El explorador de la conciencia histórica

La Jornada

José Narro Robles *

Con estas líneas rindo homenaje al doctor Miguel León- Portilla. Reconozco a La Jornada y a su directora por abrir este espacio. Desde hace tres días hemos quedado, colectivamente, en la orfandad. Ha muerto uno de nuestros grandes personajes nacionales. Un hombre pleno de cualidades y capacidades, un académico e intelectual de talla universal, un investigador prestigiado y maestro excepcional. Con su fallecimiento, todos perdimos: su familia, sus amigos y discípulos, la Universidad Nacional Autónoma de México, la cultura y las humanidades. También pierde la sociedad que ve disminuida la autoridad moral y la reserva ética de sus integrantes.

El doctor León-Portilla fue un historiador con reconocimiento en nuestro país e igualmente en el mundo entero. Trabajó arduamente en el rescate de nuestro pasado y en la defensa del patrimonio cultural que nos legaron otras generaciones, en particular las pertenecientes a los pueblos originarios. Sin embargo, nunca se desentendió de los problemas de la actualidad, como tampoco de las injusticias que cinco siglos después aún afectan a la población indígena de nuestro país y de otras latitudes.

Entendió los procesos que se gestaron en los orígenes de la nación y también la esencia y el significado del mestizaje. Comprendió el dolor generado por el encuentro de dos mundos y nunca justificó excesos, injusticias o barbarie de ningún tipo. Siempre actuó como un paladín de los pueblos prehispánicos, de su cultura y descendientes, lo hizo por más de cinco décadas a partir del estudio, la inteligencia y la razón, pero también de la ética, la justicia y la solidaridad.

Cada vez que se extraviaba el rumbo y se olvidaba o pretendía disminuir la importancia de la deuda histórica que tiene el país con la población indígena, surgían su voz contundente y su autoridad para regresarnos a la realidad; para defender a los excluidos de siempre, a los que ni siquiera protestan; para despertar nuestra memoria y actuar como conciencia del pasado. Por eso formó parte del liderazgo moral en nuestra colectividad, por ello, por mucho tiempo, se distinguió como partícipe del alma y la moral republicanas. Por eso nos duele tanto su fallecimiento y extrañaremos su presencia. Sólo nos consuela el ejemplo y la obra que nos deja.

Como universitario fue un radical íntegro y determinado. Siempre defendió los principios de la Universidad de México. Con ella se comprometió en todo momento y ahí se desarrolló y alcanzó los más altos honores. Fue siempre un maestro destacado y tuvo alumnos sobresalientes. Fue coloso de las humanidades y en particular gigante de la historia, la filosofía y la poesía prehispánicas. Desde la UNAM desarrolló sus capacidades de explorador de la conciencia histórica. Fue director del Instituto de Investigaciones Históricas, investigador emérito, miembro de la Junta de Gobierno y doctor honoris causa por nuestra institución y otra veintena de casas de estudio nacionales y extranjeras. El único poder al que aspiró lo obtuvo a cabalidad en el saber y el servir, y lo realizó en su universidad que hoy deplora su fallecimiento.

Como académico alcanzó las mayores consideraciones y por ello obtuvo las distinciones más apreciadas. Sin embargo, lo que más satisfacción le despertaba, era el reconocimiento de sus alumnos y el de los discípulos de ellos. Fue un divulgador sobresaliente, conferenciante admirado y, con trabajo, dedicación y enorme constancia, desarrolló una obra académica completa y original; de rescate y de actualidad; para los conocedores y para los interesados. Siempre actuó en los niveles más altos de la ética del auténtico universitario y por eso fue en todo momento querido, respetado y admirado. Su producción intelectual es simplemente impresionante. Sus más de mil publicaciones académicas y de divulgación así lo muestran. Su Visión de los vencidos lo hizo ser un verdadero vencedor. Esta obra cumbre, publicada por vez primera hace 60 años tiene 29 ediciones, varias reimpresiones y un tiraje acumulado que supera fácilmente los 600 mil ejemplares. Esta es una aportación mayor, pero no es la única. También destacan sus estudios sobre la filosofía y la poesía náhuatl, sobre Hernán Cortés, la Antigua California o los Cantares Mexicanos que contó con la colaboración de la doctora Guadalupe Curiel. Su obra está publicada en español, náhuatl, otomí y latín, al igual que en idiomas hablados en otros 20 países.

Como ser humano fue un integrador de la familia y un devoto de la amistad; un espléndido conversador, inteligente, lúcido y con un delicioso sentido del humor; una persona cercana a los grandes y a los modestos, que recibía, de todos ellos, afecto y respeto y conseguía algo que no es frecuente: actuar con sencillez y profundidad, sin soberbia o pedantería alguna. Perteneció a su tiempo, pero lo va a trascender. Fue un soñador y simultáneamente un realizador; un conocedor del pasado comprometido conel porvenir; un hombre consistente y siempre abierto al cambio; un sabio que atesoraba conocimiento pero que lo compartía con los demás. A León-Portilla lo entendí como uno maestros. Nunca tomé un curso con él, pero permanentemente recibí lecciones de su parte. Fue un amigo estimable y comprensivo, siempre dispuesto a escucharme y ayudarme. Recuerdo una ceremonia doliente, en 1985, después de los terremotos de septiembre, él habló y ayudó a rescatar el ánimo. Lo hizo invitándonos a recordar una frase inscrita en los muros del Museo Nacional de Antropología que recupera el orgullo y el poderoso pensamiento de nuestros predecesores y que hoy invoco para que tomemos fuerza: En tanto permanezca el mundo, no acabará la fama y la gloria de México-Tenochtitlan. Así, con él, mientras estemos nosotros y aquellos a los que les transmitamos la grandeza de León-Portilla, no terminarán su lustre y su renombre.

La grandeza del doctor sólo es superada por el cariño que muchos le profesamos. Por eso, a nuestro gran Tlatoani, al inmenso universitario, al arqueólogo del alma mexicana, al astrónomo escudriñador de la conciencia histórica, le expreso a nombre propio y de muchos otros, la gratitud más sincera por lo que hizo por nosotros y por todos: por los de ahora, los de antes y los que habrán de venir. Es un buen momento para recordar que con él hay una deuda impagable por su ejemplo de vida, por su compromiso con México y su gente, por ser uno de los grandes escultores de la identidad y el orgullo nacionales. Para el hombre de la juventud acumulada, un adiós emocionado lleno de gratitud, afecto y admiración.

* Ex Rector de la UNAM

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