“La voz de los vencidos” resonó en el doctorado a León-Portilla

“La voz de los vencidos” resonó en el doctorado a León-Portilla

ARMANDO PONCE

CIUDAD DE MÉXICO

Apro

Tras recibir, el Libro de la Ciencia, la medalla, el birrete laureado, el anillo y los guantes propios de la investidura como honoris causa por parte de Miguel Ángel Castro Arroyo, rector de la Universidad de Sevilla, el historiador Miguel León-Portilla expresó su gratitud y el que hayan acudido hasta su casa, la Universidad Nacional, a entregarle el grado.

Fue a Castro Arroyo a quien el rector de la máxima casa de estudios mexicana, Enrique Graue, cedió la presidencia del acto hacia las 13 horas en el teatro Juan Ruiz de Alarcón del Centro Cultural Universitario. Y desde entonces la ceremonia en la UNAM representó una reivindicación del mundo indígena.

Afirmó el rector sevillano:

“Quiero expresarle en nombre propio y de mi universidad nuestro mayor agradecimiento al admirable profesor, al brillante historiador de las voces sin voz, al escritor sensible, al filólogo erudito y al admirable antropólogo que con generosidad y cariño ha aceptado la invitación para formar parte del nuestro claustro de doctores.

Y culminó:

“Hoy celebramos más que la investidura del admirable filólogo y antropólogo mexicano: la alianza de dos grandes universidades alrededor de su gran figura. Hoy nos aliamos para trabajar por un mundo más sabio, justo y respetuoso. Un espacio en el que todas las lenguas y sensibilidades tengan su sitio.”

Graue dijo a su vez:

“León-Portilla es una leyenda. Como historiador y filólogo, dio voz a los vencidos y creó, a través de sus estudios de la poesía, las lenguas y la historia indígenas, una nueva forma de literatura.”

Antes de que León-Portilla tomara la palabra, se trasmitió en pantalla un video realizado desde la Universidad de Sevilla por Ramón María Serreras, padrino del doctorando, quien destacó de su producción La filosofía náhuatl y Visión de los vencidos, además de destacarlo como “uno de los más grandes historiadores del siglo XX”.

Promotor de la investidura e imposibilitado de viajar a México por razones de salud, Serreras cautivó al público asistente:

“Don Miguel ya hace tiempo que es historia viva de México porque nos puso en contacto directo con la voz del indígena, con la voz de los vencidos. Nos ha remitido al estudio de otra cultura, de una sociedad distinta a la europea; ha sido una voz sonora en la defensa de los pueblos indígenas durante más de 60 años.”

Sin duda el momento culminante fue la intervención de León-Portilla:

“Sevilla –dijo el historiador y antropólogo mexicano– cambió mi vida”, y narró cómo en 1964, durante un congreso internacional de americanistas, conoció a su compañera de vida: Ascensión, presente en el recinto.

Sus palabras fueron dirigidas a exaltar la obra de tres personajes sevillanos de alcance universal relacionados con el Nuevo Mundo: Nicolás Monardes desde la farmacología, Bartolomé de las Casas con la defensa de los indígenas, y Antonio de Lebrija con sus estudios sobre la gramática de la lengua castellana.

En referencia a Las Casas, aludió a la controvertida polémica desatada en 1992 con la expresión “Encuentro de dos mundos”, frase oficial del V Centenario del llamado “descubrimiento de América”, para negar que él la hubiera acuñado. Y contó que como representante mexicano ante la Unesco repartió textos sobre la defensa indígena de Las Casas, y así convencer a los países africanos de que participaran en la conmemoración de la fecha, puesto que argumentaban la esclavitud sufrida.

Al acto de este día asistieron familiares de León Portilla, los exrectores de la Universidad Nacional, Juan Ramón de la Fuente, José Sarukhán, Guillermo Soberón, Octavio Rivero y Pablo González Casanova, integrantes de la Junta de Gobierno, funcionarios de la embajada de España en México, así como autoridades de diversas instituciones de educación y antropología e historia del país.

La escritora chicana reconocida en el mundo: Sandra Cisneros

La escritora chicana reconocida en el mundo: Sandra Cisneros

Elena Poniatowska

La Jornada

Desde hace cuatro años, 2013, Sandra Cisneros vive en San Miguel de Allende. De vuelta a sus orígenes, a la sombra del templo color salmón, ha construido su casa. Aunque su idioma no era el español, todos sus libros giran en torno a México. La casa en Mango Street es una biblia escolar y nos remite a los traumas y a las esperanzas de una niña, Esperanza, que vive en Chicago y se siente distinta a todos.

