Muere el cofundador de AC/DC Malcolm Young a los 64 años

Muere el cofundador de AC/DC Malcolm Young a los 64 años

Militó en el grupo australiano como guitarrista y compositor hasta 2014

DIEGO A. MANRIQUE

El País

Malcolm Young, cofundador de AC/DC, falleció hoy sábado en Sidney (Australia), a los 64 años, un mes después de que muriera su hermano George. Malcolm se había jubilado de la banda en 2010, tras una gira en la que el grupo anuló o cambiar de fecha varios conciertos (su última actuación tuvo lugar en Estadio de San Mamés, de Bilbao). Se difundió por entonces que Malcolm andaba mal de salud —se habló de cáncer de pulmón y dolencias cardíacos— aunque finalmente la prensa australiana reveló que sufría demencia y que había sido internado en una residencia.

Nacido en Glasgow en 1953, Malcolm tenía diez años cuando emigró con su familia a Australia. Eran ocho hermanos, muchos con inclinaciones musicales; uno de ellos, Alexander Young, se quedaría en Inglaterra; como parte de Grapefruit estuvo brevemente conectado con los Beatles. El primero del contingente australiano en destacar fue George, que triunfó con los extraordinarios Easybeats y que luego formaría con Harry Vanda un prolífico tándem de compositores-productores, aparte de reencarnarse en dúo de techno-pop como Flash and the Pan.

Malcolm y su hermano menor, Angus, no tenían ambiciones tan sofisticadas. Despegaron como AC/DC a finales de 1973 y se ganaron un hueco en el duro circuito australiano, ante públicos belicosos a los que contentaban con versiones hard de clásicos del rock and roll y variaciones raka-raka del boogie-rock estadounidense. Sus temas propios exploraban un humor de sal gorda, aparte de desarrollar cierta épica del rock transgresor.

Ubicados en Londres a partir de 1975, consiguieron un contrato internacional con Atlantic Records. Exhibieron una profesionalidad implacable: para Highway to hell (1979), álbum con el que logran el perseguido éxito global, el equipo Vanda-Young fue reemplazado por el productor rodesiano Robert John Mutt Lange. La muerte trágica de su incendiario vocalista, Bon Scott, en 1980, fue tapada rápidamente por la incorporación de Brian Johnson, excantante del grupo Geordie, y la publicación del celebérrimo Back in Black.

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En los ochenta, ya habían perfeccionado la fórmula: himnos al sexo incansable, celebraciones del alcohol, formulaciones del poder unificador del rock, riffs más que contagiosos. Y no se desviaron un milímetro. Su único reto fue adaptar su espectáculo a festivales al aire libre, estadios olímpicos y recintos similares. Lo resolvieron con pirotecnia, disparos de un cañón, una campana gigantesca y las imparables carreras de Angus vestido como un colegial.

Como organización empresarial, demostraron sensibilidad ante las circunstancias económicas de sus seguidores, aquilatando su caché para que las entradas no alcanzaran cantidades obscenas. Simpatizaban con el fervor de los públicos hispanoparlantes, grabando videos en la madrileña Plaza de las Ventas (No bull, 1996) o en un estadio porteño (Live at River Plate, 2011).

Conscientes de que se repetían, quisieron reanimar la antigua llama con la colaboración de Rick Rubin. El fruto resultante fue el excelente disco Ballbreaker (1995), lento en elaboración y marcado por los conflictos entre el productor y Malcolm Young, defensor de las esencias de AC/DC.

Aunque no rehuían las entrevistas, el grupo funcionaba como un núcleo pétreo, sin que se filtraran las turbulencias internas. Así, la gira Black Ice Tour (2008-2010), se realizó prácticamente sin cambiar el orden de las canciones, para facilitar el desempeño de Malcolm como guitarra rítmica y corista.

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El lema de AC/DC parece ser “el espectáculo debe continuar”. Se ha prescindido del baterista Phil Rudd, amante de la vida peligrosa, en varios momentos. Para el tramo final de la gira Rock or Bust, el vocalista Brian Johnson (aquejado de sordera) fue reemplazado por Axl Rose, el líder de Guns N’ Roses. Dado que el bajista, Cliff Williams, también anunció su retirada, cabría pensar que los días de AC/DC están contados. Pero no apuesten por ello: este gato tiene muchas vidas.

Vivir como Madame de Pompadour

Vivir como Madame de Pompadour

El palacio de la amante de Luis XV, a la venta por 30 millones de euros

SILVIA AYUSO

París

El País

Vivir a cuerpo de rey, o al menos a cuerpo de la amante de un rey absolutista, es posible. Siempre que se tengan entre 20 y 30 millones de euros. Ese es el precio de salida del Château de Menars, el palacio en el que residió Jeanne-Antoinette Poisson, más conocida como Madame de Pompadour, la amante favorita del rey Luis XV de Francia (1710-1774). Pese a su alto precio, al que hay que incluir los 450.000 euros anuales que cuesta su mantenimiento, la oferta tiene casi aires de ganga. Porque es una fracción de lo que le ha costado su extensa y cuidadosa remodelación a su último dueño, el multimillonario empresario inmobiliario asentado en Mónaco de origen libanés Edmond Baysari, que se ha gastado casi 100 millones de euros en su restauración desde que se hizo con la hermosa —pero ajada— propiedad, en los años ochenta.

La construcción, un monumento del Renacimiento, tiene 62 habitaciones y 12.000 metros cuadrados

Cuando la marquesa de Pompadour adquirió este château del siglo XVII en el céntrico Valle del Loira, en 1760, ya poseía varias propiedades, entre otras el hôtel d’Evreux, el que hoy es el Palacio del Elíseo y que Luis XV le ofreció como residencia parisina. Una muestra más de la influencia de una mujer que, pese a no ser de origen noble, logró ascender en la jerarquía social francesa y superó las intensas intrigas de la corte. Y aunque solo fue la amante favorita de Luis XV durante un lustro —enamoró al monarca durante un baile de máscaras en 1745— consiguió mantener su estatus como amiga y confidente real hasta su muerte, por tuberculosis, en 1764, a los 42 años. Al conocer su fallecimiento, el rey lamentó la pérdida de “una amiga durante 20 años”.

