El melodrama en la época contemporánea: usos, versiones y distorsiones de la realidad

El melodrama en la época contemporánea: usos, versiones y distorsiones de la realidad

Gustavo Ogarrio

La Jornada Semana

No habrá final feliz

La providencia, afirmaba Antonio Candido, entraba a la personalidad de los románticos como racionalización y los orillaba a desplazar el arbitrio y la voluntad al ámbito de lo divino. Si trasladamos esta idea a la situación contemporánea del melodrama y del poder político y económico, es probable que el poder casi divino que domina las voluntades seculares, que normaliza e inserta lo providencial en ámbitos profanos, encarne en los designios realistas de la actual política dominante y en la supuesta racionalidad metafísica, inescrutable y aparentemente única del mercado capitalista en su versión neoliberal. El mercado ocupando el lugar de Dios.

Uno de los hechos fundamentales para la sobrevivencia y potencialización del melodrama, a finales del siglo xx, fue su inserción masificada en el mercado neoliberal de imágenes. La telenovela es sin duda el género mediático por excelencia que conduce este proceso en el siglo xx, basta solamente con mencionar su conquista a gran escala de la programación televisiva y comercial en casi todo el mundo durante décadas, a pesar de su actual declinación y crisis como género mediático hegemónico.

Además, las diferentes estrategias de melodramatización de la política y cultura también ayudaron a que el melodrama se erigiera en la sensibilidad de mayor difusión en las últimas décadas, lo que derivó en una fusión de modelos de sensibilidad e interpretaciones, en la imposición de un tipo de discurso político y cultural que podríamos caracterizar como realismo melodramático y que se encarga, en términos generales, de hacer coincidir cualquier realidad con la interpretación melodramática de la misma. Lo anterior no es más que un guiño de los alcances del modelo actual de sensibilidad melodramática, al tiempo que nos advierte de su fuerza y vigencia.

Pero ¿qué tipo de fuerza cultural empuja esta actualidad melodramática? En una desmesurada ironía sobre los orígenes del melodrama, que puede ser mejor entendida si se lee como una parodia sobre su Antigüedad y sobre la superstición vanguardista del cine hollywoodense, Guillermo Cabrera Infante afirma:

El final feliz fue inventado, como tantas otras cosas, por los griegos. Homero en La Ilíada creó el final terrible. A petición, en La Odisea, originó el final feliz. Después de tantos tumbos y mujeres maliciosas, Ulises regresa a casa, a reunirse con su pareja Penélope, su hijo Telémaco y su padre Alertes. Es cierto que antes, de regreso, hace una carnicería de los pretendientes de su esposa. Pero eso es peccata minuta. La matanza no importa. Lo que importa es que Ulises describe el lecho de su amada antes de volver a compartirlo. The End.

Que, ya ven, Hollywood parecía haberlo inventado.

¿Qué es esa vida emocional que identificamos actualmente como melodrama, las películas con final feliz, las series de superhéroes, por ejemplo, vistas en su relación conflictiva con la “alta cultura” y la cultura popular? Antonio Gramsci había reflexionado también sobre los orígenes populares del “superhombre” de Nietzsche y se contraponía a la idea de que esta figura era solamente un producto de la “alta cultura” aristócrata del filósofo alemán: “Me parece que se puede afirmar que una gran parte de la sedicente ‘super-humanidad’ nietzschiana tiene como único origen no a Zaratustra sino al Conde de Montecristo, de a. Dumas.” Gramsci ya había emprendido su propia crítica al “gusto melodramático” en una sociedad italiana de tendencia fascista durante la década de los años treina del siglo xx, y que se encontraba a las puertas de un proceso de “masificación”. Además, Gramsci combatía aquella “solemnidad exagerada” y el sentimentalismo con el que se promovían en su época el acercamiento a la literatura y, en particular, a la poesía. Gramsci también reconocía el potencial de la literatura de folletín, por ejemplo, en su orientación político-social: el melodrama de folletín se encargaba de dirigir las contradicciones de una sociedad hacia cierta armonía sentimental que redimía los conflictos, como los grandes “sufrimientos” en las telenovelas de nuestra época, y en los que finalmente se “resolvían” todos los problemas mediante el final feliz.

¿Cuáles es hoy la estructura melodramática de la sociedad contemporánea? No se puede pasar por alto el sentido cultural y político de figuras como Superman, por ejemplo, la manera en que su imagen simboliza a esa supra-humanidad que también “resuelve” a su manera los grandes conflictos de la “sociedad occidental”. Quizás las hazañas de este “héroe” son, de algún modo, el anzuelo melodramático para proyectar nuestros miedos, así como una forma imaginaria y sumamente autoritaria de “disipar” los conflictos y orientarlos hacia una serie de desafíos y finales siempre armónicos, previsibles.

Para algunos críticos literarios y analistas de la cultura, por ejemplo, para George Steiner, todavía vivimos bajo la sombra del romanticismo, en los límites de su imaginación y en formas estéticas y culturales que se conforman a partir de la dialéctica entre lo trágico y lo melodramático:

En muy buena medida seguimos siendo románticos. Eludir la tragedia es norma constante en el teatro y en cine de hoy. Por más que esto se oponga a la realidad y a la lógica, los finales deber ser felices. Los villanos se reforman y el crimen no paga. Esa gran aurora hacia la que se encaminan, dándose la mano, los amantes y los héroes de Hollywood al final de la película, despuntó inicialmente en el horizonte del romanticismo.

Esta imaginación romántica no es uniforme y al igual que en sus primeras manifestaciones posee una dimensión contradictoria. Tales afirmaciones nos hacen sospechar que el romanticismo no sólo fue una época de la cultura y de la política en Europa y América Latina, sino “una revolución sin precedentes en la perspectiva de la humanidad”, como afirma Isaiah Berlin, que dejó profundas marcas y grandes zócalos de cultura en la época moderna.

Así, es posible plantear que la misma modernidad no ha sido una experiencia unívoca y secuencial. Como afirmaba Bolívar Echeverría: “su dominio no es absoluto ni uniforme” y tampoco es una “realidad monolítica”, más bien “está compuesta por un sinnúmero de versiones diferentes de sí misma –versiones que fueron vencidas o dominadas por una de ellas en el pasado, pero que, reprimidas y subordinadas, no dejan de estar activas en el presente”. Bolívar Echeverría localiza, al menos, cuatro versiones de lo moderno, cuatro ethos que se han conformado conflictivamente: el barroco, el romántico, el clásico y el realista capitalista.

Una modernidad romántica dominante, profundamente melodramática y adoradora del libre mercado, que para sobrevivir se ha entrelazado a otro ethos, el realista capitalista, es posible que se presente como una cartografía de la crisis de lo moderno. Sin embargo, oculto y silenciado por la cultura política dominante, otro romanticismo actualizado pervive en la sensibilidad contemporánea.

