Lucinda Ruiz, el gran apoyo de Hugo Gutiérrez Vega

Lucinda Ruiz, el gran apoyo de Hugo Gutiérrez Vega

Por Elena Poniatowska

 

Lucinda Ruiz, esposa de Hugo Gutiérrez Vega, murió el pasado 11 de junio y ha sido una tristeza no poder despedirme de ella. También debe haberlo sido para quienes tuvimos el privilegio de visitarla en su modesto departamento de Copilco. Era fácil adivinar que, ya sin Hugo, Lucinda no viviría mucho porque lo hacía para él. Su ilimitada capacidad de entrega tenía un solo nombre: Hugo Gutiérrez Vega. Era una hermosa mujer, capaz de conmoverse por los demás. Vista de lejos, en la calle era imposible no preguntar: “¿Quién es?” Estatua de sí misma, de tacones altos hubiera sido más alta que el poeta, que también era alto y guapo. Juntos, hacían una pareja cautivadora. Lo más cautivador era que estaban dispuestos a correr riesgos. Exponerse siempre fue parte de su vocabulario de vida. Son pocos los que se la juegan y esta bella pareja se la jugó. Caminaban abrazados pero también abrazaban su riesgo.

 

“Nos conocimos en Querétaro –me contó Lucinda–. Su padre, en segundas nupcias, se casó allá en Queré-taro y la media hermana de Hugo era mi compañera de secundaria; íbamos juntas a la escuela. Hugo me veía pero no se acercaba. Era muy guapo. En un mitin del pan me in-vitó a tomar un refresco. Él era de la juventud panista, jefe de un grupo de jóvenes tapatíos que querían cambiar el país y creían en gente tan decente como Manuel Gómez Morín y Efraín González Luna. La salvación de México fue uno de sus sueños. Era muy buen orador. Cuando fue rector de la Universidad de Queré-taro fundó la clase de oratoria.

 

”Nos casamos en octubre de 1960. Tuvimos que salir de Querétaro por el pleito del patio barroco. Hugo pidió el patio del exconvento jesuita (parte de la Universidad) a Patrimonio Nacional para restaurarlo, porque el cura criaba ahí cerditos y gallinas. El obispo azuzó en misa a la gente contra él, acusándolo de ‘comunista que se botaneaba las hostias y lazaba a los santos’. La multitud enardecida fue a atacarlo a la Universidad con machetes, palos y piedras al grito de: ‘¡Arriba Cristo Rey, abajo los comunistas!’ Hugo salió de la Universidad. Debo contarte que la sociedad queretana también se disgustó con él porque abrió la Escuela de Psicología y les dijo a los muchachos que no era pecado masturbarse. En una ciudad tan mocha como Querétaro, imagínate lo que fue eso, ¡una re-volución! Los estudiantes lo defendieron con bombas molotov. Entonces Hugo decidió: ‘Si lo que quieren es mi cabeza, me voy.’ En lugar de reelegirse salió de Rectoría y viajamos con nuestras dos hijas y yo embarazada de la tercera, Mónica, a Roma porque lo nombraron agregado cultural. Tenía yo 22 años y Hugo 27.

 

”El embajador de México en Italia era el papá de Carlos Fuentes, don Rafael Fuentes. La vida en Roma fue muy bonita, pero a Hugo lo nombraron de nuevo en la terna para la rectoría y lo eligieron y regresamos a Querétaro, ahora sí con nuestras tres hijas, Lucinda, Fuensanta y Mónica. Toda mi familia vive allá. Después de un tiempo, Hugo ya no quiso reelegirse y viajamos al Londres de los Beatles y de Janis Joplin. Mis hijas ahora me dicen: ‘¡Qué lástima que no éramos más grandes en Londres, mamá, porque nos perdimos todo eso!’”

 

Hugo hablaba italiano, inglés, francés, un poquito de griego, unas palabritas de rumano.

 

“Si en Italia me creían romana, en Londres fui inglesa. Duramos cuatro años y medio sin regresar a México porque el servicio diplomático no lo permitía por falta de fondos. Mis hijas, por supuesto, iban a una escuela pública: Mónica era amiga de una negrita y Lucy era amiga de una niña cuyo papá era un cocinero italiano.

 

“Monsiváis vivió con nosotros. En la mañana lo llamaba: ‘Carlos’, y siempre se sobresaltaba, por más suavecito que lo tocara para despertarlo. Cuando tenía hambre me decía: ‘Lucinda, dame tamal.’ Tamal era todo lo que fueran quesadillas, tacos, tostadas. Él no se hacía ni un café. Así lo acostumbró su mamá. Cuando se fue de la casa me dijo: ‘Lucinda, vivir en tu casa ha sido para mí una experiencia irrepetible, nunca volveré a vivir con niños.’ Además de dar clases, Hugo y él iban al cine todas las noches. De Londres regresamos a Mé-xico porque Henrique González Casanova le pidió a Hugo que dirigiera la Casa del Lago.”

 

Buen actor, buen director, siempre tuvo nostalgia de enseñar teatro, aunque en Londres lo hizo y en Italia también. Fundó el Teatro Latinoamericano de Roma.

 

“De la Casa del Lago pasó a ser jefe de Difusión Cultural de la unam hasta que lo nombraron consejero cultural en Madrid. Después nos tocó Washington y Río de Janeiro y Atenas y Puerto Rico, sin volver a México ni de vacaciones. En Grecia, Hugo ya era embajador y permanecimos allá siete años y medio.

 

”Hugo amaba a México. Recorrió España de norte a sur y de este a oeste en su Fiat para dar conferencias y difundir nuestra cultura. Los españoles alegaban: ‘Es que los mexicanos no nos quieren.’ Hugo respondía: ‘Rompimos con un gobierno con el que no podíamos estar de acuerdo, pero jamás rompimos con España.’ Se hizo amigo de intelectuales como Luis Rosales, Félix Grande, Paca Aguirre. Félix Grande escribió un libro sobre el asesinato de García Lorca, La calumnia, y Luis Rosales vivió con la pena de ser acusado de delación pero era una gente absolutamente incapaz de delatar a nadie.

 

”Cuando se presentó el libro Noticias del imperio, de Fernando del Paso, Rafael Tovar dijo: ‘Y Santa Socorro pasando todo a máquina.’ Al igual que Socorro, la mujer de Fernando, pasé toda la tesis de Hugo a máquina cuando no había computadoras sino Remingtons de un original y cinco copias. Si cometías un error tenías que volver a mecanografiar toda la hoja.”

 

Gutiérrez Vega pudo hacer todo lo que se propuso gracias a Lucinda. Imposible desligarlo del amor de su mujer, de la alta fuerza de su mujer, y ahora que ella ha muerto, pretendo recordarla aunque sea con este mínimo homenaje, ya que a Hugo también le habría parecido justo que se tomara en cuenta a Lucinda, unida a él en ese gran riesgo que se corre y se llama vivir.

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