{"id":15085,"date":"2020-03-02T13:38:11","date_gmt":"2020-03-02T19:38:11","guid":{"rendered":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=15085"},"modified":"2020-03-02T13:38:11","modified_gmt":"2020-03-02T19:38:11","slug":"las-masculinidades","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=15085","title":{"rendered":"Las masculinidades"},"content":{"rendered":"<p>(Proceso).-<\/p>\n<p>1. Mi padre naci\u00f3 cuando el t\u00e9rmino masculinidad hab\u00eda sustituido a \u201chombr\u00eda\u201d. Este cambio signific\u00f3 todo para su generaci\u00f3n porque, en vez de que ciertos comportamientos fueran exclusivos de algunos patriarcas, militares, revolucionarios \u2013\u201cla hombr\u00eda\u201d\u2013, ahora la masculinidad estaba dada por la biolog\u00eda. Era esa esencia incontestable de \u201clo natural\u201d lo que hac\u00eda la cultura y determinaba \u201clo social\u201d. La biolog\u00eda no era una forma cultural de ordenarnos en categor\u00edas, sino una ciencia neutral. Nada de neutral tiene que se represente a los espermatozoides como guerreros que compiten por conquistar al pasivo \u00f3vulo o que la lactancia en las hembras quiera decir que su papel social es el de nutrir, cuidar, conservar. Cuando sacamos conclusiones morales de \u201clo natural\u201d usamos el discurso cient\u00edfico para legitimar las desigualdades. Si s\u00f3lo hay dos sexos, los dem\u00e1s g\u00e9neros no son \u201cnaturales\u201d. Si existe algo esencialmente malo en los hombres \u2013la testosterona, ese elixir m\u00e1gico de la violencia y la agresi\u00f3n\u2013, entonces habr\u00eda que matarlos a todos. Si existe algo biol\u00f3gicamente distinto en las mujeres \u2013embarazarse\u2013, entonces su lugar es, como aseguran los cat\u00f3licos de derecha, la cama y la cocina. Yo, con el Lawrence Durrell de El cuarteto de Alejandr\u00eda, me inclino a pensar que los sexos son m\u00e1s de seis.<\/p>\n<p>2. Crec\u00ed con las im\u00e1genes de la biolog\u00eda sobre los sexos. S\u00f3lo eran dos: macho y hembra. Y, al contrario de lo que la ciencia dec\u00eda en el siglo XVIII \u2013que los \u00f3rganos reproductivos del hombre eran los mismos que los de la mujer, nada m\u00e1s que por fuera\u2013 ahora lo binario se presentaba como un imperativo: si usted es var\u00f3n, entonces debe ser masculino. El \u201cdebe\u201d hizo de todo el asunto una prescripci\u00f3n, m\u00e1s que una descripci\u00f3n: el hombre masculino \u2013g\u00f3nadas y g\u00e9nero en un s\u00f3lo archivero\u2013 es, vamos a ver: contener la emoci\u00f3n, aguantar la adversidad, no manifestar dolor ni alegr\u00eda \u2013los tipos duros no bailan\u2013, salir airoso de un conflicto, conquistar. El derecho a dirigir se legitima con un discurso cient\u00edfico: la testosterona no argumenta su propensi\u00f3n a la acci\u00f3n violenta y los miles de espermatozoides discuten la necesidad de pre\u00f1ar a cuanta mujer se les cruce en el camino. Esa construcci\u00f3n cultural \u201ccient\u00edfica\u201d se ha ido matizando cuando se descubri\u00f3 que la testosterona se genera despu\u00e9s de que se ha decidido emprender una acci\u00f3n violenta, y que el n\u00famero de espermatozoides realmente no se comportan como una horda de galos tratando de entrar a Roma. Todas esas son met\u00e1foras sociales que han legitimado la dominaci\u00f3n de los hombres \u2013como g\u00f3nada\u2013 sobre las mujeres pasivas, cuidadoras, pacientes, est\u00e1n presentes cuando se debate p\u00fablicamente sobre temas tan distintos y, a la vez, conectados como fueron la semana pasada los feminicidios, el acoso sexual, la violencia dom\u00e9stica y la falta de oportunidades iguales. Esencialistas son las que nos proh\u00edben a los hombres hablar de feminismo. Nom\u00e1s porque ellas creen en que el sexo es binario y definitorio de lo que uno piensa. Refuerzan con ello el argumento de que hay algo \u201cinherente\u201d en nuestros cuerpos, por lo tanto, las desigualdades, las jerarqu\u00edas sociales y la dominaci\u00f3n ser\u00edan naturales.<\/p>\n<p>3. Soy de una generaci\u00f3n que vivi\u00f3, como todas las anteriores, sin saber si la masculinidad era una descripci\u00f3n de una identidad o una prescripci\u00f3n de lo que los dem\u00e1s esperaban que hici\u00e9ramos: pistolas, cerveza, corbatas, carne roja, herramientas, musculatura, matar insectos, abrir un frasco, ligarse a muchas, no comprometerse con ninguna. Esa masculinidad de inicios de los ochenta crey\u00f3 que, para ser masculino, uno deb\u00eda tener \u00e9xito, estatus, poder y riquezas; en lo privado, ser emocionalmente estoico, no perder la compostura con el dolor, la ira y ante el peligro. Ser agresivo y participar de retos f\u00edsicos te confirmaba como adherido al patr\u00f3n de la normalidad masculina. Pero, a mediados de esa d\u00e9cada, textos como los de Raewyn Connell de G\u00e9nero y poder, me dieron un respiro: la prescripci\u00f3n inalcanzable no era s\u00f3lo un problema m\u00edo, de ese adolescente flaco, t\u00edmido, al que no le gustaron nunca los autom\u00f3viles y que sab\u00eda cocinar. Pero el problema no era s\u00f3lo individual \u2013que yo fuera m\u00e1s o menos dominante\u2013 sino de un verdadero r\u00e9gimen de dominaci\u00f3n de un g\u00e9nero sobre los otros. De la jerarqu\u00eda de los poderes dentro de las masculinidades, yo me encontraba en el pen\u00faltimo y esa posici\u00f3n no era renunciable por voluntad propia, era todo un sistema, un r\u00e9gimen de comportamientos, relaciones, expectativas y, sobre todo, de ganancias.