Lumaltok tiene tres discos y va por un cuarto; ha tocado en el Vive Latino y el Cervantino.

Lumaltok tiene tres discos y va por un cuarto; ha tocado en el Vive Latino y el Cervantino

Cantamos en tzotzil porque es nuestra lengua; somos gente común

Sus temas hablan de problemas que aparentan ser sólo de su pueblo, pero cuando los analizas están en todo el mundo, son globales, afirman los integrantes del grupo de Zinacantán

Elio Henríquez

La Jornada

Zinacantán, Chis.

La música y el ritmo del grupo de rock en tzotzil Lumaltok son suaves y a la vez vertiginosos, como la neblina, y con ello hace honor a su nombre.

Las letras de sus canciones, dicen sus integrantes, hablan principalmente de lo que ven en el pueblo, de la vida diaria y lo que son, piensan y escuchan; de problemas que aparentan ser sólo de este pequeño pueblo, pero cuando los analizas están en todo el mundo, son globales. De eso parten siempre nuestros temas.

Lumaltok (neblina en tzotzil) nació hace nueve años en Zinacantán (ubicado a 10 kilómetros de San Cristóbal de las Casas) y está formado por Zanate, vocalista y guitarrista, Sergio y Moisés, bajistas. Ha grabado tres discos, uno de ellos compilatorio. Son dos de 10 canciones cada uno y esperan grabar un cuarto este año. Se ha presentado  en festivales como en el Vive Latino y el Internacional Cervantino, así como en muchos escenarios de Chiapas y de otras entidades.

–¿Por qué el grupo se llama Lumaltok?

Respondió Zanate: “Un día estábamos pensando qué nombre poner al grupo y con una lluvia de ideas nació el nombre de neblina. Queríamos algo fácil de decir y Sergio propuso Lumaltok. No pensamos que iba a tener un significado, pero así nació. Después nos dimos cuenta de que el nombre era parte de nuestro entorno diario.

Parte de la vida diaria en los Altos de Chiapas

–¿Su música tiene que ver con la neblina?

–Sí, la neblina forma parte de nuestra vida diaria en los Altos de Chiapas y de alguna forma nos inspira también, porque tratamos de transmitir nuestro nombre con nuestra música; por esa razón hacemos ésta en tzotzil y a nuestro estilo; la hacemos como queremos, nadie nos dice cómo.

–¿Qué busca Lumaltok al cantar en tzotzil?

–Como somos hablantes de esa lengua dominamos más el tzotzil que el español; cantamos en nuestra lengua, porque la dominamos más y somos gente común, no somos poetas ni escritores, sólo hacemos música.

–¿Componen sus canciones?

–Sí. Nosotros dos (Zanate y Sergio).

–¿Qué sueña Lumaltok.

–No sé. Seguir tocando, me imagino. Es lo que uno quiere como músico, pero es difícil ser independiente. Nuestro sueño es seguir tocando y no dejar la música nunca.

–¿Tiene futuro un grupo de rock en tzotzil en tiempos de globalización?

–Trabajamos en eso.

–¿Se puede ser exitoso tocando música en tzotzil?

–No estamos seguros, pero eso buscamos. El éxito depende de muchas cosas. A veces somos una de las bandas no muy valoradas, tal vez otros grupos tengan un poco más prioridad y credibilidad que nosotros, pero…

–¿Falta de promoción?

–Quizá sí, o no estamos en el gusto de la gente de ahora. Pero eso nos inspira a seguir.

–¿Qué tipo de rock tocan?

–De todo un poco: blues, rock clásico; lo que podemos, nada nos limita a un sólo género, sino lo que nazca. Eso hemos hecho durante nueve años, tocar lo que queremos. No interpretamos acústico ni trova, no va con nosotros.

–¿A qué aspiran?

–A crecer y tocar fuera ante la mayor cantidad posible de gente.

–¿Escucha su música la gente de Zinacantán?

–En los pueblos no se escucha esta música, sólo algunos jóvenes y algunos mayores, pero no hay difusión aquí. Menos para nosotros que la hacemos más ruidosa y a mucha gente no le gusta, no digo que a toda en Zinacantán. No hemos llegado mucho a nuestro pueblo. Una que otra vez nos hemos presentado aquí.

Aseguraron que les gusta la música tradicional que escuchan en rezos y ceremonias de Zinacantán, la cual es como meterse en trance un rato.

Para Enrique Pérez López, director del Centro Estatal de Lenguas, Arte y Literatura Indígenas, Lomaltok es distinto a otros grupos que tocan rock en tzotzil porque su música, su ritmo retoman conocimientos, palabras, elementos, lenguaje y la cultura de la lengua.

En entrevista, agregó: Su ritmo se aleja de la música autóctona de otras bandas que combinan una fusión. Lumaltok se mete de lleno a la música en tzotzil con un estilo propio.

El ritmo del grupo, concluyó, es como la neblina: suave cuando baja y vertiginosa cuando sube por el viento y envuelve todo el ambiente; es como un juego de armonía suave y un torbellino.

El huerto prehispánico de los mejores…

El huerto prehispánico de los mejores restaurantes de Ciudad de México

Una pequeña chinampa acoge una reunión internacional de cocineros para celebrar la biodiversidad

DAVID MARCIAL PÉREZ

México

El País

Cuando era un niño, al superchef peruano Gastón Acurio le gustaba mucho una tableta de chocolate de una marca local. Con los años, la empresa familiar fue engullida por una multinacional del dulce y el porcentaje de cacao en la tableta se diluyó hasta convertirse casi en un sucedáneo marrón. Para resarcir su pasión infantil, y demostrar la victoria poética de lo tradicional frente a la industria, decidió hace poco preparar las dos recetas: se las daría a probar a 100 niños peruanos y ellos decidirían cuál les gustaba más. Sólo dos niños eligieron la receta hecha con cacao de verdad.

“Estamos en medio de una batalla para definir nuestros hábitos de consumo y cuál será su impacto en el futuro de la humanidad. Las grandes marcas y su publicidad son capaces de inocular en el consumidor qué es lo que está rico y lo que no. Los pequeños productores no tienen márquetin. Somos los cocineros con recursos y prestigio los que tenemos la responsabilidad de promover un mundo más equilibrado y diverso. En la batalla entre el márquetin y la tierra tenemos que ser más seductores que ellos”, dijo este martes Acurio, primera espada del boom de la cocina latinoamericana, durante la reunión anual del Basque Culinary Center (BCC) celebrada en Ciudad de México.

