Amalia Hernández: arte de la danza e imagen de México

Amalia Hernández: arte de la danza e imagen de México

Andrea Tirado

Me dediqué a investigar, a estudiar,

a recrear lo que tiene el alma popular.

Amalia Hernández

Durante la década de los años cincuenta del siglo pasado, la cultura en México comenzó a experimentar cambios importantes; los más significativos, aunque quizá no tan visibles, ocurrían en el campo de las letras. Mientras que México conocía El Llano en llamas, de Juan Rulfo, y con él se abría un nuevo camino en la literatura, una joven nacida en 1917 –fecha por demás significativa– fundaba en 1952 una compañía de danza que transformaría la imagen de la danza mexicana. Con ella proyectaría lo mexicano en México y en el mundo, desde una perspectiva estética, dinámica e innovadora. Esa joven es Amalia Hernández.

Amalia Hernández nació el 19 de septiembre de 1917 en Ciudad de México. Desde muy pequeña expresó su pasión: con sólo ocho años de edad manifestó a su familia su afición por el mundo de la danza; aunque renuentes, sus padres decidieron que su hija tomara clases particulares y así comenzó su carrera de baila-rina. Fue gracias a la sólida formación de danza clásica y moderna que Amalia adquirió gusto por los bailes autóctonos de las diversas regiones del país. Siguió también estudios de arte mexicano bajo la tutela del maestro Miguel Covarrubias en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, los cuales seguramente contribuyeron a aportarle una perspectiva diferente de la que habría tenido con el solo estudio de la danza.

La coreógrafa continuó profundizando sus estudios sobre el arte mexicano, centrándose en la danza: emprendió un trabajo de campo que consistía en realizar investigaciones antropológicas en las distintas regiones de México. La propia Amalia manifestó que un día decidió que haría coreografías con los innumerables temas que México ofrece en sus costumbres, paisajes y regiones. Convencida del valor artístico de la cultura mexicana, decidió rescatar los significados y contenidos antropológicos de las danzas tradicionales de distintos lugares del vasto y diverso territorio nacional; ello fructificó en una interpretación personal de dichas danzas, para adaptarlas y presentarlas en los grandes escenarios de México y del mundo.

Arte y folclor dancísticos

Hablar de grandes escenarios no es exageración, pues Amalia Hernández llevó el Ballet Folklórico de México a los principales escenarios de los cinco continentes. La coreógrafa ha sido de las pocas mexicanas cuya aportación artística traspasó fron-teras geográficas, creándose fama y prestigio internacionales. Su trabajo artístico contribuyó de manera de-finitiva a la proyección de la imagen del México moderno que se comenzaba a constituir a partir de la segunda mitad del siglo xx.

A mediados del siglo pasado, en la década de los cincuenta, México comenzaba a tener proyección y apertura internacionales, y en la misma época, la compañía de Amalia Hernández debutaba en la televisora de Emilio Azcárraga Vidaurreta. La pequeña compañía, conformada por apenas ocho bailarines, comenzó a atraer la atención al presentarse cada semana en el programa Función de gala. El Departamento de Turismo, y en particular su director, Gustavo Ortiz Hernán, comenzaron a ver en el grupo una oportunidad para proyectar y dar a conocer la riqueza de la cultura mexicana y el folclor nacional, a través de la danza y de la música. Más allá de la promoción turística, el Ballet Foklórico de México se perfilaba ya como un representante oficial del país, es decir: el arte, y en este caso, la danza como herramienta diplomática.

Durante el sexenio del presidente Adolfo López Mateos (1958-1964) se hace patente que la estrategia de política exterior incluye el componente cultural. En 1959 el presidente decide crear el Organismo de Promoción Internacional de Cultural (opic), cuyo propósito sería el de “difundir la cultura de México en países amigos y recibir muestras culturales de los mismos”. Se comienzan a sistematizar las relaciones culturales, así como la proyección consciente y voluntaria internacional del país. La diplomacia mexicana adopta de manera formal la promoción de la cultura como parte importante de la agenda exterior.

El opic comenzó entonces a patrocinar las giras inter-nacionales del Ballet Folklórico de México, en-viándolo como representante oficial a los eventos culturales más importantes a nivel internacional. El Ballet ofrecía un espectáculo dinámico y atractivo para todo el público, además de exhibir la esencia de las costumbres, las celebraciones, fiestas y mitos de cada una de las regiones del país, con su riqueza musical y el colorido de sus vestuarios.

Los informes diplomáticos enviados por las embajadas de México a la Secretaría de Relaciones Exteriores (sre) expresaban la relevancia que adquirió la compañía en dichos eventos culturales. Cada una de las funciones daba oportunidad a los embajadores de tener como invitados especiales a mandatarios y persona-lidades destacadas de los países visitados, así como público en general, propiciando además elogiosos comentarios en los medios de comunicación. Mientras tanto, al interior del país la labor de Amalia Hernández contribuyó al fortalecimiento de la colaboración interinstitucional entre las embajadas, la sre y el Instituto Nacional de Bellas Artes, entre otras.

Una de las primeras y más destacadas colaboraciones entre el Ballet Folklórico de México y el opic tuvo lugar en 1959, en el Festival de las Américas, con motivo de los terceros Juegos Panamericanos celebrados en Chicago. Dicho festival invitaba a todos los países del continente americano a participar con colaboraciones artísticas y culturales. La presentación del Ballet estuvo acompañada por una muestra colectiva de arte prehispánico, la invitación del maestro Carlos Chávez a dirigir la Sinfónica de Chicago, y varios conferencistas que disertaron sobre el arte mexicano. Todo con la intención de difundir la diversidad y la riqueza del arte nacional en sus distintas facetas, pero también, con la finalidad de proyectar al arte como medio de comprensión de los valores del pueblo mexicano.

El éxito fue total. Los informes enviados por las embajadas y consulados a la sre, adjuntando crónicas diarias de la prensa, plasmaron la “admiración y el entusiasmo delirante” (Chicago), con el cual se aclamó a los bailarines y músicos; se admiraron también los vestuarios y las escenografías, así como la tradición folclórica que presentó un mosaico de danzas mexicanas. Titulares de distintos periódicos se unen a este éxito inédito: “Público de toda América aplaude a un conjunto mexicano”; “La promoción internacional de arte comprueba su eficacia amistosa”; “El Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández y la promoción internacional de México”. En resumen: un éxito rotundo con una con-cu-rrencia de 12 mil 5000 personas. Después de esa presentación, el Ballet Foklórico siguió en misión diplomática cultural a Los Ángeles y a San Francisco.

No está por demás decir que el Festival de las Américas constituyó un grandioso medio para fortalecer y ampliar los lazos de amistad y entendimiento entre ambos países. El éxito obtenido reforzó la idea de vigorizar al conjunto y convertirlo en una compañía de extraordinaria calidad técnica y magnífico vestuario que revelara al mundo el arte de las distintas regiones del país, como lo pretendía el presidente López Mateos. El Ballet Folklórico de México comenzó entonces a representar oficialmente al país y a darse a conocer internacionalmente. Así, el trabajo de Amalia Hernández contribuyó decisivamente a conformar la diplomacia cultural mexicana.

La diplomacia cultural

Por su carácter identitario, de reconocimiento y de intercambio, la cultura está cada vez más presente en la política exterior y en las relaciones internacionales de los países. Así, aunque “diplomacia cultural” sea un término relativamente nuevo, es una estrategia diplomática que se ha realizado desde antes de que se acuñara el término. Esta modalidad diplomática comprende acciones y objetivos para difundir los valores culturales de un país en el extranjero. Su fin último es lograr un mayor entendimiento y acercamiento entre países, al mismo tiempo que busca asegurar presencia cultural nacional en el exterior. Así, en un país como México, cuya cultura milenaria refleja la pluralidad de su identidad y orígenes, ésta se convierte en una herramienta para la política exterior. En la cultura residen los denominadores comunes que definen a un Estado y, por lo tanto, México encuentra en su cultura su expresión histórica y sus manifestaciones materiales traducidas en patrimonio y en obras culturales; encuentra en la cultura lo que se engloba como proyecto de nación.

Es en dicho contexto que cobra importancia la labor cultural de Amalia Hernández. Gracias a ella se crean efectos a largo plazo de mayor intercambio cultural. Son innumerables los eventos y testimonios de los informes diplomáticos que revelan la admiración y el cariño por México a raíz de dichas manifestaciones culturales.

Si bien la proyección internacional del Ballet Folklórico de México comenzó de la mano del opic y de la sre, la notable y creciente fama de Amalia Hernández hizo que también fuera contratada de manera privada. La coreógrafa siguió realizando su labor de promoción cultural al responder a dichas invitaciones, pues aunque fuera de manera privada, el Ballet seguía repre-sentando a México, llevando al exterior la imagen de un país pleno de cultura y riqueza estética. De tal manera, Amalia Hernández y su grupo llegaron a presentarse en países como Francia, la hoy extinta República Democrática Alemana, Holanda, Noruega, Gran Bretaña, Austria, Canadá, Brasil, y otros tan alejados como Egipto, Líbano, Australia, Nueva Zelandia y Japón, por mencionar solamente algunos.

