{"id":14371,"date":"2019-11-05T13:25:22","date_gmt":"2019-11-05T19:25:22","guid":{"rendered":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=14371"},"modified":"2019-11-05T13:25:22","modified_gmt":"2019-11-05T19:25:22","slug":"dos-volcanes-con-interrogantesel-popocatepetl-y-el-iztaciuhuatl","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=14371","title":{"rendered":"Dos volcanes con interrogantes:El Popocatepetl y El Iztaciuhuatl"},"content":{"rendered":"<p>Proceso<\/p>\n<p>Fabrizio Mej\u00eda Madrid<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>El desd\u00e9n<\/p>\n<p>\u201cOleaje petrificado de un antiguo mar c\u00f3smico\u201d, escribi\u00f3 el Dr. Atl sobre los volcanes a cuyo pie construy\u00f3 una caba\u00f1a para pintarlos y asimilar su \u201cdesprecio\u201d; desde lo alto imaginaba la lava inundando pueblos, llenando todo de muerte, fertilizando con ceniza el lejano porvenir. En el reparto agrario del cardenismo, a Gerardo Murillo le toc\u00f3 apropiarse del paisaje. La tierra o, m\u00e1s bien, lo tel\u00farico se nacionaliz\u00f3 en sus pinturas. En una de ellas, pint\u00f3 a La Volcana, al Iztacc\u00edhuatl, cercada por nubes. Es una mujer dormida bajo sus nieves, tendida, en espera de un despertar. Junto a ella se arrodilla el Volc\u00e1n, Gregorio Popocat\u00e9petl, cuya actividad eruptiva el pintor fech\u00f3 entre 1919 y 1938. Nuestra era con exhalaciones del Popo data apenas de 1994, pero sus gestos son los mismos desde antes de que los humanos llegaran al An\u00e1huac: resplandores magn\u00e9ticos de color verde y rojo, vapor de agua, piedras aventadas a gran velocidad, lagos de sulfuros y cenizas con azufre. A lado, La Volcana es una paciencia que en m\u00e1s de 10 milenios no ha cambiado de posici\u00f3n, inerte en su lecho.<\/p>\n<p>Hay una forma de mirar a La Volcana como indiferente. El Dr. Atl la describe as\u00ed: \u201cChimenea apagada \u2013hornaza extinguida por donde sali\u00f3 la conciencia ardiente de la tierra\u2013, el viento implacable te corroe. Los labios de tu boca que el fuego esculpi\u00f3 en la cima del monte augusto, son los labios carcomidos por el pico de un buitre\u201d. Para \u00e9l, el Valle de M\u00e9xico era la representaci\u00f3n simb\u00f3lica del esp\u00edritu de la mexicanidad, de acuerdo a una suerte de nietzschianismo posrevolucionario que pareci\u00f3 profesar. M\u00e1s all\u00e1 de sus vaivenes ideol\u00f3gicos entre el carrancismo y el fascismo italiano, el Dr. Atl ve\u00eda el paisaje como lo que precede al humano y lo sobrevivir\u00e1. Como pintor \u2013\u00e9l confiesa sentirse m\u00e1s un paseante\u2013, ve la naturaleza como \u201cun escenario del mundo modificado constantemente por la luz\u201d y encuentra en las luces, sombras, colores, vol\u00famenes, de los dos volcanes un impulso emocional de la naturaleza de la vida en estas tierras. Como si nada importara, salvo la mirada que le dirigimos al mundo, el Dr. Atl llen\u00f3 formularios para inscribir sus pinturas para un sal\u00f3n pl\u00e1stico de Bellas Artes en 1927, diciendo que hab\u00eda nacido en La Atl\u00e1ntida \u201ccomo un anuncio de que la Venus nacer\u00eda de la espuma del mar\u201d, hijo del Padre Eterno, y autor de un folleto llamado Tratado del lenguaje de las hormigas, con su ortograf\u00eda fon\u00e9tica. Para entonces, el pintor-paseante cre\u00eda en la trascendencia humana en colisi\u00f3n y contemplaci\u00f3n de unos volcanes a quienes sus observadores les ten\u00edan sin cuidado y, de hecho, gracias a sus desdenes, el pintor perdi\u00f3 una pierna. Medio siglo despu\u00e9s, Jos\u00e9 Emilio Pacheco le dedicar\u00eda estos versos a La Volcana:<\/p>\n<p>\u201cEsta monta\u00f1a inmensa se levanta<br \/>\ncomo advertencia de mi peque\u00f1ez<br \/>\ny mi autoenga\u00f1o al darme<br \/>\nimportancia.<br \/>\nPara nada me necesita.<br \/>\nExiste al margen de que la contemple.<br \/>\nEstuvo aqu\u00ed cuando \u00e9ramos<br \/>\nimpensables<br \/>\ny seguir\u00e1 ma\u00f1ana.\u201d<\/p>\n<p>Los centinelas<\/p>\n<p>Gustav Regler lleg\u00f3 a M\u00e9xico en 1940 pr\u00f3fugo de una historia com\u00fan a muchos europeos: derrotas en las guerras contra Franco y Hitler, cautiverio en campos de concentraci\u00f3n y llegada al pa\u00eds del cardenismo. Se le ha visto como la contraparte de B. Traven, que logr\u00f3 invisibilizarse en M\u00e9xico. Regler no lo consigui\u00f3 tratando de entender el pa\u00eds y poder explic\u00e1rselo a los exiliados que llegaban de las matanzas europeas. Fue as\u00ed que escribi\u00f3 una \u201cgu\u00eda para alemanes\u201d llamada Pa\u00eds volc\u00e1nico, pa\u00eds hechizado (1947), que Seix Barral reedit\u00f3 en 2003. En \u00e9l, el egresado de literatura de la Universidad de Heidelberg, toma la presencia de los volcanes del Altiplano mexicano y el surgimiento del Paricut\u00edn, del que el Dr. Atl se sent\u00eda \u201cpartero\u201d, como determinante del alma nacional.<\/p>\n<p>Con una mirada parad\u00f3jica, Regler escribe de M\u00e9xico: \u201c\u00c9ste es el pa\u00eds de las erupciones sorprendentes, habitado por un pueblo tan enigm\u00e1tico como sencillo. Oscila de aqu\u00ed para all\u00e1 entre la leyenda de un general que le dispar\u00f3 en la frente a un sirviente que se quejaba de dolor de cabeza y la del indio a quien la Virgen le ordena buscar rosas en diciembre en un cerro \u00e1rido (\u2026) Es un pa\u00eds que obsequia riquezas y por las noches las arrebata a trav\u00e9s de revoluciones imprevisibles. Sus paisajes hacen pensar en un planeta desconocido y no se parece a ning\u00fan otro pa\u00eds sobre la Tierra. Su poblaci\u00f3n es sedentaria como si se tratara de un pueblo insular, pero en sus fiestas parece que fueran gitanos en constantes ebulliciones de alegr\u00eda. El pa\u00eds surge de s\u00ed mismo como un volc\u00e1n y raja a sus presidentes como si fueran alfalfa para burros; despu\u00e9s, cae de nuevo en el letargo que dura a\u00f1os y se vuelve pasivo como una luna muda\u201d.<\/p>\n<p>Para quien fuera comisario pol\u00edtico de la XII Brigada Internacional que va a asistir a la rep\u00fablica durante la guerra civil espa\u00f1ola, M\u00e9xico es un volc\u00e1n activo como el Popocat\u00e9petl, que pasa periodos largos dormido como el Iztacc\u00edhuatl. Su mirada no alcanza a comprender sus paradojas que evoca en una conversaci\u00f3n c\u00e9lebre con Miguel \u00c1ngel de Quevedo, quien le dice, exaltado:<\/p>\n<p>\u2013Ver\u00e1 usted: yo creo en las ra\u00edces. Incluso la lava ha tenido que aceptar las ra\u00edces de mis \u00e1rboles. Y plantar\u00e9 mis ra\u00edces por todas partes. Enviar\u00e9 millones de ra\u00edces a esta tierra. Y har\u00e9 que asienten y har\u00e9 que los alrededores se vuelvan verdes y provechosos.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de ese encuentro, Regler se convence de que el arraigo es lo distintivo de M\u00e9xico. En un pa\u00eds cubierto de lava, que se desquebraja cuando tiembla, cuando su gente se levanta, sus ra\u00edces son lo \u00fanico que lo sigue sosteniendo. Cree que el pa\u00eds est\u00e1 \u201chechizado\u201d, traspasado por las energ\u00edas tel\u00faricas que hacen que un \u201cpobrecito\u201d se transforme, un buen d\u00eda, en un \u201cmacho envalentonado\u201d o que lo que en otras partes ser\u00eda intolerable, aqu\u00ed se le transforma en cosa de relajo o en una tristeza callada. Los volcanes para \u00e9l son M\u00e9xico.<\/p>\n<p>La privatizaci\u00f3n del volc\u00e1n<\/p>\n<p>En un texto a\u00fan in\u00e9dito, el director del Centro Universitario para la Prevenci\u00f3n de Desastres Regionales de la Universidad Aut\u00f3noma de Puebla y tambi\u00e9n del diario La Jornada de Oriente, Aurelio Fern\u00e1ndez, ha descubierto una historia de cuando el volc\u00e1n fue privatizado. Basado en un reporte encontrado en la biblioteca Lafragua hoy sabemos que el Popocat\u00e9petl fue dado en propiedad para la explotaci\u00f3n del azufre a un general Gaspar S\u00e1nchez Ochoa, alrededor de 1857.<\/p>\n<p>El relato, escrito por el ingeniero Lorenzo P\u00e9rez Castro, habla de una expedici\u00f3n al cr\u00e1ter encabezada por su due\u00f1o y que implic\u00f3 atarse jergas a los pies para evitar resbalones y cortaduras. Por medio de un cable tensado por los indios que viven a las faldas del volc\u00e1n, bajan los expedicionarios a observar \u201clos respiraderos de azufre\u201d y los charcos de \u00e1cido sulf\u00farico que tienen la intenci\u00f3n de extraer para hacer p\u00f3lvora \u2013como lo hizo Hern\u00e1n Cort\u00e9s en el sitio de Tenochtitl\u00e1n\u2013 en el rancho de Tlamacas.<\/p>\n<p>Dice Aurelio Fern\u00e1ndez que el due\u00f1o del volc\u00e1n era un general que hab\u00eda participado en la batalla triunfante del 5 de mayo de 1862 y que fue gobernador de Sinaloa. Para aprovechar al volc\u00e1n ide\u00f3, primero, junto con un m\u00edster Stewart, de la Compa\u00f1\u00eda Cablegr\u00e1fica de California, una especie de telef\u00e9rico entre el cr\u00e1ter y Amecameca, pero no lo hicieron porque \u201cla velocidad vertiginosa les infundir\u00eda temores\u201d. Entonces, el due\u00f1o del volc\u00e1n plane\u00f3 un t\u00fanel por donde correr\u00eda un tren subterr\u00e1neo con el azufre. Pero el general muri\u00f3 antes de hacerlo realidad, en 1908. Una d\u00e9cada despu\u00e9s, en 1919, sigue diciendo Aurelio Fern\u00e1ndez, un capataz encargado de una cuadrilla de 25 hombres mand\u00f3 poner 28 cartuchos de dinamita en ciertos puntos del cr\u00e1ter. Al detonarlos quiebran la roca y desatan una cadena de eventos desafortunados que terminan en una erupci\u00f3n. Como fuente usa el testimonio de un sobreviviente, Jos\u00e9 Mendoza, un \u201cmalacatero\u201d de Amecameca, que el Dr. Atl recoge en sus estudios de volcanes.