¿En dónde y cómo se expresa esta sensibilidad también romántica pero no melodramática? Sin duda, algunos románticos se sintieron cómodos en esta sensibilidad trágica contenida y eludida por el melodrama. Nietzsche veía en Sócrates el término del esplendor de la edad trágica griega y el triunfo del racionalismo, mientras los poetas frenéticos del romanticismo perseguían las revelaciones trágicas en el paraje tiránico de la vida moderna. Paul de Man asevera que es posible localizar en la literatura contemporánea escrituras postrománticas y ve en la obra de Borges un paradigma de ellas.

Por otro lado, el escritor húngaro Imre Kertész, sobreviviente de los campos de concentración de Auschwitz-Buchenwald, ha visto en el terror de la experiencia concentracionaria el futuro de la humanidad: “Cuando reflexiono sobre los efectos traumáticos de Auschwitz, reflexiono paradójicamente más sobre el futuro que sobre el pasado.” Kertész, en relación con la tensión artística que se produce entre la ausencia de la tragedia y cierto acento trágico en la era moderna, se pregunta: “¿Qué posibilidades tiene el arte cuando ya no existe el tipo humano (el tipo trágico) al que nunca ha dejado de describir? El héroe de la tragedia es el hombre que se crea a sí mismo y fracasa. Hoy en día, sin embargo, el ser humano ya sólo se adapta.” Para Kertész, la “alienación” del ser humano en el mundo moderno proviene también de su renuncia a la tragedia, de su inmersión en una “pseudorrealidad” cuyo horizonte totalitario estaría marcado también por la articulación entre la “realidad” pura del capital y el melodrama. Sin embargo, también desde la época romántica está latente un acento trágico en el arte que propicia otras paradojas. En palabras de Carlos Fuentes: “La tragedia de la historia moderna ha sido la ausencia de tragedia. Restaurar la visión trágica ha sido el empeño, sobre todo, de algunos novelistas: Kafka, Broch, Faulkner, Beckett.” O como enuncia el mismo Kertész: “Su vida es en gran parte un delito trágico o un error trágico, pero sin las consecuencias trágicas.”

Entendida la tragedia como esa “forma del género dramático inventada en Ática en el siglo vi ac.”, esa “visión terrible e inflexible que cala en la vida humana… una narración que cuenta la vida de algún personaje antiguo o eminente que sufrió una mengua de fortuna para llegar a un fin desastroso…”, en palabras de Ruth Scodel, y en la que el sujeto se enfrenta a un destino y a la misma voluntad de los dioses, a fuerzas que rebasan su entendimiento y que lo destruyen pero que al mismo tiempo le dejan cierta dignidad trágica, esa forma de la Antigüedad griega, muere como tal en la época moderna y al mismo tiempo sobrevive a través de su transformación en una perspectiva trágica que se articula a géneros modernos como la novela, en el proceso de recomposición narrativa y artística impulsado por el romanticismo.

En sus dos versiones, expresadas a través de la sensibilidad melodramática y del relato trágico, el romanticismo dilata su sombra y todo indica que dominará parte de la imaginación cultural y política del siglo xxi, lo que orillará a sus receptores y cómplices a comprender y aprender de sus añejas contradicciones y de sus relatos, a recorrer las nuevas rutas de su geografía imaginaria, de sus poéticas narrativas y de sus modelos estéticos. Ahora más que nunca, las cartografías de nuestra cultura y de sus escrituras se convierten en desafíos colectivos, en rutas de la sensibilidad que buscan compulsivamente los territorios culturales en los que se pueda habitar con creatividad e imaginación trágicas las contradicciones de nuestro tiempo.

Desde el fondo temporal y espacial de su formación romántica, desde su historia de amor improbable con el melodrama, la modernidad latinoamericana nos susurra al oído una de sus formas históricas de resistencia, que al mismo tiempo se nos presenta como una utopía “sin optimismo” ni candidez moral o espiritual: para nosotros, los huéspedes contemporáneos de la imaginación romántica en conflicto, no habrá final feliz •

16 películas que te parecieron alucinantes en su momento y hoy renegarías de ellas

16 películas que te parecieron alucinantes en su momento y hoy renegarías de ellas

La relación del público con el cine, como sucede con el primer amor, implica varios tropiezos hasta encontrar el amor verdadero. Y reencontrarse con tus películas favoritas de la juventud tiene, a veces, el mismo efecto que tomarse un café con tu primera pareja: ya no tenéis nada de que hablar, apenas entiendes por qué te enamoraste de ella y, sobre todo, recuerdas por qué rompisteis. Estas 16 películas se erigieron como clásicos contemporáneos, pero no son tan buenas como creíamos

JUAN SANGUINO

   Lo que nos pareció en su momento.  Una sugerente alegoría pesadillesca sobre los monstruos interiores y la levedad que supone madurar con un conflicto arraigado en el subconsciente. Vamos, que no la entendimos.    Lo que es en realidad.  ‘Donnie Darko’ es la adaptación cinematográfica de ese amigo que, en medio de una fiesta, se pone a explicarte el cine de David Lynch sin que se lo hayas preguntado. Una película pretenciosa y efectista que sabe que cuanta menos gente la entienda más culto despertará. Desde entonces, su director ha hecho dos películas (‘Southland Tales’ y ‘The Box’) que dejan claro que él tampoco entendió ‘Donnie Darko’. 1

Lo que nos pareció en su momento. Una sugerente alegoría pesadillesca sobre los monstruos interiores y la levedad que supone madurar con un conflicto arraigado en el subconsciente. Vamos, que no la entendimos.

Lo que es en realidad. ‘Donnie Darko’ es la adaptación cinematográfica de ese amigo que, en medio de una fiesta, se pone a explicarte el cine de David Lynch sin que se lo hayas preguntado. Una película pretenciosa y efectista que sabe que cuanta menos gente la entienda más culto despertará. Desde entonces, su director ha hecho dos películas (‘Southland Tales’ y ‘The Box’) que dejan claro que él tampoco entendió ‘Donnie Darko’. CORDON

   Lo que nos pareció en su momento.  Una lujosa producción barroca, sensual y sangrienta que juntaba a las estrellas más carismáticas del momento (Tom Cruise, Brad Pitt y Antonio Banderas) con Christian Slater.    Lo que es en realidad.  Un disparate deprimente que no tiene argumento (básicamente trata sobre vampiros tristes que discuten sin parar y tiran la vajilla) y en el que el verdadero peliculón ocurrió detrás de las cámaras: Cruise (que contrató a un ayudante cuyo único trabajo era asegurarse de que el rubio de sus cejas iba a juego con el de su peluca) eliminando las frases interesantes del personaje de Pitt para que no le hiciera sombra, Kirsten Dunst asqueada por tener que besar a Pitt al estar convencida de que tenía piojos, Slater reemplazando al fallecido River Phoenix a dos semanas de empezar a rodar y Brad Pitt intentando romper su contrato porque odiaba cada minuto del rodaje. 2

‘Entrevista con el vampiro’ (Neil Jordan, 1994)

Lo que nos pareció en su momento. Una lujosa producción barroca, sensual y sangrienta que juntaba a las estrellas más carismáticas del momento (Tom Cruise, Brad Pitt y Antonio Banderas) con Christian Slater.