La lista de presentaciones en el exterior es sumamente extensa, por eso aquí se mencionan solamente tres países particularmente relevantes en cuanto a rela-ciones diplomáticas. Uno de ellos es la ya desapa-re-cida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, adonde viaja el ballet en 1965. El reporte diplomático informa sobre la recepción que ofreció el embajador de México a los integrantes del Ballet Folklórico y a la cual asistió, entre otros altos funcionarios soviéticos, la ministra de Cultura, lo que en aquella nación y en esa época tenía gran significado. Conviene señalar también la importancia de esa presentación en un país donde ya eran una tradición los ballets Kírov (Mariinsky) y Bolshoi, y en donde el Moiséyev contribuyó a la revalorización de los ballets folclóricos regionales de todas las Repúblicas Soviéticas. Sobra decir que la prensa prodigó elogios al Ballet, destacando su calidad artística.

Otro caso es el de China. La gestación de la gira que hizo a ese país el Ballet es por demás interesante: aunque la Comisión de Relaciones Culturales en el Ex-tranjero de China invita oficialmente a la compañía en 1981, es hasta 1984 cuando se lleva a cabo su presentación. Dicho año es el de la apertura cultural china y es la primera vez que se recibe a una compañía extranjera. Se puede medir la importancia y el peso que para ese entonces ya había adquirido el Ballet; es en efecto un símbolo de diálogo e intercambio cultural.

En esta misma línea vale la pena mencionar cuando, en 1977, México y España reanudan las relaciones diplomáticas suspendidas por más de treinta años. Para celebrar ese trascendental acontecimiento se invita al Ballet Folklórico, que se presenta en el teatro Nacional Lope de Vega de Sevilla y en el Teatro de la Zarzuela de Zaragoza, para culminar en el Palacio de Cristal de Madrid.

La embajadora del arte

Es notorio cómo Amalia Hernández se fue perfilando como embajadora cultural, tanto fue así que el diario Novedades le dedicó un artículo llamándola “Embajadora del Arte Mexicano”. Dicho artículo hace referencia a un acto de homenaje que se realizó en Ciudad de México antes de que la coreógrafa emprendiera una nueva gira. El homenaje se realizó precisamente debido a los altos merecimientos que había recibido Amalia Hernández, es decir, la presentación de un espectáculo que contribuye a “recaudar lauros para ella y para México”. La labor de promoción cultural lograda por Amalia Hernández ha sido invaluable. Al mismo tiempo, hacia el interior del país revalorizó las tradiciones autóctonas y sus coreografías son clásicas ya del repertorio de la danza folclórica mexicana.

En la época de la globalización, la cooperación, el intercambio, la empatía y el acercamiento entre países son más necesarios que nunca. Si los intereses polí-ticos parecen estar alejando a las naciones, a los in-dividuos, así como entorpecer su capacidad de intercambio y de reconocerse en el otro, será el rescate de la cultura, su promoción y valorización, lo que logre crear puentes de acercamiento entre los pueblos. Ya lo dijo Carlos Fuentes en “Por un progreso incluyente”, al defender la cultura como posible remedio para el mundo fragmentado, pues ésta crea espacios de colaboración y cooperación. A su vez, la cultura, y con ella la educación, tiene como objetivo –siguiendo a Fuentes– enseñar al alumno a reconocer la existencia y el valor de la otredad, además de dar un sentido de identidad, de propósito y de búsqueda.

Carlos Fuentes habla desde la literatura al mencionar que su conocimiento establece lazos con otras culturas, ya que hace más probable la oportunidad de reconocernos en los demás. Así como la literatura es una parte de nuestra cultura, la danza es otra, y la labor de Amalia Hernández, como se mencionó, contribuyó también a establecer, forjar y fortalecer dichos lazos.

Actualmente serían necesarios más embajadores culturales con el fin de promover, a través de la cultura y la educación, la comprensión mutua y el diálogo intercultural. Que el arte siga siendo un vehículo de empatía y entendimiento y, por qué no, que la danza sea una vez más diplomacia •

Premios y distinciones

1952: Fundación del Ballet Folklórico de México

1952: Gira por Estados Unidos, Canadá y Cuba

1959: el Ballet Folclórico de México es invitado al Festival de las Américas

1961: Premio como mejor grupo dancístico en el Festival de las Naciones de París

1963: temporada de cinco días en Montreal

1963: premio a Amalia Hernández por su brillante trayectoria como coreógrafa y por su labor en el extranjero

1965: Gira a la URSS y a Estados Unidos

1966: Gira por Centroamérica acompañando al presidente Gustavo Díaz Ordaz

1967: Gira a Puerto Rico

1969: Premio Roma en el certamen organizado por el Festival Internacional del Espectáculo

1972: Gira por Australia

1973: Festival de Baalbeck (Beirut)

1973: Líbano, Israel y Egipto

1973: Festival de Viena

1977: Gira por Europa

1977: La Secretaría de Relaciones Exteriores concede a Amalia Hernández la medalla “Águila de Tlatelolco” por su trabajo de difusión del folclor mexicano tanto en México como en el extranjero

1981: Gira a Italia

1984: Gira a China

1992: Premio Nacional de Ciencias y Artes en la rama de Bellas Artes

1992: Premio Tiffany en Nueva York

2003: Premio Fundación México Unido y las Lunas del Auditorio (póstumos)

Coreografías y fechas de estreno

Sonatas (1947)

Sinfonía india. Música de Carlos Chávez (1949)

Sones antiguos de Michoacán (1952)

Los hijos del sol (1959)

El cupidito (1959)

Navidad en Jalisco (1959)

Los matachines (1959)

Danza del venado (1959)

Los Quetzales (1959)

La Revolución (1960)

Fiesta Veracruzana (1960)

La jarana de Yucatán (1961)

Los dioses (1963)

La vida es juego (1967)

Fiesta en Tlacotalpan (1976)

Los mayos de Sinaloa (1981)

Feria de Carnaval en Tlaxcala (1985)

A la Ibero, el archivo fotográfico de Mariana Yampolsky

A la Ibero, el archivo fotográfico de Mariana Yampolsky

Elena Poniatowska

La Jornada

Imposible no rendir homenaje a todo lo que la Universidad Iberoamericana (Uia) ha hecho por la educación y la cultura en México. La sola revista Ibero demuestra hasta qué grado los estudiantes y las autoridades de esta universidad participan en la vida pública y política de nuestro país. ¿No fueron los estudiantes de la Ibero –acusados de facinerosos y provocadores en mayo de 2011 por su rechazo a Peña Nieto– quienes aparecieron en televisión con sus credenciales? ¿No fueron ellos quienes obligaron al candidato del PRI a esconderse en el baño? ¿No han sido ellos quienes han participado como brigadistas en los desastres naturales de 1985 y 2017?

Tengo en mis manos la revista Ibero que, número tras número, se ocupa de la cultura y de los problemas sociales y políticos de nuestro país. Su director, Carlos A. Valle Cabello, y su director editorialista, el poeta Juan Domingo Argüelles, la han engrandecido. Alguna vez asistí a una magnífica exposición dirigida y montada por Tere Matabuena y me asombró que reuniera un acervo excepcional que no había visto en ninguna otra galería.

En el número más reciente de Ibero participa un hombre al que admiro, Pedro Moctezuma Barragán, quien habla de su lucha contra la privatización del agua, así como lo hace Beatriz Palacios. Por estas razones, el futuro del archivo de Mariana Yampolsky en la Ibero –uno de los grandes centros educativos privados de nuestro país– está asegurado.

El ingeniero agrónomo holandés nacido en La Haya, Arjen van der Sluis, quien fuera esposo de Mariana Yampolsky, escogió a la Ibero gracias a la intervención providencial e invaluable ayuda de su actual esposa, Laura Pérez Rosales, doctora en historia de la universidad de Leiden, piedra angular en la fundación y el buen funcionamiento de la institución.

Dice Arjen van der Sluis: “Elegí la Universidad Iberoamericana porque es una institución seria que no depende del gobierno, tiene estabilidad financiera y ha demostrado, con otros acervos, que cuenta con buenos archivistas. Resguarda la colección Porfirio Díaz, el archivo Manuel González, el Alberto Salinas Carranza, los tres, con el registro de Memoria del Mundo-Sección México, otorgado por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Asimismo, la universidad atesora el archivo de Comerciantes Novohispanos, dos archivos de haciendas de Tlaxcala y el Toribio Esquivel Obregón, entre otros. La Uia cuenta con una sección de libros antiguos y raros que incluyen la segunda y tercera carta de Relación de Hernán Cortés (1524), las obras póstumas de Sor Juana Inés de la Cruz (edición 1701), el Atlas de La Pérouse (siglo XVIII), tres tomos de la Enciclopedia francesa editados en el siglo XVIII, una Matrícula de Tributos del Pueblo de Cutzio (siglo XVI), un plano del oriente y sur de Culhuacán y Xochimilco de 1551 y el Canto General de Pablo Neruda, edición original de 1950, firmado por Neruda, cuya primera guarda fue pintada por Diego Rivera y la segunda por David Alfaro Siqueiros, el cual cuenta también con registro como Memoria del Mundo Sección Latinoamérica.