<\/p>\n<p>Mucho tiempo despu\u00e9s, el propio Aurelio Fern\u00e1ndez y el que esto redacta conocimos de boca de los habitantes de San Mateo Ozolco y Santiago Xalitzintla una historia estramb\u00f3tica sobre el origen de las nuevas erupciones, las de 1994. Los pobladores, ind\u00edgenas nahuas de origen tlaxcalteco, nos aseguraban que Carlos Salinas de Gortari le hab\u00eda vendido a los japoneses los volcanes y que eran ellos los que pon\u00edan dinamita adentro para provocar que los ejidatarios se mudaran a otras tierras. En esa narraci\u00f3n, hoy que los entusiastas de los ovnis aseguran que existe actividad en La Volcana, est\u00e1 presente la deuda de 1919, cien a\u00f1os despu\u00e9s. Y, como desde hace milenios, la respuesta a ella sigue siendo, de nuevo, atravesar la lava con nuestras ra\u00edces.<\/p>\n<p>El desd\u00e9n<\/p>\n<p>\u201cOleaje petrificado de un antiguo mar c\u00f3smico\u201d, escribi\u00f3 el Dr. Atl sobre los volcanes a cuyo pie construy\u00f3 una caba\u00f1a para pintarlos y asimilar su \u201cdesprecio\u201d; desde lo alto imaginaba la lava inundando pueblos, llenando todo de muerte, fertilizando con ceniza el lejano porvenir. En el reparto agrario del cardenismo, a Gerardo Murillo le toc\u00f3 apropiarse del paisaje. La tierra o, m\u00e1s bien, lo tel\u00farico se nacionaliz\u00f3 en sus pinturas. En una de ellas, pint\u00f3 a La Volcana, al Iztacc\u00edhuatl, cercada por nubes. Es una mujer dormida bajo sus nieves, tendida, en espera de un despertar. Junto a ella se arrodilla el Volc\u00e1n, Gregorio Popocat\u00e9petl, cuya actividad eruptiva el pintor fech\u00f3 entre 1919 y 1938. Nuestra era con exhalaciones del Popo data apenas de 1994, pero sus gestos son los mismos desde antes de que los humanos llegaran al An\u00e1huac: resplandores magn\u00e9ticos de color verde y rojo, vapor de agua, piedras aventadas a gran velocidad, lagos de sulfuros y cenizas con azufre. A lado, La Volcana es una paciencia que en m\u00e1s de 10 milenios no ha cambiado de posici\u00f3n, inerte en su lecho.<\/p>\n<p>Hay una forma de mirar a La Volcana como indiferente. El Dr. Atl la describe as\u00ed: \u201cChimenea apagada \u2013hornaza extinguida por donde sali\u00f3 la conciencia ardiente de la tierra\u2013, el viento implacable te corroe. Los labios de tu boca que el fuego esculpi\u00f3 en la cima del monte augusto, son los labios carcomidos por el pico de un buitre\u201d. Para \u00e9l, el Valle de M\u00e9xico era la representaci\u00f3n simb\u00f3lica del esp\u00edritu de la mexicanidad, de acuerdo a una suerte de nietzschianismo posrevolucionario que pareci\u00f3 profesar. M\u00e1s all\u00e1 de sus vaivenes ideol\u00f3gicos entre el carrancismo y el fascismo italiano, el Dr. Atl ve\u00eda el paisaje como lo que precede al humano y lo sobrevivir\u00e1. Como pintor \u2013\u00e9l confiesa sentirse m\u00e1s un paseante\u2013, ve la naturaleza como \u201cun escenario del mundo modificado constantemente por la luz\u201d y encuentra en las luces, sombras, colores, vol\u00famenes, de los dos volcanes un impulso emocional de la naturaleza de la vida en estas tierras. Como si nada importara, salvo la mirada que le dirigimos al mundo, el Dr. Atl llen\u00f3 formularios para inscribir sus pinturas para un sal\u00f3n pl\u00e1stico de Bellas Artes en 1927, diciendo que hab\u00eda nacido en La Atl\u00e1ntida \u201ccomo un anuncio de que la Venus nacer\u00eda de la espuma del mar\u201d, hijo del Padre Eterno, y autor de un folleto llamado Tratado del lenguaje de las hormigas, con su ortograf\u00eda fon\u00e9tica. Para entonces, el pintor-paseante cre\u00eda en la trascendencia humana en colisi\u00f3n y contemplaci\u00f3n de unos volcanes a quienes sus observadores les ten\u00edan sin cuidado y, de hecho, gracias a sus desdenes, el pintor perdi\u00f3 una pierna. Medio siglo despu\u00e9s, Jos\u00e9 Emilio Pacheco le dedicar\u00eda estos versos a La Volcana:<\/p>\n<p>\u201cEsta monta\u00f1a inmensa se levanta<br \/>\ncomo advertencia de mi peque\u00f1ez<br \/>\ny mi autoenga\u00f1o al darme<br \/>\nimportancia.<br \/>\nPara nada me necesita.<br \/>\nExiste al margen de que la contemple.<br \/>\nEstuvo aqu\u00ed cuando \u00e9ramos<br \/>\nimpensables<br \/>\ny seguir\u00e1 ma\u00f1ana.\u201d<\/p>\n<p>Los centinelas<\/p>\n<p>Gustav Regler lleg\u00f3 a M\u00e9xico en 1940 pr\u00f3fugo de una historia com\u00fan a muchos europeos: derrotas en las guerras contra Franco y Hitler, cautiverio en campos de concentraci\u00f3n y llegada al pa\u00eds del cardenismo. Se le ha visto como la contraparte de B. Traven, que logr\u00f3 invisibilizarse en M\u00e9xico. Regler no lo consigui\u00f3 tratando de entender el pa\u00eds y poder explic\u00e1rselo a los exiliados que llegaban de las matanzas europeas. Fue as\u00ed que escribi\u00f3 una \u201cgu\u00eda para alemanes\u201d llamada Pa\u00eds volc\u00e1nico, pa\u00eds hechizado (1947), que Seix Barral reedit\u00f3 en 2003. En \u00e9l, el egresado de literatura de la Universidad de Heidelberg, toma la presencia de los volcanes del Altiplano mexicano y el surgimiento del Paricut\u00edn, del que el Dr. Atl se sent\u00eda \u201cpartero\u201d, como determinante del alma nacional.<\/p>\n<p>Con una mirada parad\u00f3jica, Regler escribe de M\u00e9xico: \u201c\u00c9ste es el pa\u00eds de las erupciones sorprendentes, habitado por un pueblo tan enigm\u00e1tico como sencillo. Oscila de aqu\u00ed para all\u00e1 entre la leyenda de un general que le dispar\u00f3 en la frente a un sirviente que se quejaba de dolor de cabeza y la del indio a quien la Virgen le ordena buscar rosas en diciembre en un cerro \u00e1rido (\u2026) Es un pa\u00eds que obsequia riquezas y por las noches las arrebata a trav\u00e9s de revoluciones imprevisibles. Sus paisajes hacen pensar en un planeta desconocido y no se parece a ning\u00fan otro pa\u00eds sobre la Tierra. Su poblaci\u00f3n es sedentaria como si se tratara de un pueblo insular, pero en sus fiestas parece que fueran gitanos en constantes ebulliciones de alegr\u00eda. El pa\u00eds surge de s\u00ed mismo como un volc\u00e1n y raja a sus presidentes como si fueran alfalfa para burros; despu\u00e9s, cae de nuevo en el letargo que dura a\u00f1os y se vuelve pasivo como una luna muda\u201d.<\/p>\n<p>Para quien fuera comisario pol\u00edtico de la XII Brigada Internacional que va a asistir a la rep\u00fablica durante la guerra civil espa\u00f1ola, M\u00e9xico es un volc\u00e1n activo como el Popocat\u00e9petl, que pasa periodos largos dormido como el Iztacc\u00edhuatl. Su mirada no alcanza a comprender sus paradojas que evoca en una conversaci\u00f3n c\u00e9lebre con Miguel \u00c1ngel de Quevedo, quien le dice, exaltado:<\/p>\n<p>\u2013Ver\u00e1 usted: yo creo en las ra\u00edces. Incluso la lava ha tenido que aceptar las ra\u00edces de mis \u00e1rboles. Y plantar\u00e9 mis ra\u00edces por todas partes. Enviar\u00e9 millones de ra\u00edces a esta tierra. Y har\u00e9 que asienten y har\u00e9 que los alrededores se vuelvan verdes y provechosos.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de ese encuentro, Regler se convence de que el arraigo es lo distintivo de M\u00e9xico. En un pa\u00eds cubierto de lava, que se desquebraja cuando tiembla, cuando su gente se levanta, sus ra\u00edces son lo \u00fanico que lo sigue sosteniendo. Cree que el pa\u00eds est\u00e1 \u201chechizado\u201d, traspasado por las energ\u00edas tel\u00faricas que hacen que un \u201cpobrecito\u201d se transforme, un buen d\u00eda, en un \u201cmacho envalentonado\u201d o que lo que en otras partes ser\u00eda intolerable, aqu\u00ed se le transforma en cosa de relajo o en una tristeza callada. Los volcanes para \u00e9l son M\u00e9xico.<\/p>\n<p>La privatizaci\u00f3n del volc\u00e1n<\/p>\n<p>En un texto a\u00fan in\u00e9dito, el director del Centro Universitario para la Prevenci\u00f3n de Desastres Regionales de la Universidad Aut\u00f3noma de Puebla y tambi\u00e9n del diario La Jornada de Oriente, Aurelio Fern\u00e1ndez, ha descubierto una historia de cuando el volc\u00e1n fue privatizado. Basado en un reporte encontrado en la biblioteca Lafragua hoy sabemos que el Popocat\u00e9petl fue dado en propiedad para la explotaci\u00f3n del azufre a un general Gaspar S\u00e1nchez Ochoa, alrededor de 1857.<\/p>\n<p>El relato, escrito por el ingeniero Lorenzo P\u00e9rez Castro, habla de una expedici\u00f3n al cr\u00e1ter encabezada por su due\u00f1o y que implic\u00f3 atarse jergas a los pies para evitar resbalones y cortaduras. Por medio de un cable tensado por los indios que viven a las faldas del volc\u00e1n, bajan los expedicionarios a observar \u201clos respiraderos de azufre\u201d y los charcos de \u00e1cido sulf\u00farico que tienen la intenci\u00f3n de extraer para hacer p\u00f3lvora \u2013como lo hizo Hern\u00e1n Cort\u00e9s en el sitio de Tenochtitl\u00e1n\u2013 en el rancho de Tlamacas.<\/p>\n<p>Dice Aurelio Fern\u00e1ndez que el due\u00f1o del volc\u00e1n era un general que hab\u00eda participado en la batalla triunfante del 5 de mayo de 1862 y que fue gobernador de Sinaloa. Para aprovechar al volc\u00e1n ide\u00f3, primero, junto con un m\u00edster Stewart, de la Compa\u00f1\u00eda Cablegr\u00e1fica de California, una especie de telef\u00e9rico entre el cr\u00e1ter y Amecameca, pero no lo hicieron porque \u201cla velocidad vertiginosa les infundir\u00eda temores\u201d. Entonces, el due\u00f1o del volc\u00e1n plane\u00f3 un t\u00fanel por donde correr\u00eda un tren subterr\u00e1neo con el azufre. Pero el general muri\u00f3 antes de hacerlo realidad, en 1908. Una d\u00e9cada despu\u00e9s, en 1919, sigue diciendo Aurelio Fern\u00e1ndez, un capataz encargado de una cuadrilla de 25 hombres mand\u00f3 poner 28 cartuchos de dinamita en ciertos puntos del cr\u00e1ter. Al detonarlos quiebran la roca y desatan una cadena de eventos desafortunados que terminan en una erupci\u00f3n. Como fuente usa el testimonio de un sobreviviente, Jos\u00e9 Mendoza, un \u201cmalacatero\u201d de Amecameca, que el Dr. Atl recoge en sus estudios de volcanes.<\/p>\n<p>Mucho tiempo despu\u00e9s, el propio Aurelio Fern\u00e1ndez y el que esto redacta conocimos de boca de los habitantes de San Mateo Ozolco y Santiago Xalitzintla una historia estramb\u00f3tica sobre el origen de las nuevas erupciones, las de 1994. Los pobladores, ind\u00edgenas nahuas de origen tlaxcalteco, nos aseguraban que Carlos Salinas de Gortari le hab\u00eda vendido a los japoneses los volcanes y que eran ellos los que pon\u00edan dinamita adentro para provocar que los ejidatarios se mudaran a otras tierras. En esa narraci\u00f3n, hoy que los entusiastas de los ovnis aseguran que existe actividad en La Volcana, est\u00e1 presente la deuda de 1919, cien a\u00f1os despu\u00e9s. Y, como desde hace milenios, la respuesta a ella sigue siendo, de nuevo, atravesar la lava con nuestras ra\u00edces.