Madame de Pompadour, una gran impulsora de las artes y del conocimiento —apoyó la publicación, en 1751, de los dos primeros tomos de la Enciclopedia de Diderot y d’Alembert— se encargó personalmente de la costosa y lujosa remodelación del palacio de Menars, que encargó a prestigiosos arquitectos como Ange-Jacques Gabriel, responsable también del Palacio de Versailles, como primer arquitecto del rey y director de la Academia Real de Arquitectura.

Vivir como Madame de Pompadour Un ‘sin techo’ logra una plaza para estudiar en la universidad de Cambridge

Su actual dueño también se ha dejado una fortuna en reconstruir minuciosamente este monumento histórico del Renacimiento de 62 habitaciones y más de 12.000 metros cuadrados.

Baysari, de 83 años, se enamoró del palacio y de la figura de Pompadour cuando era joven, fascinado por su vertiginoso ascenso hacia la prominencia, explicó a Reuters el abogado del empresario encargado de la venta del château, Jack Anderson. “Ella era una mujer del renacimiento y él es un hombre del renacimiento”, aseveró.

El palacio de Menars cuenta con todos los lujos que puede soñar un millonario. Además de las decenas de habitaciones, su nuevo dueño o dueña podrá disfrutar de extensos jardines que llegan hasta la orilla del Loira, un patio donde puede aterrizar un helicóptero y una cava de vinos para albergar más de 30.000 botellas. También cuenta con el glamur dejado por sus más ilustres invitados, desde Voltaire en la época de Pompadour —a quien conoció en los salones que ambos frecuentaban— a, ya en la era de Baysari, el líder de los Rolling Stones, Mick Jagger, el príncipe Carlos o los presidentes Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov, que celebraron en este château una cumbre informal, destaca Le Figaro.

La venta comenzará a partir del 15 de enero. Baysari es consciente de que no logrará jamás recuperar el dinero invertido, pero esa no fue nunca su intención, asegura su abogado. “Su objetivo es saber que queda en manos de alguien que continuará manteniendo la belleza de este palacio”, explicó Anderson. “Él sabe que el destino se lo va a llevar y espera ser bien recibido por Madame de Pompadour en el próximo mundo”.

Sergio Ramírez, ganador del Premio Cervantes

Sergio Ramírez, ganador del Premio Cervantes

Elena Poniatowska

La Jornada

Cuento cuentos por la necesidad de interesar a otros en algo que a mí me parece singular: compartir. Esta generosidad ha llevado a Sergio Ramírez a ser el ganador del Premio Cervantes 2017. El nicaragüense, editorialista de La Jornada, novelista y también ganador del mayor premio de América Latina, al menos por su monto, el Carlos Fuentes, en 2014, es el primer escritor de su país en recibir este galardón.

Nicaragua (la Nicaragua tan violentamente dulce de Julio Cortázar) brilla mejor y va a hablar más alto gracias a él, como sucedió cuando Rubén Darío salió a la luz pública y todos se admiraron que de un pequeño país centroamericano saliera una luz tan deslumbrante, la del fundador del modernismo en nuestros países. ¡Ay, Nicaragua, Nicaragüita! Sergio Ramírez tiene presente a sus compatriotas, a Ernesto Cardenal, a la bellísima Gioconda Belli, a Daisy Zamora, a Anailse Gómez y a poetas que siguieron el camino de Rubén Darío, Joaquín Pasos y Carlos Martínez Rivas.

En varias ocasiones, Sergio Ramírez insiste en que su nana, Mercedes Alvarado, le contó las primeras historias de su infancia, que de ella aprendió a escuchar y luego a escribir. En la adolescencia, sus lecturas de infancia fueron Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, Veinte años después, El jorobado de nuestra señora de París. Señala a los mexicanos Juan Rulfo, Carlos Fuentes y Salvador Elizondo (concuño de Gabriel García Márquez) como los escritores que le enseñaron otros caminos en la literatura de nuestro continente. Su primer cuento, El estudiante, escrito a los 17 años, publicado en la revista universitaria León, cuando él dejó su natal Masatepe para la hacer su carrera de derecho, es su punto de arranque, y es la historia de un muchacho que llega a estudiar a León pero se regresa derrotado a su pueblo. Fue lo primero que me impresionó en la vida para sentir la necesidad de escribir.

En 1963 publicó su primer libro, Cuentos. Ser escritor centroamericano no debe ser nada fácil a pesar de Rubén Darío. Esa pregunta deberíamos hacérsela a Sergio Ramírez, porque nosotros fuimos quienes acuñamos la frase “De Guatemala a Guatepeor” y quienes maltratamos a los hombres, las mujeres y los casi niños que vienen subidos en el techo del tren La Bestia que muchas veces perdieron un brazo o una pierna o hasta murieron al caer sobre los rieles.

Muy activo en política, Sergio Ramírez se opuso al régimen del horrible Anastasio Somoza Debayle y formó parte del Frente Sandinista de Liberación Nacional en 1981. Con el triunfo de la revolución resultó electo vicepresidente de Nicaragua de 1984 a 1990. Para él, resultó un gran reto compaginar al escritor con el político, sobre todo porque corría el riesgo de que uno se perdiera en el otro. Durante una década abandonó la literatura, aunque escribió discursos y manifiestos. Las letras eran sus armas en la revolución nicaragüense del siglo XX.

En mayo de 2005 expresó: “Siempre he creído que la novela en América Latina está indisolublemente ligada a la historia pública y que resulta extremadamente difícil escribir un texto narrativo imaginario sin acudir a ella o sin que logre colarse por los resquicios de la narración.

El mundo latinoamericano se novela a sí solo y los escritores sólo somos cronistas singulares. Esa frase le habría gustado a García Márquez.

Es un gusto, un gran acierto que Sergio Ramírez vincule su premio Cervantes a su país Nicaragua, a sus bosques y a su naturaleza exuberante, a su agua y a sus árboles, a sus niños y a sus habitantes más humildes, a su cielo y a su enorme tradición poética. Juan Rulfo decía que en Chiapas a los poetas se les puede barrer con escoba. Sergio Ramírez también avanza ahora por una gran avenida seguido por una cauda de poetas excepcionales.