“En la actualidad, las fotografías de Yampolsky se encuentran en la casa que ambos construimos en la calle de San Marcos 65, en Tlalpan, y me encantaría que también la Ibero se interesara en ella como instituto de la propia Ibero en el sur de la ciudad. Se trata de una casona de finales del siglo XIX, que en el siglo XX perteneció a un militar. El casco de la hacienda lo recuperamos para que ahí viviera Hedwig, la mamá de Mariana. La casa en la que vivimos fue diseñada por Mariana, ideal para albergar fotos, libros, un cuarto oscuro para revelado de fotografías, los gatos, la perrita Achaque y un bellísimo jardín que yo cuidaba.

“El archivo consta de 90 mil negativos que representan 58 años de su vida. Maestra en la escuela Garside hasta 1959 y miembro muy querido del Taller de Gráfica Popular al lado de Leopoldo Méndez, Pablo O’Higgins, Alberto Beltrán, Mariana comenzó a hacer fotografías impulsada por Alberto Beltrán, quien además de grabador fue también excelente fotógrafo. Gran viajera, como maestra del Garside, Mariana organizó cinco o seis viajes con sus alumnas de entre 13 y 15 años a Europa. En los museos, ninguna maestra mejor informada y más inspiradora que Mariana. (A muchos jóvenes no suelen gustarles los museos, pero las alumnas de Mariana regresaron convertidas en críticas de arte.) Mariana las hacía escribir sobre lo que descubrían en Inglaterra, Alemania, España, Francia y Yugoslavia, y en su viaje al oriente disertaron sobre Israel, Jordania y Egipto. En Egipto, Mariana tomó 58 o 60 fotos de hombres y mujeres que trabajan en el campo. Vio la lucha cotidiana de hombres y mujeres y montó en la ciudad de México su primera exposición en 1960, en la galería José María Velasco: Imágenes en el Medio Oriente. A partir de ese momento, a lo largo de los años, Mariana expuso en Alemania, Italia, Estados Unidos, Inglaterra, Portugal, Canadá y en distintos museos de México, la última, en el Museo de Arte Popular. Produjo 15 libros, además de 50 exposiciones individuales y 150 colectivas, y publicó más de 15 libros, entre otros La casa en la tierra, La raíz y el camino, Estancias de olvido, Tlacotalpan, Haciendas poblanas y Mazahua. Los arquitectos mexicanos tienen una enorme deuda con Mariana por su espléndido libro La casa que canta, así como el de Chloe Sayer Traditional Architecture of Mexico, publicado por la editorial Thames and Hudson. El jardín de Edward James, The Edge of time y Formas de vida son otras obras y –antes de morir– ya había viajado a Tijuana, a Mexicali y a otras ciudades fronterizas para tomar fotografías para un libro sobre migrantes.

Yo la conocí en 1962 y me casé con ella cinco años más tarde, el 31 de julio de 1967. A partir de ese momento viajamos juntos a Oaxaca y Yucatán, Quintana Roo, Cozumel, Tlaxcala y fuimos con mucha frecuencia al estado de México, a Morelos y a Guerrero. Recuerdo que ella conducía su Volkswagen y apenas veía un sendero prometedor lo tomaba aunque fuera de terracería. Muchas veces nos quedamos sin comer porque se entusiasmaba tanto que olvidaba por completo su hambre y la mía.

–También yo recuerdo, Arjen, que fuimos cuatro o cinco veces al estado de Hidalgo, para que yo pudiera hablar con las mazahuas. Visitamos Tequisquiapan y San Juan del Río, en Querétaro; Talcotalpan y Veracruz. En Tequisquiapan fotografió a cinco ancianitas con su rebozo en la cabeza que esperaban que el señor cura las confesara, sentadas en una banca de piedra. A raíz de esos viajes se publicaron tres libros: La casa en la tierra, Mazahua y Tlacotalpan.

–Sí –continúa Arjen. Me gustó mucho acompañar a Mariana, aunque yo tenía un puesto en las Naciones Unidas y compromisos con el gobierno de Holanda, pero me daban cierta libertad. En los años 60 se fundó el Fondo Editorial de la Plástica Mexicana en la calle de Malintzin del que se responsabilizaron Leopoldo Méndez, Rafael Carrillo, Manuel Álvarez Bravo y Mariana, quien tomó miles de fotografías para el Fondo que aparecieron en un precioso libro, Lo efímero y lo eterno del arte popular mexicano. Así como Mariana había sido uno de los miembros esenciales del Taller de Gráfica Popular, al lado de Alberto Beltrán, fue parte esencial del consejo de esta gran editorial que también publicó una obra de gran tamaño sobre los muralistas y otra muy notable sobre José Guadalupe Posada. A partir de los años 50 el nombre de Mariana se mencionó al lado del de Diego Rivera, Leopoldo Méndez, Pablo O’Higgins y otros forjadores de la identidad mexicana.

Arjen van der Sluis se sume en sus recuerdos y yo le cuento que aprendí mucho de Mariana. Era un regalo escucharla, verla sonreír y platicar con quienes fotografiaba. El primer viaje lo hicimos a Xochimilco, el segundo a Tlaxcala, a retratar los tapices de flores de Huamantla. Gracias a ella también conocí a las mazahuas y a sus vueludas, unas faldas amponas que las mujeres amarran a su cintura. Recuerdo la desesperación de Mariana al regresar a su vochito y descubrir entre lágrimas que su instrumento de trabajo, su indispensable cámara Hasselblad había desaparecido.

Mariana Yampolsky murió de cáncer el 3 de mayo de 2002 en su casa en San Marcos 65 en Tlalpan, que hoy visitan los estudiosos. Gran lectora, dejó 10 mil libros, grabados del Taller de Gráfica Popular, calendarios, carteles, etcétera En un folleto, de 1952, el nombre de Yampolsky figura en la elite de la cultura mexicana al lado de Diego Rivera y Frida Kahlo. Llegó a México en 1944 y ocho años después ya era parte de nuestra cultura.

Siempre fue visionaria. Cuando encontramos nuestra casa en Tlalpan, la vi totalmente en ruinas. Sí, pero tiene posibilidades –me dijo. Jorge Stepanenko la reconstruyó y Jorge Angulo la terminó. Mariana sabía detectar tanto en las obras como en los hombres y mujeres capacidades creadoras. Por eso fue la curadora de la magna exposición de fotografía en el Museo de Arte Moderno en 1989 en la que reunió a todos los fotógrafos de México, 150 años de fotografía en nuestro país, exposición tan notable que viajó a 30 países del mundo.

La FIL tapatía número 31

La FIL tapatía número 31

José M. Murià

La Jornada

¡Hoy comienza! Ahora sí se cumplen 30 años exactos desde que se inauguró la primera Feria Internacional del Libro de Guadalajara. No diré parece que fue ayer, porque su riqueza no permite suponer que se haya logrado alcanzar tal situación en poco tiempo. Pero sí se me antoja recordar que la vez que oí hablar de ella, cuando era apenas un proyecto, todavía nebuloso, me pareció una pésima idea…

Así se lo dije a Raúl Padilla López aquella tarde, en una incómoda cafetería del aeropuerto de la Ciudad de México, mientras esperábamos que, acompañado de Juan López Jiménez –director a la sazón del Instituto Cultural Cabañas–, tomara el avión a Buenos Aires en su misión de espiar la feria libresca de dicha ciudad…

Mi aserto se basaba primordialmente en el hecho de que en Guadalajara casi no había librerías. Ni siquiera en las inmediaciones de los recintos universitarios dedicados al estudio de las letras y la sociedad o de la misma Escuela Normal de Maestros, que es donde abundan tales negocios en muchas ciudades del mundo. Dadas estas circunstancias, según yo, no se podía esperar el éxito.

De cualquier manera, atraído por la naturaleza de la empresa, no resistí la tentación de asegurarle que podía contar cabalmente conmigo. Creo haber sido útil durante los primeros años. Luego preferí alejarme de los malos manejos de Margarita Sierra, malhadada directora que tuvo la feria, aunque no la peor, de manera que mi participación ha sido tangencial, pero constante.

“ Haiga sido como haiga sido”, la FIL se ha convertido en algo portentoso. Vale decir que le ayudó la coincidencia de que, al parejo de ella, nació ExpoGuadalajara, que ha ofrecido un espacio excelente, y cada vez mejor, para que la magna actividad haya ido superándose constantemente.

Nos gusta decir que es la mejor del mundo, agregándole al gran número de expositores el cúmulo extraordinario de presentaciones de libros y reuniones académicas, así como la presencia de escritores famosos y de actividades artísticas muy diversas y para todos los gustos, que se expanden incluso por buena parte de la ciudad.

