{"id":12896,"date":"2017-11-12T12:01:31","date_gmt":"2017-11-12T18:01:31","guid":{"rendered":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=12896"},"modified":"2017-11-12T12:01:31","modified_gmt":"2017-11-12T18:01:31","slug":"juan-rulfo-en-la-mirada-de-los-otros","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=12896","title":{"rendered":"Juan Rulfo en la mirada de los otros"},"content":{"rendered":"<p class=\"x_MsoNormal\">Juan Rulfo en la mirada de los otros<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">Por H\u00e9ctor Perea<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">La Jornada Semanal<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">En un saloncito de espera<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">Cuando a uno no le tocaba exponer, hecho que de por s\u00ed relajaba los nervios, el mayor atractivo de las reuniones de los mi\u00e9rcoles era la espor\u00e1dica sesi\u00f3n previa al taller. En ese a\u00f1o de 1980, \u00faltimo en el que Juan Rulfo formar\u00eda parte del cuerpo de asesores, el Centro Mexicano de Escritores se encontraba en la calle San Francisco, en una casa t\u00edpica de la Colonia del Valle.<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">Durante los pocos minutos de espera previos a la reuni\u00f3n de trabajo, becarios y tutores compart\u00edamos una breve charla en el saloncito de entrada con vista al jard\u00edn. Este ejercicio de paciencia, que podr\u00eda haber supuesto un momento inc\u00f3modo para todos, para sorpresa de los escritores incipientes resultar\u00eda siempre la puerta de acceso al universo privado de los autores consagrados: Rulfo, Salvador Elizondo y Francisco Monterde \u2013autor colonialista y el m\u00e1s callado de los tres. Y como tal se constituir\u00eda en una fuente extra, inesperada y casi inagotable, de formaci\u00f3n literaria y, sobre todo, vital, mucho menos agobiante que las lecturas bajo lupa de los materiales en proceso de maduraci\u00f3n.<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">Durante ese invaluable encuentro cotidiano, sin medios masivos de por medio ni estira y afloja cr\u00edticos, los tres grandes acostumbraban charlar sin tapujos de sus asuntos y a responder de la misma forma a nuestras ingenuas inquietudes. M\u00e1s de un secreto \u00edntimo se revel\u00f3 entonces \u2013sobre todo cuando Rulfo le pidi\u00f3 a Elizondo que completara pasajes de su Autobiograf\u00eda precoz del \u201966; cosa que el autor de Narda o el verano hizo, desde luego, con mirada y sonrisa chispeantes. Pero tambi\u00e9n en las pl\u00e1ticas de antesala aparecieron algunas de las aspiraciones originales y las pasiones ocultas de los asesores que, en esos a\u00f1os, no eran todav\u00eda motivo de la cr\u00edtica acad\u00e9mica o ensay\u00edstica. Elizondo habl\u00f3, por ejemplo, de su cine de autor, pr\u00e1ctica frustrada apenas tras la primera incursi\u00f3n con Apocalypse 1900, obra en franc\u00e9s y casi desconocida, aunque fuera ya de culto; o acerca de su pintura y los dibujos que ilustraban las p\u00e1ginas de su Diario. Todos ellos, ejercicios secretos y muy personales, permanec\u00edan a\u00fan sepultados bajo el peso de su riqu\u00edsima y enigm\u00e1tica obra escrita. Monterde, el hist\u00f3rico don Francisco, el erudito pol\u00edgrafo de trato amable y justo, apenas mencionar\u00eda alguna an\u00e9cdota de otros tiempos para concentrarse en los asuntos del estilo literario y la gram\u00e1tica, esenciales para los autores en formaci\u00f3n. Juan Rulfo, por su parte, narr\u00f3 entonces en tono bajo y titubeante, con voz emocionada, algunos de los viajes que hab\u00edan motivado muchas de sus fotograf\u00edas; hizo bromas sobre sus m\u00faltiples chambas o acerca de las muy variadas incursiones cinematogr\u00e1ficas, en las que adem\u00e1s de haber ejercido el papel de argumentista y guionista, y sus libros de temas de adaptaci\u00f3n, se hab\u00eda visto orillado a la actuaci\u00f3n. Actividad, esta \u00faltima, que parec\u00eda m\u00e1s bien haber sufrido.