Esta peculiar universidad de la gastronomía, impulsada desde hace ocho años por el Gobierno vasco y los chefs más laureados del mundo, decidió este año celebrar la biodiversidad desde una de las joyas ecológicas mexicanas. Xochimilco, declarado Patrimonio de la Humanidad desde hace 30 años, es un vestigio de la majestuosa ciudad-lago de Tenochtitlán, la capital del imperio mexica sobre la que se levantó, conquistada y desecada, Ciudad de México.

Pujol, Quintonil, Rosetta, Contramar o Máximo Bistrot compran sus verduras en este viejo y húmedo vergel

Más de 100 kilómetros cuadrados de agua dulce y poca profundidad –apenas cuatro metros– que los xochimilcas, uno de los pueblos aliados de Cortés en contra de los mexicas, fueron convirtiendo en un entramado de canales trufado por islas flotantes de caña y lodo: las chinampas. “Se trata básicamente de tierra ganada al lago. Pero la peculiaridad es que se trata quizá del único ecosistema que mejoró tras la intervención humana”, explicó sobre el terreno Antonio Murad, uno de los fundadores de Yolcan, los huéspedes del evento del BCC y el huerto de algunos de los mejores restaurantes de la ciudad.

Pujol, Quintonil, Rosetta, Contramar o Máximo Bistrot compran sus verduras en este viejo y húmedo vergel, un poco más grande que un campo de fútbol, del que nacen hasta 6 variedades distintas de betabel, ocho de lechuga, tres de mostaza o 4 de kale, la col rizada oriental de moda en occidente.

Con supervisión científica -del Instituto Politécnico Nacional-, la chinampa ha ido depurando el modelo prehispánico de cultivo ecológico. La entrada a la isla, ya fija tras siglos de empastes naturales, es como un laboratorio. De una cuadrícula de lodo seco y mejorado con harina de roca, minerales y abono natural sobresalen tallos de colores. El agua para el riego, amenazada por la contaminación creciente de la ciudad, es también filtrada de manera natural. Primero, a través de las paredes de varios pozos tamizados con arena y graba. Después, con algas naturales que regulan el ph, fijan nitrógeno y el oxígeno.

En canoa, unos 800 kilos de verduras y hortalizas viajan hasta almacén al pie del canal. Desde allí, dos furgonetas las distribuyen a los templos de la alta gastronomía mexicana. Un kilo de betabel sangre de toro cuesta aproximadamente 35 pesos, holgadamente por encima del precio de un mayorista convencional. “El precio –añade Murad– lo determina el trabajo en la chinampa y el mercado. Aún hay muy poca demanda para este tipo de producto y aún menos oferta”

Para Acurio, con restaurantes en más de una docena de países, no se debe juzgar “a los cocineros que no estén en esta trinchera, pero no es necesariamente más caro. Quizá sí al principio, pero hay que considerar ese gasto como una inversión. Es necesario construir cadenas por las que tú como cocinero te conviertes también en distribuidor de productos que además son mágicos y únicos”.

Michel Bras, el francés de 71 años precursor de la cocina verde y que aún sale a pasear por el huerto alrededor de su emblemático Le Suquet, cerró el evento invitando a desenterrar alguna vez una zanahoria para poder “sentir ese maravilloso aroma a anís” o escuchar el canto de los calabacines frescos “que vibran alegras” y con los que “no se debe hacer un puré, sino algo más lírico”

Halladas unas partituras perdidas de Gustav Holst, autor de ‘Los planetas’

Halladas unas partituras perdidas de Gustav Holst, autor de ‘Los planetas’

Las obras han aparecido en Nueva Zelanda, pero nadie sabe cómo llegaron hasta allí los originales en perfecto estado

JESÚS RUIZ MANTILLA

Madrid

Como en una extraña conjunción planetaria, han aparecido en Nueva Zelanda unas partituras desconocidas de Gustav Holst. Se trata de unas composiciones de corte folclórico, Somerset Folk Songs, llevan por título, y unas canciones sin palabras que datan de 1906. El diario británico The Guardian ha dado cuenta del descubrimiento, además del asombro por el hecho de que hayan llegado allí y se encuentren en perfecto estado.

Holst ha pasado a la historia de la música como el autor de la suite Los planetas. Fue compuesta en plena primera guerra mundial y mostraba su interés en la influencia del horóscopo, pero ha sido reivindicada a lo largo de los años como una llamada de atención ante las diversas escaladas bélicas. A esa demostración de dominio sinfónico, Holst, que murió en 1934, unió un gran interés por el folclore. De hecho, se le considera junto a su amigo Ralph Vaugham Williams, un exponente del nacionalismo musical británico, aunque también un modernista agresivo.

Diversos expertos y los responsables del legado del autor han valorado el descubrimiento como algo sobresaliente”

Juntos recolectaron buena parte de un acervo desconocido entre las tradiciones inglesas y ahí debemos colocar la importancia del nuevo descubrimiento. Las partituras se encontraban en la biblioteca de Bay of Plenty Symphonia, una orquesta e institución musical, cercana a North Island. No mostraban apenas ni un rasguño, comentó Bronya Dean, experta en música local. Ella ha sido la encargada de cotejar la caligrafía en los originales con los manuscritos que se encuentran en el archivo del autor en Inglaterra.

Las piezas aparecidas fueron estrenadas en su tiempo. Concretamente en 1906, dirigidas por el propio Holst e interpretada por la City of Bath Pump Room Orchestra. Al parecer, el propio autor desechó el resultado, pero aprovechó algunos restos para su obra A Somerset Rapsody, que data de 1907. Esta sigue interpretándose en la actualidad, aunque no tanto como Los planetas. La raíz de aquello, en cambio, quedó enterrada hasta hoy. Pero revivirán en los próximos meses, cuando la orquesta de la Bay of Plenty Symphonia las interprete, tal y como han anunciado.

Diversos expertos y los responsables del legado del autor han valorado el descubrimiento como algo sobresaliente y pronto contarán con ellos de vuelta a su país de origen. Los responsables de la institución donde han sido hallados han mostrado su disposición a devolverlos.

