{"id":14784,"date":"2020-01-01T11:46:29","date_gmt":"2020-01-01T17:46:29","guid":{"rendered":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=14784"},"modified":"2020-01-01T11:46:29","modified_gmt":"2020-01-01T17:46:29","slug":"un-18-de-abril-de-1957","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=14784","title":{"rendered":"Un 18 de abril de 1957"},"content":{"rendered":"<p>El 18 de abril de 1957, hace 60 a\u00f1os, el peri\u00f3dico Exc\u00e9lsior public\u00f3 en su primera plana, la cr\u00f3nica del sepelio de Pedro Infante en el Pante\u00f3n Jard\u00edn de la Ciudad de M\u00e9xico, realizada por el entonces joven reportero Julio Scherer Garc\u00eda. Los restos del \u00eddolo hab\u00edan arribado esa ma\u00f1ana desde M\u00e9rida, en cuyas cercan\u00edas ocurri\u00f3 el accidente de aviaci\u00f3n que le quit\u00f3 la vida.<\/p>\n<p>(Proceso).-<\/p>\n<p>Con la bendici\u00f3n de la Iglesia Cat\u00f3lica, los restos de Pedro Infante fueron sepultados ayer en una fosa, al lado de la que ocupa su padre, frente a la tumba de Blanca Estela Pav\u00f3n, y a cien metros de la de Jorge Negrete.<\/p>\n<p>Una gigantesca masa humana se reu\u00adni\u00f3 en el cementerio Jard\u00edn para contemplar el sepelio. Y una multitud que se contaba por millares de personas, que hubieron de permanecer m\u00e1s all\u00e1 del camposanto, sobre las avenidas que desembocan a \u00e9l, pues no hab\u00eda sitio para m\u00e1s en su interior, adivin\u00f3 los pormenores y se content\u00f3 con ver pasar la carroza mortuoria y la caravana interminable de dolientes.<\/p>\n<p>Encaramados sobre las criptas, asidos a las ramas de los \u00e1rboles, colgados de las cruces de piedra que se encontraban en puntos altos, posesionados del interior del mausoleo, una muchedumbre que parec\u00eda no tener fin, que ocupaba hasta el \u00faltimo mil\u00edmetro disponible, que empeque\u00f1ec\u00eda todos los espacios, se electriz\u00f3 cuando escuch\u00f3 de labios de los mariachis, desde el filo mismo de la fosa, las melod\u00edas que en vida cantara Pedro Infante.<\/p>\n<p>El auditorio se estremeci\u00f3. Los all\u00ed congregados sinti\u00e9ronse pose\u00eddos de una emoci\u00f3n desusada, mientras en las voces de los cantores, m\u00e1s que palabras, vibraban l\u00e1grimas. Ocurri\u00f3 entonces que muchas mujeres se desplomaron, casi ex\u00e1nimes; otras se bamboleaban sobre sus tacones; muchas m\u00e1s ten\u00edan los rostros contra\u00eddos, tembl\u00e1banles las comisuras de los labios, y se advert\u00eda que, de un segundo a otro, estallar\u00edan en llanto; algunas m\u00e1s suspendieron el nervioso movimiento de los dedos en torno de las cuentas de su rosario y se limitaron a escuchar, con una expresi\u00f3n de dolorosa, vaga ausencia.<\/p>\n<p>Confundido con gritos y sollozos proferidos en todos los tonos por centenares de mujeres, se o\u00edan los agudos llantos de ni\u00f1os peque\u00f1os que no se explicaban lo que ocurr\u00eda en su derredor, que nada sab\u00edan de la muerte de Pedro Infante y que s\u00f3lo percib\u00edan algo que les aterraba.<\/p>\n<p>Pero los cantos de los mariachis hicieron llorar no s\u00f3lo a las mujeres. Hombres maduros, de rostros graves, se enjugaban discretamente los ojos con un pa\u00f1uelo sacado repetidas veces del bolsillo y, finalmente, retenido en la mano. Los hab\u00eda tambi\u00e9n que lloraban libremente; no pretend\u00edan siquiera contener las l\u00e1grimas que ?u\u00edan incesantes bajo los p\u00e1rpados.