<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">En alg\u00fan momento de esas charlas sueltas, sin pies ni cabeza, llenas de humoradas que se interrump\u00edan con el obligado paso a la mesa de disecci\u00f3n literaria, Rulfo mencion\u00f3 de paso y sin darle demasiada importancia un peque\u00f1o ensayo escrito a principios de los setentas dentro del cual, en apenas tres p\u00e1rrafos, hab\u00eda homenajeado a Elvira Gasc\u00f3n en plan de dibujante. Conocedor de las vi\u00f1etas con que la artista soriana hab\u00eda ilustrado el libro p\u00f3stumo de cuentos Vida y ficci\u00f3n, de Alfonso Reyes, al d\u00eda siguiente busqu\u00e9 el sint\u00e9tico halago que Juan Rulfo, un virtuoso de la lente, hab\u00eda hecho de una apasionada del dibujo, la caricatura a l\u00edneas y el muralismo. Me inquietaba saber c\u00f3mo se hab\u00edan encontrado ambas formas de mirar, tan distintas en apariencia, tan similares en la pr\u00e1ctica, sobre todo por lo escueto y po\u00e9tico de sus muy personales propuestas.<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">Las instant\u00e1neas: ficci\u00f3n y realidad<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">Durante esos pocos meses de tutor\u00eda Rulfo, absorto en algo que los becarios no alcanz\u00e1bamos a descifrar, mostrar\u00eda siempre, como colof\u00f3n de su medida elocuencia, una mirada extra\u00f1a. Mi amiga Olga C\u00e1ceres, fot\u00f3grafa que colaboraba en la preparaci\u00f3n de un n\u00famero especial de la revista Casa del Tiempo dedicado a los treinta a\u00f1os del Centro, captur\u00f3 esa mirada en una de las im\u00e1genes que finalmente no ser\u00eda publicada en la revista sino, trece a\u00f1os despu\u00e9s y un poco incompleta, en la portada del libro El arriero en el Danubio, de Alberto Vital. Olga me la hab\u00eda regalado en una impresi\u00f3n de prueba reci\u00e9n salida del labora-torio, lo cual hizo m\u00e1s personal y valioso el obsequio. A pesar del gusto que me daba tener una foto singular del entonces asesor, tardar\u00eda yo mucho tiempo en sentir, aunque sin llegar a descifrar, las resonancias pro-fundas de esa aproximaci\u00f3n al estado an\u00edmico de Rulfo.<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">En el trabajo sobre Elvira Gasc\u00f3n el autor de El Llano en llamas, al hablar de las virtudes de una artista delicada que, inspirada en el pensamiento griego hab\u00eda no obstante descre\u00eddo de las observaciones de Eur\u00edpides \u2013citadas por Rulfo\u2013 acerca del cuerpo del hombre visto como su propia tumba; o sobre la idea griega de que el amor hacia los dem\u00e1s era s\u00f3lo un sue\u00f1o, algo fuera de la raz\u00f3n, aseguraba que la espa\u00f1ola hab\u00eda dedicado buena parte de su existencia a \u201ctrazar en dibujos lineales todos los atributos de la vida\u201d. Por otro lado, y quiz\u00e1 sin propon\u00e9rselo, en su peque\u00f1o pero intenso ensayo sobre la artista, Juan Rulfo hab\u00eda logrado un fiel retrato de s\u00ed mismo. Del escritor que presumi\u00f3 siempre un afinado tino visual. All\u00ed estaba el fot\u00f3grafo que desde un extremo en absoluto opuesto sino complementario de su asombrosa creaci\u00f3n narrativa miraba atento a la dibujante y participaba de la sensibilidad de una obra, suerte de ilusi\u00f3n, de alucinaci\u00f3n \u201cdonde todo parece tener un m\u00e1gico significado\u201d. En sus propuestas fotogr\u00e1ficas Rulfo, al igual que la pintora, conseguir\u00eda extraer de muchas de las im\u00e1genes tomadas a los otros, a la naturaleza y a las cosas m\u00e1s cotidianas, rasgos esenciales de la existencia.