Los 10 mejores destinos asiáticos del año

Los 10 mejores destinos asiáticos del año

De China a Indonesia, países y regiones que conviene visitar lo antes posible porque se pondrán de moda

LONELY PLANET

El País

Asia suele ser el primer destino para los grandes viajeros. Es la meca de los mochileros en busca del gran viaje iniciático, escenario perfecto –y barato– para deambular en los años sabáticos y escapada exótica segura para el todo el mundo. Lonely Planet acaba de publicar su ranking anual Best in Asia 2017, con los diez nuevos destinos asiáticos que conviene visitar antes de que se pongan de moda. Paisajes casi surrealistas, como los de Gansu (China), países en los que probablemente no habías pensado hasta ahora, como Kazajstán, o barrios nuevos que los gourmets internacionales han puesto de moda, como Keong Saik en Singapur. 10 experiencias increíbles para lo que queda de año, que incluyen antiguos territorios cargados de historia, islas sublimes y ciudades que cambian a velocidad de vértigo.

Gansu (China)

Para los expertos en Asia de Lonely Planet, la provincia de Gansu es el gran destino asiático que conviene descubrir cuanto antes. Esta región china de montañas nevadas y paisajes llenos de contrastes, que se estira del centro al norte del país, forma parte de la Ruta de la Seda. Fotos alucinantes garantizadas para nuestra cuenta en Instagram en lugares como las montañas de Xiahe o las coloristas estribaciones del geoparque de Danxia. Además, la zona es famosa por su gastronomía local: aquí se elaboran fideos artesanales al estilo Lanzhou, apreciados por los buenos gourmets.

En Gansu, encontraremos de todo: tradiciones de la mítica Ruta de la Seda, glaciares y senderos para los más aventureros que hasta ahora solo frecuentaban los nómadas tibetanos, y destacados enclaves budistas como el monasterio Bingling, que conserva su atmósfera mística vigilado por el buda gigante, o las Mogan Grottes, el gran centro del arte budista que (de momento) no recibe demasiadas visitas. En Gansu sorprende la diversidad étnica: musulmanes en Línxià; tibetanos en Xiàhé y Lágmùsì, y otros grupos minoritarios como los bao’an y los dangxiang que completan el mosaico.

Yokohama y Kamakura (Japón)

Al sur de Tokio, visitada cada año pro millones de visitantes, dos ciudades aguardan a ser descubiertas por el turista occidental: Yokohama y Kamakura. La primera de ellas, situada en una gran bahía, es la segunda ciudad más grande de Japón, a solo 20 minutos en tren de la capital nipona. Yokohama merece una visita por su peculiar arquitectura, sus restaurantes y microcervecerías, los clubes de jazz y los nuevos proyectos de arte contemporáneo que se están desarrollando. Como curiosidad, dos museos de esta ciudad rinden homenaje al humilde noodle: el museo del Ramen, centrado exclusivamente en estos fideos de origen chino que vuelven locos a los japoneses, y el Cup Noodles Museum, dedicado a los ramen instantáneos, invento de un tal Momofuku Ando en 1958. Al final de la visita, cada uno puede hacer sus propios fideos, diseñar incluso el envase y llevárselo herméticamente cerrado a casa, listos para comer.

Kamakura fue la primera capital feudal de Japón. Está a una hora de Tokio y conserva una alta concentración de templos y santuarios imponentes, muchos de los cuales ofrecen sesiones de meditación zen abiertas a los no iniciados. Pero la ciudad se ha hecho famosa, curiosamente, como destino surfista, que complementa con buenos cafés y restaurantes ecológicos, así como con un una simbólica (y gigante) estatua de Buda. Sus playas, junto con la meditación al amanecer y las excursiones por la montaña, son actualmente sus principales atracciones.

Norte de Kerala (India)

Las playas del sur de Kerala son, desde hace décadas, uno de los grandes destinos viajeros en Asia, pero lo que está por descubrir es la región norte del estado indio, repleta de encanto rural. Además de sus arenales maravillosos y poco explotados, aquí sorprenden las danzas y rituales theyyam, que se consideran anteriores al hinduismo y se originaron a partir de bailes folclóricos celebrados durante las fiestas de la cosecha. Los turistas son bienvenidos, aunque no se trata de un espectáculo artístico, sino de un ritual religioso.

Coincidiendo con el 70 aniversario de la independencia de India, la inauguración de un nuevo aeropuerto internacional en Kannur –el más grande de Kerala– dará acceso a nuevas playas casi vírgenes para el turismo occidental, como las que rodean Kannur, Thottada y Bekal. El alojamiento en ellas sigue siendo local, como hotelitos caseros mucho más baratos que en el sur de Kerala.

También hay que descubrir la reserva de fauna de Wayanad, un verdadero paraíso para los elefantes salvajes, así como Valiyaparamba, punto donde confluyen cinco ríos cuyas orillas rebosan de palmerales de verde intenso.

Keong Saik (Singapur)

También las ciudades que todos los viajeros visitan, como Singapur, pueden reconvertirse en un destino completamente diferente. Esta urbe, casi futurista, redescubre nuevos ángulos como Keong Saik, antiguo barrio rojo, al oeste de Chinatown. Un rincón incluso peligroso en otros tiempos –con altos índices de delincuencia– que se ha convertido en el barrio de moda, el paradigma del “Nuevo Singapur”. Sus edificios coloniales de estilo art-déco acogen ahora restaurantes de cocina fusión creativa, una pequeña meca para el turismo foodie. Hay que pasearse por calles como Neil Road y Tek Lim Road para comprobar el nuevo estilo y espíritu del barrio (y de la ciudad), con locales de carta exquisita como Meta; azoteas con vistas fantásticas de la ciudad y coctelerías tan elegantes como Potato Head Singapore. Incluso toparemos con sorpresas como Burnt Ends, la propuesta de un chef australiano, famoso por sus hornos de leña y sus parrillas, que puede resultarnos familiar: Dave Pynt aprendió del maestro Víctor Arguinzonitz, chef del Asador Etxebarri, algo palpable en su paletilla de cerdo, la mermelada de ternera y los encurtidos sobre pan de masa madre asado. También hay nuevas propuestas de alojamiento: frente a los grandes establecimientos de cadenas internacionales, en Keong Saik encontraremos nuevos hoteles boutique de lo más chic, como Naumi Liora.