Lo que es en realidad. Un disparate deprimente que no tiene argumento (básicamente trata sobre vampiros tristes que discuten sin parar y tiran la vajilla) y en el que el verdadero peliculón ocurrió detrás de las cámaras: Cruise (que contrató a un ayudante cuyo único trabajo era asegurarse de que el rubio de sus cejas iba a juego con el de su peluca) eliminando las frases interesantes del personaje de Pitt para que no le hiciera sombra, Kirsten Dunst asqueada por tener que besar a Pitt al estar convencida de que tenía piojos, Slater reemplazando al fallecido River Phoenix a dos semanas de empezar a rodar y Brad Pitt intentando romper su contrato porque odiaba cada minuto del rodaje. CORDON

   Lo que nos pareció en su momento.  Un experimento artístico crudo y una metáfora sobre la capacidad humana de mantener la dignidad, la imaginación y el optimismo.    Lo que es en realidad.  Sentarse a ver ‘Bailar en la oscuridad’ es como preguntarle a un compañero de trabajo durante el café “¿qué tal?” y qué se pase 20 minutos contándote sus desgracias sin dejarte tiempo a aclarar que era una pregunta retórica. Uno quiere ver un drama social musical y se encuentra con un ensañamiento grotesco que bordea la parodia (cuando crees que la película no puede regodearse más en la miseria de la protagonista, encuentra nuevas formas) con un sadismo de culebrón. En la vida real, Von Trier no se conformó con humillar al personaje protagonista, sino que también vejó emocionalmente a la actriz que lo interpretaba, la cantante Björk. 3

‘Bailar en la oscuridad’ (Lars Von Trier, 2000)

Lo que nos pareció en su momento. Un experimento artístico crudo y una metáfora sobre la capacidad humana de mantener la dignidad, la imaginación y el optimismo.

Lo que es en realidad. Sentarse a ver ‘Bailar en la oscuridad’ es como preguntarle a un compañero de trabajo durante el café “¿qué tal?” y qué se pase 20 minutos contándote sus desgracias sin dejarte tiempo a aclarar que era una pregunta retórica. Uno quiere ver un drama social musical y se encuentra con un ensañamiento grotesco que bordea la parodia (cuando crees que la película no puede regodearse más en la miseria de la protagonista, encuentra nuevas formas) con un sadismo de culebrón. En la vida real, Von Trier no se conformó con humillar al personaje protagonista, sino que también vejó emocionalmente a la actriz que lo interpretaba, la cantante Björk.

   Lo que nos pareció en su momento.  En los 80, cualquier cosa con Indiana Jones era mejor que cualquier cosa sin Indiana Jones. Esta segunda parte, además, era la favorita de los chavales porque no dejan de pasar cosas, Indy se echa un amigo de 10 años y la trama es tan sencilla que se puede seguir mientras juegas con un cubo de Rubik.    Lo que es en realidad.  Un pasatiempo con el que Spielberg cumplió su sueño de dirigir una película de James Bond (el prólogo), se relajó mientras preparaba su primer gran drama (‘El color púrpura’) y cuyo personaje femenino él mismo ha confesado que representaba sus frustraciones durante su divorcio: Kate Capshaw (casualmente, su segunda mujer) se pasa dos horas gritando. La trama acumula persecuciones, pero ninguna acaba yendo en ninguna dirección. 4

‘Indiana Jones y el templo maldito’ (Steven Spielberg, 1984)

Lo que nos pareció en su momento. En los 80, cualquier cosa con Indiana Jones era mejor que cualquier cosa sin Indiana Jones. Esta segunda parte, además, era la favorita de los chavales porque no dejan de pasar cosas, Indy se echa un amigo de 10 años y la trama es tan sencilla que se puede seguir mientras juegas con un cubo de Rubik.

Lo que es en realidad. Un pasatiempo con el que Spielberg cumplió su sueño de dirigir una película de James Bond (el prólogo), se relajó mientras preparaba su primer gran drama (‘El color púrpura’) y cuyo personaje femenino él mismo ha confesado que representaba sus frustraciones durante su divorcio: Kate Capshaw (casualmente, su segunda mujer) se pasa dos horas gritando. La trama acumula persecuciones, pero ninguna acaba yendo en ninguna dirección. CORDON

   Lo que nos pareció en su momento.  Una obra de arte poética sobre el corazón indomable de una dama oprimida por su mudez, por su marido y por sus enaguas.    Lo que es en realidad.  Una fotografía preciosa y una banda sonora tan romántica que consiguió que ‘El piano’ pareciese una arrebatadora historia de amor cuando en realidad trata sobre dos personas que no se soportan, pero se entienden fenomenal en la cama. El ahora lamentable Harvey Weinstein, su distribuidor, orquestó una campaña centrada en el empoderamiento femenino y surtió efecto: ganó tres Oscars para sus tres mujeres, Holly Hunter (mejor actriz), Anna Paquin (secundaria) y Jane Campion (guion). Ni la película ni su argumento ni sus personajes tenían coherencia alguna, pero ‘El piano’ se puso de moda y nadie quiso hacerse una pregunta pertinente: ¿es realmente buena o simplemente tiene mucha niebla? 5

‘El piano’ (Jane Campion, 1993)

Lo que nos pareció en su momento. Una obra de arte poética sobre el corazón indomable de una dama oprimida por su mudez, por su marido y por sus enaguas.

Lo que es en realidad. Una fotografía preciosa y una banda sonora tan romántica que consiguió que ‘El piano’ pareciese una arrebatadora historia de amor cuando en realidad trata sobre dos personas que no se soportan, pero se entienden fenomenal en la cama. El ahora lamentable Harvey Weinstein, su distribuidor, orquestó una campaña centrada en el empoderamiento femenino y surtió efecto: ganó tres Oscars para sus tres mujeres, Holly Hunter (mejor actriz), Anna Paquin (secundaria) y Jane Campion (guion). Ni la película ni su argumento ni sus personajes tenían coherencia alguna, pero ‘El piano’ se puso de moda y nadie quiso hacerse una pregunta pertinente: ¿es realmente buena o simplemente tiene mucha niebla?

