La descubridora de América

La descubridora de América

El genoma de una bebita muerta hace 12.000 años en Alaska ilumina la historia de la pequeña población asiática que conquistó América

JAVIER SAMPEDRO

El titular, reconocidamente exagerado para llamar tu atención, desocupado lector, no quiere decir que Colón fuera una mujer, sino que los verdaderos descubridores de América se le adelantaron por más de 10.000 años, tal vez 20.000. Y que, provisionalmente, lo más parecido a un descubridor de América que tenemos es una niña que murió a los dos meses de nacer en Alaska, hace 11.600 años. Los científicos la han llamado Pequeño Amanecer, y su genoma nos ha contado una historia asombrosa sobre los miles de años y millones de penalidades que condujeron a la (verdadera) conquista de América por la humanidad. Léelo en Materia.

El genoma de Pequeño Amanecer demuestra definitivamente que todos los nativos americanos, desde los esquimales iñupiat de Alaska, pasando por los indios sioux de las llanuras de Dakota, hasta los mayas de Yucatán, los aztecas de Veracruz y los indios haush de Tierra de Fuego, provienen de una pequeña población asiática que cruzó el estrecho de Bering hace unos 20.000 años. Mejor dicho, que empezó a cruzarlo entonces, porque el actual estrecho de Bering era en la época una lengua de tierra, y sufrió por entonces una historia compleja de glaciaciones y deshielos que, probablemente, dejaron aislados a aquellos humanos pioneros durante milenios. Tras la última glaciación, la fusión de los hielos y consiguiente subida del nivel del mar sumergieron la lengua de tierra (Beringia) para formar el actual estrecho. Parece probable, por tanto, que las evidencias fósiles de aquella época se hallen bajo el agua.

En cualquier caso, aquella travesía milenaria concluyó con la conquista de América. Pequeño Amanecer, con cerca de 12.000 años, es uno de los restos humanos más antiguos encontrados en el Nuevo Mundo. Su tribu no es la antecesora directa de los nativos americanos, porque su linaje se extinguió sin dejar rastro en los humanos actuales (ni en otros restos antiguos que se han secuenciado). Pero sí que estaba genéticamente muy próxima a los ancestros auténticos. La comparación del genoma de Pequeño Amanecer con todos los demás genomas humanos del planeta cuenta una historia pasmosa sobre los orígenes asiáticos de aquellos conquistadores, de su primitivo aislamiento en su continente de origen, de sus ocasionales encuentros sexuales con otros asiáticos, y de la diversificación, ya en América, que experimentaron los descendientes de aquellos pioneros.

Entre sus muchas aplicaciones, la genómica está resultando muy útil para aclarar la historia de la humanidad. En este caso nos ilumina un episodio crucial de la prehistoria, pero la genómica también puede enfocar su microscopio de precisión a la historia propiamente dicha, que solemos acotar a los últimos milenios. Larga vida a Pequeño Amanecer, aquella bebita que solo vivió dos meses pero nos ha legado un Iguazú de conocimiento.

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El ratón, el sexo y García Lorca

El ratón, el sexo y García Lorca

Ian Gibson, un dublinés llegado a España en los sesenta, fue quien se encontró con el fantasma de Federico

MANUEL VICENT

El País

Si el navegante digital deja que el ratón se explaye a su aire por la Red, guiado por su instinto se detendrá sin ninguna duda en cualquier noticia que tenga que ver con el sexo. Basta con escribir esta palabra para que todos los ratones del mundo comiencen a clicarla como si devoraran el queso más sabroso. El sexo y la dieta para adelgazar no tienen rival en las listas de lo más buscado en la Red, pero este interés también lo comparten dos personajes de la historia contemporánea, Adolf Hitler y Federico García Lorca. De hecho, si el ratón encuentra esos nombres en el camino, se detiene y comienza a hurgar. Por Hitler el ratón siente una diabólica fascinación y de Lorca le atrae la tragedia de su muerte que une la aureola prodigiosa de sus versos con el misterio de su cadáver no encontrado como si se tratara de un crimen actual todavía sin resolver.

El nombre de García Lorca era impronunciable en aquella Granada de 1957 donde estudié un curso en la facultad de Derecho en las mismas aulas, de las que se sirvieron los franquistas para hacinar a los presos en los primeros días de la Guerra Civil. En ellas también había estudiado Federico y desde allí fue transportado a Víznar para ser ejecutado en uno de los barrancos de alrededor. Por supuesto los catedráticos de la facultad sabían de sobra que el fantasma del poeta sobrevolaba aquel claustro lleno de risas estudiantiles, pero no oí que nadie de ellos pronunciara nunca su nombre. Durante mis correrías nocturnas por los bares de la Alcaicería de Granada a veces me encontraba con un señor siempre bebido que solía lloriquear ante una copa de vino repitiendo una y otra vez: “Perdóname, Federico, perdóname”. Después supe que era el mayor de los hermanos Rosales, jefe de la Falange. Pero, ¿quién sería ese Federico? Era impensable que alguien te diera una respuesta franca, abierta y sin miedo. Por mi parte, a los 18 años, sabía vagamente que era el poeta de Romancero Gitano y poco más. Un tiempo después su nombre comenzó a apoderarse de nuestra cultura. Yo mismo en 1969 escribí una pequeña biografía.

Pero ha sido Ian Gibson, un dublinés llegado a España en los sesenta del siglo pasado en busca de pájaros que colmaran su pasión por la ornitología, quien se encontró con el fantasma de Federico y quedó seducido literariamente por su figura hasta el punto de dedicar gran parte de su vida y talento de historiador a dilucidar hasta el último detalle los trágicos avatares de su muerte.

