{"id":15311,"date":"2020-03-29T12:33:53","date_gmt":"2020-03-29T18:33:53","guid":{"rendered":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=15311"},"modified":"2020-03-29T12:33:53","modified_gmt":"2020-03-29T18:33:53","slug":"la-pandemia-y-sus-metaforas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=15311","title":{"rendered":"La pandemia y sus met\u00e1foras"},"content":{"rendered":"<p>La Jornada Semanal<\/p>\n<p>La enfermedad colectiva y sus m\u00faltiples variantes ponen en evidencia las fortalezas y debilidades de la sociedad y los Estados para registrarlas, narrarlas y hacerles frente. En este brillante ensayo se presentan algunos de los derroteros que ha seguido el arte, sobre todo la literatura y el cine, para reflexionar, a lo largo de la historia, sobre el poder infinito de una \u00ednfima criatura que somete tanto al cuerpo como al alma.<\/p>\n<p>S\u00f3lo basta un microbio para derrumbar a un Imperio. En sus cr\u00f3nicas de la Guerra del Peloponeso, Tuc\u00eddides sugiere que el ej\u00e9rcito m\u00e1s letal en el cerco espartano a Atenas en el siglo V AC no ten\u00eda lanzas ni espadas, sino el tama\u00f1o de una bacteria. En el hacinamiento de poblaci\u00f3n amurallada tras las puertas de la ciudad, el virus mat\u00f3 a un tercio de los habitantes incluyendo a su l\u00edder, el legendario Pericles. Seg\u00fan el relato, la visi\u00f3n de esos cerros de cuerpos incinerados hizo huir a las tropas espartanas que no sab\u00edan si aquello era una advertencia divina para expulsarlos o si los dioses se hab\u00edan puesto de su lado para ganar la guerra.<\/p>\n<p>Faltaban m\u00e1s de dos milenios para que se tomara la primera fotograf\u00eda de un virus, ese dios iracundo y universal que, como el de los monote\u00edsmos, no tuvo rostro ni nombre pero se adjudic\u00f3 cada tragedia posible. En todo caso, en aquel primer relato epid\u00e9mico, el discurso del mito venci\u00f3 al cient\u00edfico, igual que lo hizo en las pandemias medievales o en la conquista del Nuevo Mundo. La respuesta autom\u00e1tica hacia las enfermedades colectivas nunca es volverlas ciencia sino met\u00e1fora. Se les reviste con discursos tremendistas, justicieros, rom\u00e1nticos o simplemente falsos que, en la cima de la iron\u00eda, nuestra era digital dio en llamar \u201cvirales\u201d: un minuto en redes comprueba que las mentiras y el miedo son de contagio inmediato.<\/p>\n<p>En La enfermedad y sus met\u00e1foras y en su secuela, El sida y sus met\u00e1foras, Susan Sontag fue m\u00e1s lejos que nadie en la indagaci\u00f3n de esta curiosa condici\u00f3n de las culturas, ansiosas siempre por convertir a los males del cuerpo en relatos, personajes, dramas con causa y efecto. En el linaje de Sontag est\u00e1 la Anatom\u00eda de la melancol\u00eda de Robert Burton, en donde las enfermedades de la carne se diagnostican mediante el estado del alma, una veta rom\u00e1ntica que en M\u00e9xico ha interesado a Roger Bartra. No basta con observar la descomposici\u00f3n de la carne y sus efectos sociales: hay que explicarla, ordenarla, darle cause narrativo, aliento \u00e9pico y forma est\u00e9tica. Contar cuentos sobre ella, destilar lecciones morales y, en muchos casos, inventarse un enemigo. No por casualidad, el l\u00e9xico militar abreva tanto del argot de los virus, y viceversa. En m\u00e1s de una guerra se ha hablado de los contrarios como de bacterias resilientes y m\u00e1s de una enfermedad se ha combatido equipar\u00e1ndola con un ej\u00e9rcito a vencer.<\/p>\n<p>Un ejemplo de esto est\u00e1 incrustado en nuestra propia historia. El Nuevo Mundo forj\u00f3 relatos literarios de su propia pandemia en el C\u00f3dice Florentino o los Anales Tlatelolcas, tan duraderos como el Decamer\u00f3n o los Cuentos de Canterbury lo fueron para las grandes pestes del medioevo. Estos relatos escritos del cocoliztli \u2013enfermedad, plaga, mal\u2013 que fueron las epidemias de viruela, sarampi\u00f3n o salmonela que devastaron a la poblaci\u00f3n mexicana durante la conquista, coinciden con el relato de Tuc\u00eddides sobre la plaga ateniense; en ambas, la infecci\u00f3n fantasmal viene de fuera y es un s\u00edntoma de la otredad t\u00f3xica del invasor. Desde entonces hasta la cobertura medi\u00e1tica del Covid-19, seguimos cont\u00e1ndonos la misma historia: la de la muerte extranjera que desciende de barcos, aviones, migrantes o murci\u00e9lagos.