   Lo que nos pareció en su momento.  Una majestuosa epopeya romántica de esas que ya no se hacen, diseñada para que cada escena despierte dos reacciones en el espectador de mediana edad: “qué fotografía tan bonita” y “hay que ver lo bien que trabaja esta mujer” (o sea, Meryl Streep).    Lo que es en realidad.  Pues 160 minutos que parecen 160 años. El rodaje tuvo lugar en África y en Hollywood eso solo puede significar una cosa: que nos la iban a enseñar de arriba a abajo. Los cautivadores planos aéreos del paisaje nos transportan a la naturaleza salvaje (cuando se estrenó, el espectador medio no tenía acceso a viajes tan exóticos), lo cual convierte a ‘Memorias de África’ en la primera adaptación cinematográfica de una postal. Y resulta tan aburrida como mirar una postal durante 160 minutos. 6

‘Memorias de África’ (Sydney Pollack, 1985)

Lo que nos pareció en su momento. Una majestuosa epopeya romántica de esas que ya no se hacen, diseñada para que cada escena despierte dos reacciones en el espectador de mediana edad: “qué fotografía tan bonita” y “hay que ver lo bien que trabaja esta mujer” (o sea, Meryl Streep).

Lo que es en realidad. Pues 160 minutos que parecen 160 años. El rodaje tuvo lugar en África y en Hollywood eso solo puede significar una cosa: que nos la iban a enseñar de arriba a abajo. Los cautivadores planos aéreos del paisaje nos transportan a la naturaleza salvaje (cuando se estrenó, el espectador medio no tenía acceso a viajes tan exóticos), lo cual convierte a ‘Memorias de África’ en la primera adaptación cinematográfica de una postal. Y resulta tan aburrida como mirar una postal durante 160 minutos. CORDON

   Lo que nos pareció en su momento.  Nos vendieron que Quentin Tarantino, recién salido de ‘Pulp Fiction’, era co-autor, pero lo único que hacía era interpretar a un personaje secundario cuyo monólogo, eso sí, sin duda escribió él. Banderas lo daba todo, había muchos tiros y Salma Hayek despertó sexualmente a toda una generación de adolescentes.    Lo que es en realidad.  La culpable del nacimiento de un subgénero que todavía seguimos sufriendo: fantasmadas perpetradas por un director al que le han dado un par de millones para que se corra una juerga con sus colegas en el desierto y en las que las mujeres son tratadas como revistas porno en movimiento. La mayoría de estas películas (todas las de Guy Ritchie, por ejemplo) al menos tienen diálogos agitados. ‘Desperado’ ni eso. No es una película, es una despedida de soltero con pistolas de fogueo. 7

‘Desperado’ (Robert Rodriguez, 1995)

Lo que nos pareció en su momento. Nos vendieron que Quentin Tarantino, recién salido de ‘Pulp Fiction’, era co-autor, pero lo único que hacía era interpretar a un personaje secundario cuyo monólogo, eso sí, sin duda escribió él. Banderas lo daba todo, había muchos tiros y Salma Hayek despertó sexualmente a toda una generación de adolescentes.

Lo que es en realidad. La culpable del nacimiento de un subgénero que todavía seguimos sufriendo: fantasmadas perpetradas por un director al que le han dado un par de millones para que se corra una juerga con sus colegas en el desierto y en las que las mujeres son tratadas como revistas porno en movimiento. La mayoría de estas películas (todas las de Guy Ritchie, por ejemplo) al menos tienen diálogos agitados. ‘Desperado’ ni eso. No es una película, es una despedida de soltero con pistolas de fogueo.

   Lo que nos pareció en su momento.  Una fantasía atestada de magia, aventuras y un perro que vuela. Para los chavales de diez años, que éramos el equivalente cinéfilo a una urraca porque sólo les exigíamos a las películas que tuvieran cosas brillantes, fue más que suficiente como para coronarla como nuestra película favorita del mundo durante un invierno entero.    Lo que es en realidad.  Una horterada, lo cual puede sonar redundante porque en los 80 todo era una horterada, pero esta en concreto además pasaba de moda a tiempo real como les sucedía a todas las fantasías de la época (‘Legend’, ‘Lady Halcón’, ‘Los inmortales’) que no eran ‘Dentro del laberinto’. Emocionalmente tosca (¡un caballo ahogándose en una ciénaga!), narrativamente nula y con un protagonista irritante. Y el perro volador resultaba ser un dragón. Todo son decepciones con ‘La historia interminable’. 8

‘La historia interminable’ (Wolfgang Petersen, 1984)

Lo que nos pareció en su momento. Una fantasía atestada de magia, aventuras y un perro que vuela. Para los chavales de diez años, que éramos el equivalente cinéfilo a una urraca porque sólo les exigíamos a las películas que tuvieran cosas brillantes, fue más que suficiente como para coronarla como nuestra película favorita del mundo durante un invierno entero.

Lo que es en realidad. Una horterada, lo cual puede sonar redundante porque en los 80 todo era una horterada, pero esta en concreto además pasaba de moda a tiempo real como les sucedía a todas las fantasías de la época (‘Legend’, ‘Lady Halcón’, ‘Los inmortales’) que no eran ‘Dentro del laberinto’. Emocionalmente tosca (¡un caballo ahogándose en una ciénaga!), narrativamente nula y con un protagonista irritante. Y el perro volador resultaba ser un dragón. Todo son decepciones con ‘La historia interminable’.

   Lo que nos pareció en su momento.  Una proeza técnica rodada con luz natural, en condiciones infrahumanas y con apabullantes planos secuencia de batallas. Y nos pareció eso porque su campaña al Oscar se aseguró de recordárnoslo a diario durante meses mediante reportajes, entrevistas y vídeos: cualquier cosa con tal de que no se hablase de… la película.    Lo que es en realidad.  ‘El renacido’ es lo que los críticos más intelectuales llaman “un tostón”. Tan obstinada en restregarte sus prodigios técnicos que hasta los Oscar le dieron un segundo galardón consecutivo a Iñárritu y una victoria de Leonardo DiCaprio que le debían desde hacía años, pero que quedó un poco deslucida porque, como le espetaba Joan Crawford a Bette Davis en ‘Feud’, “no te premian por lo bien que lo haces, sino porque notan cuánto te esfuerzas”. 9

‘El renacido’ (Alejandro G. Iñárritu, 2015)

Lo que nos pareció en su momento. Una proeza técnica rodada con luz natural, en condiciones infrahumanas y con apabullantes planos secuencia de batallas. Y nos pareció eso porque su campaña al Oscar se aseguró de recordárnoslo a diario durante meses mediante reportajes, entrevistas y vídeos: cualquier cosa con tal de que no se hablase de… la película.

