Los Mundos imposibles de…

Ibargüengoitia un quijotesco inventor de mundos imposibles: Jorge F. Hernández

Divertido, lúdico, pero sobre todo antisolemne, resultó el Coloquio Jorge Ibargüeingoita, 80 años de su natalicio que, dentro del Festival Internacional Cervantino, se llevó a cabo en el Teatro Juárez, con la intervención de Hugo Hiriart, Brenda Lozano, Ignacio Padilla, Martín Solares, Jorge F. Hernández y Jorge Volpi como moderador.

El coloquio dio inicio con la proyección de un video que mostró fotografías del escritor guanajuatense, tomadas en diversas épocas de su vida, así como declaraciones sobre su obra de Carlos Monsiváis, Juan García Ponce, José de la Colina, Joy Laville, Manuel Felguérez y Enrique Krauze, quienes además de alabar su obra literaria, lo comparan con Cervantes, lo califican como un comedeógrafo frustrado y señalan que parte del valor de su trabajo literario, lo logró al integrar en su narrativa el elemento literario mexicano conocido como rascuachés.

Los escritores y ensayistas hicieron hincapié, – ante un público deseoso de conocer más sobre el escritor nacido en 1928 -, en la ironía, la crítica mordaz, su particular manera de abordar la realidad social y política del México que le tocó vivir, los años en que perteneció a los scouts y la destreza escritural con la que se adentró en diversos géneros literarios, como novelas, cuentos, piezas teatrales, artículos periodísticos y relatos infantiles.

Hugo Hiriart comenzó su intervención pidiéndole a los presentes que resolvieran varios enigmas en torno a Ibargüengoitia: ¿por qué escribió mejores textos sobre la Revolución Mexicana que sobre la Independencia?, ¿por qué siendo un hombre sincero, sarcástico y abruptamente directo, fue durante tres años alumnos de Rodolfo Usigli?, ¿Por qué se dedicó al teatro sin tener las facultades para hacerlo?, pero sobre todo, ¿Por qué lo abandonó?

Y el mismo Hiriart respondió este último enigma: al ser entrevistado por Elena Poniatowska, para Excélsior en 1961, Usigli no lo menciona al hablar sobre la dramaturgia del momento. Entonces, Ibargüengoitia -enfermo de ira y resentimiento- toma venganza y publica, para burlarse y vejar a su anterior maestro, una obra de teatro titulada No te achicopales Cacama, tragedia del Anáhuac en verso libre.

Jorge F. Hernández por su parte, luego de agradecerle al autor de Los pasos de López por su revelación de su irreverencia ante el pretérito y por haberle confirmado que todos los héroes se ven mejor sin el bronce de sus estatuas: que no todo lo grandote es grandioso, recordó anécdotas de su padre, amigo de la niñez de Ibargüengoitia, quien “señalaba con gracia las desgracias de los soberbios”. Dos crímenes, agregó, es una novela perfecta y Las muertas es tan obra maestra como Sangre fría, de Truman Capote”. Escribió con destreza y sin pedantería u oportunismo, era un cervantino por guanajuatense y un quijotesco inventor de mundos imposibles.

 

Martín Solares, antes de hacer una especie de performance apoyado por Volpi, aseguró que el escritor De estas ruinas que ves, posee una prosa corrosiva que enseña a no inflar las frases con retórica. “Ibargüengoitia escucha a sus personajes y les permite escuchar su visión de la vida, y en sus novelas, los únicos sabios son los ancianos, que saben qué hacer con su tiempo, y las mujeres apasionadas, que saben qué hacer con sus cuerpos”.

Mientras Brenda Lozano dijo que el creador de La ley de Herodes “recortó el idioma para ajustarlo a su voz”; habló de su poder imaginativo, de la voz propia que alcanzó en su prosa y afirmó que su uso de las palabras de acero desintegran la solemnidad. Ignacio Padilla aseguró que Ibargüengoitia amaba todo aquello de lo cual se burló y dijo que se necesita ser muy valiente para caricaturizar aquello que se ama.

 

El novelista, dramaturgo, cuentista, traductor, ensayista y periodista guanajuatense, considerado uno de los mejores escritores hispanoamericanos y quizá el único humorista de la literatura mexicana, abandonó su estado natal desde pequeño para trasladarse a la capital mexicana. Ingresó a la Facultad de Ingeniería de la UNAM, pero la abandonó para dedicarse a estudiar letras dramáticas en la Facultad de Filosofía y Letras de la misma casa de estudios. Ahí, tomó la clase de Teoría y Composición Dramática con Rodolfo Usigli, de la cual sería profesor más tarde. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores y de las fundaciones Rockefeller, Fairfield y Guggenheim.

Su crítica mordaz de la realidad social y política de México lo llevó a escribir en diversos géneros literarios como novelas, cuentos, piezas teatrales, artículos periodísticos y relatos infantiles. En 1962, publicó su primera obra, El atentado, con la que ganó el Premio Casa de las Américas, después volvería a hacerse acreedor a esta distinción por la novela Los relámpagos de agosto (1965), una sátira de la última fase de la Revolución Mexicana y de la conformación de la clase político-militar mexicana.

Más adelante escribiría otras novelas como Maten al león (1969), Estas ruinas que ves (1974), Dos crímenes (1974), Las muertas (1977) y Los pasos de López (1982). En el terreno del cuento publicó La ley de Herodes (1976), y entre sus piezas teatrales destacan Susana y los jóvenes (1954) y Clotilde en su casa (1955).

Su labor periodística para Excélsior y la revista Vuelta, que dirigía Octavio Paz, fue recopilada en Viajes a la América ignota (1972), Sálvese quien pueda (1975), Autopsias rápidas (1988) e Instrucciones para vivir en México (1990).

Cinco años después de haber recibido el Premio de Novela México por Estas ruinas…, se trasladó a vivir a París junto con su esposa, la pintora inglesa Joy Laville -quien ilustró las portadas de todos los libros que publicó en Joaquín Mortiz. En la capital francesa se dedicó a trabajar de manera muy intensa en la que sería su séptima novela, situada según se sabe en la época de Maximiliano y Carlota.

El 27 de noviembre de 1983, a la edad de 55 años, Jorge Ibargüengoitia murió en un trágico accidente aéreo en Mejorada del Campo, Madrid, en un avión que iba del aeropuerto Charles de Gaulle, París, a El Dorado, Bogotá. En el mismo vuelo viajaban los escritores Ángel Rama, Martha Traba y Manuel Scorza, quienes junto con él se dirigían al Primer Encuentro Hispanoamericano de Cultura convocado por Gabriel García Márquez, en la capital colombiana.

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