<\/p>\n<p>Pareciera que nuestra idea de la sociedad como cuerpo u organismo uniforme, s\u00f3lo admite su enfermedad como tal si \u00e9sta es causada por un agente externo. En dos thrillers sobre epidemias del Hollywood de postguerra, Panic In The Streets (Elia Kazan, 1950) y The killer that stalked New York (Earl McEvoy, 1950), se descubre que los pacientes cero se infectaron durante un viaje a Cuba \u2013la primera\u2013 o por ser de origen eslavo \u2013la segunda\u2013, lo que lleva a la polic\u00eda a interrogar a armenios, checos y polacos de la ciudad. Era el albor de la Guerra fr\u00eda. La idea del mundo occidental como un cuerpo sano, atl\u00e9tico y libre al que hab\u00eda que vacunar contra las bacterias orientales comenzaba a ser popular, y aunque otros subg\u00e9neros como la invasi\u00f3n extraterrestre o los brotes zombi jugaron tambi\u00e9n un papel ideol\u00f3gico, la idea de un virus que se contrae por accidente, se incuba en silencio y se propaga en epidemia era, y es, m\u00e1s aterradora.<\/p>\n<p>Esa tendencia, que en d\u00edas recientes explot\u00f3 en redes sociales, ha sido reelaborada varias veces en la pantalla. Nos enga\u00f1ar\u00edamos si pens\u00e1ramos que el s\u00e9ptimo arte, al ser un medio de la modernidad que naci\u00f3 a la par del psicoan\u00e1lisis o la penicilina, es menos mitol\u00f3gico o barroco en su tratamiento de plagas y enfermedades sociales. Todo cineasta abreva en tradiciones narrativas que son m\u00e1s antiguas que el celuloide y suelen estar m\u00e1s emparentadas con las infecciones rom\u00e1nticas de Burton que con la ciencia m\u00e9dica.<\/p>\n<p>Incluso tres pel\u00edculas industriales y medianas como Contagio (2011) de Steven Soderbergh, Epidemia (1995) de Wolfgang Petersen o Virus (2013) de Kim Sung-Su resucitan hoy en la conversaci\u00f3n si sus discursos maniqueos sirven para canalizar ansiedades colectivas como la desconfianza hacia gobiernos y farmac\u00e9uticas, teor\u00edas de conspiraci\u00f3n o la xenofobia. No es casualidad que en sus tramas, las c\u00e9lulas infectadas procedan de Hong Kong, la Rep\u00fablica del Congo y el sudeste asi\u00e1tico, respectivamente.<\/p>\n<p>A diferencia de experiencias virales recientes como la gripe aviar, la espa\u00f1ola de 1918, la del SARS o el VIH, la pandemia de coronavirus tiene lugar en un entorno en donde los mensajes virtuales se contagian con una rapidez igual o mayor a la del virus mismo, y magnifican sus efectos a trav\u00e9s de la desinformaci\u00f3n. \u00bfHay algo que podamos aprender del cine epid\u00e9mico, ese subg\u00e9nero irregular, a veces amarillista o rampl\u00f3n? \u00bfHay suced\u00e1neos f\u00edlmicos que est\u00e9n al nivel de esos tres libros mayores, uno de cr\u00f3nica \u2013Diario del a\u00f1o de la peste (1722) de Defoe\u2013 y dos novelas aleg\u00f3ricas como La peste (1947) de Camus y Ensayo sobre la ceguera (1995) de Saramago? \u00bfPuede ser el cine una suerte de Decamer\u00f3n que, en la reclusi\u00f3n del contagio, sirva para contar nuestras virtudes y miserias?