Don Miguel Rua

Don Miguel Rua

29 Oct.

(ACI).

“Si Dios me dijera hágame una lista de las mejores cualidades que quiere para sus religiosos, yo no sé qué cualidades me atrevería a decir, que ya no las tenga Miguel Rúa”, dijo una vez San Juan Bosco del que sería su primer sucesor el Beato Miguel Rúa, a quien le dio una profecía que marcaría su vida.

Don Rúa nació en Turín (Italia) en 1837. A los ocho años murió su padre y con el cuidado de su madre realizó los estudios primarios y de catecismo en una escuela local. Luego pasó con los hermanos de las Escuelas Cristianas, donde conoció a Don Bosco que iba a confesar semanalmente a los alumnos.

Los muchachos se juntaban con alegría para jugar con el santo sacerdote y para pedirle alguna estampa o medalla. En una ocasión, cuando Miguel Rúa se le acercó, Don Bosco no le dio nada, sino que extendió su mano izquierda, mientras que con la derecha hacía como que la cortaba y le dijo: “Toma, Miguelín, toma: nosotros dos haremos las cosas a medias”.

El pequeño no entendió nada en ese momento, pero lo comprendería después. Miguel conoció más la obra que el Santo sacerdote estaba iniciando, poco a poco se convirtió en el asistente del fundador e ingresó como interno al Oratorio.

En una ocasión San Juan Bosco hizo una votación entre sus chicos, quienes eligieron a Santo Domingo Savio como el más simpático y buen compañero, mientras que de Miguel Rúa dijeron que era el más santo y piadoso de los oratorianos.

El joven Rúa fue uno de los primeros en hacerse salesiano y su comunidad lo eligió director espiritual. También llegó a ser el primer hijo de Don Bosco en ser ordenado sacerdote.

Don Bosco le empezó a dar cargos importantes como el ser director del Colegio de Mirabello, prefecto de la casa de Turín, encargado de los asuntos administrativos y de los talleres, la responsabilidad de la edificación del Santuario de María Auxiliadora e inspector provincial de los Colegios entre 1870 y 1872.

Miguel además colaboró de cerca en el inicio de las Hijas de María Auxiliadora y los Salesianos Cooperadores. Con el tiempo se fue cumpliendo el todo “a medias” que Don Bosco le había predicho hasta el punto que el Santo de los jóvenes no tomaba resoluciones sin el visto bueno de Don Rúa.

San Juan Bosco al final de su vida decía: “Si el Padre Rúa quisiera hacer milagros, los haría, porque tiene la virtud suficiente para conseguirlos”. Cuando murió el fundador, el Beato Miguel Rúa le sucedió en el cargo y la presencia salesiana se empezó a ampliar fuertemente en el mundo.

Siempre vivió pobremente, pidió mucho, pero no para sí mismo. Se conformaba con el último lugar, la última sotana, el último pan. Se caracterizó por su bondad y su amor a la Santísima Virgen María. Quienes entraban en contacto con él decían que era como Don Bosco.

Partió a la Casa del Padre el 6 de abril de 1910, fue beatificado por el Beato Pablo VI en 1972 y su fiesta se celebra cada 29 de octubre. Don Bosco y Don Rua finalmente compartieron todo: las responsabilidades, la espiritualidad, los sufrimientos y las alegrías por el Señor al servicio de los jóvenes.

Más de un millón de vivos aplauden el desfile de muertos, Catrinas y calacas

Más de un millón de vivos aplauden el desfile de muertos, Catrinas y calacas

Las Ofrendas Móviles recorrieron Paseo de la Reforma hasta ubicarse en el Zócalo

Se vieron también personajes de la cultura mexicana y artistas que fallecieron este año

Más de 15 carros alegóricos participaron en la segunda edición del desfile del Día de Muertos en la Ciudad de México

Ángel Vargas

La Jornada

Saldo blanco fue reportado por la Secretaría de Seguridad Pública de la Ciudad de México con motivo del Desfile de Ofrendas Móviles, efectuado ayer en la capital de la República como parte de las celebraciones del Día de Muertos, organizadas por el gobierno local.

De acuerdo con la instancia, más de un millón de personas presenciaron ese festivo y colorido recorrido, que durante cerca de tres horas abarcó seis y medio kilómetros y que tuvo como punto de partida la Estela de Luz o Monumento del Bicentenario de la Independencia, conocido coloquialmente como la suavicrema, y que llegó a la Plaza de la Constitución.

Desde muy temprana hora, miles de personas comenzaron a llegar a Paseo de la Reforma con el propósito de conseguir el mejor lugar para apreciar el desfile, en el cual intervinieron una quincena de carros alegóricos y más de mil 500 voluntarios, que integraron las comparsas.

Centenas de mujeres ataviadas elegantemente como Catrinas, igual cantidad de calacas vestidas de gallardos charros, brujas, monjes, zombies, diablos, diablesas, momias, jorobados, vampiros e infinidad de espíritus chocarreros y de rostros maquillados como cráneos humanos pudieron verse a lo largo de esa verbena popular.

De vez en vez, entre el avispero de voces humanas y la variada música surgida de los carros alegóricos, el firmamento fue enarcado con el fuerte tronido de los cohetones que desde la iglesia de San Hipólito, a la altura del Metro Hidalgo, recordaron que ayer fue el día de San Judas Tadeo, patrono de las causas imposibles.

Entre las comparsas destacaron los carros que rindieron homenaje al recientemente fallecido monero mexicano Eduardo del Río Rius, con la reproducción de los personajes de su historieta Los Supermachos, como Calzonzin, Doña Eme y Don Perpetuo; algo similar con el dedicado a La Familia Burrón, del también fallecido caricaturista Gabriel Vargas, en el que se apreciaron descarnados al apacible Don Regino, la desaforada Doña Borola, y al resto de su prole: Macuca, El Tejocote y Foforito.

También se observaron panteones gigantes móviles, una enorme trajinera de Xochimilco con sus vistosos letreros en coloridas flores y en la que se transportaron actores disfrazados de personajes de la cultura popular mexicana ya fallecidos, como Frida Kahlo y Diego Rivera, María Félix, El Santo, JuanGa y Cantinflas, así como un enorme y espeluznante tzomplantli prehispánico.

El desfile estuvo dividido en dos segmentos. El primero, titulado La muerte viva, incluyó elementos relacionados con los decesos en el México prehispánico, Colonial, Revolucionario y de la época actual; en tanto que el intitulado Carnaval de calaveras, incluyó un reconocimiento a la brigada de rescatistas y voluntarios que intervinieron tras el sismo del pasado 19 de septiembre. Entre otros, desfilaron ocho binomios caninos que participaron en las labores de salvamento.

