Un libro llamado “La Vida” su testamento

 Un libro llamado “La Vida” su testamento

 El tema de la muerte nunca me importó tanto como ahora. No deja de ser melancólico e injusto que sólo recordemos a alguien porque la fecha en el calendario nos informa sobre el aniversario de su desaparición o llega la noticia urgente sobre su muerte. Hace un año el pasado 25 de septiembre falleció un amigo mío y de ustedes.

Aquí quiero rendirle mi humilde homenaje a un amigo que conocí en la Universidad Automa de Querétaro, específicamente en la Facultad de Sociología y desde entonces la amistad fue creciendo. Siempre lo sentí  cercano y siempre lo consideré un amigo.

Con su muerte nuestro mundo en la Secretaria de Gobierno ha perdido un gran analista y un gran profesional. Nos hablábamos a menudo en el trabajo. Días antes de su muerte estaba por viajar a Europa. Nueve horas de viaje nada más.

Mi  amigo  hace un año exactamente que murió entre las nueve y media y diez de la mañana en un terrible accidente de transito en la carretera que conduce a San Miguel de Allende, Gto. Maldita la hora. Maldito lugar.

Esta  infausta noticia nos  sorprendió a todos, hemos perdido a un amigo que apenas comenzaba su vida. Sus restos fueron velados en Funerales Modernos y se oficio una misa en la Iglesia de Santa Clara.

No contuve las lágrimas en su misa, estaba junto al río vegetal de la muerte y de la espera. No me pude contener en medio de la nada y dentro de un todo.

Al igual de Cristina, Lalo, Zamora, Fernández, sus hermanas y sus padres, su ex pareja. Debía ser así.

Su muerte nos sorprendió mucho a sus amigos y compañeros del trabajo. Entonces se me heló el alma. Por encima del murmullo de las lágrimas, una extraña calma se tendía, como quien toma una piedra y la lanza al agua. Ignoro los detalles de su muerte; cuando me sean revelados, he de rectificar y ampliar estas páginas. Por ahora, este resumen puede ser útil.

De algún modo, la naturaleza que nos rodeaba en la iglesia intentaba darme algún mensaje. ¡Qué familiar me resultaba todo aquello! Era como quedar atrancado en uno de los puntos en que las dos espirales de mi vida se encontraban: la vida y la muerte.

Busque rezar y lo fui haciendo con cierta dificultad debido a la falta de práctica religiosa. Pero a mi lado estaba chavita para poder continuar en el rezo. Hace tantos años que no entraba  a una iglesia. Y mucho menos a misa. Ahí estaba asistiendo a la misa de mi amigo. 

Ahí estaba la muerte, su muerte y lo que quedaba de él. Mi amigo quieto, ojos negros, pelo sin peinar, animal de costumbre imposibles de alcanzar, con una personalidad poco carismática. Pequeño y encorvado. Su llegada ahí en el ataúd se dio en medio del más profundo dolor.

Si me preguntan si le he visto muerto les diría que no, de hecho aún me esta criticando que leo muy despacio.

Son ecos de la vida que se fue y no hay redención alguna. Es difícil de explicar pero me remitiré al comienzo de todo para que puedan llegar a entenderlo.  

Un amigo que falleció acaba de cerrar el libro raro, extraño, nada lineal, paradójico.

El libro de la vida se llama. 

Para un amigo que falleció acaba de concluir una historia mientras el mundo corretea a los de acá afuera. ¿Afuera o adentro? Había jugado en su infancia por las calles de Valle Alameda donde le toco vivir etapas primordiales, como la infancia, la adolescencia, los primeros amores, los desencuentros iniciales, el corazón con la herida inaugural y tomado clases en la Secundaria Número Tres donde fue el Primer Presidente de la Sociedad de Alumnos, además de que fue muy elogiado por el maestro Rea y donde dejo escuela de grilleros.    

Un amigo que desapareció de la escena de la vida recorrerá paisajes y vidas, la suya propia, tan dada a ser entregada a  la lectura, guardada y compartida con unos cuantos apenas nada más. Sin más virtud que la de ser un apasionado a la lectura. Apasionado y apasionante leía y releía con una atención que jamás decaía. Era la única manera de que pudiera salvarse.  

Nunca fue pesado. Nunca choco un automóvil, ya que pensaba que iba conduciendo a ciento sesenta por hora, cuando en verdad iba a cuarenta. Un amigo que falleció quizá esté leyendo un libro más sin desespero, sin fastidio, sin final. ¿De qué, por qué, para qué? ¡Cuánto dolor e impotencia hay en el corazón!. Quizás no puede vivir en otra parte. Sin la lectura no concebía la vida. Lloviera, tronara o relampagueara leía. Su  vicio era la literatura, es lo único que le interesaba. Desde niño fue un devorador de libros. Leía como primer camino a las praderas del océano y a las tierras lejanas y familiares. ¿Qué voyerista satisfacción encontraba en la lectura?.  

Estudiante preocupado por los temas sociopolíticos, participo en muchos encuentros y congresos con o sin ingesta de alcohol.  Tenía una especie de fijación con la lectura; la veía como el preludio a la creación de un sistema democrático pero también creía que en este país ni la cultura ni la educación son vistas como prioridades.

