“Yo estoy aquí, mi vida es aquí”: Joy Laville

“Yo estoy aquí, mi vida es aquí”: Joy Laville

a Proceso en 2011

CIUDAD DE MÉXICO

(apro).-

Con motivo del deceso de la pintora Joy Laville, Proceso reproduce a continuación la entrevista Joy Laville para Premio Nacional: “Yo estoy aquí, mi vida es aquí”, publicada en 2011 por esta reportera en el número 1816.

En el texto, la pintora británico-mexicana relata su decisión de venir a México, cómo conoció a su esposo Jorge Ibargüengoitia y cómo se enteró de su candidatura y posterior obtención del Premio Nacional de Ciencias y Artes de ese año, en el cual fue apoyado por el escritor colombiano Gabriel García Márquez.

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JIUTEPEC, Mor.- Con rostro afable que apenas dibuja una sonrisa, Joy Laville pregunta a los reporteros de Proceso si habrá fotografías. Tras el sí, pide unos minutos para arreglarse. Lo hace discretamente pues no usa maquillaje y viste con sencillez. En realidad sólo se cambia la blusa con la que estaba trabajando en su más reciente cuadro, manchada de pintura, y hace un intento vano por limpiar los restos de óleo de sus manos.

La pintora nacida en la isla de Wigth, Inglaterra, el 8 de septiembre de 1923, ha sido propuesta por la Comisión de Cultura de la Cámara de Senadores, presidida por María Rojo, para el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2011 en el área de Bellas Artes. Su candidatura es respaldada por los senadores de la Comisión Magaly Ramírez, Carlos Osuna, Martha Leticia Sosa, Rosario Ibarra y Alberto Anaya, y por otros legisladores como Graco Ramírez y el exdiputado Javier González Garza.

Incluso un grupo de artistas e intelectuales ya dio su aval: entre ellos, Gabriel García Márquez, Enrique González Pedrero, Antonio Crestani, Mauricio Rocha, Alejandro Gómez de Tuddo, Verónica Ortiz y Cristina Faesler. Además, Elena Cepeda, secretaria de Cultura del gobierno de la Ciudad de México, y el promotor de arte Isaac Masri, director del Centro Cultural Estación Indianilla.

Arraigada en nuestro país desde los años cincuenta y naturalizada mexicana en 1986, la artista habla sobre el reconocimiento. Lo hace con mesura, mezclando algunas palabras en inglés con un español no muy fluido y con marcado acento británico.
Fue María Rojo quien la llamó para decirle que la propondrían al premio anual que entrega el titular del Ejecutivo. La candidatura la sorprendió por lo inesperado, pero se puso “más que contenta”, dice; “me dio mucho gusto”, y considera un honor si recibe ese reconocimiento.

En la oficina de la senadora integraron una carpeta con diversos textos, reseñas y noticias sobre la pintora, quien fue esposa del escritor y periodista guanajuatense Jorge Ibargüengoitia (1928-1983). En Letras Libres la crítica de arte Lelia Driben la calificó en diciembre de 2003, cuando la artista cumplió 80 años, como “pintora de la levedad”. Se le ha considerado la pintora de los tonos pastel, y su esposo la describió como una artista “sin trucos, sin moda, sin doctrina”.

Antes de su llegada a México en 1956, estudió algo de pintura en la ciudad de York, en Inglaterra. Pero es en San Miguel de Allende, en el Instituto Allende, donde comienza formalmente su preparación. Venía de Canadá, donde vivió con su primer esposo, Kenneth Rowe, artillero de la Fuerza Aérea canadiense, según consigna la periodista Silvia Cherem en Trazos y revelaciones. Entrevistas a diez artistas mexicanos.

Relata a este semanario que fue en México cuando decidió estudiar en serio; entonces era “un poco vieja, porque tenía 33 años y la mayoría de los estudiantes estaban en sus 20”.

Entre sus maestros recuerda a James Pinto como el principal. En el Instituto Allende aprendió técnica, composición, manejo del color y, asegura, una parte crítica que fue una ayuda tremenda en su desarrollo. Vivió en San Miguel de 1956 a 1967, aunque no todo ese tiempo asistió a clases, ya que después de cuatro o cinco años comenzó a pintar de manera individual.