Para este escritor, nacionalizado español, Federico es como un aljibe oscuro e inagotable de agua fresca y amarga. En una mañana soleada de domingo en una terraza de Lavapiés ante una cerveza Gibson dice:

“Hace unos seis meses empecé a sentir la necesidad imperiosa de poner al día mi libro El asesinato de García Lorca, publicado en 1971 por Ruedo Ibérico, en París. Aunque tuvo varias ediciones españolas tras la muerte de Franco, no pude revisarlo a fondo. No podía dejarlo así. Repasar todo el material original, y releer lo aparecido desde entonces, que es copioso, ha sido una tarea ardua, pero creo que ha valido la pena. Ediciones B sacará el libro en abril. Sobre todo he tenido en cuenta la obra fundamental de Eduardo Molina Fajardo, por desgracia póstuma, Los últimos días de García Lorca (1983). Como falangista y periodista muy conocido en Granada, Molina pudo entrevistar, y a veces grabar, a muchísimas personas que jamás habrían hablado conmigo, y consultar archivos fuera de mi alcance. He incorporado numerosos datos procedentes de su trabajo —siempre, por supuesto, con la correspondiente atribución—, también datos relevantes aportados por otros investigadores. Y le doy un repaso a todas las teorías sobre el último paradero de los restos del poeta, así como a las distintas búsquedas al respecto, hasta ahora infructuosas. Sigo pensando que está en Alfacar, muy cerca de donde me señaló en 1966 quien juraba haber enterrado el cadáver”.

Es simplemente atroz que más de 115.000 desaparecidos en la Guerra Civil estén todavía en las cunetas. “Es una indecencia —afirma Gibson— que Rajoy encima se haya jactado públicamente de no haber gastado un euro en la Memoria Histórica. Es una vil calumnia mantener, como hace el PP, que exhumar es reabrir heridas cuando se trata de lo contrario, de cerrarlas”. Como en cualquier crimen el sumario no se cierra del todo mientras no se encuentre el cadáver de la víctima.

Se habla ahora de trasladar de una vez el archivo de la Fundación García Lorca desde la Residencia de Estudiantes a Granada cuando Federico en su ciudad es una herida que no ha dejado de sangrar y muchos pronuncian su nombre todavía en voz baja. No obstante, estén donde estén, sobre sus miles de documentos digitalizados desde cualquier lugar, abriéndose paso entre Hitler y el sexo, el ratón podrá explayarse a su aire.

Cartas a Mercedes, del novelista murciano Miguel Espinosa, y las cartas cruzadas entre Gerardo Diego y Juan Larrea entre 1916 y 1980

La constante aparición de nuevos epistolarios demuestra el creciente interés por el género que se vive en la cultura española. Pero no siempre fue así

ANNA CABALLÉ

El País

La reciente publicación de dos importantes epistolarios —Cartas a Mercedes, del novelista murciano Miguel Espinosa, y las cartas cruzadas entre Gerardo Diego y Juan Larrea entre 1916 y 1980—, así como la traducción de la correspondencia íntegra, sin cortes, de Virginia Woolf con Lytton Strachey, nos permite reflexionar, una vez más, sobre el interés emergente de las correspondencias en el seno de la cultura española. Bienvenido sea, pues sabemos que no siempre fue así. De hecho, hasta fechas recientes las cartas, así como otra documentación autobiográfica —archivos, diarios, notas personales, borradores, manuscritos—, fueron papeles que tenían una dimensión estrictamente erudita, cuando la tenían, sin que se comprendiera su enorme alcance testimonial, biográfico y tantas veces literario.

Pero la función principal de la carta ha sido siempre la comunicación. Alguien tiene algo que decir a otra persona y ese es el motivo que permite establecer una correa de transmisión gracias a la cual la distancia geográfica o la distancia psíquica logran superarse. Hasta la llegada del teléfono las cartas iban y venían constantemente, de una calle a otra de la misma ciudad, de una ciudad a otra, de un país a otro, de uno a otro imperio… Era el único modo eficaz de ponerse en contacto y, como ahora ocurre con el correo electrónico o las redes sociales, la gente ocupaba una parte significativa de su tiempo para mantener al día su correo. En la medida en que las cartas tienen un destinatario concreto, indicado, bien en los mismos pliegues del papel (procedimiento habitual cuando la carta se entregaba en mano), bien en el sobre, su contenido depende de a quién se dirigen. Es la naturaleza de la relación entre los corresponsales la que condiciona el contenido, el estilo y el mundo de afectos que se construye sobre el papel.

Dicho esto, es evidente que, aunque la carta esté condicionada por el destinatario y por la relación contraída con él, hay mucho que decir del remitente. Américo Castro, cuando escribe a su amigo Guillermo Díaz-Plaja, poco antes de morir, le dice que, solo y aislado en un hotel de Playa de Aro, la carta es su única forma de poder tocar todavía el mundo. Muy al contrario, Ignacio de Cepeda le pedía discreción y reserva a Gertrudis Gómez de Avellaneda en 1840 cuando esta intentaba seducir al joven y pacato sevillano a través de unas valientes y al mismo tiempo estudiadas cartas autobiográficas: la escritora cubana estaba convencida de que Cepeda se enamoraría de ella a poco que conociese la nobleza de sus sentimientos. Pero no fue así: descubrir que era una intelectual aficionada a reflexionar sobre su mundo le asustó indeciblemente. Por una poco frecuente, entonces, decisión de los descendientes de Cepeda, se conserva aquella interesante correspondencia, aunque solo del lado de la autora cubana. Nadie se preocupó de la preservación de su archivo cuando murió en 1873. Como escribiría Juan Valera, a su entierro no acudieron más de 10 o 12 personas. ¿Y qué pensar de lo ocurrido con el romántico Enrique Gil y Carrasco? Cuando muere precozmente en Berlín (1846), sus amigos (entre ellos, Alexander von Humboldt) recogen sus papeles y cartas y los depositan en la Embajada de España. Allí quedarían, muertos de risa, hasta el bombardeo del edificio en la Segunda Guerra Mundial. A nadie le importaban.

Duele pensar en el maltrecho epistolario de Ramón y Cajal. La mayor parte se ha perdido

Es mejor no pensar en la pérdida documental sobre la que se ha edificado la cultura española. La destrucción, la dejadez, la rapiña, la censura propia y ajena… Concepción Arenal quemando sus cartas enviadas a la condesa de Mina dos meses antes de morir; Manuel Murguía destruyendo la correspondencia de su esposa, la gran Rosalía de Castro, después de su muerte, porque las cartas le comprometían; la viuda de José Tarín Iglesias presumiendo de haber quemado las cartas más personales de su amigo el escritor Joaquín Montaner. Todo ello nos impide a menudo escribir como deberíamos las vidas de personajes fascinantes que cruzaron nuestra historia sin que apenas tengan entidad, más allá de los hechos escuetos de su vida.