Lo que es en realidad. ‘El renacido’ es lo que los críticos más intelectuales llaman “un tostón”. Tan obstinada en restregarte sus prodigios técnicos que hasta los Oscar le dieron un segundo galardón consecutivo a Iñárritu y una victoria de Leonardo DiCaprio que le debían desde hacía años, pero que quedó un poco deslucida porque, como le espetaba Joan Crawford a Bette Davis en ‘Feud’, “no te premian por lo bien que lo haces, sino porque notan cuánto te esfuerzas”.

   Lo que nos pareció en su momento.  Un ejercicio de cine visceral, angustioso y traumático con una banda sonora capaz de empujarte a la locura si te pilla en un día bajo de ánimo. Y la película de la que todo el mundo hablaba en la cafetería de la universidad.    Lo que es en realidad.  El director estadounidense Darren Aronofsky es un genio. ‘Réquiem por un sueño’ es la quintaesencia de esas películas que “me gustaron mucho, pero no pienso volver a ver nunca” y eso juega muy a favor de ella. El hecho de que nadie repita la ha conservado en un recuerdo privilegiado del imaginario colectivo, porque sus últimos 20 minutos son tan asfixiantes que el espectador no lo procesa, acaba aturdido y confunde el alivio de que se haya acabado con la calidad cinematográfica: nunca nos gustó, sino que fuimos víctimas del síndrome de Estocolmo. Y la dichosa banda sonora ha acabado acompañando desde escrutinios de elecciones hasta reportajes de fútbol. 10

‘Réquiem por un sueño’ (Darren Aronofsky, 2000)

Lo que nos pareció en su momento. Un ejercicio de cine visceral, angustioso y traumático con una banda sonora capaz de empujarte a la locura si te pilla en un día bajo de ánimo. Y la película de la que todo el mundo hablaba en la cafetería de la universidad.

Lo que es en realidad. El director estadounidense Darren Aronofsky es un genio. ‘Réquiem por un sueño’ es la quintaesencia de esas películas que “me gustaron mucho, pero no pienso volver a ver nunca” y eso juega muy a favor de ella. El hecho de que nadie repita la ha conservado en un recuerdo privilegiado del imaginario colectivo, porque sus últimos 20 minutos son tan asfixiantes que el espectador no lo procesa, acaba aturdido y confunde el alivio de que se haya acabado con la calidad cinematográfica: nunca nos gustó, sino que fuimos víctimas del síndrome de Estocolmo. Y la dichosa banda sonora ha acabado acompañando desde escrutinios de elecciones hasta reportajes de fútbol. CORDON

   Lo que nos pareció en su momento.  Un fenómeno social que conmovió a las masas gracias a su heroico retrato del espíritu humano y que culminó en el Oscar a la mejor película, adelantando en el ‘foto-finish’ a la favorita, ‘Rojos’ (Warren Beatty, 1981).    Lo que es en realidad.  Hay que respetarla porque lleva 27 años funcionando como el canon fundacional de las ‘feel-good movies’ (películas que por encima de todo buscan hacerte sentir bien) que tanto nos han hecho reír, llorar y hacer las dos cosas a la vez. También nos dio la banda sonora de Vangelis, la más parodiada de la historia del cine. Pero esa música y esas buenas intenciones calaron entre el público de 1981, que le pasó por alto a la película un ínfimo desarrollo de personajes y una puesta en escena ramplona. El público recuerda lo que le hizo sentir esta película, pero apenas recuerda lo que contaba. Por algo será. 11

‘Carros de fuego’ (Hugh Hudson, 1981)

Lo que nos pareció en su momento. Un fenómeno social que conmovió a las masas gracias a su heroico retrato del espíritu humano y que culminó en el Oscar a la mejor película, adelantando en el ‘foto-finish’ a la favorita, ‘Rojos’ (Warren Beatty, 1981).

Lo que es en realidad. Hay que respetarla porque lleva 27 años funcionando como el canon fundacional de las ‘feel-good movies’ (películas que por encima de todo buscan hacerte sentir bien) que tanto nos han hecho reír, llorar y hacer las dos cosas a la vez. También nos dio la banda sonora de Vangelis, la más parodiada de la historia del cine. Pero esa música y esas buenas intenciones calaron entre el público de 1981, que le pasó por alto a la película un ínfimo desarrollo de personajes y una puesta en escena ramplona. El público recuerda lo que le hizo sentir esta película, pero apenas recuerda lo que contaba. Por algo será.

   Lo que nos pareció en su momento.  Frases y titulares que se dijeron cuando se estrenó, en 2009: “Pixar lo vuelve a hacer”, “no tienen rival”, “la mejor película de Pixar hasta la fecha”, “es de dibujos, pero también es para adultos”, “me he acordado mucho de mi abuelo”.    Lo que es en realidad.  Los diez minutos más amortizados de la historia del cine. El conmovedor retrato de toda una vida de amor y aventuras con el que abre la película se agarró al corazón del público y, como es costumbre en Pixar, le hizo sentir cosas que no sabía que llevaba dentro. Pero esos magistrales diez minutos sí que tienen nombre: cortometraje. Porque los 80 restantes son una sucesión de personajes tropezándose con cosas y una “amistad improbable” que llevamos viendo en el cine de animación desde que Pinocho conoció a Pepito Grillo. 12

‘Up’ (Pete Docter, 2009)

Lo que nos pareció en su momento. Frases y titulares que se dijeron cuando se estrenó, en 2009: “Pixar lo vuelve a hacer”, “no tienen rival”, “la mejor película de Pixar hasta la fecha”, “es de dibujos, pero también es para adultos”, “me he acordado mucho de mi abuelo”.

Lo que es en realidad. Los diez minutos más amortizados de la historia del cine. El conmovedor retrato de toda una vida de amor y aventuras con el que abre la película se agarró al corazón del público y, como es costumbre en Pixar, le hizo sentir cosas que no sabía que llevaba dentro. Pero esos magistrales diez minutos sí que tienen nombre: cortometraje. Porque los 80 restantes son una sucesión de personajes tropezándose con cosas y una “amistad improbable” que llevamos viendo en el cine de animación desde que Pinocho conoció a Pepito Grillo.