Esta actividad forma parte del programa Celebración de muertos 2017, que a partir de ayer y hasta el 4 de noviembre conmemorará una de las tradiciones con mayor arraigo en el país, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en 2003.

Organizada por el gobierno de la Ciudad de México, por conducto de la Secretaría de Cultura local, la celebración de este año está dedicada a honrar la memoria de las víctimas del terremoto del pasado 19 de septiembre y a reconocer la cultura solidaria de voluntarios y rescatistas.

Además del desfile, el programa incluye una ofrenda monumental en el Zócalo capitalino, que permanecerá abierta hasta el 2 de noviembre; un foro artístico con actividades en esas mismas fechas y un paseo nocturno en bicicleta, a realizarse el 4 de noviembre.

La aventura del Transiberiano

La aventura del Transiberiano

Un viaje legendario por la gran línea férrea rusa hasta los confines de Asia, a través de la tundra y la taiga siberianas

JOAQUIN MAYORDOMO

El país

En la estación de Yaroslavsky, una de las nueve que hay en Moscú, buscamos en el panel electrónico el número de tren y de andén. Ekaterimburgo es nuestro destino en esta primera etapa del Transiberiano; 1.814 kilómetros por delante que cubriremos en 28 horas, pues la puntualidad de los trenes en Rusia es de 10. El billete es para viajar en segunda, en un compartimento de cuatro personas. Nos recibe a pie de vagón una robusta azafata (nuestra provanitsa) vestida impecablemente con traje de chaqueta gris, a juego con el color ceniciento del tren y la luz crepuscular de la tarde; es una mujer de uniforme que cumple las reglas: revisora y cuidadora a la vez, vigilante y limpiadora. Nos pide el pasaporte y el billete, fotografía los documentos y, tras un chequeo electrónico de los mismos, nos invita a subir. En el vagón solo van rusos… Normal. El Transiberiano es una ruta comercial; prácticamente la única que vertebra el país de oeste a este entre Moscú y el Pacífico. Son más de 9.000 kilómetros de una doble vía electrificada por la que se transporta carbón, hierro y toda clase de minerales, gas y petróleo, maquinaria industrial y cualquier bien de consumo imaginable. Viajaremos, pues, por una autopista ferroviaria a través de Siberia que te pone en contacto con todas las Rusias.

JAVIER BELLOSO

El compartimento es sencillo y está limpio. Aire acondicionado. Dos literas plegadas y dos más que sirven de asientos corridos, una mesa y sobre ella un pack con agua mineral, un panecillo y galletas. En un rincón, bien dobladas, un paquete de sábanas limpias, almohada y una manta para cada uno. El precio del billete para este trayecto es de 99,40 euros por persona, que, dada la distancia y calidad del servicio, nos parece barato.

En la frontera de Asia

A las cuatro en punto de la tarde arrancamos… ¡Ni un minuto de retraso! Enseguida aparecen los árboles que aíslan la vía, impidiendo observar el paisaje más allá del túnel verde por el que pe­netramos en el bosque. Todo el trayecto será así: una arboleda impe­netrable en una llanura infinita. De vez en cuando, algún lago; un río; un pantanal con aguas estancadas en medio de praderas (en verano, con flores) que se pierden en el horizonte. Una aldea aquí… Más allá, otra entre una maraña de árboles. Todas las casas iguales, de madera; sin grandes adornos, modestas. Ni bloques de pisos, ni torres, ni iglesias; las calles son de tierra y apenas se ve circular algún coche.

Y siempre esos ríos caudalosos, Ishim, Obi, Yeniséi, y ciudades de nombre impronunciable como Krasnoyarsk

El tren se detiene cada dos o tres horas. Esta será una constante a lo largo del viaje. Los tapones que se forman en alguna estación obligan al nuestro y a otros trenes a pararse para dar paso. Esto no quiere decir que estemos parando cada poco tiempo. A veces recorremos 200, 300 kilómetros sin detenernos, pero las distancias son aquí tan enormes que hasta lo extraordinario termina pareciendo normal.

Durante las paradas en las estaciones que hacemos —indicadas en un panel que hay en cada vagón para que el viajero esté informado—, la gente baja al andén (muchos en pijama) a estirar las piernas o a comprar chucherías para los niños, comida y bebida, recuerdos, artesanía de la zona. Son principalmente mujeres las que ejercen este comercio ambulante. Venden de todo: desde collares e inclasificables abalorios hasta animales disecados. Las provanitsas, que se han colocado a pie de vagón, vigilantes, avisan con tiempo de que el tren va a partir para que nadie se quede en tierra. Y atravesamos más bosques, y más ríos, y más lagos… Y así hasta que, a las ocho en punto de la tarde, el tren hace su entrada en la estación de Ekaterimburgo.

Bajamos. Tras el inevitable chequeo de equipajes, la improvisada clase práctica de ruso para poder sacar un billete de metro, y después de superar otros inconvenientes que a quienes viajamos por libre nos surgen de continuo, localizamos en el mapa el hotel. Allá vamos.

El conocido como Cementerio de los Mafiosos en Ekaterimburgo. J. MAYORDOMO

Ekaterimburgo nos sorprende. Esperábamos encontrar una ciudad provinciana, aburrida, y la descubrimos vigorosa y llena de vida. La colonización publicitaria es total. Los rótulos de los negocios chispean en carteles y paneles luminosos gigantes, rasgando la llegada de la noche. Creíamos estar en medio de la nada, a la puerta de Siberia, y nos encontramos en una ciudad de millón y medio de habitantes, la cuarta de Rusia, ¡muy europea! Ekaterimburgo también es un mito… Es la ciudad donde los revolucionarios bolcheviques acabaron con el zar Nicolás II y su familia; donde Eurasia se parte sin que exista frontera, donde los Urales hunden su espinazo… Y es ese extraño lugar (curioso para el turista) en el que hay un cementerio denominado de los mafiosos, espectacular, en medio de un bosque tupido de pinos, al que acuden las familias de los muertos a celebrar onomásticas y meriendas en los porches que han construido, a todo confort, junto a la tumba de sus seres queridos (muchos caídos en las guerras de bandas locales en los convulsos años noventa).

Esta ciudad industrial desempeñó un papel determinante ya en la II Guerra Mundial, al trasladar el Gobierno soviético su industria pesada hasta aquí para evitar que cayera en manos de los nazis, si estos hubieran conquistado Moscú. Ekaterimburgo va a ser también una de las sedes del Campeonato del Mundo de Fútbol el próximo verano, y esta es una de las razones por las que vive ahora inmersa en una febril actividad, entre una maraña de grúas y la excitación consumista.