<\/p>\n<p>Hubo, finalmente, quienes se arrodillaron y mezclaron sus rezos, pronunciados en voz baja, a esa atm\u00f3sfera indescriptible que envolv\u00eda el cementerio.<\/p>\n<p>Y mientras eso ocurr\u00eda, no cesaban los mariachis de entonar:<\/p>\n<p>\u201cAmorcito coraz\u00f3n, yo tengo tentaci\u00f3n de un beso\u2026\u201d<\/p>\n<p>Al pie de la tumba<\/p>\n<p>Al pie de la tumba, las personas m\u00e1s allegadas a Pedro, rodeadas de actores y amigos \u00edntimos, de periodistas, camar\u00f3grafos, fot\u00f3grafos y locutores, segu\u00edan todos los pormenores con ojos fijos y una expresi\u00f3n de mortal angustia que asomaba a sus rostros.<\/p>\n<p>\u00c1ngel Infante permanec\u00eda inm\u00f3vil, con la cabeza baja. Estaba a unos cent\u00edmetros del sitio en que iba a ser colocado el f\u00e9retro. Parec\u00eda como si estuviera a punto de arrojarse a la fosa, pues se inclinaba peligrosamente hacia ella. Lloraba sin cesar. No se preocupaba por enjugarse las l\u00e1grimas ni por llevarse un pa\u00f1uelo a la nariz. A veces parec\u00eda una criatura.<\/p>\n<p>La madre, do\u00f1a Refugio, no resisti\u00f3 el momento. Lleg\u00f3 al cementerio acompa\u00f1ada de Irma Dorantes. Demacrada por el sufrimiento, l\u00edvida por los desvelos, por las crisis nerviosas, quiso parecer animosa. Suplic\u00f3 que le permitieran estar a unos pasos \u201cde mi hijo que ahora s\u00ed se me va para siempre\u201d. Prometi\u00f3 que resistir\u00eda\u2026 pero hubo de ser llevada lejos de ah\u00ed, al cabo de unos minutos.<\/p>\n<p>Carmen Infante, de ojos verdes, manos blancas, finas, se ve\u00eda m\u00e1s peque\u00f1a de lo que es entre Amanda del Llano y Ana Luis Peluffo. Hab\u00eda llegado minutos antes que su madre. Y mientras \u00e9sta no hizo su aparici\u00f3n, soport\u00f3 la escena. Inclusive adopt\u00f3 aires de fortaleza y orden\u00f3 a sus sobrinas Chayito, Asunci\u00f3n y Sonia que se reunieran con su prima Mar\u00eda de la Luz, que, en uniforme de colegio, se encontraba distante.<\/p>\n<p>\u201cV\u00e1yanse donde no las atropellen. La gente no se contiene con nada\u201d y se\u00f1alaba hacia atr\u00e1s, donde millares y millares de personas, en grupos compactos, luchaban por abatir las d\u00e9biles defensas con que quer\u00edan contenerlos los granaderos y que no eran sino una cuerda tensa y las macanas que esgrim\u00edan en actitud amenazadora.<\/p>\n<p>Pero en cuanto Carmen vio a su madre, no se contuvo. Se elev\u00f3 un grito: \u201c\u00a1Es mi madre!, y corri\u00f3 hacia ella, atropellando a varias personas sin ver lo que hac\u00eda, con riesgo de rodar por tierra, pues se hab\u00eda colocado sobre el peque\u00f1o mont\u00edculo formado con la tierra destinada a cubrir la fosa de Pedro Infante.<\/p>\n<p>Carmen se abraz\u00f3 a su madre, la bes\u00f3 ardientemente y la recarg\u00f3 sobre uno de sus hombros, mientras recib\u00eda cari\u00f1os en la cabeza. Poco despu\u00e9s, sigui\u00f3 el camino de do\u00f1a Refugio, en brazos de varias personas que la sacaron a rastras del lugar, perdido totalmente el conocimiento.<\/p>\n<p>As\u00ed ocurri\u00f3 tambi\u00e9n con Socorro Infante pero no con Irma Dorantes. Lloraba en silencio, se retorc\u00eda las manos, parec\u00eda a punto de perder el control, pero no obstante permaneci\u00f3 hasta el final del entierro.<\/p>\n<p>Y a corta distancia de all\u00ed, en el interior de un Cadillac azul marino, otra mujer: Mar\u00eda Luisa Le\u00f3n, viuda de Infante.