Julio Cesar Chávez, la poética del puño

Julio César Chávez: la poética del puño

MAURICIO MEJÍA

En «Golpe a golpe. Historias del boxeo en México» el periodista Mauricio Mejía traza los perfiles de 20 campeones del pugilismo nacional que alcanzaron categoría de ídolos, entre ellos Julio César Chávez. Foto: Octavio Gómez / Archivo 2017

“El boxeo en México no es un simple deporte. Es entraña, hígado, corazón. Es el verdadero sismógrafo del fervor nacional. No es espejo, round de sombra: es la nación en estado puro”, escribe el periodista Mauricio Mejía en Golpe a golpe. Historias del boxeo en México (Ediciones Proceso, 2020), libro que traza los perfiles de 20 campeones del pugilismo nacional que alcanzaron categoría de ídolos, entre ellos El Chango Casanova, El Ratón Macías, Mantequilla Nápoles, El Púas Olivares y Julio César Chávez. Del texto sobre este último –en el que el autor hace un paralelismo con César Chávez, líder de los jornaleros agrícolas en Estados Unidos– se reproducen a continuación fragmentos.

(…) Tres meses después de que César Estrada Chávez fundó la Asociación Nacional de Trabajadores del Campo, el 12 de julio de ese 1962, nació en Ciudad Obregón (no muy lejos de Yuma) Julio César Chávez, el hombre que haría del puño un arte y una revolución, primero mexicana, luego chicana, luego latinoamericana.

El padre de Julio César (…) fue ferrocarrilero y se llamó Rodolfo Chávez. Le llamaron El Güero. A Julio también la escuela le fue imposible, no por el idioma, sino porque sí. También fue uno de muchos hijos; siete niños y tres niñas. No tuvo que esperar mucho, después de conocer el doloroso parto, para conocer al gran rival de su infancia: la pobreza.

La vida de los hombres está determinada por el sentimiento que tienen en el momento en que ven la primera luz. Unos nacieron cuando pasó por ellos un momento de tranquilidad, fueron encantadores y simpáticos, actores o artistas; entre otros, cuando transitaron por un pasaje de satisfacción, fueron pacíficos y elocuentes, tal vez oradores o misioneros; otros, como Chávez, vinieron al mundo cuando pasaron por un trance de rencor e inconformidad.

Fue boxeador, contra sombras, contra espejos y contra el mundo entero, revolucionó para siempre la manera de encauzar ese rencor, ese arte, esa poética, esa violencia pura a la que otros llaman boxeo. El Güero y su familia Chávez Gómez se mudaron a Culiacán cuando Julio tuvo apenas tres años, es decir, nada.

Julio César no conoció, ni en lecturas, a San Francisco de Asís o a Mahatma Gandhi, como César Chávez. Tampoco fue asistido por alguien como el padre McDonnell para introducirse en las bondades del alma, del cristianismo y el bien común. Pero llevó en la sangre la inconformidad, la rebeldía del no, como la llama Albert Camus. El resentimiento siempre tiene razones para manifestarse. Es el menos gratuito de los vicios humanos.

Julio César compartió cuarto con sus hermanos; sus hermanas ocuparon el otro. Los padres durmieron en la sala. Cuando un hombre cree que está de más en el mundo, inventa otro en donde él es todo el mundo, y el mundo, lo de menos.

Chávez escuchó la intimidad de sus carnales, los ronquidos, los primeros sueños eróticos y las primeras experiencias egoístas. A veces, también, los rounds a oscuras de sus padres. En su otro mundo hubo riquezas, mujeres y joyas, hartas joyas.

En ese planeta infantil, creado como medio de evasión, fue famoso, de alguna manera borrosa, famoso. Así fueron los años lejanos que no volvieron, para bien o para mal.

Perfiles de 20 campeones del pugilismo nacional
César Estrada Chávez coincidió en el tiempo con otras revoluciones, la poética estuvo en todas partes, en la lucha civil por la igualdad de los negros en Estados Unidos; en la Cuba de Fidel; en los discursos y las acciones de Bobby Kennedy, asesinado poco después de Martin Luther King, en 1968, el mismo 68 del Mayo Francés, de la Primavera de Praga y Tlatelolco.

Pensó, acaso, en una frase de Lenin: “sí, pero toda Revolución es autoritaria”. Se asumió como autoridad, como voz cantante. Desde niño fue sensible. Las voces por la igualdad se le quedaron grabadas en la memoria como principios básicos de comportamiento, de conducta.

“La política es una función social”, repitió. Leyó, también, a Marx y a Engels. Idealizó a Zapata. Pero, sobre todo, agotó “La democracia en América”, de Tocqueville. Y luego hizo trabajo de base, de acción. Habló con los campesinos del homo faber (el hombre que produce). Les contó de Benjamin Franklin, uno de los cuatro hombres que firmaron el Acta de Independencia de los Estados Unidos (…) Les dijo además que, como campesinos y manos de obra, debían unirse para mejorar sus salarios y sus precarias condiciones de trabajo. Que debían organizarse para lograr por fin un contrato colectivo con derechos laborales elementales.