<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">En los aguafuertes de la serie La minotauromaquia, de Picasso, o en las ilustraciones de Gasc\u00f3n al fragmento de la Il\u00edada en versi\u00f3n de Alfonso Reyes, sentimos que tanto los artistas referidos como el traductor de Homero muestran una visi\u00f3n tan universal de lo que tocan, que los convierte en parte de la misma cultura que han buscado interpretar. De la misma forma, al ver las fotograf\u00edas de Rulfo sobre el campo mexicano sentimos que no hay diferencia alguna entre el tiempo vivido por el escritor y el hist\u00f3rico, el de la revoluci\u00f3n efectiva, que para el momento de las fotos era ya pasado. En sus im\u00e1genes el tiempo pareciera comprimirse, fusionarse por un momento: justo el que tarda la captura de la instant\u00e1nea, en el sentido m\u00e1s puro del t\u00e9rmino. Por lo mismo, resulta en cierta forma natural toparnos con el hecho de que entre los stills rulfianos de La Escondida, de Roberto Gavald\u00f3n, y la cinta misma, se establece un ambiente familiar, una indudable l\u00ednea consangu\u00ednea. De pronto, como en su narrativa, en las fotos de Rulfo ficci\u00f3n y realidad son una. Pasado y presente tambi\u00e9n.<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">Las miradas atrapadas<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">Hay muchas instant\u00e1neas emblem\u00e1ticas de Juan Rulfo que, como siempre se ha dicho, muestran un retrato naturalista, con vislumbres de fantas\u00eda, del M\u00e9xico del campo y la ciudad. Y pertenecen no s\u00f3lo al momento en que el autor desarroll\u00f3 su obra sino al tiempo sin tiempo de su pa\u00eds. Por lo general, sus fotos son asimismo continuaci\u00f3n de una narrativa rica y compleja que ha permitido traslados cinematogr\u00e1ficos tan diversos entre s\u00ed que, a pesar de tener la misma fuente de inspiraci\u00f3n, parecieran versiones discordantes, mundos absolutamente opuestos inclusive. Baste recordar las adaptaciones de Pedro P\u00e1ramo rea-lizadas por Carlos Velo y Jos\u00e9 Bola\u00f1os. La segunda, El hombre de la media luna, con m\u00fasica de Ennio Morricone y escenograf\u00eda de Pedro f. Miret, es pr\u00e1cticamente una cinta de vampiros. O el argumento original de Rulfo para el cortometraje El despojo, dirigido por Antonio Reynoso, frente a la peque\u00f1a prosa po\u00e9tica del autor, escrita cuando la pel\u00edcula estaba ya concluida y en el mismo tono de los cuentos de El Llano en llamas, para ser le\u00edda por Jaime Sabines en La f\u00f3rmula secreta, de Rub\u00e9n G\u00e1mez, pel\u00edcula cr\u00edtica de la modernidad, contrapunt\u00edstica al extremo, cercana a los clips publicitarios y, desde luego, de corte surrealista. Estas dos cintas breves ser\u00edan consideradas por Jorge Ayala Blanco como \u201cobras maestras olvidadas de nuestro cine\u201d.