No dijo que leer es tan necesario como respirar, porque ya lo han dicho muchos que, por lo visto, respiran mal, y porque no es tan cierto que digamos. De modo que esa era su pasión pero no su oficio, o es su oficio pero no su profesión.  

Leo luego existo. Claro que para él era sería pedante pero parece ser muy cierto acaso para justificar su delito de ser  prieto. A este amigo que falleció le encantaba la magia del rancho que la mayoría de la gente encuentra aburrido y de hecho lo convirtió en su lugar preferido de solaz. Este amigo que se nos adelanto a la salida de la vida disfrutaba de comprar perros y caballos y no tuvo el menor reparo en estudiar sociología.  

Pero la obra maestra de este amigo se encontraba en la oficina. Se emocionaba con todo el proceso de presentación de un análisis político para el Gobernador y cuando salía de ahí nos externaba de las felicitaciones que había recibido por su trabajo. Era como el artista que opina sobre una obra suya.            

Cada vez que iba a presentar un análisis se emocionaba, entusiasmaba, con una euforia fuera de sí. Nuestro amigo parecía sumido en un trance. En otros trabajos había sido innecesariamente cruel y malhumorado. Martín Rangel es ya casi el origen de una metonimia, porque decir su nombre es decir excelente trabajador con una pureza clínica, sin ambages, sin cortapisas, sin timoratas.  El ruido le ponía enfermo.  

En la universidad se ganó la fama de haber tenido novias bonitas a pesar de ser un hombre despiadado. Impopular por sus puntos de vista le llegaron a apodar El diablo. Su aspecto físico carecía por completo de la belleza clásica occidental. Era bajito, medio gordo con el pelo imposible de peinar. Muchas veces de camisa y traje pero sin corbata. Y encima se ponía unos sombreros rarísimos. Fue el pasado 25 de septiembre de 2007 cuando, a los cuarenta y cuatro años de edad y tras un accidente automovilístico, dejo de existir el sociólogo Martín Rangel. También estaba enfermo de diabetes pero acompañado todas las tardes con un helado de vainilla que no le caía nada mal porque a su lado tenía toda una farmacia antidiabética. Sinceramente yo tengo la idea que él no era diabético.  

Lector de El capital en el aula termino trabajando sin bronca en la Sria de Gobierno donde deja un hueco irreparable porque su personalidad era arrolladora.     

Cierta vez irrumpió en la oficina con una camisa decorada con peces que parecían atunes o salmones. En fin, que aquél que no lo recordara sería porque no se lo había cruzado jamás en su camino. ¿Qué fantasmas llevaba en el coco? Este amigo que falleció es posible que comprendiera y amara a los personajes de los libros leídos, pero ignoraba todos los refinamientos de la vida cotidiana. Ateo, un hombre sin más religión que la lectura. No le hacía falta mirarse a un espejo, ni tan siquiera el spray del pelo. Tenia por costumbre (costumbre que no deja de tener cierta dosis de crueldad) de leer a Poe, Stevenson, Whitman, Shakespeare, Keats, Verne, Villon, Hugo, Schwob…

Vivió regido por la estrella de la melancolía (y una ironía ácida). También fue lector de Marx, Foucault, Weber, Durkheim y Habermas.  

Dejo inconclusa la lectura de El Agente Secreto de Joseph Conrad. Dos que tres días antes de su fallecimiento coincidimos a la entrada de la Secretaria y me pregunto ¿qué lees?. Yo le conteste mostrándole la carátula del Agente Secreto de W. Somerset Maugham  

No chingues, te están robando mi libro.  

Yo le replique no mames Martín.

        
           
Cierto cabrón préstame el libro. Y zas se le cayeron los pantalones porque yo estaba leyendo a  W. Somerset Maugham . Así él ya ubicado me invito a su cubil para que me mostrara su lectura  entre tanto libro amontonado. Iba por la página 120 de un total de 300 y no lo había notado. Ya después conversamos sobre una y otra novela y me volvió a recalcar mi lectura lenta. Así comenzó nuestra despedida. La mejor vida es la que está hecha de despedidas. Después de todo, vivir no es otra cosa que prepararse para una despedida.
 

Pero no sólo de pan vive el hombre. Su gusto musical era extraño para los comunes mortales. Así una rola de los Beatles, luego una de Bach seguida por una de Pastorius, luego el lado A. “Long Distance”, de Yes, pero con interrupciones necesarias de Pink Floy, Zepelín y Hendrix. Incluso se le podían colar algunas rolas de la trova cubana.  

Y no fue lo único, si algún libro se llegaba a perder en la oficina, por lo general a mí, lo encontraba allá en el cubiculo de él. Y como no si solo muy pocos leen en la oficina. Digamos también, para seguir con el curso de este relato que este amigo que falleció era un intelectual que no sentía el menor interés por los deportes, y menos aún por el fútbol. Tampoco se desenvolvía bien en sociedad, y más bien despertaba antipatías su sola presencia.  

Con inconfesada y tal vez ignorada tristeza fusilaba con sus comentarios ácidos que era una más de sus partes vivas. Siempre que hacían preguntas salía bien parado. Le molestaba la estupidez.  Amó a muchas mujeres. Rentaba un  departamentito con su soledad. Un departamento viejo del Tepe, que más bien parecía una talabartería arriba de un mercado, con todos los olores, ruidos y sabores de éste. 

Augusto Sebastián García Ramírez 

Esta entrada fue publicada en Mundo.