No cabe duda que es la festividad mayor para quienes tenemos mucho o poco que ver con las letras.

Asimismo, derrama buena cantidad de dinero por toda la ciudad y en muchos estratos de ella, aunque un secretario de Economía del pasado y preclaro gobierno panista haya declarado que más bien resultaba contraproducente. Cabe recordar que su colega de Cultura dijo también que la construcción del nuevo edificio para la biblioteca pública del estado era un gasto superfluo e innecesario.

Este año el invitado de honor es Madrid, con todo y su muy respetable gobierno; también vienen muchos personajes españoles que valen la pena, aunque se les ha colado alguno, como Fernando Savater, el intelectual corporativo del emergente neofranquismo peninsular. Ni modo, suponemos que debe haber de todo en la viña del Señor. No obstante, hubiéramos preferido que no fuera así.

Esperemos que Madrid haga olvidar la pésima imagen que dejó España en 2000, cuya presencia ha sido hasta la fecha, seguramente, la peor de todas. Tampoco mejoró mucho cuando la convidada fue Castilla-León. Al parecer ni a unos ni a otros les cayó el veinte de que la FIL no podía ni remotamente compararse con la Liber que se celebra en España.

Eugenia León lanza un disco que provocará romper tabúes

Eugenia León lanza un disco que provocará romper tabúes

En Una rosa encendida, la intérprete busca un mayor entendimiento con sus nuevos escuchas

Incluye temas de Julieta Venegas, Kevin Johanssen y Gepe

Sus seguidores de siempre se sorprenderán al escucharlo, por lo que invito a que sean inclusivos, dijo a La Jornada

Ernesto Márquez

La Jornada

La Jornada

Eugenia León es una de las pocas figuras indiscutibles de la canción actual. Nadie –ni público, ni críticos, incluso ni los y las cantantes que pueden ser sus competidores en un momento determinado– cuestiona que es una de las grandes voces de nuestro tiempo.

Es lo que busca demostrar en cada trabajo discográfico que realiza, así como en cada presentación, tal como hizo anoche en el teatro Metropólitan, cuando dio a conocer Una rosa encendida, su producción musical más reciente.

En esta grabación, que realizó con el sello Sony Music, Eugenia León logró pergeñar un compendio de canciones de autores jóvenes con arreglos musicales de aire pop. Trabajo con el que pretende acercarse a ese público joven y marchosillo que gusta de la buena canción.

Con este disco, que apenas tiene un mes de haber salido al mercado, me doy la oportunidad de vislumbrar otros horizontes, de transitar por otros espacios, de encontrar otra forma de abordar la canción para un mayor entendimiento con mis nuevos escuchas, dice Eugenia en entrevista con La Jornada.

Motivada por la juventud

La charla se desarrolla en su casa, en el sur de la Ciudad de México, momentos antes de su presentación en el Metropólitan.

Es de día; la luz solar que irrumpe en la sala a través de un amplio ventanal que da al jardín ilumina su rostro. La expresión es relajada, al igual que su actitud. Bebe de una taza un té aromático y dice: “He descubierto que son muchos los jóvenes que me siguen; eso me ha motivado a buscar otros temas, otro lenguaje, otras melodías, maneras de acompañamiento que me lleven a cantar canciones de estos tiempos.

Se trata de un trabajo colectivo en el que han intervenido muchas personas talentosas, principalmente un puñado de jóvenes compositores que deseo sean descubiertos porque tienen su propia forma de cantar, de versificar, de narrar el mundo actual, de resignificar la expresión urbana y la música pop.

Natalia Lafourcade, Julieta Venegas, Josean Log, Esteman, Kevin Johansen, Álex Cuba, Pablo López o Gepe, son los autores a los que se refiere Eugenia León. Muy conocidos entre la juventud, pero quizá no tanto entre sus seguidores de siempre. Por lo que este álbum será una suerte de puente generacional y una provocación a romper tabúes.

Eugenia León está muy animada con este nuevo proyecto; ante la pregunta de si no representa un riesgo abordar este trabajo, porque tiene un público acostumbrado a otras temáticas, responde que el riesgo existe siempre, porque nunca se sabe la repuesta del otro. “Pude haber hurgado en nuestro cancionero, que siempre es inagotable, pero quería plantear algo distinto. Quería visitar esa parte que no había cantado. Retomar el discurso de jóvenes cantautores, como cuando hice Mar adentro con Jaime López, Memo Briseño, David Haro, Pepe Elorza… Romper prejuicios. Volver a ese sentimiento, a esa parte de mí.

“El riesgo siempre ha existido. He vivido siempre en riesgo, de equivocarme o de creer que lo hago todo bien. A veces uno se va con la idea de que lo hace todo bien y es muy consecuente consigo mismo. Pero, como siempre, estamos al borde de no serlo; ahí el riesgo.

“Tengo la necesidad de estar muy atenta y de oír mis voces interiores por las que me oriento, aunque ya tenga oficio debo saber hacia donde ir. Uno debe tener una norma y saber hasta qué punto se concede la oportunidad de aprender de las experiencias, para arriesgar después. Todo esto, a partir de una serie de necesidades expresivas, que es lo que se da en este trabajo.

Aceptar y considerar

“Sé que mucha gente se sorprenderá al escuchar estas canciones, por lo que invito a que sean más inclusivos. Hablamos de aceptar y considerar. En estas canciones se habla de cosas más internas de cómo se siente, por ejemplo, el miedo, el extraño, la levedad, el amor, el otro, el ser.

“Este no es un paquete de canciones más, sino una serie de emociones que se van madurando según se expresan, que se vuelven más reales, más profundas según se escuchen, que tienen que ver con lo humano, con el tipo de persona que se es.

“El disco se llama Una rosa encendida, porque tiene que ver con el corazón, la esperanza, la vida, el ser, la intensidad, el florecimiento de muchas cosas: pensamientos, ideales, aspiraciones o estados de ánimo concordantes con estos días.”

Dice Eugenia León que el proceso de selección se dio escuchando a estos jóvenes autores a quienes fue topándose en el camino o que acudieron a ella para compartir sus experiencias.

“Fue un lindo proceso, en el que me encontré con una diversidad de ideas y sensaciones que me subyugaron. Porque en mi trabajo, en lo que hago, en lo que canto o comparto, si no hay una pasión simplemente, no funciono. Me gusta cantar lo que canto, me gusta compartir lo que comparto en las redes. Me gustó y me fascinó hacer este disco.

Estoy muy complacida porque en él disco cabemos todos, los de mi edad y los más jóvenes.

‘Al filo del agua’, una novela revolucionaria

‘Al filo del agua’, una novela revolucionaria

La obra del escritor mexicano Agustín Yáñez sentó un precedente disruptivo en la estética literaria promovida por la Revolución mexicana

JOSÉ CARLOS OLIVA

México

El País

La literatura de la primera mitad del siglo XX en México estuvo plagada de cañones y fuego. Los levantamientos armados y la vida revolucionaria en el interior del país fueron temas recurrentes en obras como Los de abajo, de Mariano Azuela, La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán y ¡Vámonos con Pancho Villa!, de Rafael F. Muñoz. El punto final lo puso el escritor jalisciense Agustín Yáñez con la novela Al filo del agua, publicada en 1947. Obra que marca un antes y un después en la estética creativa que dejó la Revolución mexicana.

Pese a que autores como José Revueltas y Juan Rulfo, aún influenciados por el canon literario de época, publicaron años después libros magistrales en donde describían una provincia mística y susceptible a los estragos de la revolución, fue Yáñez quien rompió con Al filo del agua los estándares estilísticos aceptados por las cúpulas culturales durante ese periodo.

La historia comienza meses antes de iniciarse la revolución en un pueblo del Bajío mexicano. Las escenas dibujan los cambios que las políticas progresistas de Porfirio Díaz causaron en este tipo de contextos, en donde la costumbre y el paso lento del tiempo gobernaban antes del desarrollo industrial. La obra, que da inicio en una cotidianidad religiosa, termina con el advenimiento de las fuerzas revolucionarias.

El autor resalta la importancia del mito como explicación de la existencia; despliega un lienzo en el que retrata una sociedad carente de cultura y educación a través de la mirada de sus personajes. Se aprecian comportamientos cansinos, cuadros de nostalgia colectiva, hipocresía y fanatismo religioso fundado desde el prejuicio, la superstición y el tabú. Le da vida a un pueblo que, dada su naturaleza, opone resistencia a lo desconocido y le da la espalda —e incluso persigue a punta de machete— a lo que puede generar un cambio desestabilizador.

Sin embargo Yáñez no propone una tesis sociológica en esta obra. La virtud de su narrativa redunda en la fidelidad del diálogo y el cariz de los que actúan en esta novela. Es quizá tal característica, el nulo juicio del autor hacia sus propios personajes, lo que hace innovadora a la obra. No imponer moralinas, hizo de Al filo del agua una novela diferente hace 70 años. Y la estructura en la que está contada sienta un punto inicial de cómo se gestaría la producción literaria en las siguientes décadas.

