Mueren los dioses

Mueren los dioses

Los Dominicos en Oaxaca

Como era natural los misioneros se ingeniaron para descubrir las guaridas de los dioses, sorprender a los indios en sus cultos y destruir sus falsas divinidades.

 

 

Dicen que esos misioneros dominicos recorrieron las montañas de Oaxaca, todos los barrancos, hablaron a los pobladores inmemoriales de estas tierras, en sus  más de 20 lenguas y levantaron templos, a los nuevos dioses por todas partes y después de cincuenta años de hacerlo, los indios resistían.

 

 

 

Eran tan nobles los dioses que adoraban los pueblos de estos contornos, que al dios de Achiutla, el mismo Moctezuma preguntó, por medio de su sacerdote, la suerte que su pueblo correría con la llegada de los españoles. Contestó que se adueñarían y dominarían sus tierras.

 

 

Ante el peligro los dioses se refugiaron en cuevas y en ermitas cubiertas de paja, donde acudía la gente a orar. Las codornices, las palomas y los venados aran las ofrendas. En Telantongo, antigua fortaleza militar, cercana a Yanhuitlán, también resistían.

 

 

Apenas hay recuerdos de aquellas túnicas bordadas maravillosamente con formas de pájaros y de otros animales, que los sacerdotes mixtecos vestían, estaban siempre mitrados y calzados, con hilos de colores hilaban sus ropajes.

 

 

Los sacerdotes  sabían de memoria la historia de los pueblos, el nombre da cada uno de sus dioses y escribían sobre telas hechas de corteza de árboles, de los que se dan en tierra caliente, en escritura tan abreviada que en una hoja podían expresar lugar y sitio, provincia, año, mes y día, de un acontecimiento, dicen los cronistas.

 

 

 

Muchos humos de gran variedad de gomas y destilaciones aromáticas, rodearon siempre la morada de los dioses en Mitla, Teotitlán, Achiutla y Teitipac, panteones de estos pueblos.

 

 

 

La destrucción de los antiguos dioses, fue obra lenta y penosa para los misioneros dominicos. Apenas advirtieron los indios la energía con que perseguían a sus dioses, los escondieron en cuevas inaccesibles, los enterraban, los emparedaban en los lugares más recónditos. Había la esperanza de que los españoles volvieran a su tierra, era cuestión de tiempo.

 

 

Oaxaca, con más de 94 mil kilómetros cuadrados de extensión, con su sierra del sur en la parte meridional, al norte la sierra madre, la zona del Istmo de Tehuantepec, Los valles centrales, Etla, Tlacolula, Zimatlán, Ejutla, Miahuatlán, Las Planicies de Sotavento y la mar del sur. A todas partes llegaron los dominicos, en todas partes los dioses se ocultaron.

 

 

El invasor abre un camino real de México a Guatemala, a su paso por Oaxaca, van levantando los templos a los nuevos dioses, son fortalezas, – Huajuapan, Tamazulapan, tejupam, Yanhuitlán, Tlacolula, Totolapan, Jalpa, Nejapa, Tequistlán, Tehuantepec, Juchitán, Zanatepec, – este es el paso del invasor y su dios por tierras oaxaqueñas, rumbo al sur.

 

 

Aún así nunca se interrumpieron los cultos solemnes y secretos a los dioses mesoamericanos, hasta nuestros días. Eran dioses vencidos temporalmente.

 

 

En 1680, dice el cronista Burgoa: “Mucho que faltaba para que los indios fueran cristianos de fiar”, por otro lado a mediados del siglo XVlll, “El confesionario mixe” de Agustín Quintana, pregunta “¿Has venerado como Dios algún ídolo, piedra o árbol?, Mientras en Tehuantepec a Santa catalina, monja dominica y doctora de la Iglesia, se le confundía como a la Madre de los dioses y más de algún dios fue escondido “atrás de los altares”.

 

 

Dice Jean-Marié Le Clézio, “El silencio es inmenso, aterrorizante, envuelve al mundo indígena entre a 492 y 1550 y lo reduce a nada. En el espacio de una generación, estas culturas indígenas vivientes, diversificadas, heredadas de saberes y mitos tan antiguos como la historia del hombre, son condenadas y reducidas a polvo, a cenizas”.