Visitamos la iglesia catedral de la Sangre (auspiciada por Borís Yelstin, oriundo de la región, presidente de Rusia entre 1991 y 2000), levantada en el lugar donde fue asesinada la familia imperial. Son las contradicciones de Rusia: un país que hoy exhibe a sus héroes revolucionarios, con su nombre y sus estatuas presidiendo las grandes avenidas, pero que cultiva también el capitalismo más feroz o incentiva y aúpa, nuevamente, el fervor religioso.

Cincuenta horas

El tren Moscú-Pekín entra por la vía 2, andén 4, a las 5.45. La salida de Ekaterimburgo hacia Irkutsk (3.434 kilómetros) la tiene a las seis de la mañana en punto. Allí estamos nosotros, muertos de sueño y expectantes… Nos inquieta pensar cómo sobrellevaremos una etapa tan larga. Porque el paisaje que se anuncia es el mismo: bosques eternos…

Hasta que de pronto aparece… ¡un campo de cultivo! No es un espejismo. Y más pueblos, algún animal doméstico. A la velocidad de un relámpago surge una vaca en un prado y algunas ovejas. Y siempre esos ríos caudalosos (Ishim, Obi, Yeniséi) junto a los que se asientan ciudades de nombre impronunciable (Novosibirsk, Krasnoyarsk); ciudades industriales con decenas de chimeneas humeantes, fábricas abandonadas, montañas de chatarra, hangares entre telarañas de vías muertas. Mas el tren no se para, ajeno al entorno continúa devorando kilómetros; como si se tratara de una película, Siberia es una cinta continua de infinitos fotogramas.

Las provanitsas siguen vigilantes, siempre atentas a cualquier incidencia. Las horas avanzan. Hay mucho que ver, que contar, que leer, que escribir, que pensar. El viajero pasea, va al restaurante, se hace un té con el agua hirviendo del samovar que hay en cada vagón; regresa a su asiento y mira por la ventanilla otra vez… ¡Cuánto, cuánto árbol!

Nos fijamos en las personas que suben… ¿Qué podría contarnos esa anciana de mirada perdida que sonríe levemente? Y ese hombre solitario que arrastra un par de maletas, ¿qué profesión tiene? ¿Qué piensa esa madre, ¡tan joven!, que viaja sola, con cuatro retoños de apenas diez años el mayor? Y esa belleza ensimismada con su móvil, ¿de dónde será? ¿Adónde irá? ¿Adónde? En cada parada sube y baja gente. Observamos la puesta de sol. Se cierra la tarde, cenamos, dormimos. ¡Primer día superado! El corazón de la vida no deja de latir en Siberia; ni siquiera el silencio es total cuando el tren se detiene en medio de la noche.

Amanece otra vez entre árboles. Luego, a media mañana, la vida renace: más pueblos, aldeas. Estamos en tierras de Irkutsk, la mítica ciudad siberiana, la capital de los destierros.

Irkutsk nos recibe despejada y con música ambiental en las calles. En cada esquina, un recuerdo, una placa. Tranvías decorados que se caen a pedazos de viejos. Estatuas. Monumentos de Lenin, de Marx, del emperador Alejandro, de artistas e intelectuales, de generales vencedores en guerras remotas. La ciudad es un cruce de caminos en las inmediaciones del lago Baikal, ese mar interior que contiene el 20% de las reservas de agua dulce del mundo: 636 kilómetros de largo, 80 de ancho, 1.600 metros de profundidad. Un lago que le dulcifica la vida a la exótica Irkutsk, aunque en invierno llegue a soportar temperaturas de 35 grados bajo cero.

Fundada en 1661, Irkutsk tuvo su momento de gloria con la fiebre del oro y el comercio de pieles. Luego vendrían los destierros; el de los decembristas —los príncipes rusos que en 1825 se sublevaron contra el zar Alejandro I— es uno de los más famosos; le siguieron las deportaciones de Stalin, el Gulag siberiano… Ahora es un remanso de paz. Sus más de 600.000 habitantes aman la cultura y el arte, debido, se dice, a la herencia dejada por aquellos intelectuales que sufrieron el destierro a Siberia y terminaron quedándose aquí. Su arquitectura más antigua es hermosa. Y, a pesar de haber sufrido varios incendios, conserva todavía centenares de edificios de madera que resisten al paso del tiempo y a la demolición. Son construcciones singulares que al viajero, al contemplarlas, le transportan a otros mundos y épocas, a ciudades de América, como Iquique, en el norte de Chile.

Llega la hora de partir. Dejamos la vía del Transiberiano, que termina en Vladivostok, para seguir por el ramal del Transmongoliano. Nuestro destino, Ulán Bator, la capital de Mongolia, queda a 1.019 kilómetros remontando el curso del río Selengá hasta salvar una altitud de casi mil metros desde Irkutsk. El tren, que resulta ser chino, no tiene nada que ver con los aseados trenes rusos. ¡Adiós provanitsas, os echaremos de menos! Un joven indolente, responsable del vagón, barre con desgana la moqueta con una fregona mugrienta. ¡Ay, qué viaje! La locomotora gime en las curvas; los raíles chirrían. El tacata-tá, tacata-tá, tacata-tá adormece; y el humo… Ese humo que nos trae recuerdos de infancia y que, según los caprichos del viento, nos atufa o se esparce hacia el sur.

El convoy va adentrándose en Asia. Desaparecen los árboles y empieza la tierra reseca, polvorienta. Pasamos por ciudades extrañas, como la impresionante Ulán-Udé, enterradas en chatarra e industrias abandonadas a consecuencia del cambio de régimen económico que supuso la perestroika, aplicada entre 1985 y 1991 en lo que entonces era la URSS. Entretanto, surgen colinas y extensas praderas peladas que se pierden en el horizonte. ¡Es la estepa!

Camino de Mongolia

Pasar la frontera entre Rusia y Mongolia tiene sus ritos. Primero los rusos controlan hasta el aire que respiras y después los mongoles hacen lo mismo. Sube el ejército, la policía, los perros husmeando… La inspección de aduanas. Se llevan los pasaportes. En total, cuatro horas de parada que el maquinista aprovecha para gestionar el cambio de vía, pues el ancho no coincide. Es medianoche cuando nos ponemos en marcha otra vez.

Las primeras imágenes de Mongolia las fija mi retina a las 5.30. Son imágenes de llanuras verduscas sembradas de yurtas, el hogar de los nómadas mongoles; y entre ellas, rebaños de yaks, ovejas y vacas.