Astana (Kazajistán)

Incluso a los grandes viajeros, esos que han recorrido todo el mundo, les quedan países por visitar. Hay muchas probabilidades de que Kazajistán sea uno de ellos. Ahora su capital suena más que nunca, dispuesta a convertirse en una nueva opción viajera para conocer algo diferente. Astana está en medio de una inmensa y vacía estepa y se alza, de repente, como una ciudad súper moderna de cristal y acero y rascacielos dorados. Presume, por ejemplo, de tener la marquesina más grande del mundo y de otros récords estrafalarios que han podido permitirse gracias al petróleo y la visión futurista de su particular presidente, Nazarbayev, empeñado en convertir esta ciudad anodina en un lugar atractivo. Uno de los edificios más simbólicos es el Palacio de la Paz y la Reconciliación, una pirámide de cristal proyectada por Norman Foster que alberga una ópera de 1.500 localidades, instalaciones educativas y un centro nacional para los distintos grupos geográficos y étnicos kazajos.

Este año Astana alberga, de junio a mediados de septiembre, la World Expo dedicada a las energías sostenibles. Además, a partir de 2017 ciudadanos de 45 países (incluidos Estado Unidos, Canadá, Australia y los estados de la Unión Europea) podrán tener visados para estancias de más de 30 días. Mientras, el país sigue modernizándose y su capital contará pronto con un servicio de tren ligero y nuevas líneas de autobuses.

Takayama (Japón)

A esta ciudad tradicional, que apenas ha cambiado desde hace tres siglos, hay que viajar cuanto antes. Comienzan a llegar los primeros vientos de cambio: una nueva construcción de cemento gris acaba de sustituir a su antigua y encantadora estación de tren y ya hay turistas deambulando por unas calles en las que hasta hace muy poco solo se escuchaba hablar japonés. Pero Takayama todavía representa el viejo Japón y su forma de vida: los discípulos del templo (deshi) barriendo y rastrillando la gravilla y abriendo las puertas para que entre el sol; tenderos y artesanos esperando pacientes al comprador en sus puertos del mercado; antiguos puentes que cruzan sobre el sereno río que atraviesa la ciudad y el colorido Takayama Matsuri –uno de los grandes festivales primaverales de Japón–, que mantiene su atmósfera tradicional: linternas y globos de papel rojo y dorado sobre el agua, adornado todo con muñecas mecánicas (karakuri mingyo).

Escondida en la montañosa región de Hida, en el centro del país, Takayama invita a un viaje al Japón del siglo XVII, a la cocina más enraizada o a viviendas históricas (que se pueden visitar) en Hida-no-sato, una villa tradicional del periodo Edo.

Xi’an (China)

De todos los destinos incluidos en este ránking asiático, Xi’an es, probablemente, el más turístico. Casi todos los circuitos por China incluyen la visita a sus famosos guerreros de terracota, e incluso muchos viajes por la antigua Ruta de la Seda arrancan en Xi’an, su punto más oriental.

Esta ciudad de casi tres mil años, que conserva toda su vitalidad comercial de antaño –las callejuelas del laberíntico barrio musulmán todavía se llenan de vendedores ambulantes de todo tipo–, ha promovido durante los último años que la Ruta de la Seda sea declarada patrimonio mundial por la Unesco. Bajo riesgo de que se convierta en Disneylandia, conviene anticipar una visita –los famosos guerreros cumplen este año 30 años como patrimonio mundial), recorrer en bicicleta las murallas de la ciudad, llegar ante la tumba del emperador Jingdi, contemplar a lo lejos los míticos picos de Hua Shany lanzarse a descubrir los alrededores. Estamos en la provincia de Shanxi, el origen de todo lo chino, capital de la dinastía Quin, una región repleta de tesoros arqueológicos y de vestigios del pasado.

Sri Lanka

La imagen más conocida de la antigua Ceilán son sus playas de arena dorada, pero Sri Lanka tiene otra cara diferente: la de sus montañas y la neblina disolviéndose poco a poco para dejar al descubierto plantaciones de té color esmeralda, bosques y montes aislados. Son las tierras altas de la isla, una refrescante huida en la que abrigarse con una chaqueta de lana durante el día y acurrucarse junto al fuego por la noche. Solo hay que montar en un tren y poner rumbo a Kandy, introducción perfecta a la idílica región de Hill Contry.

En el centro urbano, de casas y hoteles coloniales, los tuk-tuks derrapan al doblar las esquinas, esquivando a las mujeres envueltas con saris de seda multicolor. Kandy fue la capital del último reino cingalés, que sucumbió a los británicos en 1815 tras resistir tres siglos frente a portugueses y holandeses. Actualmente conserva concurridos mercados callejeros y restaurantes que sirven platos auténticos. El tiempo pasa rápido entre su lago, que preside la ciudad, sus museos y sus jardines botánicos, aunque lo que todo el mundo visita es el Diente de Buda.

En los alrededores se despliegan colinas verdes tapizadas de plantaciones de té y vistas espectaculares, como las asombrosas alturas del Fin del Mundo o la cima sagrada del pico de Adán. Otros puntos de interés son el pueblo de montaña de Nuwara Eliya, importante enclave colonial británico que conserva buenos hoteles y nostálgicos salones de té de aquella época, así como la pequeña localidad de Ella, punto de partida de muchas excursiones por la zona que culminan en los atractivos cafés de excelente comida casera en su calle principal.

Malaca (Malasia)

Cuando Kuala Lumpur era un pantano y Penang todavía no se había convertido en la Perla de Oriente, Malaca ya era uno de los puertos más importantes del sudeste asiático. Luego perdió su estatus frente a Singapur, pero gracias a ello su arquitectura antigua ha quedado a salvo y fue declarada patrimonio mundial en 2008. Reconvertida en uno de los grandes atractivos turísticos de Malasia, han florecido en ella hoteles boutique y restaurantes. Ahora el foco está en el río Melaca, con sus paseos en barca y futuros taxis acuáticos que enlazarán la estación de autobuses con el centro. También junto al río surgen nuevas galerías de arte, como Zheng He Duo Yun Zuan, dividida entre dos almacenes reconvertidos, o el Trash & Treasure, un mercadillo que se celebra cada fin de semana junto al agua.

Lo imprescindible en Malaca es saborear la mezcla de cocinas malaya, portuguesa e india en alguno de sus excepcionales restaurantes; visitar los talleres de artesanía con sus artesanos en acción en Chinatown; disfrutar del bullicio y la comida callejera en el mercado nocturno de Jonker o dar un paseo por el centro histórico en los llamativos trishaws. Después habrá que dar un paseo por Kampung Chitty para disfrutar de sus templos y contemplar la puesta de sol por encima de la Masjid Selat Melaka, la imponente mezquita flotante de la ciudad.