–Ahora siento que soy una naranja completa, quizá porque San Miguel es un pollero y todas las mujeres de cierta edad llegan buscando su media naranja –me dice Sandra.

“Al principio me enamoré de un tipo, pero él era muy chiquito. Dije: ‘Que qué bueno que se acabó rápido; que no fue una relación de más de un mes. Yo creo que él fue el gancho que me trajo a San Miguel y luego se desvaneció’. Dije: ‘Me gusta, pero entiendo el cuento budista, que algunas personas son el barco que te lleva y te deja al otro lado del río’.”

–¿Dejaste Estados Unidos?

–Me mudé en 2017, después de dos viajes anteriores. Nunca sentí que pertenecía a San Antonio, nunca tampoco a Estados Unidos, ni de niña ni de adolescente, mucho menos ahora con el presidente que tenemos. Ahora siento que sí pertenezco, quizá es una ilusión, pero siento que pertenezco. I feel like I belong and that’s a definition of a home, no?

–Aquí, ¿qué has escrito?

–Escribí A House of my Own, y no se ha publicado en México. Aquí intento empezar una próxima novela, nunca me dejan en paz, siempre tengo que escribir un prefacio, un blurb.

–Has escrito sobre Flor Garduño.

–Sí, también sobre otra fotógrafa mexico-americana, de Estados Unidos, se llama Katia Landeros; trabaja con obreros, agricultores. Intenté acabar un cuento que empecé hace muchos años atrás y no lo cumplí. Empecé a escribir un prefacio para un libro que me pidió Lourdes Portillo y lo acabo de entregar. Cosas así que me quitan el tiempo… Igual que tú, Elena, que me piden un prefacio, un endorsment, un blurb, te vas desviando de tu propia novela. ¿Tú cómo le haces con tanta gente que te está fregando?

–No, yo soy periodista…

–¿Cómo lo haces tan rápido? Eso para mí es imposible.

–Lo hago porque me obligo, pero no sé si lo hago bien o mal…

–Porque yo tardo un mes para hacer cuatro hojas…

–Viajas mucho a Estados Unidos, regresas con gran frecuencia y eso también interrumpe y quita tiempo.

–Viajo mucho y también de ahí gano mi dinero. Me pagan muy bien las conferencias porque tengo una agente extraordinaria…

–Susan Bergholz es la que organiza todo.

–No, no todo, pero todos tienen que hablar con ella y a veces, por ejemplo, cuando hago cosas para mis amigos, Susan se enoja, porque regalo mi tiempo y energía con proyectos que no me pagan. Voy y doy una plática; por ejemplo, di una plática para un amigo en Toledo, Ohio o voy a hacer algo en unas dos semanas para un amigo en San Marcos; son cosas que no me pagan, pero lo hago porque son amigos que me lo piden.

–¿Sientes que México te ha cambiado? ¿Ha sido benéfico, provechoso?

–Bueno, todavía me siento muy niña en México, porque apenas voy leyendo por primera vez los libros de maestros en español, yo los leí en Estados Unidos traducidos en inglés. Estoy leyendo por primera vez en español a Rulfo… Tengo todas las novelas de Fuentes, pero el que me gusta mucho es Manuel Puig; Juan Rulfo, Borges, esos son mis favoritos en español, me cuesta leerlos, pero lo voy intentando. También leo a las mujeres, porque nunca son las primeras que traducen a otros idiomas, siempre son las últimas. Estoy leyendo tu libro de Lupe Marín, en español, está junto a mi cama, leo muy despacito, como niña de segundo grado, pero ahí voy. También estoy intentando leer los periódicos, pero los diarios en español son muy difíciles de entender para mí. Dejé de leer La Jornada, porque no entiendo nada, porque no sé lo suficiente, veo letras. Entonces le digo a Ernesto: ¿Ernesto, qué significa esto? Son las siglas de los partidos. Sí él no me puede ayudar, entonces no sé quién puede hacerlo.

–¿Quién es Ernesto?