Varias chimeneas echando humo a destajo nos guían a Ulán Bator, la capital más contaminada del mundo; entre sus singulares edificios cuenta con dos centrales térmicas que la envenenan día y noche. Al estar rodeada de montañas, el problema se agrava. Y por si esto fuera poco, sus 1.350 metros de altitud la convierten en la capital más fría del planeta.

Esperábamos encontrar un lugar único. Pero descubrimos una ciudad de más de un millón de habitantes sembrada de torres y atascada de coches. En la plaza Sükhbaatar, de dimensiones soviéticas y un referente para el pueblo mongol, el gran Gengis Kan repantigado en su trono vigila la ciudad rodeado de pantallas gigantes. Cada noche, los chorros de publicidad crean un ambiente irreal que el viajero, a poca imaginación que le eche, se creerá en Nueva York. Como en Irkutsk, también las estatuas abundan. Y para muestras, tres ejemplos: la del explorador Marco Polo, la del primer doctorando del país y una extremadamente kitsch dedicada a los Beatles.

Las franquicias occidentales abruman en Ulán Bator; no importa el sector, sea este de ocio, alimentación o de ropa. Las chicas visten minifalda, y los chicos, bermudas y zapatillas deportivas. Los teléfonos móviles son la enfermedad más común y extendida; nadie se libra de ella. Hay ya más de 10.000 compañías extranjeras de todos los ámbitos operando en Mongolia.

Las calles son ese mar a explorar que nutre de experiencias al viajero; y las de Ulán Bator no son excepción. A nosotros nos gusta perdernos en ellas. Caminar, preguntar, intercambiar sonrisas y hacer cola para subirse a un autobús puede deparar curiosos encuentros con los que seguir alimentando el viaje. O comprar un tique para entrar al Museo de los Dinosaurios (en Mongolia se han descubierto algunos de los restos más valiosos de estos herbívoros que vivieron hace 240 millones de años).

Al monasterio de Gandantegchinlin, un gran complejo conventual, acuden las gentes en masa a diario a hacer sus ofrendas y ruegos; a cambio, se supone que Buda les echará una mano en temas de fertilidad, riqueza y amor.

Fue en este monasterio donde nos topamos con la imagen más surrealista del viaje. Los monjes se habían reunido para el rezo previo al almuerzo. Mientras repetían oraciones al ritmo cansino que marcaban los niños novicios aporreando tambores, monjes de servicio repartían el almuerzo consistente en una bandeja rebosante de envoltorios de colores en distintos tamaños y formas, rotulados en inglés, chino y mongol. Completaba aquella dieta una botella de Fanta de dos litros. ¡Ay, ni los monjes budistas cocinan! ¡La comida basura les ha atrapado también!

Pero Mongolia (tres veces España y tres millones de habitantes) es, sobre todo, una tierra de espacios abiertos y lejanos horizontes; praderas infinitas; desiertos como el del Gobi, en la frontera con China, uno de los más secos de la Tierra. Mongolia es la naturaleza en estado puro. O eso creíamos… Así que nos fuimos al parque nacional de Gorkhi-Terelj a ver cómo eran los yaks y las yurtas y esos mongoles que cabalgan de pie sobre sus peculiares equinos. Mas el progreso había llegado antes que nosotros, llenándolo todo de complejos turísticos. Eso sí, los yaks eran aún de verdad y los caballos también.

Un tanto sorprendidos, seguimos viaje a China, felices de que, como Miguel Strogoff —el protagonista de la novela homónima de Julio Verne—, habíamos hecho realidad nuestro sueño

Margo Glantz, quien recibió el Premio Alfonso Reyes, dictó una conferencia magistral sobre Juan Rulfo

Margo Glantz, quien recibió el Premio Alfonso Reyes, dictó una conferencia magistral sobre Juan Rulfo

¿Por qué nadie nos conoce como los hijos de Pedro Páramo?

Quizá tuvo más descendientes que la Malinche, consideró la escritora y académica de la UNAM

Merry MacMasters

 La Jornada

La escritora, académica, periodista y crítica literaria Margo Glantz recibió el Premio Alfonso Reyes 2017, otorgado por El Colegio de México, la noche del miércoles de manos de Sergio Ghigliazza García, presidente de la Asamblea General Fondo Patrimonial en Beneficio de El Colegio de México (Fundación Colmex), y Silvia Giorguli Saucedo, presidenta de la institución.

Profesora emérita de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Glantz dictó una conferencia magistral sobre Juan Rulfo, cuyo centenario natal se conmemora este año, enfocado en Los hijos de Pedro Páramo.

Dijo que Octavio Paz se preocupó por insertarnos en una genealogía. Gracias a él somos los hijos de la Malinche, hijos simbólicos y colectivos, hijos anónimos, jamás parecidos a los verdaderos hijos históricos, los mestizos Martín Cortés y María Jaramillo.

Alguna vez la galardonada se preocupó por saber “si la Malinche había dejado también y circulando por el mundo hijas putativas. Y encontré que las había y que esas hijas practican un oficio, se trataba por lo menos de tres narradoras, Elena Garro en sus cuentos de ‘Las mañanas de colores’ y especialmente ‘La culpa es de los tlaxcaltecas, Rosario Castellanos con Balún Canán y Elena Poniatowska en La Flor de Lis y sobre todo en su papel de entrevistadora de Jesusa Palancares en Hasta no verte Jesus mío…’”

Es claro, continuó Glantz, que Pedro Páramo tuvo hijos, quizá mucho más que la Malinche. Y sin embargo nadie nos ha otorgado esa paternidad a los mexicanos, nadie nos conoce como los hijos de Pedro Páramo, aunque lo mereceríamos, y mucho menos nos conocen a quienes pudiéramos ser sus hijas.

Foto

Margo Glantz, primera mujer en ser reconocida con el Premio Alfonso Reyes que confiere El Colegio de México, en la sede de esa instituciónFoto Roberto García Ortiz

Al releer por centésima vez Pedro Páramo, Glantz comparó el libro publicado con las distintas versiones que Rulfo dejó en sus Cuadernos. “Advierto de inmediato una curiosa por no decir perversa relación con la paternidad, una paternidad colectiva confusa y en general anónima, muchas veces incestuosa, pero históricamente evidente durante el porfiriato, porque Comala además de estar llena de ‘Ruidos. Voces. Rumores: Canciones lejanas’ (páginas 58), está poblada por varios de los hijos bastardos de Pedro Páramo, de los cuales sólo sabemos que, a pesar de ser sus hijos, como explica el arriero Abundio, él mismo uno de ellos, sus madres los han malparido sobre un petate”.