Trabajó en ello noche y día como si entrenara para la gran pelea de su vida, como el boxeador que se desgasta en el gimnasio para enfrentar 10 o 20 años de carrera, largos asaltos, sin interrupciones ni descansos. La Asociación Nacional de Trabajadores del Campo, con el águila como emblema, se convirtió en su templo y en su credo.

César Chávez no tuvo negocios, como el personaje de Brecht; tampoco ambicionó fama, joyas o mujeres, como los sueños del niño Julio César Chávez. Adoptó una conducta austera. Por lo tanto, muy violenta. En ese 1968 se declaró en huelga de hambre durante 25 días para impedir la violencia entre sus seguidores (…) En 1972, mientras Julio César escuchó la adolescencia de sus hermanos, César Estrada realizó otra huelga de hambre, esa vez en protesta contra una ley de Arizona que impedía el derecho de los campesinos a formar un sindicato (…)

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Dijo Lenin que la Revolución debe mantener su propio centro de poder. El centro de poder de Julio César no fue la paz ni el samaritanismo, como para César Chávez. Fue el golpe demoledor y un maravilloso estilo, como el de ninguno.

Debutó el 2 de mayo de 1980 ante Andrés Félix, en Culiacán. Ganó por nocaut. El rencor es destino. Desde ese día hasta el 29 de enero de 1994, ganó todas sus peleas. Es decir, aunque decirlo no es fácil sin exclamación: 90 peleas oficiales, cosa que nadie logró hasta ahora en la historia del boxeo profesional.

Esas 90 peleas representaron, entre otras cosas, cinco títulos mundiales: súper pluma, ligero, súper ligero, welter ligero y súper ligero. Dice Walter Benjamin que lo poetizado está constituido de acuerdo con la ley fundamental del organismo artístico. Julio César Chávez creó una nueva forma de la poética en un país lleno de poetas: introdujo el puño, y no la letra, en el lenguaje romántico de la oquedad del cuadrilátero.

En Julio César Chávez, con todo lo que él representa, estuvo condensada la lucha chicana por la igualdad ante Estados Unidos, que se le rinde, y ante el mundo entero, que se levanta para verlo pasar.

Se presentó por primera vez en Los Ángeles en 1983, ante Adriano Arreola, al que venció por puntos a 10 rounds. Para entonces, Fernando Valenzuela, el extraordinario abridor del Dodgers, nacido en Etchohuaquila, también Sonora, logró levantar la Fernandomanía al vencer, en la Serie Mundial del 81, a los Yanquis de Nueva York, en seis juegos (…) Valenzuela fue la avanzada del hombre que operaría la Revolución chicana en el resto de los ochenta.

Fue allí, en Los Ángeles, en donde Julio César logró su primer campeonato mundial, el súper pluma, ante Mario Azabache Martínez, el 13 de septiembre de 1984, al vencerlo por nocaut en el octavo. A partir de ese día, Julio César Chávez se dio cuenta de que los sueños a veces son premoniciones: se vio famoso y con dinero suficiente para pagarse el sueño eterno. La casa de dos cuartos, el hacinamiento, las largas noches de ruidos extraños se perdieron para siempre, no los recordaría nunca, como si hubieran sucedido en una vida anterior a la anterior. Lo que estuvo por delante fue la otra cara de la medalla: el prestigio, el poder de convocatoria para una comunidad de mexicanos que necesitaba un nuevo ídolo para soportar la persecución de la patrulla fronteriza.

Julio César Chávez fue nuevo símbolo de identidad chicana, sin otra violencia que la poética del puño. Chávez fue un artista, un aura. Dice Benjamin que el aura es la irreparable aparición de una lejanía.

Los dos Chávez buscaron aproximarse a esa lejanía y, en la aproximación, fueron dos apariciones, entretejidas entre el tiempo y el espacio, para una comunidad alejada de todo lo que fue cercano, la familia, los hijos, la comida, los amigos, la querencia de la tierra.

El derecho laboral, en uno; el juego de culto y fe, en otro. Ambos Chávez dan piso, centro de poder, fortaleza y creencia a una comunidad desprovista de respaldo legal y estatal.

Julio César Chávez no sólo logró concentrar en la arena a esos desprotegidos, hizo que las altas jerarquías del boxeo y del deporte americano se rindieran ante él, “el gran campeón mexicano”, como lo llamaron con veneración.

Estados Unidos no conoció en muchos, muchos años, una figura tan entera, tan ufana, como la de Julio. No fue un peso pesado, pero tenía tanto peso en el mercado como el más fuerte de los campeones de la máxima división. Le llamaron el mejor kilo por kilo de su época. Y lo fue (…)

Este texto forma parte del número 2291 de la edición impresa de Proceso, publicado el 27 de septiembre de 2020 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí

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