La importancia de esta novela se ve reflejada en las nuevas generaciones de escritores que apropiaron métodos y técnicas para entretejer tramas a partir del movimiento natural de los personajes. Porque Al filo del agua figura como una obra de teatro en la que cada actor ejecuta su papel sin la necesidad de dirección o un libreto rígido.

Es una novela revolucionaria en varios sentidos. Basta decir que el protagonista de esta narración es un pueblo católico. Así como Carlos Fuentes hizo de la ciudad su protagonista en La región más transparente, Yáñez sentó el precedente 10 años antes. Además introduce reflexiones acerca de lo sombría que pueden ser las formas conventuales de provincia. Muestra con frialdad el estilo de vida perenne de los pueblos de México, y no otorga posibilidad de tránsito.

Al filo del agua no se considera novela histórica. Agustín Yáñez no se detiene a describir el perfil de los autores que forjaron patria; parece no interesarle las razones que desataron el conflicto. La Revolución mexicana es solo el pretexto que sostiene la vida de personajes ensimismados y complejos. Su lectura no se limita al entretenimiento, tampoco busca aleccionar o inducir al estudio de un movimiento armado. Intenta, acaso, desnudar de una manera digna un fragmento de historia mexicana.

En la tierra fecunda de T. S. Eliot

En la tierra fecunda de T. S. Eliot

La editorial Visor publica por primera vez en español y con un centenar de textos inéditos toda la obra del escritor anglosajón que marcó a generaciones de poetas

JESÚS RUIZ MANTILLA

Madrid

El País

Lo mismo que en sus magistrales Cuartetos escribió que a un pueblo sin Historia, no lo perdonaría jamás el tiempo, T. S. Eliot estaba convencido de que un poeta sin conciencia de palabra, no contaría con el respeto de la posteridad. La obra de este norteamericano enraizado en Inglaterra –es decir, anglosajón de pura cepa- nace y muere al tiempo en la defensa cabal y heterodoxa del lenguaje. Eliot lo engendra, lo libera y siembra con él. Es principio y fin. Primogénito de la idea y proxeneta de sus múltiples formas para arrancarle todos los beneficios al alcance de su mano.

Así es como se nos presenta en las Poesías Completas. Acaba de publicarlas Visor con una edición especial de Christopher Ricks y Jim McCue, que ha sido traducida por el poeta cordobés José Luis Rey. Aparece de manera muy cuidada, con el formato que la firma ha dedicado antes solo a unos pocos elegidos, como Juan Ramón Jiménez o Walt Whitman. Tres años de duro trabajo para lograr que vea la luz por primera vez en español todo el legado literario, la enjundia y la vigencia de Eliot. Será en dos volúmenes con novedades, además: “Contiene casi un centenar de inéditos”, asegura Rey. “Esta es una edición canónica y definitiva donde el lector descubrirá a un autor más amplio del que teníamos noticia”.

¿Y qué sabíamos? Que nació en Saint Louis (Missouri, EE UU) en 1888. Ingresó en Harvard y bebió del antirromanticismo en boga entonces. Que fue editor en Faber and Faber, trabajó en la banca Lloyd’s bastantes años y pasó por Oxford pero no se quiso quedar: “Es bellísima pero no me gusta estar muerto”, dijo. Que irrumpió en el panorama poético con Prufrock y otras observaciones, entre ellas la llamativa utilización del monólogo interior. Que alcanzó la nacionalidad británica en 1927, el Nobel en 1948 y murió de enfisema en 1965, ahogado a partes iguales por su hábito de fumador compulsivo y por la contaminación londinense. Que frecuentó al grupo de Bloomsbury, fue amigo de Joyce y Bertrand Russell, adoraba el Renacimiento, al Dante, a Shakespeare, la poesía isabelina y la mística india en conexión con sus creencias cristianas y su desconexión antisemita… “Que en el siglo XX está a la altura de Juan Ramón Jiménez en español o Rilke en alemán”, comenta Rey.

No sólo poemas aporta este compendio. También destaca su valor documental, como las versiones previas a la corrección que su amigo Ezra Pound hizo sobre esa obra fundamental que es La tierra baldía. “Aparece aquí dos veces: tal como la dejó Pound al corregirla y cómo era antes de esa revisión. Creo que su colega hizo un gran trabajo. Podemos considerarlo casi coautor del libro. Pero la versión original también resulta muy interesante. Muestra a un Eliot más realista, irónico, burlón y realmente jocoso”, opina Rey.

DE ‘LA TIERRA BALDÍA’ A ‘CATS’

La obra de T. S. Eliot se centra en una exquisita búsqueda poética que sin embargo ha marcado la cultura popular. Los niveles de lectura de los grandes no tienen frontera. Y si La tierra baldía o los Cuatro Cuartetos marcaron a generaciones de poetas en todo el mundo, El libro de los gatos habilidosos sirvió de inspiración a un musical como Cats, de Andrew Lloyd Weber. Eliot saluda al mundo con Prufrock y otras observaciones. Aparte de los poemarios citados, destacan también Los hombres huecos, Miércoles de Ceniza, Coriolano, Poemas de Ariel… También explora el teatro y el ensayo. En el primer género llegó a ser muy popular, con obras incluidas en planes de estudios como Asesinato en la catedral a las que hay que añadir Reunión familiar o The cocktail party. En el ensayo, El bosque sagrado, El arte de la poesía y el arte de la crítica o Criticar al crítico.

Se trata de una obra que aparece en 1922: año de conjunción planetaria en literatura, cuando al tiempo Joyce publica el Ulises, Wittgenstein su Tractatus, Proust anda a fondo inmerso En busca del tiempo perdido o César Vallejo se la juega con Trilce. En ese magma de rupturas, Eliot creaba también escuela y tendía puentes a la modernidad. Leído hoy, conserva esa fuerza, ese magnetismo ajeno al viento sin rumbo del espacio-tiempo, propio de la gran poesía.

Por eso ha estado siempre presente en la esfera española a lo largo de las sucesivas hornadas, por ejemplo. Marcó contemporáneamente, para empezar, a la Generación del 50. A figuras como Caballero Bonald, García Baena, a Claudio Rodríguez y muy especialmente a Gil de Biedma. “Pero también a los novísimos, a los que militan en la poesía de la experiencia, a mi propia generación. Unos toman de él la técnica de montaje; otros su atmósfera urbana… Hay Eliot para todos los gustos”, afirma Rey.

Es difícil no vibrar con su visión transversal del pasado, presente y futuro, con su reivindicación de la quietud en los Cuatro Cuartetos, con su descaro en tono bíblico y a la vez tabernario. Nadie puede negar que creo un nuevo tránsito y reflexionó con una clarividente profundidad sobre el hecho poético. También en este volumen, el primero de dos, esgrime consejos a jóvenes aspirantes. El respeto al idioma de partida, no buscar la novedad porque si hay algo distinto que decir, forzosamente, nos saldrá al paso. “La imitación es servidumbre, la influencia puede significar liberación”, aseguraba.

Lo supo y se arriesgó en una travesía permanente en busca de la autenticidad. Aunque certificó en vida que la poesía era un camino sembrado de naufragios cuando, simplemente, sufría tentativas de parecerse a alguien. La originalidad fue su puerto y la poesía pura -en quien como Pound sostenía que lo importante no era el poeta, sino el poema en sí-, su quimera. Pero ojo, avisaba, dicho sueño no debe alcanzarse. De ser así, aniquilaría para siempre el arte.

Muere el cofundador de AC/DC Malcolm Young a los 64 años

Muere el cofundador de AC/DC Malcolm Young a los 64 años

Militó en el grupo australiano como guitarrista y compositor hasta 2014

DIEGO A. MANRIQUE

El País

Malcolm Young, cofundador de AC/DC, falleció hoy sábado en Sidney (Australia), a los 64 años, un mes después de que muriera su hermano George. Malcolm se había jubilado de la banda en 2010, tras una gira en la que el grupo anuló o cambiar de fecha varios conciertos (su última actuación tuvo lugar en Estadio de San Mamés, de Bilbao). Se difundió por entonces que Malcolm andaba mal de salud —se habló de cáncer de pulmón y dolencias cardíacos— aunque finalmente la prensa australiana reveló que sufría demencia y que había sido internado en una residencia.

Nacido en Glasgow en 1953, Malcolm tenía diez años cuando emigró con su familia a Australia. Eran ocho hermanos, muchos con inclinaciones musicales; uno de ellos, Alexander Young, se quedaría en Inglaterra; como parte de Grapefruit estuvo brevemente conectado con los Beatles. El primero del contingente australiano en destacar fue George, que triunfó con los extraordinarios Easybeats y que luego formaría con Harry Vanda un prolífico tándem de compositores-productores, aparte de reencarnarse en dúo de techno-pop como Flash and the Pan.