¿Pero tuvo hijas Pedro Páramo?, pregunta a la que Glantz contestó: Pedro Páramo no dejó hijas o por lo menos hijas que llevaran su nombre, pero sin quererlo ni buscarlo, Juan Preciado es, en la novela, el único padre-madre de una hija estéril, deshijada.

En su laudatio, Rafael Olea Franco, director del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios del Colmex, se refirió a la vasta y diversa obra de Glantz que transita con soltura entre diversos géneros literarios. Quizá podría decirse, de modo sintético, que muchos de los temas que trata en su obra alcanzan una lograda amalgama entre la escritura ficcional y el ensayo. Sería imposible discernir dónde acaba cada uno de estos discursos, o bien tratar de delimitar disciplinas, porque en la veta ensayística, lo mismo se habla de literatura que de música.

El Premio Alfonso Reyes fue creado en 2010 para celebrar los 70 años del Colmex. Margo Glantz es la quinta persona reconocida y la primera mujer en recibir ese galardón.

Arte escondido en Oaxaca

Arte escondido en Oaxaca

Casa Wabi, una residencia para artistas diseñada por dos premios Pritzker de arquitectura, está situada entre comunidades indígenas cercanas al turístico Puerto Escondido, en la costa del Pacífico mexicano

VÍCTOR USÓN

Puerto Escondido

Frente al Océano Pacífico, a los pies de una solitaria playa y a escasos metros de la montaña, aparecen una docena de palapas. Bajo ellas, seis artistas conviven con el único propósito de crear. Los rodean 130 hectáreas de laboratorio artístico. Una incubadora de ideas que dos premios Pritzker de arquitectura se han encargado de transformar en el mejor lugar para la “introspección” y la “creatividad”.

Casa Wabi, uno de los proyectos más preciados del mexicano Bosco Sodi, celebra este martes su aniversario. Cumple tres años esta residencia para artistas, situada cerca del turístico Puerto Escondido, en la Costa Chica de Oaxaca, y considerada por The New York Times uno de los 52 lugares que visitar en 2017. A ella han acudido cerca de 150 creadores de las más diversas disciplinas y las más variadas nacionalidades, Un continuo ir y venir de autores que han hecho de este espacio, dirigido por Carla Sodi, un oasis en una de las regiones más deprimidas, olvidadas y pobres del país.

 “Este lugar tiene mucho de monástico. La arquitectura fomenta una introspección profunda en uno mismo. Algo que no a todos los artistas les sienta bien. También enfatiza ese carácter monástico el contraste con la comunidad, el staff y la marginalidad de la zona. Esto afecta en mayor medida a quienes más cerca de este contexto local están. Al extranjero le puede resultar exótico, pero para los artistas que son de este Estado llega a ser duro”, comenta Alberto Ríos, curador de Casa Wabi y encargado de seleccionar a los artistas que realizan una residencia de entre uno y tres meses.

Arte que impacta sobre una población que hasta ahora vivía a demasiados kilómetros de un cine, una sala de teatro o del circuito habitual de las exposiciones. Los proyectos que se desarrollan en Casa Wabi tienen como requisito indispensable generar un intercambio entre el artista y los chatinos, afromestizos o mixtecas que habitan las 12 comunidades que rodean esta casa, cuya sola presencia transforma la zona.

Exuberante en sus planteamientos, discreta para su entorno, el edificio principal ha sido diseñado por el arquitecto japonés Tadao Ando y uno de sus pabellones por el portugués Álvaro Siza. Esta obra minimalista, camuflada entre la naturaleza y de enorme simbolismo, reúne dormitorios, estudios, una sala de exposiciones, otra de proyección, zonas para el encuentro y también para la meditación.

Desde la playa, apenas se aprecian una docena de palapas. En su interior, 300 metros de muro recorren el lugar. Es la columna vertebral de la casa. A un lado está el sur, el mar y la paradisiaca costa; al otro, el norte, la montaña y el extenso jardín. Solo en ciertos puntos estratégicos del complejo se puede atravesar el hormigón. “En Casa Wabi hay que decidir de qué lado del muro se está”, comenta Ríos.

“Cuando llegamos, resultaba impactante para la gente del lugar. No sabían cómo enfrentarse a este tipo de arquitectura. Era interesante ver sus reacciones a las exposiciones de galería. Cuando una persona no ha tenido contacto con el arte contemporáneo se produce un shock al enfrentarse a él”, cuenta Juan Pino, director del programa comunitario.

El contraste entre estos dos mundos se produce dentro y fuera de Casa Wabi. Ahora el cine ha llegado hasta las plazas de los pueblos y una biblioteca móvil recorre las calles sin asfaltar de las comunidades. Mientras, en las recetas de las cocineras de esta residencia, atendida por un nutrido grupo de mujeres de la zona, se aprecia la influencia de los reconocidos chefs Niki Nakayama, Enrique Olvera y Najat Kaanache, que visitaron el lugar.

“Aquí la gente no ha ido a una sala de cine y nosotros pretendemos acercarles un séptimo arte diferente aunque esto no resulte fácil. No por darles una película se convierten en cinéfilos, por lo que realizamos un importante trabajo de sensibilización. Les entregamos un espacio en el que concentrarse en entender otro tipo de largometrajes”, cuenta Paola Herrera, productora de películas de ficción y directora del programa de cine en Casa Wabi.

El arte contemporáneo ha llegado hasta la comunidad. Invade un territorio ajeno a través de proyectos que invitan a los adolescentes a manchar, que recogen el pasaje sonoro de una localidad o en el que los vecinos elaboran esculturas a partir de las formas prehispánicas que aún se conservan en el lugar. En definitiva, obras que revalorizan su historia, su entorno y su propia comunidad. Con ellas, los habitantes de la zona se adentran en terrenos hasta ahora desconocidos, dan rienda suelta a su creatividad y avanzan por el camino de la libertad. “Los proyectos comunitarios son el alma de la fundación, sin ellos sería una residencia más como hay otras muchas en el mundo”, argumenta Pino.

El artista belga Michel Françoise, el suizo Ugo Rondinone, el británico Richard Wentworth y el español Santiago Sierra son algunos de los artistas que han acudido a esta residencia y han hecho suyo el lugar. Han contribuido a transformar Casa Wabi en un hogar, en el que se desayuna, come y cena en comunidad. Vivieron entre uno y tres meses en un espacio ideal para la introspección y la meditación. Pero, paradojas del destino, en el mejor lugar para crear, el arte a duras penas se puede conservar. La sal, el calor y la humedad destruyen las obras sin piedad.

