La editorial Joaquín Mortiz, fundada por Joaquín Díez-Canedo arriba a las seis décadas de existencia.

El sello Joaquín Mortiz, crucial en el auge de la literatura mexicana, cumple 60 años

Fundado por el exiliado español Joaquín Díez-Canedo, fue de los primeros en impulsar la literatura de la onda y a autores del boom latinoamericano

El sello se volvió un clásico del diseño editorial en México. Ilustró sus libros con portadas de cuadros de Joy Laville y trabajos del artista Vicente Rojo.
Reyes Martínez Torrijos
La Jornada

El sello editorial Joaquín Mortiz, fundado por el exiliado español Joaquín Díez-Canedo y que marcó un hito en la literatura mexicana por su proyecto netamente literario, arriba este año a las seis décadas de existencia.

Adquirida en 1985 por Editorial Planeta, Joaquín Mortiz oferta 106 títulos de autores consagrados en cinco colecciones, como Juan José Arreola, Rafael Bernal, Rosario Castellanos, Rubén Darío, Ángeles González Gamio, Martín Luis Guzmán, Jorge Ibargüengoitia, Bárbara Jacobs, Vicente Leñero, Eduardo Matos Moctezuma, Angelina Muñiz-Huberman, Jaime Sabines, Paco Ignacio Taibo II y Agustín Yáñez, así como jóvenes escritores.

A diferencia de sus contemporáneas en 1962 que también publicaban literatura, Joaquín Mortiz nació enfocada en esa disciplina y luego incluyó libros de ciencias sociales. Fue una de las primeras editoriales en publicar a los autores más reconocidos del boom latinoamericano y de la llamada literatura de la onda, en México.

El nombre de la editorial es la contracción del seudónimo Joaquín M. Ortiz creado a partir de los apellidos de Teresa Manteca Ortiz, madre del legendario editor Joaquín Díez-Canedo (1917-1999). En su primer año editó seis libros, el doble al año siguiente y desde 1964 publica en promedio dos o más títulos al mes. Para 1972 ya registra 245 obras.

Su emblemática Serie del Volador reunía 145 títulos para 1981. En 1963 inauguraron la colección La feria, de Juan José Arreola; Nadja, de André Breton (en traducción de Agustí Bartra), y Los palacios desiertos, de Luisa Josefina Hernández.

“El escritor José Emilio Pacheco sostuvo que era la editorial justa en el momento preciso, la década de la que otro gran amigo de Joaquín Díez-Canedo, Robert Escarpit, llamó ‘la revolución del libro de bolsillo’ y el surgimiento de los lectores que hicieron posible el auge de la narrativa hispanoamericana y su incorporación a la literatura universal”, refirió Aurora Díez-Canedo F.

En el artículo Joaquín Mortiz: un canon para la literatura mexicana del siglo XX, Díez-Canedo F. destacó que el éxito de ese proyecto se basa en el exilio republicano en México y las tendencias hacia el cosmopolitismo vigentes en la sociedad mexicana después de 1940, que coinciden con un periodo de apertura y crecimiento económico que contribuyó a superar la cultura oficial de la Revolución Mexicana.

Joaquín Díez-Canedo impulsó 16 colecciones, nueve exclusivamente literarias y las restantes con contenido de obras de literatura. De los poco más de 500 títulos publicados hacia 1980, más de 80 por ciento fueron de o sobre literatura. Desde un principio, el sello se abrió a los nuevos talentos, quienes acompañaron a los autores consagrados.

Además, Joaquín Mortiz se convirtió en un clásico del diseño editorial en México. Ilustró sus ediciones con portadas de cuadros de Joy Laville (1923-2018) y trabajos del artista refugiado catalán Vicente Rojo (1932-2021).

El logotipo fue diseñado por el holandés Boudewijn JB Letswaart. Los diseños de las portadas de las distintas colecciones algunos fueron de Díez-Canedo, mientras la Serie del Volador la diseñó junto con Vicente Rojo. Los ejemplares han adquirido el carácter de culto y demuestran la madurez del diseño editorial mexicano moderno.

Aurora Díez-Canedo F. consigna la opinión del escritor y periodista Jaime Avilés sobre cómo este proyecto sobrepasó el ámbito literario en los años 60: “Si la literatura de la onda no reportó mayores beneficios a la literatura en sí misma, su aparición en una editorial tan prestigiosa como (Joaquín) Mortiz, contribuyó sin duda a consolidar un espacio de mayor tolerancia social para los jóvenes y, si esto no sirvió para crear un sistema político más potable, al menos redujo el control autoritario que la Iglesia y el Estado ejercían sobre los jóvenes”.

Hacia los años 80, del medio millar de títulos en su catálogo, más de 50 eran traducciones, entre las que destacan la poesía de Apollinaire, los Cantares, de Ezra Pound, tres libros de Gunther Grass y obras de Samuel Beckett, Saul Bellow, William Styron, Susan Sontag y Herbert Marcuse, entre otras.

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