Raja Ampat (Indonesia)

Incluso un país tan aventurero como Indonesia tiene una última frontera: Papúa, la mitad de la segunda isla más grande del mundo, Nueva Guinea. Allí, frente a la costa de Sorong, encontraremos ese lugar remoto, el archipiélago de Raja Ampat, al que cada vez llegan más viajeros occidentales. Son unas 1.000 islas, casi deshabitadas, pero con un impresionante paisaje selvático, playas de arena blanca, lagunas ocultas, cuevas y, sobre todo, unas maravillosas aguas azul turquesa.

Quienes han visto este lugar asegura que es uno de los archipiélago más hermosos del sureste asiático, también bajo el agua. Son sobre todo buceadores quienes proclaman unánimemente que una inmersión en estas aguas es como un sueño hecho realidad, como nadar en un acuario tropical. Hay más de 200 puntos de buceo casi intactos y algunos de los arrecifes de coral más ricos y diversificados del planeta.

Las novelas de Jane Austen

En las novelas de Jane Austen, aparentemente de costumbres, hay espacio para tratar la esclavitud, los abusos sexuales, las teorías evolutivas y los derechos de las mujeres

El País

ANDREA AGUILAR

Fama y prejuicio

Cabe pensar que la única “verdad universalmente reconocida” en torno a Jane Austen casi empieza y acaba en la famosa frase con la que arranca su novela Orgullo y Prejuicio, aquella irrefutable asunción de que “un hombre soltero con fortuna debe estar buscando una esposa”. El 18 de julio se cumple el bicentenario de la muerte de la autora británica a los 41 años, una novelista cuya fama póstuma y entregados seguidores la convierten en una especie de estrella de rock literaria, un icono cultural que despierta agitadas pasiones. Sus devotos lectores entablan con ella una peculiar intimidad, y sienten un extraño esnobismo o derecho de propiedad que podría resumirse en un “a mi Jane no me la toquen” o “esa pandilla de fans cursis realmente no entienden su obra”. El enconado debate sobre la “lectura correcta” de su obra, su abaratamiento o transformación en un producto pop y equivocadamente ligero, es algo tan clásico como los trajes de corte Imperio que lucen sus heroínas en las recurrentes adaptaciones cinematográficas y televisivas de sus seis libros. Ya dijo Virginia Woolf que “cualquiera que tenga la temeridad de escribir sobre Jane Austen es consciente de que hay 25 señores mayores residentes en la ciudad de Londres que se resienten ante cualquier matiz sobre su genio, como si fuera una afrenta a la castidad de sus tías”.

Su advertencia no ha sido muy tenida en cuenta. El chorro de estudios y libros sobre la vida, obra, milagros, estilo, costumbres, cocina o paisajes del universo de Austen ha sido y es imparable. Gran Bretaña imprime este año billetes de 10 libras con su rostro; Winchester, en cuya catedral está enterrada la escritora, acoge una gran exposición; y en español aparecen ediciones conmemorativas de sus novelas (Alianza y Penguin Classics), y por primera vez la colección completa de su correspondencia Cartas (dÉpoca Editorial) y sus escritos juveniles, Amor y Amistad (Alba).

Pero lo cierto es que la brillante, doméstica y ocurrente Jane pronto se convirtió en carne de polémica. Citada como ejemplo por los parlamentarios conservadores en el siglo XIX en su defensa de las sanas tradiciones inglesas frente a la amenazadora modernización. Blandida como defensora de las mujeres por las sufragistas. Acusada de ser la creadora de estereotipos masculinos hiper heterosexuales. “¿Hay otros escritores que parezcan tan vulnerables a ser amados por tanta gente por los motivos equivocados?”, se lamentaba Henry James ya en 1905.

 Fama y prejuicio

En Jane Austen, The Secret Radical (Jane Austen la secreta radical), la académica de Oxford Helena Kelly avanza su teoría sobre los motivos que se esconden tras la equivocada, inocua y popular visión de la novelista, antes de reclamar una lectura más profunda. Atención al contexto y al puro texto, advierte Kelly en el nuevo libro, aparecido también al calor del aniversario.

Nacida en diciembre de 1775 en el pequeño pueblo de Steventon en Hampshire, la séptima de ocho hijos de un pastor, Jane pasó cinco años en Bath y tres en Southampton, y salvo periodos vacacionales, y ocasionales visitas a parientes, residió la mayor parte de su vida en el condado donde nació. Nunca se casó. Entre finales de 1811 y 1815 publicó cuatro novelas (Sentido y sensiblidad, Orgullo y prejuicio, Mansfield Park y Emma). Otras dos (Nothanger Abbey y Persuasión) salieron a finales de 1817 cinco meses después de su muerte, con un prólogo de su hermano en el que presentaba la primera nota biográfica. “Jane, según Henry, no se consideraba una autora, no tenía una alta opinión de su trabajo y nunca pensó que llegaría al gran público. Tras ceder a la presión de su familia, estaba muy sorprendida del éxito”, escribe Kelly. Quizá Henry trataba de disimular la necesidad de dinero y proteger a su hermana, de paso ocultó que el primer manuscrito que vendió nunca fue publicado.

Ya dijo Virginia Woolf que “cualquiera que tenga la temeridad de escribir sobre Jane Austen es consciente de que hay 25 señores mayores residentes en la ciudad de Londres que se resienten ante cualquier matiz sobre su genio, como si fuera una afrenta a la castidad de sus tías”

Frente a su insistencia en que ella era una fiel seguidora de los principios de las iglesia, la académica repasa las tramas de sus novelas en las que los clérigos carecen de vocación, y esgrime el tiempo histórico en que fueron escritas. Austen nació cinco años después que el poeta romántico Wordsworth, un año antes de que arrancase la guerra de independencia en EE UU, y tenía 13 años cuando empezó la revolución francesa. Durante la mayor parte de su vida Gran Bretaña estaba en guerra, era una época de censura y vigilancia por parte del Estado. Las novelas de Austen —la única autora de este periodo que escribía sobre su tiempo de forma realista— son tan revolucionarias como los textos por los que Thomas Paine fue perseguido, sostiene la ensayista, pero han sido escritas con tanto arte que a menos que el lector esté buscando en el lugar correcto no lo verá. “Jane no era un genio que se me movía por inspiración sin pensar; era una artista que se comparaba a si misma con un pintor de miniaturas; en su trabajo cada pincelada, cada palabra, cada nombre de cada personaje, cada verso citado importa”, escribe Kelly, antes adentrarse en cómo en sus novelas, aparentemente de costumbres, hay espacio para tratar la esclavitud, los abusos sexuales, las teorías evolutivas y los derechos de las mujeres. Los dramas livianos en fabulosos salones esconden mucho más de lo que parece.