Joan Miró, por primera vez a solas en Buenos Aires

Joan Miró, por primera vez a solas en Buenos Aires

Una muestra exhibe en el Bellas Artes 50 obras de las últimas dos décadas de la vida del artista catalán

RAMIRO BARREIRO

Buenos Aires

En 1956, el artista catalán Joan Miró se traslada a un nuevo estudio en Son Abrines de Mallorca. En ese taller-vivienda reúne por primera vez en su historia la totalidad de su producción anterior. Allí es que revisa y redefine toda su obra. Desde ahí hasta su muerte en 1983, sus cuadros, dibujos y esculturas expandieron sus límites conceptuales a través del cuestionamiento de su propia naturaleza. Ese valioso legado fue depositado en el Museo Reina Sofía de Madrid y hoy llega a la ciudad de Buenos Aires en lo que es la primera exposición enteramente dedicada al surrealista, que estará abierta al público en forma gratuita hasta el 25 de febrero en el Museo Bellas Artes.

Miró: la experiencia de mirar es el nombre que recibe la muestra, que viajará en marzo de 2018 al Museo de Arte de Lima, en Perú, y juega en su título con el verbo conjugado en pasado del nombre propio del artista catalán. La mayoría de estas obras encadenadas por el misterio de la analogía muestran personajes abstractos a los que se ha sustraído deliberadamente el drama que los habita. Es el pasaje del dibujo a la escultura. Y a la imagen en movimiento. Y trae a Argentina una de las obras plásticas más querida por grandes y chicos: Mujer, pájaro y estrella, el sentido homenaje del artista a Pablo Picasso.

“Los argentinos van a tener oportunidad de ver obras que a lo mejor no son tan conocidas, como el homenaje a Picasso, que ha sido muy difundida por el merchandising, y van a entrar muy bien en el Miró final, que es un resumen de toda su trayectoria y que está muy vivo”, expresa a EL PAÍS Carmen Fernández Aparicio, una de las curadoras, junto a Belén Galán Martín, ambas del Museo Reina Sofía.

 La exhibición tiene una fuerte presencia de esculturas.ampliar foto

La exhibición tiene una fuerte presencia de esculturas.

La muestra exhibe 50 obras de las últimas dos décadas de la vida del artista. Son 18 pinturas, seis dibujos, 26 esculturas y dos filmes: Miró parle (Miró habla), de 1974, del fotógrafo y realizador francés Clovis Prévot, que incluye una profunda entrevista al artista, de 1972. El otro es el cortometraje Miró l’altre (Miró, otro), de 1969, dirigido por Portabella, que documenta la composición y posterior destrucción por parte del artista de un mural.

La etapa tardía de Miró mantiene un relativo ocultamiento, dado que sus obras más conocidas refieren al período de entreguerras y posguerra. “Para nosotros es una oportunidad porque uno de los fines del museo es difundir su colección y como no todo puede estar expuesto en el Reina Sofía, conformamos exposiciones que puedan itinerar. Nos hace muchísima ilusión porque esta exposición estuvo antes en cuatro museos norteamericanos, pero con Argentina tenemos muchísima afinidad”, agrega Fernández Aparicio.

 Carmen Fernández Aparicio, curadora de la muestra.ampliar foto

Carmen Fernández Aparicio, curadora de la muestra.

“Miró es dueño de un lenguaje más gestual”, describe el director del Museo Bellas Artes, Andrés Duprat, “Es un pintor que ha tomado mucho del arte abstracto del Siglo XX, y en general, el arte abstracto aleja, pero en el caso de él hay un misterio, puede ser el uso de los colores primarios, la composición, la gestualidad que hace referencia a los dibujos de los niños o no sé qué puede ser, pero en Argentina hay mucha empatía con su obra”.

La muestra había sido preparada para Estados Unidos, incluso se presentó en Seattle y luego volvió a España. Se emplearon diversos vuelos para trasladarla, para que en caso de un accidente no se pierda la colección entera. El Bellas Artes de Buenos Aires firmó con el Reina Sofía de Madrid un convenio de colaboración para intercambiar obras, pero también profesionales y técnicos y la instalación de Miró: la experiencia de mirar es resultado de ese acuerdo. “Argentina es un país al que España le es muy cerca y hay un trio mágico que son Picasso, Dalí y Miró que son artistas, además de muy conocidos, muy familiares y queridos para el país”, afirma Duprat.

“En Miró hay un modo de trabajar el color que es fascinante, entonces atrae a los niños. Sus trazos tienden a la simplificación y tienen mucha fuerza. Esta exposición demuestra que es un hombre que trabaja con entera libertad y los niños también lo hacen, sin prejuicios. El acto de la creación también es un juego y el artista es un poco un niño. Es el que hace algo sin ninguna funcionalidad, simplemente por el acto y la belleza de crear”, cierra Fernández Aparicio.

Un retrato sin prejuicios de Violeta Parra

Un retrato sin prejuicios de Violeta Parra

A 100 años del nacimiento de la cantautora chilena, una biografía la desmitifica y ahonda en su faceta política

ROCÍO MONTES

Santiago de Chile

En el mes en que Chile conmemora los 100 años del nacimiento de una de sus artistas universales, Violeta Parra (San Fabián de Alico, 1917; Santiago de Chile, 1967), una biografía por primera vez retrata sin prejuicios a la cantautora, recopiladora de música folclórica y artista plástica. Después de vivir un siglo, del periodista chileno Víctor Herrero, es una investigación exhaustiva y documentada acerca de la autora de himnos como Gracias a la vida y Volver a los 17. Una mujer atrevida, difícil, iracunda, pero, sobre todo, un genio, que tuvo una marcada y desconocida faceta política.

“Era como un mustang, los caballos salvajes de Estados Unidos. No había quién la pudiera controlar. Si alguien lo intentaba, Violeta siempre zafaba para, finalmente, hacer lo que quería”, señala el autor de este libro disponible en e-book para todos los países y que será publicado en noviembre en España.

Un retrato sin prejuicios de Violeta Parra Una Violeta llamada Chile en un país llamado Parra

Después de vivir un siglo señala que no provenía de una familia campesina y pobre del sur de Chile, como siempre se ha pensado, sino de la pequeña burguesía de provincia. Que fue cercana al Partido Comunista, aunque la dictadura de Augusto Pinochet haya querido deslavar su izquierdismo. Que la influencia de su hermano Nicanor fue importante, pero no se le puede atribuir al poeta la genialidad de Violeta Parra. Que no siempre fue la artista que conocemos: Violeta se transformó en Violeta recién a los 35 años, una edad avanzada en una época en que la expectativa de vida era baja. De acuerdo con Herrero, su faceta trascendental arranca divorciada de su primer marido, casada por segunda vez y con tres hijos.