<\/p>\n<p>S\u00edntoma: epidemias del pasado<br \/>\nNo hay sentido m\u00e1s com\u00fan que \u00e9ste: para encontrar las ra\u00edces de una enfermedad, se escarba en los s\u00edntomas, los antecedentes del paciente o, en un sentido general, en el pasado. Incluso uno tan remoto como el de la peste europea del siglo XIV, a\u00fan hoy la m\u00e1s devastadora que se conozca. Cuando el cruzado Antonius Block (Max von Sydow) llega a las playas de Escandinavia despu\u00e9s de haber librado guerras santas,<br \/>\nla plaga infecciosa lo cubre todo. Su primer encuentro es con la muerte misma, calva, andr\u00f3gina y luctuosa al inicio de El s\u00e9ptimo sello (Ingmar Bergman, 1957), uno de los pocos relatos f\u00edlmicos interesados en recrear la peste negra. Una visi\u00f3n parecida de la muerte enfundada en largas telas, pase\u00e1ndose entre cad\u00e1veres, est\u00e1 en La m\u00e1scara de la muerte roja (1964), la versi\u00f3n del cuento de Edgar Allan Poe dirigida por Roger Corman y encabezada por Vincent Price.<\/p>\n<p>Aunque no est\u00e1 situada en ninguna epidemia hist\u00f3rica, la de Corman y Poe es tan aleg\u00f3rica o m\u00e1s que la de Bergman al recrear la psicosis de un mundo en el que las infecciones no se atribuyen a causas m\u00e9dicas sino metaf\u00edsicas. La encarnaci\u00f3n de la muerte en ambos casos como un personaje de aspecto humano, con di\u00e1logos y albedr\u00edo, alimenta la vieja fantas\u00eda de las epidemias como herramientas de voluntades superiores y vengativas, enviadas con prop\u00f3sitos claros para restaurar un orden o castigar un vicio. No es un discurso que se haya extinguido: a la menor provocaci\u00f3n se sigue echando mano de ello para evangelizar desde el p\u00falpito que cada quien profese. Basta leer el reciente art\u00edculo de Mario Vargas Llosa, \u201cRegreso al medioevo\u201d, para notar que la tentaci\u00f3n por politizar la salud p\u00fablica sigue siendo irresistible.<\/p>\n<p>A pesar de que el conocimiento acad\u00e9mico est\u00e1 m\u00e1s abierto y disponible que nunca, pareciera imposible pensar en una enfermedad como una mera infecci\u00f3n y no como s\u00edmbolo o s\u00edntoma de algo m\u00e1s. De hecho, la lucha m\u00e9dica contra el VIH s\u00f3lo empez\u00f3 a ganarse una vez que se luch\u00f3 en p\u00fablico contra el estigma social de ser un \u201cc\u00e1ncer de los putos.\u201d Para entonces, la pandemia ya hab\u00eda cobrado miles de vidas, algunas de ellas rescatadas para el cine en Filadelfia (1993), Todo sobre mi madre (1999) o 120 latidos por minuto (2017), que sin ser cine epid\u00e9mico invitan a asomarnos a los abismos de dos contagios simult\u00e1neos: el del virus y el del prejuicio.<\/p>\n<p>Cuando un narrador voltea a las epidemias hist\u00f3ricas o imaginarias, como el brote italiano de c\u00f3lera en Muerte en Venecia (Lucino Visconti, 1971) o la inventada por Elio Petri para su versi\u00f3n libre de Todo modo (1976), la novela de Leonardo Sciascia. Como variantes modernas del Decamer\u00f3n \u2013adaptado por Pasolini en 1971\u2013, las pel\u00edculas de Visconti y Petri tienen lugar en una Italia en la cual las clases acomodadas se refugian de la muerte infecciosa en centros de poder amurallados: un castillo, un centro de convenciones, un hotel de lujo a pie de playa. Al igual que en Bergman o Corman, no abordan los contagios desde la medicina ni la sociolog\u00eda; son marco para alegor\u00edas sobre la b\u00fasqueda de ideales decadentistas \u2013pienso en Tadzio, ese \u00e1ngel de la muerte\u2013, o met\u00e1foras pol\u00edticas.<\/p>\n<p>Diagn\u00f3stico: epidemias del presente<br \/>\nAunque las met\u00e1foras que comparan a las sociedades con cuerpos sanos o enfermos parecen trilladas, sus expresiones siguen siendo \u00fatiles cuando explicamos nuestra psique colectiva. Hablamos de \u201ctejido social\u201d, del \u201ccoraz\u00f3n de la econom\u00eda\u201d o de \u201corganismos p\u00fablicos\u201d en una suerte de sociolog\u00eda m\u00e9dica emp\u00edrica, a veces cursi, que parece una extensi\u00f3n de aquella m\u00e1xima del wishful thinking: mente sana en cuerpo sano. Pero el cine epid\u00e9mico m\u00e1s interesante es el que diagnostica las enfermedades del tejido, no el que alaba su fortaleza. Adem\u00e1s de la mencionada Contagio (2011), las noventeras Epidemia (Wolfgang Petersen, 1995), Mimic (Guillermo del Toro, 1995) o La peste (Luis Puenzo, 1992; basada en la novela de Camus) elaboran distop\u00edas del presente para hablar de infecciones tan reales como el miedo, la desinformaci\u00f3n, el rencor clasista o el totalitarismo.