 

 

Sigue la resistencia señala Robert Ricard cuando dice. “Los indios aceptaron fácilmente la parte exterior del cristianismo, ceremonia, imágenes, pero lo interior no lo han entendido”.

 

Sin embargo, para finales del siglo XVll cuenta Burgoa, que el culto a los dioses antiguos había desaparecido en su forma pública; Existían ya mas de cuarenta templos dominicos, las escuelas de música sacra florecían. De ellas salieron los organistas, bajones, cornetistas, chirimistas y otros, que hasta la fecha dan prestigio a los actuales capillos oaxaqueños.

 

 

Recuerdo la muerte,

Que nuestros padres, hermanos e hijos, han recibido

No les llegó porque debieran algo

Ni por alguna villanía

Sino por valor y honor

De nuestro valor y honor

De nuestro país y nación,

Por valor de nuestro imperio

 

                                              Tomado del Yaocuícatl

 

 

Entre tanto los dominicos pasaron de su primer convento en la entrada de Antequera, El Marquesado, a su convento grande de Santo Domingo, es 1595. Para ellos todo marchaba bien.

 

 

 

Ante tal avance, muchos pueblos abandonaron los sitios que habitaban y se remontaron a lugares de difícil acceso, para poder sobrevivir en libertad.

 

 

Las rebeliones siempre se dieron por motivos religiosos, dándose así un proceso de resistencia que dura hasta nuestros días, por medio del cumplimiento de “la costumbre” y el rechazo a las innovaciones, ejemplo de ello fueron los Chinantecos.

 

 

 

En todos los pueblos oaxaqueños, como en todo el país entero, se resiste creando la fórmula del sincretismo o más concretamente el concepto y las acciones de “La Costumbre”.

 

 

En 1535, Oaxaca era el centro político y social de la región. Para los españoles también fue el centro religioso y político de la región.

 

 

Nombraron a Juan López Zárate, como primer obispo de Antequera, pocos años después el Padre General de los frailes dominicos, Fray Francisco Romero, desde la ciudad de Bolonia decretaba en 1551: “Aceptamos la erección del Convento de Nuestro Padre Santo Domingo de la Villa de Antequera, lo erigimos Priorato, con todas las gracias y privilegios que gozan los demás conventos de la Orden y según los privilegios de dicha Provincia”.

 

 

Empezaron a llegar los frailes de coro, fundadores de dicho convento de Santo Domingo, El Grande, Fray Bernardo de Albuquerque, como prior, y Francisco Mayorga, Francisco Marín, Alonso de Santiago, Pedro García, Fernando Méndez, Pedro de Hinojosa, Juan de Córdoba, Juan de Alcázar, Bernardo Gómez, Francisco de Loaiza, Luis Regino, Francisco Murguía y Pedro Ríos como comunidad.

 

 

 

“En todos los caminos se encontraban a los dominicos, que como hormigas iban y venían, meditando siempre en al conversión y salvación de los nativos. Por todas partes se les veía estudiar con afán las lenguas aborígenes con la ilusión de poder adentrarse mejor en la psicología, costumbres y mentalidad de los nativos”. Nos cuenta el gran historiador, Fray Esteban Arroyo.

 

 

Para el año de 1592, ya con 54 fundaciones en la región, el Padre General de los dominicos, desde Venecia decretó la formación de la Provincia de San Hipólito Mártir, con sede en  Antequera.

 

 

Los paños de hilo de maguey, fueron siendo lentamente sustituidos por el algodón, las semillas de Castilla, como el trigo, el garbanzo y la lenteja, invadieron los campos oaxaqueños y mixtecos e hicieron de la grana la más fuerte industria local.

 

 

Aún así bien entrado el siglo XVll, nos narra Gay y también Burgoa, que en Tecomaxtlahuaca, se hacían sacrificios a los “ídolos” y se “Practicaban ceremonias” en el lugar.