Su mayor legado, señala el autor, “está concentrado en apenas 15 años, entre sus 36 y 49, cuando se suicidó”. Hasta entonces, Violeta se dedicaba a actividades artísticas que le permitían subsistir. Como cuando en 1944 se concentró en la música flamenca, que en Chile estaba de moda y resultaba rentable debido a la llegada de exiliados republicanos ayudados por el poeta Pablo Neruda. En esa época, indica el libro, se podía ver a una Violeta “vestida al estilo andaluz, con faldas largas y rojas, el pelo engominado y peinado impecablemente hacia atrás, los labios pintados de rojo”. Muy distinta de la mujer que se adelantó estéticamente a los hippies.

Si en 1952 crea canciones sobre los mineros con letras sin mayor contenido social, ocho años más tarde compone Arriba quemando el sol, uno de sus temas con más fuerza política: “Paso por un pueblo muerto/ se me nubla el corazón/ pero donde habita gente/ la muerte es mucho peor/ enterraron la justicia/ enterraron la razón/ Y arriba quemando el sol”.

“¿Qué ocurrió entre una y otra composición?”, se preguntó Herrero, que encontró un hecho que considera clave en su biografía: una conversación con su hermano Nicanor. Inspirado en el trabajo de recuperación del cante jondo que el compositor español Manuel de Falla le encargó a Federico García Lorca, el hermano mayor de Violeta la animó a rescatar el canto campesino chileno que a mediados del siglo XX desaparecía a causa de la emigración campo-ciudad. El biógrafo señala que, a partir ese momento, a la artista “le cambia el chip musical, se impone la labor tiránica de rescatar sola todo el folclore chileno con un lápiz y un papel, y comienza a surgir la Violeta Parra que actualmente conocemos”.

Fue su hermano-padre, como reconoció la propia cantautora pero, a juicio del investigador, “luego de su muerte, el propio Nicanor sobrevendió su importancia en la carrera artística de Violeta”.

Herrero no llegó a encontrar documentos que acreditaran su militancia en el Partido Comunista, pero la cercanía era evidente y el vínculo se manifestó en distintas etapas de su vida: desde su matrimonio con el sindicalista comunista Luis Cereceda, su primer esposo, hasta la presentación de Décimas, autobiografía en verso, que realizó por primera vez ante el Comité de Cultura del PC chileno en la casa de Neruda, un militante ilustre. En el libro Después de vivir un siglo se relata que Violeta Parra tuvo una relación histórica, política y cultural con el partido y tenía una elevada percepción de la URSS. “Yo no entiendo que usted no sea comunista. Este siglo es nuestro”, le llegó a escribir a un amigo argentino, el diputado radical Joaquín Blaya.

Rechazo al franquismo

Aunque solo existen un par de viajes acreditados a España, la artista chilena rechazó combativamente al franquismo. En 1963, estando en Ginebra, participó con vehemencia en las movilizaciones internacionales para intentar que la dictadura española no ejecutara al comunista Julián Grimau. Lanzó bombas de pintura frente al Consulado de España, y en honor al republicano, que finalmente fue fusilado por el régimen de Franco, compuso la aguerrida Qué dirá el Santo Padre, otra de sus obras con un fuerte contenido social. Como no se acostumbraba en aquella época, Violeta Parra en esta composición interpela directamente al Sumo Pontífice: “Qué dirá el Santo Padre, que vive en Roma, que le están degollando a sus palomas”.

El compromiso con la izquierda fue una de las facetas de la artista que se fueron difuminando con el tiempo. Herrero no lo explicita en la biografía, donde solo expone hechos para que el lector concluya, pero asegura que la dictadura de Pinochet desempeñó un papel importante en desvanecer su legado político. Relata que en 1977, cuando se conmemoraban 10 años de su muerte, el régimen militar instaló la idea de que Parra “fue una mujer genial que se mató por amor”. “Pero creer que se mató por amor”, señala el autor, “es una tontera. Es una mujer mucho más compleja y menos dependiente de los hombres de lo que se ha hecho creer”.

El sismo destruye La Esperanza de la catedral de Ciudad de México

El sismo destruye La Esperanza de la catedral de Ciudad de México

Uno de los monumentos más importantes del país resiste con dificultad tras el terremoto del pasado 19 de septiembre

ELENA REINA

El País

En la entrada principal de la catedral de Ciudad de México se ha abierto un socavón. Desde la cúspide de la torre central, de más de 60 metros de altura, se precipitó una de las tres virtudes católicas, representadas en esculturas humanas que pesan casi seis toneladas: La Fe, en el centro; La Caridad, a su izquierda; y La Esperanza. Esta última se desplomó el día que tembló la tierra en la capital. Su caída provocó un hoyo en la piedra maciza que un mes después sigue a la vista de todos. Acordonado con una cinta amarilla, el templo católico más imponente y visitado del país —que se comenzó a construir en 1536 y cuya obra duró más de 250 años— resiste malherido los embates sísmicos. Los científicos han concluído que lo único que permanece intacto en aquella torre es La Fe.

Una feligresa que ha acudido a rezar esta mañana como cada lunes a la catedral no cree que se trate de una coincidencia: “Eso sí es lo último que debemos perder. Es una señal”, asienta. En un país donde casi el 83% de la población se considera católica, el monumento más importante para la Iglesia nacional se encuentra en riesgo, según ha informado el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), encargado de gestionar la construcción.

“Ese día esto era el mismo infierno”, declara un agente de la Policía federal que prefiere no dar su nombre. “Todo crujía, veíamos cómo se iban desprendiendo pedazos de las cúpulas. Y como no sonó la alarma sísmica a tiempo, no pudimos evacuar hasta que hubiera dejado de moverse todo. Aquí cualquier cosa que se te caiga encima, con su peso, puede matarte”, añade. Recuerda aquel día mientras señala unos candelabros gigantes que penden de una cadena. “Cuando regresamos, todo estaba lleno de polvo y de restos de los muros”, cuenta.

La fachada principal se encuentra cuarteada casi un mes después. Las bóvedas se han descascarillado y bajo ellas unos bancos sobrantes del altar se han colocado como perímetro de seguridad. Si uno mira desde la entrada principal hasta el fondo de la nave, observa sin dificultad una cuesta hacia arriba. La catedral está parcialmente hundida. Aunque ya se encontraba en esa fase, al ser construida sobre uno de los lagos de la antigua Tenochtitlán, los expertos creen que ha podido inclinarse todavía más.

