Vinimos como hijos y como discípulos a escuchar y aprender qué es lo que hoy, 300 años después, este acontecimiento nos sigue diciendo.

                Aparecida (ya sea aquella aparición como hoy la experiencia de la Conferencia) no nos trae recetas sino claves, criterios, pequeñas grandes certezas para iluminar y, sobre todo, “encender” el deseo de quitarnos todo ropaje innecesario y volver a las raíces, a lo esencial, a la actitud que plantó la fe en los comienzos de la lglesia y después hizo de nuestro Continente la tierra de la esperanza. Aparecida tan solo quiere renovar nuestra esperanza en medio de tantas “inclemencias”.

                La primera invitación que este icono nos hace como pastores es aprender a mirar al Pueblo de Dios. Aprender a escucharlo y a conocerlo, a darle su importancia y lugar. No de manera conceptual u organizativa, nominal o funcional. Si bien es cierto que hoy en día hay una mayor participacion de fieles laicos, muchas veces los hemos limitado solo al compromiso intraeclesial sin un claro estímulo para que permeen, con la fuerza del Evangelio, los ambientes sociales, políticos, económicos, universitarios. Aprender a escuchar al Pueblo de Dios significa descalzarnos de nuestros prejuicios y racionalismos, de nuestros esquemas funcionalistas para conocer cómo el Espíritu actúa en el corazón de tantos hombres y mujeres que con gran reciedumbre no dejan de tirar las redes y pelean por hacer creíble el Evangelio, para conocer cómo el Espíritu sigue moviendo la fe de nuestra gente; esa fe que no sabe tanto de ganacias y de éxitos pastorales sino de firme esperanza. ¡Cuánto tenemos que aprender de la fe de nuestra gente! La fe de madres y abuelas que no tienen miedo a ensuciarse para sacar a sus hijos adelante. Saben que el mundo que les toca vivir está plagado de injusticias, por doquier ven y exprimentan la carencia y la fragilidad de una sociedad que se fragmenta cada día mas, donde la impunidad de la corrupción sigue cobrándose vidas y desestabilizando las ciudades.

                No solo lo saben… lo viven. Y ellas son el claro ejemplo de la segunda realidad que como pastores somos invitados a asumir: no tengamos miedo de ensuciarnos por nuestra gente. No tengamos miedo del fango de la historia, con tal de rescatar y renovar la esperanza. Solo pesca aquél que no tiene miedo de arriesgar y comprometerse por los suyos. Y esto no nace de la heroicidad o del carácter kamikaze de algunos, ni es una inspiración individual de alguien que se quiera inmolar. Toda la comunidad creyente es la que va en búsqueda de Su Señor, porque solo saliendo y dejando las seguridades (que tantas veces son “mundanas”) es como la lglesia se centra. Sólo dejando de ser autoreferencial  somos capaces de re-centrarnos en Aquél que es fuente de Vida y Plenitud. Para poder vivir con esperanza es crucial que nos re-centremos en Jesucristo, que ya habita en el centro de nuestra cultura y viene a nosotros siempre nuevo. Él es el centro. Esta certeza e invitación nos ayuda a nosotros, pastores, a centrarnos en Cristo y en su Pueblo. Ellos no son antagónicos. Contemplar a Cristo en su pueblo es aprender a descentranos de nosotros mismos, para centrarnos en el único Pastor. Re-centrarnos con Cristo en su Pueblo es tener el coraje de ir hacia las periferias del presente y del futuro confiados en la esperanza de que el Señor sigue presente y Su presencia será fuente de Vida abundante. De aquí vendrá la creatividad y la fuerza para llegar a donde se gestan los nuevos paradigmas que estan pautando la vida de nuestros países y poder alcanzar, con la Palabra de Jesús, los núcleos mas hondos del alma de las ciudades donde, cada día más, crece la experiencia de no sentirse ciudadanos sino mas bien «ciudadanos a medias» o «sobrantes urbanos» (Cfr. EG 74).