Disciplinado, Ramírez es un escritor de tiempo completo, por las mañanas se dedica a sus novelas y cuentos, en las tardes escribe ensayos, prólogos y conferencias, además de ser entusiasta de las redes sociales.

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El autor de Margarita, está linda la mar, en una entrevista con este diario en 2014Foto Carlos Cisneros

No sé si felicitarte o darte el pésame. Cuídate mucho, porque para mí la gira fue mucho peor que todos los viajes que hice como vicepresidente de Nicaragua –me escribió Sergio Ramírez desde Nicaragua cuando me concedieron el Premio Alfaguara en 2001. Entonces, mi mamá –de ya casi 92 años– estaba enferma y yo recibí la presea con el corazón en ascuas porque tenía que salir a recorrer todo el continente de hotel en hotel como demanda el Premio Alfaguara. Lo hice anestesiada por la tristeza de la pérdida. Sonreí como calaca de cartón. Nada peor podía sucederme que la desaparición de Mamá. Alcancé a decirle: Mamá, me saqué un premio. ¡Qué bueno, porque ahora ya no vas a escribir!, fue su respuesta. Por alguna razón, Sergio Ramírez se quedó ligado a ese premio en mi memoria y porque alguna vez me dijo: Tómate este whisky, tómatelo, te vas a sentir mejor, y mandó a un mesero a que me trajera un pálido jaibol, como lo habría llamado el gran periodista José Alvarado.

Sergio Ramírez y yo coincidimos en alguna universidad de Estados Unidos y me dio gusto verlo; también lo hicimos en el velorio de Carlos Fuentes, en San Jerónimo. ¿Qué vamos a hacer?, tan inesperada esta muerte, tan injusta, tan fuera de tiempo, una novela por iniciarse sobre su mesa de trabajo, el dolor de Federico Reyes Heroles, su gran amigo, estaba ya en el segundo capítulo. Así nos quedamos todos en el segundo capítulo, la tercera es la vencida. De pie junto a Sergio, vimos entrar y salir a amigos y conocidos que corrían a abrazar a Silvia y a Cecilia la única niña Fuentes que quedaba para contar cómo pasaba en limpio el manuscrito de su padre a la computadora, novela tras novela, y vaya que Fuentes, además de grande fue prolífico.

No sé si vaya a poder verlo en la Feria de Guadalajara, va a andar más asediado y rodeado de admiradores que Vargas Llosa, quien siempre atravesó la calle con un batallón de admiradoras armadas de besos, pero desde aquí, deseo con todo el corazón que sepa de mi cariño y de mi admiración.

Nicaragua y su literatura están en el candelero gracias a Sergio Ramírez, a quien sus Margarita, está linda la mar, Catalina y Catalina, Juan de Juanes, Ya nadie llora por mí, La jirafa embarazada, Sombras nada más, entre sus casi 50 títulos, entre novelas y ensayos, respaldan el Premio Cervantes que todos en América Latina aplaudimos.

Seguramente sus tres hijos, Sergio, María y Dorel, así como sus ocho nietos, lo acompañarán al paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares y tendrá que hablar desde ese pulpito al que hay que subir con gran cuidado tal como me lo recomendó José Emilio Pacheco: Si das un paso en falso te vas de cabeza.

También tendrá que iniciar la lectura de El Quijote: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…” y comer al lado de los reyes y los ministros y académicos de la lengua y otros invitados que le preguntarán por Rubén Darío y por Ernesto Cardenal; caminará por la Gran Vía y por las calles que apenas se abren a la primavera y se entibian a media mañana. Será bueno llevar chaleco, porque todavía hace algo de frío. Seguramente, Sergio recordará a su pueblo y al Grupo de los 12 formado por intelectuales, empresarios, sacerdotes y dirigentes civiles que apoyaron al Frente Sandinista y recordará sus tiempos de militancia.

En La Jornada lo tendremos muy presente por ser uno de sus colaboradores más queridos y el más capaz de analizar lo que sucede en nuestro continente, que sigue –a pesar de nuestros esfuerzos– viviendo con 100 años de atraso, la soledad que tal parece está convirtiéndose en la morada de nuestros países tan necesitados de apoyo.

Marcel Proust “En busca del tiempo perdido”: primer siglo

Marcel Proust ‘En busca del tiempo perdido’: primer siglo

Enrique Héctor González

La Jornada Semanal

La obra de Marcel Proust (París, 1871-1922), a la vuelta de un siglo, sigue encarnando una interrogación permanente, una eterna curiosidad por la manera en que vislumbra en una tarde, una piedra, un guiño, una sombra, una idea, una palabra, una línea melódica… la luz de su conciencia verdadera. Ninguna mirada tan atenta y lúcida, tan vertiginosamente lenta como la de Proust se ha posado desde la literatura en ese inescrutable esce-nario que llamamos realidad por no tener otro nombre más impropio a la mano. Son innumerables las cuali-dades que, luego de cien años (los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido aparecieron entre 1913 y 1927), han destacado sus lectores en esta vasta novela, como el amor al detalle preciso y revelador, la vigorosa luz metafórica con que lo hace visible, el exorcismo al que somete nuestra idea del tiempo para hacerla arrojar frutos como un árbol generoso. La prosa de Proust, procelosa y al mismo tiempo sutil, llena de generosas suturas, es un lujo del lenguaje que invoca a las demás artes como si la escritura, elástica y sinestésica, fuera una enramada de aromas sonoros, música arquitectónica, óleos verbales dispuestos a reconfigurar la realidad. “La trama es siempre una trampa”, parecería ser el principio activo de la obra dado lo arborescente de su anécdota, que parece desleírse y desleerse en un incesante rameado de frases que la convierte sólo y nada menos que en escritura en estado puro. Con el afán de enfatizar algunas de las cualidades incurables de esta novela mayor, enumero algunos de sus más reconocidos méritos a un siglo de distancia.