Duele pensar en el maltrecho epistolario de Santiago Ramón y Cajal. Su hijo lo depositó íntegramente en el Instituto Cajal. Pero la mayor parte de las cartas (unas 12.000, según cálculo de su editor, Juan Antonio Fernández Santarén) se han perdido. Es decir, se vendieron en su día fraudulentamente a anticuarios, pasaron a engrosar colecciones particulares o bien fueron a parar a un contenedor cuando el Centro de Investigaciones Biológicas necesitó tener más sitio en su laboratorio. ¿Son pues papeles viejos que ocupan espacio, un objeto preferido de la rapiña nacional, una huella incómoda y pertinaz de una vida vivida y que debe eliminarse? ¿O bien las cartas vienen a ser una especie de carbono 14 de la cultura biográfica, el peso atómico de una vida humana de la cual, una vez transcurrida, nos queda tan solo la acumulación de las huellas que la sobrevivieron? Dos formas, en definitiva, de tratar el pasado y de entender la cultura, pero entre una y otra hay un mundo, el que va de la barbarie o la mezquindad al respeto y el reconocimiento del prójimo y de su mundo. Pensemos en las sabrosas cartas que han sobrevivido a la historia de amor entre Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós.

 Gerardo Diego (izquierda) y Juan Larrea.ampliar foto

Gerardo Diego (izquierda) y Juan Larrea. FUNDACIÓN GERARDO DIEGO

El correo es un medio cultural fundamental: promueve la escritura, teje relaciones entre personas y comunidades y, como dijo Carlos Monsiváis, mantiene viva la esperanza. “Renuncio a tus poemas si piensas que con ellos sustituyes tus cartas; ese montón de alas estremecidas que vibran en mis manos, frescas con el rocío de nuestra intimidad”, escribe una moderna y abierta Ernestina de Champourcín a Carmen Conde, dos años menor y en cierto modo su discípula. Alas estremecidas, huellas supervivientes, trozos de vida perdida que nos conectan prodigiosamente con lo que un día fue.

¿Hay placer mayor que recibir una carta de alguien a quien se ama? “Me gustaría recibir aún más cartas tuyas. Me gustaría que me inundases de palabras, que me dijeses lo que ya sé pero que tanto me gusta oírte. Así, por carta, resulta menos ruborosa la confesión”, escribe un joven y ansioso Camilo José Cela a su novia, Charo Conde, el 8 de julio de 1941. La “manía epistolar” de Cela le llevaba a copiar las cartas que escribía y que por supuesto guardaba en su impresionante archivo. Casi 100.000 cartas, conservadas en la desdichada Fundación CJC y que van saliendo con cuentagotas. ¿Hasta cuándo habrá que esperar para que los investigadores puedan acceder libremente a la correspondencia del premio Nobel, imprescindible en la comprensión del funcionamiento de la cultura española durante el franquismo?

Al comienzo del artículo señalábamos el cambio de mentalidad operado en cuanto a la percepción del valor de las cartas. ¿Cuándo se produjo este cambio? Más allá de un fenómeno importante como ha sido la traducción de epistolarios escritos en otras lenguas —un hecho decisivo pues nuestra cultura es fundamentalmente una cultura de importación, que también operó en otros géneros como el diario o la autobiografía—, diría que fue la publicación del epistolario entre Jorge Guillén y Pedro Salinas, editada por Andrés Soria Olmedo. Una importante apuesta de la editorial Tusquets, pero también de la Dirección General de Investigación Científica y Técnica (DGICYT), que abrió el horizonte historiográfico a los especialistas en la generación del 27 y al público cultivado: ahí teníamos a dos grandes poetas y dos grandes amigos a los que solo conocíamos hasta entonces por sus versos volcando en la intimidad de sus cartas muchos años de vida literaria, de opiniones contundentes, voluntades, exilio, amores, logros e insatisfacciones. La publicación (1992) coincidía con la maravillosa explosión memorialística de los años ochenta y noventa, que nos permitió recuperar una experiencia colectiva hasta entonces severamente deturpada.

A los biógrafos nos queda mucha reflexión por delante dada la labilidad de la escritura digital

¿Qué ocurrirá en un futuro inmediato? Las cartas viajaron en el pasado de todas las formas imaginables. Fueron en manos de un mensajero a pie o a caballo, en recuas de acémilas, diligencias, carruajes de tiro, trenes, aviones, barcos. Metidas en sacas, perfumadas y con bellos adornos en el papel, enfundadas dentro de una botella echada al mar por pura desesperación. El siglo XXI ha revolucionado, una vez más, el formato del correo. Las nuevas tecnologías conceden de nuevo a la escritura (correo electrónico, SMS, Whats­App, Telegram, redes sociales) un espacio impensable hace unos años, cuando el teléfono era el medio hegemónico de comunicación. A medio camino de lo oral, lo escrito y lo visual (gracias a los emoticonos), el correo digital fluye torrencialmente. Con su inmensa variedad de recursos, es fruto de una creativa mutación que nos permite mantener viva la esperanza de contactar con el ausente y de tejer, o destejer, lazos con él. Incluso con los muertos, como hace Vicente Molina Foix en El joven sin alma, o bien Cecilio de Oriol y José Lázaro en El alma de las mujeres.

Tampoco la novela epistolar murió porque nunca dimos tanto valor a las cartas. ¿Cómo no aprovechar ese interés para fundar un museo nacional dedicado a promover el conocimiento de correspondencias y legados personales? ¿Cómo no hemos preparado todavía una antología con las mejores cartas escritas en castellano para ofrecer a los estudiantes un modelo histórico-literario y un estímulo humano? A los biógrafos nos queda mucha reflexión por delante dada la labilidad de la escritura digital, pero no parece que el futuro sea menos interesante que el pasado, cuando las cartas servían para envolver el pescado. Siempre se ha trabajado así, con lo que queda del día, por decirlo con Kazuo Ishiguro. Lo que queda, nunca lo que fue.