Recuerda que al arribar a México decidió ir a San Miguel, pues su hijo Trevor era pequeño, y “es un lugar muy bonito para un niño”. Fue hace más de 50 años y tenía pocos habitantes. Ahora reflexiona un poco más y cuenta que en realidad sabía poco de México cuando decidió venir:

“Casi nada… (se detiene un instante). Pensándolo bien era una tontería de mi parte llegar a un país completamente diferente. Había leído sobre México, pero francamente no tenía una idea para llegar aquí con un niño de cinco años, sin hablar el idioma, sin conocer a nadie. No era muy sensato de mi parte, pero ¡qué bueno que lo hice!”, concluye riendo.

En la librería El Colibrí, donde además de libros se vendía material para el arte, conoció a Ibargüengoitia.

Fue en la revista Vuelta No. 100, en el texto “Mujer pintando en cuarto azul”, donde el escritor relata el episodio. Inicialmente había visto su cuadro El retrato de Stanley, y poco después la vio a ella en San Miguel:

“Nuestro primer encuentro fue por causa de un pleito. Joy trabajaba en una librería y estaba encargado de formar una biblioteca. Nos mandaban los libros, pero no las facturas, por lo que un día hice el viaje a San Miguel para hacer una reclamación en serio. La dueña de la librería nos presentó (…) Estuvimos varias horas cotejando listas y cuando salimos no puedo decir que estuviéramos enamorados pero sí amarrados. Nos despedimos con la tranquilidad de quien se ha enfrentado a su destino.”

La vida en París

Se le pregunta qué le atrajo del escritor, qué quiere decir con “me cayó bien”.

–¡Ah sí, bueno! No lo conociste a él, tiene algo muy bueno, era muy diferente de mucha gente, era un hombre atractivo en su manera de pensar, de hablar. Bueno, me gustó. Me cayó maravillosamente bien.

Añade que él iba por algunas semanas a San Miguel. A veces ella iba al Distrito Federal hasta que finalmente se mudó con él. Vivían en Coyoacán pero decidieron vender su casa y viajar por el mundo. Estuvieron en Londres, Grecia, España y pensaban que volverían cuando ya estuvieran “viejitos, en silla de ruedas”. Finalmente, se establecieron en París por una sencilla razón:

“Ni él ni yo sabíamos manejar, entonces el sistema de transporte, el metro –¿tú lo conoces?– es maravilloso. Y bueno París es very ok, entonces decidimos quedarnos en París, rentamos un departamento amueblado, con muebles de un estilo que se llama Henry the Second, Enrique II, son grandes y pesados, un poco ‘toscos’, dicen.”

Se quedaron a vivir largo tiempo en París hasta que Ibargüengoitia murió el 27 de noviembre de 1983. Lo evoca:

“Iba a un congreso de intelectuales que organizó Gabriel García Márquez e invitó a Jorge. Él se fue solo porque íbamos a ir por unos meses a Colombia al año siguiente. Entonces yo me quedé en París, es cuando el avión cayó y se murió. Bueno, murió mucha gente. Fue en Barajas, en Madrid… El avión despegó en Frankfurt, iba a París, Madrid y después a Bogotá, pero cayó en Madrid, no llegó a Bogotá.”

–¿En qué zona de la ciudad de París vivían?

–En el XVI, que antes era lo más elegante, antes (repite sonriendo), pero era un París muy bonito, con el Metro y a Jorge le gustó mucho. Le encantaba caminar, y caminaba; yo soy de taxis. París era bueno para muchas cosas. El cine, el cine es maravilloso, bueno, también la comida. Yo no soy epicureana, pero a Jorge le gustaba mucho comer y era buen cocinero.

“Sí, a veces yo, a veces él, porque a mí me aburre cocinar, pero a él le encantaba y era muy venturoso como cocinero, era…”
Se interrumpe de pronto y dice que ha hablado tanto que va a “llenar dos semanas de Proceso”.

Hubo gente que la apoyó para su naturalización, entre ellos la esposa del entonces canciller Bernardo Sepúlveda Amor.

–¿Pensaría en volver a Inglaterra?

–¡Oh no! Aquí estoy bien, ya soy radicada.