1

La naturaleza del recuerdo es una de las primeras y más examinadas condiciones que la crítica ha estudiado en Proust, y que el lugar común ha recuperado en la famosa magdalena sumergida en un té aromático, leitmotiv que sirve de cimiento narrativo al fastuoso edificio que constituye la obra. Pero la evo-cación no opera al modo de una memoria ufana de hechos puntuales, sino que se construye como las innumerables dubitaciones de un presente vital que se escabulle y lo desaparece todo en su torbellino hecho de nada. La tarea de volver al pasado nunca fue materia de elaboración tan minuciosa como la que emprende el narrador de la novela, pues el fuelle de su memoria es la voluntad de un estilo que es otra forma del tiempo, una suerte de cuarta o enésima dimensión que va poblando lentamente el espacio de Combray o de París con sus frases largas y minuciosamente rizadas: “Pasó a nuestro lado sin dejar de hablar con su vecina, y nos hizo con el rabillo de sus ojos azules un gesto que en cierto modo no salía de los párpados y que, como no interesaba los músculos de su rostro, pudo pasar completamente ignorado de su interlocutora; pero que, queriendo compensar con lo intenso del sentimiento lo estrecho del campo en que circunscribía su expresión, hizo chispear en aquel rinconcito azulado que nos concedía toda la vivacidad de su gracejo que, pasando de la jovialidad, frisó en malicia, y que sutilizó las finuras de la amabilidad hasta los guiños de la connivencia.” Como casi siempre, el estilo es una manera de mirar, una forma de envolver y devolver el mundo en frases cuya magia consiste en captar al vuelo la intención de un gesto, la delicadeza de un ademán, la tensión intraducible de una voz. Una suerte de naturalismo microscópico hace que la realidad sea dócil sólo a una aguja visual capaz de registrar y regustar las dudas y las emociones manifiestas en la gracia de un detalle facial antes que en un plano más pleno del rostro.

2

La exploración del yo, ese pronombre tan engañoso, tan huidizo y que bien mirado se nos escapa porque nunca sabemos bien a bien lo que designa, es otro de los méritos de la literatura proustiana; en virtud de tal examen, el personaje se descubre cons-tituido no por un núcleo invariable de emociones e ideas (¿acaso somos una “estatua espiritual” de nosotros mismos?) sino por el hundimiento y la disgregación que consigue el tiempo en nosotros. Las más de tres mil páginas que suman los siete volúmenes son una lenta, poderosísima radiografía del acto de contar desde una persona que se construye a partir de lo que piensa y escucha, de lo que ve, conjetura e imagina. Ese yo que articula la escritura, se sabe, es y no es el propio Marcel Proust pues, muy lejos de tratarse de una autobiografía, la novela se deja leer como un vastísimo análisis de la realidad descubierta o inventada por el protagonista desde una perspectiva que lo retrata y, al mismo tiempo, lo desaparece. Se trata de un narrador tan íntimo y eficaz que solo puede provocar extrañeza. Observa y discierne con extraordinaria vivacidad el mundo porque es un yo quirúrgicamente desollado por la escritura, el punto de partida hacia la búsqueda de una suerte de paraíso perdido y por naturaleza inencontrable, quizá inexistente, pues el sistema de subjetividades que sirve de columna vertebral a la obra lo enrarece apenas lo vislumbra, lo desaparece si lo nombra, y el espíritu mismo del narrador se reparte entonces en una miríada de objetos y seres que la mirada recoge y disuelve en una flagrante fragmentación y desgarramiento del mundo. En buena medida, la realidad recuperada por Proust a través de su narrador es la de la infancia, una edad inhóspita que en la novela encarna en un muchacho de apetencias tan irreales, tan disociadas de lo que convencionalmente entenderíamos por un niño decimonónico al uso que, a partir de sus heterodoxas aficiones por la ópera Fedra, las iglesias de Balbec, la literatura y el arte en general, no podemos sino sentir una des-confianza natural acerca de su edad cuidadosamente indeterminada (como las dimensiones del bicho de Kafka en La metamorfosis), un enigma en sí mismo que el autor está muy lejos de pretender resolver.

3

Otro de los múltiples méritos de la prosa proustiana es el empleo de la metáfora como recurso narrativo. Cierto, muchos novelistas, vigentes o ancestrales, han hecho de la analogía un prodigioso artefacto verbal mediante el cual la materia del relato cobra fuerza o gana en poder evocativo. De muchas novelas se ha destacado su altísimo contenido poético y no pocas veces podemos reconocer la grandeza de un texto narrativo en virtud del uso del lenguaje: verdaderos poemas en prosa son, en ese sentido, el Ulises, de Joyce; Pedro Páramo y Cien años de soledad. En Proust se advierte que la manera de esencializar los asuntos, de impedir que las sensaciones o los recuerdos se disipen, es metaforizándolos, espléndida estrategia para sustraerlos de la trivialidad o de su natural destrucción a expensas del tiempo; la cualidad de la analogía de suscribir afinidades entre lo aparentemente desemejante, que está en la base de la imaginería barroca, de la hipertrofia sensorial romántica y de las ecuaciones poéticas surrealistas –por no mencionar que desde Homero la asociación de disparidades se revela ya en diversos grados de complejidad– vigoriza asimismo el mundo que trasluce la opulenta novela proustiana, que bien mirado es menos juzgado que asumido enteramente por el narrador. Marcel lo describe con ironía, sí, pero prevalece un evidente discurso de aceptación de las cosas, como cuando nos recomienda, acerca de la maravillosa movilidad del campanario de la iglesia de Martinville, “no mirar una cosa como espectáculo sino creer en ella como en un ser sin equivalente”. Tal discurso de la asunción del mundo como nos es dado, como po-demos recrearlo a través de los sentidos seducidos por su presencia en el recuerdo, es sin duda una forma de la fascinación, de estupor frente a la extrañeza: la prosa de Proust es producto de una mirada admirada.