‘Cartas a Mercedes’. Miguel Espinosa

Dinamarca se propone acabar con los guetos

Dinamarca se propone acabar con los guetos

El país escandinavo identifica 22 zonas deprimidas en las que más del 50% de los 54.467 residentes es “no occidental”

BELÉN DOMÍNGUEZ CEBRIÁN

El País

Madrid

Dinamarca tiene una lacra de la que no consigue deshacerse desde hace décadas: los guetos. La que fuera la mayor potencia escandinava, con permiso de la vecina Suecia, lleva luchando más de 25 años por la erradicación de las barriadas más deprimidas del país en las que actualmente viven 54.467 personas, según datos oficiales de diciembre del año pasado. A partir de ahora, el primer ministro del país, el liberal Lars Løkke Rasmussen, se ha propuesto eliminar estos barrios marginales incluso derrumbando algunos de estos edificios grises, tristes y homogéneos para deshacerse de la “sociedad paralela”, como la calificó hace tiempo, que se ha ido desarrollando a lo largo del tiempo y en la que más de la mitad de los vecinos son no occidentales.

El mandatario liberal se ha propuesto este 2018 dispersar por todo el país a las familias residentes en estos 22 puntos ubicados en las inmediaciones de 13 municipios, entre ellos grandes urbes como Copenhague y Aarhus. “Debemos introducir un nuevo objetivo para acabar con los guetos por completo. En algunos (…), derribar edificios, repartir a los residentes y alojarlos en diferentes áreas”, dijo Rasmussen el pasado lunes en un discurso televisado con motivo del Año Nuevo.

Para que una zona sea considerada un gueto —curioso nombre oficial— más del 50% de sus habitantes debe proceder de un país “no occidental” o descender de progenitores no occidentales aunque se haya nacido allí, según las estrictas normas migratorias danesas. En la última década, 319.000 inmigrantes y sus descendientes de Asia, África y América central y del sur viven en el país nórdico, según las últimas cifras oficiales que excluyen, sin embargo, a los solicitantes de asilo.

La etiqueta de gueto “estigmatiza”, criticaron las asociaciones de vecinos a la prensa cuando fue publicada la lista de 2017. “Cuando los residentes salgan a buscar trabajo, no dirán de dónde son si viven en un área que tenga este sello [de gueto]”, señaló Bent Madsen, director de la asociación de Vivienda danés al diario digital BT.

Además, se tienen que cumplir otras condiciones como que más del 40% de la población en edad de trabajar (entre 18 y 64 años) lleve en paro al menos dos años seguidos, y que al menos el 2,7% de los que vivan allí haya sido condenado por actos criminales relacionados con las armas o el narcotráfico, un umbral relativamente fácil de alcanzar en zonas de exclusión social. Tener bajos ingresos y un pobre nivel educativo son también factores que determinan que un barrio deje de ser considerado de clase baja y cruce la barrera psicológica para convertirse en gueto. Tres de los criterios anteriores, con combinaciones diversas, se llevan cumpliendo en todos los guetos daneses desde hace casi 30 años, según un estudio de 2016 del fondo de inversión de inmuebles danés Kraks Fond.

A finales de 2017, el Ministerio de Transporte, Construcción y Vivienda quitó de la lista a cinco barriadas, aunque añadieron otras dos. “Es positivo que haya menos guetos este año (…), pero en particular hay problemas con los guetos físicamente aislados de las ciudades”, dijo el ministro, el liberal Ole Birk Olesen, según la prensa local. El gueto de Gadelandet/Husumgård, en Copenhague, la capital del país, ha pasado a formar parte de la lista debido a que ha aumentado el número de vecinos con ingresos bajos con un total de 1.048 personas. El otro es Lindholm, en una isla al sur del país, que ha sido seleccionado por un aumento de residentes de origen “no occidental” (1.540 personas), según el Gobierno. El gueto más grande en términos demográficos se encuentra en el municipio de Odense, en la isla central del país, con 9.184 vecinos.

Problema histórico

A pesar de que los residentes en estas barriadas populares representan tan solo el 1,2% de la población del pequeño país de 5,7 millones de habitantes, el de los guetos se antoja un problema histórico. Desde 1994, cada Gobierno ha intentado acabar con estas zonas a través de seis paquetes legislativos, según la agencia de noticias danesa Ritzau. Pero ha sido el Gobierno actual —extremadamente polémico por su gestión migratoria estos últimos años (el xenófobo Partido Popular Danés (DF) ocupa la cartera de Inmigración)— el que ha dado un paso más definiendo cómo lo hará: legislando de manera especial, derrumbando los edificios si hace falta, y reubicando a los vecinos “para que se mezclen con otras personas de origen diferente en otras áreas”, dijo Rasmussen.

La polémica está servida. Mientras el Gobierno de coalición define su estrategia, los ultras del DF airean sus deseos de occidentalizar estas zonas prohibiendo, por ejemplo, las construcción de nuevas mezquitas o imponiendo un toque de queda para los menores de edad a las 20.00 horas, algo que los partidos del establishment —tanto socialistas como conservadores— no están dispuestos a aceptar.

En los primeros meses del año, el frágil Gobierno de coalición —en diciembre de 2017 el primer ministro logró contener una crisis que amenazaba con romper el Ejecutivo— presentará su programa especial para acabar con estas áreas marginales, reflejo del lado mas oculto de la sociedad danesa.

Anuncian homenaje por el centenario del natalicio del historiador José Luis Martínez

Anuncian homenaje por el centenario del natalicio del historiador José Luis Martínez

JUDITH AMADOR TELLO

CIUDAD DE MÉXICO

proceso.com.mx

El próximo 19 de enero se cumplirán cien años del natalicio del historiador, bibliógrafo y escritor jalisciense José Luis Martínez Rodríguez, autor de la más completa biografía de Hernán Cortés.

Con ese motivo, la Secretaría de Cultura (SC), a través de la Dirección General de Bibliotecas, y la Coordinación Nacional de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), preparan un homenaje, cuyo programa de actividades darán a conocer este jueves 11 de enero en la Biblioteca de México.

Nacido en Atoyac, Jalisco, en 1918, el también cronista, diplomático, editor y promotor cultural, murió el 20 de marzo de 2007.