<\/p>\n<p>Incluso una curiosidad como El a\u00f1o de la peste (1979) de Felipe Cazals, con todo y sus carencias de producci\u00f3n, es h\u00e1bil para diagnosticar al M\u00e9xico de su \u00e9poca, en el que el virus m\u00e1s nocivo no era la plaga bub\u00f3nica sino la burocracia pol\u00edtica, la corrupci\u00f3n sanitaria y el control de la informaci\u00f3n. Ubicada en un futuro inmediato a los a\u00f1os setenta, el gui\u00f3n co-escrito por Garc\u00eda M\u00e1rquez y Juan Arturo Brennan reelabora el magn\u00edfico Diario del a\u00f1o de la peste de Daniel Defoe, trasladando la peste del Londres de 1664 al Distrito Federal de Jos\u00e9 L\u00f3pez Portillo. Ejercicio con altibajos pero de buen inter\u00e9s, la de Cazals puede verse como una precursora latinoamericana para Ceguera (Fernando Meirelles, 2008), versi\u00f3n filmada del Ensayo sobre la ceguera de Saramago, quiz\u00e1 la distop\u00eda m\u00e1s potente, l\u00facida y perdurable en la literatura de fin de siglo. Aunque es aleg\u00f3rica en un sentido similar a El s\u00e9ptimo sello, sustituye a la moral cristiana por la \u00e9tica civil como el orden superior que se ve amenazado por el brote epid\u00e9mico y la psicosis colectiva.<\/p>\n<p>Pron\u00f3stico: epidemias del futuro<br \/>\nS\u00f3lo basta un microbio para derrumbar al futuro. As\u00ed como la guerra entre Esparta y Atenas fue decidida por el cultivo y dispersi\u00f3n del microbio cuyos efectos registra Tuc\u00eddides, todas las civilizaciones de Occidente penden del mismo hilo, seg\u00fan vemos en los futuros destruidos e imaginados por Alfonso Cuar\u00f3n (Ni\u00f1os del hombre, 2006), Terry Gilliam (Doce monos, 1995, sobre la idea original de Chris Marker para La jet\u00e9e, 1962) o Robert Wise (La amenaza de Andr\u00f3meda, 1971).<\/p>\n<p>La especulaci\u00f3n de futuros en donde se ha sobrevivido a una pandemia permite un diagn\u00f3stico de nuestros males presentes y, en alg\u00fan caso, atisbos de esperanza. A veces \u00e9sta toma la forma de ficciones puras como la de Gilliam, que para trazar su alegor\u00eda echa mano de viajes en el tiempo y tel\u00e9fonos que comunican entre dimensiones. No es el caso de Ni\u00f1os del hombre, en donde un virus de transmisi\u00f3n femenina clausura la posibilidad de engendrar, lo que convierte al futuro en una l\u00ednea que se adelgaza progresivamente y que conduce a la extinci\u00f3n. En un afortunado giro del discurso, la \u00fanica mujer que desarrolla inmunidad y logra embarazarse es Kee, una migrante africana.<\/p>\n<p>Si, como ha previsto Zizek, la pandemia de Covid-19 lograse replegar al capitalismo global, obligando a las sociedades civiles a inventar formas de convivencia m\u00e1s solidarias, sanas y limpias, en el futuro habr\u00e1 que voltear una y otra vez a este cine epid\u00e9mico para seguir reflej\u00e1ndonos en sus relatos, sean \u00e9stos distop\u00edas, alegor\u00edas o cr\u00f3nicas. En la construcci\u00f3n de ese futuro \u2013que pasa, dicho de paso, por la reconstrucci\u00f3n de los sistemas de salud p\u00fablica\u2013 habr\u00eda que echar mano de ese p\u00e1rrafo que Nietzsche escribi\u00f3 en Aurora (1881): \u201cPensad en la enfermedad. Calmad as\u00ed la imaginaci\u00f3n del inv\u00e1lido de modo que no deba, como hasta ahora, sufrir m\u00e1s por pensar en la enfermedad que por la enfermedad. Eso, creo, ser\u00eda algo, ser\u00eda mucho\u201d; quiz\u00e1 para eso sirva contarnos la historia de nuestras pandemias: no para curarlas, pero al menos para conocernos mejor a trav\u00e9s de ellas.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La Jornada Semanal La enfermedad colectiva y sus m\u00faltiples variantes ponen en evidencia las fortalezas y debilidades de la sociedad y los Estados para registrarlas, narrarlas y hacerles frente. 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