4

En el diminuto universo de Combray (como el autor llamó a la pequeña ciudad de Illiers –que hoy en día lleva los dos nombres, el real anodino y el célebre literario–, adelantándose a los Yoknapatawphas, Macondos y Santa Marías que vendrán), Proust no escombra las costumbres domésticas, los chismes de la gente en un afán de regodearse en el pintoresquismo o el color local, a la manera del viejo realismo decimonónico; más bien, lleva a efecto un poderoso retrato de la aristocracia rural que es el otro lado de la moneda de la pedantesca sociedad urbana, lo que hizo decir a sus primeros detractores que En busca del tiempo perdido era una novela que “exhalaba olor a duquesa”. Dicho error de apreciación, que llevó en una primera instancia a Gallimard a rechazar su publicación y a André Gide a desencantarse del volumen inicial de la saga (Por el camino de Swann), solo será corregido por el tiempo que, distraído con la superficie de las cosas, tardó en reconocer en la mundanidad de los personajes proustianos el espejo sutil de la máscara en que se ha convertido el rostro de todos.

En ese sentido, la hostilidad hacia la “frivolidad proustiana” se nutrió también del rechazo a la bien ganada fama de rico que el mismo autor se encargaba de subrayar con elegantes y pavorosos desplantes, como el de pedir prestados cien francos al conserje del Ritz para después añadir: “Guárdeselos, eran para usted.” El éxito editorial de la obra, naturalmente, fue muy difícil pues, “¿cómo asumir como representante de nuestro tiempo a un novelista que ignora las luchas sociales y pinta un mundo abolido?”, se preguntan los críticos, a decir de André Maurois. Es necesario recordar que Europa vivía la Gran Guerra, pero también es preciso reconocer que Albert Camus escribió El extranjero en 1942 sin aludir en absoluto a una guerra aún más intensa y extensa que la primera. ¿Hasta dónde la literatura debe reflejar de manera inmediata el entorno en que ocurre?

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Casi estrictamente contemporáneos, Marcel Proust y Franz Kafka mantienen entre sí mayores coincidencias que las que su obra a simple vista revela. Para ambos, los asuntos ajenos a su creación, a la literatura en sí, al mundo recreado en su narrativa, nada cuentan, o muy poco. “Todo lo que no sea literatura me fastidia y provoca mi odio”, escribió Kafka en una carta dirigida al padre de su novia. En la misma tónica, Proust demostró su devoción creativa cuando se entregó un tanto tardíamente a escribir en serio, pues sabía –según André Maurois– que “el día que se pusiera verdaderamente al trabajo, al único trabajo para el que estaba hecho, le consagraría su vida entera”. Se sabe que los últimos diez años, postrado por la enfer-medad, no hizo otra cosa que toser, reprender a la criada por supuestos descuidos, y escribir, escribir desde la cama su obra incesante, de la que, como Kafka, sólo vería publicada la mitad.

El examen al que ambos someten el mundo social que los rodea, sea mediante el rodeo proustiano o la extrema tensión de Kafka, es impecable y demoledor. Lo que en el novelista francés parece confundirse con un voluntario y paradójico afán de sumergirse en la superficialidad (si se admite la paradoja), no es sino una forma rigurosa del reconocimiento, asimismo extremo, de sus matices más íntimos. (Según Lucien Daudet, “la sociedad tiene importancia para Proust a la manera en que las flores la tienen para el botánico y no según el interés del señor que adquiere un ramillete”.) La angustia del mundo kafkiano, de expresión sucinta y aun de perfiles humorísticos y absurdos, es en Proust una acabada y lenta penetración en el tiempo de las cosas, que más parece larga agonía que divertimento atroz.

Más allá de los simétricos sentimientos de amor desmesurado o aviesa aversión registrados, respec-tivamente, a propósito de su madre y su padre, y de la coincidencia de sus padecimientos pulmonares, la diferencia entre el asma de Proust y la tisis de Kafka se manifiesta, literariamente, en la distancia que va del desconcierto a la perplejidad, pues el novelista francés, hombre de razón que le concedía a la ciencia un gran papel en la composición literaria, explica la naturaleza del dolor y la soledad en sus textos como quien explora las moléculas de una emoción; Kafka, en cambio, espiga con taimada avidez los íntimos resortes de la irracionalidad humana. Sin duda nunca se leyeron, o por lo menos no existe evidencia de ello. La obra de ambos, sin embargo, es una pincelada demorada o puntual del mundo tal como lo reconocieron hace un siglo dos de las mentes más lúcidas de la literatura europea •

Sergio Ramírez, premio Cervantes 2017

Sergio Ramírez, premio Cervantes 2017

El escritor es el primer nicaragüense en obtener el galardón. Novelista y periodista, fue revolucionario sandinista y vicepresidente de su país entre 1985 y 1990 con Daniel Ortega

JESÚS RUIZ MANTILLA

Madrid

El País

Cree Sergio Ramírez que la gracia del viaje de Don Quijote, es que no desea el regreso. Cuando te lo encuentras por esos mundos, sabes que suele andar a gusto allá donde pueda compartir con amigos una buena conversación sobre literatura o política, acompañado siempre de Tulita, su esposa. Ambos tendrán que desplazarse a España en abril para recibir de manos del rey Felipe el Premio Cervantes. El jurado se lo otorgó este jueves con amplio consenso y después de tres horas de deliberaciones y siete votaciones sucesivas. Es el primer autor nicaragüense y centroamericano que lo consigue.

Escritor en un sentido amplio y ancho de la palabra. Autor total a sus 75 años: novelista, ensayista, memorialista, periodista. Pero también político. Hombre de rectos principios, comprometido con la Revolución Sandinista hasta el punto de haber sido nombrado vicepresidente –cargo que ejerció entre 1985 y 1990- por un Daniel Ortega que lo ve hoy como su principal pesadilla. Es crítico con la deriva autoritaria de su país. El prestigio internacional de su conciencia, la de un creador traducido a 20 lenguas por todo el mundo, pesa.

¿Las razones? Buena parte de ellas se leen en Adiós, muchachos, su memoria de aquel tiempo, hoy reducido al caudillismo residual de su líder en Nicaragua. Ramírez fue abogado, pero la literatura lo cautivó pronto y latió durante toda su vida junto a su activismo por causas políticas, sociales y civiles. Hasta 1996 compaginó su carrera literaria con la política y la abogacía, pero a partir de entonces, se dedica exclusivamente a crear.