Fue cronista de la Ciudad de México, director del INBA entre 1964 y 1970, presidente de la Academia Mexicana de la Lengua y director del Fondo de Cultura Económica.

Cuando falleció, hace casi once años, el escritor José Emilio Pacheco, quien se consideró su discípulo, se encontraba fuera de México, pero pidió que en el Inventario, que escribió semanalmente en la revista Proceso hasta su muerte, se reprodujera un artículo aparecido en 1988 en un libro de la Universidad de Guadalajara titulado Celebración de José Luis Martínez en sus setenta años.

Ahí destacó el autor de Las batallas en el desierto:

“Tenemos una deuda de gratitud interminable con José Luis Martínez: él ha contribuido como pocos a establecer una tradición literaria nacional, a organizar la multitud de autores y de libros en un corpus reconocible como literatura mexicana. Lo ha hecho mediante una labor que ya dura medio siglo y equivale al esfuerzo conjunto de varias generaciones y muchos institutos de investigación”.

Martínez fue considerado como el principal crítico de la literatura en su ápoca y escribió en la materia obras como Literatura mexicana Siglo XX, La emancipación literaria de México, La expresión nacional, Letras mexicanas del siglo XIX, Problemas literarios, El ensayo mexicano moderno, Origen y desarrollo del libro en Hispanoamérica, Guía para la navegación de Alfonso Reyes y El trato con escritores y otros estudios.

En 1980 recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en el rubro de Letras, y declaró entonces en una entrevista con el semanario Proceso:

“No soy un escritor brillante, pero sí terco para aprender. Sí, terco para empeñarme en facilitar el esfuerzo de los demás y para hacer un oficio cada vez con más limpieza”.

Hernán Cortés es considerado uno de sus trabajos monumentales. En marzo de 1990 publicó el semanario sobre dicha obra:

“Para José Luis Martínez, la historia y el juicio de Hernán Cortés están basados en premisas ignorantes. De ahí que, en su estudio biográfico sobre el conquistador, inserte al principio de cada capítulo epígrafes de poetas, narradores e historiadores famosos, cada uno de los cuales posee una visión diferente. El conjunto es, así, contrastante. Se trata de una especie de contrapunto, según Martínez”.

Tras la muerte del historiador, su acervo bibliográfico fue vendido a las instituciones culturales y se encuentra resguardado en la Biblioteca de México.

Minificción: la enorme brevedad

Minificción: la enorme brevedad

Javier Perucho

La Jornada Semanal

¿Cuándo aparecieron los animales en nuestra literatura? Vislumbro a la Monja Jerónima como a la escritora que primero los pastoreó en la lírica. Las literaturas orales y los códices indígenas que sobrevivieron a la devastación de las civilizaciones aborígenes dan cuenta de sus representaciones en adivinanzas, cuentos de tradición oral y en la gráfica del amate y el papel colonial.

¿Cuándo irrumpieron en las prosas cuentísticas

o novelares? En el siglo xix, Justo Sierra Méndez los domeñó para sus cuentos románticos: “La sirena” (El Renacimiento, 1869). A fines de esa centuria, Heriberto Frías se enfrentó otra vez con ese animal fantástico: La sirena blanca y el tritón negro (Maucci Hermanos, 1899).

Habrá otros ejemplos más añejos, sólo especulo para bocetar una pregunta que obliga a una indagación minuciosa por los estratos de la narrativa nacional. No ha sido un tema usual entre los medios de la crítica o la academia, aunque recientemente en México y Brasil se empiezan a formular los análisis iniciales y a excavar entre los acervos para ubicar sus símbolos, represen-taciones y transmutaciones. Inicialmente los escudriñó Mireya Camurati en una práctica novedosa que inició con su estudio sobre La fábula en Hispanoamérica (unam, 1978), donde buscaba los orígenes de un género, sus artífices, influencias, significaciones, inventarios, la aparición en el espacio literario de una especie, un ejemplar o de una fauna completa. El análisis filológico de Carlos García Gual quiero asumirlo como su complemento europeo, El zorro y el cuervo. Estudios sobre las fábulas (fce, reedición de 2016), donde indaga a partir de Esopo la historia del género, estructuras, parodias e intertextualidades, más algunos ejemplos fabulísticos antiguos y modernos.

Ahora bien, los deslindes entre fábula y bestiario aún están en proceso. Una tarea necesaria de cumplir, ardua y exigente. ¿Qué diferencia a estos géneros si el epicentro de su narrativa recae en un animal y en los dos se procura una enseñanza? Ambos géneros se han procurado con fervor en la literatura mexicana, por no mentar a la hispanoamericana.

Para orientarme en el deslinde, recurro al libro de Guillermo Tovar y de Teresa, El pegaso o el mundo ba-rroco novohispano en el siglo xvii (Renacimiento, 2006) para obtener una conjetura cierta. En sus folios eruditos encuentro un primer indicio. Sor Juana Inés de la Cruz fue la primera en introducirlos en la lírica mexicana con la figura de un equino dotado de unas alas imposibles. La Décima Musa ayuntó al animal fantástico con los símbolos del mestizaje, la autonomía y la independencia de una nación emergente. Desde entonces, los animales ramonean plácidamente en el campo florido de las letras mexicanas.

El libro más afamado donde pacen es el Bestiario

de Juan José Arreola (Joaquín Mortiz, 1972), desvestido de atributos independentistas, aunque recargado de insidia.

Desde la Antigüedad grecolatina las colecciones de animalias fueron tapizadas con atributos humanos con el propósito explícito de criticar con fiereza los defectos de nuestra especie, siempre despreciables. Esopo y sus fabulillas conceden el ejemplo in-mediato para demostrar. La fauna doméstica o selvática sirvió al fabulista griego para moralizar sobre la raza humana. El escritor como educador cumplía, así, una función social que ya ha perdido o éste ha decidido renunciar a ella, temeroso de asumirla. Los bes-tiarios modernos se despojaron de dicha carga de moralidad, a la vez que se desprendieron de las vanas pretensiones de predicar entre sus contemporáneos. ¿Con qué autoridad lo haría?