Tras el terremoto del pasado 19 de septiembre, que se cobró más de 300 vidas en la capital, se abrieron más las grietas que ya tenía el templo y se crearon daños nuevos, además del desplome de la figura de La Esperanza, obra del arquitecto Manuel Tolsá en el siglo XIX. Según el reporte del organismo se produjeron “fisuras, desfasamiento de dovelas en los arcos y en platabandas de ambas torres, desportillamiento y fractura de sillares, desprendimientos de aplanados y juntas de morteros y caída diversos elementos decorativos de los campanarios”.

Además, “se activaron grietas históricas que ya existían en las naves de la catedral, esto incluye la pérdida de la piedra clave en una de las ventanas laterales de la nave central, desplomes y desfases; pérdida de verticalidad en algunas pilastras de las columnas, hundimientos y desprendimientos pétreos en el atrio oriente”, cuenta el informe del INAH, en el que piden que se tomen “acciones emergentes”. Los daños se han reconocido como estructurales, aunque las autoridades concluyeron en que no había un riesgo inminente de derrumbe y que podría seguir siendo visitada, con algunas limitaciones.

“La estabilidad del inmueble está asegurada mientras no haya un nuevo sismo o condicionantes que generen vibraciones y aumenten el riesgo”, sentenció el arquitecto Arturo Balandrano, coordinador nacional de Monumentos Históricos del INAH. Pero nadie puede asegurar que no vaya a producirse otro sismo y el pasado 8 de octubre se llevó a cabo un concierto masivo con más de 170.000 espectadores saltando y bailando sobre el Zócalo capitalino. Sobre aquel evento, el INAH ha reconocido que “no hubo afectación adicional” en el edificio.

El hueco que dejó La Esperanza observa cómo, a pocos metros, se celebra ahora la Feria Internacional del Libro de la capital, que espera la llegada de un millón de visitantes. La Caridad se tambalea y La Fe, como un símbolo de estos días, se mantiene firme. Algunos, por si acaso, rezan para que no vuelva a temblar.

Los niños mártires de Tlaxcala

Los niños mártires de Tlaxcala

Ciudad del Vaticano.

ACI prensa

El Papa elevó hoy al honor de los altares como santos de la Iglesia católica a Cristóbal, Antonio y Juan, conocidos como los “niños mártires de Tlaxcala”, durante una misa de canonización en la Plaza de San Pedro.

Ante unos 35 mil fieles, Francisco pronunció la fórmula en latín con la cual ordenó la inscripción de esos jóvenes indígenas en el catálogo de los santos de la Iglesia católica. El anuncio fue respondido por la multitud con un aplauso.

Sobre la fachada de la basílica vaticana dominaban el sagrario los estandartes con las imágenes oficiales de los beatos canonizados por el pontífice: un total de 25. Además de los pequeños tlaxcaltecas, 33 mártires brasileños y dos sacerdotes, uno español y otro italiano.

Previo al inicio de la misa, el líder católico saludó a las delegaciones oficiales venidas de los diversos países. La comitiva mexicana estuvo encabezada por Roberto Herrera Mena, responsable de asuntos religiosos de la Presidencia de la República y Jaime del Arenal Fenochio, embajador ante la Santa Sede.

Al inicio de la ceremonia, el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos del Vaticano, leyó las biografías oficiales de los nuevos santos y pidió su canonización al Papa.

“Cristóbal, Antonio y Juan, asesinados en odio a la fe en 1527 y en 1529, son considerados los protomártires (primeros mártires) de México y del entero Continente Americano, primicias de la evangelización del nuevo mundo”, indicó la historia de los niños, contenida en el libreto oficial del rito distribuido por el Vaticano.

Entre los fieles se encontraba una nutrida delegación procedente de Tlaxcala. Según informaron a Notimex autoridades de la diócesis, más de 600 personas viajaron hasta el Vaticano para la ocasión, además de unos 90 sacerdotes y muchos obispos.

Ellos llegaron hasta la plaza vaticana con antelación, para ubicarse en los primeros lugares. Muchos llevaban bordadas las imágenes de los niños mártires en sus playeras, banderines y gorras. Primero rezaron el rosario y después siguieron atentos la celebración.

“Los santos canonizados hoy, sobre todo todos los mártires, indican la vía del amor. Ellos no dijeron ‘sí’ al amor con palabras y por un poco, sino con la vida y hasta el final”, aseguró el Papa Francisco, en su sermón pronunciado en italiano.

“Sin amor, la vida cristiana es moral imposible, estéril, hay que decir ‘sí’ al amor con la vida, no con palabras”, advirtió. Y abundó: “Si no se ama, se envejece antes, nos volvemos malos”.

Al mismo tiempo puso en guardia contra el peligro de una vida cristiana rutinaria, que se conforma con la normalidad, sin vitalidad, sin entusiasmo, y con poca memoria.

Más adelante sostuvo que la vida cristiana es “una historia de amor con Dios”, donde la iniciativa “la toma el señor” y, por eso, ninguno puede decir que tiene la exclusividad y ninguno es privilegiado por encima de los demás.

De los nuevos santos Cristóbal, llamado también con el diminutivo “Cristobalito”, nació en Atlihuetzia (Tlaxcala) entre 1514 y 1515; era el hijo predilecto y heredero del cacique Acxotecatl. Asistió a la escuela de los misioneros franciscanos.

Tras una discusión, el muchacho comenzó a romper los ídolos paganos de su padre y este último urdió un plan para asesinarlo: lo molió a golpes y luego lo empujó a una hoguera. Aunque su madre lo salvó, murió unos días después. Todo ocurrió en 1527, cuando tenía 13 años.

Antonio y Juan nacieron entre 1516 y 1517 en Tizatlán (Tlaxcala). Antonio era nieto y heredero de un cacique local, mientras Juan era su servidor; ambos asistían a la escuela de los franciscanos.

Ellos decidieron acompañar a unos frailes en una expedición a Oaxaca, para fungir como intérpretes ante otros indígenas. En Cuauhtinchán, Puebla, fueron atacados por algunos lugareños mientras recogían los ídolos de barro.

Primero golpearon con palos a Juan, que murió al momento. Antonio, fue apaleado hasta perder la vida tras reclamarle a los asesinos. Sus cuerpos fueron arrojados en un terreno cerca de Tecalco, pero fueron recuperados y trasladados a Tepeaca, donde recibieron cristiana sepultura.

Los tres niños mártires de Tlaxcala fueron declarados beatos por el Papa Juan Pablo II en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe de la Ciudad de México, el 6 de mayo de 1990.