<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">A prop\u00f3sito de lo anterior, y de vuelta con sus fotograf\u00edas, hay una de las tomas del escritor, no la m\u00e1s representativa de su trabajo ni la mejor desde el punto de vista t\u00e9cnico o compositivo, que en realidad lo que hace es inventar una fantas\u00eda singular descansada sobre la realidad contundente. As\u00ed pasaba, en plan humor\u00edstico, en aquella escena de Mon oncle, de Jacques Tati en que la fachada de una casa moderna, convertida en rostro, vigilaba todos los movimientos de Monsieur Hulot. En el caso de la foto de Rulfo, la realidad ser\u00eda la de una ruinosa postrevoluci\u00f3n. Esta imagen captura y recrea un aut\u00e9ntico objet trouv\u00e9, un coup d\u2019oeil surrealista que recuerda el logrado por Manuel \u00c1lvarez Bravo en su interpretaci\u00f3n de la \u00f3ptica moderna. O deber\u00eda decir, de anredom acitp\u00f3 al, t\u00edtulo invertido del lugar, tal como figura en la propia foto \u2013y en muchos grabados de Picasso, en relaci\u00f3n con la fecha u otros datos puestos directamente sobre la placa o la piedra. La fantas\u00eda de \u00c1lvarez Bravo, hecha a partir de la imagen de una tienda rebosante en ojos recordar\u00e1 a su vez el Estudio f\u00edlmico, de Hans Richter, de 1925. Todas estas propuestas tratan en el fondo de lo mismo: del apresamiento de miradas simult\u00e1neas que tras confluir en los ojos de los artistas lo hicieron luego, lo hacen hoy, en los del espectador.<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">En el caso de la foto de Rulfo se trata de la toma del muro solitario de una iglesia virreinal, sostenido en pie por un contrafuerte de \u00e9poca. En la toma no hay m\u00e1s, en apariencia, que lo descrito por m\u00ed de manera fr\u00eda y objetiva. Aunque en ella podr\u00edamos descubrir tambi\u00e9n, sobre esta espalda de pared y gracias a la postura y encuadre adoptados por el fot\u00f3grafo, un rostro visto casi de frente, en el que los ojos de buey en \u00f3valo hacen las veces de ojos humanos y el contrafuerte, parcialmente iluminado, las de nariz. \u00bfSe trata de la representaci\u00f3n de una m\u00e1scara michoacana o, al menos, de una careta con funci\u00f3n ritual? \u00bfO de una carita sonriente totonaca o un enorme Judas de pueblo? En verdad, pareciera s\u00f3lo un retrato de nadie; creado, pr\u00e1cti-camente, de la nada. Un artificio puro hecho de elementos arquitect\u00f3nicos del que podr\u00eda desprenderse cualquier interpretaci\u00f3n por parte del creador o el espectador para ser luego adaptada a todos los instantes mexicanos.<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">A pesar de la consigna de no preparar las fotos anticipadamente, sino trabajar bajo el poder de los impulsos, \u00c1lvarez Bravo logr\u00f3 en 1955 una fotograf\u00eda de estudio de Rulfo verdaderamente singular. En ella, y al contrario del esp\u00edritu de aquel otro objet trouv\u00e9, la toma referida a la \u00f3ptica, el escritor aparece dentro de un escenario preparado y justo en la zona \u00e1urea de la imagen. El lugar est\u00e1 recubierto de madera r\u00fastica y el escritor posa tras un objeto de piedra o le\u00f1o que representa una cabeza sobrehumana, quiz\u00e1 un cr\u00e1neo ritual. El autor de El Llano en llamas ve la figura con mirada reconcentrada, as\u00e9ptica. Pero lo que pareciera observar no es en realidad la expresi\u00f3n vac\u00eda de la misma; ni sus ojos redondos, como muertos; ni su dentadura completa, perfecta, descarnada. Y esto, porque no ve la pieza de frente. Lo que Rulfo analiza, o sobre lo que deja vagar la mirada, es el espacio absurdo, sin fron-teras reales, que se extiende entre la parte media del cuello