Iván Illich, un humanista elegante

Iván Illich, un humanista elegante

Braulio Hornedo

La Jornada Semanal

De Iván Dominic Illich (1926-2002) lo primero que podemos decir es que representa, como pocos en el siglo xx, al hombre elegante, el que sabe elegir. A quien vislumbra Ortega y Gasset en su Origen y epílogo de la filosofía (1960): “Elegante es el hombre que ni hace ni dice cualquier cosa, sino que hace lo que hay que hacer y dice lo que hay que decir.”

De una manera excepcional, Iván Illich hizo y dijo lo que era necesario y urgente decir y hacer en su mo-mento. Si atendemos al poema “Decir hacer”, de Octavio Paz: “No es un decir:/…. Es un hacer,/ que es un decir./ La poesía/ se dice y se oye:/ es real./ Y apenas digo/ es real,/ se disipa/ ¿Así es más real?”

Observamos que el decir de Illich es una forma del hacer, que también es un decir. Illich dice lo que hace, y hace lo que dice concomitantemente, con impecable congruencia poética, pero también consistente con su praxis política. ¿Será que así es más real?

Lo mismo podemos establecer de Illich, siguiendo a don Alfonso Reyes en la mirada de su brillante discípulo, José Emilio Pacheco. Illich es un humanista cabal. Un humanista con amplitud de miradas y comprometido con la humanidad de su tiempo y circunstancia. Atento a la ciencia y la técnica, pero comprometido con su buen uso, y ese compromiso se expresa a partir de su crítica radical al modo de producción industrial ecocida del capitalismo, en la se-gunda mitad del siglo xx. Dice José Emilio sobre su maestro: “En Reyes la palabra ‘humanista’ define antes que al estudioso de la antigüedad clásica al hombre consciente de sus responsabilidades sociales (al) aficionado a otras disciplinas que le permitan conocer mejor la propia, ávido en fin de mantenerse al tanto del progreso científico para tratar de que su empleo se encauce en beneficio del mundo.”

Iván Illich es para nosotros, ahora, un peregrino políglota, cristiano y anarquista, pensador humanista de la interculturalidad y crítico radical de la modernidad. Una mente inclasificable por las manías taxonómicas de los especialistas de los claustros académicos. Dado que su reflexión tiene variados frentes, su pensamiento y análisis trasciende las disciplinas y especialidades, por la intrincada variedad compleja de sus análisis.

Técnicamente no es sólo un filósofo o un historiador; ni un sociólogo o antropólogo; ni un urbanista, economista o psicoanalista; ni pedagogo o “profesor de tiempo completo”, ni teólogo de la liberación o anarquista pacifista, al menos no solamente. Su pensamiento contiene esos puntos de vista especializados y otros no listados. Quizá filósofo-poeta en la práctica sea una aproximación ligeramente conveniente, en el sentido que le da Santayana a sus Tres poetas filósofos (1910), y el poeta Gabriel Zaid a La poesía en la práctica (1985).

La crítica de Iván Illich a la cultura del progreso capitalista parte de la originalidad de su pensamiento. De ese original “radicalismo humanista” con el que acertadamente lo caracterizó Erich Fromm en su memorable introducción al libro de Illich titulado Alternativas (1977).

Para ser originales, nos enseñó con su obra Iván Illich, hay que saber volver a los orígenes, para criticar, con el espejo del pasado, las instituciones y creencias domi-nantes en el mundo del presente, este mundo moderno del capitalismo industrial global, compuesto por un entramado de instituciones que ejercen al igual que la mercancía, un monopolio radical sobre nuestras conciencias y nuestras vidas.

Illich continúa la crítica implacable al modo de producción capitalista iniciada por Karl Marx cien años antes. La mercancía, que en su tiempo Marx vislumbró como un fetiche en surgimiento, para la visión crítica de Illich se convierte en un monopolio radical sobre la satisfacción de las necesidades creadas por el propio modo de producción dominante. El capitalismo en su más reciente etapa tecnológica industrial ecocida.

Pero mientras Marx se ocupa de la relación del trabajo con el capital y su incipiente transformación de valor de uso, en una mercancía con un valor de cambio, Illich, un siglo después, puede demostrar cómo la mercancía se apropia también del trabajo solidario no asalariado, y cómo al engullir el ámbito vernáculo comu-nitario lo transforma en trabajo fantasma. En El trabajo fantasma, precisamente, Illich continúa la crítica de ese monopolio radical de la mercancía sobre nuestras vidas. Este libro fue publicado por la editorial Marion Boyars en inglés por primera vez con el título de Shadow Work, en 1981. Simultáneamente el autor preparó una versión en francés con la estrecha colaboración de Maud Sissung, a la que tituló Le travail fantôme. Esta versión fue publicada por Éditions du Seuil también en 1981. Existe una intrincada red de vasos comunicantes conceptuales desde La convivialidad, hasta El trabajo fantasma. Este tránsito de un libro a otro nos permite seguir la pista de nuestro autor en la crítica al capitalismo industrial ecocida en la segunda mitad del siglo xx, la destrucción de los ámbitos de comunidad y los valores de uso, por el crecimiento económico capitalista y la mercancía y su valor de cambio, así como el monopolio de la mercancía sobre la satis-facción de las necesidades humanas. El mismo Illich da cuenta de ello:

En La convivencialidad mostré de qué manera el crecimiento económico destruye el entorno que permite la creación de valores de uso. Llamé a ese proceso “la modernización de la pobreza” porque, en una sociedad moder-na, son los pobres los que menos acceso tienen del mercado y también los que menos acceso tienen al valor de utilización (valor de uso) de los ámbitos de comunidad. Atribuí ese hecho “al monopolio radical de la mercancía sobre la satisfacción de las necesidades”.

La continua transformación de los valores de uso que se dan en los ámbitos de comunidad, por valores de cambio, que se imponen en el mercado entre la mercan-cía y el consumidor, ese es el fenómeno que Illich llama la “modernización de la pobreza”. El proceso es instrumentado por una política perversa y paralela, que restringe el acceso de los trabajadores al mercado de mercancías, manteniendo los salarios al mínimo. Al mismo tiempo, destruye los ámbitos de comunidad, donde todavía florecen los valores de uso.

Lograr la esclavitud universal al mercado y la mercancía es el sueño anhelado por los grandes capita-listas, con la complicidad de los gobiernos nacionales a su servicio. Más riqueza concentrada en menos manos. Este monopolio radical de la mercancía que se nos impone eficazmente mediante la educación esco–la-rizada, es una de las piezas clave para el funcio-namiento de la megamáquina. El concepto de la megamáquina fue propuesto por Lewis Mumford en su libro Técnica y civilización, en 1934, y actualizado más recientemente por Serge Latouche en La megamá-quina y la destrucción del vínculo social (1998). Ambos autores, como Illich, realizaron una advertencia crítica para alertar a la sociedad, pero el capitalismo pro activo supo capitalizar la advertencia como una oportunidad para consolidarse globalmente y mantener su hegemonía •

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