Malcolm y su hermano menor, Angus, no tenían ambiciones tan sofisticadas. Despegaron como AC/DC a finales de 1973 y se ganaron un hueco en el duro circuito australiano, ante públicos belicosos a los que contentaban con versiones hard de clásicos del rock and roll y variaciones raka-raka del boogie-rock estadounidense. Sus temas propios exploraban un humor de sal gorda, aparte de desarrollar cierta épica del rock transgresor.

Ubicados en Londres a partir de 1975, consiguieron un contrato internacional con Atlantic Records. Exhibieron una profesionalidad implacable: para Highway to hell (1979), álbum con el que logran el perseguido éxito global, el equipo Vanda-Young fue reemplazado por el productor rodesiano Robert John Mutt Lange. La muerte trágica de su incendiario vocalista, Bon Scott, en 1980, fue tapada rápidamente por la incorporación de Brian Johnson, excantante del grupo Geordie, y la publicación del celebérrimo Back in Black.

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En los ochenta, ya habían perfeccionado la fórmula: himnos al sexo incansable, celebraciones del alcohol, formulaciones del poder unificador del rock, riffs más que contagiosos. Y no se desviaron un milímetro. Su único reto fue adaptar su espectáculo a festivales al aire libre, estadios olímpicos y recintos similares. Lo resolvieron con pirotecnia, disparos de un cañón, una campana gigantesca y las imparables carreras de Angus vestido como un colegial.

Como organización empresarial, demostraron sensibilidad ante las circunstancias económicas de sus seguidores, aquilatando su caché para que las entradas no alcanzaran cantidades obscenas. Simpatizaban con el fervor de los públicos hispanoparlantes, grabando videos en la madrileña Plaza de las Ventas (No bull, 1996) o en un estadio porteño (Live at River Plate, 2011).

Conscientes de que se repetían, quisieron reanimar la antigua llama con la colaboración de Rick Rubin. El fruto resultante fue el excelente disco Ballbreaker (1995), lento en elaboración y marcado por los conflictos entre el productor y Malcolm Young, defensor de las esencias de AC/DC.

Aunque no rehuían las entrevistas, el grupo funcionaba como un núcleo pétreo, sin que se filtraran las turbulencias internas. Así, la gira Black Ice Tour (2008-2010), se realizó prácticamente sin cambiar el orden de las canciones, para facilitar el desempeño de Malcolm como guitarra rítmica y corista.

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El lema de AC/DC parece ser “el espectáculo debe continuar”. Se ha prescindido del baterista Phil Rudd, amante de la vida peligrosa, en varios momentos. Para el tramo final de la gira Rock or Bust, el vocalista Brian Johnson (aquejado de sordera) fue reemplazado por Axl Rose, el líder de Guns N’ Roses. Dado que el bajista, Cliff Williams, también anunció su retirada, cabría pensar que los días de AC/DC están contados. Pero no apuesten por ello: este gato tiene muchas vidas.

Vivir como Madame de Pompadour

Vivir como Madame de Pompadour

El palacio de la amante de Luis XV, a la venta por 30 millones de euros

SILVIA AYUSO

París

El País

Vivir a cuerpo de rey, o al menos a cuerpo de la amante de un rey absolutista, es posible. Siempre que se tengan entre 20 y 30 millones de euros. Ese es el precio de salida del Château de Menars, el palacio en el que residió Jeanne-Antoinette Poisson, más conocida como Madame de Pompadour, la amante favorita del rey Luis XV de Francia (1710-1774). Pese a su alto precio, al que hay que incluir los 450.000 euros anuales que cuesta su mantenimiento, la oferta tiene casi aires de ganga. Porque es una fracción de lo que le ha costado su extensa y cuidadosa remodelación a su último dueño, el multimillonario empresario inmobiliario asentado en Mónaco de origen libanés Edmond Baysari, que se ha gastado casi 100 millones de euros en su restauración desde que se hizo con la hermosa —pero ajada— propiedad, en los años ochenta.

La construcción, un monumento del Renacimiento, tiene 62 habitaciones y 12.000 metros cuadrados

Cuando la marquesa de Pompadour adquirió este château del siglo XVII en el céntrico Valle del Loira, en 1760, ya poseía varias propiedades, entre otras el hôtel d’Evreux, el que hoy es el Palacio del Elíseo y que Luis XV le ofreció como residencia parisina. Una muestra más de la influencia de una mujer que, pese a no ser de origen noble, logró ascender en la jerarquía social francesa y superó las intensas intrigas de la corte. Y aunque solo fue la amante favorita de Luis XV durante un lustro —enamoró al monarca durante un baile de máscaras en 1745— consiguió mantener su estatus como amiga y confidente real hasta su muerte, por tuberculosis, en 1764, a los 42 años. Al conocer su fallecimiento, el rey lamentó la pérdida de “una amiga durante 20 años”.

Madame de Pompadour, una gran impulsora de las artes y del conocimiento —apoyó la publicación, en 1751, de los dos primeros tomos de la Enciclopedia de Diderot y d’Alembert— se encargó personalmente de la costosa y lujosa remodelación del palacio de Menars, que encargó a prestigiosos arquitectos como Ange-Jacques Gabriel, responsable también del Palacio de Versailles, como primer arquitecto del rey y director de la Academia Real de Arquitectura.

Vivir como Madame de Pompadour Un ‘sin techo’ logra una plaza para estudiar en la universidad de Cambridge

Su actual dueño también se ha dejado una fortuna en reconstruir minuciosamente este monumento histórico del Renacimiento de 62 habitaciones y más de 12.000 metros cuadrados.

Baysari, de 83 años, se enamoró del palacio y de la figura de Pompadour cuando era joven, fascinado por su vertiginoso ascenso hacia la prominencia, explicó a Reuters el abogado del empresario encargado de la venta del château, Jack Anderson. “Ella era una mujer del renacimiento y él es un hombre del renacimiento”, aseveró.

El palacio de Menars cuenta con todos los lujos que puede soñar un millonario. Además de las decenas de habitaciones, su nuevo dueño o dueña podrá disfrutar de extensos jardines que llegan hasta la orilla del Loira, un patio donde puede aterrizar un helicóptero y una cava de vinos para albergar más de 30.000 botellas. También cuenta con el glamur dejado por sus más ilustres invitados, desde Voltaire en la época de Pompadour —a quien conoció en los salones que ambos frecuentaban— a, ya en la era de Baysari, el líder de los Rolling Stones, Mick Jagger, el príncipe Carlos o los presidentes Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov, que celebraron en este château una cumbre informal, destaca Le Figaro.

La venta comenzará a partir del 15 de enero. Baysari es consciente de que no logrará jamás recuperar el dinero invertido, pero esa no fue nunca su intención, asegura su abogado. “Su objetivo es saber que queda en manos de alguien que continuará manteniendo la belleza de este palacio”, explicó Anderson. “Él sabe que el destino se lo va a llevar y espera ser bien recibido por Madame de Pompadour en el próximo mundo”.

Sergio Ramírez, ganador del Premio Cervantes

Sergio Ramírez, ganador del Premio Cervantes

Elena Poniatowska

La Jornada

Cuento cuentos por la necesidad de interesar a otros en algo que a mí me parece singular: compartir. Esta generosidad ha llevado a Sergio Ramírez a ser el ganador del Premio Cervantes 2017. El nicaragüense, editorialista de La Jornada, novelista y también ganador del mayor premio de América Latina, al menos por su monto, el Carlos Fuentes, en 2014, es el primer escritor de su país en recibir este galardón.

Nicaragua (la Nicaragua tan violentamente dulce de Julio Cortázar) brilla mejor y va a hablar más alto gracias a él, como sucedió cuando Rubén Darío salió a la luz pública y todos se admiraron que de un pequeño país centroamericano saliera una luz tan deslumbrante, la del fundador del modernismo en nuestros países. ¡Ay, Nicaragua, Nicaragüita! Sergio Ramírez tiene presente a sus compatriotas, a Ernesto Cardenal, a la bellísima Gioconda Belli, a Daisy Zamora, a Anailse Gómez y a poetas que siguieron el camino de Rubén Darío, Joaquín Pasos y Carlos Martínez Rivas.

En varias ocasiones, Sergio Ramírez insiste en que su nana, Mercedes Alvarado, le contó las primeras historias de su infancia, que de ella aprendió a escuchar y luego a escribir. En la adolescencia, sus lecturas de infancia fueron Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, Veinte años después, El jorobado de nuestra señora de París. Señala a los mexicanos Juan Rulfo, Carlos Fuentes y Salvador Elizondo (concuño de Gabriel García Márquez) como los escritores que le enseñaron otros caminos en la literatura de nuestro continente. Su primer cuento, El estudiante, escrito a los 17 años, publicado en la revista universitaria León, cuando él dejó su natal Masatepe para la hacer su carrera de derecho, es su punto de arranque, y es la historia de un muchacho que llega a estudiar a León pero se regresa derrotado a su pueblo. Fue lo primero que me impresionó en la vida para sentir la necesidad de escribir.