   Lo que nos pareció en su momento.  La película que más molaba del mundo. Tom Cruise puso de moda las gafas de aviador (como había puesto de moda las ‘way-farer’ tres años antes en ‘Risky Business’) y la amistad masculina demostró que podía ser sensible: aquí nació el ‘bromance’.    Lo que es en realidad.  Una película que cambió Hollywood. Su mastodóntico éxito de taquilla demostró que las películas no necesariamente debían ser una historia sino que también podían ser un producto. ¿La marca? Estados Unidos. ¿El ingrediente? Adrenalina. ¿El objetivo? Despertar sensaciones (en absoluto narrativas) de exaltación patriótica, masculinidad hiperbólica pero accesible y ganas de alistarse en el ejército. Y por lo tanto estaba rodada como un anuncio de cerveza, de vaqueros o de gafas de sol. Una euforia contagiosa que oculta que ‘Top Gun’ no tiene intención de ser una película de verdad porque lo que quiere es vender un concepto. Veremos si la secuela, de estreno en 2019, consigue que lo volvamos a comprar. 13

‘Top Gun’ (Tony Scott, 1986)

Lo que nos pareció en su momento. La película que más molaba del mundo. Tom Cruise puso de moda las gafas de aviador (como había puesto de moda las ‘way-farer’ tres años antes en ‘Risky Business’) y la amistad masculina demostró que podía ser sensible: aquí nació el ‘bromance’.

Lo que es en realidad. Una película que cambió Hollywood. Su mastodóntico éxito de taquilla demostró que las películas no necesariamente debían ser una historia sino que también podían ser un producto. ¿La marca? Estados Unidos. ¿El ingrediente? Adrenalina. ¿El objetivo? Despertar sensaciones (en absoluto narrativas) de exaltación patriótica, masculinidad hiperbólica pero accesible y ganas de alistarse en el ejército. Y por lo tanto estaba rodada como un anuncio de cerveza, de vaqueros o de gafas de sol. Una euforia contagiosa que oculta que ‘Top Gun’ no tiene intención de ser una película de verdad porque lo que quiere es vender un concepto. Veremos si la secuela, de estreno en 2019, consigue que lo volvamos a comprar. CORDON

   Lo que nos pareció en su momento.  Un fracaso de taquilla reconvertido en clásico televisivo gracias a la tradición de verla en familia cada Navidad recuperando la fe en la bondad humana.    Lo que es en realidad.  Una parábola manipuladora en la que el bueno (Jimmy Stewart) sufre porque quiere concederle prestamos a todos los aldeanos sin comprobar sus avales (lo que viene a ser la causa de la crisis económica actual) y en la que el malo es una caricatura desalmada y, sencillamente, un empresario prudente que se niega a conceder esos préstamos a gente que no va a poder pagarlos. Ambos son capitalistas acérrimos, pero el héroe además es un insensato. Pero ‘¡Qué bello es vivir!’ es tan bienintencionada que criticarla te hace parecer un villano. Es una estrategia perfecta. 14

‘¡Qué bello es vivir!’ (Frank Capra, 1946)

Lo que nos pareció en su momento. Un fracaso de taquilla reconvertido en clásico televisivo gracias a la tradición de verla en familia cada Navidad recuperando la fe en la bondad humana.

Lo que es en realidad. Una parábola manipuladora en la que el bueno (Jimmy Stewart) sufre porque quiere concederle prestamos a todos los aldeanos sin comprobar sus avales (lo que viene a ser la causa de la crisis económica actual) y en la que el malo es una caricatura desalmada y, sencillamente, un empresario prudente que se niega a conceder esos préstamos a gente que no va a poder pagarlos. Ambos son capitalistas acérrimos, pero el héroe además es un insensato. Pero ‘¡Qué bello es vivir!’ es tan bienintencionada que criticarla te hace parecer un villano. Es una estrategia perfecta.

   Lo que nos pareció en su momento.  Por fin una película que da voz a la incomprendida generación X. ¡A ver qué tienen qué decir! “Bienvenidos al invierno de nuestro descontento”. Ah, ok.    Lo que es en realidad.  Hollywood le tendió una trampa a la generación X dejándoles como unos niñatos incapaces de levantarse del sofá porque todo les parecía prefabricado y ellos buscaban algo auténtico. Lo que no buscaban, por lo visto, era trabajo. Sus personajes son supuestamente brillantes porque ellos mismos se lo dicen unos a otros, pero en ningún momento vemos ni rastro de esa genialidad. La película se redondea como una metáfora perfecta cuando, tras pasarse 90 minutos ridiculizando las comedias románticas, acaba con el chico (Ethan Hawke, cuidadosamente despeinado) presentándose en casa de la chica (Winona Ryder, calculadamente pizpireta) para declararle su amor. Pero que quede claro que ellos no son como los demás. 15

‘Reality Bites’ (Ben Stiller, 1994)

Lo que nos pareció en su momento. Por fin una película que da voz a la incomprendida generación X. ¡A ver qué tienen qué decir! “Bienvenidos al invierno de nuestro descontento”. Ah, ok.

Lo que es en realidad. Hollywood le tendió una trampa a la generación X dejándoles como unos niñatos incapaces de levantarse del sofá porque todo les parecía prefabricado y ellos buscaban algo auténtico. Lo que no buscaban, por lo visto, era trabajo. Sus personajes son supuestamente brillantes porque ellos mismos se lo dicen unos a otros, pero en ningún momento vemos ni rastro de esa genialidad. La película se redondea como una metáfora perfecta cuando, tras pasarse 90 minutos ridiculizando las comedias románticas, acaba con el chico (Ethan Hawke, cuidadosamente despeinado) presentándose en casa de la chica (Winona Ryder, calculadamente pizpireta) para declararle su amor. Pero que quede claro que ellos no son como los demás.

  Lo que nos pareció en su momento.  La mayoría del público la recuerda como dos horas de Audrey Hepburn vestida por Hubert de Givenchy y comiendo ‘croissants’ delante del escaparate de la joyería Tiffany’s.   Lo que es en realidad.  Es mejor bolso que película. Rampantemente superficial para la tortuosa historia que en realidad cuenta (o, mejor dicho, que no cuenta), ofrece una tediosa sucesión de ‘sketches’ cómicos sin saber muy bien qué película quiere ser. Confía demasiado en el encanto de Hepburn y en la melancolía que evoca ‘Moon river’, una canción que suena doce veces. El señor Yamamoto, interpretado por un Mickey Rooney maquillado y explotando todos los estereotipos japoneses e inventando otros nuevos, es de lo más racista que ha hecho Hollywood, por bochornoso y por innecesario. Y ni siquiera es divertido. 16

‘Desayuno con diamantes’ (Blake Edwards, 1961)

Lo que nos pareció en su momento. La mayoría del público la recuerda como dos horas de Audrey Hepburn vestida por Hubert de Givenchy y comiendo ‘croissants’ delante del escaparate de la joyería Tiffany’s.