 

 

En Justlahuaca, dice Francisco Burgoa, “ eran dados a la “idolatría”, aprovechando lo intrincado de los montes, practicaban “la superstición” y eran incrédulos”.

 

 

 

Señala además que por el rumbo mencionado se encontró tiempo después una cueva donde las estalactitas y las estalactitas formaban caprichosas figuras y de ”remotísimos” lugares y de diferentes “naciones” venían a rendir adoración a sus antiguos dioses, nunca olvidados del todo, dentro de esa cueva.

 

 

Por Jaltepec morían los mixtecos debido al sometimiento de trabajos forzados mientras orgullosos, los de Tilantongo, decíanse proceder de árboles corpulento, de los que había en Apoala, todos ellos se dispersaron por toda la región.

 

 

 

Dos dioses de Yanhuitlán, Huacusacho y Huahuiscuchu se mantuvieron en sus cúes por mucho tiempo después de la llegada de los españoles. Bendijeron a su pueblo, porque de esa región salió el arte, la ciencia y los negocios de la Mixteca, hasta que poco a poco se fueron escondiendo junto con sus bendiciones.

 

 

 

Los zapotecos de la Sierra y los Valles, lugar donde florece la metáfora, dominadores de los Mixes, Chontales, Zoques, Huaves, contaban con una cosmogonía rica en dioses, siempre tuvieron para ellos sacrificios solemnes, después de la llegada de los europeos, como dicen los cronistas de la época “en cavernas y montes, en los mayores retiros y soledades”.

 

 

 

Bien vale la pena recordar que en Mixtepec y Cojonos, los indios tardaron más en llevar sus dioses a los escondites, como prueba de su resistencia a la invasión ideológica a la que también fueron sometidos.

 

 

El fin había llegado. Desde el actual San Francisco del Mar, el gran sacerdote y monarca de Tehuantepec habló a su pueblo, una vez que hubo consultado a sus dioses diciendo: “Hijos míos, me acaba de comunicar el gran dios, que ha llegado el tiempo en que lo han de echar de esta tierra, porque vendrán sus enemigos, de donde nace el sol y cuyas fuerzas no podrán resistir estos reinos y nos sujetarán miserablemente”.

 

 

 

Oaxaca como parte de Mesoamérica, es también parte de una de las pocas civilizaciones originales que ha creado la humanidad a lo largo de toda su historia como tal, aquí encaja muy bien la teoría de Guillermo Bonfil Batalla, sobre “una civilización negada”.

 

 

 

Se debe de tener en cuenta para mayor valorizar a este pueblo, el brutal abatimiento de la población durante el siglo XVl, debido a las enfermedades antes desconocidas para los mesoamericanos, a las guerras constantes contra los invasores y sus aliados y a las duras condiciones de trabajo impuestas, que condujeron a la desaparición de pueblos enteros y al despoblamiento de sitios antes habitados. 

 

 

 

“La fuga a los montes fue numerosa” nos dice Robert Ricard, “los juzgaban irracionales, brutos” nos dice Francisco Burgoa, “de nuevo volvieron a sus ídolos cuenta el fraile dominico Gonzalo Guerrero.

 

 

“La frágil convicción de los indios es ver que con su conversión, lejos de mejorar su suerte, empeora, como si dios hubiera ordenado la conquista y rendición de estos reinos, solo para el desgarro de inhumanas demasías…».

 

 

 

De esta manera fueron muriendo los dioses de los pueblos que habitaban las sierras, los valles y los mares, oaxaqueños, mientras otros dioses iban entrando a los nuevos templos, levantados a todo lo ancho y largo del territorio oaxaqueño, formándose un sincretismo religioso, rico en manifestaciones, ceremonias y fiestas.

 

 

Se aminoró el dolor cuando la música, junto con el alimento, el maíz, el fríjol, la calabaza y el chile, “La Costumbre”, todo unido, sigue dando sentido a lo largo del ciclo vital a los ahora llamados indígenas.