Cuando Ibargüengoitia murió, ella se quedó en París por un año y dejó de pintar. En noviembre de 1984 vino para buscar una casa cerca de Cuernavaca y le propusieron una exposición en el Museo del Palacio de Bellas Artes. Así volvió a México y a la pintura y aseguró entonces (Proceso, 450):

“Soy una pintora mexicana. Empecé a pintar aquí en México. En Inglaterra llegué a hacerlo en forma esporádica, pero fue aquí cuando lo hice formalmente”.

La entonces directora del recinto, Miriam Káiser, dijo también:

“Es una pintora mexicana porque empezó a hacer su arte aquí y lo que más aborda son los paisajes de San Miguel de Allende, de Baja California, con un lenguaje, color y estilo tan personal que todo mundo puede encontrar”.

En su texto en Letras Libres, Driben refiere que quizá haya en la obra de Joy Laville el recuerdo de su lugar de origen, pero en realidad considera que es difícil ubicar su creación pues tiene “la gran virtud de no parecerse a ninguna otra”.

–¿Hay nostalgia por su tierra en su obra?

–¿Nostalgia? ¡No! No tengo nostalgia, tengo una afección por supuesto pero no creo que sea nostalgia, no me hace falta.

–¿Realmente se asimiló, no se ha sentido extranjera?

–Bueno, no me siento completamente asimilada pero me gusta pensar que aquí es mi lugar, que yo escogí, bueno, quizá suena demasiado… Pero francamente es así, yo estoy aquí, mi vida es aquí.
Los cuadros que cuelgan en las paredes de su sala son prácticamente todos de su autoría: “Quizá es un complejo de Narciso”.

Pero hay un antiguo retrato sobre la chimenea “es de una tataratía de Jorge, ella es una Ibargüengoitia pero de mucho tiempo antes, es un cuadro muy bonito”.

En su obra no hay colores intensos. Ella se distingue por usar tonalidades muy suaves, y afirma que no le interesa cambiar pues sería “falso”, sin embargo sí reconoce que los paisajes mexicanos están presentes en su obra. Llama la atención sobre un cuadro donde se ve a dos mujeres caminando:

“Es mi mamá y mi abuela, pero no pude resistir poner unas palmeras. Eso es en Inglaterra, pero puse palmeras”.

–Usted no ha sido parte de movimientos o de escuelas ¿su pintura ha sido más más individualista?

–Creo que sí. Nunca he sido parte de una escuela.

–¿Encontró su propio estilo?

–Sí, yo creo que sí, no creo que pinte como otra persona.

–¿Fue resultado de una búsqueda?

–No, las cosas ocurren. Es como encontrar tu esposo, tu amor, no buscas, sí buscas con quién vas a salir (ríe de nuevo), pero no tu esposo. Eso se hace durante el desarrollo de los años, pero no puedo decir exactamente cuándo y no cambio, a veces me gustaría cambiar, pero si hago algo muy diferente es falso y me siento inquieta.

Es sabido que pinta todos los días, y lo reitera. Hasta sábados y domingos. Luego, confiesa, le gusta tomar una larga siesta por las tardes. Sin duda –se le comenta– el clima templado de Cuernavaca se presta para ello.

“¡Ah sí! Me gusta esta parte de Cuernavaca, Jiutepec. Es muy distinto de México, pero cuando vivimos en Coyoacán estuve muy contenta también”.

–Conserva mucho de lo tradicional.

–Bueno, Coyoacán sí, pero no tiene sabor de pueblo, es parte de la ciudad. No sé si conocen esta parte, si van a lugares cerquita como al centro de Jiutepec, tiene el sabor de pueblo todavía, Cuautla también… Hay muchas partes de México como Oaxaca, a pesar de que es grande tiene algo de pueblo, es muy bello… Viajar en México e ir a esos lugarcitos es maravilloso.

–¿Cuando viaja, pinta a su regreso lo que ve?

–Ciertas cosas, recuerdo la primera ocasión cuando Jorge y yo fuimos a Baja California, era completamente diferente, me impresionó muchísimo.

Ibargüengoitia consideraba:

“Los cuadros de Joy Laville no son simbólicos, ni alegóricos, ni realistas. Son como una ventana a un mundo misteriosamente familiar; son enigmas que no es necesario resolver, pero que es interesante percibir. El mundo que representan no es angustiado, ni agustioso, sino alegre, sensual, ligeramente melancólico, un poco cómico. Es el mundo interior de un artista que está en buenas relaciones con la naturaleza”.

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