Lo que es en realidad. Es mejor bolso que película. Rampantemente superficial para la tortuosa historia que en realidad cuenta (o, mejor dicho, que no cuenta), ofrece una tediosa sucesión de ‘sketches’ cómicos sin saber muy bien qué película quiere ser. Confía demasiado en el encanto de Hepburn y en la melancolía que evoca ‘Moon river’, una canción que suena doce veces. El señor Yamamoto, interpretado por un Mickey Rooney maquillado y explotando todos los estereotipos japoneses e inventando otros nuevos, es de lo más racista que ha hecho Hollywood, por bochornoso y por innecesario. Y ni siquiera es divertido.

Salvador Novo, nuestro gran maestro de escritura

Salvador Novo, nuestro gran maestro de escritura

Elena Poniatowska

La Jornada

Salvador Novo, poeta, ensayista y cronista de la Ciudad de México, falleció hace 44 años, el 13 de enero de 1974. Poeta, prosista de lujo, como lo llamó Carmen Galindo, sus crónicas iban más allá de describir los acontecimientos de la ciudad y rendir pleitesía al presidente en turno; todos lo leíamos para aprender a escribir. Hasta ahora nadie ha superado la admirable fluidez de su prosa que hizo escuela. Son muchos los críticos que consideran que el mejor libro de Carlos Monsiváis es el que dedicó a su admirado Novo: Lo marginal en el centro, porque en realidad escribió su autobiografía.

Salvador Novo fue el primer escritor que conocí al llegar a México porque todos los domingos comía en la huerta de San Jerónimo de Raúl y Carito Amor de Fournier y al entrar a saludar a mis mayores, lo llamaba yo tío. A partir de mis 10 años nunca dejó de llamarme sobrina, hasta el año de la publicación de La noche de Tlatelolco, ya que se convirtió en defensor de Gustavo Díaz Ordaz y del PRI. Tanto él como Martín Luis Guzmán se alinearon del lado del gobierno que los mantenía y acusaron a los estudiantes encarcelados en Lecumberri, lo cual hizo que Carlos Fuentes los llamara La Traviata y El Rigoletto del año 68.

Recuerdo que en esas apacibles comidas en la huerta de San Jerónimo, en los dedos de las manos de Salvador Novo se turnaban varios anillos: uno precioso del sagrado escarabajo de Egipto, el otro, un sello oscuro que no alcancé a descifrar a pesar de que era del tamaño de un foco. No sabía yo nada de pelucas y no creo que en esa época llevara una roja o castaña o china o lacia. Tampoco supe si tenía las cejas depiladas. A los niños todo les parece bien. Sí recuerdo que Novo llevaba la batuta de la conversación y a ese gran jardín llegaron a lo largo de los años muchos de los constructores de México: Rufino y Olga Tamayo, Pablo y Natasha González Casanova, Ignacio y Celia Chávez, Gustavo Baz, quien había cabalgado al lado de Emiliano Zapata, y bellezas como Alfa Henestrosa, que vestía rebozo y enaguas antes de que lo hiciera Frida Kahlo. De todos, el mejor informado y el que se mantuvo en primer lugar del Tout Mexique fue el cronista de la ciudad Novo, quien era requerido en todos los acontecimientos de la vida nacional por los presidentes de la República en turno. Ya dirigía museos y organizaba conferencias y presumía que la RCA Víctor iba hacerle “un álbum de tres discos de long play, es decir, de dos caras, sobre la ciudad de México”. Nadie más solicitado que él. Hasta en espectáculos de Teotihuacán de luz y sonido, con música de Blas Galindo, y de Uxmal, con música del yucateco Daniel Pérez Ayala, se oía su voz. Novo aparecía en todas las revistas, lo fotografiaban en todas las crónicas de sociales, y como fundó La Capilla, salía en todas las carteleras. Asimismo, criaturita, tengo que atender las consultas del Jefe del Departamento y de otros secretarios de Estado que me dicen que mi presencia es indispensable. No pasa una semana sin que recurran a mi persona o rueguen que les dé mi opinión. Cronista todopoderoso de la ciudad, José Emilio Pacheco, Antonio Saborit y Sergio González Rodríguez se comprometieron a revisar sus gruesos tomos sexenales de La vida en México, sobre los regímenes de Cárdenas, Miguel Alemán, Ávila Camacho, Ruiz Cortines. Admiradores de su prosa y de su ingenio, los jóvenes no lo fueron de su servilismo, que el propio Novo justificaba con una frase al periodista Antonio Bertrán: Hoy no tengo que escribir más mercancía que dos cuartillas, que a razón de 15 minutos cada una me dejan libre prácticamente todo el día.

–Me gustaría que me hablaras de tu poesía, porque Nuevo amor es lo más bonito que has hecho.

–El Fondo de Cultura Económica publicará tres tomos completos de poesía: 20 poemas (1925), Espejo y Nuevo amor (1933), y poesías no coleccionadas posteriores a esas fechas. Además, mis Sonetos de Año Nuevo.

–¿Por qué has hecho poca poesía en los últimos años?

–Porque no es lo mismo hacer poesía que versos, versos hago muchos. Versos es hacer rimas, epigramas, cosas que respondan al concepto que se tuvo de la poesía hasta el siglo XX, que es meter los pensamientos y las emociones en los moldes de la métrica y manejar metáforas que terminan siendo familiares a toda la gente… En tanto que poesía ha sido, siempre para mí, un estado de trance, de inspiración de inevitabilidad. Inevitabilidad, fíjate bien.

–¿En ese momento nadie y nada en el mundo podrían impedir que escribieras?

–Sí, mi edad y mi enfermedad.

–¿Tu enfermedad te hizo escribir mucha poesía?

–No. Nada más matizó de mucha tristeza el soneto que envié a mis amigos en 1970.

–Entonces, ¿es cierto que el sufrimiento es un detonador de la escritura como la soledad?

–En mi caso no, criatura. Yo escribí cosas muy tristes cuando era niño. Casi todos mis poemas de adolescencia son tristes. Eso es lo que se consideraba poesía antes, la tristeza. ¡Mira, estos versos muy influidos de González Martínez que hice cuando tenía 14 años! Mira, qué tristes, pero tristes, tristes, te los voy a leer: Vieja alameda triste en que el árbol medita,/ en que la nube azul contagia su quebranto/ y en que el rosal se inclina al viento que dormita:/ te traigo mi dolor y te ofrezco mi llanto./ He vuelto. Soy el mismo. La misma sed me aqueja/ y embelesa mi oído idéntica canción,/ y soy aquel que ama el minuto que deja/ un poco más de llanto dentro del corazón./ He vuelto a tu silencio otoñal: he buscado/ vanamente mis huellas entre todas las huellas,/ y mi ilusión es una hoja muerta de aquellas/ que estremecía el viento y que el sol ha dorado./ …Y mientras quiero acaso recomenzar la senda/ un mal irremediable consume los destellos/ del sol, vieja alameda, y te guardo mi ofrenda,/ tú contemplas mis ojos y miras mis cabellos.