                Es cierto, no lo podemos negar: la realidad se nos presenta cada vez más complicada y desconcertante, pero se nos pide vivirla como discípulos del Maestro sin permitirnos ser observadores asépticos e imparciales, sino hombres y mujeres apasionados por el Reino, deseosos de impregnar las estructuras de la sociedad con la Vida y el Amor que hemos conocido. Y esto no como colonizadores o dominadores, sino compartiendo el buen olor de Cristo, y que sea ese olor el que siga transformando vidas.

                Vuelvo  a reiterarles, como hermano, lo que escribía en Evangelii  Gaudium (49): «Prefiero una lglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una lglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y  procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: “¡Dadles vosotros de comer!” (Mc 6,37).

                Esto ayudará a revelar la dimensión misericordiosa de la maternidad de la Iglesia que, al ejemplo de Aparecida, está entre los “ríos y el fango de la historia” acompañando y alentando la esperanza para que cada persona, allí donde está, pueda sentirse en casa, puede sentirse hijo amado, buscado y esperado.

                Esta mirada, este diálogo con el Pueblo fiel de Dios, ofrece al pastor dos actitudes muy lindas a cultivar: coraje para anunciar el evangelio y aguante para sobrellevar las dificultades y los sinsabores que la misma predicación provoca. En la medida en que nos involucremos con la vida de nuestro pueblo fiel y sintamos el hondón de sus heridas, podremos mirar sin “filtros clericales” el rostro de Cristo, ir a su Evangelio para rezar, pensar, discernir y dejarnos transformar, desde Su rostro, en pastores de esperanza. Que María, Nuestra Señora Aparecida, nos siga llevando a su Hijo para que nuestros pueblos en Él, tengan vida… y en abundancia.

                Y, por favor, les pido que no se olviden de rezar por mí. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Fraternalmente.

                Vaticano, 8 de mayo de 2017

FRANCISCO

Les Luthiers, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2017

Les Luthiers, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2017

El grupo argentino de humor y música lleva medio siglo sobre los escenarios

CARLOS E. CUÉ

El País

Todo empezó con Laxatón, una cantata elaborada sobre el prospecto de un laxante. 50 años después, ese grupito de amigos que es Les Luthiers les han ganado el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades a “algunos monstruitos como Martin Scorsese” dice Marcos Mundstock, tras saber, casi en la madrugada de Buenos Aires, que recibirán el galardón, para el que habían sido nominados varias veces, de entre 28 candidatos como el cineasta. El grupo lleva 50 años en los escenarios. “Quedamos nosotros y los Rolling Stones. Pero nosotros lo hicimos sin agregados químicos”, se ríen en las entrevistas, un lujo para cualquier periodista. Porque Les Luthiers no solo hacen reír a los demás. Ellos mismos se hacen mucha gracia. Viven creando chistes, que prueban después con el público y si no funcionan retiran rápidamente hasta perfeccionar un espectáculo que es una carcajada continua. Ventajas de llevar 50 años puliéndolo en el escenario. Se cumplen precisamente este 4 de septiembre. Y no paran.

Ahora mismo tienen una gira en Rosario con su show Gran Reserva, una antología. La semana que viene lo llevarán a Buenos Aires. Después, en septiembre, volverán de gira a España, como todos los años. “En realidad, la gente no se acuerda de los chistes viejos, se ríe de nuevo cada vez”, se sorprende Jorge Maronna, otro de los cinco fundadores. “A veces nosotros tampoco nos acordamos, tenemos una edad”, bromea. “Estamos felices con el premio, aturdidos. Nos llega en un momento ideal del grupo, estamos con muchas ganas y mucho público. Desde hace unos años hay muchos jóvenes en la platea, se ha renovado. Lo peor es que no esté Daniel con nosotros para celebrarlo”, dice mientras cambia el tono de voz.

Daniel es Rabinovich, Neneco, fallecido en 2015. Un golpe duro que el grupo consiguió superar. Él mismo les pidió que siguieran tras su muerte y lo han cumplido. Juntos después de 50 años. “Hicimos 17 años de terapia, bien argentinos, porque no nos queríamos separar. Todos los grupos rompen, nosotros logramos seguir. El psicoanálisis nos ayudó mucho. Ahora cumplimos las bodas de oro. Si llegamos a los 100 como sería, ¿bodas de plutonio radiactivo?”, bromea Carlos Núñez Cortés.