 

 

 

Las ruinas o lo que queda de las ciudades  de Mitla y Monte Albán, hablan con elocuencia del conocimiento sobre arquitectura, urbanismo, escritura matemática zapoteca, entre otros muchos conocimientos, de los “indios”.

 

 

 

“Los Mixtecos poseían códices de piel de venado y jaguar, en los que anotaban los conocimientos más notables, como las uniones matrimoniales, las guerras, las dinastías, los personajes…”.

 

 

Los Zapotecos tenían mucho conocimiento de la medicina, de astronomía, de pintura y música”. Nos platica Esteban Arroyo O.P.

 

 

Con la llegada de los frailes dominicos a Oaxaca, al frente de ellos Fray Gonzalo Lucero, comienzan las grandes construcciones religiosas occidentales de la región, mientras que las grandes construcciones zapotecas, mixtecas y de otros grupos humanos mesoamericanos se van ocultando en forma de montículos o son destruidas.

 

Sobresalen por su importancia arquitectónica las edificaciones dominicas, hechas por manos de los oaxaqueños, como los conventos de Yanhuitlán, Teposcolula, Cuilapan, Tlacochahuaya, este último por ser de “estricta observancia” y desde luego, El Convento Grande de Santo Domingo, en la capital del estado.

 

 

 

Por la zona de la Mixteca, en Tlaxiaco, los indios levantaron el edificio de la iglesia, con bóveda con artesones de cantería, retablos primorosamente pintados “de vara y media”, una escultura de la Asunción, rodeada de ángeles, una campana gigantesca, que como dice el cronista Burgoa, “no se conoció otra mejor en todo el reino”. En ese lugar quedaron los restos del primer fraile dominico llegado a Oaxaca.

 

 

 

En Teposcolula los indios dejaron una construcción impresionante, La Capilla Abierta, considerada la de mejor arquitectura de México, además del templo y convento, que quizá sean lo mejor de Oaxaca.

 

 

 

Los testimonios de la creación de arte indígena sincretizado, quedan en las edificaciones de Tecomaxtlahuaca, Justlahuaca, Jaltepec, Tilantongo, Achiutla, Almoloya, Nochistlán, y otros más.

 

 

 

El convento de Yanhuitlán, está enclavado, en el corazón cultural de la Mixteca, quizá sea lo mejor en su género, de Oaxaca.

 

 

 

El templo tiene dos portadas una da al norte y otra al poniente, labradas con tanta habilidad que muestran certeramente el grado de avance de los mixtecos, en cuanto a talla en madera se refiere, lo mismo que a escultura, columnas, frisos, nichos y esculpido en cantera.

 

 

 

Los contrafuertes llegan a todo lo alto del templo, las paredes son de sillería labradas y junto con el ábside, dan la idea de una fortaleza, es de una sola nave, cinco bóvedas. El altar mayor y su retablo, es impresionantes,  en forma de caña, donde la pintura y la escultura se entremezclan, lo mismo columnas, que brisas y cornisas, en semi círculo.

 

 

 

El sagrario “es el más aseado y de mayor adorno que he visto en reino alguno”, aldabones de plata, cerradura llena de esmaltes de plata en forma de urna, cuatro columnas, los cuatro evangelistas y ábside sobredorado.

 

 

 

 

Existen altares colaterales, una capilla a Santo Domingo, con retablo dorado, sacristía cuadrada cubierta de artesones, capítulo o sepulcro, tiene bóveda de cañón pintada al temple, doseles y un retablo con El Desprendimiento. Un convento de dos plantas, cabeza de los 18 que existen en la zona.

 

 

En junio de 1529, es la llegada de los doctrineros dominicos a Oaxaca, fue el comienzo del fin de una época y de una civilización. La llegada “provisional” o temporal al templo de San Juan de Dios, en  Antequera, para salir de allí a un solar, ubicado ahora en las calles de Independencia, Armenta y López, Hidalgo y Fiallo, lugar donde se levantó el primer convento llamado de San Pablo, con el trabajo de indios mexicas, fue también el principio de todas las demás fundaciones dominicas, el brazo “civilizador” de un pueblo ya civilizado.