<\/p>\n<p>El desd\u00e9n<\/p>\n<p>\u201cOleaje petrificado de un antiguo mar c\u00f3smico\u201d, escribi\u00f3 el Dr. Atl sobre los volcanes a cuyo pie construy\u00f3 una caba\u00f1a para pintarlos y asimilar su \u201cdesprecio\u201d; desde lo alto imaginaba la lava inundando pueblos, llenando todo de muerte, fertilizando con ceniza el lejano porvenir. En el reparto agrario del cardenismo, a Gerardo Murillo le toc\u00f3 apropiarse del paisaje. La tierra o, m\u00e1s bien, lo tel\u00farico se nacionaliz\u00f3 en sus pinturas. En una de ellas, pint\u00f3 a La Volcana, al Iztacc\u00edhuatl, cercada por nubes. Es una mujer dormida bajo sus nieves, tendida, en espera de un despertar. Junto a ella se arrodilla el Volc\u00e1n, Gregorio Popocat\u00e9petl, cuya actividad eruptiva el pintor fech\u00f3 entre 1919 y 1938. Nuestra era con exhalaciones del Popo data apenas de 1994, pero sus gestos son los mismos desde antes de que los humanos llegaran al An\u00e1huac: resplandores magn\u00e9ticos de color verde y rojo, vapor de agua, piedras aventadas a gran velocidad, lagos de sulfuros y cenizas con azufre. A lado, La Volcana es una paciencia que en m\u00e1s de 10 milenios no ha cambiado de posici\u00f3n, inerte en su lecho.<\/p>\n<p>Hay una forma de mirar a La Volcana como indiferente. El Dr. Atl la describe as\u00ed: \u201cChimenea apagada \u2013hornaza extinguida por donde sali\u00f3 la conciencia ardiente de la tierra\u2013, el viento implacable te corroe. Los labios de tu boca que el fuego esculpi\u00f3 en la cima del monte augusto, son los labios carcomidos por el pico de un buitre\u201d. Para \u00e9l, el Valle de M\u00e9xico era la representaci\u00f3n simb\u00f3lica del esp\u00edritu de la mexicanidad, de acuerdo a una suerte de nietzschianismo posrevolucionario que pareci\u00f3 profesar. M\u00e1s all\u00e1 de sus vaivenes ideol\u00f3gicos entre el carrancismo y el fascismo italiano, el Dr. Atl ve\u00eda el paisaje como lo que precede al humano y lo sobrevivir\u00e1. Como pintor \u2013\u00e9l confiesa sentirse m\u00e1s un paseante\u2013, ve la naturaleza como \u201cun escenario del mundo modificado constantemente por la luz\u201d y encuentra en las luces, sombras, colores, vol\u00famenes, de los dos volcanes un impulso emocional de la naturaleza de la vida en estas tierras. Como si nada importara, salvo la mirada que le dirigimos al mundo, el Dr. Atl llen\u00f3 formularios para inscribir sus pinturas para un sal\u00f3n pl\u00e1stico de Bellas Artes en 1927, diciendo que hab\u00eda nacido en La Atl\u00e1ntida \u201ccomo un anuncio de que la Venus nacer\u00eda de la espuma del mar\u201d, hijo del Padre Eterno, y autor de un folleto llamado Tratado del lenguaje de las hormigas, con su ortograf\u00eda fon\u00e9tica. Para entonces, el pintor-paseante cre\u00eda en la trascendencia humana en colisi\u00f3n y contemplaci\u00f3n de unos volcanes a quienes sus observadores les ten\u00edan sin cuidado y, de hecho, gracias a sus desdenes, el pintor perdi\u00f3 una pierna. Medio siglo despu\u00e9s, Jos\u00e9 Emilio Pacheco le dedicar\u00eda estos versos a La Volcana:<\/p>\n<p>\u201cEsta monta\u00f1a inmensa se levanta<br \/>\ncomo advertencia de mi peque\u00f1ez<br \/>\ny mi autoenga\u00f1o al darme<br \/>\nimportancia.<br \/>\nPara nada me necesita.<br \/>\nExiste al margen de que la contemple.<br \/>\nEstuvo aqu\u00ed cuando \u00e9ramos<br \/>\nimpensables<br \/>\ny seguir\u00e1 ma\u00f1ana.\u201d<\/p>\n<p>Los centinelas<\/p>\n<p>Gustav Regler lleg\u00f3 a M\u00e9xico en 1940 pr\u00f3fugo de una historia com\u00fan a muchos europeos: derrotas en las guerras contra Franco y Hitler, cautiverio en campos de concentraci\u00f3n y llegada al pa\u00eds del cardenismo. Se le ha visto como la contraparte de B. Traven, que logr\u00f3 invisibilizarse en M\u00e9xico. Regler no lo consigui\u00f3 tratando de entender el pa\u00eds y poder explic\u00e1rselo a los exiliados que llegaban de las matanzas europeas. Fue as\u00ed que escribi\u00f3 una \u201cgu\u00eda para alemanes\u201d llamada Pa\u00eds volc\u00e1nico, pa\u00eds hechizado (1947), que Seix Barral reedit\u00f3 en 2003. En \u00e9l, el egresado de literatura de la Universidad de Heidelberg, toma la presencia de los volcanes del Altiplano mexicano y el surgimiento del Paricut\u00edn, del que el Dr. Atl se sent\u00eda \u201cpartero\u201d, como determinante del alma nacional.<\/p>\n<p>Con una mirada parad\u00f3jica, Regler escribe de M\u00e9xico: \u201c\u00c9ste es el pa\u00eds de las erupciones sorprendentes, habitado por un pueblo tan enigm\u00e1tico como sencillo. Oscila de aqu\u00ed para all\u00e1 entre la leyenda de un general que le dispar\u00f3 en la frente a un sirviente que se quejaba de dolor de cabeza y la del indio a quien la Virgen le ordena buscar rosas en diciembre en un cerro \u00e1rido (\u2026) Es un pa\u00eds que obsequia riquezas y por las noches las arrebata a trav\u00e9s de revoluciones imprevisibles. Sus paisajes hacen pensar en un planeta desconocido y no se parece a ning\u00fan otro pa\u00eds sobre la Tierra. Su poblaci\u00f3n es sedentaria como si se tratara de un pueblo insular, pero en sus fiestas parece que fueran gitanos en constantes ebulliciones de alegr\u00eda. El pa\u00eds surge de s\u00ed mismo como un volc\u00e1n y raja a sus presidentes como si fueran alfalfa para burros; despu\u00e9s, cae de nuevo en el letargo que dura a\u00f1os y se vuelve pasivo como una luna muda\u201d.<\/p>\n<p>Para quien fuera comisario pol\u00edtico de la XII Brigada Internacional que va a asistir a la rep\u00fablica durante la guerra civil espa\u00f1ola, M\u00e9xico es un volc\u00e1n activo como el Popocat\u00e9petl, que pasa periodos largos dormido como el Iztacc\u00edhuatl. Su mirada no alcanza a comprender sus paradojas que evoca en una conversaci\u00f3n c\u00e9lebre con Miguel \u00c1ngel de Quevedo, quien le dice, exaltado:<\/p>\n<p>\u2013Ver\u00e1 usted: yo creo en las ra\u00edces. Incluso la lava ha tenido que aceptar las ra\u00edces de mis \u00e1rboles. Y plantar\u00e9 mis ra\u00edces por todas partes. Enviar\u00e9 millones de ra\u00edces a esta tierra. Y har\u00e9 que asienten y har\u00e9 que los alrededores se vuelvan verdes y provechosos.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de ese encuentro, Regler se convence de que el arraigo es lo distintivo de M\u00e9xico. En un pa\u00eds cubierto de lava, que se desquebraja cuando tiembla, cuando su gente se levanta, sus ra\u00edces son lo \u00fanico que lo sigue sosteniendo. Cree que el pa\u00eds est\u00e1 \u201chechizado\u201d, traspasado por las energ\u00edas tel\u00faricas que hacen que un \u201cpobrecito\u201d se transforme, un buen d\u00eda, en un \u201cmacho envalentonado\u201d o que lo que en otras partes ser\u00eda intolerable, aqu\u00ed se le transforma en cosa de relajo o en una tristeza callada. Los volcanes para \u00e9l son M\u00e9xico.<\/p>\n<p>La privatizaci\u00f3n del volc\u00e1n<\/p>\n<p>En un texto a\u00fan in\u00e9dito, el director del Centro Universitario para la Prevenci\u00f3n de Desastres Regionales de la Universidad Aut\u00f3noma de Puebla y tambi\u00e9n del diario La Jornada de Oriente, Aurelio Fern\u00e1ndez, ha descubierto una historia de cuando el volc\u00e1n fue privatizado. Basado en un reporte encontrado en la biblioteca Lafragua hoy sabemos que el Popocat\u00e9petl fue dado en propiedad para la explotaci\u00f3n del azufre a un general Gaspar S\u00e1nchez Ochoa, alrededor de 1857.<\/p>\n<p>El relato, escrito por el ingeniero Lorenzo P\u00e9rez Castro, habla de una expedici\u00f3n al cr\u00e1ter encabezada por su due\u00f1o y que implic\u00f3 atarse jergas a los pies para evitar resbalones y cortaduras. Por medio de un cable tensado por los indios que viven a las faldas del volc\u00e1n, bajan los expedicionarios a observar \u201clos respiraderos de azufre\u201d y los charcos de \u00e1cido sulf\u00farico que tienen la intenci\u00f3n de extraer para hacer p\u00f3lvora \u2013como lo hizo Hern\u00e1n Cort\u00e9s en el sitio de Tenochtitl\u00e1n\u2013 en el rancho de Tlamacas.<\/p>\n<p>Dice Aurelio Fern\u00e1ndez que el due\u00f1o del volc\u00e1n era un general que hab\u00eda participado en la batalla triunfante del 5 de mayo de 1862 y que fue gobernador de Sinaloa. Para aprovechar al volc\u00e1n ide\u00f3, primero, junto con un m\u00edster Stewart, de la Compa\u00f1\u00eda Cablegr\u00e1fica de California, una especie de telef\u00e9rico entre el cr\u00e1ter y Amecameca, pero no lo hicieron porque \u201cla velocidad vertiginosa les infundir\u00eda temores\u201d. Entonces, el due\u00f1o del volc\u00e1n plane\u00f3 un t\u00fanel por donde correr\u00eda un tren subterr\u00e1neo con el azufre. Pero el general muri\u00f3 antes de hacerlo realidad, en 1908. Una d\u00e9cada despu\u00e9s, en 1919, sigue diciendo Aurelio Fern\u00e1ndez, un capataz encargado de una cuadrilla de 25 hombres mand\u00f3 poner 28 cartuchos de dinamita en ciertos puntos del cr\u00e1ter. Al detonarlos quiebran la roca y desatan una cadena de eventos desafortunados que terminan en una erupci\u00f3n. Como fuente usa el testimonio de un sobreviviente, Jos\u00e9 Mendoza, un \u201cmalacatero\u201d de Amecameca, que el Dr. Atl recoge en sus estudios de volcanes.<\/p>\n<p>Mucho tiempo despu\u00e9s, el propio Aurelio Fern\u00e1ndez y el que esto redacta conocimos de boca de los habitantes de San Mateo Ozolco y Santiago Xalitzintla una historia estramb\u00f3tica sobre el origen de las nuevas erupciones, las de 1994. Los pobladores, ind\u00edgenas nahuas de origen tlaxcalteco, nos aseguraban que Carlos Salinas de Gortari le hab\u00eda vendido a los japoneses los volcanes y que eran ellos los que pon\u00edan dinamita adentro para provocar que los ejidatarios se mudaran a otras tierras. En esa narraci\u00f3n, hoy que los entusiastas de los ovnis aseguran que existe actividad en La Volcana, est\u00e1 presente la deuda de 1919, cien a\u00f1os despu\u00e9s. Y, como desde hace milenios, la respuesta a ella sigue siendo, de nuevo, atravesar la lava con nuestras ra\u00edces.