Las fábulas y los bestiarios contemporáneos carecen de los predicados de educar a los mortales sobre la vida social, la formación de ciudadanías, las carencias o defectos de la especie humana. Como ya no esconden un afán educativo y han dejado de pregonar una moraleja, ahora reciben el nombre de anafábulas: adolecen de intención moral y no esconden el propósito de enseñar a su prójimo. Este cambio radical en la estructura literaria y en la ética literaria que se proclamaba en los bestiarios antiguos y modernos se vislumbra en los microrrelatos aquí seleccionados, apenas una veintena, que ilustran las metamorfosis que ha sufrido el género en tiempos recientes. En cada narración los animales cumplen la distinguida función de héroe del relato. Ya no son aquel espejo del hombre donde éste podría contemplar sus defectos para procurar su enmienda. Deja de asumir las funciones del confesionario o el diván, espacios donde se podría explayar secretamente sobre sus inmoralidades y dilemas; renuncia a las de una tribuna libertaria donde aclamaba, en la plaza pública, las virtudes del ser humano. Ahora, a tres metros bajo tierra, el gusano se lo carcome y le taladra dulcemente el oído.

En su columna “Inventario”, José Emilio Pacheco pespuntó una “Vindicación de las cucarachas”:

El poder y el abismo. La cucaracha es el insecto sin nombre: llamamos así a unas dos mil especies distintas. Entre los ortópteros, los insectos masticadores de alas rectas, la cucaracha es el lumpen, mientras que el saltamontes es

la aristocracia, el grillo la burguesía y la langosta el vigoroso proletariado campesino. Tal vez al hablar sólo de langostas la Biblia se refirió a veces a las cucarachas. En Números 13:13 está prefigurado su destino tercermundista: “Y éramos como langostas y así les parecíamos a los gigantes.” Proverbios 30:27 alude al triunfo de su bien organizada anarquía: “No tienen rey, y salen todas por cuadrillas.” Como las hormigas, los conejos y las arañas, son “de las cosas más pequeñas de la tierra y más sabias que los sabios”. Finalmente, en Apocalipsis 9:3, cuando el quinto ángel abre el pozo del abismo, “salieron y se les dio poder”. (Proceso, No. 548, 4 de mayo, 1987)

Pacheco no fue un fabulista, pero muchos animales recorren su obra, tanto lírica como narrativa; éstos nunca asumen un afán moralizador o un dejo aleccionador para la especie, de esos vanos propósitos jep renunció en su poética. ¿Para qué moralizar? Sobre todo él, cuyo arco iris narrativo se tapizaba con el gris del pesimismo, la desesperanza y la nostalgia.

Para la épica revolucionaria fueron fundamentales. Los federales al anochecer, antes de asaltar la choza de Demetrio Macías, acribillan al Palomo, que le avisaba con sus ladridos la cercanía de los forasteros, el perro de compañía, salvamento y protección de la familia Macías. Los caballos de la gavilla insurgente de Los de abajo fueron usados como máquina de guerra como la del ferrocarril de los federales. Los caballos, objeto de la discordia, el despojo y el saqueo. Por atreverse a entrar cabalgando a la cantina, el atrevido insurgente es castigado con la pena de muerte.

En cambio, la fauna que aparece en la cuentística de Juan Rulfo se arropa con los colores de la muerte, asume incluso los símbolos del oprobio, la fatalidad o la persecución. En “No oyes ladrar los perros” para el padre son anuncios de esperanza y salvación del hijo enfermo, que carga a cuestas como animal de carga. En “Diles que no me maten”, reptiles y aves colaboran con la desesperanza, pues los animales rastreros acompañan al perseguido en su huida por el monte, incluso le sirven de alimento; las aves negras le vaticinan una tragedia, señales de mal agüero. La vaquita que sería herencia de la Tacha (“Es que somos muy pobres”) y su salvación de un oprobioso destino, manifestado en el ejercicio prostibular de las hermanas, un río cercano la arrastra por la crecida, dejándola en la miseria y en la maldita condición de repetir el oficio de sobrevivencia que ejercen las hermanas: “La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.” (El Llano en llamas, 1953).

De José Revueltas apenas recuerdo su cuento “El sino del escorpión” (Material de los sueños, 1974), del que entresaco este pasaje magistral:

Como no pueden otra cosa y se pasan la vida escuchando lo que ocurre en el mundo exterior, los escorpiones se dan entre sí los más diversos nombres: amor mío, maldito seas, te quiero con toda el alma, por qué llegaste tan tarde, estoy muy sola, cuándo terminará esta vida, déjame, no sabría decirte si te quiero. Palabras que oyen desde el fondo de los ladrillos, desde la podredumbre seca y violenta, entre las vigas de algún hotelucho, o desde los fríos tubos de hierro de un excusado oloroso a creolina.

Los microrrelatos que se incluyen en la selección inmediata siguen la premisa de los bestiarios y las fábulas antedichos, pues no profesan una lección cívica, moral o sexual; el epicentro de cada narrativa breve recae en los animales: domésticos, selváticos o fantásticos. Ilustran, sí, una conducta humana, mejor dicho, contemplan uno de los dilemas morales que corroen a la especie humana, aunque no pretenden una enseñanza, sino enfrentar, en el espejo negro de obsidiana, a la fiera que habita en nosotros•

Rex y la culpabilidad

Enrique González Rojo Arthur

Rex había nacido para cuidar la puerta de la casa. Sus ladridos eran la forma sonora del letrero “se prohíbe la entrada”. Sólo permitía acceder a la casa a los dueños de ésta y eso si llevaban el salvoconducto del timbre identificable de la voz familiar. Durante años fue defensor de la propiedad privada con el mismo ahínco con que lo hace la Carta Magna que rige nuestra vida civil. Pero en una ocasión –¡en una sola– se descuidó.