<\/p>\n<p>En derredor del coche, la gente se api\u00f1aba y hac\u00eda comentarios. Y m\u00e1s all\u00e1 de las filas contiguas al veh\u00edculo, muchas personas estiraban los cuellos y se paraban sobre las puntas de los pies para observar mejor.<\/p>\n<p>Cantos y l\u00e1grimas<\/p>\n<p>A las doce y media apareci\u00f3 ante los ojos de todos, camino a la fosa, una gran cruz de plata. Se elevaba un metro sobre las cabezas y era llevada por el capell\u00e1n del cementerio, quien con dificultad se abr\u00eda paso entre la multitud. S\u00f3lo la respetabilidad de su ministerio hizo posible que el gent\u00edo se abriera a su paso.<\/p>\n<p>En el momento en que el sacerdote colocaba la cruz a un lado de la fosa, brillaron al sol las cornetas de los mariachis que, hasta esos momentos, las hab\u00edan mantenido guardadas. Y empezaron las melod\u00edas. A \u201cAmorcito coraz\u00f3n\u201d, sigui\u00f3 \u201cDespacito, muy despacito\u201d, y luego aquella canci\u00f3n que herman\u00f3 a Jorge Negrete desde el d\u00eda de su muerte y que ayer se asoci\u00f3 \u00edntimamente a Pedro Infante:<\/p>\n<p>\u201cM\u00e9xico lindo y querido, si muero lejos de ti,<\/p>\n<p>que digan que estoy dormido<\/p>\n<p>y que me traigan aqu\u00ed\u2026\u201d<\/p>\n<p>Cada canci\u00f3n tra\u00eda consigo renovados llantos y gritos. Por dondequiera que se mirara, en derredor, descubr\u00edanse narices enrojecidas, ojos vidriosos, hombros y pechos que temblaban a impulso de sollozos. Una viejecita quer\u00eda expresar algo, pero no hac\u00eda m\u00e1s que emitir sonidos; junto a ella, una joven de rostro apacible acariciaba entre las manos un ramo de pensamientos, al par que dec\u00eda por lo bajo, en plena abstracci\u00f3n: \u201cA ver si puedo aventarlo y que caiga a la fosa\u201d, y hac\u00eda un adem\u00e1n con los dedos, como si en ese preciso momento estuviese arrojando las flores.<\/p>\n<p>Cuando los mariachis hubieron cantado \u201cM\u00e9xico lindo y querido\u201d se abri\u00f3 una pausa. Le sigui\u00f3 un movimiento de gentes al pie mismo de la tumba. Rodolfo Landa, momentos despu\u00e9s, empez\u00f3 a leer una oraci\u00f3n f\u00fanebre.<\/p>\n<p>El murmullo sordo, incesante de la multitud. Los ayes lastimeros de los ni\u00f1os, los gritos de mujeres apretujadas, las amenazas enfurecidas de los granaderos y un concierto de gemidos y lamentaciones, hac\u00eda casi imposible seguir las palabras del dirigente de los actores.<\/p>\n<p>De vez en cuando llegaban algunas frases sueltas: \u201cT\u00fa, Pedro, que supiste cantar con el m\u00e1s tierno de los acentos\u2026 si a veces no fuiste razonable, es porque amaste mucho, apasionadamente\u2026 fuiste limpio, amable, cari\u00f1oso, bueno\u2026 personaje de leyenda en nuestro cine\u2026 tu voz, en la m\u00fasica popular, se identific\u00f3 con nuestro pueblo y el eco de tus canciones resonar\u00e1 siempre\u2026\u201d<\/p>\n<p>Despu\u00e9s habl\u00f3 Ra\u00fal Rodriguez. Llam\u00f3 a Infante hijo modelo, s\u00edmbolo del pueblo de M\u00e9xico. Dijo que sus amigos lo llorar\u00e1n siempre y que todos, junto con sus deudos, \u201cpronto lo alcanzaremos en el cielo. Nos precediste en el camino de la muerte: pronto estaremos contigo, hermano entra\u00f1able\u201d.