<\/p>\n<p>El desd\u00e9n<\/p>\n<p>\u201cOleaje petrificado de un antiguo mar c\u00f3smico\u201d, escribi\u00f3 el Dr. Atl sobre los volcanes a cuyo pie construy\u00f3 una caba\u00f1a para pintarlos y asimilar su \u201cdesprecio\u201d; desde lo alto imaginaba la lava inundando pueblos, llenando todo de muerte, fertilizando con ceniza el lejano porvenir. En el reparto agrario del cardenismo, a Gerardo Murillo le toc\u00f3 apropiarse del paisaje. La tierra o, m\u00e1s bien, lo tel\u00farico se nacionaliz\u00f3 en sus pinturas. En una de ellas, pint\u00f3 a La Volcana, al Iztacc\u00edhuatl, cercada por nubes. Es una mujer dormida bajo sus nieves, tendida, en espera de un despertar. Junto a ella se arrodilla el Volc\u00e1n, Gregorio Popocat\u00e9petl, cuya actividad eruptiva el pintor fech\u00f3 entre 1919 y 1938. Nuestra era con exhalaciones del Popo data apenas de 1994, pero sus gestos son los mismos desde antes de que los humanos llegaran al An\u00e1huac: resplandores magn\u00e9ticos de color verde y rojo, vapor de agua, piedras aventadas a gran velocidad, lagos de sulfuros y cenizas con azufre. A lado, La Volcana es una paciencia que en m\u00e1s de 10 milenios no ha cambiado de posici\u00f3n, inerte en su lecho.<\/p>\n<p>Hay una forma de mirar a La Volcana como indiferente. El Dr. Atl la describe as\u00ed: \u201cChimenea apagada \u2013hornaza extinguida por donde sali\u00f3 la conciencia ardiente de la tierra\u2013, el viento implacable te corroe. Los labios de tu boca que el fuego esculpi\u00f3 en la cima del monte augusto, son los labios carcomidos por el pico de un buitre\u201d. Para \u00e9l, el Valle de M\u00e9xico era la representaci\u00f3n simb\u00f3lica del esp\u00edritu de la mexicanidad, de acuerdo a una suerte de nietzschianismo posrevolucionario que pareci\u00f3 profesar. M\u00e1s all\u00e1 de sus vaivenes ideol\u00f3gicos entre el carrancismo y el fascismo italiano, el Dr. Atl ve\u00eda el paisaje como lo que precede al humano y lo sobrevivir\u00e1. Como pintor \u2013\u00e9l confiesa sentirse m\u00e1s un paseante\u2013, ve la naturaleza como \u201cun escenario del mundo modificado constantemente por la luz\u201d y encuentra en las luces, sombras, colores, vol\u00famenes, de los dos volcanes un impulso emocional de la naturaleza de la vida en estas tierras. Como si nada importara, salvo la mirada que le dirigimos al mundo, el Dr. Atl llen\u00f3 formularios para inscribir sus pinturas para un sal\u00f3n pl\u00e1stico de Bellas Artes en 1927, diciendo que hab\u00eda nacido en La Atl\u00e1ntida \u201ccomo un anuncio de que la Venus nacer\u00eda de la espuma del mar\u201d, hijo del Padre Eterno, y autor de un folleto llamado Tratado del lenguaje de las hormigas, con su ortograf\u00eda fon\u00e9tica. Para entonces, el pintor-paseante cre\u00eda en la trascendencia humana en colisi\u00f3n y contemplaci\u00f3n de unos volcanes a quienes sus observadores les ten\u00edan sin cuidado y, de hecho, gracias a sus desdenes, el pintor perdi\u00f3 una pierna. Medio siglo despu\u00e9s, Jos\u00e9 Emilio Pacheco le dedicar\u00eda estos versos a La Volcana:<\/p>\n<p>\u201cEsta monta\u00f1a inmensa se levanta<br \/>\ncomo advertencia de mi peque\u00f1ez<br \/>\ny mi autoenga\u00f1o al darme<br \/>\nimportancia.<br \/>\nPara nada me necesita.<br \/>\nExiste al margen de que la contemple.<br \/>\nEstuvo aqu\u00ed cuando \u00e9ramos<br \/>\nimpensables<br \/>\ny seguir\u00e1 ma\u00f1ana.\u201d<\/p>\n<p>Los centinelas<\/p>\n<p>Gustav Regler lleg\u00f3 a M\u00e9xico en 1940 pr\u00f3fugo de una historia com\u00fan a muchos europeos: derrotas en las guerras contra Franco y Hitler, cautiverio en campos de concentraci\u00f3n y llegada al pa\u00eds del cardenismo. Se le ha visto como la contraparte de B. Traven, que logr\u00f3 invisibilizarse en M\u00e9xico. Regler no lo consigui\u00f3 tratando de entender el pa\u00eds y poder explic\u00e1rselo a los exiliados que llegaban de las matanzas europeas. Fue as\u00ed que escribi\u00f3 una \u201cgu\u00eda para alemanes\u201d llamada Pa\u00eds volc\u00e1nico, pa\u00eds hechizado (1947), que Seix Barral reedit\u00f3 en 2003. En \u00e9l, el egresado de literatura de la Universidad de Heidelberg, toma la presencia de los volcanes del Altiplano mexicano y el surgimiento del Paricut\u00edn, del que el Dr. Atl se sent\u00eda \u201cpartero\u201d, como determinante del alma nacional.<\/p>\n<p>Con una mirada parad\u00f3jica, Regler escribe de M\u00e9xico: \u201c\u00c9ste es el pa\u00eds de las erupciones sorprendentes, habitado por un pueblo tan enigm\u00e1tico como sencillo. Oscila de aqu\u00ed para all\u00e1 entre la leyenda de un general que le dispar\u00f3 en la frente a un sirviente que se quejaba de dolor de cabeza y la del indio a quien la Virgen le ordena buscar rosas en diciembre en un cerro \u00e1rido (\u2026) Es un pa\u00eds que obsequia riquezas y por las noches las arrebata a trav\u00e9s de revoluciones imprevisibles. Sus paisajes hacen pensar en un planeta desconocido y no se parece a ning\u00fan otro pa\u00eds sobre la Tierra. Su poblaci\u00f3n es sedentaria como si se tratara de un pueblo insular, pero en sus fiestas parece que fueran gitanos en constantes ebulliciones de alegr\u00eda. El pa\u00eds surge de s\u00ed mismo como un volc\u00e1n y raja a sus presidentes como si fueran alfalfa para burros; despu\u00e9s, cae de nuevo en el letargo que dura a\u00f1os y se vuelve pasivo como una luna muda\u201d.<\/p>\n<p>Para quien fuera comisario pol\u00edtico de la XII Brigada Internacional que va a asistir a la rep\u00fablica durante la guerra civil espa\u00f1ola, M\u00e9xico es un volc\u00e1n activo como el Popocat\u00e9petl, que pasa periodos largos dormido como el Iztacc\u00edhuatl. Su mirada no alcanza a comprender sus paradojas que evoca en una conversaci\u00f3n c\u00e9lebre con Miguel \u00c1ngel de Quevedo, quien le dice, exaltado:<\/p>\n<p>\u2013Ver\u00e1 usted: yo creo en las ra\u00edces. Incluso la lava ha tenido que aceptar las ra\u00edces de mis \u00e1rboles. Y plantar\u00e9 mis ra\u00edces por todas partes. Enviar\u00e9 millones de ra\u00edces a esta tierra. Y har\u00e9 que asienten y har\u00e9 que los alrededores se vuelvan verdes y provechosos.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de ese encuentro, Regler se convence de que el arraigo es lo distintivo de M\u00e9xico. En un pa\u00eds cubierto de lava, que se desquebraja cuando tiembla, cuando su gente se levanta, sus ra\u00edces son lo \u00fanico que lo sigue sosteniendo. Cree que el pa\u00eds est\u00e1 \u201chechizado\u201d, traspasado por las energ\u00edas tel\u00faricas que hacen que un \u201cpobrecito\u201d se transforme, un buen d\u00eda, en un \u201cmacho envalentonado\u201d o que lo que en otras partes ser\u00eda intolerable, aqu\u00ed se le transforma en cosa de relajo o en una tristeza callada. Los volcanes para \u00e9l son M\u00e9xico.<\/p>\n<p>La privatizaci\u00f3n del volc\u00e1n<\/p>\n<p>En un texto a\u00fan in\u00e9dito, el director del Centro Universitario para la Prevenci\u00f3n de Desastres Regionales de la Universidad Aut\u00f3noma de Puebla y tambi\u00e9n del diario La Jornada de Oriente, Aurelio Fern\u00e1ndez, ha descubierto una historia de cuando el volc\u00e1n fue privatizado. Basado en un reporte encontrado en la biblioteca Lafragua hoy sabemos que el Popocat\u00e9petl fue dado en propiedad para la explotaci\u00f3n del azufre a un general Gaspar S\u00e1nchez Ochoa, alrededor de 1857.<\/p>\n<p>El relato, escrito por el ingeniero Lorenzo P\u00e9rez Castro, habla de una expedici\u00f3n al cr\u00e1ter encabezada por su due\u00f1o y que implic\u00f3 atarse jergas a los pies para evitar resbalones y cortaduras. Por medio de un cable tensado por los indios que viven a las faldas del volc\u00e1n, bajan los expedicionarios a observar \u201clos respiraderos de azufre\u201d y los charcos de \u00e1cido sulf\u00farico que tienen la intenci\u00f3n de extraer para hacer p\u00f3lvora \u2013como lo hizo Hern\u00e1n Cort\u00e9s en el sitio de Tenochtitl\u00e1n\u2013 en el rancho de Tlamacas.<\/p>\n<p>Dice Aurelio Fern\u00e1ndez que el due\u00f1o del volc\u00e1n era un general que hab\u00eda participado en la batalla triunfante del 5 de mayo de 1862 y que fue gobernador de Sinaloa. Para aprovechar al volc\u00e1n ide\u00f3, primero, junto con un m\u00edster Stewart, de la Compa\u00f1\u00eda Cablegr\u00e1fica de California, una especie de telef\u00e9rico entre el cr\u00e1ter y Amecameca, pero no lo hicieron porque \u201cla velocidad vertiginosa les infundir\u00eda temores\u201d. Entonces, el due\u00f1o del volc\u00e1n plane\u00f3 un t\u00fanel por donde correr\u00eda un tren subterr\u00e1neo con el azufre. Pero el general muri\u00f3 antes de hacerlo realidad, en 1908. Una d\u00e9cada despu\u00e9s, en 1919, sigue diciendo Aurelio Fern\u00e1ndez, un capataz encargado de una cuadrilla de 25 hombres mand\u00f3 poner 28 cartuchos de dinamita en ciertos puntos del cr\u00e1ter. Al detonarlos quiebran la roca y desatan una cadena de eventos desafortunados que terminan en una erupci\u00f3n. Como fuente usa el testimonio de un sobreviviente, Jos\u00e9 Mendoza, un \u201cmalacatero\u201d de Amecameca, que el Dr. Atl recoge en sus estudios de volcanes.<\/p>\n<p>Mucho tiempo despu\u00e9s, el propio Aurelio Fern\u00e1ndez y el que esto redacta conocimos de boca de los habitantes de San Mateo Ozolco y Santiago Xalitzintla una historia estramb\u00f3tica sobre el origen de las nuevas erupciones, las de 1994. Los pobladores, ind\u00edgenas nahuas de origen tlaxcalteco, nos aseguraban que Carlos Salinas de Gortari le hab\u00eda vendido a los japoneses los volcanes y que eran ellos los que pon\u00edan dinamita adentro para provocar que los ejidatarios se mudaran a otras tierras. En esa narraci\u00f3n, hoy que los entusiastas de los ovnis aseguran que existe actividad en La Volcana, est\u00e1 presente la deuda de 1919, cien a\u00f1os despu\u00e9s. Y, como desde hace milenios, la respuesta a ella sigue siendo, de nuevo, atravesar la lava con nuestras ra\u00edces.