–Es mi conductor, mi encantador de perros, el jardinero, mi ahijado, es un poco de todo. Siempre me ayuda. Es muy inteligente. Le regalo libros de García Márquez y los lee y luego los sabe analizar… He leído a García Márquez; a Rosario Castellanos voy empezando a leerla. A Elena Garro la leí en inglés. Estoy forzándome a leer en español y me cuesta. De niña hablaba español con mi papá e inglés con mi mamá. De muy niña vine solita con mi papá a México en avión, tengo una foto, soy una chiquilla como de tres años. Mi papá me trajo para presumir, yo era su tesoro, vino a enseñarme, a presumirme con su madre y padre. En el avión me senté aquí y mi papá acá y teníamos que abrochar el cinturón. Mi papá me lo abrocha y yo me lo quito, él me lo abrocha y yo me lo quito, hasta que mi papá dijo: Bueno y me di cuenta Tengo mucho poder, lo hice más de cinco veces.

–Fuiste el gran amor de tu papá y él tu gran amor…

–Éramos como la misma persona, como un clon. Nos entendíamos perfectamente.

Sandra Cisneros fue la única hija de una familia de siete nacidos en Chicago. Al lado de sus seis hermanos y a diferencia de ellos, sintió que no pertenecía a ninguna de las dos culturas: no era ni mexicana ni gringa. Excluida, lo primero que escribió a los 10 años fueron poemas sobre la guerra de Vietnam. Su papá se ganaba la vida forrando muebles, oficio aprendido en México. Y hablaba de México, de la Villa de Guadalupe, de Acapulco, de María Félix. Recuerdo que en las conferencias Sandra preguntaba por la Doña, pero lo que más me llamó la atención de ella, además de su originalidad es su respuesta a un libro para lamentar lo de las Torres Gemelas en Nueva York. Todas lloramos, pero en medio del llanto, Sandra respondió que viéndolo bien, ella se parecía más fisicamente a Bin Laden que a Bush y partir de ese momento no volví a quitarle los ojos de encima.

–Esa curiosidad por México, ese ansia de conocimiento de México, ¿te lo transmitieron tus papás?

–Yo creo que mi padre nos regaló México por su propio anhelo de volver a su casa. Siempre quiso regresar con su mamá. Nuestros viajes nos abrieron la puerta a su infancia. Mi padre nos encerraba en el Tepeyac con los abuelos. Lo único que veíamos era la sala de la casa de la abuela. Después, cuando me instalé en Texas se me hizo fácil llegar a México. Soy la única de mi familia que viene a la Ciudad de México. Mis hermanos llegan a la costa, a lugares turísticos. Yo llego acá, aunque me da miedo la ciudad, una vez fui a Chiapas, otra a Veracruz con Norma Alarcón, mi amiga, criticona, editora de Third Woman, quien nos cobijó a las escritoras estadunidenses de origen latino y publicó a Ana Castillo, a mí, a Gloria Anzaldúa en su revista y nos lanzó cuando nadie nos conocía. Fue muy importante, pero nadie la reconoció en Berkeley, aunque ahora hay un renacimiento de su revista y su casa editorial.

–¿Tú te sentiste discriminada en Estados Unidos?

–No podría explicártelo, pero sentías un poco de pena y vergüenza cuando salías a algunas tiendas. No puedo decir directamente o recordar, pero las maestras o las monjas te trataban distinto a las demás…

–Porque eres morena…

–No soy morena, soy más bien como café con leche. Más bien por ser pobre. Yo me sentía pobretona en los barrios donde viví. Es como andar con zapatos feos, como decir: “Ay, hubiera limpiado mis zapatos, un shoe shine”, de que te sientes con vergüenza de ti misma. Lo más feo de este racismo es empezar a creerlo. El racismo ejerce su black magic, cuando tú mismo dices: ¿Cómo me atrevo a levantar mi manita y responder a la maestra?

–A partir del éxito fenomenal de The House on Mango Street, ¿no adquiriste confianza en ti misma?

–Pero ese éxito tardó 10 años, Elena; empecé el libro a los 21 años, lo terminé a los 28, se publicó a los 30 y no empecé a ganar dinero, sino hasta como 10 años después de los 38, gracias a que me encontré a Susan Bergholz… Antes publicaba en editoriales independientes que se aprovecharon de mí y ahora estoy en Random House y La casa en la calle de Mango es lectura obligatoria en todas las escuelas de Estados Unidos. Cuando era una escritora independiente me ayudaron mucho las bibliotecarias y las maestras, mis fans, cuando nadie me conocía. Me escogieron para su salón de clases… Luego Random House decidió hacer ediciones masivas en inglés y en español.