 Fama y prejuicio

Quizá la afirmación más extrema de Kelly sea que “las novelas de Jane no son románticas”, algo que enfurecería a millones de fans. Ellas y ellos son los Janeites, término inventado por George Saintsbury en 1894 y al que E M Foster confesaba estar adscrito (y por lo tanto ser “un poco imbécil”). La estadounidense Deborah Yaffe se acerca a este fenómeno en Among the Janeites: A Journey Through The World of Jane Austen Fandom (entre Janeites: un viaje por el mundo de los fans de Jane Austen). “Hubo un tiempo en el que declararte fan de Austen significaba que tenías un gusto refinado, la habilidad de disfrutar de una ironía mordaz, y de la caracterización sutil de los personajes. Hoy, probablemente, signifique que te ponen británicos apuestos en pantalones de montar a caballo”, escribe esta periodista, cuya investigación la lleva a clubs de fans, a bailes de época o a un pueblo donde una mujer superó una ruptura matrimonial escribiendo secuelas a las novelas de Jane.

En The Making of Jane Austen (la gestación de Jane Austen), la profesora de la Universidad de Arizona Devoney Looser se refiere a las hermanas Hill —la escritora Constance y la ilustradora Ellen— como dos insignes y visionarias Janeites que marcaron senda. En 1902 su libro Jane Austen: her homes and friends (Jane Austen: sus hogares y amigos) narraba una ruta de peregrinaje por los escenarios de la vida y la obra de Austen. Y aunque a finales de la década de 1860 un sobrino de Jane empezó a reunir material de sus familiares y escribió Memorias de Jane Austen, —surgió entonces el apelativo tía Jane, y Austen mutó en una especie de tía universal en el mundo anglosajón— fueron las Hill quienes delimitaron el camino de la compulsiva obsesión por acercarse a la escritora de Orgullo y Prejuicio. “La invención de Jane Austen ha sido y continua siendo una extravangaza bizarra, sin precedente social, ni literario, ni histórico”, apunta Looser.

Está claro que el matrimonio es el punto y final tradicional de las comedias, pero lo que realmente interesa a Austen son los malentendidos

Lo cierto es que cuatro años después de su muerte, Jane Austen ya era situada a la altura de Shakespeare por Richard Whateley, arzobispo de Dublin. “Su talento para la observación”, causó y causa sensación. También su extraordinario uso del diálogo. James Wood el crítico de The New Yorker la señala como gran maestra y pionera del discurso libre indirecto. Pero es en la veta teatral donde profundiza Paula Byrne en la edición ampliada de The Genius of Jane Austen (el genio de Jane Austen) que acaba de salir. Encuentra en la pasión de Austen por el teatro la clave para entender su obra. Jane a lo largo de toda su vida participó en producciones y montajes teatrales privados, y acudía con frecuencia a ver obras. “La visión popular que se tiene de ella es que era una novelista solo interesada en romances y casamientos. Está claro que el matrimonio es el punto y final tradicional de las comedias, pero lo que realmente interesa a Austen son los malentendidos y encuentros incongruentes que ocurren por el camino no el final feliz”, escribe.

Las interpretaciones, obsesiones y pasiones por el mundo de Austen parecen no terminar nunca. Buena causa para celebrar. Porque como se advierte en Emma: “Rara, muy rara vez la verdad completa forma parte de un intercambio; rara vez algo no acaba un poco disfrazado o un poco confundido”.

Inauguran En “El Estanquillo” – La Exposición “Monsiváis Y Sus Contemporáneos”

Inauguran En “El Estanquillo” – La Exposición “Monsiváis Y Sus Contemporáneos”

Merry MacMasters

 

Ciudad de México. El Museo del Estanquillo dará por concluidas las actividades organizadas para celebrar su décimo aniversario con la exposición Monsiváis y sus contemporáneos que será inaugurada el miércoles 19 en el recinto que resguarda y exhibe sus colecciones.

 

Como parte de los festejos, el pasado 24 de noviembre –el museo se inauguró el 23 de noviembre de 2006– , se abrió al público Los rituales de Carlos. Homenaje a Monsiváis y sus manías, muestra enfocada a resaltar la labor del escritor como cronista y coleccionista. Monsiváis y sus contemporáneos (no confundir con el grupo Los Contemporáneos) más bien lo recupera como hombre de letras al repasar su trayectoria profesional por medio de sus empresas culturales, expresó en rueda de prensa Henoc de Santiago, director del Museo del Estanquillo.

 

La exhibición, entonces, no sólo es un homenaje al autor de Amor perdido, sino también a aquellas personalidades con quienes promovió revistas y suplementos culturales como Sergio Pitol, Vicente Rojo, José Emilio Pacheco, Fernando Benítez, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, Gabriel García Márquez, José Luis Cuevas e Iván Restrepo.

 

Para Francisco Vidargas, curador de la exposición, “a Carlos lo tenemos un poco encasillado en el tema del cronista de la ciudad, del gran participante en movimientos políticos y sociales, la consciencia de México. Todos sabemos que Carlos fue un gran intelectual toda su vida, sin embargo también fue un promotor e impulsor de empresas culturales, aspecto que recupera la muestra”.

 

El recorrido se inicia con Carlos antes de Monsiváis que se centra en su formación como periodista y su participación en suplementos como México en la cultura y La cultura en México, dirigidos por Fernando Benítez, quien bautizó con el nombre La Mafia al grupo de Monsiváis, Cuevas y Fuentes. Las otras secciones son Empresas editoriales, El cine y la crítica, Por mi madre bohemios, Ateneo de Angangeo, …Y con ustedes, Los privilegios de la mirada y Y la redacción se despide.

 

La exhibición dedica media docena de vitrinas al trabajo periodístico de Monsiváis realizado con La Jornada, tanto en su edición diaria como en sus suplementos.

 

El Museo del Estanquillo se ubica en Isabel la Católica 26, Centro Histórico. La entrada es gratuita.