<\/p>\n<p>El desd\u00e9n<\/p>\n<p>\u201cOleaje petrificado de un antiguo mar c\u00f3smico\u201d, escribi\u00f3 el Dr. Atl sobre los volcanes a cuyo pie construy\u00f3 una caba\u00f1a para pintarlos y asimilar su \u201cdesprecio\u201d; desde lo alto imaginaba la lava inundando pueblos, llenando todo de muerte, fertilizando con ceniza el lejano porvenir. En el reparto agrario del cardenismo, a Gerardo Murillo le toc\u00f3 apropiarse del paisaje. La tierra o, m\u00e1s bien, lo tel\u00farico se nacionaliz\u00f3 en sus pinturas. En una de ellas, pint\u00f3 a La Volcana, al Iztacc\u00edhuatl, cercada por nubes. Es una mujer dormida bajo sus nieves, tendida, en espera de un despertar. Junto a ella se arrodilla el Volc\u00e1n, Gregorio Popocat\u00e9petl, cuya actividad eruptiva el pintor fech\u00f3 entre 1919 y 1938. Nuestra era con exhalaciones del Popo data apenas de 1994, pero sus gestos son los mismos desde antes de que los humanos llegaran al An\u00e1huac: resplandores magn\u00e9ticos de color verde y rojo, vapor de agua, piedras aventadas a gran velocidad, lagos de sulfuros y cenizas con azufre. A lado, La Volcana es una paciencia que en m\u00e1s de 10 milenios no ha cambiado de posici\u00f3n, inerte en su lecho.<\/p>\n<p>Hay una forma de mirar a La Volcana como indiferente. El Dr. Atl la describe as\u00ed: \u201cChimenea apagada \u2013hornaza extinguida por donde sali\u00f3 la conciencia ardiente de la tierra\u2013, el viento implacable te corroe. Los labios de tu boca que el fuego esculpi\u00f3 en la cima del monte augusto, son los labios carcomidos por el pico de un buitre\u201d. Para \u00e9l, el Valle de M\u00e9xico era la representaci\u00f3n simb\u00f3lica del esp\u00edritu de la mexicanidad, de acuerdo a una suerte de nietzschianismo posrevolucionario que pareci\u00f3 profesar. M\u00e1s all\u00e1 de sus vaivenes ideol\u00f3gicos entre el carrancismo y el fascismo italiano, el Dr. Atl ve\u00eda el paisaje como lo que precede al humano y lo sobrevivir\u00e1. Como pintor \u2013\u00e9l confiesa sentirse m\u00e1s un paseante\u2013, ve la naturaleza como \u201cun escenario del mundo modificado constantemente por la luz\u201d y encuentra en las luces, sombras, colores, vol\u00famenes, de los dos volcanes un impulso emocional de la naturaleza de la vida en estas tierras. Como si nada importara, salvo la mirada que le dirigimos al mundo, el Dr. Atl llen\u00f3 formularios para inscribir sus pinturas para un sal\u00f3n pl\u00e1stico de Bellas Artes en 1927, diciendo que hab\u00eda nacido en La Atl\u00e1ntida \u201ccomo un anuncio de que la Venus nacer\u00eda de la espuma del mar\u201d, hijo del Padre Eterno, y autor de un folleto llamado Tratado del lenguaje de las hormigas, con su ortograf\u00eda fon\u00e9tica. Para entonces, el pintor-paseante cre\u00eda en la trascendencia humana en colisi\u00f3n y contemplaci\u00f3n de unos volcanes a quienes sus observadores les ten\u00edan sin cuidado y, de hecho, gracias a sus desdenes, el pintor perdi\u00f3 una pierna. Medio siglo despu\u00e9s, Jos\u00e9 Emilio Pacheco le dedicar\u00eda estos versos a La Volcana:<\/p>\n<p>\u201cEsta monta\u00f1a inmensa se levanta<br \/>\ncomo advertencia de mi peque\u00f1ez<br \/>\ny mi autoenga\u00f1o al darme<br \/>\nimportancia.<br \/>\nPara nada me necesita.<br \/>\nExiste al margen de que la contemple.<br \/>\nEstuvo aqu\u00ed cuando \u00e9ramos<br \/>\nimpensables<br \/>\ny seguir\u00e1 ma\u00f1ana.\u201d<\/p>\n<p>Los centinelas<\/p>\n<p>Gustav Regler lleg\u00f3 a M\u00e9xico en 1940 pr\u00f3fugo de una historia com\u00fan a muchos europeos: derrotas en las guerras contra Franco y Hitler, cautiverio en campos de concentraci\u00f3n y llegada al pa\u00eds del cardenismo. Se le ha visto como la contraparte de B. Traven, que logr\u00f3 invisibilizarse en M\u00e9xico. Regler no lo consigui\u00f3 tratando de entender el pa\u00eds y poder explic\u00e1rselo a los exiliados que llegaban de las matanzas europeas. Fue as\u00ed que escribi\u00f3 una \u201cgu\u00eda para alemanes\u201d llamada Pa\u00eds volc\u00e1nico, pa\u00eds hechizado (1947), que Seix Barral reedit\u00f3 en 2003. En \u00e9l, el egresado de literatura de la Universidad de Heidelberg, toma la presencia de los volcanes del Altiplano mexicano y el surgimiento del Paricut\u00edn, del que el Dr. Atl se sent\u00eda \u201cpartero\u201d, como determinante del alma nacional.<\/p>\n<p>Con una mirada parad\u00f3jica, Regler escribe de M\u00e9xico: \u201c\u00c9ste es el pa\u00eds de las erupciones sorprendentes, habitado por un pueblo tan enigm\u00e1tico como sencillo. Oscila de aqu\u00ed para all\u00e1 entre la leyenda de un general que le dispar\u00f3 en la frente a un sirviente que se quejaba de dolor de cabeza y la del indio a quien la Virgen le ordena buscar rosas en diciembre en un cerro \u00e1rido (\u2026) Es un pa\u00eds que obsequia riquezas y por las noches las arrebata a trav\u00e9s de revoluciones imprevisibles. Sus paisajes hacen pensar en un planeta desconocido y no se parece a ning\u00fan otro pa\u00eds sobre la Tierra. Su poblaci\u00f3n es sedentaria como si se tratara de un pueblo insular, pero en sus fiestas parece que fueran gitanos en constantes ebulliciones de alegr\u00eda. El pa\u00eds surge de s\u00ed mismo como un volc\u00e1n y raja a sus presidentes como si fueran alfalfa para burros; despu\u00e9s, cae de nuevo en el letargo que dura a\u00f1os y se vuelve pasivo como una luna muda\u201d.<\/p>\n<p>Para quien fuera comisario pol\u00edtico de la XII Brigada Internacional que va a asistir a la rep\u00fablica durante la guerra civil espa\u00f1ola, M\u00e9xico es un volc\u00e1n activo como el Popocat\u00e9petl, que pasa periodos largos dormido como el Iztacc\u00edhuatl. Su mirada no alcanza a comprender sus paradojas que evoca en una conversaci\u00f3n c\u00e9lebre con Miguel \u00c1ngel de Quevedo, quien le dice, exaltado:<\/p>\n<p>\u2013Ver\u00e1 usted: yo creo en las ra\u00edces. Incluso la lava ha tenido que aceptar las ra\u00edces de mis \u00e1rboles. Y plantar\u00e9 mis ra\u00edces por todas partes. Enviar\u00e9 millones de ra\u00edces a esta tierra. Y har\u00e9 que asienten y har\u00e9 que los alrededores se vuelvan verdes y provechosos.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de ese encuentro, Regler se convence de que el arraigo es lo distintivo de M\u00e9xico. En un pa\u00eds cubierto de lava, que se desquebraja cuando tiembla, cuando su gente se levanta, sus ra\u00edces son lo \u00fanico que lo sigue sosteniendo. Cree que el pa\u00eds est\u00e1 \u201chechizado\u201d, traspasado por las energ\u00edas tel\u00faricas que hacen que un \u201cpobrecito\u201d se transforme, un buen d\u00eda, en un \u201cmacho envalentonado\u201d o que lo que en otras partes ser\u00eda intolerable, aqu\u00ed se le transforma en cosa de relajo o en una tristeza callada. Los volcanes para \u00e9l son M\u00e9xico.<\/p>\n<p>La privatizaci\u00f3n del volc\u00e1n<\/p>\n<p>En un texto a\u00fan in\u00e9dito, el director del Centro Universitario para la Prevenci\u00f3n de Desastres Regionales de la Universidad Aut\u00f3noma de Puebla y tambi\u00e9n del diario La Jornada de Oriente, Aurelio Fern\u00e1ndez, ha descubierto una historia de cuando el volc\u00e1n fue privatizado. Basado en un reporte encontrado en la biblioteca Lafragua hoy sabemos que el Popocat\u00e9petl fue dado en propiedad para la explotaci\u00f3n del azufre a un general Gaspar S\u00e1nchez Ochoa, alrededor de 1857.<\/p>\n<p>El relato, escrito por el ingeniero Lorenzo P\u00e9rez Castro, habla de una expedici\u00f3n al cr\u00e1ter encabezada por su due\u00f1o y que implic\u00f3 atarse jergas a los pies para evitar resbalones y cortaduras. Por medio de un cable tensado por los indios que viven a las faldas del volc\u00e1n, bajan los expedicionarios a observar \u201clos respiraderos de azufre\u201d y los charcos de \u00e1cido sulf\u00farico que tienen la intenci\u00f3n de extraer para hacer p\u00f3lvora \u2013como lo hizo Hern\u00e1n Cort\u00e9s en el sitio de Tenochtitl\u00e1n\u2013 en el rancho de Tlamacas.<\/p>\n<p>Dice Aurelio Fern\u00e1ndez que el due\u00f1o del volc\u00e1n era un general que hab\u00eda participado en la batalla triunfante del 5 de mayo de 1862 y que fue gobernador de Sinaloa. Para aprovechar al volc\u00e1n ide\u00f3, primero, junto con un m\u00edster Stewart, de la Compa\u00f1\u00eda Cablegr\u00e1fica de California, una especie de telef\u00e9rico entre el cr\u00e1ter y Amecameca, pero no lo hicieron porque \u201cla velocidad vertiginosa les infundir\u00eda temores\u201d. Entonces, el due\u00f1o del volc\u00e1n plane\u00f3 un t\u00fanel por donde correr\u00eda un tren subterr\u00e1neo con el azufre. Pero el general muri\u00f3 antes de hacerlo realidad, en 1908. Una d\u00e9cada despu\u00e9s, en 1919, sigue diciendo Aurelio Fern\u00e1ndez, un capataz encargado de una cuadrilla de 25 hombres mand\u00f3 poner 28 cartuchos de dinamita en ciertos puntos del cr\u00e1ter. Al detonarlos quiebran la roca y desatan una cadena de eventos desafortunados que terminan en una erupci\u00f3n. Como fuente usa el testimonio de un sobreviviente, Jos\u00e9 Mendoza, un \u201cmalacatero\u201d de Amecameca, que el Dr. Atl recoge en sus estudios de volcanes.<\/p>\n<p>Mucho tiempo despu\u00e9s, el propio Aurelio Fern\u00e1ndez y el que esto redacta conocimos de boca de los habitantes de San Mateo Ozolco y Santiago Xalitzintla una historia estramb\u00f3tica sobre el origen de las nuevas erupciones, las de 1994. Los pobladores, ind\u00edgenas nahuas de origen tlaxcalteco, nos aseguraban que Carlos Salinas de Gortari le hab\u00eda vendido a los japoneses los volcanes y que eran ellos los que pon\u00edan dinamita adentro para provocar que los ejidatarios se mudaran a otras tierras. En esa narraci\u00f3n, hoy que los entusiastas de los ovnis aseguran que existe actividad en La Volcana, est\u00e1 presente la deuda de 1919, cien a\u00f1os despu\u00e9s. Y, como desde hace milenios, la respuesta a ella sigue siendo, de nuevo, atravesar la lava con nuestras ra\u00edces.