<\/p>\n<p>Terminada la segunda oraci\u00f3n f\u00fanebre, volvieron a escucharse las cornetas de los mariachis. Pero ahora no en una melod\u00eda, sino en toque de silencio. Hay algo cuando los instrumentos son tocados por mariachis y no por militares que les hace emitir notas con timbre festivo, aun en casos como este.<\/p>\n<p>Nadie hizo caso del llamado de silencio. Y sobre el vocer\u00edo indescriptible que no ces\u00f3 un segundo, se oy\u00f3 la voz del comandante de motociclistas del Distrito Federal que pas\u00f3 lista a su escuadr\u00f3n:<\/p>\n<p>\u201cComandante fulano\u2026 \u00a1presente!\u2026 Teniente fulano\u2026 \u00a1presente!\u2026 Se\u00f1or comandante Pedro Infante\u2026 \u00a1\u00a1\u00a1Preeesente!!!<\/p>\n<p>Bendice este sepulcro<\/p>\n<p>El capell\u00e1n Manuel Herrera Murgu\u00eda levant\u00f3 los brazos y pidi\u00f3 silencio. Algo disminuyeron las exclamaciones; algo se contuvieron los llantos. En ese momento, sin abandonar un segundo su aire severo y triste, elev\u00f3 una oraci\u00f3n: \u201cOh, Dios, en cuya piedad descansan las almas de los fieles, dignaos bendecir este sepulcro y des\u00edgnale un \u00e1ngel custodio para que el alma del que aqu\u00ed descansa, perdonados todos sus pecados, pueda gozar con todos los santos en el cielo\u201d.<\/p>\n<p>Minutos antes, al recibir el cad\u00e1ver e introducirlo en la capilla del cementerio hab\u00eda ofrendado otras plegarias por el alma del actor y cantante: \u201cOh, Dios m\u00edo, cuya misericordia no tiene n\u00famero y eres un tesoro inagotable de piedad, te encomendamos a tu vehemencia infinita el alma de nuestro hermano Pedro Infante. Dale, se\u00f1or, el eterno descanso\u201d.<\/p>\n<p>Respondi\u00f3 la voz grave de los fieles: \u201cY luzca para \u00e9l la luz perpetua\u201d.<\/p>\n<p>Y nuevamente la del sacerdote: \u201cAs\u00ed sea\u201d.<\/p>\n<p>Cuando los oficios religiosos quedando concluidos, cuando el t\u00famulo qued\u00f3 bendecido por el capell\u00e1n, se inici\u00f3 el entierro. Trabajadores humildes, vestidos de uniforme color caf\u00e9 claro, iniciaron las maniobras que en el transcurso de unos segundos, colocar\u00edan la caja mortuoria color gris plomizo a un metro noventa cent\u00edmetros bajo tierra. Empez\u00f3 a descender el ata\u00fad. Como alucinados, lo segu\u00edan millares de ojos, Irma Dorantes se arranc\u00f3 del cuello un peque\u00f1o crucifijo de oro y lo arroj\u00f3 sobre el ata\u00fad, al tiempo que gritaba como enajenada y se abrazaba a Rodolfo Landa:<\/p>\n<p>\u201cAdi\u00f3s, mi vida, adi\u00f3s\u2026\u201d.<\/p>\n<p>Muchas flores ca\u00edan de las alturas, mientras los lamentos y los sollozos aumentaban hasta la histeria. Amanda del Llano y Sara Guash se desmayaron; varias jovencitas tambi\u00e9n se desplomaron. Mientras tanto, los mariachis cantaban \u201cDespacito, muy despacito\u2026\u201d<\/p>\n<p>A las trece horas en punto, treinta minutos despu\u00e9s de que el ata\u00fad hab\u00eda sido llevado al cementerio, el sepelio hab\u00eda quedado consumado.<\/p>\n<p>Esta cr\u00f3nica se public\u00f3 el 18 de abril de 1957 en el peri\u00f3dico Exc\u00e9lsior y ahora el 19 de noviembre de 2017 en la edici\u00f3n 2142 de la revista Proceso.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El 18 de abril de 1957, hace 60 a\u00f1os, el peri\u00f3dico Exc\u00e9lsior public\u00f3 en su primera plana, la cr\u00f3nica del sepelio de Pedro Infante en el Pante\u00f3n Jard\u00edn de la Ciudad de M\u00e9xico, realizada por el entonces joven reportero Julio Scherer Garc\u00eda. 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