 

 

 

Así surgieron los conventos de Huitzo, Etla, Zahachila, Ocotlán, Mixtepec, Zimatlán, Zegache, Minas, Chichicapan, Tlalixtac, Cajonos, Villalta, Teitipac, Nejapan, Jalpa, Tehuantepec, Tequisitlán, Quiechapa, Tlaxcaltepec, San Francisco del Mar, Zanatepec, Totontepec, Choapan, Juquila, Quetzaltepec.

 

 

 

Sobre sale el convento de Cuilapan, en las faldas de la gran ciudad zapoteca, Monte Albán, donde el lego dominico fray Antonio de Barbosa, originario de Portugal imaginaría un proyecto arquitectónico, que aún en el estado en que se encuentra, se antoja excepcional. 26 años llevó levantar el convento y la parte de las dos iglesias, que nunca fueron terminadas.

 

 

 

“Angeles” llama Francisco Burgoa a los zapotecos que levantaron tan prodigioso edificio, para un dios desconocido para ellos.

 

 

 

La primera iglesia fue artesonada en cantería, repisa para el movimiento de los arcos, de medio ángulo circular, once principios de lacería, bóveda de arista, capilla. Es un templo inconcluso.

 

 

 

La segunda iglesia se intentó de orden catedralicia, siete arcos permanentemente abiertos, catorce capillas, tres naves separadas por columnas, un solo campanario, “Que rompía la quietud de las mañanas hasta Oaxaca·”, un convento fortaleza, patrono a Santiago Apóstol, siendo su primer prior, Fray Jerónimo Abrego.

 

 

 

En la Meca de los zapotecos, Teotitlán, lugar donde está dios, también se establecieron, los doctrineros dominicos españoles, ya que allí existía el santuario más venerado de los indios, visita obligada, lo mismo que a Mitla, allí levantaron un templo de piedra, cubierto de tijera y  un retablo dorado, lo mismo hicieron en Tlacolula, centro comercial de la zona.

 

 

 

En todos los edificios religiosos levantados por los dominicos durante los primeros cincuenta años de su llegada a Oaxaca, esta la mano y la ideología de los indios, en un rito de permanencia, en la concreción de La Costumbre, la nueva forma de relacionarse con lo sagrado y de permanecer como pueblo.

 

 

 

En Tlacochahuaya, los dominicos fieles a su tradición monástica, -ellos sí-, levantaron un convento de “observancia”, corto, encogido, lóbrego, angosto, bajo, se llamó San Jerónimo, bellamente pintado por  un indio llamado Arrúe. En este recinto el arte indígena aparece en todo su esplendor y contradice a sus detractores de época. Colores y figuras, donde se mezcla la nostalgia del recuerdo a los dioses y sus templos.

 

 

 

Para sobrevivir tenían que adaptarse e innovar. La grandiosidad de Tlacochahuaya lo demuestra. La resistencia entre los indios tomaba un nuevo rumbo, que se expresaba en el arte, como lo dijera Fernando Benites.

 

 

 

Su admirable cultura los entregaba indefensos a sus explotadores. Los animales, las plantas, los cielos y sus dioses, quedan representados con gran cuidado en todos los templos cristianos de la época. Los dioses no hablan más en zapoteco, hablan en un lenguaje no entendido.

 

 

 

En los indios hay algo distinto, algo nuevo y muy viejo, que no hemos logrado valorar, ni aprovechar debidamente. Nuestro país seguirá siendo de costumbres y mitos maravillosos. Dice Juan Rulfo.

 

 

 

Los elementos procedentes del viejo mundo, al entrar en contacto con tradiciones y formas de vida indígena, se adaptaron y adquirieron con frecuencia rasgos originalmente imprevisibles. La innegable fusión de elementos, mezcla aveces sutil de creencias y prácticas pre hispánicas, con la doctrina cristiana, predicada por los misioneros. Señala Miguel León Portilla.

 

 

 

 

Artículo Publicado

Diario «uno más uno»

Jueves 1 agosto de 1991

Año XlV núm.4940

Pags. 26 y 27

Sección: Ciencia y Cultura