Su obra está impregnada por toda una rica amalgama de compromiso cívico, cuajada de un pensamiento que cuestiona la realidad, experiencias en varios frentes, referentes históricos de la literatura y el arte y atención constante a las corrientes del tiempo que le ha tocado vivir.

El jurado, presidido por Darío Villanueva, director de la Real Academia Española (RAE), ha destacado que su obra, dice el acta, “aúna la narración, la poesía y el rigor del observador y el actor”. También, añaden, “que refleja la viveza de la vida cotidiana convirtiendo la realidad en una obra de arte, todo ello con excepcional altura literaria y en pluralidad de géneros, como el cuento, la novela y el columnismo periodístico”.

Ramírez es un autor que conoce y profundiza en lo que le rodea, discreto y siempre dispuesto. Sereno y cálido. Nació en 1942 en Masatepe y ya a los 18 años publicó sus primeros cuentos. Durante sus años de estudiante de Derecho fundó la revista literaria Ventana y en 1970 publicó su primera novela, Tiempo de fulgor.

Desde entonces hasta Ya nadie llora por mí, su última novela publicada hace dos meses, han aparecido Baile de máscaras, Margarita está linda la mar –Premio Alfaguara en 1998-, Sombras, nada más, Mil y una muertes, La fugitiva o la obra policiaca, El cielo llora por mí. Otro de sus géneros constantes ha sido el cuento en los que destacan los volúmenes El reino animal, Perdón y olvido o Flores oscuras. Pero también la memoria, el ensayo y el articulismo en cada frente.

El fallo del premio dotado con 125.000 euros fue anunciado este jueves por el ministro Íñigo Méndez de Vigo. Lo acompañaron en la mesa Darío Villanueva y Eduardo Mendoza, ganador de la pasada edición. Méndez de Vigo le llamó personalmente para comunicarle el fallo. Eran las siete de la mañana en Managua cuando marcó. “Es una buena manera de comenzar el día”, le dijo Ramírez.

Probablemente ya llevaría levantado unas horas. Escribe desde que canta el gallo o sale a pasear. Y en los años de sus viajes constantes como representante de su país, no era extraño tropezárselo haciendo footing con su prominente altura de pívot de baloncesto.

Villanueva, por su parte, destacó el hecho de que el fallo resultara difícil: “Es buena prueba de lo poderosa que es la literatura en lengua española”. Haber elegido a Ramírez le alegra por ser, dijo, “un gran representante del territorio de La Mancha, que diría Carlos Fuentes, participa de manera muy destacada y en plenitud de todas las aventuras, vicisitudes y proyectos del panhispanismo”.

Además, destacó el director de la RAE, es un maestro de narradores y no solo el primer escritor nicaragüense que gana el Cervantes, sino centroamericano, algo especial cuando acabamos de celebrar hace un año el centenario de Rubén Darío, renovador de la poesía en castellano. Ramírez es digno heredero de la huella que dejó”. Y también admirador con sanos remedios desmitificadores de su figura, como hizo en Margarita está linda la mar y en otras obras suyas, como Mil y una muertes, donde en una suerte de brillante narración trufada de varios géneros, lo mezcla con otras figuras legendarias como Flaubert o Chopin.

Mendoza, por su parte, aseguró que estaba muy contento por el fallo, “pero a la vez triste porque siento que acaba mi reinado”. Así que el autor de La ciudad de los prodigios planea llamarlo para que no se venga arriba: “Le diré que no se haga ilusiones porque, en un año, pasa a la reserva”. Bromas aparte, sino, no sería el gran Mendoza, “es un premio que él llevará con dignidad, mucho mejor que yo”

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Primer latinoamericano que ingresa al Salón de la Fama de la Sociedad de la Artes Percusivas de EU

Nandayapa, eminente compositor que contribuyó al avance de la marimba

A ti que tocas todo, nunca toques la puerta del olvido, le dijo Agustín Lara al arreglista

La Jornada

En la década de los años 60 del siglo pasado, después de horas de grabación, el compositor Agustín Lara le dijo al marimbista, director y arreglista Zeferino Nandayapa: A ti que tocas todo, nunca toques la puerta del olvido…

A casi siete años de su fallecimiento y como él lo hubiera querido, con el melodioso sonar de su marimba, se le festejó por su reciente ingreso al Salón de la Fama de la Sociedad de las Artes Percusivas (PAS, por sus siglas en inglés), con sede en Indianápolis, Estados Unidos.

En el Museo de Arte Popular, la noche del martes, se recordó el legado del fundador de la Marimba Nandayapa por su contribución al avance de este instrumento, la eminencia y la erudición de sus composiciones que lo han distinguido entre sus contemporáneos, así como su influencia entre los profesionales de la percusión.

Zeferino Nandayapa (1931-2010) vivía muy feliz con su música y nunca buscaba reconocimientos, pero, eso sí los recibía con mucho gusto, orgullo y una gran sonrisa, como cuando le avisaron que había recibido el Premio Nacional de Ciencias y Artes durante una gira por Japón, recordó Javier Nandayapa, hijo del músico.

Junto a otros grandes

Nacido en Chiapa de Corzo, Nandayapa, único marimbista latinoamericano y el primer mexicano en ingresar a este salón –al ser reconocido junto a artistas como Tito Puente, Ringo Starr o Keiko Abe– comenzó con su pasión vitalicia a los siete años de edad con el grupo Los Muchachitos y en la adolescencia viajó a Ciudad de México para estudiar dirección de orquesta en el Conservatorio Nacional de Música.

Cuatro años después fundó la Marimba Nandayapa, con la cual llevó este instrumento al ámbito de la música de concierto y su conocimiento académico le permitió descubrir que podía tocar obras escritas para orquesta, piano y cuerdas; además, transcribió para el instrumento varias obras selectas.

Con el ingreso de Zeferino Nandayapa al salón de la fama se reconoce a las tradiciones del sur de México y Centroamérica, donde la marimba es un instrumento nacional; además, es el primer laureado en este rubro, ahí radica la importancia de la distinción, expresó Javier, uno de los tres hijos del compositor, quien junto con Óscar y Norberto Nandayapa, así como los músicos Sandra Moreno y Eduardo Hernández Feliciano, integran el quinteto tradicional.

