La polarización social y política, nos llevan a la ruina y a la jungla

Los desiguales
José Blanco
Después del triunfo de Morena en julio de 2018 la derecha opositora puso de moda, de un modo perseverante, el llamado a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) a sentarse a la mesa a llegar a acuerdos nacionales para una gobernabilidad adecuada que diera solidez y marcha segura a la República. Todos debían sentarse en la misma mesa, como iguales, a resolver los altos asuntos de la nación. Continuamos oyendo ese llamado, ahora con señalamientos de los peligros de no ser oídos.
El país está en grave riesgo, según la derecha opositora, de resbalar por precipicios de los que difícilmente saldrá, si no se le oye: todavía es tiempo, la 4T aún tiene la oportunidad de oír la sabiduría verdadera sobre la conducción de la política y la economía nacionales.
La polarización social y política, atizada sin cesar por el Presidente, nos llevan a la ruina y a la jungla, si la 4T no corrige el rumbo. Todo ocurre como si, en su momento, los neoliberales en el poder hubieran convocado alguna vez a sus opositores a oír su opinión sobre el desastre social que tenían bien organizado, para el bien de sus bolsillos, con la exclusión social más extrema de las mayorías.

Una sociedad de desiguales, con una disparidad como la de los mexicanos, ha sido una sociedad siempre polarizada: los desiguales de arriba y, muy lejos, los desiguales de abajo. Esos polos infames no los inventó la 4T, sino el capitalismo subdesarrollado, pero fueron alejados más aún por los neoliberales, en conciencia plena de lo que hacían: los mandones y las camadas de sus cómplices y beneficiarios. De Salinas a Peña Nieto.

El neoliberalismo ha sido mucho más que un forma de capitalismo. Es una forma de sociedad y una forma de existencia, como lo han dicho con razón los intelectuales franceses Christian Laval y Pierre Dardot. Lo que el neoliberalismo puso en juego es nuestra manera de vivir, las relaciones con los demás y la manera en que nos representamos a ­nosotros mismos. No sólo tenemos frente a nosotros una ideología y una política económica, sino también una idea de sociedad y una forma de estructuración del ser humano.

Como ha escrito José Luis Villacañas, el neoliberalismo no es sólo “una forma de racionalidad que ha estructurado el mundo en los últimos 50 años… [es también] una teología política que implica el advenimiento de una nueva revolución civilizatoria integral, una nueva etapa de la humanidad en que el único contenido formal de la subjetividad es la interiorización casi pulsional de las reglas ‘naturales’ de la economía liberal”. Como dijo Margaret Tatcher, La economía es el método, el objetivo es cambiar el alma.

El neoliberalismo gobierna a través de la presión ejercida sobre los individuos mediante las situaciones de competencia creadas para todos: llega así el convencimiento, frente a los hechos del mundo, de que cada quien debe y tiene que gestionar su propia persona; cada uno es el gerente frente a sí mismo de su propia suerte. Esa razón abarca al mundo. Es la lógica del mercado, extendida a todas las esferas de la vida social.

Las condiciones de la competencia personal son creadas mediante perversas vías distintas: el derrumbe de las medidas de protección social, el debilitamiento del derecho del trabajo, el aplastamiento del mundo sindical, el desarrollo deliberado de la precariedad masiva, el endeudamiento de los estudiantes y sus familias en no pocos países: hundir a todos en el pantano de la competencia y ¡que gane el mejor!

Pero no ha sido una dominación absoluta: hace tiempo que se asoma por el mundo una postura inesperada. Frente a la maligna iniquidad intrínseca de cada quien es el arquitecto de su propio destino, la rebelión frente a la miseria ha sido construir mundos, por pequeños que sean, por humanos que se reconozcan como humanos.

Una magna rebelión electoral vimos en México en julio de 2018. Una apuesta colectiva por la esperanza. Otro gobierno, otras políticas, otra vida. Otras instituciones. Unas que no traten a los desiguales como si no lo fueran. La igualdad frente a la ley con frecuencia entraña una construcción basada en la ficción jurídica: desdeñar el mundo concreto de las abismales diferencias sociales. Los desiguales de abajo, por eso, no quieren sentarse en la misma mesa con los desiguales de arriba, porque sólo oirán lo que ya les han dicho por interminables décadas.

La 4T no ha polarizado a la sociedad: la halló ya en estado avanzado de polarización social. Y unas derechas se ocupan de correrse unas rayitas más a su derecha, polarizando más aún a la sociedad, como el PAN y su alianza con Vox. Quien por primera vez haya oído a Santiago Abascal, puede creer que está frente a un sketch, una payasada. Su machismo, su desprecio por las mujeres, su fobia por lo que huela a LGBT o a migrantes, pueden parecer bufonadas nauseabundas de un hitlercito menor. Pero Vox es la tercera fuerza política en España, y ya tiene fans ciegos e ignorantes en el PAN. Ahora así polariza el PAN: trayendo a Vox a insultar a los mexicanos.

Esta entrada fue publicada en Mundo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *