Los rumores y campañas son instrumentos de los enemigos del Papa, para mermar su pontificado.

¿Francisco renunciará al pontificado?
Bernardo Barranco V.
En el último año, en medios italianos e internacionales se ha especulado la posible renuncia del papa Francisco por motivos de salud. Pareciera que la edad y la vulnerabilidad física son armas políticas. Ver postrado al pontífice en silla de ruedas ha intensificado las murmuraciones sobre el fin del pontificado. Los rumores y campañas son instrumentos de poder utilizados por los enemigos del Papa argentino para mermar su pontificado.

Ante la obstinación mediática, el pasado sábado durante el vuelo de Canadá a Roma, Bergoglio afirmó: Creo que a mi edad y con esta limitación debo medirme un poco para poder servir a la Iglesia o, al contrario, pensar en la posibilidad de hacerme a un lado. Esto no tiene nada de extraño, no es una catástrofe. Más adelante sostuvo: “Lo que el Señor diga. El Señor puede decir que renuncie. Es el Señor quien manda… La puerta está abierta, es una de las opciones normales. Pero hasta hoy no he abierto esa puerta, no he dicho ‘entraré en esta habitación’. No he sentido pensar en esta posibilidad”.

En la Iglesia, durante siglos se impuso el dicho: El Papa no enferma hasta que muere. Las enfermedades del Papa eran guardadas como secreto de Estado. Así sucedió con el cáncer de Juan XXIII. La artritis múltiple de Paulo VI. Esto cambió con el mediático Juan Pablo II. A través de los medios fuimos testigos de su paulatino deterioro físico. A raíz del atentado que sufrió en 1981, su salud se fue malogrando de manera dramática; fue sometido a varias operaciones; en una de ellas, se le extirpó un tumor canceroso de colon. Tuvo una caída, resultó con fractura de cadera y fémur. Por si fuera poco, el otrora atleta de Dios padeció de Parkinson. El papa Ratzinger rompe esa larga tradición. Benedicto XVI sentó un precedente: fue el primer Papa en renunciar en casi 600 años. Alegó no tener fuerzas ni salud para conducir la Iglesia. Benedicto XVI ha abierto un camino que también pueden emprender sus sucesores. Veníamos de una tradición de pontificados que terminaban con la vida del Papa. No obstante, la Iglesia es una institución que debe adaptarse al paso del tiempo, a los cambios de la sociedad.

Algunos papas que precedieron a Rat­zinger habían planteado la posibilidad de la renuncia, pero nunca se atrevieron. Ante el abatimiento físico de los pontífices, las estructuras burocráticas adquieren mayor relevancia. Esto ha sido una amenaza latente ante la debacle de los pontífices. Así aconteció bajo el pontificado de Juan Pablo II; Angelo Sodano, su secretario de Estado, se convirtió en el hombre más poderoso de la curia. Encubrió a Marcial Maciel y amuralló la Iglesia frente a las denuncias de pederastia. Otro caso reciente lo encontramos con Tarsicio Bertone, también secretario de Estado de Benedicto XVI. Ambos hicieron dudosos manejos de recursos económicos y ensancharon privilegios propios y de sus respectivas camarillas curiales.

Volvamos a Francisco. Tiene 85 años y sufre padecimientos propios de la edad. Desde su elección como pontífice sabíamos que sería un reinado corto, fue electo con 77 años. Es de todos conocido que Francisco sólo tiene un pulmón pleno. Fue operado de la cadera, lo cual ha repercutido en las dolencias actuales de la rodilla. En julio de 2022 fue operado del colon. Sin embargo, ha sostenido que no necesita de su rodilla para gobernar la Iglesia, sólo tener su cabeza clara y capacidad para comunicarse.

En diversas ocasiones, Francisco ha dejado claro que, en este momento, no tiene intención de renunciar, pero la opción no está excluida. En septiembre pasado ante la televisión española, Francisco se extrañó ante el dilatamiento de rumores: Algunos ya me quieren muerto. En efecto, sus malquerientes anhelan un nuevo cónclave, restaurar un orden eclesial conservador y cada vez son más impacientes. Las posturas críticas del Papa frente al neoliberalismo, han incomodado a los grandes capitales, sobre todo sus mensajes a los movimientos populares, por ello le califican como portador de un populismo socialista. Francisco no ha absolutizado la agenda moral de la Iglesia, por el contrario, motiva el compromiso con la agenda social hacia los pobres y descartados. Su apertura hacia la mujer y homosexuales ha irritado en extremo las posturas de católicos ultraconservadores tipo Provida. Los posicionamientos ecológicas y cuidado de la Tierra, sustentados en la encíclica Laudato si’, han encolerizado a las industrias extractivas, como compañías mineras y petroleras. El sínodo sobre la Amazonia, realizado en octubre de 2019, causó escándalo entre los tradicionalistas al ver que hubo propuestas, que no prosperaron, de ordenar hombres casados que son diáconos permanentes, así como, abrirse a la posibilidad de la ordenación de mujeres.

En suma, Francisco no va renunciar a corto plazo. Tiene enfrente al menos tres grandes tareas por completar: 1) concluir el sínodo sobre sinodalidad en octubre de 2023; 2) asentar y consumar la reforma de la curia romana, y 3) consolidar el cuerpo cardenalicio que permita la posibilidad de continuidad de las reformas bergoglianas. Hoy el colegio elector está compuesto de 132 cardenales electores, de los cuales Francisco ha nombrado 83, es decir 63 por ciento. Francisco ha favorecido particularmente a África y Asia. El actual colegio es heterogéneo, pero aquí Francisco se juega la prolongación de su mandato y el ensanchamiento de sus reformas.

Aunque sea breve, tenemos a Francisco para rato.

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