En 1963 publicó su primer libro, Cuentos. Ser escritor centroamericano no debe ser nada fácil a pesar de Rubén Darío. Esa pregunta deberíamos hacérsela a Sergio Ramírez, porque nosotros fuimos quienes acuñamos la frase “De Guatemala a Guatepeor” y quienes maltratamos a los hombres, las mujeres y los casi niños que vienen subidos en el techo del tren La Bestia que muchas veces perdieron un brazo o una pierna o hasta murieron al caer sobre los rieles.

Muy activo en política, Sergio Ramírez se opuso al régimen del horrible Anastasio Somoza Debayle y formó parte del Frente Sandinista de Liberación Nacional en 1981. Con el triunfo de la revolución resultó electo vicepresidente de Nicaragua de 1984 a 1990. Para él, resultó un gran reto compaginar al escritor con el político, sobre todo porque corría el riesgo de que uno se perdiera en el otro. Durante una década abandonó la literatura, aunque escribió discursos y manifiestos. Las letras eran sus armas en la revolución nicaragüense del siglo XX.

En mayo de 2005 expresó: “Siempre he creído que la novela en América Latina está indisolublemente ligada a la historia pública y que resulta extremadamente difícil escribir un texto narrativo imaginario sin acudir a ella o sin que logre colarse por los resquicios de la narración.

El mundo latinoamericano se novela a sí solo y los escritores sólo somos cronistas singulares. Esa frase le habría gustado a García Márquez.

Es un gusto, un gran acierto que Sergio Ramírez vincule su premio Cervantes a su país Nicaragua, a sus bosques y a su naturaleza exuberante, a su agua y a sus árboles, a sus niños y a sus habitantes más humildes, a su cielo y a su enorme tradición poética. Juan Rulfo decía que en Chiapas a los poetas se les puede barrer con escoba. Sergio Ramírez también avanza ahora por una gran avenida seguido por una cauda de poetas excepcionales.

Disciplinado, Ramírez es un escritor de tiempo completo, por las mañanas se dedica a sus novelas y cuentos, en las tardes escribe ensayos, prólogos y conferencias, además de ser entusiasta de las redes sociales.

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El autor de Margarita, está linda la mar, en una entrevista con este diario en 2014Foto Carlos Cisneros

No sé si felicitarte o darte el pésame. Cuídate mucho, porque para mí la gira fue mucho peor que todos los viajes que hice como vicepresidente de Nicaragua –me escribió Sergio Ramírez desde Nicaragua cuando me concedieron el Premio Alfaguara en 2001. Entonces, mi mamá –de ya casi 92 años– estaba enferma y yo recibí la presea con el corazón en ascuas porque tenía que salir a recorrer todo el continente de hotel en hotel como demanda el Premio Alfaguara. Lo hice anestesiada por la tristeza de la pérdida. Sonreí como calaca de cartón. Nada peor podía sucederme que la desaparición de Mamá. Alcancé a decirle: Mamá, me saqué un premio. ¡Qué bueno, porque ahora ya no vas a escribir!, fue su respuesta. Por alguna razón, Sergio Ramírez se quedó ligado a ese premio en mi memoria y porque alguna vez me dijo: Tómate este whisky, tómatelo, te vas a sentir mejor, y mandó a un mesero a que me trajera un pálido jaibol, como lo habría llamado el gran periodista José Alvarado.

Sergio Ramírez y yo coincidimos en alguna universidad de Estados Unidos y me dio gusto verlo; también lo hicimos en el velorio de Carlos Fuentes, en San Jerónimo. ¿Qué vamos a hacer?, tan inesperada esta muerte, tan injusta, tan fuera de tiempo, una novela por iniciarse sobre su mesa de trabajo, el dolor de Federico Reyes Heroles, su gran amigo, estaba ya en el segundo capítulo. Así nos quedamos todos en el segundo capítulo, la tercera es la vencida. De pie junto a Sergio, vimos entrar y salir a amigos y conocidos que corrían a abrazar a Silvia y a Cecilia la única niña Fuentes que quedaba para contar cómo pasaba en limpio el manuscrito de su padre a la computadora, novela tras novela, y vaya que Fuentes, además de grande fue prolífico.

No sé si vaya a poder verlo en la Feria de Guadalajara, va a andar más asediado y rodeado de admiradores que Vargas Llosa, quien siempre atravesó la calle con un batallón de admiradoras armadas de besos, pero desde aquí, deseo con todo el corazón que sepa de mi cariño y de mi admiración.

Nicaragua y su literatura están en el candelero gracias a Sergio Ramírez, a quien sus Margarita, está linda la mar, Catalina y Catalina, Juan de Juanes, Ya nadie llora por mí, La jirafa embarazada, Sombras nada más, entre sus casi 50 títulos, entre novelas y ensayos, respaldan el Premio Cervantes que todos en América Latina aplaudimos.

Seguramente sus tres hijos, Sergio, María y Dorel, así como sus ocho nietos, lo acompañarán al paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares y tendrá que hablar desde ese pulpito al que hay que subir con gran cuidado tal como me lo recomendó José Emilio Pacheco: Si das un paso en falso te vas de cabeza.

También tendrá que iniciar la lectura de El Quijote: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…” y comer al lado de los reyes y los ministros y académicos de la lengua y otros invitados que le preguntarán por Rubén Darío y por Ernesto Cardenal; caminará por la Gran Vía y por las calles que apenas se abren a la primavera y se entibian a media mañana. Será bueno llevar chaleco, porque todavía hace algo de frío. Seguramente, Sergio recordará a su pueblo y al Grupo de los 12 formado por intelectuales, empresarios, sacerdotes y dirigentes civiles que apoyaron al Frente Sandinista y recordará sus tiempos de militancia.

En La Jornada lo tendremos muy presente por ser uno de sus colaboradores más queridos y el más capaz de analizar lo que sucede en nuestro continente, que sigue –a pesar de nuestros esfuerzos– viviendo con 100 años de atraso, la soledad que tal parece está convirtiéndose en la morada de nuestros países tan necesitados de apoyo.

Marcel Proust “En busca del tiempo perdido”: primer siglo

Marcel Proust ‘En busca del tiempo perdido’: primer siglo

Enrique Héctor González

La Jornada Semanal

La obra de Marcel Proust (París, 1871-1922), a la vuelta de un siglo, sigue encarnando una interrogación permanente, una eterna curiosidad por la manera en que vislumbra en una tarde, una piedra, un guiño, una sombra, una idea, una palabra, una línea melódica… la luz de su conciencia verdadera. Ninguna mirada tan atenta y lúcida, tan vertiginosamente lenta como la de Proust se ha posado desde la literatura en ese inescrutable esce-nario que llamamos realidad por no tener otro nombre más impropio a la mano. Son innumerables las cuali-dades que, luego de cien años (los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido aparecieron entre 1913 y 1927), han destacado sus lectores en esta vasta novela, como el amor al detalle preciso y revelador, la vigorosa luz metafórica con que lo hace visible, el exorcismo al que somete nuestra idea del tiempo para hacerla arrojar frutos como un árbol generoso. La prosa de Proust, procelosa y al mismo tiempo sutil, llena de generosas suturas, es un lujo del lenguaje que invoca a las demás artes como si la escritura, elástica y sinestésica, fuera una enramada de aromas sonoros, música arquitectónica, óleos verbales dispuestos a reconfigurar la realidad. “La trama es siempre una trampa”, parecería ser el principio activo de la obra dado lo arborescente de su anécdota, que parece desleírse y desleerse en un incesante rameado de frases que la convierte sólo y nada menos que en escritura en estado puro. Con el afán de enfatizar algunas de las cualidades incurables de esta novela mayor, enumero algunos de sus más reconocidos méritos a un siglo de distancia.

1

La naturaleza del recuerdo es una de las primeras y más examinadas condiciones que la crítica ha estudiado en Proust, y que el lugar común ha recuperado en la famosa magdalena sumergida en un té aromático, leitmotiv que sirve de cimiento narrativo al fastuoso edificio que constituye la obra. Pero la evo-cación no opera al modo de una memoria ufana de hechos puntuales, sino que se construye como las innumerables dubitaciones de un presente vital que se escabulle y lo desaparece todo en su torbellino hecho de nada. La tarea de volver al pasado nunca fue materia de elaboración tan minuciosa como la que emprende el narrador de la novela, pues el fuelle de su memoria es la voluntad de un estilo que es otra forma del tiempo, una suerte de cuarta o enésima dimensión que va poblando lentamente el espacio de Combray o de París con sus frases largas y minuciosamente rizadas: “Pasó a nuestro lado sin dejar de hablar con su vecina, y nos hizo con el rabillo de sus ojos azules un gesto que en cierto modo no salía de los párpados y que, como no interesaba los músculos de su rostro, pudo pasar completamente ignorado de su interlocutora; pero que, queriendo compensar con lo intenso del sentimiento lo estrecho del campo en que circunscribía su expresión, hizo chispear en aquel rinconcito azulado que nos concedía toda la vivacidad de su gracejo que, pasando de la jovialidad, frisó en malicia, y que sutilizó las finuras de la amabilidad hasta los guiños de la connivencia.” Como casi siempre, el estilo es una manera de mirar, una forma de envolver y devolver el mundo en frases cuya magia consiste en captar al vuelo la intención de un gesto, la delicadeza de un ademán, la tensión intraducible de una voz. Una suerte de naturalismo microscópico hace que la realidad sea dócil sólo a una aguja visual capaz de registrar y regustar las dudas y las emociones manifiestas en la gracia de un detalle facial antes que en un plano más pleno del rostro.