<\/p>\n<p>El desd\u00e9n<\/p>\n<p>\u201cOleaje petrificado de un antiguo mar c\u00f3smico\u201d, escribi\u00f3 el Dr. Atl sobre los volcanes a cuyo pie construy\u00f3 una caba\u00f1a para pintarlos y asimilar su \u201cdesprecio\u201d; desde lo alto imaginaba la lava inundando pueblos, llenando todo de muerte, fertilizando con ceniza el lejano porvenir. En el reparto agrario del cardenismo, a Gerardo Murillo le toc\u00f3 apropiarse del paisaje. La tierra o, m\u00e1s bien, lo tel\u00farico se nacionaliz\u00f3 en sus pinturas. En una de ellas, pint\u00f3 a La Volcana, al Iztacc\u00edhuatl, cercada por nubes. Es una mujer dormida bajo sus nieves, tendida, en espera de un despertar. Junto a ella se arrodilla el Volc\u00e1n, Gregorio Popocat\u00e9petl, cuya actividad eruptiva el pintor fech\u00f3 entre 1919 y 1938. Nuestra era con exhalaciones del Popo data apenas de 1994, pero sus gestos son los mismos desde antes de que los humanos llegaran al An\u00e1huac: resplandores magn\u00e9ticos de color verde y rojo, vapor de agua, piedras aventadas a gran velocidad, lagos de sulfuros y cenizas con azufre. A lado, La Volcana es una paciencia que en m\u00e1s de 10 milenios no ha cambiado de posici\u00f3n, inerte en su lecho.<\/p>\n<p>Hay una forma de mirar a La Volcana como indiferente. El Dr. Atl la describe as\u00ed: \u201cChimenea apagada \u2013hornaza extinguida por donde sali\u00f3 la conciencia ardiente de la tierra\u2013, el viento implacable te corroe. Los labios de tu boca que el fuego esculpi\u00f3 en la cima del monte augusto, son los labios carcomidos por el pico de un buitre\u201d. Para \u00e9l, el Valle de M\u00e9xico era la representaci\u00f3n simb\u00f3lica del esp\u00edritu de la mexicanidad, de acuerdo a una suerte de nietzschianismo posrevolucionario que pareci\u00f3 profesar. M\u00e1s all\u00e1 de sus vaivenes ideol\u00f3gicos entre el carrancismo y el fascismo italiano, el Dr. Atl ve\u00eda el paisaje como lo que precede al humano y lo sobrevivir\u00e1. Como pintor \u2013\u00e9l confiesa sentirse m\u00e1s un paseante\u2013, ve la naturaleza como \u201cun escenario del mundo modificado constantemente por la luz\u201d y encuentra en las luces, sombras, colores, vol\u00famenes, de los dos volcanes un impulso emocional de la naturaleza de la vida en estas tierras. Como si nada importara, salvo la mirada que le dirigimos al mundo, el Dr. Atl llen\u00f3 formularios para inscribir sus pinturas para un sal\u00f3n pl\u00e1stico de Bellas Artes en 1927, diciendo que hab\u00eda nacido en La Atl\u00e1ntida \u201ccomo un anuncio de que la Venus nacer\u00eda de la espuma del mar\u201d, hijo del Padre Eterno, y autor de un folleto llamado Tratado del lenguaje de las hormigas, con su ortograf\u00eda fon\u00e9tica. Para entonces, el pintor-paseante cre\u00eda en la trascendencia humana en colisi\u00f3n y contemplaci\u00f3n de unos volcanes a quienes sus observadores les ten\u00edan sin cuidado y, de hecho, gracias a sus desdenes, el pintor perdi\u00f3 una pierna. Medio siglo despu\u00e9s, Jos\u00e9 Emilio Pacheco le dedicar\u00eda estos versos a La Volcana:<\/p>\n<p>\u201cEsta monta\u00f1a inmensa se levanta<br \/>\ncomo advertencia de mi peque\u00f1ez<br \/>\ny mi autoenga\u00f1o al darme<br \/>\nimportancia.<br \/>\nPara nada me necesita.<br \/>\nExiste al margen de que la contemple.<br \/>\nEstuvo aqu\u00ed cuando \u00e9ramos<br \/>\nimpensables<br \/>\ny seguir\u00e1 ma\u00f1ana.\u201d<\/p>\n<p>Los centinelas<\/p>\n<p>Gustav Regler lleg\u00f3 a M\u00e9xico en 1940 pr\u00f3fugo de una historia com\u00fan a muchos europeos: derrotas en las guerras contra Franco y Hitler, cautiverio en campos de concentraci\u00f3n y llegada al pa\u00eds del cardenismo. Se le ha visto como la contraparte de B. Traven, que logr\u00f3 invisibilizarse en M\u00e9xico. Regler no lo consigui\u00f3 tratando de entender el pa\u00eds y poder explic\u00e1rselo a los exiliados que llegaban de las matanzas europeas. Fue as\u00ed que escribi\u00f3 una \u201cgu\u00eda para alemanes\u201d llamada Pa\u00eds volc\u00e1nico, pa\u00eds hechizado (1947), que Seix Barral reedit\u00f3 en 2003. En \u00e9l, el egresado de literatura de la Universidad de Heidelberg, toma la presencia de los volcanes del Altiplano mexicano y el surgimiento del Paricut\u00edn, del que el Dr. Atl se sent\u00eda \u201cpartero\u201d, como determinante del alma nacional.<\/p>\n<p>Con una mirada parad\u00f3jica, Regler escribe de M\u00e9xico: \u201c\u00c9ste es el pa\u00eds de las erupciones sorprendentes, habitado por un pueblo tan enigm\u00e1tico como sencillo. Oscila de aqu\u00ed para all\u00e1 entre la leyenda de un general que le dispar\u00f3 en la frente a un sirviente que se quejaba de dolor de cabeza y la del indio a quien la Virgen le ordena buscar rosas en diciembre en un cerro \u00e1rido (\u2026) Es un pa\u00eds que obsequia riquezas y por las noches las arrebata a trav\u00e9s de revoluciones imprevisibles. Sus paisajes hacen pensar en un planeta desconocido y no se parece a ning\u00fan otro pa\u00eds sobre la Tierra. Su poblaci\u00f3n es sedentaria como si se tratara de un pueblo insular, pero en sus fiestas parece que fueran gitanos en constantes ebulliciones de alegr\u00eda. El pa\u00eds surge de s\u00ed mismo como un volc\u00e1n y raja a sus presidentes como si fueran alfalfa para burros; despu\u00e9s, cae de nuevo en el letargo que dura a\u00f1os y se vuelve pasivo como una luna muda\u201d.<\/p>\n<p>Para quien fuera comisario pol\u00edtico de la XII Brigada Internacional que va a asistir a la rep\u00fablica durante la guerra civil espa\u00f1ola, M\u00e9xico es un volc\u00e1n activo como el Popocat\u00e9petl, que pasa periodos largos dormido como el Iztacc\u00edhuatl. Su mirada no alcanza a comprender sus paradojas que evoca en una conversaci\u00f3n c\u00e9lebre con Miguel \u00c1ngel de Quevedo, quien le dice, exaltado:<\/p>\n<p>\u2013Ver\u00e1 usted: yo creo en las ra\u00edces. Incluso la lava ha tenido que aceptar las ra\u00edces de mis \u00e1rboles. Y plantar\u00e9 mis ra\u00edces por todas partes. Enviar\u00e9 millones de ra\u00edces a esta tierra. Y har\u00e9 que asienten y har\u00e9 que los alrededores se vuelvan verdes y provechosos.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de ese encuentro, Regler se convence de que el arraigo es lo distintivo de M\u00e9xico. En un pa\u00eds cubierto de lava, que se desquebraja cuando tiembla, cuando su gente se levanta, sus ra\u00edces son lo \u00fanico que lo sigue sosteniendo. Cree que el pa\u00eds est\u00e1 \u201chechizado\u201d, traspasado por las energ\u00edas tel\u00faricas que hacen que un \u201cpobrecito\u201d se transforme, un buen d\u00eda, en un \u201cmacho envalentonado\u201d o que lo que en otras partes ser\u00eda intolerable, aqu\u00ed se le transforma en cosa de relajo o en una tristeza callada. Los volcanes para \u00e9l son M\u00e9xico.<\/p>\n<p>La privatizaci\u00f3n del volc\u00e1n<\/p>\n<p>En un texto a\u00fan in\u00e9dito, el director del Centro Universitario para la Prevenci\u00f3n de Desastres Regionales de la Universidad Aut\u00f3noma de Puebla y tambi\u00e9n del diario La Jornada de Oriente, Aurelio Fern\u00e1ndez, ha descubierto una historia de cuando el volc\u00e1n fue privatizado. Basado en un reporte encontrado en la biblioteca Lafragua hoy sabemos que el Popocat\u00e9petl fue dado en propiedad para la explotaci\u00f3n del azufre a un general Gaspar S\u00e1nchez Ochoa, alrededor de 1857.<\/p>\n<p>El relato, escrito por el ingeniero Lorenzo P\u00e9rez Castro, habla de una expedici\u00f3n al cr\u00e1ter encabezada por su due\u00f1o y que implic\u00f3 atarse jergas a los pies para evitar resbalones y cortaduras. Por medio de un cable tensado por los indios que viven a las faldas del volc\u00e1n, bajan los expedicionarios a observar \u201clos respiraderos de azufre\u201d y los charcos de \u00e1cido sulf\u00farico que tienen la intenci\u00f3n de extraer para hacer p\u00f3lvora \u2013como lo hizo Hern\u00e1n Cort\u00e9s en el sitio de Tenochtitl\u00e1n\u2013 en el rancho de Tlamacas.<\/p>\n<p>Dice Aurelio Fern\u00e1ndez que el due\u00f1o del volc\u00e1n era un general que hab\u00eda participado en la batalla triunfante del 5 de mayo de 1862 y que fue gobernador de Sinaloa. Para aprovechar al volc\u00e1n ide\u00f3, primero, junto con un m\u00edster Stewart, de la Compa\u00f1\u00eda Cablegr\u00e1fica de California, una especie de telef\u00e9rico entre el cr\u00e1ter y Amecameca, pero no lo hicieron porque \u201cla velocidad vertiginosa les infundir\u00eda temores\u201d. Entonces, el due\u00f1o del volc\u00e1n plane\u00f3 un t\u00fanel por donde correr\u00eda un tren subterr\u00e1neo con el azufre. Pero el general muri\u00f3 antes de hacerlo realidad, en 1908. Una d\u00e9cada despu\u00e9s, en 1919, sigue diciendo Aurelio Fern\u00e1ndez, un capataz encargado de una cuadrilla de 25 hombres mand\u00f3 poner 28 cartuchos de dinamita en ciertos puntos del cr\u00e1ter. Al detonarlos quiebran la roca y desatan una cadena de eventos desafortunados que terminan en una erupci\u00f3n. Como fuente usa el testimonio de un sobreviviente, Jos\u00e9 Mendoza, un \u201cmalacatero\u201d de Amecameca, que el Dr. Atl recoge en sus estudios de volcanes.<\/p>\n<p>Mucho tiempo despu\u00e9s, el propio Aurelio Fern\u00e1ndez y el que esto redacta conocimos de boca de los habitantes de San Mateo Ozolco y Santiago Xalitzintla una historia estramb\u00f3tica sobre el origen de las nuevas erupciones, las de 1994. Los pobladores, ind\u00edgenas nahuas de origen tlaxcalteco, nos aseguraban que Carlos Salinas de Gortari le hab\u00eda vendido a los japoneses los volcanes y que eran ellos los que pon\u00edan dinamita adentro para provocar que los ejidatarios se mudaran a otras tierras. En esa narraci\u00f3n, hoy que los entusiastas de los ovnis aseguran que existe actividad en La Volcana, est\u00e1 presente la deuda de 1919, cien a\u00f1os despu\u00e9s. Y, como desde hace milenios, la respuesta a ella sigue siendo, de nuevo, atravesar la lava con nuestras ra\u00edces.