y el inicio de la nuca. Aunque cabe la posibilidad de que me equivoque por completo en la interpretaci\u00f3n de la foto, y que los ojos del escritor est\u00e9n perdidos en un sitio sin tiempo ni espacio. En un lugar sin lugar. El m\u00e1s apropiado para los ojos \u00fanicos de Rulfo, que semejan en su inmovilidad aquellos otros dibujados a l\u00edneas sobre los p\u00e1rpados de Kiki de Montparnasse en el cortometraje de Man Ray de 1926. Los originales de estos ojos femeninos los descubriremos s\u00f3lo, desnudos, cuando la modelo y artista francesa alce las cortinillas de piel para mirarnos a trav\u00e9s de la pantalla. Aunque sea por un instante, antes de caer nue-vamente en el letargo de los ojos fingidos.<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">La mirada indescifrable<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">La instant\u00e1nea de \u00c1lvarez Bravo me lleva natu-ralmente a otra de Ray, el vanguardista esta-du-nidense que explor\u00f3 con Kiki muchas de las po-sibilidades po\u00e9ticas y rupturistas de la imagen fotogr\u00e1fica. La impresi\u00f3n a la que me refiero, emblem\u00e1tica del trabajo de ambos y que de hecho forma parte de una serie, muestra la cabeza de ella recostada sobre una mesa y con los ojos cerrados. Sus rasgos replican all\u00ed los de una figura africana de madera oscura. Kiki sostiene verticalmente la pieza con su mano izquierda. La descansa sobre la mesa mientras insin\u00faa la desnudez completa de su cuerpo, s\u00f3lo visible a partir del brazo y parte del torso. La mirada oculta por los p\u00e1rpados manifiesta un enigma similar al de la mirada perdida o ensimismada de Rulfo en la foto de \u00c1lvarez Bravo. Las manos en las dos tomas tienen una clara presencia y un volumen esencial en la s\u00f3lida composici\u00f3n de las fotos. Est\u00e1n vivas y actuantes, aun con la inmovilidad abso-luta que exhiben. Curiosamente, donde mejor se observa la cercan\u00eda entre estos trabajos es en un homenaje a Man Ray del fot\u00f3grafo de modas Gaetan Caputo. En el mismo, el fot\u00f3grafo belga retoma en su parte me-dular el tema de la instant\u00e1nea vanguardista, pero cambia la cabeza africana por una calavera negra, sostenida en la mesa por la mano de la modelo actual. Los dedos de esta mano figuran con las u\u00f1as pintadas de negro, como los labios de Kiki y de la nueva modelo, casi un siglo m\u00e1s joven que la amiga de Man Ray y Alfonso Reyes. Todav\u00eda Caputo usar\u00e1 la calavera en un par de fotos m\u00e1s con tufillo eisensteniano. \u00c9stas s\u00ed, inmersas en el universo fr\u00edvolo de la moda.<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">La imagen con Rulfo, personaje en segundo plano, aunque central en la toma del fot\u00f3grafo mexicano, tiene algo m\u00e1s, inquietante, que no percibir\u00eda yo sino hasta el d\u00eda en que me top\u00e9 de nuevo con la vieja foto, muchos a\u00f1os despu\u00e9s de que me la regalara Olga C\u00e1ceres tras una de las sesiones del Centro Mexicano de Escritores. La de \u00c1lvarez Bravo era de 1955, a\u00f1o de la edici\u00f3n de Pedro P\u00e1ramo y en dos posterior a la publicaci\u00f3n de El Llano en llamas. La de mi amiga, de 1981, a\u00f1o en que el puertorrique\u00f1o Francisco Rod\u00f3n hizo a Rulfo un retrato al \u00f3leo con car\u00e1cter de aguada y Daisy Ascher public\u00f3 la foto en que el escritor mira en silencio una tumba semidestrozada, quiz\u00e1 tambi\u00e9n saqueada.