Aún más relevante, prosiguió, “es que mi padre sigue recibiendo reconocimientos y éste estaba pendiente, porque tardó 20 años en concretarse y, ahora, nos impulsa a seguir adelante a 61 años de haberse fundado esta agrupación, para continuar con la tarea de promover el legado de Zeferino, sus composiciones, arreglos para marimba y enseñanzas.

Gracias al reconocimiento la música y la marimba traspasan los muros y las barreras políticas, sociales y económicas actuales, generando alegría y unidad, refirió Javier, quien junto con la agrupación grabó la banda sonora de la película animada Coco.

Ahora, reiteró, la distinción que se buscó durante dos décadas para Nandayapa llega en una coyuntura desfavorable hacia los latinos, como parte del endurecimiento de la política migratoria del presidente estadunidense, Donald Trump, lo cual no fue impedimento para que el 9 de noviembre el comité del PAS votara en favor de su ingreso al Salón de la Fama.

Las cartas en que Jorge Amado y José Saramago suspiraban por el Nobel

Las cartas en que Jorge Amado y José Saramago suspiraban por el Nobel

Un libro recoge la correspondencia que mantuvieron los dos escritores en lengua portuguesa a su vejez

JAVIER MARTÍN DEL BARRIO

El País

Lisboa

Fue una amistad de senectud. El brasileño, con los 80 cumplidos, el portugués con diez menos. Durante cinco años, de 1992 a 1997, Amado y Saramago se cruzaron cartas y faxes para comentar sus achaques literarios y de salud, propios de la edad y de la profesión. Paloma, hija del brasileño, y Ricardo Viel, de la Fundación del Nobel portugués, han organizado y seleccionado aquella relación epistolar para el libro Jorge Amado José Saramago, con un mar en medio.

Disciplinado y organizado por militancia comunista y exiliado, Amado aprovechó el advenimiento de la fotocopiadora para dejar puntilloso registro de cartas y faxes enviados, según cuenta su hija. Así que La Fundación Casa de Jorge Amado conserva cerca de 70.000 documentos epistolares entre 1930 y 1998 con remitentes como Pablo Neruda, Jorge Guillén o Carlos Drummond de Andrade, entre otros.

En los cinco años de carteo entre Amado (1912-2001) y Saramago (1922-2010) destacan los comentarios sobre las distinciones que les llegan o no. “Acabamos de recibir la noticia de que el Camões fue para Rachel de Queiroz”, le escribe Saramago en julio de 1993. “No discutimos los valores de la premiada, lo que no entendemos es por qué el jurado ignora ostensiblemente (casi apetecería decir: provocadoramente) la obra de Jorge Amado. Ese premio nació mal y va viviendo peor. Los odios son viejos y no se cansan”.

“Hace años que el Lobo Antunes anda por ahí diciendo que su objetivo es el Nobel”, le escribe Saramago

Los dos escritores se adaptan a los tiempos y sus saludos vuelan gracias al fax, que de tanto uso le sale humo al de Amado. “Nuestro fax de Bahía se incendió el domingo (…). Fue un bello espectáculo: el fax parecía un volcán; basta decir que, además del fax, los peritos electricistas consiguieron poner fuera de uso los tres televisores, la secretaria electrónica, un ordenador y los juegos electrónicos de mi nieto Jorginho, una catástrofe”.

La fama de Saramago va creciendo en Brasil y el brasileño le recuerda que solo Ferreira de Castro alcanzó tal fama en su tiempo, “apenas permanece, eterno, el gran Eça de Queiroz. No sé si José es devoto del autor de Los Maias, yo soy devotísimo”. Saramago le responde raudo, dos días después: “¿Dónde está el bárbaro capaz de no reconocer la grandeza de ese señor, hasta ahora nunca igualada?”.

Comunistas irredentos, Amado confiesa -quizás esperando reprimenda- que va a votar al socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso para presidente de Brasil. “Comprendo que te hayas decidido por él”, le escribe el portugués. “Aunque no pueda dejar de pensar que los males de Brasil no se curan con un presidente de la República, por muy demócrata y honesto que sea. Y tú bien sabes, mejor que yo, que la democracia política puede ser fácilmente un continente sin contenido, una apariencia con poquísima sustancia dentro”.

La posibilidad de que alguno de los dos autores consiga el Nobel es tema recurrente en sus años epistolares, tanto que, en el caso de que llegue, se comprometen a invitar a la ceremonia al amigo derrotado. “Hace años que Lobo Antunes anda por ahí diciendo que su objetivo es el Nobel”, le escribe Saramago. “Continuaremos, los demás, viviendo tranquilamente, mas no hay duda de que ese premio es una invención diabólica”.

“La intervención del Banco Central en el Banco Económico, donde estaba metido todo nuestro dinero, nos ha dejado con los bolsillos vacíos”, se lamenta Amado

Entre revisión y revisión de sus delicados ojos, el autor de Gabriela, clavo y canela, anuncia que tiene ya diez páginas de Apostasía. “La idea es tentadora: la lucha por el poder entre los grandes señores feudales, los coroneles y la jerarquía católica. Me faltan por resolver los problemas de la narrativa propiamente dicha”.

En 1994, Amado recibe por fin el premio Camões, y el portugués le felicita a su manera: “Lo peor es que esto de los premios no es raro que traigan un resabio de amargura, y el Camões, no siendo ejemplar, es ejemplo. Tanta miseria moral mal escondida, tanta envidia, tanto deseo de muerte detrás de las fachadas compuestas de muchos, que en un momento dado van a ser juez y sentencia…Cuando recibas el premio piensa solo en tus lectores, son ellos los que valen la pena”.

Amado se adapta a “un extraño aparato (medio máquina de escribir medio ordenador) que la Olivetti preparó para mi corta visión, que es como la oftalmología nos llama a los cegatos”. A la vuelta de un viaje, el escritor y su mujer, la también novelista Zélia Gattai, anuncian que están “cansados y arruinados. La intervención del Banco Central en el Banco Económico, donde estaba metido todo nuestro dinero, nos ha dejado con los bolsillos vacíos; aún existe una leve esperanza de recuperación, cada día menor. Pero bueno, estamos vivos”.