<\/p>\n<p>El desd\u00e9n<\/p>\n<p>\u201cOleaje petrificado de un antiguo mar c\u00f3smico\u201d, escribi\u00f3 el Dr. Atl sobre los volcanes a cuyo pie construy\u00f3 una caba\u00f1a para pintarlos y asimilar su \u201cdesprecio\u201d; desde lo alto imaginaba la lava inundando pueblos, llenando todo de muerte, fertilizando con ceniza el lejano porvenir. En el reparto agrario del cardenismo, a Gerardo Murillo le toc\u00f3 apropiarse del paisaje. La tierra o, m\u00e1s bien, lo tel\u00farico se nacionaliz\u00f3 en sus pinturas. En una de ellas, pint\u00f3 a La Volcana, al Iztacc\u00edhuatl, cercada por nubes. Es una mujer dormida bajo sus nieves, tendida, en espera de un despertar. Junto a ella se arrodilla el Volc\u00e1n, Gregorio Popocat\u00e9petl, cuya actividad eruptiva el pintor fech\u00f3 entre 1919 y 1938. Nuestra era con exhalaciones del Popo data apenas de 1994, pero sus gestos son los mismos desde antes de que los humanos llegaran al An\u00e1huac: resplandores magn\u00e9ticos de color verde y rojo, vapor de agua, piedras aventadas a gran velocidad, lagos de sulfuros y cenizas con azufre. A lado, La Volcana es una paciencia que en m\u00e1s de 10 milenios no ha cambiado de posici\u00f3n, inerte en su lecho.<\/p>\n<p>Hay una forma de mirar a La Volcana como indiferente. El Dr. Atl la describe as\u00ed: \u201cChimenea apagada \u2013hornaza extinguida por donde sali\u00f3 la conciencia ardiente de la tierra\u2013, el viento implacable te corroe. Los labios de tu boca que el fuego esculpi\u00f3 en la cima del monte augusto, son los labios carcomidos por el pico de un buitre\u201d. Para \u00e9l, el Valle de M\u00e9xico era la representaci\u00f3n simb\u00f3lica del esp\u00edritu de la mexicanidad, de acuerdo a una suerte de nietzschianismo posrevolucionario que pareci\u00f3 profesar. M\u00e1s all\u00e1 de sus vaivenes ideol\u00f3gicos entre el carrancismo y el fascismo italiano, el Dr. Atl ve\u00eda el paisaje como lo que precede al humano y lo sobrevivir\u00e1. Como pintor \u2013\u00e9l confiesa sentirse m\u00e1s un paseante\u2013, ve la naturaleza como \u201cun escenario del mundo modificado constantemente por la luz\u201d y encuentra en las luces, sombras, colores, vol\u00famenes, de los dos volcanes un impulso emocional de la naturaleza de la vida en estas tierras. Como si nada importara, salvo la mirada que le dirigimos al mundo, el Dr. Atl llen\u00f3 formularios para inscribir sus pinturas para un sal\u00f3n pl\u00e1stico de Bellas Artes en 1927, diciendo que hab\u00eda nacido en La Atl\u00e1ntida \u201ccomo un anuncio de que la Venus nacer\u00eda de la espuma del mar\u201d, hijo del Padre Eterno, y autor de un folleto llamado Tratado del lenguaje de las hormigas, con su ortograf\u00eda fon\u00e9tica. Para entonces, el pintor-paseante cre\u00eda en la trascendencia humana en colisi\u00f3n y contemplaci\u00f3n de unos volcanes a quienes sus observadores les ten\u00edan sin cuidado y, de hecho, gracias a sus desdenes, el pintor perdi\u00f3 una pierna. Medio siglo despu\u00e9s, Jos\u00e9 Emilio Pacheco le dedicar\u00eda estos versos a La Volcana:<\/p>\n<p>\u201cEsta monta\u00f1a inmensa se levanta<br \/>\ncomo advertencia de mi peque\u00f1ez<br \/>\ny mi autoenga\u00f1o al darme<br \/>\nimportancia.<br \/>\nPara nada me necesita.<br \/>\nExiste al margen de que la contemple.<br \/>\nEstuvo aqu\u00ed cuando \u00e9ramos<br \/>\nimpensables<br \/>\ny seguir\u00e1 ma\u00f1ana.\u201d<\/p>\n<p>Los centinelas<\/p>\n<p>Gustav Regler lleg\u00f3 a M\u00e9xico en 1940 pr\u00f3fugo de una historia com\u00fan a muchos europeos: derrotas en las guerras contra Franco y Hitler, cautiverio en campos de concentraci\u00f3n y llegada al pa\u00eds del cardenismo. Se le ha visto como la contraparte de B. Traven, que logr\u00f3 invisibilizarse en M\u00e9xico. Regler no lo consigui\u00f3 tratando de entender el pa\u00eds y poder explic\u00e1rselo a los exiliados que llegaban de las matanzas europeas. Fue as\u00ed que escribi\u00f3 una \u201cgu\u00eda para alemanes\u201d llamada Pa\u00eds volc\u00e1nico, pa\u00eds hechizado (1947), que Seix Barral reedit\u00f3 en 2003. En \u00e9l, el egresado de literatura de la Universidad de Heidelberg, toma la presencia de los volcanes del Altiplano mexicano y el surgimiento del Paricut\u00edn, del que el Dr. Atl se sent\u00eda \u201cpartero\u201d, como determinante del alma nacional.<\/p>\n<p>Con una mirada parad\u00f3jica, Regler escribe de M\u00e9xico: \u201c\u00c9ste es el pa\u00eds de las erupciones sorprendentes, habitado por un pueblo tan enigm\u00e1tico como sencillo. Oscila de aqu\u00ed para all\u00e1 entre la leyenda de un general que le dispar\u00f3 en la frente a un sirviente que se quejaba de dolor de cabeza y la del indio a quien la Virgen le ordena buscar rosas en diciembre en un cerro \u00e1rido (\u2026) Es un pa\u00eds que obsequia riquezas y por las noches las arrebata a trav\u00e9s de revoluciones imprevisibles. Sus paisajes hacen pensar en un planeta desconocido y no se parece a ning\u00fan otro pa\u00eds sobre la Tierra. Su poblaci\u00f3n es sedentaria como si se tratara de un pueblo insular, pero en sus fiestas parece que fueran gitanos en constantes ebulliciones de alegr\u00eda. El pa\u00eds surge de s\u00ed mismo como un volc\u00e1n y raja a sus presidentes como si fueran alfalfa para burros; despu\u00e9s, cae de nuevo en el letargo que dura a\u00f1os y se vuelve pasivo como una luna muda\u201d.<\/p>\n<p>Para quien fuera comisario pol\u00edtico de la XII Brigada Internacional que va a asistir a la rep\u00fablica durante la guerra civil espa\u00f1ola, M\u00e9xico es un volc\u00e1n activo como el Popocat\u00e9petl, que pasa periodos largos dormido como el Iztacc\u00edhuatl. Su mirada no alcanza a comprender sus paradojas que evoca en una conversaci\u00f3n c\u00e9lebre con Miguel \u00c1ngel de Quevedo, quien le dice, exaltado:<\/p>\n<p>\u2013Ver\u00e1 usted: yo creo en las ra\u00edces. Incluso la lava ha tenido que aceptar las ra\u00edces de mis \u00e1rboles. Y plantar\u00e9 mis ra\u00edces por todas partes. Enviar\u00e9 millones de ra\u00edces a esta tierra. Y har\u00e9 que asienten y har\u00e9 que los alrededores se vuelvan verdes y provechosos.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de ese encuentro, Regler se convence de que el arraigo es lo distintivo de M\u00e9xico. En un pa\u00eds cubierto de lava, que se desquebraja cuando tiembla, cuando su gente se levanta, sus ra\u00edces son lo \u00fanico que lo sigue sosteniendo. Cree que el pa\u00eds est\u00e1 \u201chechizado\u201d, traspasado por las energ\u00edas tel\u00faricas que hacen que un \u201cpobrecito\u201d se transforme, un buen d\u00eda, en un \u201cmacho envalentonado\u201d o que lo que en otras partes ser\u00eda intolerable, aqu\u00ed se le transforma en cosa de relajo o en una tristeza callada. Los volcanes para \u00e9l son M\u00e9xico.<\/p>\n<p>La privatizaci\u00f3n del volc\u00e1n<\/p>\n<p>En un texto a\u00fan in\u00e9dito, el director del Centro Universitario para la Prevenci\u00f3n de Desastres Regionales de la Universidad Aut\u00f3noma de Puebla y tambi\u00e9n del diario La Jornada de Oriente, Aurelio Fern\u00e1ndez, ha descubierto una historia de cuando el volc\u00e1n fue privatizado. Basado en un reporte encontrado en la biblioteca Lafragua hoy sabemos que el Popocat\u00e9petl fue dado en propiedad para la explotaci\u00f3n del azufre a un general Gaspar S\u00e1nchez Ochoa, alrededor de 1857.<\/p>\n<p>El relato, escrito por el ingeniero Lorenzo P\u00e9rez Castro, habla de una expedici\u00f3n al cr\u00e1ter encabezada por su due\u00f1o y que implic\u00f3 atarse jergas a los pies para evitar resbalones y cortaduras. Por medio de un cable tensado por los indios que viven a las faldas del volc\u00e1n, bajan los expedicionarios a observar \u201clos respiraderos de azufre\u201d y los charcos de \u00e1cido sulf\u00farico que tienen la intenci\u00f3n de extraer para hacer p\u00f3lvora \u2013como lo hizo Hern\u00e1n Cort\u00e9s en el sitio de Tenochtitl\u00e1n\u2013 en el rancho de Tlamacas.<\/p>\n<p>Dice Aurelio Fern\u00e1ndez que el due\u00f1o del volc\u00e1n era un general que hab\u00eda participado en la batalla triunfante del 5 de mayo de 1862 y que fue gobernador de Sinaloa. Para aprovechar al volc\u00e1n ide\u00f3, primero, junto con un m\u00edster Stewart, de la Compa\u00f1\u00eda Cablegr\u00e1fica de California, una especie de telef\u00e9rico entre el cr\u00e1ter y Amecameca, pero no lo hicieron porque \u201cla velocidad vertiginosa les infundir\u00eda temores\u201d. Entonces, el due\u00f1o del volc\u00e1n plane\u00f3 un t\u00fanel por donde correr\u00eda un tren subterr\u00e1neo con el azufre. Pero el general muri\u00f3 antes de hacerlo realidad, en 1908. Una d\u00e9cada despu\u00e9s, en 1919, sigue diciendo Aurelio Fern\u00e1ndez, un capataz encargado de una cuadrilla de 25 hombres mand\u00f3 poner 28 cartuchos de dinamita en ciertos puntos del cr\u00e1ter. Al detonarlos quiebran la roca y desatan una cadena de eventos desafortunados que terminan en una erupci\u00f3n. Como fuente usa el testimonio de un sobreviviente, Jos\u00e9 Mendoza, un \u201cmalacatero\u201d de Amecameca, que el Dr. Atl recoge en sus estudios de volcanes.<\/p>\n<p>Mucho tiempo despu\u00e9s, el propio Aurelio Fern\u00e1ndez y el que esto redacta conocimos de boca de los habitantes de San Mateo Ozolco y Santiago Xalitzintla una historia estramb\u00f3tica sobre el origen de las nuevas erupciones, las de 1994. Los pobladores, ind\u00edgenas nahuas de origen tlaxcalteco, nos aseguraban que Carlos Salinas de Gortari le hab\u00eda vendido a los japoneses los volcanes y que eran ellos los que pon\u00edan dinamita adentro para provocar que los ejidatarios se mudaran a otras tierras. En esa narraci\u00f3n, hoy que los entusiastas de los ovnis aseguran que existe actividad en La Volcana, est\u00e1 presente la deuda de 1919, cien a\u00f1os despu\u00e9s. Y, como desde hace milenios, la respuesta a ella sigue siendo, de nuevo, atravesar la lava con nuestras ra\u00edces.