Fabrizio Mejía Madrid

 

Volver los ojos a los estados: Mejía Madrid

Elena Poniatowska

Con un nombre Fabrizio, que nos remite a Rojo y negro, de Stendhal, Fabrizio Mejía Madrid escribe hoy en La Jornada. Aunque no fue seminarista, desde muy jovencito, se cubrió de honores ligados al heroísmo con sus crónicas sobre la realidad mexicana. Su agilidad de hombre bien informado nos ha regalado más de 20 libros entre crónicas, novelas y análisis políticos que han llegado a manos de muchos jóvenes lectores que a partir de su primer libro, Erótica nacional (1994), se convirtieron en sus fans y abarrotan sus conferencias.

A sus seguidores no nos cabe la menor duda de que su entrañable Viaje alrededor de mi padre, su Arde la calle, la novela de los ochenta y sus Disparos en la oscuridad, sobre el temible Gutiérrez Barrios, lo situaron en una zona de peligro. En años pasados, criticar al gobierno era sinónimo de persecución; si no, que lo diga doña Rosario Ibarra de Piedra.

Su agudeza y sentido del humor hicieron que otro gran cronista, el papá de los pollitos, Monsiváis, temiera por su vida. “De todos los que hacen crónica –me dijo Carlos– por quien más temo es por Fabrizio Mejía Madrid”.

En cuanto a mí, gracias a Fabrizio volví a leer a Hanna Arendt; al polaco KS Karol, quien vino a México con Rossana Rosanda, y a Jean Daniel, director del Nouvel Observateur. Monsiváis admiraba la forma de ver la vida de Fabrizio y, sobre todo, su sentido del humor. Nación tv, Esa luz que nos alumbra, Salida de emergencia y su estupenda Crónica de la victoria convencen por su veracidad y su forma de consignar las acciones y trampas de nuestros políticos. Monsiváis convirtió a Mejía Madrid en factor indispensable de la crónica, un género que triunfa sobre el cuento y la novela en el México de los pasados 20 años.

Su primera novela, Hombre al agua, obtuvo el premio Antonin Artaud en 2004, y lo acompañamos jubilosos a la embajada de Francia. Siempre dispuesto a caminar sobre la cuerda floja, leí con preocupación su novela sobre el temible Fernando Gutiérrez Barrios, a quien Elena Garro llamaba Mi d’Artagnan. A partir de ese momento, sus amigos y lectores supimos que nos encontrábamos no sólo ante un gran escritor, sino ante un hombre valiente. Gracias a su escritura, Mejía Madrid pasó muy pronto a pertenecer al círculo monsivaisiano, porque al igual que el cronista practicaba el nuevo periodismo que podría remontarse al New Journalism estadunidense.

–Fabrizio, cuando empezaste a escribir, ¿creíste que tu obra ingeniosa, humorística, de gran observador social, te llevaría a la política o ésta estuvo entre tus intenciones desde el primer momento?

–Tengo un recuerdo vago de escribir una novela a los ocho años en unas agendas de mis tías. Pero empecé a escribir cuentos, como muchos, después de leer los de Julio Cortázar y Edgar Allan Poe. Tenía esta idea de sentirme en El pozo y el péndulo, acostado en el piso del baño y viendo bajar la cuchilla que iba a matar al narrador preso por la Inquisición española. Afortunadamente, no queda evidencia alguna de mis primeros escritos. Tampoco guardo mis libros. De algunos no tengo ni un ejemplar y, cada cierto tiempo, tiro las computadoras con todo y archivos. A los 15 años empecé traduciendo artículos de la prensa estadunidense para el semanario Punto, que dirigía Miguel Ángel Granados Chapa, y me instalé en la escritura para diarios y revistas por la necesidad de ganar dinero en una casa en la que físicamente vi desaparecer, en los años 80, a la clase media. Éramos de esa clase que vivía en departamentos de alquiler, tenía becas para estudiar, y tenía que ahorrar durante años para irse de vacaciones cuatro días. Pero no creas que sólo fue la necesidad material la que me hizo escritor. Fue algo mucho más profundo: me gano la vida tratando de llenar de sentido todo lo que no entiendo, que es casi todo.

“Los novelistas como nosotros, Elena, trabajamos en el cruce de dos caminos: el sentido de las palabras y lo visible o invisible de ciertas personas y objetos. Eso hace que tengamos el dominio sobre lo que no nos pertenece, que es el lenguaje de la calle, las epopeyas de los plebeyos, lo que es indescifrable para los que no se dedican horas a leer, subrayar, teclear, revisar. Pero no es político, sino desciframiento.

“Estoy convencido de que lo político de una obra está más en los lectores y espectadores que en la propia intención del autor. El ejemplo que siempre pongo es el de la sinfonía Heroica, de Beethoven, usada por nazis, comunistas, liberales y hasta como himno de las Olimpiadas o jingle de anuncios deportivos. A pesar de que el gran Ludwig la quiso dedicar a Napoleón y luego se arrepintió, la forma en que la gente le adjudica valores y símbolos políticos ya nada tiene que ver con el autor.”