<\/p>\n<p>4. Seg\u00fan Connell hab\u00eda: a) masculinidad hegem\u00f3nica; b) subordinada; c) c\u00f3mplice; y d) marginada. Sin estar determinadas por la clase y la raza, los otros dos reg\u00edmenes de desigualdad brutales, no eran individuos sino instituciones las que generaban tanta toxicidad: la familia, que por lo visto ha fracasado en no generar violentos y hasta psic\u00f3patas, la escuela, la religi\u00f3n, el servicio militar y los medios masivos de comunicaci\u00f3n. En la hegem\u00f3nica, la ganancia de esa estructura de poder era, desde un mejor salario y posici\u00f3n laboral, hasta la seguridad sobre la integridad corporal, la autoridad, el respeto y el reconocimiento casi garantizados. Los \u201csubordinados\u201d eran los que no ten\u00edan tanto estatus, poder e influencia, porque ten\u00edan en sus comportamientos e identidades sociales algunos de los s\u00edmbolos que la masculinidad hegem\u00f3nica expulsa: feminidad, gusto por las artes, no ser fuerte f\u00edsica y emocionalmente. Pero luego ven\u00edan tipos como yo, los que son c\u00f3mplices. Entend\u00ed que, sin estar voluntariamente inmerso en la subordinaci\u00f3n de las mujeres, me beneficiaba de ello al ser aplaudido, por ejemplo, por \u201csensible\u201d, \u201cescuchar\u201d, \u201ccooperar\u201d en las tareas dom\u00e9sticas y de cuidados. Mismo reconocimiento que no se les da a las mujeres porque se cree que es su obligaci\u00f3n \u201cnatural\u201d, por el esencialismo biologizante. Los \u201cmarginados\u201d, por su parte, ven\u00edan de desigualdades de color de piel y de clase social y, aun as\u00ed, aunque aplastados por el macho hegem\u00f3nico, segu\u00edan veng\u00e1ndose en sus propias parejas, hermanas, hijas. Su situaci\u00f3n era parecida a la de las mujeres-femeninas c\u00f3mplices, que, al aceptar la subordinaci\u00f3n, se acomodan a los intereses y deseos de los hombres-masculinos-hegem\u00f3nicos y se benefician. Son como las secretarias que le tend\u00edan trampas a las v\u00edctimas de violaci\u00f3n de Harvey Weinstein en el cine, y Roger Ailes en los noticiarios de la televisi\u00f3n.<\/p>\n<p>5. El menos visible siempre es quien se beneficia de un privilegio. Ser hombre es no estar consciente de las ventajas laborales frente a las mujeres, de la sensaci\u00f3n de libertad y seguridad en las calles \u2013no en todas\u2013, o de confianza en las deformidades de nuestros cuerpos. Las mujeres no son tratadas con igualdad en la econom\u00eda, ni en los espacios p\u00fablicos, ni en lo simb\u00f3lico. Pero ello es una construcci\u00f3n social y tiene una historia. No es un asunto de \u201cun tipo\u201d de hombres-masculinos \u2013los c\u00e9lebres \u201convres\u201d\u2013 sino de un arreglo institucional de relaciones de g\u00e9neros que van configurando nuestras pr\u00e1cticas y comportamientos, identidades e intimidades. Los seis sexos de Alejandr\u00eda se van confrontando y cambian sus expectativas en el camino.<\/p>\n<p>6. Nuestras masculinidades imperantes se fundaron en arquetipos que siguen actuando: el Pancho Villa del cine y la figura del narcotraficante son normativas para muchos. Otra hegem\u00f3nica es la del hombre de negocios que conquista a la competencia y tiene derecho sobre el cuerpo de las mujeres como bot\u00edn de su riesgo. Esto engendra instituciones que las validan, que dudan de las v\u00edctimas, que sospechan de sus dichos y motivos, y que acaban por desde\u00f1ar un delito porque se da en las circunstancias de la dominaci\u00f3n de un g\u00e9nero sobre los otros. Como sociedad debemos preguntarnos qu\u00e9 tipo de masculinidad estamos alentando en los medios, los juzgados, las familias, las escuelas, las iglesias y las comunidades. Hemos llegado al asesinato diario de mujeres. No se puede tener una mayor alerta institucional.<\/p>\n<p>Este texto se public\u00f3 el 23 de febrero de 2020 en la edici\u00f3n 2260 de la revista Proceso<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>(Proceso).- 1. Mi padre naci\u00f3 cuando el t\u00e9rmino masculinidad hab\u00eda sustituido a \u201chombr\u00eda\u201d. 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