San Critóbal de Las Casas, un libro

Lanzan redición de San Cristóbal

de Las Casas, de Andrés Aubry

Registra la historia de la ciudad de 1528 a 1990

Javier Molina 

 

La Jornada

San Cristóbal de Las Casas, Chis., 30 de noviembre.

La segunda edición del libro San Cristóbal de Las Casas: su historia urbana, demográfica y monumental (1528-1990), escrito por Andrés Aubry y Angélica Inda, fue presentada en el Ex convento de Santo Domingo.

“Yo conocí a este matrimonio en las reuniones nacionales que organizó el Archivo General de la Nación a partir de 1979, y pudimos estrechar vínculos y amistad a lo largo de varios años de encuentros”, rememoró la doctora Stella María González, directora de Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México, quien auspició la edición de este libro, agotado desde hace varios años.

Reconoció también que bajo la dirección de ambos, el Archivo Histórico Diocesano de San Cristóbal tuvo una trayectoria importante. “Indudablemente, en el medio de los archivos fueron reconocidos como celosos guardianes del acervo documental, tan valioso como desconocido, y gracias a la labor de investigación que realizaron pudieron difundir de manera temática la rica historia resguardada en el archivo de esa diócesis.

“No hay otro interés –subrayó– que rescatar un trabajo histórico vigente, que como legado dejó Andrés Aubry a San Cristóbal de Las Casas, con el deseo de que sea conocido y apreciado mediante su historia.

“Su espíritu siempre fue que sus escritos se devolvieran al pueblo de una u otra manera, y es lo que estamos haciendo”, resumió en el acto Pablo Iribarren, actual responsable del Archivo Histórico Diocesano.

En la obra, publicada por Editorial Fray Bartolomé de Las Casas, Andrés Aubry presenta así la ciudad: “San Cristóbal de Las Casas es esta ciudad encantada que se construyó con la boñiga de caballo, la paja de trigo o la juncia de ocote; la clara de huevo y la viruta de pinabeto, como en los cuentos de hadas.

Estas materias primas insólitas conforman respectivamente el tejado, el adobe, el estuco y el tejamanil que identifican inconfundiblemente a la antañona ciudad. Pintores y poetas fuereños o locales, así como artesanos lugareños no menos artistas, se encariñaron con su tejido urbano y lo renovaron con sus creaciones”.

En el capítulo La gente, encontramos esta lúcida observación acerca de la existencia histórica de una ciudad: “Si un conjunto urbano-monumental sigue habitado por un volumen consistente de gente, es decir, por una población que sigue inyectándole vida, estamos históricamente en presencia de una ciudad. Dicho de otro modo, la pura aglutinación de habitantes en un mismo lugar tan sólo dibuja un fenómeno migratorio; pero cuando estos pobladores dejan allí una huella durable, visible, permanente, con los medios que sea, le dan una existencia histórica que se llama ciudad”.

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