Fotografía de la exactitud

Fotografía de la exactitud

Las fotos de Irving Penn tienen una fuerza material cercana a la de la pintura, de una perfección inflexible pero limpia de frialdad o de amaneramiento

ANTONIO MUÑOZ MOLINA

El País

La posteridad ha empezado muy pronto para Irving Penn. Murió en 2009, a los 92 años, y este verano el Metropolitan de Nueva York le dedica una gran exposición con motivo de su primer centenario. Irving Penn ha sido nuestro contemporáneo, pero nos da la impresión de que vivió en otra época, quizás porque sus fotografías más conocidas irradian un sentido de la belleza, de la dignidad, de la concisión expresiva que no parece muy propio de este tiempo nuestro. Nosotros vivimos en un atolondramiento de imágenes digitales que se multiplican lo mismo en las pantallas mínimas de los teléfonos móviles que en las de los paneles publicitarios de las calles, de las estaciones, de los andenes del metro. Irving Penn tomaba sus fotos con una Rolleiflex de gran sofisticación mecánica, no apta para la rapidez ni la improvisación, y luego las revelaba él mismo según un procedimiento ya en época anticuado que se basaba en el uso no del nitrato de plata, sino de platino. Era un método que le permitía gradaciones más sutiles de tonos y pormenores más exactos, pero que exigía mucha destreza y mucha paciencia.

A la agudeza visual y al sentido inmediato de la composición de un fotógrafo, Irving Penn añadía la concentración y la perseverancia de un grabador. Trabajaba con la iluminación diurna y también con la oscuridad: en la presencia del modelo y en la soledad del cuarto de revelado. El resultado, en sus fotos, miradas de cerca, en las copias que él mismo hacía, es de una fuerza material cercana a la de la pintura, de una perfección inflexible y sin embargo limpia de frialdad o de amaneramiento. La lentitud y la máxima concentración del proceso se corresponden con una economía extrema, un concienzudo despojar tanto la imagen como el modelo de todo aquello que no tenga una justificación expresiva. En París, a finales de los años cuarenta, Irving Penn no tomaba sus fotos de moda para Vogue en escenarios palaciegos o exóticos. Alquiló un estudio en un viejo edificio sin ascensor, con un gran ventanal orientado al norte, y colgó en él un telón gris de teatro.

No había focos, ni esos despliegues y aparatos que acarrean ahora como porteadores los fotógrafos o sus asistentes, y que a mí me hacen acordarme de esas gigantescas baterías que usan las estrellas del rock con el objeto de producir mejor sus ritmos machacones. Estaba la modelo, el vestido, el fondo áspero y gris del telón, la rara luz blanca de París. Irving Penn fotografiaba a las modelos como a pájaros quebradizos y exóticos, como un ornitólogo de la belleza femenina y de los plumajes y las formas florales de la moda. Hay un éxtasis botánico en sus modelos vestidas con trajes de Balenciaga, una liviandad de vuelo inminente en sus perfiles de mujeres con sombreros de los años cincuenta que sostienen cigarrillos o copas de vino. Cuando retrató a Audrey Hepburn es como si al cabo de muchas vueltas y tanteos hubiera encontrado la presencia humana, la clase de belleza y estilo que llevaba muchos años queriendo precisar.

Fotografiaba a las modelos como a pájaros quebradizos y exóticos, como un ornitólogo de la belleza femenina y de los plumajes y las formas florales de la moda

Pero Irving Penn era una de esas almas sin sosiego que nada más lograr algo ya están apeteciendo lo contrario, que se desprenden de una maestría largamente perseguida en el momento en que la alcanzan: por aburrimiento, por recelo de sí mismos, por pura curiosidad indagadora. En 1950 fue a Lima para unas sesiones muy bien preparadas de fotos de moda, pero nada más terminarla viajó por su cuenta a Cuzco y tuvo la ocurrencia de alquilarle su estudio durante una semana a un fotógrafo local. Unos días antes estaba retratando a las mujeres más pálidas y más esbeltas y mejor vestidas del mundo. Ahora sus modelos eran los indios de los alrededores de Cuzco que venían a la ciudad a hacer compras o a vender sus mercancías modestas, o a trabajar en ella como cargadores. Con sus caras oscuras, sus rasgos quemados por la intemperie, sus ropas tradicionales o solo menesterosas, sus sandalias rudas, sus pies descalzos, esos indios de Cuzco tienen en las fotos de Irving Penn una dignidad solemne, una elegancia en la manera en que visten sus ropas pobres como harapos que nos impresiona más que las poses profesionales de la moda. Las modelos posan mirando al vacío, a la lejanía. Los campesinos de Cuzco miran a Irving Penn a la cara, erguidos frente a la cámara, intrigados y también temerosos, hombres y mujeres, niños que se toman de la mano, madres descalzas con un niño en brazos, extraños celebrantes de carnaval con máscaras como calaveras.

En cada caso, la austeridad de medios resalta el misterio de la presencia humana, las formas tan variables en las que el carácter, la cultura, la clase social, la entera relación con el mundo se manifiestan en la ropa, y también en las herramientas o los objetos que son la prolongación orgánica del cuerpo. A Irving Penn se le asocia sobre todo con la lujosa molicie de las fantasías de la moda, pero algunas de sus mejores fotografías son las que retratan a las personas que viven o que vivían de un oficio, los trabajadores manuales y al mismo tiempo muy especializados que ejercían una admirable meritocracia popular: un pescadero tan rotundo como un comerciante en un cuadro holandés, con su mandil y su pescado en una mano, con camisa y corbata; un carnicero de sonrisa inquietante, ya que en una mano lleva un hacha y en la otra una sierra; un desatascador de alcantarillas de Nueva York, un limpiador de cristales de Londres, un camarero de París, un trapero con su saco al hombro, un buzo con su escafandra como un casco glorioso a sus pies. En cada uno de ellos hay algo que ahora parece olvidado, el orgullo y la fatiga del trabajo material, el sentido de identidad personal que se deriva del dominio de un oficio. Cada trabajador en los retratos de Penn lleva su herramienta como llevan los apóstoles en la pintura antigua el instrumento o el símbolo que los identifica.

Pero de todos esos retratos de oficios, el que yo prefiero es muy posterior, y en él Irving Penn lleva al límite su concisión: es una mano abierta, oscura, con la piel muy tensa, con los dedos largos como patas de araña, el dedo corazón curvado, como pulsando algo invisible. Ni la cara ni la trompeta de Miles Davis aparecen en la foto, pero no hace ninguna falta.