“A Susan la conocí un año después de mi casi muerte, porque casi me suicido a los 33 años. Yo tenía un papelito con su nombre en mi cartera. A los 32 años me hice profesora en Chico, California, tenía mucho miedo de serlo por esa baja autoestima clavada como espina en mi corazón.

“En Chico me dieron las clases más difíciles y a ninguno de los alumnos les interesaba la literatura, yo sentí que el fracaso era mi culpa. Llegué a tal nivel de desesperación, un vórtex de depresión y concluí: ‘Bueno, me mato’. Tenía un gatito y decidí meterme con él en el coche, prendemos el motor y ahí nos dormimos y no tenemos que batallar con la vida que es mucha lata.

“Un amigo mío, Dennis, me dijo: ‘Yo ya te hice una cita con un sicólogo; si tú no regresas a Chicago, voy por ti’. Mi pareja en ese tiempo era un hombre que me estaba ahogando: ‘Si te vas a Chicago, se acabó todo’. Me quedé como un árbol de corcho, no me salía ni una lágrima: ‘Lo siento, tengo que irme si no me voy a morir’.

“En el momento en que llegue a mi casa mi mamá me dijo: ‘Tengo una carta de Washington’. Era del National Endownment for the Arts: ‘Felicidades, estás premiada con 20 mil dólares’… Respondí de inmediato: ‘Ustedes no saben que me han salvado la vida’. Entonces me fui al baño, todo el año mi cuerpo estuvo bajo tanto estrés que no me bajaba la regla y me bajó la regla. Perdí a mi pareja, gané el premio, fui con la sicóloga y me explicó que yo sentía culpa por ser una mujer latina de la working class. Cambié de la noche al día. The House on Mango Street me hizo viajar al mundo entero, dar conferencias en todas las universidades, vestirme de china poblana, de tehuana y recibir el premio que me dio Obama, aunque creo que él se sentía mal (como yo me sentí mal al recibirlo), porque despidió a tantos mexicanos de sus hogares. ‘¿Cómo voy a recibir ese premio de ese presidente?’ Me preocupé mucho.

“Norma Alarcón me dijo: ‘No, tú tienes que ir porque vas a representar a los migrantes mexicanos’. Como hija de migrante, como hija de madre que sólo estudió hasta los nueve años, representé a muchos. En estos tiempos estamos bien fregados. Estamos viviendo una etapa espantosa los latinos. Veo cosas feas que me duelen. Yo pido a diario. Yo no sé de qué sirvo y por qué la Divina Providencia me trajo a México, pero quiero servir. Aún no he logrado escribir el libro en que pueda yo decir: ‘Merezco morir ahora’.”

Juan Rulfo y Eduardo Galeano: admiraciones mutuas y otros vasos comunicantes

Juan Rulfo y Eduardo Galeano: admiraciones mutuas y otros vasos comunicantes

Por Mario Casasús

La Jornada Semanal

El tercer volumen de Memoria del fuego, publicado por Eduardo Galeano en 1986, comienza con una frase de Juan Rulfo: “y agarrándonos del viento con las uñas”. El epígrafe era un homenaje por partida doble: lo ad-miraba y el año iniciaba con la muerte de Rulfo, acaecida el 7 de enero de 1986. El cazador de historias escribió: “1927. San Gabriel de Jalisco. Un niño mira”:

Juan Rulfo contempla a ojo desnudo su tierra áspera. Ve a los jinetes, federales o cristeros, que lo mismo da, emergiendo del humo y, tras ellos, allá lejos un incendio. Ve la hilera de ahorcados, pura ropa en girones vaciada por los buitres, y ve una procesión de mujeres vestidas de negro.

Juan Rulfo es un niño de nueve años rodeado de fantasmas que se le parecen.

Aquí no hay nada viviente. No hay más voces que los aullidos de los coyotes, ni más aire que el negro viento que sube en tremolina. En los llanos de Jalisco, los vivos son muertos que disimulan.

