Tonalli; Bailarín Mexicano

Tonalli, ejemplar maestro y bailarín mexicano

Elena Poniatowska

“Alos siete años vi a una prima bailar y me dormí. A los 10 años, en el Parque de La Bombilla, vi bailar al Ballet de Amalia Hernández, el Jarabe nayarita, con sus machetes levantados al cielo. Los machetes representan a los sembradores de Nayarit. Me sorprendieron; tomé los cuchillos de la cocina y practiqué a escondidas. De ahí me nació el gusto. En la secundaria descubrí que tenía facilidad para zapatear, entendía los pasos. A los 15 años, decidí dedicarme a la danza folclórica.”

La seguridad de Tonalli González Soto me deja atónita. No es un adonis. Es de baja estatura y tiende a la gordura, pero la fuerza que emana de su carácter, la exactitud de sus movimientos, la convicción de sus palabras es irrebatible. ¿De dónde sacó esta seguridad en sí mismo? Lo observo con admiración. Responde a mis preguntas sin inmutarse, me confronta, desafía como un dios azteca. Ni me aprecia ni me desprecia, sólo me informa que no entró al Cedart y que en el bachillerato Jesús Reyes Heroles, se presentó ante todos: Voy a dedicarme a la danza.

–Estuve en varios ballets a partir de los 16. Entré al Vini Cubi y a Miztli Calli, ambos de la UNAM. Veintidós personas fundamos ese ballet. Salimos de Vini Cubi porque después de muchos ensayos para bailar en la sala Miguel Covarrubias, llegó el director, Enrique Lomelí, nos sacó a la mala e hizo entrar a sus bailarines que nunca habían ensayado.

“Por eso formamos Miztli Calli. Estuve en el grupo de Contaduría, en el de Medicina y en otros de la UNAM, hasta que formamos el nuestro, porque sufrí discriminación. Me discriminaron por chaparrito, morenito, gordito…

Dentro de la danza, en un nivel piden que las mujeres midan 1.65 y los hombres 1.75, y no cumplo con ese perfil. A Ingrid Cadena la discriminaban porque mide 1.83.

–¡Ay, es un gigante!

–Hay bailarines altos –continúa Tonalli–, pero hasta ellos se sentían chaparros al lado de ella. Decidimos formar un grupo sin discriminación alguna.

–¿A gente de escasos recursos económicos, a quienes tienen algún vicio, una disfunción, algún tipo de retraso o de preferencia sexual? ¿A qué te refieres?

–A todos. Tuvimos a una señora que llevó a sus dos hijitas, la más chica de seis y la mayor de 10, la señora también se integró a pesar de que su vicio era fumar. Lo dejó para bailar. Han entrado personas de escasos recursos, con obesidad, con torpeza, aceptamos a gordos, a enojones. Nuestro lema es que la danza es para todos, pero no todos son para la danza, porque no aguantan el ritmo y la disciplina. Tuvimos a una señora que llevó a su nieto, ella tendría entre 65 y 70, quiso bailar con él. Recibimos también a personas con déficit de atención, disléxicos, arrítmicos, todos entran.

–¿Bailan rock?

–No todos los bailes; hago los repertorios e Ingrid Cadena da el visto bueno y hace las coreografías. Dirige y yo superviso a los bailarines.

Antes de la cuarentena, ensayábamos dos veces a la semana, tres horas los sábados y los domingos entre cuatro y cinco, un promedio de ocho horas a la semana.

–¿Se trata de una terapia?

–Nos dimos cuenta de que los que se quedaban con nosotros tenían algún problema familiar o de autoestima. Se quedaban a pesar de las exigencias y su forma de ser iba cambiando. Una bailarina sufrió graves problemas familiares y tomó al grupo como una segunda familia; tenía una grave depresión y el baile le quitó todas las medicinas y los miedos. Tenemos una alumna que mide como 1.80. Ella estudió danza en la Normal de maestros. Cuando llegó con nosotros, al bailar parecía medir 1.60, 1.50 de lo chiquita que se hacía, de tan insegura que era. Ahora se ve imponente porque supo aceptarse a sí misma.

–¿Tu grupo es una sicoterapia?

–Así sucedió. Supongamos que estoy montando un baile de Veracruz y necesito la concentración de todos y cuento sólo con 90 por ciento, porque el otro 10 por ciento está pensando en sus problemas. Al exigirles atención, les devuelvo la salud. Al final de cuentas bailan porque quieren, nadie los obliga. Todos, incluso los maestros, dedicamos unos 30 o 40 minutos para platicar cómo nos sentimos.