–¿Intervino Monsiváis en tu vocación?

–Monsiváis fue importante para entender la crónica como el cruce de dos cosas: la apropiación de distintas formas narrativas y el relajo. Reivindicó tres, digámosles, disposiciones de ánimo literario que aprecio mucho cuando lo releo: la épica, el sentimentalismo y la ironía. Él ve la guerra de Troya en un movimiento campesino como el de Danzós Palomino, se deja ir con los contoneos de María Victoria o Juan Gabriel y, al mismo tiempo, se burla de sí mismo haciéndolo. Es capaz de incluir en un solo texto una descripción novelística, un verso en el subtítulo, un diálogo de teatro, y todavía reflexionar como se hace en un ensayo. Para un escritor como yo, que a los 20 años apenas escribía sus primeras crónicas, que Monsiváis me hablara por teléfono para decirme qué opinaba de mis textos, era una validación que hasta la fecha me hace ruborizarme.

–Fabrizio, en México, la crónica ha sustituido de muchas maneras a la novela. Pienso en José Joaquín Blanco, en Monsi, el papá de los pollitos, en el Héctor Aguilar Camín de La frontera nómada, en Bellinghausen, a quien tanto debe el movimiento zapatista, porque sin él sólo tendríamos la voz de Marcos; Juan Villoro. También fue supernotable Jaime Avilés. ¿Qué ha sido la crónica en nuestro país que logró que las novelas se hicieran cada día más prescindibles?

–La crónica ha sustituido hasta cierto punto a la novela porque estructura con verosimilitud lo que la vida ordinaria no tiene. La crónica parte de que existe un acontecimiento con nombres, fechas, lugares y, por tanto, es una construcción de la verdad y, a la vez una interpretación de lo que sucedió. Pero es una narración de lo vivido y no sólo de lo imaginado. Los lectores buscan leer crónicas ahora más que antes porque la verdad se les ha vuelto escurridiza en la realidad virtual y las fake news. Es igual en el cine: Basada en hechos reales tiene un valor que lo acerca, de entrada, a la experiencia vivida.

–¿Para ti qué significa la militancia política?

–No soy de los que crea que la literatura está reñida con la política por muchas razones. Ya te dije la del uso que los lectores hacen de los textos como la otra mitad de toda creación narrativa, pero hay otra fundamental: los escritores trabajamos con el sentido de las palabras y con las tramas, los personajes, las emociones. En la política existe un procedimiento parecido cuando se enuncia a un sujeto, por ejemplo, el pueblo, y éste cobra realidad en el acto de enunciarlo, de describirlo, de dotarle ciertos valores, mitos y comprensiones. Existe por el mismo procedimiento que usa Cervantes para crear al Quijote. Como escritor me interesa participar en designar las cosas, precisar los significados de las palabras y de los acontecimientos que nos toca vivir. La militancia es otra cosa y requiere paciencia y talento para lo administrativo, que no tengo. Pero creo que hay que ayudar a precisar las palabras del debate público, sobre todo ahora, que a cualquier cosa se le llama dictadura, asedio a la libertad de expresión o independiente. Ayudar a precisar esa parte confusa del lenguaje político de la que se apropian los contratistas de los gobiernos anteriores.

–¿Crees que un periodista tiene que ser un militante?

–Tú empezaste haciendo crónicas de la Zona Rosa, que me fascinó; ahora haces artículos políticos. Lo que publicas tiene rebote en redes sociales. ¿Te produce más satisfacción lo que haces ahora en política que lo que hacías antes y a dejaba huella en mí? ¿Aporta mucho al lector este género? José Emilio Pacheco hizo crítica literaria en Proceso, y esto es lo que más se extraña de la revista y lo que más falta hace. ¿No tiene el tipo de crítica que hacía Pacheco la misma fuerza que la crítica política directa? Nada condenó más a Raúl Salinas que el escrito jocoso de José Emilio…

“El momento del país exige definirse en favor o en contra de los cambios, pero no a partir de generar noticias falsas o basadas en suspicacias sin comprobar. La libertad de expresión no es gritar: fuego en un cine cuando no lo hay. Sería irresponsable. Muchos de los que promovieron la fir-ma del desplegado en defensa de la libertad de expresión saben que están alimentando la idea de que la democracia no sirve y que sería mejor una atmósfera golpista para que regresen los de antes, los de las masacres y el saqueo de la nación. Las aguas se han partido. En un lado están los que creemos que la democracia es que participen todos los que no tenían cabida; la igualdad que buscamos es que ya no existan voces que gritan fuego sin que nadie les conteste que no hay tal. Del otro lado están los que se sienten con el monopolio de la palabra, del buen gusto, de lo que los demás deben y no hacer. Crecieron pensando que la libertad de expresión incluía su derecho a que les dieran siempre la razón. Pero eso está cambiando. Tienen que aprender a debatir sin sentirse atacados. Entre otros temas, siento que los de la CDMX no pelamos a la provincia. Allá hay talento, innovación, creatividad. ¿Por qué no volvemos los ojos a la provincia?”

 

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