A Novo le entra un ataque de risa.

–¡Uy, uy, uy! ¡Cuánta melancolía! ¿Oíste? ¡Uy, qué cosa!

–¡Ay!, ¿por qué te burlas?

–¡Me burlo de mis 14 años!

–Y, ¿por qué te leíste a ti mismo con tanta ironía?

–Ah, ¿querías tú que me tomara en serio?

(Salvador Novo se leyó haciendo muecas. Puso ante sus ojos unos pequeños vidrios a la manera de impertinentes o monóculos, levantó las cejas y rió en forma despiadada.)

–En cambio, en mi libro 20 poemas estoy lleno de alegría y de metáforas nuevas, sorprendentes. ¿No te gusta esto?: Los nopales nos sacan la lengua… ¡Es pura pintura!, ¿verdad? Entonces tenía yo 21 años y era muy alegre… Fui muy feliz a los 20 años; empecé a disfrutar la vida. De niño fui tristón, imagínate, un niño encerrado, hijo único. ¿Quieres que te lea Los nopales nos sacan la lengua? Mira qué bonito: Los nopales nos sacan la lengua;/ pero los maizales por estaturas/ con su copetito mal rapado/ y su cuaderno debajo del brazo/ nos saludan con sus mangas rotas. ¿Quieres que te lea mi Epigrama a Bernardo Reyes. ¿Sabes quién es? Un gordo, chaparrito. Me asalta duda lacerante/ frente a tan reducido ente/ embajador tan competente/ y personilla tan pedante./ Es de los reyes descendiente/ eso lo sé; ¡pero no atino/ si será de Alfonso sobrino/ o sencillamente sobrante.

–¡Ay pobre! Entonces eras un niño triste.

–Sí, ¿por qué te llama la atención? Era un niño demasiado protegido, aislado de los demás, solo en un jardín. Mi padre murió. ¿No has leído Epifanía? Salvador Elizondo dijo que era mi mejor poema: Un domingo/ Epifanía no volvió más a la casa./ Yo sorprendí conversaciones/ en que contaban que un hombre se la había robado/ y luego interrogando a las criadas,/ averigüe que se la había llevado a un cuarto./No supe nunca dónde estaba ese cuarto/ pero lo imaginé, frío, sin muebles,/ con el piso de tierra húmeda/ y una sola puerta a la calle./ Cuando yo pensaba en ese cuarto/ no veía a nadie en él./ Epifanía volvió una tarde/ y yo la perseguí por el jardín/ rogándole que me dijera qué le había hecho el hombre/ porque mi cuarto estaba vacío/ como una caja sin sorpresas./ Epifanía reía y corría/ y al fin abrió la puerta/ y dejó que la calle entrara en el jardín.

–Oye, Salvador, ¿y ahora tu cuarto sigue vacío como una caja sin sorpresas?

–No, ahora está lleno de sorpresas. No tengo hora para escribir. No se tienen horas para el parto. Me sobreviene el parto a medianoche, a medianoche escribo. Los versos sí se pueden escribir a cualquier hora, la poesía no. No desprecio los versos, pero digo que sólo se necesita oficio para ponerse a hacerlos. Hago muchos. Ahorita mismo puedo leerte unos; son divertidos, yo me divierto haciéndolos, pero no son poesía.

–Alguna vez me dijeron Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco que tus sonetos eran de una lucidez aterradora.

–Sí, sí, son como de Quevedo. Los hice a los 20 años. Siempre a los 20 años hace uno esas cosas. Me divierto mucho. ¡Es una forma de reírse, a costa de los demás y a costa de sí mismo, porque recuerda que hice muchos en contra de mí mismo! Ahora ya no los hago.

–¿Por qué? ¿Ahora eres más bueno?

–No, claro que no.

–¿Eres igual de malo?

–Sí, soy muy malo. Bueno, soy menos irritable. Aguanto un poco mejor la estupidez humana, pero no mucho. Al mismo tiempo que mandaba el soneto de Año Nuevo, mandaba otro privado, muy grosero, groserísimo. Un año le mandé uno a Alfonso Reyes, y él me envió otro, que es probablemente una de las últimas cosas que escribió, el 11 de diciembre de 1959. Durante tres años mandé sonetos groseros, ya después no. Mira, ahorita acabo de mandar traer una corbata negra porque tengo que ir a Félix Cuevas. Murió la mamá de Miguel León Portilla. Quiero ir a verlo. Todas las mañanas o casi todas camino en los Viveros, pero me interrumpen…

–¿Te pesa la celebridad?

–Cuando me preguntan: ¿Es usted Salvador Novo? respondo: ¡Pues qué remedio tengo! Ay, ¿no me puede dar su autógrafo? Mientras no sea en un cheque. Después me envían a sus niños para que los salude. Los niños vienen hacia la banca, se me quedan viendo. Firmo otros autógrafos, y cuando se ha cumplido la media hora de ejercicio diario, salgo de los Viveros.

–Con tu fama a cuestas.

–Y mis emociones. Porque son más los sobresaltos y los sustos que el ejercicio. Y el teléfono. Entre las cosas que tengo programadas para hoy está la cena de la Cruz Roja, a las ocho, cena sentados con tarjeta, y todas las ceremonias que suscita mi sola presencia… Si me invitan por teléfono tengo posibilidad de negarme. No puedo, no es posible. Yo no preví que fuera a perjudicarlos en tal forma. Lo siento muchísimo. Bueno, quizá pueda ir. Tengo mi chofer esperándome y quizá pueda salir de la cena de la Cruz Roja a las nueve y media para ir a Bellas Artes. No preví que iba a tener tanta importancia mi presencia. ¡Ah, si va Pellicer, pues con él tienen la estrellota, porque yo no puedo violentarme en esa forma! Perdónenme y denle toda clase de excusas a los organizadores del homenaje a Amado Nervo (cuelga el teléfono). ¡Fíjate, una ceremonia a Amado Nervo en la Manuel M. Ponce! Pero yo no puedo fallarles a los de la Cruz Roja.

–Oye Salvador, ¿te tiene miedo la gente?

–Pues una miedo y otra odio. Oscilo como Aristóteles entre el terror y la compasión. Espérame voy a tomar agua…

Por ese remolino de compromisos políticos Novo canjeó su admirable los que tenemos unas manos que no nos pertenecen/ grotescas para la caricia, inútiles para el taller o la azada/ por una mortífera venta al lodoso poder, pero la pureza de su prosa –salvada entre otros por Monsiváis– hace de él, como dijo Sergio González Rodríguez, un “provocador lúcido, un satírico radical, un perseguidor de la inteligencia maligna (…)”.