En la parte trasera de la casa había un agujero que, aun enrejado, dejaba ver desde adentro lo que ocurría en la calle. El caso es que en ese sitio se posó, como quien no quiere la cosa, una perra de ladrar insinuante y vaivenes lujuriosos. Rex, desde adentro, pero con un ansia desmedida de hallarse afuera, concentró toda su atención en ese maravilloso punto del espacio. Y descuidó de tal manera la puerta de la casa que hizo posible que un ladrón, escalando la puerta, penetrara subrepticiamente, cruzara el jardín y se introdujera, llevando saco al hombro sus malas intenciones, en la mansión. Rex, aturdido por la sensualidad, no oyó nada; pero el ratero, tan lento como torpe, hizo tamaño ruido al interior de la casa, que Rex paró oreja, abandonó el sitio donde se había evidenciado su debilidad y su apetito irrefrenable de pecado, y se puso a ladrar de tal modo que no permitió al ladrón salir de la casa. Los dueños de ésta, más un policía del barrio que había oído el escándalo, llegaron en ese momento y aprehendieron sin mayor dificultad al delincuente. Los amos de Rex lo colmaron de felicitaciones, pero él, desde entonces en adelante, sentía que la culpa le quemaba las entrañas. Ya viejo, empezó a ahorrar sus ladridos, prefería estar acostado en un charquito de sol que todas las mañanas se formaba junto a la puerta. Ante cualquier extraño, enseñaba los colmillos y emitía un rumor de pocos amigos. Pero cuando sintió que le llegaba la hora se fue a tender junto al hoyo de la parte trasera del jardín y allí, cabe su viejo pecado, recibió la muerte.

La serpiente

Alfonso Reyes

Yo tengo mis dudas. Lo digo con respeto y pido perdón. La tentación del Árbol, la viciosa ostentación de los Frutos, eran ya, en sí, incentivo bastante para precipitar los destinos. ¿Pero la Serpiente? ¡No, la Serpiente no puede aconsejar el amor, esta bendición de las bendiciones! El amor no puede ser condenado en el plan de la Creación. La Serpiente aconsejó el rencor; quiso dividir a Eva de Adán: le contó historias sobre su esposo. Algo les dijo para sembrar entre ellos la desconfianza y el desamor. Ése fue el pecado mortal; ésa, la pérdida del Paraíso. Es el caso de la primera intriga para entristecer a los que se aman. La Serpiente anuncia a Yago, no a Celestina, la calumniada.

Me quieren cortar las alas

Dina Grijalva

Desde que brotaron alas en mi espalda, me siento etérea; capaz de elevarme y volar. Desde que me brotaron alas me han querido encerrar. Me ofrecen un auto rojo, un empleo estable, un hogar ibídem, un puesto, una oficina, ¡qué sé yo!

Todo me ofrecen. Por envidia a mis alas.

Canario

Luis A. Chávez Fócil

Aun canario se le hinca un número mientras se aprieta el puño entre la bolsa; los colmillos pueden ser dos, cuatro. Se observa cómo la poca sangre del ave escurre una miseria, brevedad no suficiente. El ama del pájaro mira en ese instante el ósculo, la jaula abierta y el “aprendizaje” del niño de diez, once años. A la dama asisten leyes, médicos, hospital, justicia; ella tiene la razón de grito y golpes. En el momento ignora la mujer de cómo y por qué se significa tanto a un niño.

Se pueden excluir el gato ahogado, la lumbre con periódicos hace dos meses, el sapo, la culebra, el lodo. No vienen a la mente de los que le acompañan el estiramiento colosal de la columna infante, el vello púbico, cartílagos; son sólo plumas, maldad y desazón y muerte.

Los padres del menor, atosigados por chillidos y quejas sin demora, cubren el gasto del daño. Sin reprender al hijo abren su casa para ver televisores y macetas.

El cruel sube a su cuarto, vierte una sustancia atroz en la pecera y todo deja de vivir.

Ahíto de llanto, crecido a pataletas y pujidos, observa cómo un ave de forzado curvo pico entra a su cama, como mágica, le extrae un ojo, raspa con sus dos agudas patas el estómago menor que una pelota. Brota sangre, materia fecal en abundancia. Llegan los progenitores con revistas en las manos, el prodigio vuela llevando entre su pico una porción de carne y trapos.

Los papás, en el centro médico distante, abrazan un rosario, solicitan les enseñen a rezar porque no saben, nunca lo han hecho.

Un médico les cree. Él tiene un ojo de cristal desde hace mucho: también quemó canarios, martirizaba a un perro. Les dice que del cielo a veces baja una crueldad divina.

Amblar

Eduardo Torres

Al mediodía la sirena llega presurosa a los bajos de la bahía para mirar el cadencioso andar de las bañistas, quienes apenas cubren el vértice de sus muslos y la pirámide del pecho con un girón de tela. Asoma sus ojos por la espuma de las olas y se zambulle de súbito cuando un nadador se acerca a ella. Luego vuelve a emerger, emboscada entre las olas, sus ojos atentos al andar de las bañistas que caminan a la vera del mar para encontrar un asiento donde reposar la planicie procelosa de sus cuerpos. Arena y sol. Brisa y olas temperadas: una lujuria para las visitantes. Un hogar sempiterno para ella.

En el ocaso, cuando las fogatas de los pescadores se han extinguido, remonta las olas para dirigirse a la playa. Ahí, donde desembocan las olas y la resaca, en la fusión del torso con la cadera, se adhiere una estrella de mar y, en el volcán de los senos, dos pudibundas algas anudadas a la espalda los velan. Inmediatamente practica el andar sinuoso y ambarino de las bañistas que había contemplado desde la espuma marina a la luz del alto sol, mas su cauda, aun cuando se ejercita en demasía, siempre le atrofia el paso. Granos de arena en la comisura de los labios, ningún bañista como testigo, salvo el resplandor de la luna, la brisa y las estrellas. Un anhelo farfulla mientras se sacude la arena, Mañana, en el crepúsculo del día, me robaré sus sandalias.

El origen de las especies

David Chávez

De todas las criaturas mitológicas que han habitado esta región nunca nos intrigó tanto el origen de las sirenas como el de los centauros. Del de las primeras, luego de algunas conjeturas y varios casos muy conocidos en el pueblo, descubrimos cómo las muchachas vírgenes y casaderas resultaban preñadas por la hueva de ciertos peces que habitan el río donde ellas se bañaban luego de lavar la ropa, aunque algunos sigan culpando a naguales, chaneques, duendes y otros seres del agua, algunos más libidinosos que otros.

Sin embargo, no fue sino hasta que una noche en el pueblo vecino el señor cura, al regresar caminando de una cena en casa del alcaide, descubrió en lo alto de una ventana a un caballo que entraba lo más sigilosamente que sus cascos se lo permitían a lo que después se supo era la recámara de la hija del dueño de la posada.