En la página 245 del Memorial, Galeano pasó de la niñez de 1927 a la madurez de 1953 (año de la publicación de El Llano en llamas, pero lo confunde con la aparición

de Pedro Páramo en 1955). “Hace quince años dijo lo que tenía que decir”, señaló en el capítulo fechado: “1968. Ciudad de México. Rulfo.”

En el silencio, late otro México. Juan Rulfo, narrador de desventuras de los vivos y los muertos, guarda silencio. Hace quince años dijo lo que tenía que decir, en una novela corta y unos pocos relatos, y desde entonces calla. O sea: hizo el amor de hondísima manera y después se quedó dormido.

Una década después de Memoria del fuego, el poeta Marco Antonio Campos publicó el libro de entrevistas Literatura en voz alta (1996); fue la primera vez que le preguntaron directamente por Rulfo y, a lo largo de la conversación, Galeano dijo:

Mi maestro es más Rulfo que Carpentier, aunque admire a los dos […] Quien me influyó más desde niño fue Horacio Quiroga. Una influencia temprana. Pero la influencia mayor no es de un uruguayo, sino de un mexicano: Juan Rulfo. Me dio una lección de sobriedad y economía verbales. Era la suya una sequedad mojada. El lenguaje de Rulfo es muy elaborado; él me enseñó que se escribe con el lápiz, pero que ante todo debe cortarse con el hacha.

Durante la gira de promoción del libro Espejos (2008), Galeano conversó con Armando g. Tejeda (corresponsal de La Jornada en España), el narrador uruguayo afirmó: “Sí, yo escribo a mi manera, que es a su vez una manera muy influida por mi maestro Juan Rulfo. En una entrevista, hace ya algún tiempo, me pidieron que eligiera a los escritores más importantes en mi formación literaria. Yo contesté: Juan Rulfo, Juan Rulfo y Juan Rulfo” (29/v/2008).

La declaración sobre los escritores preferidos de Galeano data de la presentación de Bocas del tiempo (2004), en la Feria Internacional del Libro de Madrid: “abrió su discurso contando una anécdota curiosa; al pasear por la Feria se encontró con que la librería Juan Rulfo ocupa el número 333. El mismo número de sus historias breves [en Bocas del tiempo]. ‘Rulfo fue mi amigo y maestro –señaló Galeano–. Fue el escritor del que me siento más cerca, que admiro y quiero. Cuando me preguntan cuáles son mis escritores favoritos repito: Juan Rulfo, Juan Rulfo, Juan Rulfo’” (Agencia efe, 7/v/2004). La primera vez que Galeano publicó un relato sobre su maestro fue en Días y noches de amor y de guerra (1978), en el capítulo El hombre que supo callar:

Juan Rulfo dijo lo que tenía que decir en pocas páginas, puro hueso y carne sin grasa, y después guardó silencio.

En 1974, en Buenos Aires, Rulfo me dijo que no tenía tiempo para escribir como quería, por el mucho trabajo que le deba su empleo en la administración pública. Para tener tiempo necesitaba una licencia y la licencia había que pedírsela a los médicos. Y uno no puede, me explicó Rulfo, ir al médico y decirle: “Me siento muy triste, porque por esas cosas no dan licencia los médicos.”

Los detalles de esta amistad no son conocidos en Sudamérica. En el libro Galeano. Apuntes para una bio-grafía (2015), Fabián Kovacic menciona una vez al autor de Pedro Páramo: “Y en este caso ya hay cuatro nombres que influyeron sobre el boom y personalmente sobre Galeano. Se trata del uruguayo Juan Carlos Onetti, amigo mayor de Galeano y su maestro literario; el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, iniciador de la saga de obras realistas en América Central utilizando para eso a la propia historia de su patria; el mexicano Juan Rulfo, promotor del realismo en su país, y el cubano Alejo Carpentier.” La genealogía literaria está en el radar del biógrafo Fabián Kovacic, sin embargo nadie había mencionado que Rulfo admiraba a Galeano; si bien fueron amigos, no había ningún registro del sentimiento recíproco.