<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">A pesar de los casi cinco lustros transcurridos entre la toma de \u00c1lvarez Bravo y los otros retratos mencionados en que se exhibe con exactitud el mismo giro y la suave inclinaci\u00f3n del rostro, la mirada indescifrable se conserva casi intacta en todos los trabajos. Lo cual podr\u00eda hacer extensible a estas obras, en cierta forma, una de las interpretaciones posibles de la foto con el cr\u00e1neo descarnado, en el sentido de que los ojos del escritor, en ella como en las dem\u00e1s versiones, no ven lo que parecieran mirar, pues se dirigen m\u00e1s all\u00e1 del objeto o, al contrario, hacia las profundidades enigm\u00e1ticas del que mira. En todas las im\u00e1genes se muestra adem\u00e1s lo que podr\u00eda ser una profunda tristeza o nostalgia en Juan Rulfo. O una reconcentraci\u00f3n absoluta en su espacio m\u00e1s \u00edntimo.<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">\u201c\u00bfQu\u00e9 pa\u00eds es \u00e9ste, Agripina?\u201d, pregunta el personaje en \u201cLuvina\u201d, el cuento que anunciaba ya a Pedro P\u00e1ramo. \u00bfY qu\u00e9 pa\u00eds, qu\u00e9 mundo observaba Rulfo desde su muy personal universo durante la pose de las fotos y la pintura referidas?<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">En 1966 Oswaldo Guayasam\u00edn retrat\u00f3 una vez m\u00e1s a Juan Rulfo. A principios de esa d\u00e9cada el artista hab\u00eda comenzado una de sus series m\u00e1s contestatarias frente a la injusticia humana: La edad de la ira. Si temporalmente la pintura se enmarcaba dentro de este conjunto, en cuanto a estilo y sentido del acercamiento, la obra parecer\u00eda m\u00e1s bien un puente entre el mismo y La ternura, la siguiente serie de Guayasam\u00edn. Y es que en la obra sobre el escritor el ecuatoriano hab\u00eda plasmado al Rulfo que habiendo vivido \u2013como \u00e9l mismo\u2013 tiempos en verdad dif\u00edciles, en el fondo lo que mostraba era una expresi\u00f3n facial contraria tanto al sufrimiento descarnado como a la bondad sublime caracter\u00edsticas de ambas series. Lo que el autor de El gallo de oro exhibe en este retrato es la misma postura enigm\u00e1tica, desapasionada, cr\u00edptica de las fotos se\u00f1aladas o de la pintura de Francisco Rod\u00f3n. Sus rasgos faciales son, de nueva cuenta, los de quien lo ha visto casi todo; aunque, tambi\u00e9n, del que no ha logrado asimilar por completo las repercusiones de algo oculto entre los pliegues de la vida. Quiz\u00e1 aquello que traslucen muchas p\u00e1ginas de su obra escrita. P\u00e1ginas en ocasiones sutiles, a veces tremendas, y en las que el autor pareciera afirmar, a nivel de susurro \u2013de murmullos\u2013, un desconcierto, una rabia contenida.<\/p>\n<p class=\"x_MsoNormal\">\n<p class=\"x_MsoNormal\">En la mirada de los otros se han reflejado los ojos del propio Rulfo. El escritor de narrativa breve y contundente, el fot\u00f3grafo de encuadre \u00fanico que mientras se abr\u00eda de capa en aquel saloncito de espera del Centro Mexicano de Escritores anunciaba ya su inminente retiro como tutor, chamba que hab\u00eda ejercido por dieciocho a\u00f1os. Y lo hizo con un simple gui\u00f1o: lanzando la mirada fuera de cuadro en la foto generacional de 1980<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Juan Rulfo en la mirada de los otros Por H\u00e9ctor Perea La Jornada Semanal En un saloncito de espera Cuando a uno no le tocaba exponer, hecho que de por s\u00ed relajaba los nervios, el mayor atractivo de las reuniones de los mi\u00e9rcoles era la espor\u00e1dica sesi\u00f3n previa al taller. 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