“UN REFERENTE DE LIBERTAD”

El jurado del premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades destacó ayer que Les Luthiers “es uno de los principales comunicadores de la cultura iberoamericana desde la creación artística y el humor”. Según recordó el presidente del jurado, Víctor García de la Concha, el grupo ha atraído a “cientos de miles de espectadores de todas las generaciones”, en España, Latinoamérica e incluso Estados Unidos e Israel, y con sus actuaciones se ha erigido en “un espejo crítico y en un referente de libertad en la sociedad contemporánea”.

Cuando empezaron, en 1965, con la cantata Laxatón, eran un grupo de estudiantes de medicina, química, derecho, ingeniería, que se divertían en un coro universitario. Ninguno podía imaginar que vivirían toda la vida de eso y serían estrellas mundiales. Ya entonces tocaban el Laxatón con instrumentos inventados por ellos. Pero no era más que una broma para divertir al público de un concurso de coros. Gustó tanto que empezaron a llevarla por los teatros. Y ya nunca pararon, ni siquiera cuando sufrieron la muerte de Gerardo Masana, el primer líder.

Todos hablan ahora de una trayectoria en pleno apogeo. “Yo tengo 70 años y me siento muy joven, esto no es un premio a unos viejos que terminaron su carrera, es un espaldarazo para seguir. No somos ancianitos viviendo del recuerdo”, cuenta Carlos López Puccio, el de los pelos blancos alocados. “Todo esto empezó casualmente, nunca pensamos que llegaríamos a tanto. Siempre crecimos más de lo que habríamos esperado. En el premio hay un reconocimiento a 50 años de carrera pero también al puente que tendemos en Hispanoamérica a través del español, lo usamos y le ponemos ingenio. También es un premio al humor aunque nosotros somos un híbrido, hacemos humor, música, teatro, mimo. Lo que me da un poco de vergüenza es haberle ganado a Scorsese. Yo si hubiera sido jurado le votaba a él”, remata.

Los cómicos, recién galardonados con el Princesa de Asturias, llevan desde los sesenta sobre los escenarios.

También tiene un recuerdo para Rabinovich. “Llevamos muchos años nominados, y Neneco tenía muchísimas ganas de que nos lo dieran. Es doloroso que no esté, se lo merecía. Pero estamos muy contentos. Ahora voy a pasearme por las calles con la frente bien alta diciendo yo recibí el Príncipe de Asturias y sigo trabajando. Todos tenemos nuestros ahorros, podríamos retirarnos, pero nos hace felices estar en el escenario. Damos alegría noble por un módico precio”.

Todos están muy impactados por el premio. “Esto es una vez en la vida, y este tardó mucho, 50 años, ahora podemos confesar que lo soñábamos. Sobre todo viniendo de España. Hace 50 años todos estudiábamos, teníamos proyectos. Les Luthiers fue desplazando todos los otros sueños y planes. Es nuestra vida. Estamos muy orgullosos, me parece maravilloso eleva al humor a esta categoría. Es un nutriente, algo necesario. Los humanos somos monos que ríen. Tenemos un premio que le dieron a Woody Allen y en Argentina a Quino, a Alfonsín, a Baremboin”, se emociona Carlos Núñez Cortés. Todos reivindican que hacen humor “con altura”, elegante, inteligente, nunca zafio, con el añadido de la música que tanto cuidan.

Les Luthiers ya son universales, pero no pueden ser más argentinos, un país que, como todos, aman y sufren. “Argentina es muy contradictoria. Nosotros hemos sido embajadores de la parte buena, que además de las catástrofes que todos conocen tiene estas puntas”, dice López Puccio. “Representamos una Argentina que es la de nuestros comienzos, en los 60, cuando era un país un poco más normal, con una universidad muy sólida en la que nos conocimos. Todo empezó literalmente como una broma. Solo queríamos divertir a los otros estudiantes. No parecía tener mucho futuro. Pero aquí estamos. Seguimos igual. No queremos cambiar el mundo, solo que la gente se divierta”, concluye Maronna. 50 años después, los teatros están más llenos que nunca con las nuevas generaciones que no quieren perderse a Les Luthiers.