Nunca le hables mal a un actor

Nunca le hables mal a un actor

El director teatral Frank Hauser y su alumno Russell Reich resumen en 130 notas el intrincado proceso de subir una obra a un escenario

ANDRÉS FERNÁNDEZ RUBIO

El País

Nada menos que la cita de un famoso almirante abre las 130 lecciones desde la silla del director que componen el libro Notas de dirección, recién publicado por Alba en España en la colección dirigida por Luis Magrinyà dedicada a las artes escénicas: “Tenemos que aprender de los errores de los demás, no vivimos lo suficiente para cometerlos todos nosotros mismos” (Hyman G. Rickover, 1900-1986).

Y qué mejor territorio para incurrir en decenas de errores que el montaje de una obra de teatro. “Limítate a contar la historia”. “No unas siempre todos los puntos”. “No intentes complacer a todo el mundo”. “Si un actor te falta al respeto en público, mantén la calma”. “Todas las escenas son escenas de persecución”. En este manual para aprender a dirigir, Frank Hauser (Cardiff, 1922-Londres, 2007) “dejó para la posteridad una recopilación de su sabiduría depurada hasta la perfección”, según explica Russell Reich, que fue su alumno y ayudante, y que ha sido el artífice y coautor de estas observaciones que van a sacar no de uno sino de muchos apuros a directores tanto consagrados como noveles.

Porque Hauser se las sabía todas. Dirigió el prestigioso teatro Oxford Playhouse durante 17 años, de 1956 a 1973, y muchas de sus producciones saltaron a Londres y Nueva York. Su obituario en The Independent comenzaba: “Pocos directores de teatro han sido tan amados por los actores como Frank Hauser”. Entre los que trabajaron con él figuran Judi Dench, Richard Burton e Ian McKellen.

¿Alguien se imagina temblando a estos tres astros de la escena durante la preparación de un montaje? En el capítulo sobre el papel del director se lee: “Da por hecho que todo el mundo se halla en un estado permanente de terror catatónico. Esto te ayudará a alcanzar ese estado imposible de infinita paciencia y benevolencia que los actores y los demás esperan de ti”.

Por eso la empatía, la llaneza y, sobre todo, el genuino humor británico son las armas de Frank Hauser para el combate. Según contó el director teatral y biógrafo Alan Strachan, la palabra favorita de Hauser para dirigirse cariñosamente a los que le rodeaban era pussy (gatito o gatita), término con un doble sentido sexual (vulva); y de ahí que la gala de despedida, atestada de famosos de la escena, que le tributaron cuando dejó su teatro de Oxford se titulara Pussies Galore, es decir, Gatitos a gogó (y también referencia a Pussy Galore, el personaje femenino lésbico de la película James Bond contra Goldfinger).

La mitología del director totémico y pagado de sí mismo nada tiene que ver con el estilo de Frank Hauser (“Ten cuidado con el mayor vicio de los directores: enrollarse repitiendo el mismo argumento una y otra vez; hacer reír con tus anécdotas increíbles, e interminables; perder el tiempo”). El suyo es un estilo basado en la rectitud y la cortesía, en el que no cabe alzar la voz durante los ensayos (y ni siquiera la palabra “acción”). La nota 58 se titula ‘Empieza con buen pie’: “Da estas indicaciones para empezar una escena: ‘Preparados. Sube la luz. Luz’. Simulan la situación real y asustan mucho menos que el grito de ‘¡Acción!’, además de crear un ritual de ensayo que tranquiliza a todo el mundo”.

Todo delicadeza, el proceso para la escritura del libro, según cuenta Russell Reich, comenzó cuando un día, siendo él todavía alumno de Hauser, este le entregó en mano, “como en una ceremonia japonesa”, 12 páginas de notas que eran el resumen de su conocimiento teatral en pedagogía y dirección. “Cuando las leí”, añade Reich, “me parecieron útiles, bellas y poéticas, claras, directas y sin adornos, como un maravilloso vino. Esas notas formaban parte de un proceso de muchos años de cortar y cortar hasta llegar a lo esencial, con el espíritu de Pascal cuando dijo: ‘Y si le he escrito esta carta tan larga ha sido porque no he tenido tiempo de hacerla más corta”.

Como orgulloso coautor, Reich se siente especialmente satisfecho de haber sabido condensar la sabiduría de su maestro haciendo al mismo tiempo sus propias aportaciones, de manera que, dice, “muy poca gente sabrá qué notas escribió él y cuáles yo. Lo que nos propusimos fue encontrar una voz y un personaje para el libro”.

Frank Hauser no pudo disfrutar de ver el texto publicado, en 2003, ya enfermo de alzhéimer, ni de las alabanzas recibidas. Por ejemplo, del crítico teatral de The Wall Street Journal, Terry Teachout, que vio muchas de estas notas aplicables en el mundo de los negocios: “Identifica la pregunta crucial de la historia”, “Expresa el núcleo de la función en tan pocas palabras como te sea posible”, “La dirección se basa esencialmente en la selección de los actores”, “Convierte los momentos difíciles en descubrimientos”, “Nunca, nunca, les hables mal”.

Estos títulos podrían funcionar como aforismos, pero vienen arropados por reflexiones de una profundidad reveladora. A modo de resumen: “Lo mejor que puede hacer el actor es crear la menor cantidad de oportunidades para que el público deje de creer. Así que di a los actores que se relajen, que sean sencillos y que se atrevan a hacer menos. Aconséjales que vean a los grandes actores y que observen lo poco que hacen, lo poco que se esfuerzan, y luego que se fijen en las acciones minúsculas e importantes que eligen”.

Y, claro, ahí están los críticos para juzgarlo todo. El mejor consejo que Hauser y Reich le dan al director es un rotundo “No te agobies”. “No muere ningún niño de hambre por culpa de un mal ensayo, una mala función o una mala crítica. Ponle pasión, por supuesto, pero tienes que saber cuándo no tomarte demasiado en serio a ti mismo”. Y los críticos, qué mejor que el comentario burlesco del dramaturgo y guionista David Ives: “La verdad es que hay que compadecer a esas pobres criaturas que conocen todos los secretos de la escritura, la dirección, el diseño, la producción y la interpretación, y se ven atados a ese lamentable trabajo rutinario de escribir críticas. Por favor, ¿podría alguien echarles una mano?”.