Hemos viajado a algunos estados. Queremos reflejar nuestro profesionalismo. Somos poquitos, pero no por eso vamos a entregar un mal trabajo. Necesitamos que los bailarines estén bien emocionalmente, que ninguno esté triste o distraído.

–Hablas de la curación a través de la danza.

–Sí, sí cura.

–Lo primero que me dijiste, Tonalli, sin que yo te lo pidiera, es: yo soy chaparrito, soy gordito.

–Sí, porque ese fue uno de los principales problemas que tuve; sí me acomplejé, porque yo quería bailar en la compañía de Amalia Hernández, y cuando me enteré de los requisitos me desilusioné. Fue un golpe duro, porque quería estar con ellos. Entonces, vi los grupos de la UNAM, tuve que trabajar para llegar a un buen nivel y convertirme en solista.

“Me ayudó mucho la danza a decir: ‘Si no puedes llegar por el lado estético, llega por el talento, trabaja y supérate’. Llegó el momento en que superé el nivel de muchos bailarines profesionales de grandes compañías, en fandangos, en festivales y en casi todos los tablados. Decía: ‘Yo estoy chaparrito, pero no bailan mejor que yo’. No es necesario ser alto, guapo y delgado para bailar bien. Ese fue el regalo que me dio la danza.

“Cuando me dijeron que no podía entrar a la compañía de Amalia Hernández me decepcioné. Después, crecí como bailarín; Ingrid Cadena me llevó a los cursos de verano a la escuela de Amalia Hernández y conviví con los bailarines de la compañía. Ahí me di cuenta de que bailo igual o mejor que cualquiera de ellos. En parte se cumplió el sueño, no tanto de estar en la compañía, pero sí en todos sus niveles educativos y profesionales. Yo trabajo con el ballet de la escuela y dije: ‘¿Para qué sirven mis complejos de chaparro y moreno? Ya llegué, ya estoy aquí, no como lo había soñado, pero estoy pisando el mismo salón que ellos, sólo me falta bailar en Bellas Artes’. Algún día.

Soy muy crítico conmigo. Si me equivoco en una función, practico para corregirlo. Antes de bailar siento calma, siento mucha paz.

–¿Y los recursos económicos para trajes, vestidos, zapatos?

–La maestra Cadena ha financiado, si no todos, sí la mayoría de los vestuarios, que son carísimos. Una falda cuesta mil 500.

–¿No tienes temor al rechazo?

–Ya no.

–Pero sí tuviste.

–Sí. Hubo un tiempo en el que mis papás no me apoyaban, a mi hermano le valía, que no dejaba para vivir, cosa de homosexuales. También me tocó eso, pero no le di mucha importancia a que me dijeran que yo era gay. Cuando me veían que tenía novia me preguntaban: ¿No que eras gay? Yo no soy gay, soy bailarín. Enseño a niños. Soy duro con ellos. Soy de la idea de que un niño puede hacer cualquier cosa siempre y cuando no lo consientan sus papás. Hace 12 años di un curso de verano y me llegó una niña con problemas en los pies, usaba zapato ortopédico, la mamá me dijo: No puede hacer esto, no puede hacer lo otro. Entonces, ¿para qué me la trae si no puede hacer nada?, Ay, es que quiero que haga algo. Señora, usted no puede asistir a la clase. A la niña le dije: Ven, te voy a ayudar a brincar. Le dibujé un avioncito, la agarré de la mano y ordené: Sube un pie. No puedo. Sí vas a poder, tu mamá no está, y si tú me acusas con ella, yo te voy a acusar también. Es nuestro trato. Cuando llegó la clausura de ese curso hicimos una presentación de danza y la niña bailó. La mamá, llorando, me dio las gracias y respondí: Su hija sí puede, usted es la que tiene miedo y la sobreprotege. Y le dije a la niña: Ya es cosa tuya si sigues dejando que tu mamá te diga que no puedes. Ya viste que sí puedes.

Tonalli tiene 29 años, lleva bailando 17. Todos los maestros, los bailarines y músicos lo conocen. Si no hay disciplina, no se logra la excelencia. Lo miro con admiración, porque Tonalli, sin saber, me acaba de dar la mayor de las lecciones de mi vida: la de cómo enfrentar la ceguera.

 

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