2

La exploración del yo, ese pronombre tan engañoso, tan huidizo y que bien mirado se nos escapa porque nunca sabemos bien a bien lo que designa, es otro de los méritos de la literatura proustiana; en virtud de tal examen, el personaje se descubre cons-tituido no por un núcleo invariable de emociones e ideas (¿acaso somos una “estatua espiritual” de nosotros mismos?) sino por el hundimiento y la disgregación que consigue el tiempo en nosotros. Las más de tres mil páginas que suman los siete volúmenes son una lenta, poderosísima radiografía del acto de contar desde una persona que se construye a partir de lo que piensa y escucha, de lo que ve, conjetura e imagina. Ese yo que articula la escritura, se sabe, es y no es el propio Marcel Proust pues, muy lejos de tratarse de una autobiografía, la novela se deja leer como un vastísimo análisis de la realidad descubierta o inventada por el protagonista desde una perspectiva que lo retrata y, al mismo tiempo, lo desaparece. Se trata de un narrador tan íntimo y eficaz que solo puede provocar extrañeza. Observa y discierne con extraordinaria vivacidad el mundo porque es un yo quirúrgicamente desollado por la escritura, el punto de partida hacia la búsqueda de una suerte de paraíso perdido y por naturaleza inencontrable, quizá inexistente, pues el sistema de subjetividades que sirve de columna vertebral a la obra lo enrarece apenas lo vislumbra, lo desaparece si lo nombra, y el espíritu mismo del narrador se reparte entonces en una miríada de objetos y seres que la mirada recoge y disuelve en una flagrante fragmentación y desgarramiento del mundo. En buena medida, la realidad recuperada por Proust a través de su narrador es la de la infancia, una edad inhóspita que en la novela encarna en un muchacho de apetencias tan irreales, tan disociadas de lo que convencionalmente entenderíamos por un niño decimonónico al uso que, a partir de sus heterodoxas aficiones por la ópera Fedra, las iglesias de Balbec, la literatura y el arte en general, no podemos sino sentir una des-confianza natural acerca de su edad cuidadosamente indeterminada (como las dimensiones del bicho de Kafka en La metamorfosis), un enigma en sí mismo que el autor está muy lejos de pretender resolver.

3

Otro de los múltiples méritos de la prosa proustiana es el empleo de la metáfora como recurso narrativo. Cierto, muchos novelistas, vigentes o ancestrales, han hecho de la analogía un prodigioso artefacto verbal mediante el cual la materia del relato cobra fuerza o gana en poder evocativo. De muchas novelas se ha destacado su altísimo contenido poético y no pocas veces podemos reconocer la grandeza de un texto narrativo en virtud del uso del lenguaje: verdaderos poemas en prosa son, en ese sentido, el Ulises, de Joyce; Pedro Páramo y Cien años de soledad. En Proust se advierte que la manera de esencializar los asuntos, de impedir que las sensaciones o los recuerdos se disipen, es metaforizándolos, espléndida estrategia para sustraerlos de la trivialidad o de su natural destrucción a expensas del tiempo; la cualidad de la analogía de suscribir afinidades entre lo aparentemente desemejante, que está en la base de la imaginería barroca, de la hipertrofia sensorial romántica y de las ecuaciones poéticas surrealistas –por no mencionar que desde Homero la asociación de disparidades se revela ya en diversos grados de complejidad– vigoriza asimismo el mundo que trasluce la opulenta novela proustiana, que bien mirado es menos juzgado que asumido enteramente por el narrador. Marcel lo describe con ironía, sí, pero prevalece un evidente discurso de aceptación de las cosas, como cuando nos recomienda, acerca de la maravillosa movilidad del campanario de la iglesia de Martinville, “no mirar una cosa como espectáculo sino creer en ella como en un ser sin equivalente”. Tal discurso de la asunción del mundo como nos es dado, como po-demos recrearlo a través de los sentidos seducidos por su presencia en el recuerdo, es sin duda una forma de la fascinación, de estupor frente a la extrañeza: la prosa de Proust es producto de una mirada admirada.

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En el diminuto universo de Combray (como el autor llamó a la pequeña ciudad de Illiers –que hoy en día lleva los dos nombres, el real anodino y el célebre literario–, adelantándose a los Yoknapatawphas, Macondos y Santa Marías que vendrán), Proust no escombra las costumbres domésticas, los chismes de la gente en un afán de regodearse en el pintoresquismo o el color local, a la manera del viejo realismo decimonónico; más bien, lleva a efecto un poderoso retrato de la aristocracia rural que es el otro lado de la moneda de la pedantesca sociedad urbana, lo que hizo decir a sus primeros detractores que En busca del tiempo perdido era una novela que “exhalaba olor a duquesa”. Dicho error de apreciación, que llevó en una primera instancia a Gallimard a rechazar su publicación y a André Gide a desencantarse del volumen inicial de la saga (Por el camino de Swann), solo será corregido por el tiempo que, distraído con la superficie de las cosas, tardó en reconocer en la mundanidad de los personajes proustianos el espejo sutil de la máscara en que se ha convertido el rostro de todos.

En ese sentido, la hostilidad hacia la “frivolidad proustiana” se nutrió también del rechazo a la bien ganada fama de rico que el mismo autor se encargaba de subrayar con elegantes y pavorosos desplantes, como el de pedir prestados cien francos al conserje del Ritz para después añadir: “Guárdeselos, eran para usted.” El éxito editorial de la obra, naturalmente, fue muy difícil pues, “¿cómo asumir como representante de nuestro tiempo a un novelista que ignora las luchas sociales y pinta un mundo abolido?”, se preguntan los críticos, a decir de André Maurois. Es necesario recordar que Europa vivía la Gran Guerra, pero también es preciso reconocer que Albert Camus escribió El extranjero en 1942 sin aludir en absoluto a una guerra aún más intensa y extensa que la primera. ¿Hasta dónde la literatura debe reflejar de manera inmediata el entorno en que ocurre?

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Casi estrictamente contemporáneos, Marcel Proust y Franz Kafka mantienen entre sí mayores coincidencias que las que su obra a simple vista revela. Para ambos, los asuntos ajenos a su creación, a la literatura en sí, al mundo recreado en su narrativa, nada cuentan, o muy poco. “Todo lo que no sea literatura me fastidia y provoca mi odio”, escribió Kafka en una carta dirigida al padre de su novia. En la misma tónica, Proust demostró su devoción creativa cuando se entregó un tanto tardíamente a escribir en serio, pues sabía –según André Maurois– que “el día que se pusiera verdaderamente al trabajo, al único trabajo para el que estaba hecho, le consagraría su vida entera”. Se sabe que los últimos diez años, postrado por la enfer-medad, no hizo otra cosa que toser, reprender a la criada por supuestos descuidos, y escribir, escribir desde la cama su obra incesante, de la que, como Kafka, sólo vería publicada la mitad.

El examen al que ambos someten el mundo social que los rodea, sea mediante el rodeo proustiano o la extrema tensión de Kafka, es impecable y demoledor. Lo que en el novelista francés parece confundirse con un voluntario y paradójico afán de sumergirse en la superficialidad (si se admite la paradoja), no es sino una forma rigurosa del reconocimiento, asimismo extremo, de sus matices más íntimos. (Según Lucien Daudet, “la sociedad tiene importancia para Proust a la manera en que las flores la tienen para el botánico y no según el interés del señor que adquiere un ramillete”.) La angustia del mundo kafkiano, de expresión sucinta y aun de perfiles humorísticos y absurdos, es en Proust una acabada y lenta penetración en el tiempo de las cosas, que más parece larga agonía que divertimento atroz.

Más allá de los simétricos sentimientos de amor desmesurado o aviesa aversión registrados, respec-tivamente, a propósito de su madre y su padre, y de la coincidencia de sus padecimientos pulmonares, la diferencia entre el asma de Proust y la tisis de Kafka se manifiesta, literariamente, en la distancia que va del desconcierto a la perplejidad, pues el novelista francés, hombre de razón que le concedía a la ciencia un gran papel en la composición literaria, explica la naturaleza del dolor y la soledad en sus textos como quien explora las moléculas de una emoción; Kafka, en cambio, espiga con taimada avidez los íntimos resortes de la irracionalidad humana. Sin duda nunca se leyeron, o por lo menos no existe evidencia de ello. La obra de ambos, sin embargo, es una pincelada demorada o puntual del mundo tal como lo reconocieron hace un siglo dos de las mentes más lúcidas de la literatura europea •