En la Cátedra Juan Rulfo conversé con su hijo Juan Francisco; me dijo que recientemente encontró un ejemplar de Pedro Páramo dedicado y autografiado para Eduardo Galeano. La biblioteca personal de Rulfo resguarda 10 mil títulos, de los que destacan 700 libros de fotografía, 50 traducciones de Pedro Páramo y 30 de El Llano en llamas, las ediciones latinoamericanas de sus tres libros (por ejemplo: Rulfo recibió –desde Montevideo– El gallo de oro publicado por Heber Raviolo en 1981), y varios ejemplares de Pedro Páramo con anotaciones en los márgenes.

En exclusiva para La Jornada Semanal, y con autorización de Juan Francisco Rulfo, estas líneas vienen acompañadas por la imagen de la dedicatoria que Rulfo escribió para Eduardo Galeano.

¿Por qué Rulfo no envió el libro al domicilio de Galeano en España? No tenemos la certeza. Empero, el biógrafo Alberto Vital afirma: “Rulfo mandó muchas postales y escribió muchas cartas. La familia conserva los originales de misivas personales que él nunca envió a sus destinatarios” (Noticias sobre Juan Rulfo, 2017). Rulfo murió sin leer los dos capítulos de Memoria del fuego y Galeano murió sin leer la dedicatoria en Pedro Páramo. Incluso, el cineasta Juan Carlos Rulfo no sabía que su hermano Juan Francisco había encontrado

el ejemplar autografiado. Juan Carlos estrenó –en el Instituto Cultural Cabañas– la serie documental Cien años con Juan Rulfo (siete episodios de cincuenta minutos cada uno), y para el proyecto entrevistó a Galeano en Montevideo (marzo de 2014); los adelantos de la serie pueden verse en YouTube. Resulta conmovedor escuchar a Galeano leyendo un fragmento de Pedro Páramo, y hubiera sido maravillosa la secuencias de imágenes y silencios de Galeano recibiendo el ejemplar autografiado por Rulfo. Juan Carlos heredó la amistad de su papá, Galeano viajó a México para ser padrino y testigo ante el juez del registro civil en la boda de Juan Carlos (en la actualidad, éste prepara un documental dedicado a Galeano y, seguramente, el largometraje retomará esta historia exclusiva de La Jornada Semanal). Cuando entrevisté a Eduardo Galeano en Xalapa, con la intención de que escribiera un texto para el libro Juan Rulfo. Otras miradas, le pregunté:

–¿Reconsideraría reescribir un ensayo sobre Rulfo sumando las declaraciones que usted ha hecho a la prensa?

–No, porque justamente es lo que me enseñó –fue mi amigo–, le debo mucho; esa lección de silencio que nos dio a todos, él nos enseñó a valorar el silencio, a saber que las palabras están de antemano condenadas porque compiten con el silencio, que es el más hondo de los lenguajes y uno sabe que va a perder. Aplica aquello que Onetti –otro gran maestro– me enseñó: “nunca dejes en el papel escritas palabras que no te parezcan mejores que el silencio, palabras que no

te parezcan mejores que el silencio sácalas, suprimilas”. Claro, a mí se me va la mano –a veces– porque saco todo, me quedan dos o tres palabras sin publicar; esa fue una lección que aprendí de Rulfo y que no olvidé nunca –Onetti después la complementó–, ese valor inmenso del silencio y el desafío que implica. Entonces hay que saber callarse, los escritores tenemos que saber callarnos, cuando creo que he dicho una cosa de una manera redondita y que está bien, y expresa lo que quiero, como lo que dije de Rulfo: “había escrito poco en cantidad, pero lo había escrito de tal modo, con tanta intensidad y con tan alta perfección que eso era como alguien que hace el amor de hondísima manera y después se queda dormido”. Eso no hay que palabrearlo, creo que la vida no hay que palabrearla. Muchas veces recibo libros que están muy bien hechos, bien armados, pero están muy palabreados, a mí me gusta que la vida viva, no una vida palabreada” (telesur, 25/v/2009).

Para conmemorar el centenario de Rulfo, el bió-grafo Alberto Vital escribió: “Un acontecimiento en verdad importante para la vida de Juan Rulfo fue la lectura de Pablo Neruda. Si se quiere hablar de la biografía de Juan Rulfo, hay que hacer esto: hablar de sus lec-turas, de su escritura y de sus fotografías” (Brecha, 19/v/2017). Lo mismo podemos decir de Galeano: conocer a Rulfo fue para él un acontecimiento importante; no podemos hablar de la biografía del uruguayo sin mencionar sus lecturas, su escritura y sus dibujos •