El animal fue muerto al día siguiente, luego de ser sometido la noche anterior. Fue impedido de consumar su unión con la doncella, a lo sumo de unos catorce años, gracias a que el religioso que pasaba a esa hora por la calle alertó inmediatamente a los padres de la joven, quienes acudieron en tropel y con su prisa despertaron a huéspedes, quienes a su vez se sumaron a la comitiva ignorando lo que pasaba.

Pese a todo, mi mujer y yo ya habíamos pensando en que algo similar pasaba, aunque a ella le parece exagerado que las autoridades vecinas colgaran el miembro del equino como una especie de advertencia a jumentos y caballares, porque a decir suyo: “Hay otros animales de cuatro extremidades que caminan erguidos y nunca escarmientan.”

Ajolote

Adriana Azucena Rodríguez

Amedida que los ajolotes literarios se multiplican, los ajolotes naturales desaparecen. Como la leyenda infantil que pregona que cada vez que alguien dice “Las hadas no existen” una de ellas muere, ocurre también con la especie mexicana: cada vez que alguien manifiesta por escrito su asombro ante estos mágicos artificios de la conciencia (los axolotl), los ajolotes mueren a miríadas.

Los ecologistas y estudiosos sostenidos por raquíticos programas destinados a detener la catástrofe afirman que la extinción se debe a la incorporación de especies de consumo humano en las aguas en que habita el monstruo acuático, pero también al hecho de que el ajolote es una de las bases de la alimentación de los lugareños. Y aunque han realizado esfuerzos por modificar estas condiciones, las medidas resultan un fracaso pues no atacan la causa última.

Nadie, hasta ahora, había descubierto la proporción entre ajolotes textuales y su mortandad como especie. Pero es tan cierta que tiemblo a medida que me acerco al punto final. Sólo espero que la advertencia llegue a tiempo a quienes son responsables de este crimen biológico.

Oropéndola

Rafael Toriz

Claras, distintas y semejantes son buena parte de las aves del reino; sin embargo la oropéndola es la única que ha nacido del engaño. Discreta, dorada y hermosa, su canto es un abismo que deforma los sentidos. Con frecuencia es confundida con la agreste sinestesia quien, pese a lo que delata su aparente morfología, no es un animal sino una plantica narcótica. Entre sus particularidades se cuenta el hecho de que puede imitar el trino y el graznido de cualquiera de las aves: replica a todos los pájaros del mundo pero ninguno le responde.

No pocos la consideran un ave hipócrita, perversa y desalmada, plumífero funesto que pierde a los incautos entre la hojarasca de los bosques y la orilla de los ríos.

El canto de la oropéndola sólo suena para los enamorados, para aquellos que precisan del engaño y no se resignan a vivir sin sus amantes. Fieles y devotos sostienen que en realidad es la única ave que existe y que las otras son sólo un eco de sus cantos viejos y perdidos.

Es imposible descubrir su engaño porque la oropéndola, en lo profundo de su nido, sólo canta para ti.

El cara de niño

Luis Ignacio Helguera

En carrera enloquecida, huyendo, entre las piedras, de los zapatos. –¡Déjame ver tu cara de niño, papá!

–No tiene cara de niño, se llama así nada más.

Voltearon con una rama la masa aplastada, con patas estertóreas todavía. Y un golpe de la luz radiante en plena cara del insecto reveló al verdugo una instantánea desconocida, en que aparecía él mismo cuando niño haciendo un gesto luminoso y plañidero porque quería seguir jugando en el jardín y le habían dado alcance inapelable.

Sireta

Sergio Astorga

Sin gloria, la locura de parecerse a una beldad marina, una Nereida, de talle frío y sangre templada, resultó la idea que la arponeaba desde la infancia, cuando en la laguna de su pueblo se pasaba horas metida en el agua hasta que la piel le quedaba arrugada.

A fuerza de los baños de agua y la lectura de historias antiguas sucedidas en el mar de las Antillas, consiguió que su cuerpo quedara escamoso. Cuando todo parecía viento en popa, su voz era un infortunio, como la de aquel sapo, grotesco trovero, que por las noches le cantaba a la luna.

Sireta supo llevar su desdicha con dignidad; el sonido de su cuchillo era más efectivo que su voz. Así lo consignan dieciocho llorosas madres.

Pastor o el cuento más breve

Adolfo Castañón

Anunciando nuevamente al lobo, aulló.

Idilio con sangre

Agustín Monsreal

Amarte, sabes, es la única manera que tengo de confirmar mi existencia, dijo el gusano con lamento íntimo al oído del cadáver.

La corta vida de efímero

Roberto Abad

Del animal llamado Efímero –y gracias a los pocos estudios que le han hecho en distintas universidades–, se sabe que come la misma porción que un insecto, a pesar de tener la masa de un elefante; su fisionomía polimorfa complica la tarea de catalogarlo en el reino de las especies: sus garras, sus tres picos y su único ojo podrían ponerlo en el grupo de los ovíparos, pero cuando alza las alas y deja ver el succionar desesperado de las branquias, o la consistencia glutinosa que toma su cresta al querer reproducirse, hace pensar a los científicos que es un híbrido proveniente de la familia de los vivíparos. Sin embargo, luego de reflexionar un rato, esta suposición termina por confundirlos más. Hubo un tiempo en que pensaron nombrarlo sólo “criatura”, pero a alguien se le ocurrió que sería mejor hacerle honor a su ciclo de vida llamándolo Efímero. Esta analogía del nombre se relaciona, claro está, con el tiempo que pasa en la Tierra, pues tarda más en nacer que en morir, es apenas un instante, y también es por eso que únicamente se conocen estas características. Si se hablara de su vida, de lo que hace en ella, no alcanzaría ni para escribir un párrafo; ni una línea. Tal vez, una palabra.

Janto

Raúl Renán

Janto, el corcel profeta de Aquiles, dijo a su jinete que tomara ejemplo de sus pies que volaban como la voz de los montes, y de su relincho que arrojaba piedras para espantar a la muerte. Aquiles no relincha y el vuelo de sus pies está tocado por el designio •