“Tenemos que aprender a no esperar nada de Estocolmo por muchos que nos vengan a cantar loas al oído”, advierte el portugués

“No es el momento de hacer consideraciones sobre el sistema capitalista”, le responde el autor de Ensayo sobre la ceguera, “pero la verdad es que estamos en sus manos. Una cosa queda clara aquí: no somos ricos, pero si podemos ser útiles no tienes más que decirlo”.

El siguiente Camões ya recae en Saramago: “En ningún momento de mi vida me pasó por la cabeza que un día podrían dármelo. Ahí está él, para mi alegría y la de mis amigos y la rabia de unos cuantos colegas que no quieren admitir que yo existo…”.

El Nobel no llega para ninguno de los dos. “No hay nada que hacer. Ellos no gustan de nosotros”, escribe el portugués, “no gustan de la lengua portuguesa (que debe parecerles sueca), no gustan de las literaturas que en portugués se piensan, se sienten, se escriben. Ni tienen metro que llegue para medir la estatura de un escritor llamado Jorge Amado, por no hablar de otros más pequeños, entre los cuales la voz pública insiste en colocarme. Tenemos que aprender a no esperar nada de Estocolmo por muchos que nos vengan a cantar loas al oído. La experiencia de la injusticia a que tienes que haber estado sujeto durante años y años debe llevarte, imagino, a encoger los hombros ante estas continuas provocaciones suecas. Pero aquellos que como yo ven en ti nada más y nada menos que el Brasil hecho literatura, esos se indignan con la ya irremediable falta de sensibilidad y de respeto de los nórdicos”.

En 1997 se corta la comunicación epistolar. El corazón y la vista de Jorge Amado no aguantan. Sin leer ni escribir, sin haber dictado nunca, el brasileño cae en una profunda depresión. “No salía, pasaba los días acostado en un sillón de la sala, con los ojos cerrados”, cuenta su hija. “Esta situación duró hasta su muerte en 2001 con algunas intermitencias cuando algo extraordinario ocurría. El 8 de octubre de 1998, Zélia se sentó a su lado, cogió su cabeza y con el entusiasmo que no cabía en su pecho, le dice que su amigo José acaba de ganar el Nobel. Como en un truco de magia, en un milagro luso-sueco, Jorge se levantó del sillón, llamó a Paloma y le pidió que se sentara ante el computador, que le iba a dictar una nota”. Fue su última carta a Saramago.

La carta de Albert Camus dando las gracias a su maestro de primaria después de ganar el Nobel

La carta de Albert Camus dando las gracias a su maestro de primaria después de ganar el Nobel

“Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, nada de esto hubiese sucedido”

EMILIO SÁNCHEZ HIDALGO

Albert Camus (1913 Argelia) es uno de los escritores más importantes del siglo XX. Es un referente de la literatura en francés, con decenas de novelas, obras teatrales y ensayos. Es posible que El extranjero (1942) o La peste (1947) nunca hubiesen sido escritos si el autor no hubiese coincidido con el señor Germain cuando era un niño. Era su profesor en primaria, al que mandó una carta cuando recibió el Nobel de Literatura. La misiva ha sido recuperada en redes sociales por @literlandweb.

La carta también fue muy difundida en Twitter en enero de 2016, entre otras ocasiones. Es nomal: una misiva como esa es el mejor reconocimiento que puede obtener un profesor. Esta es la transcripción de la carta, que Camus envió a su profesor el 19 de noviembre de 1957

Querido señor Germain:

Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, nada de esto hubiese sucedido. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.

Le abrazo con todo mi corazón.

Albert Camus.

La carta de Camus a Louis Germain fue difundida 35 años después de su muerte, con la publicación de su obra póstuma El último hombre (1995). Camus falleció en un accidente de tráfico sin terminarla en 1960. Entonces no contaba con demasiado apoyo de las élites francesas, que rechazaban su posición moderada ante la guerra entre Francia y Argelia. De ahí que su familia declinase publicarla, pero cambiaron de opinión tres décadas después, ya que “tendría un valor extraordinario para aquellos interesados en su vida”, según su hija.

Se trata de una obra autobiográfica, en la que Camus explica su vida en Argelia cuando aún era una provincia francesa. Allí conoció al señor Germain, “del que se sabe muy poco más allá del retrato que se incluye en el libro”, explica Chicago Tribune en una reseña que dedicó al libro. “En la historia de la literatura, pocos profesores han tenido tanto efecto en un alumno”, añade.

“Germain no solo estimuló la mente de Camus y le dio clases extraescolares. Además, convenció a su madre para que intentase obtener una beca para que acudiese al instituto. Germain fue el primero de una serie de sustitutos del padre -fallecido cuando era un niño- y mentores intelectuales”, indica The New York Times sobre la relación del autor con el profesor en el artículo que dedicaron al libro en 1995. En El primer hombre, Camus también destaca el papel en su vida de su profesor de instituto.

Manuel Vincent contaba en 2012 más detalles sobre la relación entre el profesor y el autor en EL PAÍS: “Aquel maestro de primaria se había empeñado en que un alumno lleno de talento, que se llamaba Albert Camus, estudiara el bachillerato; lo había preparado a conciencia. El maestro le acompañó en tranvía al examen de ingreso, esperó el resultado sentado en un banco en la plaza del instituto y luego se desvivió para que le concedieran una beca”.

Germain contestó a la carta de Camus en 1959, en una misiva que también fue difundida con la publicación de El primer hombre. “Creo conocer bien al simpático hombrecito que eras y el niño, muy a menudo, contiene en germen al hombre que llegará a ser. El placer de estar en clase resplandecía en toda tu persona. Tu cara expresaba optimismo […] Tu celebridad no se te ha subido a la cabeza. Sigues siendo el mismo Camus”, dice Germain en su carta, que puedes leer íntegra aquí. El agradecimiento de alumnos a profesores es un clásico de internet.