<\/p>\n<p>El desd\u00e9n<\/p>\n<p>\u201cOleaje petrificado de un antiguo mar c\u00f3smico\u201d, escribi\u00f3 el Dr. Atl sobre los volcanes a cuyo pie construy\u00f3 una caba\u00f1a para pintarlos y asimilar su \u201cdesprecio\u201d; desde lo alto imaginaba la lava inundando pueblos, llenando todo de muerte, fertilizando con ceniza el lejano porvenir. En el reparto agrario del cardenismo, a Gerardo Murillo le toc\u00f3 apropiarse del paisaje. La tierra o, m\u00e1s bien, lo tel\u00farico se nacionaliz\u00f3 en sus pinturas. En una de ellas, pint\u00f3 a La Volcana, al Iztacc\u00edhuatl, cercada por nubes. Es una mujer dormida bajo sus nieves, tendida, en espera de un despertar. Junto a ella se arrodilla el Volc\u00e1n, Gregorio Popocat\u00e9petl, cuya actividad eruptiva el pintor fech\u00f3 entre 1919 y 1938. Nuestra era con exhalaciones del Popo data apenas de 1994, pero sus gestos son los mismos desde antes de que los humanos llegaran al An\u00e1huac: resplandores magn\u00e9ticos de color verde y rojo, vapor de agua, piedras aventadas a gran velocidad, lagos de sulfuros y cenizas con azufre. A lado, La Volcana es una paciencia que en m\u00e1s de 10 milenios no ha cambiado de posici\u00f3n, inerte en su lecho.<\/p>\n<p>Hay una forma de mirar a La Volcana como indiferente. El Dr. Atl la describe as\u00ed: \u201cChimenea apagada \u2013hornaza extinguida por donde sali\u00f3 la conciencia ardiente de la tierra\u2013, el viento implacable te corroe. Los labios de tu boca que el fuego esculpi\u00f3 en la cima del monte augusto, son los labios carcomidos por el pico de un buitre\u201d. Para \u00e9l, el Valle de M\u00e9xico era la representaci\u00f3n simb\u00f3lica del esp\u00edritu de la mexicanidad, de acuerdo a una suerte de nietzschianismo posrevolucionario que pareci\u00f3 profesar. M\u00e1s all\u00e1 de sus vaivenes ideol\u00f3gicos entre el carrancismo y el fascismo italiano, el Dr. Atl ve\u00eda el paisaje como lo que precede al humano y lo sobrevivir\u00e1. Como pintor \u2013\u00e9l confiesa sentirse m\u00e1s un paseante\u2013, ve la naturaleza como \u201cun escenario del mundo modificado constantemente por la luz\u201d y encuentra en las luces, sombras, colores, vol\u00famenes, de los dos volcanes un impulso emocional de la naturaleza de la vida en estas tierras. Como si nada importara, salvo la mirada que le dirigimos al mundo, el Dr. Atl llen\u00f3 formularios para inscribir sus pinturas para un sal\u00f3n pl\u00e1stico de Bellas Artes en 1927, diciendo que hab\u00eda nacido en La Atl\u00e1ntida \u201ccomo un anuncio de que la Venus nacer\u00eda de la espuma del mar\u201d, hijo del Padre Eterno, y autor de un folleto llamado Tratado del lenguaje de las hormigas, con su ortograf\u00eda fon\u00e9tica. Para entonces, el pintor-paseante cre\u00eda en la trascendencia humana en colisi\u00f3n y contemplaci\u00f3n de unos volcanes a quienes sus observadores les ten\u00edan sin cuidado y, de hecho, gracias a sus desdenes, el pintor perdi\u00f3 una pierna. Medio siglo despu\u00e9s, Jos\u00e9 Emilio Pacheco le dedicar\u00eda estos versos a La Volcana:<\/p>\n<p>\u201cEsta monta\u00f1a inmensa se levanta<br \/>\ncomo advertencia de mi peque\u00f1ez<br \/>\ny mi autoenga\u00f1o al darme<br \/>\nimportancia.<br \/>\nPara nada me necesita.<br \/>\nExiste al margen de que la contemple.<br \/>\nEstuvo aqu\u00ed cuando \u00e9ramos<br \/>\nimpensables<br \/>\ny seguir\u00e1 ma\u00f1ana.\u201d<\/p>\n<p>Los centinelas<\/p>\n<p>Gustav Regler lleg\u00f3 a M\u00e9xico en 1940 pr\u00f3fugo de una historia com\u00fan a muchos europeos: derrotas en las guerras contra Franco y Hitler, cautiverio en campos de concentraci\u00f3n y llegada al pa\u00eds del cardenismo. Se le ha visto como la contraparte de B. Traven, que logr\u00f3 invisibilizarse en M\u00e9xico. Regler no lo consigui\u00f3 tratando de entender el pa\u00eds y poder explic\u00e1rselo a los exiliados que llegaban de las matanzas europeas. Fue as\u00ed que escribi\u00f3 una \u201cgu\u00eda para alemanes\u201d llamada Pa\u00eds volc\u00e1nico, pa\u00eds hechizado (1947), que Seix Barral reedit\u00f3 en 2003. En \u00e9l, el egresado de literatura de la Universidad de Heidelberg, toma la presencia de los volcanes del Altiplano mexicano y el surgimiento del Paricut\u00edn, del que el Dr. Atl se sent\u00eda \u201cpartero\u201d, como determinante del alma nacional.<\/p>\n<p>Con una mirada parad\u00f3jica, Regler escribe de M\u00e9xico: \u201c\u00c9ste es el pa\u00eds de las erupciones sorprendentes, habitado por un pueblo tan enigm\u00e1tico como sencillo. Oscila de aqu\u00ed para all\u00e1 entre la leyenda de un general que le dispar\u00f3 en la frente a un sirviente que se quejaba de dolor de cabeza y la del indio a quien la Virgen le ordena buscar rosas en diciembre en un cerro \u00e1rido (\u2026) Es un pa\u00eds que obsequia riquezas y por las noches las arrebata a trav\u00e9s de revoluciones imprevisibles. Sus paisajes hacen pensar en un planeta desconocido y no se parece a ning\u00fan otro pa\u00eds sobre la Tierra. Su poblaci\u00f3n es sedentaria como si se tratara de un pueblo insular, pero en sus fiestas parece que fueran gitanos en constantes ebulliciones de alegr\u00eda. El pa\u00eds surge de s\u00ed mismo como un volc\u00e1n y raja a sus presidentes como si fueran alfalfa para burros; despu\u00e9s, cae de nuevo en el letargo que dura a\u00f1os y se vuelve pasivo como una luna muda\u201d.<\/p>\n<p>Para quien fuera comisario pol\u00edtico de la XII Brigada Internacional que va a asistir a la rep\u00fablica durante la guerra civil espa\u00f1ola, M\u00e9xico es un volc\u00e1n activo como el Popocat\u00e9petl, que pasa periodos largos dormido como el Iztacc\u00edhuatl. Su mirada no alcanza a comprender sus paradojas que evoca en una conversaci\u00f3n c\u00e9lebre con Miguel \u00c1ngel de Quevedo, quien le dice, exaltado:<\/p>\n<p>\u2013Ver\u00e1 usted: yo creo en las ra\u00edces. Incluso la lava ha tenido que aceptar las ra\u00edces de mis \u00e1rboles. Y plantar\u00e9 mis ra\u00edces por todas partes. Enviar\u00e9 millones de ra\u00edces a esta tierra. Y har\u00e9 que asienten y har\u00e9 que los alrededores se vuelvan verdes y provechosos.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de ese encuentro, Regler se convence de que el arraigo es lo distintivo de M\u00e9xico. En un pa\u00eds cubierto de lava, que se desquebraja cuando tiembla, cuando su gente se levanta, sus ra\u00edces son lo \u00fanico que lo sigue sosteniendo. Cree que el pa\u00eds est\u00e1 \u201chechizado\u201d, traspasado por las energ\u00edas tel\u00faricas que hacen que un \u201cpobrecito\u201d se transforme, un buen d\u00eda, en un \u201cmacho envalentonado\u201d o que lo que en otras partes ser\u00eda intolerable, aqu\u00ed se le transforma en cosa de relajo o en una tristeza callada. Los volcanes para \u00e9l son M\u00e9xico.<\/p>\n<p>La privatizaci\u00f3n del volc\u00e1n<\/p>\n<p>En un texto a\u00fan in\u00e9dito, el director del Centro Universitario para la Prevenci\u00f3n de Desastres Regionales de la Universidad Aut\u00f3noma de Puebla y tambi\u00e9n del diario La Jornada de Oriente, Aurelio Fern\u00e1ndez, ha descubierto una historia de cuando el volc\u00e1n fue privatizado. Basado en un reporte encontrado en la biblioteca Lafragua hoy sabemos que el Popocat\u00e9petl fue dado en propiedad para la explotaci\u00f3n del azufre a un general Gaspar S\u00e1nchez Ochoa, alrededor de 1857.<\/p>\n<p>El relato, escrito por el ingeniero Lorenzo P\u00e9rez Castro, habla de una expedici\u00f3n al cr\u00e1ter encabezada por su due\u00f1o y que implic\u00f3 atarse jergas a los pies para evitar resbalones y cortaduras. Por medio de un cable tensado por los indios que viven a las faldas del volc\u00e1n, bajan los expedicionarios a observar \u201clos respiraderos de azufre\u201d y los charcos de \u00e1cido sulf\u00farico que tienen la intenci\u00f3n de extraer para hacer p\u00f3lvora \u2013como lo hizo Hern\u00e1n Cort\u00e9s en el sitio de Tenochtitl\u00e1n\u2013 en el rancho de Tlamacas.<\/p>\n<p>Dice Aurelio Fern\u00e1ndez que el due\u00f1o del volc\u00e1n era un general que hab\u00eda participado en la batalla triunfante del 5 de mayo de 1862 y que fue gobernador de Sinaloa. Para aprovechar al volc\u00e1n ide\u00f3, primero, junto con un m\u00edster Stewart, de la Compa\u00f1\u00eda Cablegr\u00e1fica de California, una especie de telef\u00e9rico entre el cr\u00e1ter y Amecameca, pero no lo hicieron porque \u201cla velocidad vertiginosa les infundir\u00eda temores\u201d. Entonces, el due\u00f1o del volc\u00e1n plane\u00f3 un t\u00fanel por donde correr\u00eda un tren subterr\u00e1neo con el azufre. Pero el general muri\u00f3 antes de hacerlo realidad, en 1908. Una d\u00e9cada despu\u00e9s, en 1919, sigue diciendo Aurelio Fern\u00e1ndez, un capataz encargado de una cuadrilla de 25 hombres mand\u00f3 poner 28 cartuchos de dinamita en ciertos puntos del cr\u00e1ter. Al detonarlos quiebran la roca y desatan una cadena de eventos desafortunados que terminan en una erupci\u00f3n. Como fuente usa el testimonio de un sobreviviente, Jos\u00e9 Mendoza, un \u201cmalacatero\u201d de Amecameca, que el Dr. Atl recoge en sus estudios de volcanes.<\/p>\n<p>Mucho tiempo despu\u00e9s, el propio Aurelio Fern\u00e1ndez y el que esto redacta conocimos de boca de los habitantes de San Mateo Ozolco y Santiago Xalitzintla una historia estramb\u00f3tica sobre el origen de las nuevas erupciones, las de 1994. Los pobladores, ind\u00edgenas nahuas de origen tlaxcalteco, nos aseguraban que Carlos Salinas de Gortari le hab\u00eda vendido a los japoneses los volcanes y que eran ellos los que pon\u00edan dinamita adentro para provocar que los ejidatarios se mudaran a otras tierras. En esa narraci\u00f3n, hoy que los entusiastas de los ovnis aseguran que existe actividad en La Volcana, est\u00e1 presente la deuda de 1919, cien a\u00f1os despu\u00e9s. Y, como desde hace milenios, la respuesta a ella sigue siendo, de nuevo, atravesar la lava con nuestras ra\u00edces.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Proceso Fabrizio Mej\u00eda Madrid &nbsp; El desd\u00e9n \u201cOleaje petrificado de un antiguo mar c\u00f3smico\u201d, escribi\u00f3 el Dr. Atl sobre los volcanes a cuyo pie construy\u00f3 una caba\u00f1a para pintarlos y asimilar su \u201cdesprecio\u201d; desde lo alto imaginaba la lava inundando pueblos, llenando todo de muerte, fertilizando con ceniza el lejano porvenir. 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